Salam.
por
Juan Alberto
género
confesiones
Mi hermana y su marido me visitaron después del fallecimiento de mi marido y me regalaron un hermoso Rottweiller cachorro de apenas seis meses. Nunca fui muy dada a las mascotas, pero me hizo sentido tener un animalito para protección de la casa y también para algo de compañía. Lo crie como si fuera un hijo, me fui encariñando mucho con él y él fue creciendo cada vez más. Al parecer el despertar de su sexualidad la alcanzó cuando tenía algo menos de dos años, me causaba risa su ímpetu avasallador, quería restregar su polla hermosa contra cualquier cosa que se le pusiera al alcance, así que le compré varios peluches que el follaba a menudo, su preferido era una jirafa que dejaba toda mojada con sus descargas de semen canino, el otro era un oso cobrizo casi de su mismo tamaño. Yo los echaba a la lavadora cada vez que lo veía haciendo de las suyas. Jamás se me pasó por la cabeza hacer algo con él.
Pero así como fueron pasando los meses, me costaba un mundo quitarle el cojín o el peluche de entre sus zampas mientras él le daba violentas embestidas. Me era imposible no notar su inmensa polla rojizo/violácea. Involuntariamente me traía recuerdos de mi vida sexual con mi marido y la linda polla que él tenía. Sólo qué, comparándola con la polla de Salam, la verga de mis esposo terminaba perdiendo por grosor, longitud y ese aspecto tan voluminoso y apetitoso de mi perro.
Para mí todo esto era antinatural. Salam la mayor parte del tiempo era un perro adorable y de lo más obediente, solo que la falta de sexo lo tenía inquieto y un poco alocado. Un viernes de hace dos semanas atrás, salí del trabajo y me fui a casa. No tenía ningún programa para salir con mis amigas. Cuando llegué a casa Salam me recibió con sus acostumbrados saludos. Me duché, me puse mi gruesa bata blanca y bajo ella solo mis bragas.
Mi casa estaba limpia, más tarde tendría que solo prepararme de cenar. Mi perro estaba en su camita en la sala de estar, me dirigí a la cocina para cocinar y él desapareció. Cené y cuando volví al salón, allí estaba él dándole duro y parejo a uno de los cojines. Empecé un forcejeo con él hasta que logré arrebatárselo, de nuevo su enorme polla y de nuevo mis ojos se quedaron pegados en su sexo de perrito enorme de grande. Él se echó sobre la alfombra y comenzó a lamer su verga hasta que esta comenzó a recogerse dentro de su funda peluda. Me llevé el cojín para echarlo a la lavadora más tarde.
Me senté en el diván y él se acercó a mi lado. Su polla ya no se veía, estaba totalmente recogida en su vaina, pero mis ojos por mera curiosidad la buscaban. Sin darme cuenta me encontré sentada como estaba acariciando esa parte de su cuerpo. Él permaneció quieto y rígido mientras mi mano recorría su piel peluda y mis dedos comenzaban a sentir algo macizo que comenzaba a crecer. La rosada puntita asomó por el extremo de su vaina que parecía engrosarse. A medida que salía comencé a sentir un calor abrasador en mi conchita y mi cuerpo temblaba. Hacía muchos años que no me sentía de este modo. Con una mano acariciaba su lomo y su cabeza, mientras con la otra la movía hacia adelante y hacia atrás. De pronto estaba arrodillada a su lado en una especie de trance. Bajé mi cabeza hipnotizada por la proximidad de esa enorme polla que crecía en mi mano. Ahora estaba a centímetros de ella. Acaricié mis mejillas con su polla mojada y caliente. Una buena parte estaba fuera de su funda y me la llevé a la boca. Sentí un sabor fuerte, pero para nada desagradable, me sabía a algo metálico. Poco a poco lo fui saboreando cada vez con más deseos. Lo chupe ardorosamente, siempre me ha gustado chupar una polla, siempre lo hice con mi marido, ahora lo estaba haciendo con mi joven mascota folladora de peluches. Tenía su enorme polla en mi boca y en mi mano, pero todavía no había salido su bola. Me la saqué de la boca chorreando sus fluidos y algunos chorritos mojaron mi barbilla. Mi mano lo acarició desde la puntita hasta sus testículos. Él comenzó a follar mi mano, lo solté y él se alejó a echarse y a lamer su gran polla; mi boca aún conservaba la sapidez acuosa de su semen.
Me levanté y fui a enjuagarme la boca con enjuague bucal. Sentía mi entrepierna caldeado, me toqué y tal como sospechaba, mis bragas se habían mojado con el fluido de mi coño. Me sentí en un estado de cachondez que me parecía que iba en aumento. Me dio miedo, no hacia mi perro, miedo hacia mí, pues en mi mente solo existía la persistente imagen de la polla de él. Salam me miraba y lamía su polla, yo lo miraba mesmerizada y acalorada. Él se levantó y dio unas vueltas en frente de mí, me fascinaba su prestancia; se estaba luciendo ante mi presencia, entendí que él me buscaba.
Conseguí resistirme unos quince minutos, no pude más; lo agarré y me lo llevé al baño para bañarlo. Estuve bañándolo por cerca de media hora. Lo acaricié y lavé todas las partes de su cuerpo peludo, cuando terminé procedí a secarlo, jamás había estado tan excitada en mi vida. Me lo llevé al dormitorio, saqué dos gruesas toallas del armario y las extendí en el suelo. El perro parecía no entender lo que yo ahora quería de él y hasta donde estaba dispuesta a llegar. Me desnudé completamente y me arrodillé a acariciarlo; él acercó su fría nariz a mis partes privadas y comenzó en principio a olisquearme, luego procedió a lamerme, a momentos se detenía a lamer sapientemente mi panocha, cada vez que lo hacía me hacía sentir en el cielo.
Traté en todos los modos de seguir acariciando su polla y terminé en cuatro patas. Ya no podía aguantar mis gemidos sintiendo su lengua caliente separando mi labia vaginal para lamer mi vulva. Me corrí al improviso, agarré su cabezota negra y empujé mi coño contra su hocico. En ningún momento intentó montarme, pero lo alejé de mi conchita, ya me había corrido, había sido increíble y ahora quería más.
Mi cuerpo entero estaba caliente, había una especie de electricidad que recorría toda mi piel. Había descubierto algo delicioso, algo que me había estado perdiendo. Me levanté y me senté en la cama con mis pies apoyados sobre el tapete. Salam vino de golpe y metió su enorme cabeza gorda entre mis piernas sintiendo su ímpetu por empujar su lengua en mi coño, me llevó a un nivel de excitación y paroxismo irreal, me vi hiperexcitada, tanto que levanté a mi perro mientras me tiraba hacia atrás; mi mano se fue directamente a su polla, la cogí, la paseé por toda mi vulva caliente, excitadísima, gimiendo muy mojada. De repente sentí su polla violando la entrada de mi vagina, pero fue una cosa lenta; al parecer no sintió de haber embocado mi panocha, solo que luego de unos segundos me embistió, ¡Dios Santo! Su polla entro y yo comencé a gritar, Salam estaba dentro de mí; lo aferré de su peluda piel y lo mantuve para que no se me escapara.
Mi mano aún aferraba su polla, sentí su bola y no quería soltarla, tenía miedo de que me hiciera algún daño una cosa tan grande dentro de mí. Salam no cesaba sus empujes salvajes y empujó todo lo que pudo de su pene más allá de mi anillo vaginal, yo grité, pero no lo solté, no me importaba gritar y no me importaba sin alguien me escuchaba o no, me estaba corriendo con la gran polla de Salam, eventualmente tuve un segundo orgasmo o la continuación del primero que me hizo estremecer, después de recuperarme un poco me fui retirando hacia atrás, él pareció entender y me quitó su enorme pollón de mi conchita. Lo vi gordo que se balanceaba bajo la panza de él, era más grande de lo que nunca imaginé y se estaba recogiendo en su funda. Miré mi coño abierto exageradamente que goteaba y formaba una amplia mancha en mi edredón, eran los jugos míos y los de Salam. Mientras tanto él se había tumbado sobre la manta que había en el suelo y estaba lamiendo su gran polla mientras me miraba con ojos de ensueño.
Me levanté y me fui al baño a lavar mi sexo. Estaba algo adolorida, tal vez un poco arrepentida, me dije que era algo que no podía volver a suceder, que no era algo natural, que se había tratado solo de unos instante de debilidad y flaqueza, un simple calentón sin control, pero no podía olvidarme de los salvajes orgasmos que me hizo sentir.
A la mañana siguiente saqué a pasear a Salam, hice un par de compras y volví caminando a casa con él a mi lado. Lo había mirado tantas veces, pero hoy todo era diferente, él se detenía a mirarme y mover su corta cola tronchada, me parecía que él también me miraba diferente. En casa hice la comida, le di de comer a él y luego del almuerzo me fui a mi dormitorio a dormir una siesta de reposo. No pude dormir, encendí la tele y no pude concentrarme a ver algo que me distrajera. Sólo podía pensar en como me había follado mi perro.
No pude más del deseo y fui a buscar la manta, me lo llevé al baño y lo bañé, me duché junto a él, de nuevo me sentía cachondísima. Después de bañarlo, secarlo y acariciarlo tantísimo, él también estaba excitado. Nos colocamos él y yo sobre la manta, yo totalmente desnuda. Lo acaricié, él comenzó a buscar mi conchita con su hocico. Esta vez me sentía más experimentada y me puse a cuatro patas, él comenzó a lamerme hasta que se montó encima de mi espalda; intenté en vano de deshacerme de él, pero él me había aferrado fuertemente con sus zampas, no había modo que pudiera zafarme de su fuerte amarre, en tanto que su polla golpeaba mis muslos y posaderas en busca de mi chocho. Insistió una y otra vez y nada más encontrarlo, ¡Santo carajo! Me enterró la mayor parte de su grueso pene canino y yo lancé un alarido al sentirme dilatada un poco dolorosamente, luego una vez más un gruñido y un chillido escapó de mi boca al sentir esa cosa enorme que atravesó mi ojete vaginal e inmediatamente comenzó a inflarse dentro de mi coño, me acababa de abotonar, casi en forma contemporánea, me corrí.
—¡Uuuggghhh! … ¡Aaayyyy! … ¡Ughr! … ¡Uhmmm! … ¡Aaaahhhh! ….
Salam me folló en modo salvaje por unos cuantos minutos y luego él se detuvo, mi panocha todavía se contraía de placer y mis gemidos eran audibles por toda la habitación. Él se movió y pasó una pata sobre mi trasero, sentí su piel peluda en mis nalgas y supe que se había girado en sentido contrario al mío, eso me provocó otro orgasmo. Sentía que su polla continuaba a pulsar dentro de mí, estaba llenísima, enloquecida de placer y sin ninguna voluntad.
Luego del último orgasmo logré recapacitarme, todavía suspiraba y gemía, pero al menos conseguía controlarme en cualquier modo. Estaba pegada a mi perro; él se impacientó y comenzó a tirar, me llegó un nuevo orgasmo, me encontré gritando enloquecida y sentí como si mi coño se estirara hacia afuera, Salam intentaba despegarse de mí. Al final lo logró y yo me desmoroné sobre la manta temblando. Estaba exhausta, rendida, agotada y gemía con los ojos cerrados. Mi perro comenzó a olerme entre las nalgas y lamió mi surco trasero varias veces, luego se tumbó a mi lado.
Estuve en un estado de sopor por al menos unos treinta minutos. No sé cuanto tiempo él me tuvo abotonada, pero me había dejado ahíta de satisfacción. Realmente satisfecha, lo que no solemos decir las mujeres habitualmente, por primera vez en mi vida me sentía bien follada.
Esa tarde merendé y decidí afeitarme mi panocha en forma total, todo para mi amado Salam. Me excitaba la idea de pensar de que era su perra. Por un poquito vi televisión y después fui en busca de nuestra manta. Vi que él entendió inmediatamente lo que estaba preparando para él y para mí. Me puse sobre la manta a jugar con su polla y se la chupé, después lo dejé lamer mi coño. A continuación lo preparé poniendo calcetas en sus patas delanteras y le dejé montarme y abotonarme, me folló muy rico, pegada a su polla tuve dos orgasmos fabulosos. Cuando finalmente me soltó, me desplomé sobre la manta y me quedé botada sobre el piso en un delicioso amodorramiento. Tenía en mi cara una sonrisa un poco boba y no cesaba de gemir sintiendo que mi coño había sido estirado una vez más en forma exquisita.
Al poco rato él volvió a pasearse alrededor de mí, pero yo estaba realmente exhausta y satisfecha; me arrodille y le hice una rica mamada. Esta vez sin el más mínimo sentido de arrepentimiento o culpabilidad, quería hacer disfrutar a mi perro con mi boca, tal como él me hacía disfrutar con su lengua.
En esta pocas semanas, creo que Salam me ha follado más que mi marido. Cada vez que lo busco él está listo para mí, nuestra señal es la manta. Me folla con un ímpetu que jamás hombre alguno podría igualar. Ya no tengo necesidad de soportar a un hombre a mi lado. He encontrado nuevamente la felicidad en este poco tiempo, soy otra persona, satisfecha, de buen humor y siempre dispuesta a acceder a mi peludo amante cuando él lo requiere y eso es casi a diario.
*****
Pasó más de un año y ya no es como al principio. Ahora no tengo miedo ni vergüenza, sé a lo que voy; sé lo que quiero y deseo, estoy consciente de ello. Además, no solo busco mi propio placer, sino que estoy muy atenta a darle placer a él. Busco que él esté bien siempre. Lo llevo al veterinario, le tengo todas sus vacunas al día y le doy una buena alimentación; también lo saco a pasear todos los días, esto me ayuda a mantenerme activa y después le dejo follarme todas las veces que él quiera.
El pasado viernes por la noche salimos con mis amigas para una noche sin hombres. Todas ellas están casadas o en pareja, yo soy la única viuda sin conviviente. Nos reunimos en un sitio para charlar y beber algunas copas, regresé a casa a eso de las dos de la madrugada con unas copas de más y terriblemente cachonda. Abrí la puerta y Salam me recibió con efusivas manifestaciones de cariño, pero en ningún momento trató de hacer avances, él sabe que solo hacemos el amor cuando yo saco a relucir nuestra manta, esa es la señal para hacerle entender que yo lo deseo.
Me metí a la ducha con él, lavé su barriguita y su polla, salimos de la ducha y lo sequé con el secador de pelo, luego le puse sus calcetas en sus zampas. Enseguida me vestí con una pequeña tanga blanca y un negligé cortito totalmente trasparente, me vestía para él, para mi macho. Nos fuimos a la sala de estar, me serví otra copa y me senté en el diván con él a mi lado, lo comencé a acariciar mientras daba unos sorbitos a mi trago. A continuación me levanté y fui a buscar la manta mientras él me seguía de cerca, cuando me vio con la manta en la mano, inmediatamente acercó su hocico a olisquear mi panocha, apreté mis muslos para rendírsela un poco más difícil. Extendí la manta a los pies del sofá y luego me senté a beber de mí copa, él comenzó a entremeterse entre mis piernas empujando su hocico entre ellas, poco a poco fui abriendo mis piernas y él impetuosamente empujaba mientras daba de lengüetazos a mis muslos. Finalmente cedí y abrí mis muslos ampliamente para él, Salam atacó la delgada tela de mi tanga y la trituró entre sus dientes dejando mi coño lampiño totalmente desnudo. Eso me vuelve loca, desde la primera vez que le dejé lamer mi coño, es algo irresistible y a él le encanta lamerme incansablemente.
Ya estaba contorsionándome con las piernas abiertas de par en par y Salam con su lengua enterrada en mi panocha, mis quejidos y gemidos eran audibles en toda la habitación. Con los ojos semicerrados veía su enorme lengua insertándose en mi pequeño coño lamiéndolo por todas partes, cuando tocaba mí clítoris me producía vibraciones eléctricas que remecían todo mi cuerpo y me hacían gritar de lujuria. Mis piernas se abrían y se cerraban alrededor de su cabeza, mi pelvis se movía cadenciosamente acompasando el ritmo de sus profundas lamidas y de mi boca escapaban grititos de loco e inacabable placer mientras me corría bajo las hábiles lengüeteadas de Salam.
Traté de recuperar mi compostura y quedarme quieta, intentando que dejara de lamerme, había chillado como poseída, mi coño goteaba, estaba caliente y tembloroso. Mí clítoris hipersensibilizado que cuando lo alcanzaba a rozar con su lengua me hacía dar saltitos con una mezcla de dolor y placer. Por fin logré apartarlo y me boté junto a él para hacer lo que había estado deseando hacer toda la noche; ahí en el suelo comencé a jalar su polla que prontamente se asomó, puse mi cara cerca y la seguí acariciando hasta que salió lo suficiente como para metérmela a la boca; empecé a chupársela fervorosamente para hacerla crecer con mi lengua y mis chupadas. Podía sentir como sus dimensiones iban en aumento, yo me iba metiendo a la boca todo lo que podía con todas mis ansias y placer, mi coño parecía hervir y podía sentirlo burbujear; su polla pulsaba y expelía calientes chorritos de pasión canina, su lomo temblaba al igual que sus patas traseras que se flexionaban para empujar su polla más adentro de mí boca candente. El líquido caliente de él estaba deslizándose por mi garganta, él se movía en embistes cortitos, luego intentó quitarse, probablemente su pene estaba tan sensible como lo había estado mí clítoris, lo dejé salir de mi boca y procedí a darle suaves y delicadas lamidas mientras su gran verga se recogía en su funda lentamente. Acaricié sus huevos hasta que se apartó de mí.
Esperé pacientemente algunos minutos, bebí un sorbo de mi bebida, luego me puse sobre la manta con mis codos apoyados al suelo, mis rodillas bien abiertas y con mi coño a la altura de él, mi culito bien levantado. Salam me miraba dando algunos lengüetazos a la puntita de su polla. A continuación se levantó y vino a olfatear mi panocha, lamió mis ardientes labios de fuego, después vino junto a mi cabeza y me dio besitos con su lengua pasándola por mis mejillas. Se giró a mi lado, apoyó su cabeza en mi espalda. Sentí el peso de él al levantarse y subirse encima de mi espalda, poco a poco se fue posicionando, moviendo sus zampas hasta aprisionarme por la cintura. Me preocupé de abrir bien mis rodillas y estar con mi sexo a la altura de su verga. No era como las primeras veces, él se movió en forma precisa hasta tener su polla en la entrada de mi vulva y empujó un poco con violencia y di mis primeros gritos de placer sintiendo el volumen de su polla llenando mi coño con el objetivo determinado de abotonarme. Ya me había hecho correrme y lo volvió a hacer cuando su nudo entro y salió varias veces forzando mi ojete vaginal, el placer fue abrumador, aferré la manta con mis dedos crispados y mis uñas firmes en la tela tratando de mantenerme en esa posición que me causaba tanto placer. Me abotonó, yo ahíta de placer, una de mis manos acariciaba sus bolas y la sutil línea caliente que salía de mi estrecha panocha, su polla entera estaba dentro de mí. Podía sentir su hinchadísima polla en mi interior, gemí como loca en la cresta de una ola orgásmica que me hacía convulsionar en forma imparable, hubiera deseado estar así abotonada toda la noche, pero solo duró una veintena de deliciosos minutos.
Cuando finalmente su enorme pija salió expelida desde mi panocha, me volteé rápidamente y em lo eché a la boca a lamerlo como poseída, agradecida por darme tanto placer, estaba rendida a él. Me fui al baño con el pisándome los talones, lave mi sexo y el de él. Enjuagué mi boca y unté mi coño adolorido con una cremita balsámica. Volví al salón, me senté en el sofá desnuda como estaba; Salam vino hacia mí e intentó meterse entre mis piernas, supuse que él quería más, comencé despacito a acariciarlo hasta que él alcanzó mi coño y comenzó a lamerme. Lo tomé y lo subí sobre mi vientre, con sus patas traseras en el piso, tuve que coger su polla y guiarla hacia mi conchita. Cuando sitió la cálida humedad de mi sexo comenzó a moverse y a empujar su polla dentro de mí, lo abracé y envolví mis piernas alrededor de su lomo. Empujé mi trasero lo más abajo posible y para mi sorpresa, Salam volvió a abotonarme en esa posición poco habitual para él. ¡Dios mío! Yo lo apretaba y acariciaba sin dejar de gritar, él se movía con cierta dificultad tirando mi coño hacia abajo, mi coño estaba hacia arriba al estar yo sentada con las piernas abiertas y hacia arriba. Aquello me hacía gritar de locura, lujuria y placer, tal vez un insignificante dolor, ahora no podía moverme, me corrí dos veces con una fuerza brutal. Cuando me corrí la segunda vez mi coño se aceleró en desmedidas contracciones de goce y él se despegó de mí. Mi coño ardía por la estupenda follada que me había dado mi perro. Lo volví a acariciar, llevábamos mas de dos horas disfrutando el uno del otro, eran pasado las cuatro de la madrugada. Totalmente satisfecha me fui a lavar, también lavé a mi perro, luego exhausta me fui a mi cama a dormir bien montadita y con mi panocha vacía pero caliente.
Me desperté con la misma sensación, mi coño vacío, jugoso y caliente. Me levanté, cogí la manta y la extendí sobre mi lecho. Salam dormía a los pies de mi cama, pero apenas vio la manta se levantó moviendo su cola tronchada. Apoyé mis manos sobre la manta, levanté mis caderas hacia él, arqueé mi espalda para que mis nalgas se abrieran un poco, separé bien mis rodillas y le ofrecí mi panocha a mi amante peludo para una mañanera. Con voz temblorosa por el deseo y la pasión que quemaba mi conchita, lo llamé.
—Ven … Ven, Salam … Aquí …
Dije dando unos golpecitos sobre la cama. Saltó sobre la cama y se movió hacia mi trasero haciendo crujir la cama. Su hocico caliente rozó mis muslos subiendo hasta el borde de mi labia vaginal. Su lengua áspera, enorme y abrasadora recorrió de abajo hacia arriba y de una sola vez, lamió mi clítoris, mi vulva y mi estrecho ano, arrancándome un ronco y profundo gemido.
—¡Uuuggghhh! …
Siguió lamiendo profundamente entre mis piernas, chupaba mis jugos con un hambre animal que me hizo arquear mi espalda para ofrecerle todo mi coño a su lengua, empujando mi trasero contra su hocico. Luego me montó, su pesada envergadura me aplastó contra la cama, mis pezones aplastados sobre la manta. Su suave pelaje negro a estrecho contacto con mi espalda lechosa, afortunadamente seguía con sus calcetas y no rasguñó mi delicada piel alabastro, aprisionó mis anchas caderas entre sus fuertes zampas. Entonces sentí su gran pija, gruesa, roja, palpitante, más larga y ancha que la de cualquier hombre. Ya presionaba la entrada de mi vulva, que goteaba caliente líquido preseminal.
Empujó una sola vez y mi coño vacío se contrajo dando la bienvenida a esa enorme polla de perrito que comenzó a colmarlo hasta el fondo. Me estiraba de forma abrumadora y llegaba a lugares donde sólo él podía llegar. Empezó a follarme con salvajes embestidas, sin ninguna misericordia, a un ritmo que sólo él podía tener. A cada golpes mis pechos rebotaban hacia adelante y hacia atrás, a ratos hacia los costados estrellándose el uno contra el otro. La cama entera crujía. Su aliento estaba a la altura de mi oreja y podía escuchar sus gruñidos bajos y guturales que hacían vibrar a todo mi cuerpo. Sus bolas peludas, pesadas y llenitas golpeaban contra mí clítoris y mi labia hinchada con cada embestida profunda.
La cadena de orgasmos comenzó y se sucedían uno tras otro. Cada orgasmo era más violento que el anterior, mis paredes vaginales se contraían alrededor de su grosor, mientras mis jugos mezclados a los de él escurrían por mis muslos. Su nudo había sido atrapado por mi coño y ya no podíamos despegarnos. Yo no quería dejarlo ir. Quería estar pegada por siempre a él, quería que supiera que yo era su perra incondicional, quería que me dejara llena con mi coño chorreando su semilla.
El nudo nos mantuvo unidos por largos minutos, su cuerpo temblaba sobre el mío. Mi coño apretando su polla en interminables olas espasmódicas, mientras su semen seguía llenándome a pulsos espontáneos y regulares. Finalmente su polla resbaló fuera de mi coño dejándome ahí de rodillas, con chorritos de semen acuoso saliendo de mi conchita. Su pelaje negro pegado a mi espalda húmeda y temblorosa de placer residual. Lo volví a acariciar y me adormecí chorreando semen fuera de mi panocha caliente y bien follada.
Hoy estoy aquí a relatarles cómo fue que me enamoré de mi perro. Apenas termine de escribir, iré a buscar nuestra manta y esperare que él inicie sus movimientos para seguir enamorándome, sí, creo que eso es todo lo que haré.
Fin
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luisa_luisa4634@yahoo.com
Pero así como fueron pasando los meses, me costaba un mundo quitarle el cojín o el peluche de entre sus zampas mientras él le daba violentas embestidas. Me era imposible no notar su inmensa polla rojizo/violácea. Involuntariamente me traía recuerdos de mi vida sexual con mi marido y la linda polla que él tenía. Sólo qué, comparándola con la polla de Salam, la verga de mis esposo terminaba perdiendo por grosor, longitud y ese aspecto tan voluminoso y apetitoso de mi perro.
Para mí todo esto era antinatural. Salam la mayor parte del tiempo era un perro adorable y de lo más obediente, solo que la falta de sexo lo tenía inquieto y un poco alocado. Un viernes de hace dos semanas atrás, salí del trabajo y me fui a casa. No tenía ningún programa para salir con mis amigas. Cuando llegué a casa Salam me recibió con sus acostumbrados saludos. Me duché, me puse mi gruesa bata blanca y bajo ella solo mis bragas.
Mi casa estaba limpia, más tarde tendría que solo prepararme de cenar. Mi perro estaba en su camita en la sala de estar, me dirigí a la cocina para cocinar y él desapareció. Cené y cuando volví al salón, allí estaba él dándole duro y parejo a uno de los cojines. Empecé un forcejeo con él hasta que logré arrebatárselo, de nuevo su enorme polla y de nuevo mis ojos se quedaron pegados en su sexo de perrito enorme de grande. Él se echó sobre la alfombra y comenzó a lamer su verga hasta que esta comenzó a recogerse dentro de su funda peluda. Me llevé el cojín para echarlo a la lavadora más tarde.
Me senté en el diván y él se acercó a mi lado. Su polla ya no se veía, estaba totalmente recogida en su vaina, pero mis ojos por mera curiosidad la buscaban. Sin darme cuenta me encontré sentada como estaba acariciando esa parte de su cuerpo. Él permaneció quieto y rígido mientras mi mano recorría su piel peluda y mis dedos comenzaban a sentir algo macizo que comenzaba a crecer. La rosada puntita asomó por el extremo de su vaina que parecía engrosarse. A medida que salía comencé a sentir un calor abrasador en mi conchita y mi cuerpo temblaba. Hacía muchos años que no me sentía de este modo. Con una mano acariciaba su lomo y su cabeza, mientras con la otra la movía hacia adelante y hacia atrás. De pronto estaba arrodillada a su lado en una especie de trance. Bajé mi cabeza hipnotizada por la proximidad de esa enorme polla que crecía en mi mano. Ahora estaba a centímetros de ella. Acaricié mis mejillas con su polla mojada y caliente. Una buena parte estaba fuera de su funda y me la llevé a la boca. Sentí un sabor fuerte, pero para nada desagradable, me sabía a algo metálico. Poco a poco lo fui saboreando cada vez con más deseos. Lo chupe ardorosamente, siempre me ha gustado chupar una polla, siempre lo hice con mi marido, ahora lo estaba haciendo con mi joven mascota folladora de peluches. Tenía su enorme polla en mi boca y en mi mano, pero todavía no había salido su bola. Me la saqué de la boca chorreando sus fluidos y algunos chorritos mojaron mi barbilla. Mi mano lo acarició desde la puntita hasta sus testículos. Él comenzó a follar mi mano, lo solté y él se alejó a echarse y a lamer su gran polla; mi boca aún conservaba la sapidez acuosa de su semen.
Me levanté y fui a enjuagarme la boca con enjuague bucal. Sentía mi entrepierna caldeado, me toqué y tal como sospechaba, mis bragas se habían mojado con el fluido de mi coño. Me sentí en un estado de cachondez que me parecía que iba en aumento. Me dio miedo, no hacia mi perro, miedo hacia mí, pues en mi mente solo existía la persistente imagen de la polla de él. Salam me miraba y lamía su polla, yo lo miraba mesmerizada y acalorada. Él se levantó y dio unas vueltas en frente de mí, me fascinaba su prestancia; se estaba luciendo ante mi presencia, entendí que él me buscaba.
Conseguí resistirme unos quince minutos, no pude más; lo agarré y me lo llevé al baño para bañarlo. Estuve bañándolo por cerca de media hora. Lo acaricié y lavé todas las partes de su cuerpo peludo, cuando terminé procedí a secarlo, jamás había estado tan excitada en mi vida. Me lo llevé al dormitorio, saqué dos gruesas toallas del armario y las extendí en el suelo. El perro parecía no entender lo que yo ahora quería de él y hasta donde estaba dispuesta a llegar. Me desnudé completamente y me arrodillé a acariciarlo; él acercó su fría nariz a mis partes privadas y comenzó en principio a olisquearme, luego procedió a lamerme, a momentos se detenía a lamer sapientemente mi panocha, cada vez que lo hacía me hacía sentir en el cielo.
Traté en todos los modos de seguir acariciando su polla y terminé en cuatro patas. Ya no podía aguantar mis gemidos sintiendo su lengua caliente separando mi labia vaginal para lamer mi vulva. Me corrí al improviso, agarré su cabezota negra y empujé mi coño contra su hocico. En ningún momento intentó montarme, pero lo alejé de mi conchita, ya me había corrido, había sido increíble y ahora quería más.
Mi cuerpo entero estaba caliente, había una especie de electricidad que recorría toda mi piel. Había descubierto algo delicioso, algo que me había estado perdiendo. Me levanté y me senté en la cama con mis pies apoyados sobre el tapete. Salam vino de golpe y metió su enorme cabeza gorda entre mis piernas sintiendo su ímpetu por empujar su lengua en mi coño, me llevó a un nivel de excitación y paroxismo irreal, me vi hiperexcitada, tanto que levanté a mi perro mientras me tiraba hacia atrás; mi mano se fue directamente a su polla, la cogí, la paseé por toda mi vulva caliente, excitadísima, gimiendo muy mojada. De repente sentí su polla violando la entrada de mi vagina, pero fue una cosa lenta; al parecer no sintió de haber embocado mi panocha, solo que luego de unos segundos me embistió, ¡Dios Santo! Su polla entro y yo comencé a gritar, Salam estaba dentro de mí; lo aferré de su peluda piel y lo mantuve para que no se me escapara.
Mi mano aún aferraba su polla, sentí su bola y no quería soltarla, tenía miedo de que me hiciera algún daño una cosa tan grande dentro de mí. Salam no cesaba sus empujes salvajes y empujó todo lo que pudo de su pene más allá de mi anillo vaginal, yo grité, pero no lo solté, no me importaba gritar y no me importaba sin alguien me escuchaba o no, me estaba corriendo con la gran polla de Salam, eventualmente tuve un segundo orgasmo o la continuación del primero que me hizo estremecer, después de recuperarme un poco me fui retirando hacia atrás, él pareció entender y me quitó su enorme pollón de mi conchita. Lo vi gordo que se balanceaba bajo la panza de él, era más grande de lo que nunca imaginé y se estaba recogiendo en su funda. Miré mi coño abierto exageradamente que goteaba y formaba una amplia mancha en mi edredón, eran los jugos míos y los de Salam. Mientras tanto él se había tumbado sobre la manta que había en el suelo y estaba lamiendo su gran polla mientras me miraba con ojos de ensueño.
Me levanté y me fui al baño a lavar mi sexo. Estaba algo adolorida, tal vez un poco arrepentida, me dije que era algo que no podía volver a suceder, que no era algo natural, que se había tratado solo de unos instante de debilidad y flaqueza, un simple calentón sin control, pero no podía olvidarme de los salvajes orgasmos que me hizo sentir.
A la mañana siguiente saqué a pasear a Salam, hice un par de compras y volví caminando a casa con él a mi lado. Lo había mirado tantas veces, pero hoy todo era diferente, él se detenía a mirarme y mover su corta cola tronchada, me parecía que él también me miraba diferente. En casa hice la comida, le di de comer a él y luego del almuerzo me fui a mi dormitorio a dormir una siesta de reposo. No pude dormir, encendí la tele y no pude concentrarme a ver algo que me distrajera. Sólo podía pensar en como me había follado mi perro.
No pude más del deseo y fui a buscar la manta, me lo llevé al baño y lo bañé, me duché junto a él, de nuevo me sentía cachondísima. Después de bañarlo, secarlo y acariciarlo tantísimo, él también estaba excitado. Nos colocamos él y yo sobre la manta, yo totalmente desnuda. Lo acaricié, él comenzó a buscar mi conchita con su hocico. Esta vez me sentía más experimentada y me puse a cuatro patas, él comenzó a lamerme hasta que se montó encima de mi espalda; intenté en vano de deshacerme de él, pero él me había aferrado fuertemente con sus zampas, no había modo que pudiera zafarme de su fuerte amarre, en tanto que su polla golpeaba mis muslos y posaderas en busca de mi chocho. Insistió una y otra vez y nada más encontrarlo, ¡Santo carajo! Me enterró la mayor parte de su grueso pene canino y yo lancé un alarido al sentirme dilatada un poco dolorosamente, luego una vez más un gruñido y un chillido escapó de mi boca al sentir esa cosa enorme que atravesó mi ojete vaginal e inmediatamente comenzó a inflarse dentro de mi coño, me acababa de abotonar, casi en forma contemporánea, me corrí.
—¡Uuuggghhh! … ¡Aaayyyy! … ¡Ughr! … ¡Uhmmm! … ¡Aaaahhhh! ….
Salam me folló en modo salvaje por unos cuantos minutos y luego él se detuvo, mi panocha todavía se contraía de placer y mis gemidos eran audibles por toda la habitación. Él se movió y pasó una pata sobre mi trasero, sentí su piel peluda en mis nalgas y supe que se había girado en sentido contrario al mío, eso me provocó otro orgasmo. Sentía que su polla continuaba a pulsar dentro de mí, estaba llenísima, enloquecida de placer y sin ninguna voluntad.
Luego del último orgasmo logré recapacitarme, todavía suspiraba y gemía, pero al menos conseguía controlarme en cualquier modo. Estaba pegada a mi perro; él se impacientó y comenzó a tirar, me llegó un nuevo orgasmo, me encontré gritando enloquecida y sentí como si mi coño se estirara hacia afuera, Salam intentaba despegarse de mí. Al final lo logró y yo me desmoroné sobre la manta temblando. Estaba exhausta, rendida, agotada y gemía con los ojos cerrados. Mi perro comenzó a olerme entre las nalgas y lamió mi surco trasero varias veces, luego se tumbó a mi lado.
Estuve en un estado de sopor por al menos unos treinta minutos. No sé cuanto tiempo él me tuvo abotonada, pero me había dejado ahíta de satisfacción. Realmente satisfecha, lo que no solemos decir las mujeres habitualmente, por primera vez en mi vida me sentía bien follada.
Esa tarde merendé y decidí afeitarme mi panocha en forma total, todo para mi amado Salam. Me excitaba la idea de pensar de que era su perra. Por un poquito vi televisión y después fui en busca de nuestra manta. Vi que él entendió inmediatamente lo que estaba preparando para él y para mí. Me puse sobre la manta a jugar con su polla y se la chupé, después lo dejé lamer mi coño. A continuación lo preparé poniendo calcetas en sus patas delanteras y le dejé montarme y abotonarme, me folló muy rico, pegada a su polla tuve dos orgasmos fabulosos. Cuando finalmente me soltó, me desplomé sobre la manta y me quedé botada sobre el piso en un delicioso amodorramiento. Tenía en mi cara una sonrisa un poco boba y no cesaba de gemir sintiendo que mi coño había sido estirado una vez más en forma exquisita.
Al poco rato él volvió a pasearse alrededor de mí, pero yo estaba realmente exhausta y satisfecha; me arrodille y le hice una rica mamada. Esta vez sin el más mínimo sentido de arrepentimiento o culpabilidad, quería hacer disfrutar a mi perro con mi boca, tal como él me hacía disfrutar con su lengua.
En esta pocas semanas, creo que Salam me ha follado más que mi marido. Cada vez que lo busco él está listo para mí, nuestra señal es la manta. Me folla con un ímpetu que jamás hombre alguno podría igualar. Ya no tengo necesidad de soportar a un hombre a mi lado. He encontrado nuevamente la felicidad en este poco tiempo, soy otra persona, satisfecha, de buen humor y siempre dispuesta a acceder a mi peludo amante cuando él lo requiere y eso es casi a diario.
*****
Pasó más de un año y ya no es como al principio. Ahora no tengo miedo ni vergüenza, sé a lo que voy; sé lo que quiero y deseo, estoy consciente de ello. Además, no solo busco mi propio placer, sino que estoy muy atenta a darle placer a él. Busco que él esté bien siempre. Lo llevo al veterinario, le tengo todas sus vacunas al día y le doy una buena alimentación; también lo saco a pasear todos los días, esto me ayuda a mantenerme activa y después le dejo follarme todas las veces que él quiera.
El pasado viernes por la noche salimos con mis amigas para una noche sin hombres. Todas ellas están casadas o en pareja, yo soy la única viuda sin conviviente. Nos reunimos en un sitio para charlar y beber algunas copas, regresé a casa a eso de las dos de la madrugada con unas copas de más y terriblemente cachonda. Abrí la puerta y Salam me recibió con efusivas manifestaciones de cariño, pero en ningún momento trató de hacer avances, él sabe que solo hacemos el amor cuando yo saco a relucir nuestra manta, esa es la señal para hacerle entender que yo lo deseo.
Me metí a la ducha con él, lavé su barriguita y su polla, salimos de la ducha y lo sequé con el secador de pelo, luego le puse sus calcetas en sus zampas. Enseguida me vestí con una pequeña tanga blanca y un negligé cortito totalmente trasparente, me vestía para él, para mi macho. Nos fuimos a la sala de estar, me serví otra copa y me senté en el diván con él a mi lado, lo comencé a acariciar mientras daba unos sorbitos a mi trago. A continuación me levanté y fui a buscar la manta mientras él me seguía de cerca, cuando me vio con la manta en la mano, inmediatamente acercó su hocico a olisquear mi panocha, apreté mis muslos para rendírsela un poco más difícil. Extendí la manta a los pies del sofá y luego me senté a beber de mí copa, él comenzó a entremeterse entre mis piernas empujando su hocico entre ellas, poco a poco fui abriendo mis piernas y él impetuosamente empujaba mientras daba de lengüetazos a mis muslos. Finalmente cedí y abrí mis muslos ampliamente para él, Salam atacó la delgada tela de mi tanga y la trituró entre sus dientes dejando mi coño lampiño totalmente desnudo. Eso me vuelve loca, desde la primera vez que le dejé lamer mi coño, es algo irresistible y a él le encanta lamerme incansablemente.
Ya estaba contorsionándome con las piernas abiertas de par en par y Salam con su lengua enterrada en mi panocha, mis quejidos y gemidos eran audibles en toda la habitación. Con los ojos semicerrados veía su enorme lengua insertándose en mi pequeño coño lamiéndolo por todas partes, cuando tocaba mí clítoris me producía vibraciones eléctricas que remecían todo mi cuerpo y me hacían gritar de lujuria. Mis piernas se abrían y se cerraban alrededor de su cabeza, mi pelvis se movía cadenciosamente acompasando el ritmo de sus profundas lamidas y de mi boca escapaban grititos de loco e inacabable placer mientras me corría bajo las hábiles lengüeteadas de Salam.
Traté de recuperar mi compostura y quedarme quieta, intentando que dejara de lamerme, había chillado como poseída, mi coño goteaba, estaba caliente y tembloroso. Mí clítoris hipersensibilizado que cuando lo alcanzaba a rozar con su lengua me hacía dar saltitos con una mezcla de dolor y placer. Por fin logré apartarlo y me boté junto a él para hacer lo que había estado deseando hacer toda la noche; ahí en el suelo comencé a jalar su polla que prontamente se asomó, puse mi cara cerca y la seguí acariciando hasta que salió lo suficiente como para metérmela a la boca; empecé a chupársela fervorosamente para hacerla crecer con mi lengua y mis chupadas. Podía sentir como sus dimensiones iban en aumento, yo me iba metiendo a la boca todo lo que podía con todas mis ansias y placer, mi coño parecía hervir y podía sentirlo burbujear; su polla pulsaba y expelía calientes chorritos de pasión canina, su lomo temblaba al igual que sus patas traseras que se flexionaban para empujar su polla más adentro de mí boca candente. El líquido caliente de él estaba deslizándose por mi garganta, él se movía en embistes cortitos, luego intentó quitarse, probablemente su pene estaba tan sensible como lo había estado mí clítoris, lo dejé salir de mi boca y procedí a darle suaves y delicadas lamidas mientras su gran verga se recogía en su funda lentamente. Acaricié sus huevos hasta que se apartó de mí.
Esperé pacientemente algunos minutos, bebí un sorbo de mi bebida, luego me puse sobre la manta con mis codos apoyados al suelo, mis rodillas bien abiertas y con mi coño a la altura de él, mi culito bien levantado. Salam me miraba dando algunos lengüetazos a la puntita de su polla. A continuación se levantó y vino a olfatear mi panocha, lamió mis ardientes labios de fuego, después vino junto a mi cabeza y me dio besitos con su lengua pasándola por mis mejillas. Se giró a mi lado, apoyó su cabeza en mi espalda. Sentí el peso de él al levantarse y subirse encima de mi espalda, poco a poco se fue posicionando, moviendo sus zampas hasta aprisionarme por la cintura. Me preocupé de abrir bien mis rodillas y estar con mi sexo a la altura de su verga. No era como las primeras veces, él se movió en forma precisa hasta tener su polla en la entrada de mi vulva y empujó un poco con violencia y di mis primeros gritos de placer sintiendo el volumen de su polla llenando mi coño con el objetivo determinado de abotonarme. Ya me había hecho correrme y lo volvió a hacer cuando su nudo entro y salió varias veces forzando mi ojete vaginal, el placer fue abrumador, aferré la manta con mis dedos crispados y mis uñas firmes en la tela tratando de mantenerme en esa posición que me causaba tanto placer. Me abotonó, yo ahíta de placer, una de mis manos acariciaba sus bolas y la sutil línea caliente que salía de mi estrecha panocha, su polla entera estaba dentro de mí. Podía sentir su hinchadísima polla en mi interior, gemí como loca en la cresta de una ola orgásmica que me hacía convulsionar en forma imparable, hubiera deseado estar así abotonada toda la noche, pero solo duró una veintena de deliciosos minutos.
Cuando finalmente su enorme pija salió expelida desde mi panocha, me volteé rápidamente y em lo eché a la boca a lamerlo como poseída, agradecida por darme tanto placer, estaba rendida a él. Me fui al baño con el pisándome los talones, lave mi sexo y el de él. Enjuagué mi boca y unté mi coño adolorido con una cremita balsámica. Volví al salón, me senté en el sofá desnuda como estaba; Salam vino hacia mí e intentó meterse entre mis piernas, supuse que él quería más, comencé despacito a acariciarlo hasta que él alcanzó mi coño y comenzó a lamerme. Lo tomé y lo subí sobre mi vientre, con sus patas traseras en el piso, tuve que coger su polla y guiarla hacia mi conchita. Cuando sitió la cálida humedad de mi sexo comenzó a moverse y a empujar su polla dentro de mí, lo abracé y envolví mis piernas alrededor de su lomo. Empujé mi trasero lo más abajo posible y para mi sorpresa, Salam volvió a abotonarme en esa posición poco habitual para él. ¡Dios mío! Yo lo apretaba y acariciaba sin dejar de gritar, él se movía con cierta dificultad tirando mi coño hacia abajo, mi coño estaba hacia arriba al estar yo sentada con las piernas abiertas y hacia arriba. Aquello me hacía gritar de locura, lujuria y placer, tal vez un insignificante dolor, ahora no podía moverme, me corrí dos veces con una fuerza brutal. Cuando me corrí la segunda vez mi coño se aceleró en desmedidas contracciones de goce y él se despegó de mí. Mi coño ardía por la estupenda follada que me había dado mi perro. Lo volví a acariciar, llevábamos mas de dos horas disfrutando el uno del otro, eran pasado las cuatro de la madrugada. Totalmente satisfecha me fui a lavar, también lavé a mi perro, luego exhausta me fui a mi cama a dormir bien montadita y con mi panocha vacía pero caliente.
Me desperté con la misma sensación, mi coño vacío, jugoso y caliente. Me levanté, cogí la manta y la extendí sobre mi lecho. Salam dormía a los pies de mi cama, pero apenas vio la manta se levantó moviendo su cola tronchada. Apoyé mis manos sobre la manta, levanté mis caderas hacia él, arqueé mi espalda para que mis nalgas se abrieran un poco, separé bien mis rodillas y le ofrecí mi panocha a mi amante peludo para una mañanera. Con voz temblorosa por el deseo y la pasión que quemaba mi conchita, lo llamé.
—Ven … Ven, Salam … Aquí …
Dije dando unos golpecitos sobre la cama. Saltó sobre la cama y se movió hacia mi trasero haciendo crujir la cama. Su hocico caliente rozó mis muslos subiendo hasta el borde de mi labia vaginal. Su lengua áspera, enorme y abrasadora recorrió de abajo hacia arriba y de una sola vez, lamió mi clítoris, mi vulva y mi estrecho ano, arrancándome un ronco y profundo gemido.
—¡Uuuggghhh! …
Siguió lamiendo profundamente entre mis piernas, chupaba mis jugos con un hambre animal que me hizo arquear mi espalda para ofrecerle todo mi coño a su lengua, empujando mi trasero contra su hocico. Luego me montó, su pesada envergadura me aplastó contra la cama, mis pezones aplastados sobre la manta. Su suave pelaje negro a estrecho contacto con mi espalda lechosa, afortunadamente seguía con sus calcetas y no rasguñó mi delicada piel alabastro, aprisionó mis anchas caderas entre sus fuertes zampas. Entonces sentí su gran pija, gruesa, roja, palpitante, más larga y ancha que la de cualquier hombre. Ya presionaba la entrada de mi vulva, que goteaba caliente líquido preseminal.
Empujó una sola vez y mi coño vacío se contrajo dando la bienvenida a esa enorme polla de perrito que comenzó a colmarlo hasta el fondo. Me estiraba de forma abrumadora y llegaba a lugares donde sólo él podía llegar. Empezó a follarme con salvajes embestidas, sin ninguna misericordia, a un ritmo que sólo él podía tener. A cada golpes mis pechos rebotaban hacia adelante y hacia atrás, a ratos hacia los costados estrellándose el uno contra el otro. La cama entera crujía. Su aliento estaba a la altura de mi oreja y podía escuchar sus gruñidos bajos y guturales que hacían vibrar a todo mi cuerpo. Sus bolas peludas, pesadas y llenitas golpeaban contra mí clítoris y mi labia hinchada con cada embestida profunda.
La cadena de orgasmos comenzó y se sucedían uno tras otro. Cada orgasmo era más violento que el anterior, mis paredes vaginales se contraían alrededor de su grosor, mientras mis jugos mezclados a los de él escurrían por mis muslos. Su nudo había sido atrapado por mi coño y ya no podíamos despegarnos. Yo no quería dejarlo ir. Quería estar pegada por siempre a él, quería que supiera que yo era su perra incondicional, quería que me dejara llena con mi coño chorreando su semilla.
El nudo nos mantuvo unidos por largos minutos, su cuerpo temblaba sobre el mío. Mi coño apretando su polla en interminables olas espasmódicas, mientras su semen seguía llenándome a pulsos espontáneos y regulares. Finalmente su polla resbaló fuera de mi coño dejándome ahí de rodillas, con chorritos de semen acuoso saliendo de mi conchita. Su pelaje negro pegado a mi espalda húmeda y temblorosa de placer residual. Lo volví a acariciar y me adormecí chorreando semen fuera de mi panocha caliente y bien follada.
Hoy estoy aquí a relatarles cómo fue que me enamoré de mi perro. Apenas termine de escribir, iré a buscar nuestra manta y esperare que él inicie sus movimientos para seguir enamorándome, sí, creo que eso es todo lo que haré.
Fin
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Gozando tal como mi hija.
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