El bikini dorado.
por
Juan Alberto
género
incesto
—Matteo, tesoro, ¿podrías hacerme un favor? …
Era la dulcísima voz de mamá que resonaba desde las escaleras del primer piso. Levanté la vista de mi laptop, cuya pantalla brillaba en la tenue luz de mi habitación. La vi de pie en el umbral de mí cuarto. Sus cabello color oro estaba recogido en un sofisticado moño y un ligero maquillaje enmarcaba sus ojos violeta.
—¿Qué quieres, mami? …
Pregunté mientras cerraba el portátil y me estiraba en la silla.
—¡Ehm!, mi auto está dando problemas otra vez …
Sus labios rojo Ferrari se fruncían en desdén y suspirando agregó:
—Tengo que ir al centro comercial a recoger algunas cosas para el día de la oficina …
Era mi madre queridísima y no podía rehusarle nada, asentí con mi cabeza y dije:
—Dame un minuto para tomar las llaves de mi auto y yo te acompañaré …
Me levanté estirando mis brazos con un pequeño dolor de espalda que me recordaba de haber estado mucho tiempo delante de la pantalla de mi laptop.
Minutos después estábamos en mi coche. Mi Volvo EX30 se movió silenciosamente mientras nos alejábamos del camino de entrada. El cálido sol de primavera asomaba tímidamente entre nubes blancas de algodón, proyectando a una nítida luz sobre la tranquila calle del suburbio.
—Entonces … ¿Ya has decidido que cosas vas a comprar, mami? …
Pregunté mientras nos dirigíamos a unos de los centros comerciales más importantes de la ciudad.
—Bueno … Necesito comprar unos bikinis … Los que tengo son tan viejos que me avergonzaría de usarlos este fin de semana en la playa …
Dijo mamá sonriendo un poco tímida mientras revisaba los mensajes en su celular, luego agregó:
—Sabes cómo son de chismosos en la oficina, ¿no? …
—Pero tu no tienes nada de qué preocuparte, mamá … Siempre has sido la más linda de todas …
Le dije con sinceridad. Además, era una afirmación compartida por todos. Giada, mi madre, siempre había sido una mujer cautivadora y fascinante. Sus compañeros de trabajo no cesaban de halagarla con cumplidos varios, y ella transmitía un aura angelical de confianza que reflejaba su conciencia de sentirse encantadora y atractiva.
El centro comercial estaba lleno como de costumbre. Avanzamos por los pasillos colmados de gente y esto me causó una cierta intranquilidad. Mi madre se detuvo frente a una vitrina llena de coloridos maniquíes portando pequeños y coloridos bikinis.
—¿Qué te parecen aquellos? …
Me preguntó señalando dos modelos, eran del tipo clásico, uno azul rey y otro blanco, ambos muy pequeños. Tosí:
—¿Eh? … ¡Ehm! … Bueno … Yo … ¡Uhm! … ¡Bien! …
Sus ojos de gata brillaron en forma hechicera y sonriendo me dijo:
—Al parecer no eres de mucha ayuda, ¿eh? …
La miré un poco casuísticamente y algo confuso, entonces ella añadió:
—Pero te estoy muy agradecida por acompañarme, querido …
Entramos a la tienda y ella eligió un par de modelos para probárselos en el camerino. Yo me quedé afuera esperando y deslizando mi dedo sobre el celular para revisar los últimos video juegos en el comercio. El aire acondicionado zumbaba sobre mí y me aliviaba del calor que había al exterior. Sin motivo alguno me sentí nervioso, solo veía los movimientos de la cortina y los ruidos que hacía mamá dentro el cambiador. De pronto la cortina se abrió y apareció mamá, estaba de frente, se giró de costado y luego me dio la espalda; después se giró en busca de mi aprobación.
—¿Y bien? … ¿Qué te parece? …
Preguntó. Ella lucía radiante. La miré asombrado, admirado y boquiabierto. Mi voz se negaba a salir de mis labios, sólo pude exclamar:
—¡Vaya! …
Estaba realmente preciosa y por un momento olvidé que estaba mirando a mi madre. El pequeño bikini azul resaltaba el color alabastro de su tersa piel, su vientre liso y ligeramente hundido se veía esplendoroso, sus hermosos pechos parecían escapar de la delgada tela. Sus curvas y sinuosidades lucían fabulosas. Todo en ella era hermoso. Mamá parecía mucho más joven de sus cuarenta y cinco años.
—¿Te gusta? …
Preguntó colocando sus brazos en jarra en sus amplias caderas, sus ojos brillaban con entusiasmo. Con voz ronca y ahogada logré responder:
—¡Oh! … ¡Sí que me gusta! … ¡Pero creo que deberías probar algún otro también! …
—¡Vale! … Pero esta vez elígelo tú … —Me dijo.
Con el número de su talla en mente me fui a ver los estantes. Inmediatamente llamó mi atención un diminuto bikini dorado. Sin duda era más revelador que el azul que ella se había probado.
Mamá levantó una ceja cuando le pasé la pequeña prenda de dos piezas. En su hermoso rostro se dibujó una enigmática sonrisa. Estiró en sus manos el bikini dorado y con su mejor sonrisa me dijo:
—Está bien … Asesor de modas … Voy a ver si quepo en esto tan pequeño …
Luego cerró la cortina para cambiarse. Intenté soslayar el repentino calor en mis mejillas. ¿Qué estaba haciendo? ¡Ella es mi madre! No es una chica de la universidad a la que quiero impresionar o seducir. Sin embargo, el verla como lucía en ese bikini azul despertó en mí sentimientos que me resultaba difícil controlar.
Pasó un tiempo que me pareció extremadamente largo, la espera se hizo desesperante. Podía ver los movimientos de la cortina. Finalmente mamá abrió el cortinaje y se mostró ante mis ávidos ojos. ¡Santo cielo! Este traje de baño era aún más seductor y revelador que el diminuto bikini azul. Había solo pequeños parches que cubrían la desnudez exquisita de mi madre. Parecía una diosa del Olympo. Los cordones que sostenían la delgada y pequeña tela parecían aferrarse a sus magníficas redondeces. Su figura de reloj de arena venía realzada. Sus pechos, aunque grandes, parecían firmes y sólidos, perfectamente contenidos por las pequeñas copas triangulares.
Decir que se cortó mi respiración es poco. La observé atentamente. Su piel parecía brillar junto a la tela reluciente. Sus movimientos era delicados y elegantes. Las luces de la tienda le daban un cálido resplandor a su blanca piel. No pude evitar sentir una extraña e intensa atracción a su belleza.
—¿Y bien? …
Preguntó mamá girándose y mirándome por sobre su hombro. Un hilo de tejido color oro se perdía en medio a sus redondas y firmes nalgas tonificadas. Me costó un mundo expresar algo coherente:
—¡Ehm! … ¡Sí! … ¡Ya veo! … ¡Uhm! … ¡Definitivamente! … ¡Creo qué! … ¡Quiero decir! … ¡Te está bien! … ¡Me parece perfecto! …
La sonrisa de mamá se ensanchó al ver mis esfuerzos por encontrar palabras adecuadas. Ella era muy consciente de su belleza y, el poder que ejercía sobre mí, no se le escapaba. Sentí como si mi corazón quisiera escapar de mi pecho con sus potentes pulsaciones. Las palmas de mis manos sudaban. Todo estaba terriblemente mal, pensé, pero aun así, no podía apartar mis vista de sus torneados muslos que convergían hacía la tela diminuta que cubría la femineidad regordeta de ella.
—Matteo … ¿Crees que soy linda? …
Me dijo toda coqueta y juguetona. Tragué saliva con dificultad; intentaba mantenerme calmo.
—¡Mami … No eres linda … Eres muy, pero muy linda! … ¡Provocaras un tsunami de miradas hacia ti! …
Las palabra se me agolparon y salieron todas juntas. El rostro de ella se relajó y adoptó una expresión más suave. Dio un paso atrás para contemplarse en el espejo del probador. Se quedó un momento quieta allí, sus ojos recorriendo su anatomía por completo. Luego se volvió hacia mí, sus finos labios me sonrieron en un modo cómplice y dijo:
—¿Deveras crees eso? …
—¡Pues claro que sí! … El dorado le dona mucho al color de tu pelo …
Le dije señalando el pequeño traje de baño que fatigaba a cubrir algo de su hermosura.
—Es más … Tómalo cómo un regalo mío …
—¡Oh, Matteo, no puedes hacer eso! … ¡Quizás cuanto te va a costar! …
—Nada de eso importa … Tengo mis ahorros y tu te mereces mucho más que eso … Considéralo como un regalo del día de las madres atrasado …
Mamá parecía visiblemente conmovida. Su mano temblorosa descansó suavemente en mi antebrazo.
—Gracias, querido … Eres muy dulce …
Murmuró con voz ligeramente temblorosa.
—No es nada, mami … Deberías verlo como una forma de recompensarte por todas las veces que tú has debido ayudarme …
Los ojos de ella brillaban con afecto y me sonrió diciendo:
—¡Vale! … Sí es eso lo que quieres …
Cerró el cortinaje y comenzó a vestirse. Luego salió con el bikini azul y el dorado en sus manos y nos dirigimos hacia las cajas, sus caderas se movían suavemente mientras caminaba. No pude evitar de contemplar su trasero perfecto con ese vestido tan ajustado. Mientras nos acercábamos al mostrador, un robusto joven levantó la vista de su celular e inmediatamente capto la hermosa figura de mi madre. No parecía tener muchos más años que yo. Cabellos largos y despeinados y una sonrisa que transmitía arrogancia. Examinó la pequeñas prendas y luego prestó atención a las formas anatómicas de mamá; paso su lengua por sus labios antes de decirle:
—¿Desea algo más, señora? …
Su tono de voz era de interés. Mamá sonrió se inclinó un poco sobre el mostrador para hacer ver sus perfectos senos y dijo:
—Vamos a comprar estos, por favor …
Los ojos famélicos del dependiente se posaron en los exuberantes pechos de mamá. Una repentina punzada de inquietud atravesó mi estómago. ¿Celos? No lo sé. Pero era mi madre a la que aquel cretino estaba mirando. No me explico por qué tenía esa sensación de posesión sobre ella. El muy idiota revisó detenidamente las etiquetas sin apartar la vista de los senos de mi madre.
—Tiene un muy buen gusto, señora … Estoy seguro de que le quedaran perfectos …
Dijo el muy estúpido. Mamá le respondió con una leve sonrisa.
—Gracias …
No pude soportar, di un paso adelante y le entregué mi tarjeta de crédito.
—Cárguelo a mi cuenta …
Dije imponiendo mi presencia. Me miró y pestañeó como si recién me viera, luego tomó mi tarjeta y la colocó sobre el lector de tarjetas, me giró el artilugio para colocar mi clave, luego volvió a focalizarse en mi madre.
—¿Desea algo más, señora? …
Preguntó con voz melosa el muy cretino. Apreté los dientes y esforcé una sonrisa mientras mamá respondía.
—No … Es todo, gracias …
Mamá me miró extrañada por mi actitud posesiva en su confronto y había un signo interrogativo en ella. Sólo me encogí de hombros decidiendo dar por superado todo el asunto. No quería entrar en ese juego de miradas que ella sabía conducir magistralmente.
Nos alejamos de la tienda, pero había algo de tensión entre nosotros. La música y el bullicio del Centro Comercial se desvanecieron, estábamos en una especie de burbuja, un universo paralelo entre ella y yo. No sabía como romper el silencio, preferí no decir nada. Concentrándome en moverme en medio a la multitud de personas. Sentía que en mi estómago se formaba un nudo. No podía obviar las miradas que los hombres le daban a mi madre, ciertamente ella inconscientemente los atraía como moscas a la miel. Mamá era la imagen de una atractiva mujer adulta, madura y disponible. Sentí un inusual sentimiento de celos y un deseo de protegerla. Tratando de aliviar la tensión le dije:
—¿Sabes, mami? … Tal vez deberías cubrirte un poco más para mantener a raya a todos esos jotes que revuelan en torno a ti …
—¡Ay, Matteo! … Estás siempre cuidándome … ¿Sabes qué? … Creo que lo mejor que podemos hacer ahorita mismo es buscar donde comer algo … Tengo un hambre como una manada de lobos … Me comería un alce … Un ciervo … O tal vez un oso …
Dijo mamá sonriendo de buena manera.
—Buena idea, mami …
Respondí feliz de que ella hubiera roto el hielo.
—¡Vamos al patio de comida del segundo piso, allí donde preparan esos bocadillos deliciosos! …
El lugar estaba frente a dos bancos y era poca la gente que transitaba por ahí, en la marea de gente era cómo un remanso de tranquilidad. Conseguimos una mesa al costado de una gran columna que nos daba una cierta intimidad para poder conversar. Una vez que nos acomodamos en nuestros asientos, mamá se acercó y me preguntó:
—¿Cuál es tú sincera opinión sobre el bikini dorado? …
Había un matiz de malicia en el tono de su voz. Mis mejillas se encendieron inmediatamente.
—¡Eh! … ¡Te queda bien … Muy bien diría yo! …
Admití dando un vistazo al amplio escote de su vestido que resultaba hipnótico para mí. Ella se esforzó por acercarse aún más a mí y sus pechos parecían que iban a reventar el decolté que mostraba el surco de sus sólidos senos.
—¿Es mejor que el azul? …
—De seguro llamarás la atención de todos en la playa …
Su maravillosa sonrisa se ensanchó y me dio un toque juguetón en el antebrazo.
—¿Lo dices sinceramente? …
—Estoy seguro de ello, mami …
Llegaron nuestros bocadillos y mientras los disfrutábamos, la conversación derivó a diferentes temas de casa y mis estudios, lo habitual entre madre e hijo. Ella se limpió la boca luego de dar un mordisco a un panecillo de pollo con aguacate, al tiempo que cerraba sus ojos extasiada:
—¡Uhmm! … ¡Delicioso! …
Dijo a alta voz, no percatándose de que muchos de los comensales la estaban mirando como ella mordía y chupaba la salchicha. Limpió con una servilleta algunos rastros de mayonesa de sus labios carnosos y luego su mirada se fijó en mí:
—Entonces, Matteo … ¿Qué opinas del amor y el tener relaciones? …
—¡Gulp! …
Casi me atoro, su pregunta me sorprendió, hacía años que no habíamos hablado de este tema. Todavía era muy pequeño e inocente cuando ella me hablo de flores, abejas, cigüeñas y todas esas cosas. Me vino una especie de carraspera y aclaré mi garganta.
—¡Uhm! … ¡Ehm! … Bueno … Yo … ¡Ehm! … Creo que todos nosotros somos únicos y se trata de encontrar a alguien que sea compatible con nosotros … ¡Ehm! … Tener la suerte de toparse justo con la persona adecuada …
Buscó de mirarme directamente a los ojos cuando me preguntó:
—¡Y qué pasa si esa persona no te ofrece lo que necesitas? … Te hace sentir … ¡Ehm! … Descuidada …
Dejé mi bocadillo en el plato, se había puesto algo denso el aire. Sin saber mucho que decir le pregunté:
—¿Estás bien, mami? …
Suspiró mientras dibujaba un imaginario círculo en su plato vacío, luego me respondió:
—Sí … Pero es solo que tu padre y yo … Ya no congeniamos … Últimamente no nos decimos nada … Él siempre está trabajando … Y cuando está en casa … ¡Ehm! … Simplemente es como si no estuviera … Él verdaderamente no está presente como esposo …
Extendí mi mano y tomé suavemente la suya para ofrecerle un conforto.
—¡Lo siento, mamá! … ¿Qué quieres decir con que “no está presente”? …
Sus ojos rehuyeron los míos por un instante, luego volvió a mirarme y con una voz susurrada me dijo:
—Él me hace sentir como si estoy demás … Ya no me valora … Parece que soy solo quien administra su casa y no su esposa …
Sus palabras resonaron en el aire creando una atmosfera llena de emoción, un fuerte sentimiento de protección se apoderó de mí.
—Mamá, eres una mujer extraordinariamente hermosa … Eres única … Él tiene mucha suerte de tenerte …
La tristeza en su rostro no disminuyó ni siquiera un ápice.
—Gracias, querido … Sin embargo, a veces no sé de que me sirve todo eso …
Dijo con unas lágrimas escapando de sus hermosos ojos. De ahí en adelante nuestra conversación tomó un tono más serio. Empezamos a hablar del amor, del deseo; de la continuidad de las relaciones humanas a lo largo del tiempo. Sus palabras pintaban el retrato de una mujer frustrada que se sentía sola, invisible e ignorada.
—Tal vez necesitas intentar reconectar … Hacer algo divertido juntos …
Sugerí en modo del todo inseguro.
—Tal vez tengas razón … Pero ya esa chispa no existe … Ha pasado mucho tiempo y nada …
Ella respiró hondo, su pecho se levanto ostentosamente bajo su ceñido vestido. Nuestras miradas se cruzaron y, en ese preciso momento, hubo algo nuevo que floreció en nuestra relación. Las fronteras entre madre e hijo desaparecieron y nos desplazamos a un territorio nuevo y turbulento de confesiones y deseos típicos de dos personas adultas.
Al final de nuestro refrigerio, la tensión se hizo tangible. Ahora ambos estábamos conscientes de que estábamos en un terreno decididamente inapropiado, pero no encontrábamos la fuerza ni el motivo para salir de eso. Su mano permaneció en la mía. Luego se acercó tanto que sentí su tibio aliento en mi mejilla.
—Matteo …
Dijo en un susurro y llena de emoción. Sabía que estaba a punto de revelarme algo importante para ella.
—Matteo … Debes saber que aún quiero a tu padre, pero a veces siento que …
La miré y asentí, dándole a entender que entendía bien el como se sentía y la interrumpí.
—Mamá … Tú mereces ser feliz …
Ella respiró hondo y miró al infinito como tratando de encontrar las palabras precisas para confidenciarme todo; vi el reflejo de la gente que giraba alrededor de nosotros.
—A veces siento que somos dos personas diametralmente distintas … Dos personas desconocidas que viven bajo el mismo techo … Ya no funcionamos como pareja …
—Mamá … Tal vez solo necesiten un poco de tiempo el uno para el otro …
Ella apretó fuertemente mi mano, un escalofrío recorrió toda mi columna vertebral cuando me dijo:
—¿Y si te dijera que ya hay otra persona? … ¿Alguien con quien he sentido esa chispa? …
El bullicio del Centro Comercial se difuminó instantáneamente a mi alrededor; sus palabras fueron como un balde de agua fría. La miré sin saber cómo responder. Su confesión me dejó completamente mudo.
—¿Quién es, mamá? …
Conseguí preguntar finalmente, mi corazón estaba desbocado, mi respiración alterada. Ella percibió mi perturbación; respiro hondo y puso una mano en mi hombro.
—Por ahora no es nada …
Me dijo con una voz suave y tranquilizadora, luego agregó:
—Sólo alguien que me hace sentir … ¡Ehm! … Viva …
Lo dijo escudriñando mis ojos profundamente. Dentro de mí había una revolución delirante. Emociones encontradas. Sorpresa; celos; también algo de decepción. No podía creer a sus palabras, pero las había dicho.
—¿Qué significa todo eso, mamá? …
Pregunté tratando de mantenerme con voz firme y calmada. Sus dedos ejercían algo de presión en mí hombro como para transmitirme algo de lo que ella estaba sintiendo, pero ¿qué?
—Significa que echaba de menos sentirme querida, Matteo …
Sus pechos rozaban mi brazo y ella continuó:
—¿Sabes a lo que me refiero? …
Su pregunta flotó por el aire, más que una confesión, parecía una súplica. Un S.O.S. Ya no había ninguna línea entre madre e hijo, todo se puso difuso y extraño. Con voz temblorosa me dirigí a ella:
—Mamá … ¿Es algo serio … importante? …
Ella también estaba en un estado de confusión. Me miró buscando alguna señal, algo que le revelara lo que yo estaba sintiendo.
—¿Te enfadarías conmigo si lo intentara? …
Preguntó en un tono extraordinariamente delicado. Sin embargo, a mí la pregunta me golpeó de lleno. Como un certero puñetazo en el estómago. Por supuesto que estaba furioso. Pero no por las razones que ella imaginaba. Me armé de entereza y conservé mi calma. Traté de hilvanar una respuesta criteriosa.
—Lo que más quiero es que seas feliz, mamá … Pero creo que sería oportuno hablar de ello con mi padre …
Ella asintió con cierta angustia. Dejó que su mano se deslizara por mi brazo y dijo:
—Tienes razón, Matteo … Pero hay veces que uno se cansa de hablar … Eso no basta, no es suficiente …
Había un marcado tono de resignación en su voz.
Nos quedamos allí sumergidos en un pesado silencio. No tenía la menor idea de cómo solevar su pesimismo y me estaba hundiendo junto a ella sin poder ayudarla. La música del Centro Comercial y la desentonada algarabía de las personas se extendieron por doquier y nos trajeron a la realidad.
—Será mejor que nos vayamos …
Dijo mamá levantándose de la mesa y nos dirigimos a los estacionamientos.
Volvimos al coche y salimos de ahí; los sonidos del Centro Comercial contrastaban fuertemente con la tranquilidad de los estacionamientos. El silencio en el coche se volvió casi opresivo. El peso de su confesión pesaba sobre mi mente y no tenía espacio para pensar, pero estaba tratando de reflexionar sobre las consecuencias de sus palabras. Sabía que debía mantener todo en secreto, pero no había nada que me calmara pensándola a ella con otro hombre. Eso era realmente insoportable para mí.
Entramos por el ingreso de la cochera, la casa se alzaba majestuosa frente a nosotros. Ella se inclinó hacia mí y dijo amablemente:
—Gracias por lo de hoy, Matteo …
Asentí incapaz de decir palabra alguna. Mientras ella descendía del auto, se giró a mirarme y me preguntó:
—¿Estás bien, tesoro? …
—Sí, mamá … —Mentí descaradamente. —Todo bien …
Mientras la miraba alejarse caminando a la entrada de la casa con su bolsa de compras y él famoso bikini dorado en ella; me di cuenta de que nada volvería a ser igual entre ella y yo. La mujer que hasta ahora había considerado solo como mi madre, se había transformado en algo decididamente diferente e inesperado para mí.
Durante los días siguientes, mamá se ausentó por el viaje con sus compañeros; me encontré atrapado en un vórtice de secretas y salvajes fantasías. Me resultaba imposible liberarme de la imagen de ella con ese bikini dorado, sus fantásticas sinuosidades brillando bajo el sol mientras coqueteaba con ese otro hombre desconocido para mí. Ese idiota que había reavivado en ella el deseo, ese tal que la había hecho sentirse viva. En mi mente se había convertido en una frívola pizpireta capaz de flirtear con un desconocido, atraerlo con su sonrisa radiante y sus curvas impresionantes y aceptar que le susurrase quizás que perversas insinuaciones. La sola idea de pensarla con otro hombre era como una sustancia prohibida que me roía por dentro, un coctel poderoso de celos, rabia y excitación.
La imaginé apartándose del grupo al ocaso, buscando un lugar separado y tranquilo con miradas cómplices en forma silenciosa y apasionada. Encontraban un sitio solitario, sus cuerpos se entrelazaban en una danza de deseos; intercambiando besos llenos de la pasión de quienes llevaban un tiempo sintiéndose privados de tal intimidad. Él recorriendo el cuerpo voluptuoso de mamá cubierto solo con su diminuto bikini dorado, sus dedos frotando su piel lechosa y tersa, explorando los secretos ocultos de ella. Y en un dado momento, soltando los tirantes de amarré de su pequeña prenda, revelando la exuberante belleza del cuerpo desnudo de ella.
Solo en el silencio de mi cuarto mi mente vagaba en esas extravagantes fantasías. La veía a mi madre montándolo a horcajadas y cabalgando con gracia la gran polla de ese desconocido. Sus caderas moviéndose rítmicamente en eterno movimiento. Sus hermosos pechos, llenos y vibrantes saltando con cada embestida. Sus pezones rebotando junto con el resto y de su boca saliendo gemidos y chillidos de loco placer. En mi imaginación él la tumbaba y la volvía a penetrar. Los ojos de mi madre estaban perdidos en sus cuencas, sintiendo la polla de ese extraño que la hacía vibrar y sentirse viva. Él aceleraba sus embistes llevándola cada vez más cerca del orgasmo y, cuando al ápice del placer, los brazos de mamá lo envolvían tirándolo más adentro de ella, suspirando y gimiendo de alocado placer carnal. Mi mano se movía velozmente y en armonía con la imágenes de pasión que visualizaba mi mente, llevándome a mi propio clímax.
Pero esa no era mí única imaginación. Vi a mi hermosa madre follando en todas las posiciones posibles e imaginables. Cada acto sexual desarrollándose en mi mente como un video porno. La imaginé con las piernas bien abiertas y también arrodillada a lo perrito. La pensé arrodillada frente a él, chupando entusiásticamente su gran polla. Imaginé su coño apretando la gran polla de él mientras rebotaba en la cama gimiendo y chillando, y en un momento preciso, él sacando su polla velozmente de su panocha enrojecida y moviéndose sobre sus senos para rociar su semen tibio y copioso, llenando sus lindas tetas con su lechita.
Ciertamente que la masturbación es un desahogo, pero cada vez que me masturbaba pensando a las aventuras de mi madre, en mi interior crecía una sensación de culpa; un trago amargo insoportable de pensarla en brazos a otro hombre. Pero las fantasías no se detuvieron, continuaban y cada vez se volvían más intensas y vívidas. Me sentí atrapado y dividido entre el amor de un niño y el deseo carnal de un hombre. Esa fina línea se iba haciendo a cada hora más tenue.
*****
Finalmente mamá regresó de su weekend en la playa. Traía consigo una energía que no había visto en años. Parecía rejuvenecida y ágil. Su piel brillaba esplendente bajo los rayos del sol primaveral y su cabello se mecía a la brisa matutina. Su forma de moverse ahora era más segura y libre, parecía una persona que acababa de librarse de una pesada carga. Al principio no se dio cuenta de como yo la miraba. En sus ojos todavía brillaba la emoción y la excitación de un secreto que aún no revelaba.
—¿Qué tal tu fin de semana, mami? …
Pregunté haciendo todo lo posible por mantener mi voz neutra y calmada.
—¿Ugh? … ¡Oh, genial! … ¡El tiempo, el mar y la playa todo perfecto! …
Respondió con una calidez en la voz que me inquietó. Sus palabras parecían del todo inocentes, pero el tono con que lo dijo, la forma en que movió su cabeza y cerró los ojos; además, el leve roce de su mano en mi brazo, sugerían que había algo más en sus palabras, algo que ella no había revelado a nadie más.
—¡Eh! … ¿Y cómo anduvo eso con tus colegas? …
Pregunté en modo casual, sintiendo que mi corazón palpitaba más fuerte. Estoy seguro que sus mejillas se le sonrojaron, mordió su labio inferior y evitó mirarme.
—Todos muy amables y divertidos …
Respondió ella en el mismo tono de voz. Comencé a pensar en cómo sonsacarle más cosas, pero ella no había terminado.
—Pero … ¡Uhm! … Hubo uno … Uno muy particular que me seguía y se aseguraba que no me sintiera demasiado sola …
Dijo confesando, pero se detuvo sin decir más. Esto no hizo más que estimular mi curiosidad.
—¿Ah, sí? … ¿Y cómo se llama? …
Dije interpretando mi rol de hijo comprensivo. Se giró a mirarme directamente con sus ojos brillantes, me dio la impresión de que ella podía ver a través de mí. Sin embargo, respiró hondo y me dijo.
—Se llama Roberto …
Su tono de voz otra vez me inquietó y me hizo sentir celos, luego añadió:
—Él también está casado … Pero su matrimonio no va muy bien … Tiene algunos problemas con su esposa …
Mientras ella se explayaba en sus experiencias con ese tal Roberto. A mi me pareció que la habitación giraba; mi mente comenzó a llenarse con imágenes de ella en brazos de su Roberto. Un lacerante dolor en mi estómago comenzó a molestarme segundo a segundo. Pero me di cuenta de que tenía la imperiosa necesidad de controlar mis sentimientos hacia ella. Conseguí preguntar con voz tensa:
—¿Y qué más pasó? …
Sus ojos se fijaron en mí escudriñando mi rostro en busca de alguna reacción, pero solo encontraron mi mascara de curiosidad.
—Bueno … ¡Ehm! … Hablamos, coqueteamos … Y bueno … Sí … También nos besamos …
Dijo con un hilo de voz, pero prosiguió:
—Pero no hubo nada más … Me sentí bien … Me dio vida …
Sus palabras fluían como un torrente de emociones muy intensas. Dentro de mí había celos, ira, excitación. Todo se mezclaba en una vorágine que amenazaba con abrumarme. Asentí mientras mi mente se repletaba con imágenes de ella en los brazos de ese tal Roberto, sus cuerpos se pegaban el uno al otro, sus bocas entreabiertas se unían con loca pasión. La interrumpí.
—¿Mamá? … ¿Estás segura de que eso es lo que quieres? …
Volvió a mirarme atentamente, pensé que podía leer mi mente, pero solo me sonrió con un dejo de tristeza antes de decir:
—¿Sabes, Matteo? … Hay veces que necesitas aferrar la felicidad cuando esta se presenta …
Sus palabras calmaron un poco mis heridas abiertas por mis celos, me oí preguntarle:
—¿Y qué pasa con papá? …
Su voz se puso seria y su expresión cambió.
—Bueno … Tu padre y yo vamos a tener que encontrar una solución …
Dijo con evidentes dudas en su voz, luego agregó:
—Por ahora quiero dedicarme a ser yo misma otra vez …
Asentí intentando tragar el nudo que me oprimía la garganta. Ella se iba a divorciar de mi padre.
—¡Vale! … Si eso lo que te hace feliz …
Respondí en un tono alentador. Nos quedamos allí por largo rato. El peso de su confesión seguía flotando en el aire como una pesada nube sobre nosotros. Mamá seguía mirándome, en forma interrogante como esperando alguna respuesta o reacción de mi parte. Pero no me sentía en vena de hacer nada, así que asentía y sonreía interpretando el rol del hijo comprensivo.
*****
Más tarde esa noche, después de que todos se fueron a la cama, me retiré al refugio de mí dormitorio cerrando cuidadosamente la puerta. Mis sentimientos eran encontrados y turbulentos. Había muchas imágenes, sonidos y sensaciones de las cuales no podía desprenderme. Su forma de hablar sobre ese tal Roberto, el modo en que me miraba sonriendo de manera conspiradora. Todo se manifestaba en mi mente como algo oscuro y en una atmosfera sensual. Me tumbé en la cama y mi mano rápidamente aferró mi polla, mientras mi respiración se hacía más y más afanosa. Mi pensamiento era uno solo: Las manos de Roberto acariciando la piel de ella, dibujando el contorno de sus tetas, moviéndose más abajo para desatar los tirantes de su bikini dorado; el mismo que me hizo saborear por vez primera todas las curvas de mamá.
Me perdí en esta fantasía, los limites entre la fantasía y la realidad se volvieron cada vez más difusos. Imagine el rostro de ese tal Roberto sobre la cara de mamá, sonriéndole mientras rozaba sus labios y se escondía en su cuello haciéndola gemir de placer. Podía oír el roce de las sábanas del hotel, el crujido de la cama bajo el peso de sus cuerpos que comenzaban a moverse, el sonido de piel estrellándose contra piel. Esas imágenes aparecían y desaparecían en una mezcla confusa de rabia, celos y excitación. Mí clímax llegó con la fuerza de un terremoto, me quedé sin aliento, agotado y asqueado mirando mi vientre y mis manos llenas de semen. Había cruzado la frontera y no sabía si iba a poder volver atrás.
Estaba celoso y herido. Motivado por mis sentimientos y por la curiosidad, tomé la decisión de vigilar de cerca los pasos de mamá. Mi intención era conocer a este Roberto y toda la verdad que había entre él y mi madre. El tipo era casado y probablemente se estaba aprovechando de ella y su vulnerabilidad. No podía creer que durante todo un fin de semana junto a él se hubieran solo besuqueado un poco. Había un nudo en mi estómago. Comencé a analizar todas sus palabras y acciones desde el momento en que salió de casa hasta cuando regresó dos días después.
Un día aprovechando que estaba en la ducha, me colé en su habitación para revisar su celular. Mí corazón latía agitado mientras repasaba sus mensajes, quería encontrar alguna pista sobre ese tal Roberto. Hasta que di con él, oculto en medio a capas de conversaciones aparentemente inofensivas con sus colegas, encontré una secuencia de mensajes que despertó en mí una profunda sensación de inquietud.
La comunicación estaba llena de insinuaciones y deseos ilícitos, dejando claro que su fin de semana había sido de todo menos inocente. El pensamiento de mi madre, la misma que me había dado a luz, inmersa en una relación apasionada y clandestina me golpeó como una patada directa al hígado. Sin embargo, cada mensaje que leía me llevaba a involucrarme más en su mundo de encuentros secretos y perversas caricias prohibidas.
Sus palabras recontaban de una ardiente historia de amor que llevaba ya un tiempo, por no decir meses, desarrollándose en secreto sin que nadie lo supiera. El beso del que me habló ella era solo la punta del iceberg. Habían compartido juntos todo el fin de semana. Sus cuerpos calientes entrelazados la mayor parte del tiempo, en una danza de loca pasión; tal cual yo los había imaginado. Mi ceño se fruncía de rabia mientras apretaba mis manos temblorosas al leer los explícitos detalles de sus encuentros. Las imágenes en mi mente se agolpaban nítidas y vívidas, hasta el punto de que no pude contener un gemido gutural de ira; odiaba a ese tal Roberto. Me sentía dividido entre los celos y una extraña e intensa sensación que recorría toda mi piel. Tenía un irrefrenable deseo de saber más, de ver con mis propios ojos al hombre que había conquistado el corazón de mamá y le había retornado su fuerza de vivir plenamente sus emociones, pero no había imágenes con él.
El único modo de interiorizarme más de su relación con ese tal Roberto, era observarla de cerca y seguirla a cualquier lugar donde ella vaya con la esperanza de atraparla al momento de uno de sus encuentros. Así que cada vez que ella salía de casa, comencé a seguirla a una prudente distancia. La vi entrar a un bar, seguramente lugar de encuentro con el bobo ese. Después salió sola, pero se dirigió a un motel donde de seguro él la esperaba para uno de sus tórridos encuentros de amantes. De hecho permaneció ahí varias horas, cuando salió se dirigió a casa nuestra de prisa para que papá no se percatara que ella había estado ausente.
Mientras más la espiaba, más crecía en mí esa obsesión por ella. El amor que sentía por mi madre se estaba convirtiendo poco a poco en una chaladura que me cegaba, algo que me controlaba totalmente en modo paranoico. Imaginar las manos de ese tal Roberto posesionándose de la estrecha cintura de mi madre, besando sus labios, acariciando su cuello y todo su cuerpo me estaba volviendo loco de deseos, celos y rabia. Sin embargo me encontraba en un callejón sin salida y sin poder reaccionar a la realidad.
Una tarde mientras mi padre y sus amigos partían para un fin de semana de pesca. Mamá se volteó hacia mí con una enigmática mirada en su rosto. Me pilló espiándola mientras hablada por celular, probablemente con ese tal Roberto.
—Matteo … Ven aquí … Tenemos que hablar …
Me dijo con voz calmada, pero con la autoridad de una mamá. Mi corazón se aceleró cuando me acerqué a ella en la sala de estar. Se levantó y nos fuimos a la privacidad de su dormitorio, cerró la puerta detrás de nosotros. La habitación estaba iluminada por tenues luces e impregnada por el delicado aroma que me atormentaba desde siempre, la fragancia habitual de mamá.
—Matteo … Te he visto, ¿sabes? … Sé que me has seguido más de una vez …
Me dijo con una voz calmada, pero temblorosa. Me invadió una sensación de culpa, miedo y vergüenza, pero mantuve mi aplomo mirándola directamente a los ojos. Mi corazón latía con fuerza mientras miraba el brillo de sus pupilas. Con voz calmada le dije.
—Era necesario, mamá … Necesitaba saber más …
Su expresión se suavizó, pero un atisbo de sorpresa se vio reflejado en su rostro.
—¿Me viste? … ¡Quero decir! … ¿Nos viste? … ¿Eh? …
Ella se acercó más a mí, mis fosas nasales se colmaron con la delicada esencia que emanaba su cuerpo. Mis ojos se bajaron sintiendo los suyos que me escrutaban intensamente.
—¡Lo siento, mamá! … ¡No sé qué decir! …
Murmuré sintiendo el peso de mis acciones. Mamá extendió su mano y acarició mi mejilla. Ese delicado gesto me dio un golpe como una carga eléctrica.
—Tesoro, no necesitas hablar … Sólo escucha …
Dijo su voz aterciopelada mientras sus ojos buscaban los míos en forma sugerente.
—Todo comenzó en forma del todo inocente …
Me dijo en un tono algo compungida y arrepentida.
—Roberto se dio cuenta de que me sucedía algo … Algo que me impedía concentrarme en el trabajo como es debido … Comenzó a hacerme pequeños cumplidos para animarme … Pero inesperadamente algo cambió y comencé a sentir una sensación que creía olvidada …
Hizo una pausa como para recuperar su aliento y encontrar las palabras justas, luego continuó:
—Una tarde, después de un día estresante … Yo me sentía abrumada con trabajo que tenía que realizar … Él fue el único que se ofreció a ayudarme … Me hizo sentir que no estaba sola … Esa tarde trabajamos juntos duramente y sacamos adelante todo el trabajo … Por primera vez en meses me reí con sus comentarios y humor jocoso …
Se detuvo un momento con la mirada perdida en el recuerdo de lo que había sido su primer momento íntimo con ese tal Roberto.
—Cuando en la oficina quedamos solos él y yo … Se detuvo y me dijo … “Giada, para mí tú eres mucho más que una simple colega” …
La mano de mamá se deslizó de mi mejilla y se apoyó en mi pecho. Podía sentir el temblor de su mano al recordar ese momento crucial.
—Salimos juntos de la oficina hacia el ascensor … Y antes de que yo pudiera darme cuenta, él se inclinó y me besó … Fue algo tan repentino que yo no pude hacer nada … No lo aparté …
Los ojos de mamá buscaron los míos en busca de comprensión y perdón.
—Su delicado y fortuito beso me estremeció toda … Algo se despertó en mí … Su caricia, sus palabras y su modo delicado de tratarme … Todas cosas de las cuales no tenía memoria alguna … Todo me parecía nuevo y excitante …
La mano de mamá comenzó a juguetear con los botones de mi camisa.
—Nos besamos con inusitada intensidad …
Dijo sin un velo de arrepentimiento y desabrochando casualmente los botones de mi camisa.
—Y mientras él me besaba … Yo bajé mi mano y se la toqué …
Sus ojos lucientes escrutaron atentamente mis ojos, pero yo estaba demasiado aturdido para pronunciar algo inteligible. No podía creer que mi madre tuviera la desfachatez de tocar la verga dura de otro hombre en un pasillo público, era demasiado para mí; pero ella no había terminado:
—Le froté su gruesa y dura polla por sobre los pantalones …
Respiró profundamente antes de agregar:
—Y él metió su mano bajo mi falda … Tocó mi panocha y se dio cuenta de que estaba toda mojada …
Toda la habitación pareció estremecerse cuando sentí un corrientazo eléctrico que me atravesó de pies a cabeza. Las palabras escaparon de mi boca y pregunté abrumado:
—¿Y cómo se sintió eso, mami? …
Su rostro se acercó al mío mientras sus dedos desabrochaban el último botón de mi camisa y su tibia mano se apoyaba en mi pecho lampiño.
—¿Quieres que te lo cuente? … ¿Quieres saber los detalles? …
Su mano bajó a mi ombligo y acarició mi abdomen moldeado en el gimnasio; suavizó su voz. Bajo mis pantalones había una revolución en curso; mi polla comenzaba a reaccionar prepotentemente, había una furiosa erección en ciernes. Sin apartar la vista de sus ojos escrutadores, susurré:
—¡Sí! …
Su sonrisa se distendió ampliamente en forma confidente y secuaz.
—¡Ehm! … Roberto … ¡Uhm! … Él es muy tierno y atento … Ama mi cuerpo, cada centímetro de él …
Cerró los ojos en forma ensoñadora y su voz se tornó en un murmullo, prosiguió diciendo:
—Me besa por todas partes haciéndome gemir de ganas y deseos … Cuando toca mi coño es como una experiencia única … No recordaba de haber sentido nada parecido …
La mano de mamá se metió en la pretina de mis pantalones y jugó a tirarlos.
—Su polla es enorme … Mucho más grande que la de tu padre, ¿sabes? …
Dijo con una voz llena de asombro y gimió suspirando mientras lo decía.
—La primera vez que se la toqué, me dio miedo … Pensé que iba a reventar mi coño con una verga tan gruesa …
Mientras ella hablada y describía con lujo de detalles toda su relación con ese Roberto, imaginé una gigantesca polla aplastando los labios regordetes que cubría el pequeño coño de mi madre y la penetraba haciéndola perder el control de sí misma. Sorpresivamente me encontré preguntándole:
—¿Y tu culo? … ¿Le dejaste follar tu culo? …
No podía creer que esas palabras hayan salido de mi boca, pero necesitaba saberlo todo. Sus ojos se abrieron ampliamente como para recordar algo impresionante. Con una expresión y un temblor en su voz, arrugó su ceñó y me dijo.
—¡Oh, sí! … ¡Hmmmmm! … ¡Ssííí! … Fue algo intenso … Él fue muy dulce … Primero me lamió el culo por largo rato, luego metió uno de sus dedos mojadito con su saliva, enseguida agregó otro y otro dedo … Me folló con ellos hasta que estuve lista … Creí que me iba a desmayar cuando su enorme polla comenzó a penetrar mi estrechez … Suavemente Roberto comenzó a follar mi trasero mientras jugaba con mi coño … Me perdí en un mar de sensaciones nuevas …
Casi inconscientemente su mano se fue al botón y cierre de su falda, desabrochando y bajando la cremallera en un abrir y cerrar de ojos.
—Algo que me envolvía por completo … Y mientras follaba mi apretado culo, me decía cuanto me quería, me decía que era suya y que nadie más me iba a poder hacer sentir así …
La habitación parecía girar y más me parecía estar en una limbo de fantasía, hasta mi vista se había tornado borrosa. El aroma de mamá inundaba mis fosas nasales. Todo parecía mezclarse. Nos habíamos separado de este mundo en un universo solo mío y de ella.
—¿Y tú que le dices, mami? …
Pregunté sin poder esconder la excitación de mi voz. Ella entrecerró sus ojos y suspiro para decirme:
—Le digo que él es todo mío … Que me gusta come me rompe el culo con su linda y gruesa verga … Que nunca nadie mi había hecho por ahí y que me gusta mucho …
Su mano desabrochó mi cinturón y botón de mis pantalones; sus uñas arañaron suavemente mi piel, luego me dijo:
—¡Sabes, Matteo? … La primera vez que Roberto me vio en la playa con ese bikini dorado, me dijo que no podía creer lo que estaba viendo … Se quedó sin palabras y boquiabierto mirándome asombrado …
Cuando ella mencionó el bikini dorado, mis mejillas se llenaron con un rubor ardiente. Yo también la vi en mi mente e imagine los ojos abiertos como platillos del otro hombre observando las curvas exuberantes de mamá. Ella continuó su narración:
—Me tomó de la mano y nos apartamos detrás de unas dunas …
Las manos de mamá se metieron en mis pantalones cuando dijo:
—Nos tiramos sobre la arena y él me folló desesperadamente sin siquiera quitarme el bikini …
Sus palabras hicieron dar un respingo a mi polla. En mi mente se formó la imagen de ella en esa minúscula prenda de baño y ese otro hombre penetrándola salvajemente para dar rienda suelta a su lujuria y la de ella. La interrumpí sin querer:
—¿Mamá? …
Mi voz era cálida e intensa, plena de deseos por ella. Me miró con un dejo de preocupación.
—¿Qué te sucede, Matteo? …
No pude contenerme y las palabras salieron de mi boca en tropel.
—¡Quiero saber cómo es eso, mami! … ¡Quiero sentir lo mismo que siente, Roberto! …
Sus ojos me miraron en forma enigmática y conspiradora. Había una mezcla de estupefacción y curiosidad que era evidente en su mirada. Se alejó un poco de mí y expresó:
—¿Pero qué estás diciendo, Matteo? …
Mis palabras sonaban cómo una confesión de larga data, como una plegaria en un templo sagrado:
—¡Quiero sentir como se siente cuando te besas con él! … ¡Quiero sentir tu cuerpo tal como lo siente él! …
Ella me miró sorprendida y con los ojos muy abiertos, había una vorágine de emociones que se evidenciaban en su rostro. Comencé a arrepentirme de mis palabras. Antes de que pudiera expresar mis disculpas, ella se giró y se fue a su armario. Se desnudó y se vistió con el bikini dorado. Era tal cual como la imaginaba en mis sueños desde hace semanas. La tela se adhería perfectamente a su piel tersa y lampiña, sus curvas despertaron un deseo irrefrenable y salvaje dentro de mí.
Caminó hacia mí contoneando sus caderas en modo sicalíptico. Como una diosa que se desplaza en un ritual sacro. Me parecía escuchar hasta el sonido de la tela apretujándose entre sus muslos, cada pequeño movimiento resonaba en toda la habitación. Cuando finalmente se paró frente a mí, sus ojos despedían chispas de lujuria que hicieron hervir mi sangre.
—¡Matteo! …
Murmuró en un seductor suspiro que me estremeció por completo. Dio un paso más y el triángulo dorado que cubría su coño, brilló iluminando toda la habitación. Luego su cálida voz pareció retumbar:
—Si de verdad quieres sentir todo eso, tendrás que demostrar que puedes hacerme sentir lo que él me hace sentir …
Mi corazón latía con fuerza sintiendo la proximidad seductora de su cuerpo vestido sólo con el pequeño bikini dorado. Sus ojos se centraron en los míos y sin decir palabra alguna, se inclinó hacia adelante y puso sus labios sobre los míos. Fue un beso suave y repentino, vacilante, como si esperara que yo me alejara. Pero abrí mi boca y ella empujó su lengua dentro invitándola a danzar. Había una mezcla de amor, ternura y lujuria. Algo tan perverso y prohibido que era imposible resistirse.
La mano de mano de mamá comenzó a tironear mis pantalones hacia mis tobillos, dejando al descubierto mi polla furiosamente dura y parada. Sin apartar sus labios de los míos, su mano aferró mi pene.
La sensación que tuve fue única. Muy diferente a cuando lo aferraba con mis manos. Su mano en mí polla dura como palo encendió una intensa llama en mi interior. Con un tímido gesto extendí mi mano. Mis dedos temblorosos alcanzaron los tirantes de su bikini dorado. Cuando los tiré, la tela pareció desvanecerse en el aire y las hermosas tetas de mi madre se liberaron ostentosas cayendo libres hacia adelante con sus pezones duros apuntando hacia el cielo.
Mis ojos la contemplaban deslumbrados, no podía dar crédito a lo que estaba pasando. Esta era mi madre, la que me había nutrido con esos pechos excepcionales, jamás pensé de alguna vez estar mirándolos con deseos y lujuria. No sé si ella me permitiría tocarla. Me acerqué a sus pechos y mis labios encontraron uno de sus duros pezones, comencé a lamer y chupar, observando la candidez con que ella empujaba su seno en mi boca, con los ojos cerrados en señal del placer que estaba sintiendo.
Ella se apartó un poco y se inclinó para tomar mi polla en su boca, en una fracción de minuto, sus labios entreabiertos comenzaron a chupar mi pene. Era indescriptible la sensación de su tierna y cálida boca succionando mi garrote embravecido. Su lengua dibujando círculos sobre mi glande amoratado y luciente, bajando su cabeza para tragar toda mi longitud lo más profundo posible. Gemí apoyando mi mano en sus cabellos para empujar con fuerza mi polla dentro de su boca; ella me miraba casi suplicante y yo la miraba animoso. Había un calor que se extendía por todo mi cuerpo, no resistí y le dije:
—Mami … Quiero follar tu coño …
Sus ojos se achinaron y lanzaron chispas de lujuria mientras se distendía sobre la cama.
—¡Vamos, bebé! … ¡Lléname con tu polla! …
Sus pechos rebotaban como formas de jalea. Levanté sus piernas y ella rodeó mi cintura con ellas. Sus palabras habían sido como una orden para mí. Quería hacerla sentir bien, hacerla sentir viva; entonces ella separó bien sus piernas invitándome a penetrar su caldeada intimidad.
No perdí tiempo, alineé mi verga con la estrecha entrada de su pequeño coño y le apoyé mi cabezota hinchada, sus labios mayores se hicieron un poco a un lado cuando empujé y penetré el maravilloso coño de mamá. Estaba más apretado de lo que nunca pensé y la sensación fue abrumadora. Me acomodé encima de ella llevando mi polla más y más dentro de su cuevita del amor. Ella gimió debajo de mí, sus uñas se clavaron en mis hombros y ella empujó su pelvis para hacer entrar todo mi pene en su ajustada vagina. Poco a poco comencé a aumentar mi ritmo hasta hacerlo más intenso y salvaje, nuestros cuerpos unidos en una danza de pasión y deseo. La habitación se llenó con los sonidos furiosos de mí y de ella, nuestras respiraciones agitadas al máximo, había tantos susurros y gemidos. De repente y sin previo aviso ella se giró y me presentó su culo.
Me acerqué y no dudé ni un momento, me incliné a besar ese rugoso y cerrado agujerito. Le llené de saliva su ano, agarré mi polla con una mano y la empujé dentro de ella, poco a poco la llené por completo. Ella rechinó sus dientes y estoica, levantó su culo para que la perforara plenamente. Su espalda se arqueó ampliamente y su culo se tragó toda mi polla. La cara de mamá estaba deformada en una mueca de dolor y placer. Sabía que iba demasiado rápido, pero me era imposible detenerme. Todos sus agujeros debían ser míos y me sentía con el derecho de reclamar cada uno de ellos. Ella era solamente mía.
Sus dedos estaban agarrotados arañando las sábanas de la cama mientras yo inicié un suave mete y saca de su apretado culo. Había un lento golpetear de piel contra piel. Un ritmo suave como la obertura de un acto sinfónico que quería que perdurara por siempre. Vi su cara llena de dicha mientras giraba su cabeza para mirarme por sobre su hombro. Había entereza, sumisión, pasión y adoración en el brillo de su mirada.
—¡Oh, Roberto, mi amor! …
Pensé de haber escuchado mal.
—¡Mamá! … ¡Soy yo … Matteo! …
—¡Sí! … ¡Lo sé! … Pero en mi fantasía siempre fuiste Roberto … Mi fantasía eras tu y al fin eres mío y yo soy tuya … Roberto me lo inventé para hacerte reaccionar, tesoro …
—Entonces … Entonces quieres decir qué …
—Sí, amor mío … Roberto no existe … Así es …
Sus gemidos se hicieron más fuerte. Mi pecho se hincho de ternura y pasión por esta mujer que me dio a luz. Mis caderas de movieron velozmente, quería hacerla feliz y la expresión de su rostro me decía que lo estaba logrando. Su ceño estaba fruncido, sus ojos cerrados; la sentí temblar bajo de mí.
—¡Oh, mamá! … ¡Estás tan apretadita! … ¡Tan jodidamente estrecha! …
—Es porque nunca nadie me había hecho lo que me estás haciendo tú … Es mi primera vez, amor mío …
Abrió los ojos y me dijo:
—Quiero ser una puta solo para ti … Me encanta sentirte todo dentro de mí …
Eso fue suficiente para hacerme perder el control y ya no pude aguantarme. Con un gruñido animalesco le enterré y descargué borbotones densos de tibio semen en su apretado culo. Me boté encima de ella a besar y comerme su cuello y sus orejas. Ella toda entera era mía y jamás necesitaría de otro hombre para satisfacerla. Las vibraciones y contracciones de su trasero me decía que ella estaba totalmente de acuerdo.
Fin
***** ***** ***** ***** ***** ***** ***** *****
El regalo más preciado de quien escribe es saber que alguien está leyendo sus historias. Un correo electrónico, a favor o en contra, ¡Tiene la magia de alegrar el día de quien construye con palabras, una sensación y un placer!
luisa_luisa4634@yahoo.com
Era la dulcísima voz de mamá que resonaba desde las escaleras del primer piso. Levanté la vista de mi laptop, cuya pantalla brillaba en la tenue luz de mi habitación. La vi de pie en el umbral de mí cuarto. Sus cabello color oro estaba recogido en un sofisticado moño y un ligero maquillaje enmarcaba sus ojos violeta.
—¿Qué quieres, mami? …
Pregunté mientras cerraba el portátil y me estiraba en la silla.
—¡Ehm!, mi auto está dando problemas otra vez …
Sus labios rojo Ferrari se fruncían en desdén y suspirando agregó:
—Tengo que ir al centro comercial a recoger algunas cosas para el día de la oficina …
Era mi madre queridísima y no podía rehusarle nada, asentí con mi cabeza y dije:
—Dame un minuto para tomar las llaves de mi auto y yo te acompañaré …
Me levanté estirando mis brazos con un pequeño dolor de espalda que me recordaba de haber estado mucho tiempo delante de la pantalla de mi laptop.
Minutos después estábamos en mi coche. Mi Volvo EX30 se movió silenciosamente mientras nos alejábamos del camino de entrada. El cálido sol de primavera asomaba tímidamente entre nubes blancas de algodón, proyectando a una nítida luz sobre la tranquila calle del suburbio.
—Entonces … ¿Ya has decidido que cosas vas a comprar, mami? …
Pregunté mientras nos dirigíamos a unos de los centros comerciales más importantes de la ciudad.
—Bueno … Necesito comprar unos bikinis … Los que tengo son tan viejos que me avergonzaría de usarlos este fin de semana en la playa …
Dijo mamá sonriendo un poco tímida mientras revisaba los mensajes en su celular, luego agregó:
—Sabes cómo son de chismosos en la oficina, ¿no? …
—Pero tu no tienes nada de qué preocuparte, mamá … Siempre has sido la más linda de todas …
Le dije con sinceridad. Además, era una afirmación compartida por todos. Giada, mi madre, siempre había sido una mujer cautivadora y fascinante. Sus compañeros de trabajo no cesaban de halagarla con cumplidos varios, y ella transmitía un aura angelical de confianza que reflejaba su conciencia de sentirse encantadora y atractiva.
El centro comercial estaba lleno como de costumbre. Avanzamos por los pasillos colmados de gente y esto me causó una cierta intranquilidad. Mi madre se detuvo frente a una vitrina llena de coloridos maniquíes portando pequeños y coloridos bikinis.
—¿Qué te parecen aquellos? …
Me preguntó señalando dos modelos, eran del tipo clásico, uno azul rey y otro blanco, ambos muy pequeños. Tosí:
—¿Eh? … ¡Ehm! … Bueno … Yo … ¡Uhm! … ¡Bien! …
Sus ojos de gata brillaron en forma hechicera y sonriendo me dijo:
—Al parecer no eres de mucha ayuda, ¿eh? …
La miré un poco casuísticamente y algo confuso, entonces ella añadió:
—Pero te estoy muy agradecida por acompañarme, querido …
Entramos a la tienda y ella eligió un par de modelos para probárselos en el camerino. Yo me quedé afuera esperando y deslizando mi dedo sobre el celular para revisar los últimos video juegos en el comercio. El aire acondicionado zumbaba sobre mí y me aliviaba del calor que había al exterior. Sin motivo alguno me sentí nervioso, solo veía los movimientos de la cortina y los ruidos que hacía mamá dentro el cambiador. De pronto la cortina se abrió y apareció mamá, estaba de frente, se giró de costado y luego me dio la espalda; después se giró en busca de mi aprobación.
—¿Y bien? … ¿Qué te parece? …
Preguntó. Ella lucía radiante. La miré asombrado, admirado y boquiabierto. Mi voz se negaba a salir de mis labios, sólo pude exclamar:
—¡Vaya! …
Estaba realmente preciosa y por un momento olvidé que estaba mirando a mi madre. El pequeño bikini azul resaltaba el color alabastro de su tersa piel, su vientre liso y ligeramente hundido se veía esplendoroso, sus hermosos pechos parecían escapar de la delgada tela. Sus curvas y sinuosidades lucían fabulosas. Todo en ella era hermoso. Mamá parecía mucho más joven de sus cuarenta y cinco años.
—¿Te gusta? …
Preguntó colocando sus brazos en jarra en sus amplias caderas, sus ojos brillaban con entusiasmo. Con voz ronca y ahogada logré responder:
—¡Oh! … ¡Sí que me gusta! … ¡Pero creo que deberías probar algún otro también! …
—¡Vale! … Pero esta vez elígelo tú … —Me dijo.
Con el número de su talla en mente me fui a ver los estantes. Inmediatamente llamó mi atención un diminuto bikini dorado. Sin duda era más revelador que el azul que ella se había probado.
Mamá levantó una ceja cuando le pasé la pequeña prenda de dos piezas. En su hermoso rostro se dibujó una enigmática sonrisa. Estiró en sus manos el bikini dorado y con su mejor sonrisa me dijo:
—Está bien … Asesor de modas … Voy a ver si quepo en esto tan pequeño …
Luego cerró la cortina para cambiarse. Intenté soslayar el repentino calor en mis mejillas. ¿Qué estaba haciendo? ¡Ella es mi madre! No es una chica de la universidad a la que quiero impresionar o seducir. Sin embargo, el verla como lucía en ese bikini azul despertó en mí sentimientos que me resultaba difícil controlar.
Pasó un tiempo que me pareció extremadamente largo, la espera se hizo desesperante. Podía ver los movimientos de la cortina. Finalmente mamá abrió el cortinaje y se mostró ante mis ávidos ojos. ¡Santo cielo! Este traje de baño era aún más seductor y revelador que el diminuto bikini azul. Había solo pequeños parches que cubrían la desnudez exquisita de mi madre. Parecía una diosa del Olympo. Los cordones que sostenían la delgada y pequeña tela parecían aferrarse a sus magníficas redondeces. Su figura de reloj de arena venía realzada. Sus pechos, aunque grandes, parecían firmes y sólidos, perfectamente contenidos por las pequeñas copas triangulares.
Decir que se cortó mi respiración es poco. La observé atentamente. Su piel parecía brillar junto a la tela reluciente. Sus movimientos era delicados y elegantes. Las luces de la tienda le daban un cálido resplandor a su blanca piel. No pude evitar sentir una extraña e intensa atracción a su belleza.
—¿Y bien? …
Preguntó mamá girándose y mirándome por sobre su hombro. Un hilo de tejido color oro se perdía en medio a sus redondas y firmes nalgas tonificadas. Me costó un mundo expresar algo coherente:
—¡Ehm! … ¡Sí! … ¡Ya veo! … ¡Uhm! … ¡Definitivamente! … ¡Creo qué! … ¡Quiero decir! … ¡Te está bien! … ¡Me parece perfecto! …
La sonrisa de mamá se ensanchó al ver mis esfuerzos por encontrar palabras adecuadas. Ella era muy consciente de su belleza y, el poder que ejercía sobre mí, no se le escapaba. Sentí como si mi corazón quisiera escapar de mi pecho con sus potentes pulsaciones. Las palmas de mis manos sudaban. Todo estaba terriblemente mal, pensé, pero aun así, no podía apartar mis vista de sus torneados muslos que convergían hacía la tela diminuta que cubría la femineidad regordeta de ella.
—Matteo … ¿Crees que soy linda? …
Me dijo toda coqueta y juguetona. Tragué saliva con dificultad; intentaba mantenerme calmo.
—¡Mami … No eres linda … Eres muy, pero muy linda! … ¡Provocaras un tsunami de miradas hacia ti! …
Las palabra se me agolparon y salieron todas juntas. El rostro de ella se relajó y adoptó una expresión más suave. Dio un paso atrás para contemplarse en el espejo del probador. Se quedó un momento quieta allí, sus ojos recorriendo su anatomía por completo. Luego se volvió hacia mí, sus finos labios me sonrieron en un modo cómplice y dijo:
—¿Deveras crees eso? …
—¡Pues claro que sí! … El dorado le dona mucho al color de tu pelo …
Le dije señalando el pequeño traje de baño que fatigaba a cubrir algo de su hermosura.
—Es más … Tómalo cómo un regalo mío …
—¡Oh, Matteo, no puedes hacer eso! … ¡Quizás cuanto te va a costar! …
—Nada de eso importa … Tengo mis ahorros y tu te mereces mucho más que eso … Considéralo como un regalo del día de las madres atrasado …
Mamá parecía visiblemente conmovida. Su mano temblorosa descansó suavemente en mi antebrazo.
—Gracias, querido … Eres muy dulce …
Murmuró con voz ligeramente temblorosa.
—No es nada, mami … Deberías verlo como una forma de recompensarte por todas las veces que tú has debido ayudarme …
Los ojos de ella brillaban con afecto y me sonrió diciendo:
—¡Vale! … Sí es eso lo que quieres …
Cerró el cortinaje y comenzó a vestirse. Luego salió con el bikini azul y el dorado en sus manos y nos dirigimos hacia las cajas, sus caderas se movían suavemente mientras caminaba. No pude evitar de contemplar su trasero perfecto con ese vestido tan ajustado. Mientras nos acercábamos al mostrador, un robusto joven levantó la vista de su celular e inmediatamente capto la hermosa figura de mi madre. No parecía tener muchos más años que yo. Cabellos largos y despeinados y una sonrisa que transmitía arrogancia. Examinó la pequeñas prendas y luego prestó atención a las formas anatómicas de mamá; paso su lengua por sus labios antes de decirle:
—¿Desea algo más, señora? …
Su tono de voz era de interés. Mamá sonrió se inclinó un poco sobre el mostrador para hacer ver sus perfectos senos y dijo:
—Vamos a comprar estos, por favor …
Los ojos famélicos del dependiente se posaron en los exuberantes pechos de mamá. Una repentina punzada de inquietud atravesó mi estómago. ¿Celos? No lo sé. Pero era mi madre a la que aquel cretino estaba mirando. No me explico por qué tenía esa sensación de posesión sobre ella. El muy idiota revisó detenidamente las etiquetas sin apartar la vista de los senos de mi madre.
—Tiene un muy buen gusto, señora … Estoy seguro de que le quedaran perfectos …
Dijo el muy estúpido. Mamá le respondió con una leve sonrisa.
—Gracias …
No pude soportar, di un paso adelante y le entregué mi tarjeta de crédito.
—Cárguelo a mi cuenta …
Dije imponiendo mi presencia. Me miró y pestañeó como si recién me viera, luego tomó mi tarjeta y la colocó sobre el lector de tarjetas, me giró el artilugio para colocar mi clave, luego volvió a focalizarse en mi madre.
—¿Desea algo más, señora? …
Preguntó con voz melosa el muy cretino. Apreté los dientes y esforcé una sonrisa mientras mamá respondía.
—No … Es todo, gracias …
Mamá me miró extrañada por mi actitud posesiva en su confronto y había un signo interrogativo en ella. Sólo me encogí de hombros decidiendo dar por superado todo el asunto. No quería entrar en ese juego de miradas que ella sabía conducir magistralmente.
Nos alejamos de la tienda, pero había algo de tensión entre nosotros. La música y el bullicio del Centro Comercial se desvanecieron, estábamos en una especie de burbuja, un universo paralelo entre ella y yo. No sabía como romper el silencio, preferí no decir nada. Concentrándome en moverme en medio a la multitud de personas. Sentía que en mi estómago se formaba un nudo. No podía obviar las miradas que los hombres le daban a mi madre, ciertamente ella inconscientemente los atraía como moscas a la miel. Mamá era la imagen de una atractiva mujer adulta, madura y disponible. Sentí un inusual sentimiento de celos y un deseo de protegerla. Tratando de aliviar la tensión le dije:
—¿Sabes, mami? … Tal vez deberías cubrirte un poco más para mantener a raya a todos esos jotes que revuelan en torno a ti …
—¡Ay, Matteo! … Estás siempre cuidándome … ¿Sabes qué? … Creo que lo mejor que podemos hacer ahorita mismo es buscar donde comer algo … Tengo un hambre como una manada de lobos … Me comería un alce … Un ciervo … O tal vez un oso …
Dijo mamá sonriendo de buena manera.
—Buena idea, mami …
Respondí feliz de que ella hubiera roto el hielo.
—¡Vamos al patio de comida del segundo piso, allí donde preparan esos bocadillos deliciosos! …
El lugar estaba frente a dos bancos y era poca la gente que transitaba por ahí, en la marea de gente era cómo un remanso de tranquilidad. Conseguimos una mesa al costado de una gran columna que nos daba una cierta intimidad para poder conversar. Una vez que nos acomodamos en nuestros asientos, mamá se acercó y me preguntó:
—¿Cuál es tú sincera opinión sobre el bikini dorado? …
Había un matiz de malicia en el tono de su voz. Mis mejillas se encendieron inmediatamente.
—¡Eh! … ¡Te queda bien … Muy bien diría yo! …
Admití dando un vistazo al amplio escote de su vestido que resultaba hipnótico para mí. Ella se esforzó por acercarse aún más a mí y sus pechos parecían que iban a reventar el decolté que mostraba el surco de sus sólidos senos.
—¿Es mejor que el azul? …
—De seguro llamarás la atención de todos en la playa …
Su maravillosa sonrisa se ensanchó y me dio un toque juguetón en el antebrazo.
—¿Lo dices sinceramente? …
—Estoy seguro de ello, mami …
Llegaron nuestros bocadillos y mientras los disfrutábamos, la conversación derivó a diferentes temas de casa y mis estudios, lo habitual entre madre e hijo. Ella se limpió la boca luego de dar un mordisco a un panecillo de pollo con aguacate, al tiempo que cerraba sus ojos extasiada:
—¡Uhmm! … ¡Delicioso! …
Dijo a alta voz, no percatándose de que muchos de los comensales la estaban mirando como ella mordía y chupaba la salchicha. Limpió con una servilleta algunos rastros de mayonesa de sus labios carnosos y luego su mirada se fijó en mí:
—Entonces, Matteo … ¿Qué opinas del amor y el tener relaciones? …
—¡Gulp! …
Casi me atoro, su pregunta me sorprendió, hacía años que no habíamos hablado de este tema. Todavía era muy pequeño e inocente cuando ella me hablo de flores, abejas, cigüeñas y todas esas cosas. Me vino una especie de carraspera y aclaré mi garganta.
—¡Uhm! … ¡Ehm! … Bueno … Yo … ¡Ehm! … Creo que todos nosotros somos únicos y se trata de encontrar a alguien que sea compatible con nosotros … ¡Ehm! … Tener la suerte de toparse justo con la persona adecuada …
Buscó de mirarme directamente a los ojos cuando me preguntó:
—¡Y qué pasa si esa persona no te ofrece lo que necesitas? … Te hace sentir … ¡Ehm! … Descuidada …
Dejé mi bocadillo en el plato, se había puesto algo denso el aire. Sin saber mucho que decir le pregunté:
—¿Estás bien, mami? …
Suspiró mientras dibujaba un imaginario círculo en su plato vacío, luego me respondió:
—Sí … Pero es solo que tu padre y yo … Ya no congeniamos … Últimamente no nos decimos nada … Él siempre está trabajando … Y cuando está en casa … ¡Ehm! … Simplemente es como si no estuviera … Él verdaderamente no está presente como esposo …
Extendí mi mano y tomé suavemente la suya para ofrecerle un conforto.
—¡Lo siento, mamá! … ¿Qué quieres decir con que “no está presente”? …
Sus ojos rehuyeron los míos por un instante, luego volvió a mirarme y con una voz susurrada me dijo:
—Él me hace sentir como si estoy demás … Ya no me valora … Parece que soy solo quien administra su casa y no su esposa …
Sus palabras resonaron en el aire creando una atmosfera llena de emoción, un fuerte sentimiento de protección se apoderó de mí.
—Mamá, eres una mujer extraordinariamente hermosa … Eres única … Él tiene mucha suerte de tenerte …
La tristeza en su rostro no disminuyó ni siquiera un ápice.
—Gracias, querido … Sin embargo, a veces no sé de que me sirve todo eso …
Dijo con unas lágrimas escapando de sus hermosos ojos. De ahí en adelante nuestra conversación tomó un tono más serio. Empezamos a hablar del amor, del deseo; de la continuidad de las relaciones humanas a lo largo del tiempo. Sus palabras pintaban el retrato de una mujer frustrada que se sentía sola, invisible e ignorada.
—Tal vez necesitas intentar reconectar … Hacer algo divertido juntos …
Sugerí en modo del todo inseguro.
—Tal vez tengas razón … Pero ya esa chispa no existe … Ha pasado mucho tiempo y nada …
Ella respiró hondo, su pecho se levanto ostentosamente bajo su ceñido vestido. Nuestras miradas se cruzaron y, en ese preciso momento, hubo algo nuevo que floreció en nuestra relación. Las fronteras entre madre e hijo desaparecieron y nos desplazamos a un territorio nuevo y turbulento de confesiones y deseos típicos de dos personas adultas.
Al final de nuestro refrigerio, la tensión se hizo tangible. Ahora ambos estábamos conscientes de que estábamos en un terreno decididamente inapropiado, pero no encontrábamos la fuerza ni el motivo para salir de eso. Su mano permaneció en la mía. Luego se acercó tanto que sentí su tibio aliento en mi mejilla.
—Matteo …
Dijo en un susurro y llena de emoción. Sabía que estaba a punto de revelarme algo importante para ella.
—Matteo … Debes saber que aún quiero a tu padre, pero a veces siento que …
La miré y asentí, dándole a entender que entendía bien el como se sentía y la interrumpí.
—Mamá … Tú mereces ser feliz …
Ella respiró hondo y miró al infinito como tratando de encontrar las palabras precisas para confidenciarme todo; vi el reflejo de la gente que giraba alrededor de nosotros.
—A veces siento que somos dos personas diametralmente distintas … Dos personas desconocidas que viven bajo el mismo techo … Ya no funcionamos como pareja …
—Mamá … Tal vez solo necesiten un poco de tiempo el uno para el otro …
Ella apretó fuertemente mi mano, un escalofrío recorrió toda mi columna vertebral cuando me dijo:
—¿Y si te dijera que ya hay otra persona? … ¿Alguien con quien he sentido esa chispa? …
El bullicio del Centro Comercial se difuminó instantáneamente a mi alrededor; sus palabras fueron como un balde de agua fría. La miré sin saber cómo responder. Su confesión me dejó completamente mudo.
—¿Quién es, mamá? …
Conseguí preguntar finalmente, mi corazón estaba desbocado, mi respiración alterada. Ella percibió mi perturbación; respiro hondo y puso una mano en mi hombro.
—Por ahora no es nada …
Me dijo con una voz suave y tranquilizadora, luego agregó:
—Sólo alguien que me hace sentir … ¡Ehm! … Viva …
Lo dijo escudriñando mis ojos profundamente. Dentro de mí había una revolución delirante. Emociones encontradas. Sorpresa; celos; también algo de decepción. No podía creer a sus palabras, pero las había dicho.
—¿Qué significa todo eso, mamá? …
Pregunté tratando de mantenerme con voz firme y calmada. Sus dedos ejercían algo de presión en mí hombro como para transmitirme algo de lo que ella estaba sintiendo, pero ¿qué?
—Significa que echaba de menos sentirme querida, Matteo …
Sus pechos rozaban mi brazo y ella continuó:
—¿Sabes a lo que me refiero? …
Su pregunta flotó por el aire, más que una confesión, parecía una súplica. Un S.O.S. Ya no había ninguna línea entre madre e hijo, todo se puso difuso y extraño. Con voz temblorosa me dirigí a ella:
—Mamá … ¿Es algo serio … importante? …
Ella también estaba en un estado de confusión. Me miró buscando alguna señal, algo que le revelara lo que yo estaba sintiendo.
—¿Te enfadarías conmigo si lo intentara? …
Preguntó en un tono extraordinariamente delicado. Sin embargo, a mí la pregunta me golpeó de lleno. Como un certero puñetazo en el estómago. Por supuesto que estaba furioso. Pero no por las razones que ella imaginaba. Me armé de entereza y conservé mi calma. Traté de hilvanar una respuesta criteriosa.
—Lo que más quiero es que seas feliz, mamá … Pero creo que sería oportuno hablar de ello con mi padre …
Ella asintió con cierta angustia. Dejó que su mano se deslizara por mi brazo y dijo:
—Tienes razón, Matteo … Pero hay veces que uno se cansa de hablar … Eso no basta, no es suficiente …
Había un marcado tono de resignación en su voz.
Nos quedamos allí sumergidos en un pesado silencio. No tenía la menor idea de cómo solevar su pesimismo y me estaba hundiendo junto a ella sin poder ayudarla. La música del Centro Comercial y la desentonada algarabía de las personas se extendieron por doquier y nos trajeron a la realidad.
—Será mejor que nos vayamos …
Dijo mamá levantándose de la mesa y nos dirigimos a los estacionamientos.
Volvimos al coche y salimos de ahí; los sonidos del Centro Comercial contrastaban fuertemente con la tranquilidad de los estacionamientos. El silencio en el coche se volvió casi opresivo. El peso de su confesión pesaba sobre mi mente y no tenía espacio para pensar, pero estaba tratando de reflexionar sobre las consecuencias de sus palabras. Sabía que debía mantener todo en secreto, pero no había nada que me calmara pensándola a ella con otro hombre. Eso era realmente insoportable para mí.
Entramos por el ingreso de la cochera, la casa se alzaba majestuosa frente a nosotros. Ella se inclinó hacia mí y dijo amablemente:
—Gracias por lo de hoy, Matteo …
Asentí incapaz de decir palabra alguna. Mientras ella descendía del auto, se giró a mirarme y me preguntó:
—¿Estás bien, tesoro? …
—Sí, mamá … —Mentí descaradamente. —Todo bien …
Mientras la miraba alejarse caminando a la entrada de la casa con su bolsa de compras y él famoso bikini dorado en ella; me di cuenta de que nada volvería a ser igual entre ella y yo. La mujer que hasta ahora había considerado solo como mi madre, se había transformado en algo decididamente diferente e inesperado para mí.
Durante los días siguientes, mamá se ausentó por el viaje con sus compañeros; me encontré atrapado en un vórtice de secretas y salvajes fantasías. Me resultaba imposible liberarme de la imagen de ella con ese bikini dorado, sus fantásticas sinuosidades brillando bajo el sol mientras coqueteaba con ese otro hombre desconocido para mí. Ese idiota que había reavivado en ella el deseo, ese tal que la había hecho sentirse viva. En mi mente se había convertido en una frívola pizpireta capaz de flirtear con un desconocido, atraerlo con su sonrisa radiante y sus curvas impresionantes y aceptar que le susurrase quizás que perversas insinuaciones. La sola idea de pensarla con otro hombre era como una sustancia prohibida que me roía por dentro, un coctel poderoso de celos, rabia y excitación.
La imaginé apartándose del grupo al ocaso, buscando un lugar separado y tranquilo con miradas cómplices en forma silenciosa y apasionada. Encontraban un sitio solitario, sus cuerpos se entrelazaban en una danza de deseos; intercambiando besos llenos de la pasión de quienes llevaban un tiempo sintiéndose privados de tal intimidad. Él recorriendo el cuerpo voluptuoso de mamá cubierto solo con su diminuto bikini dorado, sus dedos frotando su piel lechosa y tersa, explorando los secretos ocultos de ella. Y en un dado momento, soltando los tirantes de amarré de su pequeña prenda, revelando la exuberante belleza del cuerpo desnudo de ella.
Solo en el silencio de mi cuarto mi mente vagaba en esas extravagantes fantasías. La veía a mi madre montándolo a horcajadas y cabalgando con gracia la gran polla de ese desconocido. Sus caderas moviéndose rítmicamente en eterno movimiento. Sus hermosos pechos, llenos y vibrantes saltando con cada embestida. Sus pezones rebotando junto con el resto y de su boca saliendo gemidos y chillidos de loco placer. En mi imaginación él la tumbaba y la volvía a penetrar. Los ojos de mi madre estaban perdidos en sus cuencas, sintiendo la polla de ese extraño que la hacía vibrar y sentirse viva. Él aceleraba sus embistes llevándola cada vez más cerca del orgasmo y, cuando al ápice del placer, los brazos de mamá lo envolvían tirándolo más adentro de ella, suspirando y gimiendo de alocado placer carnal. Mi mano se movía velozmente y en armonía con la imágenes de pasión que visualizaba mi mente, llevándome a mi propio clímax.
Pero esa no era mí única imaginación. Vi a mi hermosa madre follando en todas las posiciones posibles e imaginables. Cada acto sexual desarrollándose en mi mente como un video porno. La imaginé con las piernas bien abiertas y también arrodillada a lo perrito. La pensé arrodillada frente a él, chupando entusiásticamente su gran polla. Imaginé su coño apretando la gran polla de él mientras rebotaba en la cama gimiendo y chillando, y en un momento preciso, él sacando su polla velozmente de su panocha enrojecida y moviéndose sobre sus senos para rociar su semen tibio y copioso, llenando sus lindas tetas con su lechita.
Ciertamente que la masturbación es un desahogo, pero cada vez que me masturbaba pensando a las aventuras de mi madre, en mi interior crecía una sensación de culpa; un trago amargo insoportable de pensarla en brazos a otro hombre. Pero las fantasías no se detuvieron, continuaban y cada vez se volvían más intensas y vívidas. Me sentí atrapado y dividido entre el amor de un niño y el deseo carnal de un hombre. Esa fina línea se iba haciendo a cada hora más tenue.
*****
Finalmente mamá regresó de su weekend en la playa. Traía consigo una energía que no había visto en años. Parecía rejuvenecida y ágil. Su piel brillaba esplendente bajo los rayos del sol primaveral y su cabello se mecía a la brisa matutina. Su forma de moverse ahora era más segura y libre, parecía una persona que acababa de librarse de una pesada carga. Al principio no se dio cuenta de como yo la miraba. En sus ojos todavía brillaba la emoción y la excitación de un secreto que aún no revelaba.
—¿Qué tal tu fin de semana, mami? …
Pregunté haciendo todo lo posible por mantener mi voz neutra y calmada.
—¿Ugh? … ¡Oh, genial! … ¡El tiempo, el mar y la playa todo perfecto! …
Respondió con una calidez en la voz que me inquietó. Sus palabras parecían del todo inocentes, pero el tono con que lo dijo, la forma en que movió su cabeza y cerró los ojos; además, el leve roce de su mano en mi brazo, sugerían que había algo más en sus palabras, algo que ella no había revelado a nadie más.
—¡Eh! … ¿Y cómo anduvo eso con tus colegas? …
Pregunté en modo casual, sintiendo que mi corazón palpitaba más fuerte. Estoy seguro que sus mejillas se le sonrojaron, mordió su labio inferior y evitó mirarme.
—Todos muy amables y divertidos …
Respondió ella en el mismo tono de voz. Comencé a pensar en cómo sonsacarle más cosas, pero ella no había terminado.
—Pero … ¡Uhm! … Hubo uno … Uno muy particular que me seguía y se aseguraba que no me sintiera demasiado sola …
Dijo confesando, pero se detuvo sin decir más. Esto no hizo más que estimular mi curiosidad.
—¿Ah, sí? … ¿Y cómo se llama? …
Dije interpretando mi rol de hijo comprensivo. Se giró a mirarme directamente con sus ojos brillantes, me dio la impresión de que ella podía ver a través de mí. Sin embargo, respiró hondo y me dijo.
—Se llama Roberto …
Su tono de voz otra vez me inquietó y me hizo sentir celos, luego añadió:
—Él también está casado … Pero su matrimonio no va muy bien … Tiene algunos problemas con su esposa …
Mientras ella se explayaba en sus experiencias con ese tal Roberto. A mi me pareció que la habitación giraba; mi mente comenzó a llenarse con imágenes de ella en brazos de su Roberto. Un lacerante dolor en mi estómago comenzó a molestarme segundo a segundo. Pero me di cuenta de que tenía la imperiosa necesidad de controlar mis sentimientos hacia ella. Conseguí preguntar con voz tensa:
—¿Y qué más pasó? …
Sus ojos se fijaron en mí escudriñando mi rostro en busca de alguna reacción, pero solo encontraron mi mascara de curiosidad.
—Bueno … ¡Ehm! … Hablamos, coqueteamos … Y bueno … Sí … También nos besamos …
Dijo con un hilo de voz, pero prosiguió:
—Pero no hubo nada más … Me sentí bien … Me dio vida …
Sus palabras fluían como un torrente de emociones muy intensas. Dentro de mí había celos, ira, excitación. Todo se mezclaba en una vorágine que amenazaba con abrumarme. Asentí mientras mi mente se repletaba con imágenes de ella en los brazos de ese tal Roberto, sus cuerpos se pegaban el uno al otro, sus bocas entreabiertas se unían con loca pasión. La interrumpí.
—¿Mamá? … ¿Estás segura de que eso es lo que quieres? …
Volvió a mirarme atentamente, pensé que podía leer mi mente, pero solo me sonrió con un dejo de tristeza antes de decir:
—¿Sabes, Matteo? … Hay veces que necesitas aferrar la felicidad cuando esta se presenta …
Sus palabras calmaron un poco mis heridas abiertas por mis celos, me oí preguntarle:
—¿Y qué pasa con papá? …
Su voz se puso seria y su expresión cambió.
—Bueno … Tu padre y yo vamos a tener que encontrar una solución …
Dijo con evidentes dudas en su voz, luego agregó:
—Por ahora quiero dedicarme a ser yo misma otra vez …
Asentí intentando tragar el nudo que me oprimía la garganta. Ella se iba a divorciar de mi padre.
—¡Vale! … Si eso lo que te hace feliz …
Respondí en un tono alentador. Nos quedamos allí por largo rato. El peso de su confesión seguía flotando en el aire como una pesada nube sobre nosotros. Mamá seguía mirándome, en forma interrogante como esperando alguna respuesta o reacción de mi parte. Pero no me sentía en vena de hacer nada, así que asentía y sonreía interpretando el rol del hijo comprensivo.
*****
Más tarde esa noche, después de que todos se fueron a la cama, me retiré al refugio de mí dormitorio cerrando cuidadosamente la puerta. Mis sentimientos eran encontrados y turbulentos. Había muchas imágenes, sonidos y sensaciones de las cuales no podía desprenderme. Su forma de hablar sobre ese tal Roberto, el modo en que me miraba sonriendo de manera conspiradora. Todo se manifestaba en mi mente como algo oscuro y en una atmosfera sensual. Me tumbé en la cama y mi mano rápidamente aferró mi polla, mientras mi respiración se hacía más y más afanosa. Mi pensamiento era uno solo: Las manos de Roberto acariciando la piel de ella, dibujando el contorno de sus tetas, moviéndose más abajo para desatar los tirantes de su bikini dorado; el mismo que me hizo saborear por vez primera todas las curvas de mamá.
Me perdí en esta fantasía, los limites entre la fantasía y la realidad se volvieron cada vez más difusos. Imagine el rostro de ese tal Roberto sobre la cara de mamá, sonriéndole mientras rozaba sus labios y se escondía en su cuello haciéndola gemir de placer. Podía oír el roce de las sábanas del hotel, el crujido de la cama bajo el peso de sus cuerpos que comenzaban a moverse, el sonido de piel estrellándose contra piel. Esas imágenes aparecían y desaparecían en una mezcla confusa de rabia, celos y excitación. Mí clímax llegó con la fuerza de un terremoto, me quedé sin aliento, agotado y asqueado mirando mi vientre y mis manos llenas de semen. Había cruzado la frontera y no sabía si iba a poder volver atrás.
Estaba celoso y herido. Motivado por mis sentimientos y por la curiosidad, tomé la decisión de vigilar de cerca los pasos de mamá. Mi intención era conocer a este Roberto y toda la verdad que había entre él y mi madre. El tipo era casado y probablemente se estaba aprovechando de ella y su vulnerabilidad. No podía creer que durante todo un fin de semana junto a él se hubieran solo besuqueado un poco. Había un nudo en mi estómago. Comencé a analizar todas sus palabras y acciones desde el momento en que salió de casa hasta cuando regresó dos días después.
Un día aprovechando que estaba en la ducha, me colé en su habitación para revisar su celular. Mí corazón latía agitado mientras repasaba sus mensajes, quería encontrar alguna pista sobre ese tal Roberto. Hasta que di con él, oculto en medio a capas de conversaciones aparentemente inofensivas con sus colegas, encontré una secuencia de mensajes que despertó en mí una profunda sensación de inquietud.
La comunicación estaba llena de insinuaciones y deseos ilícitos, dejando claro que su fin de semana había sido de todo menos inocente. El pensamiento de mi madre, la misma que me había dado a luz, inmersa en una relación apasionada y clandestina me golpeó como una patada directa al hígado. Sin embargo, cada mensaje que leía me llevaba a involucrarme más en su mundo de encuentros secretos y perversas caricias prohibidas.
Sus palabras recontaban de una ardiente historia de amor que llevaba ya un tiempo, por no decir meses, desarrollándose en secreto sin que nadie lo supiera. El beso del que me habló ella era solo la punta del iceberg. Habían compartido juntos todo el fin de semana. Sus cuerpos calientes entrelazados la mayor parte del tiempo, en una danza de loca pasión; tal cual yo los había imaginado. Mi ceño se fruncía de rabia mientras apretaba mis manos temblorosas al leer los explícitos detalles de sus encuentros. Las imágenes en mi mente se agolpaban nítidas y vívidas, hasta el punto de que no pude contener un gemido gutural de ira; odiaba a ese tal Roberto. Me sentía dividido entre los celos y una extraña e intensa sensación que recorría toda mi piel. Tenía un irrefrenable deseo de saber más, de ver con mis propios ojos al hombre que había conquistado el corazón de mamá y le había retornado su fuerza de vivir plenamente sus emociones, pero no había imágenes con él.
El único modo de interiorizarme más de su relación con ese tal Roberto, era observarla de cerca y seguirla a cualquier lugar donde ella vaya con la esperanza de atraparla al momento de uno de sus encuentros. Así que cada vez que ella salía de casa, comencé a seguirla a una prudente distancia. La vi entrar a un bar, seguramente lugar de encuentro con el bobo ese. Después salió sola, pero se dirigió a un motel donde de seguro él la esperaba para uno de sus tórridos encuentros de amantes. De hecho permaneció ahí varias horas, cuando salió se dirigió a casa nuestra de prisa para que papá no se percatara que ella había estado ausente.
Mientras más la espiaba, más crecía en mí esa obsesión por ella. El amor que sentía por mi madre se estaba convirtiendo poco a poco en una chaladura que me cegaba, algo que me controlaba totalmente en modo paranoico. Imaginar las manos de ese tal Roberto posesionándose de la estrecha cintura de mi madre, besando sus labios, acariciando su cuello y todo su cuerpo me estaba volviendo loco de deseos, celos y rabia. Sin embargo me encontraba en un callejón sin salida y sin poder reaccionar a la realidad.
Una tarde mientras mi padre y sus amigos partían para un fin de semana de pesca. Mamá se volteó hacia mí con una enigmática mirada en su rosto. Me pilló espiándola mientras hablada por celular, probablemente con ese tal Roberto.
—Matteo … Ven aquí … Tenemos que hablar …
Me dijo con voz calmada, pero con la autoridad de una mamá. Mi corazón se aceleró cuando me acerqué a ella en la sala de estar. Se levantó y nos fuimos a la privacidad de su dormitorio, cerró la puerta detrás de nosotros. La habitación estaba iluminada por tenues luces e impregnada por el delicado aroma que me atormentaba desde siempre, la fragancia habitual de mamá.
—Matteo … Te he visto, ¿sabes? … Sé que me has seguido más de una vez …
Me dijo con una voz calmada, pero temblorosa. Me invadió una sensación de culpa, miedo y vergüenza, pero mantuve mi aplomo mirándola directamente a los ojos. Mi corazón latía con fuerza mientras miraba el brillo de sus pupilas. Con voz calmada le dije.
—Era necesario, mamá … Necesitaba saber más …
Su expresión se suavizó, pero un atisbo de sorpresa se vio reflejado en su rostro.
—¿Me viste? … ¡Quero decir! … ¿Nos viste? … ¿Eh? …
Ella se acercó más a mí, mis fosas nasales se colmaron con la delicada esencia que emanaba su cuerpo. Mis ojos se bajaron sintiendo los suyos que me escrutaban intensamente.
—¡Lo siento, mamá! … ¡No sé qué decir! …
Murmuré sintiendo el peso de mis acciones. Mamá extendió su mano y acarició mi mejilla. Ese delicado gesto me dio un golpe como una carga eléctrica.
—Tesoro, no necesitas hablar … Sólo escucha …
Dijo su voz aterciopelada mientras sus ojos buscaban los míos en forma sugerente.
—Todo comenzó en forma del todo inocente …
Me dijo en un tono algo compungida y arrepentida.
—Roberto se dio cuenta de que me sucedía algo … Algo que me impedía concentrarme en el trabajo como es debido … Comenzó a hacerme pequeños cumplidos para animarme … Pero inesperadamente algo cambió y comencé a sentir una sensación que creía olvidada …
Hizo una pausa como para recuperar su aliento y encontrar las palabras justas, luego continuó:
—Una tarde, después de un día estresante … Yo me sentía abrumada con trabajo que tenía que realizar … Él fue el único que se ofreció a ayudarme … Me hizo sentir que no estaba sola … Esa tarde trabajamos juntos duramente y sacamos adelante todo el trabajo … Por primera vez en meses me reí con sus comentarios y humor jocoso …
Se detuvo un momento con la mirada perdida en el recuerdo de lo que había sido su primer momento íntimo con ese tal Roberto.
—Cuando en la oficina quedamos solos él y yo … Se detuvo y me dijo … “Giada, para mí tú eres mucho más que una simple colega” …
La mano de mamá se deslizó de mi mejilla y se apoyó en mi pecho. Podía sentir el temblor de su mano al recordar ese momento crucial.
—Salimos juntos de la oficina hacia el ascensor … Y antes de que yo pudiera darme cuenta, él se inclinó y me besó … Fue algo tan repentino que yo no pude hacer nada … No lo aparté …
Los ojos de mamá buscaron los míos en busca de comprensión y perdón.
—Su delicado y fortuito beso me estremeció toda … Algo se despertó en mí … Su caricia, sus palabras y su modo delicado de tratarme … Todas cosas de las cuales no tenía memoria alguna … Todo me parecía nuevo y excitante …
La mano de mamá comenzó a juguetear con los botones de mi camisa.
—Nos besamos con inusitada intensidad …
Dijo sin un velo de arrepentimiento y desabrochando casualmente los botones de mi camisa.
—Y mientras él me besaba … Yo bajé mi mano y se la toqué …
Sus ojos lucientes escrutaron atentamente mis ojos, pero yo estaba demasiado aturdido para pronunciar algo inteligible. No podía creer que mi madre tuviera la desfachatez de tocar la verga dura de otro hombre en un pasillo público, era demasiado para mí; pero ella no había terminado:
—Le froté su gruesa y dura polla por sobre los pantalones …
Respiró profundamente antes de agregar:
—Y él metió su mano bajo mi falda … Tocó mi panocha y se dio cuenta de que estaba toda mojada …
Toda la habitación pareció estremecerse cuando sentí un corrientazo eléctrico que me atravesó de pies a cabeza. Las palabras escaparon de mi boca y pregunté abrumado:
—¿Y cómo se sintió eso, mami? …
Su rostro se acercó al mío mientras sus dedos desabrochaban el último botón de mi camisa y su tibia mano se apoyaba en mi pecho lampiño.
—¿Quieres que te lo cuente? … ¿Quieres saber los detalles? …
Su mano bajó a mi ombligo y acarició mi abdomen moldeado en el gimnasio; suavizó su voz. Bajo mis pantalones había una revolución en curso; mi polla comenzaba a reaccionar prepotentemente, había una furiosa erección en ciernes. Sin apartar la vista de sus ojos escrutadores, susurré:
—¡Sí! …
Su sonrisa se distendió ampliamente en forma confidente y secuaz.
—¡Ehm! … Roberto … ¡Uhm! … Él es muy tierno y atento … Ama mi cuerpo, cada centímetro de él …
Cerró los ojos en forma ensoñadora y su voz se tornó en un murmullo, prosiguió diciendo:
—Me besa por todas partes haciéndome gemir de ganas y deseos … Cuando toca mi coño es como una experiencia única … No recordaba de haber sentido nada parecido …
La mano de mamá se metió en la pretina de mis pantalones y jugó a tirarlos.
—Su polla es enorme … Mucho más grande que la de tu padre, ¿sabes? …
Dijo con una voz llena de asombro y gimió suspirando mientras lo decía.
—La primera vez que se la toqué, me dio miedo … Pensé que iba a reventar mi coño con una verga tan gruesa …
Mientras ella hablada y describía con lujo de detalles toda su relación con ese Roberto, imaginé una gigantesca polla aplastando los labios regordetes que cubría el pequeño coño de mi madre y la penetraba haciéndola perder el control de sí misma. Sorpresivamente me encontré preguntándole:
—¿Y tu culo? … ¿Le dejaste follar tu culo? …
No podía creer que esas palabras hayan salido de mi boca, pero necesitaba saberlo todo. Sus ojos se abrieron ampliamente como para recordar algo impresionante. Con una expresión y un temblor en su voz, arrugó su ceñó y me dijo.
—¡Oh, sí! … ¡Hmmmmm! … ¡Ssííí! … Fue algo intenso … Él fue muy dulce … Primero me lamió el culo por largo rato, luego metió uno de sus dedos mojadito con su saliva, enseguida agregó otro y otro dedo … Me folló con ellos hasta que estuve lista … Creí que me iba a desmayar cuando su enorme polla comenzó a penetrar mi estrechez … Suavemente Roberto comenzó a follar mi trasero mientras jugaba con mi coño … Me perdí en un mar de sensaciones nuevas …
Casi inconscientemente su mano se fue al botón y cierre de su falda, desabrochando y bajando la cremallera en un abrir y cerrar de ojos.
—Algo que me envolvía por completo … Y mientras follaba mi apretado culo, me decía cuanto me quería, me decía que era suya y que nadie más me iba a poder hacer sentir así …
La habitación parecía girar y más me parecía estar en una limbo de fantasía, hasta mi vista se había tornado borrosa. El aroma de mamá inundaba mis fosas nasales. Todo parecía mezclarse. Nos habíamos separado de este mundo en un universo solo mío y de ella.
—¿Y tú que le dices, mami? …
Pregunté sin poder esconder la excitación de mi voz. Ella entrecerró sus ojos y suspiro para decirme:
—Le digo que él es todo mío … Que me gusta come me rompe el culo con su linda y gruesa verga … Que nunca nadie mi había hecho por ahí y que me gusta mucho …
Su mano desabrochó mi cinturón y botón de mis pantalones; sus uñas arañaron suavemente mi piel, luego me dijo:
—¡Sabes, Matteo? … La primera vez que Roberto me vio en la playa con ese bikini dorado, me dijo que no podía creer lo que estaba viendo … Se quedó sin palabras y boquiabierto mirándome asombrado …
Cuando ella mencionó el bikini dorado, mis mejillas se llenaron con un rubor ardiente. Yo también la vi en mi mente e imagine los ojos abiertos como platillos del otro hombre observando las curvas exuberantes de mamá. Ella continuó su narración:
—Me tomó de la mano y nos apartamos detrás de unas dunas …
Las manos de mamá se metieron en mis pantalones cuando dijo:
—Nos tiramos sobre la arena y él me folló desesperadamente sin siquiera quitarme el bikini …
Sus palabras hicieron dar un respingo a mi polla. En mi mente se formó la imagen de ella en esa minúscula prenda de baño y ese otro hombre penetrándola salvajemente para dar rienda suelta a su lujuria y la de ella. La interrumpí sin querer:
—¿Mamá? …
Mi voz era cálida e intensa, plena de deseos por ella. Me miró con un dejo de preocupación.
—¿Qué te sucede, Matteo? …
No pude contenerme y las palabras salieron de mi boca en tropel.
—¡Quiero saber cómo es eso, mami! … ¡Quiero sentir lo mismo que siente, Roberto! …
Sus ojos me miraron en forma enigmática y conspiradora. Había una mezcla de estupefacción y curiosidad que era evidente en su mirada. Se alejó un poco de mí y expresó:
—¿Pero qué estás diciendo, Matteo? …
Mis palabras sonaban cómo una confesión de larga data, como una plegaria en un templo sagrado:
—¡Quiero sentir como se siente cuando te besas con él! … ¡Quiero sentir tu cuerpo tal como lo siente él! …
Ella me miró sorprendida y con los ojos muy abiertos, había una vorágine de emociones que se evidenciaban en su rostro. Comencé a arrepentirme de mis palabras. Antes de que pudiera expresar mis disculpas, ella se giró y se fue a su armario. Se desnudó y se vistió con el bikini dorado. Era tal cual como la imaginaba en mis sueños desde hace semanas. La tela se adhería perfectamente a su piel tersa y lampiña, sus curvas despertaron un deseo irrefrenable y salvaje dentro de mí.
Caminó hacia mí contoneando sus caderas en modo sicalíptico. Como una diosa que se desplaza en un ritual sacro. Me parecía escuchar hasta el sonido de la tela apretujándose entre sus muslos, cada pequeño movimiento resonaba en toda la habitación. Cuando finalmente se paró frente a mí, sus ojos despedían chispas de lujuria que hicieron hervir mi sangre.
—¡Matteo! …
Murmuró en un seductor suspiro que me estremeció por completo. Dio un paso más y el triángulo dorado que cubría su coño, brilló iluminando toda la habitación. Luego su cálida voz pareció retumbar:
—Si de verdad quieres sentir todo eso, tendrás que demostrar que puedes hacerme sentir lo que él me hace sentir …
Mi corazón latía con fuerza sintiendo la proximidad seductora de su cuerpo vestido sólo con el pequeño bikini dorado. Sus ojos se centraron en los míos y sin decir palabra alguna, se inclinó hacia adelante y puso sus labios sobre los míos. Fue un beso suave y repentino, vacilante, como si esperara que yo me alejara. Pero abrí mi boca y ella empujó su lengua dentro invitándola a danzar. Había una mezcla de amor, ternura y lujuria. Algo tan perverso y prohibido que era imposible resistirse.
La mano de mano de mamá comenzó a tironear mis pantalones hacia mis tobillos, dejando al descubierto mi polla furiosamente dura y parada. Sin apartar sus labios de los míos, su mano aferró mi pene.
La sensación que tuve fue única. Muy diferente a cuando lo aferraba con mis manos. Su mano en mí polla dura como palo encendió una intensa llama en mi interior. Con un tímido gesto extendí mi mano. Mis dedos temblorosos alcanzaron los tirantes de su bikini dorado. Cuando los tiré, la tela pareció desvanecerse en el aire y las hermosas tetas de mi madre se liberaron ostentosas cayendo libres hacia adelante con sus pezones duros apuntando hacia el cielo.
Mis ojos la contemplaban deslumbrados, no podía dar crédito a lo que estaba pasando. Esta era mi madre, la que me había nutrido con esos pechos excepcionales, jamás pensé de alguna vez estar mirándolos con deseos y lujuria. No sé si ella me permitiría tocarla. Me acerqué a sus pechos y mis labios encontraron uno de sus duros pezones, comencé a lamer y chupar, observando la candidez con que ella empujaba su seno en mi boca, con los ojos cerrados en señal del placer que estaba sintiendo.
Ella se apartó un poco y se inclinó para tomar mi polla en su boca, en una fracción de minuto, sus labios entreabiertos comenzaron a chupar mi pene. Era indescriptible la sensación de su tierna y cálida boca succionando mi garrote embravecido. Su lengua dibujando círculos sobre mi glande amoratado y luciente, bajando su cabeza para tragar toda mi longitud lo más profundo posible. Gemí apoyando mi mano en sus cabellos para empujar con fuerza mi polla dentro de su boca; ella me miraba casi suplicante y yo la miraba animoso. Había un calor que se extendía por todo mi cuerpo, no resistí y le dije:
—Mami … Quiero follar tu coño …
Sus ojos se achinaron y lanzaron chispas de lujuria mientras se distendía sobre la cama.
—¡Vamos, bebé! … ¡Lléname con tu polla! …
Sus pechos rebotaban como formas de jalea. Levanté sus piernas y ella rodeó mi cintura con ellas. Sus palabras habían sido como una orden para mí. Quería hacerla sentir bien, hacerla sentir viva; entonces ella separó bien sus piernas invitándome a penetrar su caldeada intimidad.
No perdí tiempo, alineé mi verga con la estrecha entrada de su pequeño coño y le apoyé mi cabezota hinchada, sus labios mayores se hicieron un poco a un lado cuando empujé y penetré el maravilloso coño de mamá. Estaba más apretado de lo que nunca pensé y la sensación fue abrumadora. Me acomodé encima de ella llevando mi polla más y más dentro de su cuevita del amor. Ella gimió debajo de mí, sus uñas se clavaron en mis hombros y ella empujó su pelvis para hacer entrar todo mi pene en su ajustada vagina. Poco a poco comencé a aumentar mi ritmo hasta hacerlo más intenso y salvaje, nuestros cuerpos unidos en una danza de pasión y deseo. La habitación se llenó con los sonidos furiosos de mí y de ella, nuestras respiraciones agitadas al máximo, había tantos susurros y gemidos. De repente y sin previo aviso ella se giró y me presentó su culo.
Me acerqué y no dudé ni un momento, me incliné a besar ese rugoso y cerrado agujerito. Le llené de saliva su ano, agarré mi polla con una mano y la empujé dentro de ella, poco a poco la llené por completo. Ella rechinó sus dientes y estoica, levantó su culo para que la perforara plenamente. Su espalda se arqueó ampliamente y su culo se tragó toda mi polla. La cara de mamá estaba deformada en una mueca de dolor y placer. Sabía que iba demasiado rápido, pero me era imposible detenerme. Todos sus agujeros debían ser míos y me sentía con el derecho de reclamar cada uno de ellos. Ella era solamente mía.
Sus dedos estaban agarrotados arañando las sábanas de la cama mientras yo inicié un suave mete y saca de su apretado culo. Había un lento golpetear de piel contra piel. Un ritmo suave como la obertura de un acto sinfónico que quería que perdurara por siempre. Vi su cara llena de dicha mientras giraba su cabeza para mirarme por sobre su hombro. Había entereza, sumisión, pasión y adoración en el brillo de su mirada.
—¡Oh, Roberto, mi amor! …
Pensé de haber escuchado mal.
—¡Mamá! … ¡Soy yo … Matteo! …
—¡Sí! … ¡Lo sé! … Pero en mi fantasía siempre fuiste Roberto … Mi fantasía eras tu y al fin eres mío y yo soy tuya … Roberto me lo inventé para hacerte reaccionar, tesoro …
—Entonces … Entonces quieres decir qué …
—Sí, amor mío … Roberto no existe … Así es …
Sus gemidos se hicieron más fuerte. Mi pecho se hincho de ternura y pasión por esta mujer que me dio a luz. Mis caderas de movieron velozmente, quería hacerla feliz y la expresión de su rostro me decía que lo estaba logrando. Su ceño estaba fruncido, sus ojos cerrados; la sentí temblar bajo de mí.
—¡Oh, mamá! … ¡Estás tan apretadita! … ¡Tan jodidamente estrecha! …
—Es porque nunca nadie me había hecho lo que me estás haciendo tú … Es mi primera vez, amor mío …
Abrió los ojos y me dijo:
—Quiero ser una puta solo para ti … Me encanta sentirte todo dentro de mí …
Eso fue suficiente para hacerme perder el control y ya no pude aguantarme. Con un gruñido animalesco le enterré y descargué borbotones densos de tibio semen en su apretado culo. Me boté encima de ella a besar y comerme su cuello y sus orejas. Ella toda entera era mía y jamás necesitaría de otro hombre para satisfacerla. Las vibraciones y contracciones de su trasero me decía que ella estaba totalmente de acuerdo.
Fin
***** ***** ***** ***** ***** ***** ***** *****
El regalo más preciado de quien escribe es saber que alguien está leyendo sus historias. Un correo electrónico, a favor o en contra, ¡Tiene la magia de alegrar el día de quien construye con palabras, una sensación y un placer!
luisa_luisa4634@yahoo.com
0
votos
votos
evaluación
0
0
Continuar leyendo cuentos del mismo autor
historia previa
Una buena vecindad. - Parte primera.
Comentarios de los lectores sobre la historia erótica