A lo mejor te gusta.
por
Juan Alberto
género
incesto
Era la última botella de vino y Giulia versó hasta la última gota en nuestros vasos.
—¡Toma! … ¡Este es el tuyo! …
Me dijo con un ligero tono de borracha, tomando su copa que contenía una pinta más que el mío.
—¡Bebamos por nosotras! …
—¡Por nosotras! …
Dije tintineando mi copa con la suya y bebimos. No había un motivo exacto para beber, éramos dos mujeres divorciadas, un par de patéticas perdedoras que no pudieron conseguir citas y se quedaron atrapadas cenando juntas como amigas una vez más.
Giulia y yo estábamos en “La pequeña Italia” de la alameda, un pequeño restaurant italiano con comida bastante buena. Era un local al cual íbamos un par de veces al mes, cuando ninguna de las dos no teníamos nada más que hacer, cosa que era así casi siempre.
Además, como siempre me sentía algo deprimida. Lo que yo esperaba era tener que decirle a Giulia que no iba a poder encontrarme con ella porque al fin tenía una cita. ¡Un cita con un hombre! ¿Cuánto tiempo había pasado desde que disfrute de algo así? Había pasado demasiado tiempo desde mi divorcio, exactamente cinco años. Había tenido una media docena de citas, pero ninguna había dado lugar a nada que realmente valiera la pena. Y en esos cinco años, sólo un par de veces había tenido relaciones sexuales. Sólo porque el hombre era bastante guapo y simpático para hacerlo, si hablamos de orgasmos, cero de nada.
Una vez lo hice con uno llamado Gabriel y dos veces con uno de nombre Francesco. Con Gabriel decidí que una vez era más que suficiente, en cambio con Francesco, después de la segunda vez él nunca me volvió a llamar. Eso había sido casi dos años atrás. Desde entonces los únicos orgasmos los había tenido con mi consolador y vibrador. Estaba destinando una importante suma de dinero para la adquisición de baterías para mis juguetes.
¿Por qué será tan difícil encontrar un buen hombre? Esa era la pregunta que Giulia y yo nos hacíamos a cada encuentro. Su suerte en las citas no era mucho mejor que la mía y ella ya se había divorciado dos veces. Así que nos sentamos en nuestra mesa habitual, comimos disfrutando la comida, bebimos nuestro vino preferido y nos compadecimos mutuamente.
Pero esta vez, Giulia repentinamente tuvo una idea.
—¿Alguna vez haz visto porno lésbico para masturbarte? …
Preguntó moviendo su cabeza bobamente y con acento de ebria. Sorprendida, observé rápidamente a los otros comensales. Las mesas no estaban muy separadas, pero nadie estaba prestando atención a lo que decían dos mujeres un poco borrachas, de todas maneras me acerqué un poco más a ella y bisbiseé:
—Baja la voz … No estamos solas …
—¡Oh! … ¡Está bien! … ¡Lo siento! … Cuando te masturbas, ¿Haz visto alguna vez porno lésbico? …
Dijo riéndose y encogiéndose de hombros. Volví a mirar a mí alrededor y le respondí.
—Normalmente no … Pero sí, algunas vez he visto de esos … ¿Pot qué? …
—¿Nunca te ha venido en mente de probarlo? … Ya sé que no eres así, ya sabes … Pero, quiero decir, podría ser una posibilidad … Eso mejor que nada, ¿no crees? …
Traté de no reírme por una idea tan disparatada, pero entendí que estaba con unas copas demás y traté de seguir la conversación. Enarqué una ceja y le pregunté:
—¿Qué estás sugiriendo? …
Giulia también se inclinó más sobre la mesa, con la luz de las velas iluminando sus mejillas ruborizadas y sus hermosos ojos verde esmeralda. Extendió su mano y tocó la mía, pero rápidamente la quitó.
—Bueno … Digo que tal vez tú y yo deberíamos probarlo … Sólo por una vez, ya sabes … Algo así como diversión … ¿Has pensado alguna vez en hacer algo así? … ¡Con una mujer, quiero decir! …
—¡Uhm!, no …
Dije meneando mi cabeza negativamente. Pero por supuesto que lo había pensado muchas veces, probablemente la mayoría de las mujeres lo hacemos en un momento u otro. Pero jamás pensé estar lo suficientemente desesperada como para intentar algo así. En realidad cuando se trataba de sexo sólo me interesaban los hombres.
—¡Ah! … ¡Ehm! … ¿Y querrías probar? …
Dijo Giulia luciendo bastante ansiosa, era obvio que ella sí lo había pensado y probablemente muchas veces, quizás tantas como yo. Al verme callada ella continuó:
—No puede ser tan malo, ¿sabes? … Y si no nos gusta no tendríamos que volver a hacerlo … Por otro lado, parece algo agradable … Basta ver como lo disfrutan las mujeres de aquellos videos …
Tengo que reconocer que ella tenía razón. Aunque le acaba de admitir que solo veía porno lésbico a veces, la realidad era que eran mis videos favoritos, los que más me excitaban. Ver el armonioso y hermoso cuerpo de una mujer lamiendo un lindo coño depilado hasta llevarla a un explosivo orgasmo, me hacía alucinar. Pero eso no me convertía en lesbiana, ¿verdad?
—¡Vamos, querida! … Di que sí … Podemos ir a tu casa … Leonardo está en casa de su padre, ¿verdad? … Así que estaremos solas tu y yo … Y si no te gusta, te prometo que no te presionaré y me iré a casa apenas tu lo digas …
No pude evitar de sonreír, su entusiasmo era contagioso:
—¿Desde cuándo que llevas pensando esto? …
Giulia simplemente se encogió de hombros y dijo:
—No lo sé … Tal vez unos cuantos meses … Nunca me había decidido a mencionártelo porque tenía miedo a tu reacción … Esperaba a que conocieras a alguien o, tal vez yo encontraría a alguien … Entonces ya no tendría importancia … Pero como ni tu ni yo logramos atraer a alguien … Creo que sería una buena perspectiva probar, ¿no te parece? …
Creo que ella tenía toda la razón. ¿Por qué no deberíamos probar? No tenía ninguna dificultad ni reparo moral, incluso estaba convencida de que podría disfrutar teniendo relaciones sexuales con otra mujer. Pero nunca me acertaría de ello si al menos lo intentara una vez. Hice una pausa circunstancial, reflexionando un poco sobre el qué hacer. Tomé mi vaso, di un largo y último trago y mirándola a los ojos asentí y dije:
—Tienes razón … Está bien … ¿Por qué no? … ¡Hagámoslo! …
Pagamos rápidamente la cuenta y llamamos un Uber para irnos a mí casa a un par de kilómetros. Giulia vivía sola en un departamento al otro extremo de la ciudad. Ella no tenía hijos. Yo tengo a Leonardo, mi hijo de quince años. Este era su fin de semana con su padre, cosa que ocurría dos veces al mes. Entonces era cuando Giulia y yo aprovechábamos de juntarnos y pasar un rato en mutua compañía.
Cuando abrí la puerta y entramos a la casa, me llene de un saco de preocupaciones. ¿Podría seguir adelante con esto? ¿Qué pasa si algo sale mal? ¿Cómo vamos a empezar? Nunca había estado con otra mujer sexualmente, pero había visto una miríada de videos, pero no tenía ninguna experiencia física de primera mano. ¿Qué tal si cometiera algún tipo de horrible error? ¿Sería inepta o tal vez no deseada? ¿Qué pasaría si ella no me encuentra lo suficientemente atractiva y cambiara de opinión?
Encendí las luces y dejamos nuestros abrigos en el ingreso y nuestras carteras en la sala de estar.
—¡Ehm! … ¿Quieres? … ¡Quieres beber algo? …
—No … No, nada, gracias … —Dijo Giulia negando con su cabeza.
—Bueno … ¿Quieres sentarte? …
Pregunté caminando hacia el sofá, pero Giulia me tomó de la mano y me dijo:
—Mejor vamos al dormitorio … —Sugirió con una suave voz.
—Está bien … —Dije tragando saliva.
Giulia tenía treinta y siete años y era dos años mayor que yo. Tenía un rostro joven, infantil y encantador. Labios rojos y carnosos, grandes ojos color almendra con una nariz respingona, como de una muñeca; algunas pecas en sus pómulos y cabello rojizos naturales a la altura de los hombros; piel clara; pechos grandes 36D probablemente, piernas largas y bien torneadas, muslos macizos que daban forma a un trasero estupendo, acentuado por su estrecha cintura y amplias caderas.
En cambio yo estaba muy delgada. No me consideraba muy bonita. Tengo una nariz huesuda de ascendencia italiana. Mi exmarido decía que le encantaban mis ojos celestes. Mis senos son de talla 34C, un poco caídos después de amamantar un hijo. Mis piernas largas, pero flacas y la maternidad me dejo unas anchas caderas y un gran trasero, pero no muy regordete. Me preocupaba de no ser bastante atractiva y Giulia se desanimara.
Sin embargo, al parecer eso no era ningún problema, Giulia tomó mi brazo apretándolo contra su cuerpo, mientras caminábamos por el pasillo hasta el dormitorio principal, me sonrió diciéndome:
—Verás que esto va a ser divertido …
Después de cerrar la puerta detrás de nosotras, pregunté:
—¿Alguna vez has hecho esto? … Con una mujer, quiero decir …
Me miró con su sonrisa contagiosa y me respondió:
—En realidad no … Al menos no desde la secundaria, pero solo besos y bailes un poco más apretados entre chicas, ese tipo de cosas … ¿Y tu? …
—Nada de nada … Ni siquiera besos …
Durante todo el periodo escolástico fui bastante tímida y tranquila, nunca fui popular entre los chicos, tampoco entre las chicas. No fue hasta mi último año de la secundaria que me pidieron una cita, pero solo fue esa vez. En el aula universitaria, en mi segundo año, conocí a un chuco que me gustó mucho y con él fue mi primera vez.
Aurelio no era exactamente guapo, tampoco musculoso. Al igual que yo, él era delgado y un poco inepto en lo que a sexo se refiere. Él era muy inteligente y amable. Comenzamos a salir, me trataba como una dama, exacerbaba mi autoestima, me hacía reír. Me enamoré y también quedé embarazada.
Nos casamos cuando yo tenía veinte años y el veinticuatro; llevaba cuatro meses de embarazo y mi barriga comenzaba a hacerse notar. En mi vientre estaba Leonardo. ¡Qué bebé tan hermoso! Abandoné mis estudios con la intención de ser madre y ama de casa a tiempo completo. Para entonces Aurelio de había graduado Licenciado en medicina y había obtenido su título de Médico Cirujano. Sus padres eran gente de dinero y ellos nos ayudaron a sobrevivir durante ese tiempo. Con mi marido titulado, recién entonces comenzamos a surgir por nuestros medios.
El matrimonio fue bueno por un tiempo. Nuestra familia era una familia feliz, por lo menos eso es lo que creía yo. Pero al quinto año comenzaron los cambios y justo después de nuestro sexto aniversario de bodas, lo confronté y él con lágrimas en los ojos, me confesó que era gay.
¿Qué podría haber hecho o dicho? Él era gay y yo no quería que él fuera infeliz, lo acepté. Él conoció una pareja, otro médico. Me pareció simpático y también lo acepté. Sigo siendo amiga de ellos. Entonces acepté el divorcio cuando él me lo propuso. Aurelio fue muy generoso con nosotros, nos dejo la casa y una muy buena suma de dinero para Leonardo y yo.
—¿Está bien si te beso? …
Dijo Giulia y su voz me devolvió al presente.
—¿Eh? … ¿Besarme? … —Pregunté como una boba.
—¡Siii! …
Respondió ella efusivamente y sin esperar respuesta, me tomó por la cintura y posó sus labios en los míos. Su labios era increíblemente cálidos y suaves, muy diferente a los de un hombre. Giulia me abrazó estrechamente, sus manos acariciando mi cuerpo. Su lengua busco la mía y muy pronto estábamos en un beso francés muy cachondo. Me relajé y me dejé llevar, me entregué, quería que ella me hiciera el amor y olvidarme de todo el mundo.
*****
El sexo con Giulia fue bueno, lo disfruté mucho. No se parecía en nada a lo que había hecho hasta ahora con hombres. Era más relajado y tierno. Menos apresurado e increíblemente cachondo. Disfrutábamos ambas de estar juntas, eran momentos nuestros y de nadie más. No había prisa alguna en llegar a una conclusión. Tampoco me hizo sentir lesbiana. Todavía anhelaba el pene duro de un hombre; una polla caliente empujando mis delicados pliegues dentro de mí, pero por el momento esto era casi tan bueno como aquello, solo de una forma diferente.
Después de esa primera noche, cuando había estado casi siempre pasiva, comencé a ganar confianza tomando la iniciativa en la cama. Me pareció divertido explorar esta faceta de mi vida. Había cosas nuevas que aprender y experimentar juntas. Compramos nuevos juguetes. Consoladores de doble punta, straps-on y strap-less de diferentes medidas y formas. En cierto modo esto era mejor de lo que había tenido antes, sobre todo en la cantidad de orgasmos. Nos reímos juntas cuando le confesé que había tenido más orgasmos con ella en estos pocos meses, que en los seis años de matrimonio con Aurelio.
Eso no quiere decir que mi exmarido fuese un mal amante. Es solo que no había una frecuencia adecuada. Ahora entiendo el porqué, mi marido no venía a mí muy a menudo para tener relaciones sexuales. Generalmente era yo quien daba el primer paso, y siendo yo reticente, rara vez lo hacía. Pasábamos semanas sin hacer el amor, a veces meses. Y cuando finalmente teníamos un acercamiento íntimo, todo era precipitado y duraba bastante poco. Obviamente yo no alcanzaba ninguna satisfacción. Pero aún así, yo amaba a Aurelio. Era un hombre gentil, dulce y maravilloso.
Giulia y yo, por el contrario, hicimos el amor muchas veces durante un periodo de siete u ocho meses. Lo hacíamos tan a menudo como nos era posible. Pero quiero dejar en claro. No era una relación romántica. No estábamos enamoradas. Ninguna de las dos se sentía así. Éramos amigas con ventajas, solo buenas amigas tratando de tener un poco de sexo con una persona agradable. Lo entendíamos como una solución provisoria, algo que hacer hasta que apareciera el hombre adecuado.
Y ese hombre apareció, fue Giulia quien lo encontró, no yo. Conoció a un chico de nombre Antonio, amigo de otro amigo de ella e inmediatamente congeniaron y se llevaron bien. Al principio esperaba que Antonio fuera del tipo que estaría dispuesto a compartir, que le gustara la idea de estar con dos mujeres a la vez, o simplemente mirándonos hacerlo, o mejor aún que nos follara a las dos. De esa manera podría volver esa estupenda sensación de un duro y caliente pene dentro de mi panocha.
Pasaron un par de meses antes de atreverme a hablar con Giulia sobre esto. Después de haber disfrutado juntas una tarde le pregunté al respecto, ella se rio y luego me besó en los labios.
—¡Oh, qué linda que eres! … ¿Y tú crees que yo no he pensado lo mismo? … Por supuesto que lo he pensado más de una vez … Pero, ya sabes … Antonio es llevado a sus ideas … Y no es lo suyo … Se lo he insinuado … ¡Más qué eso! … Se lo he preguntado … Pero dudo mucho de que eso pueda suceder … Él quiere qué seamos sólo él y yo y nadie más … Deveras que lo siento … Realmente lo siento, cariño …
—No tienes porque disculparte, tesoro … Lo entiendo perfectamente … Estoy feliz por ti, deveras que lo estoy … Me alegro de que hayas encontrado un gran tipo como él … Te deseo lo mejor …
*****
Entonces volví a quedar sola en lo que concierne al sexo. Regresé a mis videos pornográficos y mis juguetes. De todos modos, extrañe mucho a Giulia; me sentí sola. Por mi parte también conocí a un tipo. Bruno, pero era un fanático del futbol y las carreras de auto. Era agradable y divertido, pero no estaba interesado a tener sexo, nunca tuvimos relaciones sexuales.
—Y solo salíamos como amigos … —Le expliqué a mi hermana Cinzia.
Era el fin de semana en que Leonardo iba con su padre y había recibido la visita de mi hermana menor. Ella iba a cenar conmigo en un restaurant del Mercado. No quise volver a La Piccola Italia, me traía el recuerdo triste de Giulia.
—Está bien … Espero que pronto conozcas a alguien más … —Dijo Cinzia.
—Bueno … ¿Quién sabe? … Tal vez algún día conoceré a alguien …
Dije encogiéndome de hombros. Cinzia es mi única hermana, tiene cinco años menos que yo y es un espíritu libre. Ha viajado por todo el mundo como Chef de grandes Cruceros Turísticos. Nunca ha permanecido mucho tiempo en ninguna parte. Llegó de vacaciones de regreso al país y vino a visitarme por algunas semanas. Hacía tres años que no la veía.
—¿Algún tatuaje nuevo? …
Le pregunté por curiosidad.
—Sí … Un par …
Dijo sonriendo maliciosamente. Cinzia estaba cubierta de tatuajes y numerosos piercings. Yo ni lo uno ni lo otro, los únicos agujeros que puedo lucir son los de las orejas para mis aros. Ella se acercó a mi y a baja voz, agregó:
—No te los puedo mostrar ahora … No en público … Están en zonas estratégicas, ¿entiendes? …
Luego se echó un tremendo camarón frito y crocante a la boca. Cinzia y yo nunca fuimos muy cercanas mientras crecíamos. Yo era cinco años mayor que ella, de carácter tranquilo y reservado; tímida podría decir. Ella era todo lo contrario, una fuerza de la naturaleza: extrovertida y popular entre chicos y chicas. Un espíritu salvaje. A nuestros padres les costó mucho tenerla a raya. De hecho, no pudieron con ella. Cinzia se hizo los tatuajes que quiso, piercings en los parpados y en la nariz. Bebió e hizo uso de drogas ligeras. ¡Incluso tuvo sexo antes que yo! ¡Con chicos y chicas! No sé cómo logró evitar de ser preñada. De seguro usaba métodos anticonceptivos a escondidas.
Apenas terminó la enseñanza media y cumplió su mayoría de edad, se fue de casa. Supimos que se había ido a Europa cuando llegó una postal de Italia y a los días otra de Alemania. También no escribió desde España, Dinamarca, Suecia y otros países más. Se detuvo un tiempo en Francia y obtuvo una certificación de Chef y se subió a unos Cruceros noruegos. Pasaron varios años que no supimos nada de ella, hasta cuando regresó de Miami con un montón de tatuajes, piercings y ahora se declaraba libremente como lesbiana.
—Entonces … ¿Por qué no siguieron viéndose en secreto? …
Ella preguntó. Después de mi tercera copa de vino le había confesado de mi romance con Giulia. Cinzia me miró y lucía encantada, pero se preguntaba por qué la había dejado escapar. Sacudí la cabeza y le dije:
—No … Yo no soy así … Probablemente ella no me hubiera dejado hacerlo … Además, Antonio me pareció un tipo estupendo … No hubiera podido hacerle eso …
—Está bien … Giulia no es la única mujer al mundo, ¿sabes? … Hay muchas más que buscan sexo … Aunque parezcan heterosexuales, la mayoría de las mujeres somos lésbicas por naturaleza … Nos encantan los dos lados del sexo … Créeme, lo sé muy bien …
—Es probable que tengas razón … Pero realmente no estoy interesada en encontrar otra mujer por ahora … Soy, bueno, ya sabes, heterosexual … O al menos me siento así …
Cinzia arqueó sus cejas y me miró:
—¿Crees o no estás segura? …
—Bueno hasta ahora he estado solo con una mujer … Siempre me he considerado heterosexual … He tenido sexo solo con tres hombres en toda mi vida … Uno de ellos era gay …
Empecé a reírme. Porque sonaba tan tonto lo que estaba diciendo. Cinzia muy pronto se unió a mí y nos reímos juntas mientras algunos comensales nos observaban sin comprender el motivo de nuestras risas.
Después de que nos calmamos un poco, mi hermana razonó:
—Has estado sólo con una mujer … Y tal vez todavía no has decidido si eres gay o heterosexual, o bisexual o lo que sea … Así que deberías experimentar un poco más … Debes darte la oportunidad de descubrirlo a cabalidad, ¿no crees? …
Me encogí de hombros y tomé un bocado de salmón a la barbacoa, luego miré hacia otro lado reflexionando.
—Realmente no lo sé … Tal vez tengas razón …
No me sentía muy a mi gusto hablando de estas cosas con mi hermana menor, especialmente en un restaurant lleno de gente y estaba comenzando a arrepentirme de haberle contado mis aventuras con Giulia. Pero ella parecía no querer dejarlo pasar.
—Quizás no sea yo la mejor persona para darte consejos … Quiero decir … Mi vida no es gran cosa … En cambio tú … ¡Mirate! … Tienes una linda casa y un hermoso hijo … Solo te falta descubrir quien eres de verdad … Date esa oportunidad … Ábrete a otras posibilidades …
—No sé … Supongo que debería intentarlo …
—Piénsalo …
—Lo haré …
Estuvimos en silencio durante los siguientes minutos mientras terminábamos la cena. De camino a casa hicimos una breve charla un poco incoherente debido al exceso de vino que habíamos bebido. Sin embargo, una vez que estuvimos dentro de la casa, Cinzia volvió a instalar el tema de mi sexualidad no definida:
—No estoy bromeando … Unas cuantas veces con una sola mujer no son suficientes para que decidas sobre tu orientación sexual … ¿Lo disfrutaste con ella o no? …
—Sí, lo hice …
—¿Ves? … Eso es lo que quiero que entiendas … Quizás te guste estar con otra mujer tanto como a mí … O incluso más … Nunca lo sabrás si no lo intentas …
—Lo sé … Lo sé … Pero … ¡Ehm! … Yo … ¿Sabes? … Creo que es más fácil para ti … Eres joven y más bonita que yo … Tienes muchas más oportunidades … Yo soy introvertida y tímida … Y … Y …
Mi voz se quebró y sin querer mis ojos se llenaron de lágrimas. ¡Maldita sea! No quería llorar delante de ella y no quería que ella sintiera pena por mí. Pero me vino espontaneo y no pude evitarlo. Me senté en el sofá cubriéndome la cara con las manos. Cinzia se sentó a mi lado y me rodeó con sus brazos.
—Lo siento … Debería aprender a callarme … Lo siento …
—Tú no tienes ninguna culpa …
Me dejó llorar apoyada a su hombro musitando palabras de conforto muy suaves mientras acariciaba mis cabellos, calmándome y rozando mi cabeza con sus labios. Cuando aparté mis manos de mi cara, Cinzia sacó un pañuelo de su bolsillo y comenzó a secar mis lágrimas, incluso limpió mi nariz. Hice lo que pude para sonreír y recomponerme.
—¿Ves? … ¡Eso es! … ¡Ánimo! … Todo estará bien …
Ella se inclinó y besó mi nariz, mi mejilla y luego mis labios. Me sorprendí al sentir los labios de ella en mi boca. Ese besó parecía de afecto y ternura, reconfortante y de ninguna manera sexual. Pero enseguida me besó por segunda vez en la boca y esta vez no me cupo ninguna duda sobre sus intenciones.
—Yo … ¡Ehm! … Tú … ¿Qué? … ¿Qué haces? … —Tartamudeé.
—Te estoy besando …
Dijo relajada lanzando un suspiro mientras volvía a besarme. Ahora su lengua estaba acariciando mis labios, incitándome a abrirlos y dejarla entrar.
—No … Yo … ¡Uhm! … No podemos … Quiero decir … ¡Eres mi hermana! … —Protesté.
—¿Y qué diferencia hay en eso? …
Mientras decía esto, Cinzia me empujó hacia atrás sobre el diván en forma suave, pero firmemente. Ella se puso encima de mí besándome la boca una y otra vez. Finalmente ella retrocedió un poco:
—Eres una mujer … Me siento atraída por ti … Tú quieres sexo y yo también … A nadie importa el que seamos hermanas …
—Pe-pero …
—Lo quieres, ¿no? … ¿Quieres tener sexo? … ¿Quieres que alguien te bese, te toque y te haga el amor? … ¿No es eso lo que quieres? …
—¡Ehm! … Supongo que sí …
—Eso es lo que yo también quiero … Entonces, sí ambas lo queremos … Bueno … A lo mejor te gusta …
Empecé a reír, Cinzia se detuvo y preguntó:
—¿Qué? … ¿Qué pasa? …
—Eso fue exactamente lo que dijo Giulia …
—¿Qué? … ¿Qué quieres decir? …
—Una tarde Giulia y yo salimos a cenar y comenzamos a hablar de tener sexo entre nosotras por primera vez … Yo no estaba segura y ella dijo … A lo mejor te gusta …
—¿Y tú que le respondiste? …
—¡Uhm! … Está bien, hagámoslo …
—Genial … Excelente respuesta …
Dijo mi hermana acercándose a mi y volviendo a besar mi boca, esta vez entreabrí mis labios y dejé entrar su lengua.
*****
El sexo con mi hermana fue algo totalmente increíble. A diferencia de Giulia, que había sido tan novata como yo. Cinzia tenía años de experiencia amando a otras mujeres y sabía muy bien como hacerlas sentir bien. Ella comenzó todo sólo con suaves besos, nos besamos por largo rato y disfruté cada minuto. Luego se movió hacia mi cuello chupando, lamiendo y besando, hasta llegar a mi decolté, desabotonó lentamente mi blusa y empujó mi sujetador hacia arriba. Besó mis pezones. ¡Dios Santísimo! Nunca nadie me había besado de esa manera, puedo jurar que ella casi me hizo venir sólo mordiendo y chupando mis tetas. Luego cuando ella desabrochó mi falda y me la sacó. Suavemente su mano se deslizó bajo mis bragas, encontró mi jugosa humedad y me corrí apenas ella rozó mi botoncito. Esto le pareció divertido y sonriendo me dijo:
—¡Guau! … Si que lo necesitabas, ¿eh? …
—¡Ehm! … Sí …
Dije jadeando mientras trataba desesperadamente de humedecer mis labios.
—Espero que te puedas correr más de una vez, ¿eh? …
—¡Ah-ha! … Pero … Pero quiero también hacerlo contigo …
Me miró con infinitos deseos y no sólo lujuria, luego dijo:
—Ya habrá tiempo para eso … Ahora quiero darte el tratamiento completo …
El tratamiento completo consistía en sexo oral, pero ¡Dio mío! Cinzia me hizo de todo con sus labios, su lengua y sus dedos. Ni siquiera pude contar la cantidad de orgasmos que me hizo alcanzar. Me corrí una y otra vez con sus caricias y no quería que ella se detuviera. Al final tuve que alejarla de mi clítoris que no dejaba de tiritar y cualquier roce me hacía chillar de loco y torturador placer.
Mientras nos deteníamos para un ligero descanso, Cinzia se desnudó para mostrarme los tatuajes más recientes. Uno estaba justo en el centro de su pecho, en medio a sus dos duras tetas de mediana talla; un corazón estilizado con la escrita: “Mí corazón te pertenece”
—¿Quién es ella? …
—¡Oh! … Cualquiera con quien esté haciendo el amor …
Me dijo sonriendo en forma cínica.
—¡Ah! … Entiendo …
El otro tatuaje estaba más abajo, en el montículo protuberante y liso justo encima de su pequeño coño perfectamente liso y afeitado. Era un par de labios; labios femeninos rojos fruncidos y la escrita decía: “Bésame”
—¿Quieres hacerlo? …
—¿Qué? …
—¿Quieres besarme aquí? …
Dijo apuntando a los labios pintados de rojo. Cinzia estaba totalmente desnuda ahora, parada al lado del sofá. Yo todavía tenía mi blusa y sujetador, pero nada más. Pasó una pierna sobre mí y la arrodilló a mi lado. Ahora el sexo de mi hermana estaba a centímetros de distancia. Sus regordetes labios estaban lucientes y húmedos. Podía oler su excitación almizclada y tentadora. Con dos de sus dedos abrió su panocha para presentarme su pálida, rosada, mojada y estrecha panocha. Se penetró con sus dedos y los mojó en su ambrosía deliciosa.
—Prueba … ¿Quieres probarme? …
Dijo Cinzia estirando sus dedos hacia mi boca. Entreabrí mis labios y ella deslizó sus dedos dentro de mi boca. Pura delicia, absolutamente exquisita. Ávidamente chupe y lamí sus dedos:
—Dame más … Quiero comerme tu coño …
—¿Estás segura? …
—Sí … Sí, estoy segura …
Lentamente ella hizo descender su coño mojado sobre mi boca. Estaba pegajosa, muy mojada, pero divinamente deleitosa. Fue como saborear un apetecible y gustoso postre de increíble sapidez. Lamí y chupe. Tragué recogiendo con mi lengua todos sus fluidos, dándome un festín con su maravillosa conchita de labios apretaditos y jugosos.
—¡Oh, Jesús! … ¡Fóllame con tus dedos! …
Deslicé dos de mis dedos en su apretado coño lo más profundo que pude. Su chocho estaba caliente, resbaladizo y muy apretado. Seguí follándola mientras succionaba directamente su clítoris. A los pocos minutos se estremeció y empezó a correrse.
*****
Después de esa noche increíble, tuve relaciones sexuales con Cinzia unas pocas veces más durante el periodo de vacaciones que ella se quedó con nosotras. Habría sido mucho más que eso, sí las cosas hubieran sido diferentes. Yo también quería más, pero no estaba dispuesta a hacerlo cuando Leonardo estaba en casa.
No me hubiera importado si mi hijo se hubiera enterado de mí y de Giulia. Nunca hicimos ningún esfuerzo para ocultárselo. Pero con Cinzia era diferente. Ella no era simplemente una amiga cercana, ella era mi hermana. Nunca quise que Leonardo se enterara de lo que pasaba entre nosotras.
Por supuesto, como era de esperar, Leonardo estaba fascinado con Cinzia. Cautivado por todas esas aventuras y recorrer tantos países alrededor del mundo. Quería saber el significado de sus tatuajes o en qué lugar del mundo se había hecho los piercings. Leonardo no se cansaba de escuchar de sus correrías por todos esos lares tan lejanos. Para un muchachito curioso de quince años, era como parte de su educación.
—Quiero uno así, mamá …
Me dijo él apuntando al tatuaje de un tiburón con la escrita “Aussie” que Cinzia exhibía en uno de sus brazos y añadió.
—Es tan simple y bonito, mami …
Sacudí la cabeza en sentido negativo.
—No … No estás listo para eso … No hasta que cumplas al menos dieciséis años … Y esto no significa una promesa …
—¡Oh! … ¡Vamos, mamá! … ¡Sólo uno! … Pequeñito … Tal vez aquí abajo, donde nadie lo vea … Un corazón pequeño o algo así …
Dijo mientras metía sus dedos en la pretina de sus shorts y los bajaba para mostrarme su ingle blanquecina con algunos ralos vellos púbicos. No pude evitar de notar el movimiento pesante de algo largo y grueso bajo esos pantalones cortos de mi hijo. Me recordé de los labios que mi hermana tenía tatuado encima de su coño. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
La pelvis de mi hijo estaba cubierta por incipientes vello pélvicos. Me sentí extrañamente excitada pensando al pene que Leonardo debía tener oculto bajo sus pantalones. No podía entender por qué me sentía así. Él es todavía un niño, realmente no tengo ninguna excusa para tener un interés sexual en él. Pero tampoco podía soslayar estos pervertidos sentimientos.
—Taxativamente no … Lo digo en serio y no me harás cambiar de opinión …
Dije vehementemente. Sin desanimarse mínimamente, Leonardo preguntó:
—¿Tienes algo así de pequeño en algún lugar donde nadie pueda verlo? …
—¡Ehm, sí! … Pero ya son cosas de adultos y no te los puedo mostrar … Tú madre se enojaría conmigo …
—Tú tía tiene toda la razón, Leonardo … Eres demasiado joven para ciertas cosas …
Ciertamente él no se dio por vencido, se quejó y discutió, dio sus mejores argumentos, pero no me rendí. Leonardo no puede ver las partes privadas de su tía, que por lo demás, es una mujer adulta que casi le dobla en edad. Solo que yo me excitaba al solo pensar donde mi hermana tenía esos tatuajes escondidos.
*****
Y así como vino desapareció. Mi hermana Cinzia volvió a Miami lugar de arribo de los cruceros turísticos donde ella venía empleada. Le rogué que se quedara un poco de tiempo más, pero estoy segura de que le resultaba incómodo para ella tener que fingir, ante mi insistencia, que no había pasado nada sexual entre nosotras. Ella se despidió cuando la acompañamos al aeropuerto, prometiendo de escribir y mandar WhatsApps; desde la terraza vimos su avión elevarse en los cielos y desaparecer.
Eso significó para mí volver a los videos porno y mis juguetes. Sin embargo, eso no era suficiente para mí. Necesitaba un estimulo físico de una pareja, tocar, besar, sentir las sensaciones que solo una pareja te puede brindar. Ni un hombre y tampoco ninguna mujer se cruzó por mi camino en ese sentido. Todos mis esfuerzos de cambio de look y mi idas al gimnasio para verme mejor, fueron vanos y no logré atraer a nadie.
Me sentía sola y deprimida. No mucho tiempo después de que Cinzia se fuera, Giulia me llamó para decirme que Antonio había sido trasferido a otra ciudad y que ella se iría con él. Incluso me dijo que estaba programando la boda. Me alegré mucho por ella y por él, pero tengo que admitir que iba a extrañar los encuentros furtivos que teníamos de vez en cuando.
*****
El tiempo pasó y todo volvió a ser rutina. Ir a trabajar por la mañana y volver a casa por la tarde a preparar la cena, revisar alguna tarea escolástica de Leonardo y luego irme a mi cama sola con mi consolador y vibrador favorito.
—¿Estás bien, mamá? …
Me preguntó Leonardo sentándose a mi lado en el sofá. Eran casi las diez de la noche de un fin de semana. Ya me había duchado y esperaba a que se me secara bien el pelo mientras veía un poco de televisión en la sala de estar. Estaba envuelta en mi vieja bata blanca y con pantuflas. Mi hijo estaba con su pijama de lycra negro y verde muy ajustado. Me dio una palmadita en la pierna y preguntó:
—¿Hay algo que pueda hacer por ti? …
—No, cariño … Estoy bien, gracias … No te preocupes por tu vieja madre …
—No eres vieja, mamá …
Dijo rodeándome con sus fuertes y atléticos brazos, luego quiso saber:
—La extrañas, ¿no? …
—¿A quién? … ¿A Giulia? …
—No … Bueno … Ella También … Pero me refería a la tía Cinzia … Creo que la extrañas mucho, ¿verdad? …
—Sí, es verdad … La extraño mucho …
Habían pasado poco más de seis meses desde que Cinzia se fue. Lo último que sabíamos es que estaba en un crucero en el Mediterráneo, visitando Grecia, Egipto, Israel, Croacia, Italia y muchos otros puertos de la travesía. Por supuesto que me había hecho saber que tenía una nueva novia y que trabajaban juntas en el crucero. Era típico en ella. Ella siempre tenía novia y, a veces, más de una dondequiera que iba. Me alegré por ella, pero también sentí un poco de celos y envidia. ¿Por qué me resultaba tan difícil conocer gente? Hombre o mujer. A este punto realmente no me importaba para nada, sólo quería a alguien para amar. Leonardo pareció leer mis pensamientos:
—Me tienes a mí … Yo te amo, mamá …
—Ya lo sé, cariño … Yo también te amo …
Me giré y besé su mejilla.
—También papá te ama … Incluso sí … Bueno … Ya sabes … Pero él te ama …
Añadió con una sonrisa.
— Yo también lo amo … Incluso sí … Bueno … Ya sabes …
Nos largamos a reír juntos. Mi exmarido tenía una relación con otro hombre, un tipo dulce llamado Nelson, doctor como èl. Me recordó esa vieja canción: “Están escribiendo poemas de amor, pero no para mí”
Suspiré y cambié de canal donde ver algo menos aburrido. Leonardo se acurrucó más cerca. Estábamos juntos sintiéndonos cálidos y cómodos, dejando que las imágenes y sonidos tediosos de la pantalla no interfirieran con nosotros. Finalmente presioné el botón rojo y la apagué y me quejé:
—Puras porquerías aburridas …
Leonardo se rio entre dientes. Acarició mi cuello con su nariz. Eso me dio un cosquilleo y un escalofrío de placer. Por un fugaz momento quise haberme puesto un poco de perfume. Pero ¿En qué demonios estoy pensando? Es cierto que lo amo mucho, pero no en ese modo. Por otro lado… Miré su ajustado traje de lycra que se pegaba a su cuerpo destacando todas sus formas musculosas, incluso ese músculos tan masculino. Leonardo era más alto que su padre, de complexión física fortachona, amplios hombros y fornidos brazos, muslos de atleta, pero sus facciones eran más duras, con mentón cuadrado de macho fuerte.
Mi hijo comenzó a estirarse a los trece años, tal vez sería por la natación y el levantamiento de pesas, pero a esa edad ya sus bíceps se habían desarrollado bastante. Sus pectorales eran fornidos y su abdomen dibujados por marcados músculos abdominales.
Leonardo se retorció y se apegó más a mí. La figura de su abultado pene quedó casi tocando mi muslo cubierto por mi bata. Miré su cara. Sus ojos estaban cerrados. Su respiración era relajada y suave. Me pregunté si él dormía de esa manera. Dejé que mi mirada lo recorriera un poco más. Él, sin duda, era muy guapo. Podría ser un buen amante si fuera un poco mayor. Tal vez de dieciséis o diecisiete. Pero ¿qué estoy pensando? Jamás podría tener sexo con alguien de esa edad. Cerré los ojos, recosté mi cabeza en el sofá, haciendo todo lo posible par relajarme, calmarme y tal vez, quedarme dormida. Pero de nada sirvió. No podía evitarlo. Estaba demasiado cachonda y el deseo me consumía.
Poco a poco volví a levantar mi cabeza, lo escudriñé, mis ojos lo recorrieron de arriba abajo por su hermoso y apolíneo cuerpo. Me lamí los labios admirando la forma de su grueso pene. ¡Ojalá no fuera tan joven! ¡Ojalá no fuera mi hijo! ¡Ahora, basta! Me lo dije a mi misma. Ni siquiera debería pensar sobre estas cosas. Esto está muy mal:
Sin embargo, el chico que yacía recostado a mi lado era mi hijo. El ajustado traje de lycra dejaba ver casi por completo todas las formas de su cuerpo esculpidas por la natación y el atletismo que practicaba con pasión. Sin duda lo que más llamaba mi atención era su pene, no lo había desarrollarse porque él se convirtió en un chico pudoroso y no se dejaba ver desnudo. No estaba erecto, solo en calma apegado a su muslo izquierdo, pero se notaba armoniosamente grueso y largo, era notable la maciza estructura de su cabeza a forma de hongo y ligeramente puntiagudo. Tal vez, digno de un actor porno. Su padre tenía un pene respetable, pero ya saben, no le gustaba mucho usarlo conmigo, así y todo, cuando me penetraba me volvía loca.
Me preguntaba cómo sería tocarlo. Era tan tentador. Estaba ahí a mí alcance a lo largo de su muslo, podía ahuecar mi mano y tocar sus bolas grandes y pesadas. Está bien, pero nunca haría nada con él, no con mi propio hijo. No obstante, no había nada de malo en tener una pequeña fantasía, ¿verdad?
Mientras pensaba en eso, Leonardo dejó escapar un suspiro y susurró suavemente:
—Te amo, mamá …
Luego levantó su cabeza y beso tiernamente mi cuello. Casi se me escapó un gemido. Sentí un hormigueo desde el centro de mi bajo vientre que me hizo apretar mis muslos, Mi gruesa bata de baño se apretujo entre mis piernas estimulando mi clítoris protuberante, duro y palpitante. Ciertamente mi cuerpo parecía querer esto, incluso si mi mente trabajaba a todo vapor para oponerse a cualquier movimiento obsceno.
Leonardo volvió a besar mi cuello por segunda vez, sus labios se sintieron cálidos y húmedos. Otro escalofrío pasó a través de mí, este más fuerte que el anterior. ¡Dios santo! Me sentí divinamente bien cuando él me besó de esa manera.
Mis manos estaban apoyadas en mi regazo. Ahora presioné ligeramente hacia abajo con el talón de mi mano derecha, deslizando mi puño hacia mi entrepierna, tratando de aplacar ese cosquilleo frotándome discretamente por sobre mi bata, la otra mano la acerqué al muslo de él y presioné suavemente.
—¡Ummmmmm! …
Respiró acariciando mi cuello. Deslicé lentamente mi mano por su pierna hasta alcanzar la forma de su pene en su ajustado pijama. Cuando no mostró ninguna reacción negativa, de hecho volvió a gemir lascivamente retorciéndose aparentemente de placer. Acaricié sus bolas y luego el enorme contorno de su polla que parecía comenzarse a abultar. Mis caricias no eran de manera maternal.
Leonardo volvió a gemir y mordisqueo ligeramente mi lóbulo, sentí su lengua en mi oreja, seguí presionando mi mano sobre su pija, frotándolo hacia arriba y hacia abajo, sin intentar disimular mis acciones. Casi no podía creer lo que estaba pasando, pero no me detuve a pensar en ello. Di el siguiente pasó, estiré mi mano por debajo de la estrecha pretina de su pijama, metí mi mano dentro y alcancé la cabezota desnuda de su polla semi dura. Él dio un pequeño temblor y separó ligeramente sus piernas, dio un suave gruñido y dijo:
—Te amo, mamá …
Enseguida sus labios rozaron mi cuello, me besó y rozó con su lengua mi oreja. Estábamos al borde y yo lo sabía muy bien, un paso más y estaríamos en el mundo del incesto, mi hijo y yo. En ese momento todavía había espacio para dar marcha atrás. Leonardo y yo podíamos levantarnos e irnos cada uno a su propia cama fingiendo que nunca había pasado nada, incluso el tiempo se encargaría de borrar todo. Pero eso no es lo que yo quería. Con toda mi alma quería seguir adelante. ¿Debería hacerlo? No quise renunciar y tomé la decisión.
Después de todo ya había tenido relaciones incestuosas con mi hermana, Cinzia. Buscando de definir mi sexualidad y es cierto que me encantó hacer el amor con otra mujer. Pero lo mío es la maravillosa verga masculina. Eso gordo, grande y caliente que te llena la panocha como nada al mundo podría hacerlo. Necesitaba una polla y había una sola a disposición en esta casa, la polla de mi hijo; lo necesitaba urgentemente. Yo anhelaba sexo y a lo mejor a le gusta.
Me quedé admirando su polla por cerca de un minuto, sintiendo en mi una atracción irrefrenable por ese carnoso tótem de carne. Me olvidé a quien pertenecía ese portento y sin poder controlarme, bajé la cabeza y extendí la lengua desde la punta hasta la base de su pene. Mirando a Leonardo que me miraba con sus ojos semicerrados. Él me sonrió y yo embriagada por la sapidez exótica y excitada por la situación tan poco natural, apreté delicadamente mis labios alrededor de la punta hinchada y amoratada. Succioné suavemente y, presa de un impulso irresistible. ¡Lo engullí todo de una sola vez! Hasta que mi nariz tocó su vientre. Leonardo volvió a gemir, entonces comencé una lenta mamada, aprovechando de saborear cada centímetro cuadrado de ese duro garrote carnoso. Mi mente estaba vacía y me dije que estaba tomando algo que me pertenecía, ya no pensé en estar cometiendo un acto depravado, Leonardo era mi hijo y su pene era mío. Además, una polla sana, robusta, dura y joven como la de él; no iba a ser fácil de encontrar.
Pero no es justo que yo me tome lo suyo sin saber si mi hijo lo quiere tanto como yo. Con una mano todavía aferrando su duro miembro palpitante, usé la otra para deshacer el nudo de mi bata de baño. Debajo no llevaba nada, solo mi piel desnuda. Extendí y abrí mis piernas, luego comencé a frotar mi coño sin ninguna vergüenza. Con una mano masturbaba a Leonardo y con la otra frotaba mi aguerrido y protuberante clítoris.
Los ojos de Leonardo se abrieron del todo para mirar hacia abajo entre mis piernas, comencé a mover mis deditos como si estuviera tocando una guitarra, mi botoncito se movía de lado a lado y el placer me hacía gemir y lanzar vagidos agudos. Él me miraba atentamente, entonces le dije:
—Tengo que hacerlo … Tengo que correrme … De verdad que lo necesito … Pero si tu no quieres, puedes levantarte e irte a la cama ahora …
—¡No, ehm! … ¡No, mamá! … Me iré solo si tu quieres que me vaya … Pero quiero estar junto a ti … Tal vez también pueda ayudarte si puedo …
Le sonreí y él me devolvió la sonrisa con devoción y amor, también había lujuria en sus ojos. Por un momento solté su pene, tomé su mano y guié los dedos de mi hijo hasta mi entrepierna, haciéndolos deslizar dentro de mi coño para unirse a mis otros dedos.
—Tú puedes ayudarme … Empuja tus dedos dentro de mí … Eso se siente tan bien …
—Está bien, mamá …
—¿Quieres que siga ayudándote a ti también? …
Abrió su boca y sus ojos, entonces dijo:
—¿Quieres decir…? … ¿Quieres decir que te gusta chupar mi polla? …
—¡Ah-ha! … Quiero chupar y jugar con tu pene …
—Sí, mamá … Sí … ¡Dios mío! …
A pesar de toda la tensión sexual que sentía, su entusiasmo casi infantil me hizo reír.
—¿Deveras lo deseas tanto? … ¿Acaso has estado pensando en ello? …
—¡Ah-ha! …
—¿Deveras? … ¿Y desde hace cuánto tiempo? …
—¡Ehm! … Bueno, desde que la tía Cinzia estuvo aquí …
—Entonces … ¿Tú sabías? … ¡Sabías que ella y yo? …
—Sí … Sé que ustedes no querían que yo me enterara, pero lo noté … Fue fácil … Y aquella noche en que ella entró a tu dormitorio, las pude oír a ambas, ¿sabes? …
Había hecho todo lo posible por mantener oculta la relación lésbica entre mi hermana y yo, pero al parecer no fui lo suficientemente cuidadosa. Era evidente que Leonardo sabía todo desde un principio.
—¿Pudiste oírnos? …
—¡Guau, sí! … ¡Fue fantástico! …
La última noche de Cinzia en casa, ella había venido a mi habitación cuando pensábamos que todos dormían. Las otras noches ella fingía de pasar la noche en el sofá. Pero esa noche entró y se metió en mi cama toda desnuda. La dejé quedarse e hicimos el amor casi toda la noche. Habíamos intentado de estar calladas y silenciosas, pero cuando ella me folló el culo con mi consolador mientras se comía mi panocha, fue demasiado y más de un grito y chillido se escapó de mi boca.
—Así que lo sabías y no te importó, ¿eh? …
—No … Por el contrario … Pienso que fue bueno …
—¿Qué? … ¿Te gustó? …
—¡Ehm! … Bueno escucharte a ti y a tía Cinzia haciéndolo, fue espectacular … Tuve que jugar con mi polla, ¿sabes? … Me calenté mucho aquella vez …
—¿Jugaste con tu polla mientras nos escuchabas esa noche? …
—¡Ah-ha! …
—¿Y te corriste? …
—¡Oh, sí! … ¡Y mucho! …
Mientras estábamos teniendo esta conversación madre-hijo, deslicé mi mano y aferré una vez más su gorda polla y comencé a masturbarlo. Él seguía jugando con mi conchita empapada.
—Me alegro de que me hayas contado eso … También de que seas tan maduro y que no te moleste lo que yo hacía con mi hermana …
—Por supuesto que no … Me pareció genial … Después que tía Cinzia se fue, comencé a pensar, ya sabes, tal vez algún día podrías hacerlo también conmigo …
—¡Hmm! … ¿Es eso lo que quieres? …
—Más que a nada al mundo, mamá …
—Está bien, hagámoslo, tesoro … Has que me sienta bien y yo haré que tú te sientas bien …
*****
Leonardo y yo no hicimos mucho esa noche, al menos no al principio. Pero más que nada nos masturbamos juntos, yo lo hice acabar un par de veces y él hizo otro tanto lamiendo y chupando mi coño, mientras me follaba con sus dedos. Creo que ninguno de nosotros quiso ir más allá por la novedad y las incertezas del caso, pronto nos levantamos y cada uno se fue a la cama en su propia habitación.
Me quedé desnuda en la oscuridad pensando a todo lo acaecido. Preocupada por haber pasado el límite con mi hijo, tenía el temor de haber cometido un grave error. Me autoconvencí de que esto no iba a volver a suceder, pero al mismo tiempo frotaba mi coño, recordando lo maravilloso que me había hecho sentir mi hijo. Me masturbe exquisitamente pensando en él.
La noche siguiente nos fuimos a la cama por separado. Una vez que había apagado todas las luces, la puerta de mi dormitorio se abrió y Leonardo entró.
—¿Mamá? … ¿Estás despierta? …
Me senté en la cama y las sábanas se deslizaron dejando mis pechos desnudos al descubierto. Ni siquiera intenté cubrirme, pero respondí:
—Sí, cariño … ¿Qué te sucede? … ¿Estás bien? …
En la tenue luz que se filtraba desde el exterior, pude ver el grueso pene de mi hijo duro como una roca, él estaba completamente desnudo. ¡Dios mío! Se veía tan tentador. Dejó la puerta abierta y se acercó a la cama.
—¿Puedo hablar contigo un minuto, mami? …
—Claro que puedes … Ven y metete cerca de mi …
Saltó sobre la cama a mi lado y se reía mientras lo hacía. Pensé en levantar las sábanas y cubrir mis pechos, pero no lo hice. La verdad, quería que él se excitara. Tuve que admitir que lo único que quería es que él yaciera conmigo.
Nos sentamos juntos con la sábana cubriéndonos hasta la cintura. Nos tocábamos con brazos y piernas, pero del todo casual. Aunque la habitación estaba a oscuras, se filtraba suficiente luz desde el exterior para poder vernos con facilidad. Noté que Leonardo miraba fijamente mis tetas con mis duros pezones erectos.
—Entonces, cariño … ¿Qué pasa? … ¿Estás molesto por algo? …
—No, mamá … Sólo quería decirte que me alegró mucho de que hayamos hecho lo que hicimos … Me gustó mucho …
—¿Deveras? …
—¡Ah-ha! …
—Bueno … A mí también me gustó …
—¿Crees que podamos hacerlo de nuevo? …
—¿Es eso lo que quieres? …
—Sí … Realmente me gustó mucho …
—Bueno … También es lo que quiero yo …
Mientras pronunciaba esas palabras, me lamí los labios y una repentina oleada de excitación se apoderó de mi cuerpo. Mí clítoris palpitaba en anticipación. Sentí mi entrepierna candente y húmedo, apreté mis muslos. No había ninguna duda, definitivamente lo quería. Lo necesitaba.
—¡Uhm, mami! … ¿Puedo preguntarte algo sin que te enojes? …
—Sí, cariño … No me enojaré … Puedes preguntarme lo que quieras …
—¿Puedo chuparte los pezones y jugar con tus tetas, mamá? …
Me quedé un tanto desconcertada, pero me gustó su pregunta.
—¡De verdad quieres eso? …
—Sí … Siempre pienso en eso … Ya sabes … Cuando juego conmigo mismo …
—¿Haces eso pensando en mí? …
—¡Ah-ha! …
Los ojos de Leonardo volvieron a mis pechos insistentemente. Él lamio sus labios. Entonces, antes de responder, tiré las sábanas hacia abajo y abrí mis muslos. Comencé a frotar mi coño y le dije a él:
—Está bien … Sí es eso lo que quieres hacer … Puedes chuparme los pezones …
—¡Hmmmmm! … ¡Qué rico! …
El entusiasmo de Leonardo me hizo darme cuenta de lo joven que es. En muchos sentidos es todavía un niño. Pero nada podría detenerme de gozar con él en este momento. Mientras frotaba mi coño con una mano, con la otra la ahuequé bajo mi seno y lo levanté para ofrecérselo a los labios de Leonardo.
—¡Vamos, chico! … ¡Chupa las tetas de mami! …
Él se inclinó frente a mí, se lamió un par de veces sus labios y luego comenzó a devorar mi seno, chupando como cuando era un bebé. ¡Maldita sea! Esto se sentía realmente bien, incluso mejor que cuando Cinzia me chupó los pezones por primera vez y casi me hizo correrme. Fue mejor porque era mi hijo y yo podía jugar con su pene. Y aún cuándo antes había tenido algunos arrepentimientos pensando que tal vez habíamos hecho algo malo, ahora todas esas reticencias se desvanecieron y desaparecieron. No había nada de malo en esto, nada en absoluto. Nos pertenecíamos el uno al otro. Algo que alguna vez fue natural y nosotros podíamos vencer todas esas atávicas contradicciones.
Leonardo me chupó las tetas, primero una y luego la otra. Me froté el clítoris y jugué con su polla, me follé con los dedos y muy luego obtuve un delicioso orgasmo. Pero una vez más no llegamos al acto final, fue solo una noche especial. Tomé la mano de mi hijo y la guié hacia mi sexo:
—Folla el coño de mami con tus dedos y hazme acabar …
Le dije jugando con su pene duro como palo. El grueso y nudoso pene de mi hijo me había perturbada y lo masturbé como si fuera el primer pene en mi vida. No quería que lo nuestro fuera hecho como algo a la rápida. No quería ser yo a obligarlo a tener relaciones sexuales conmigo, sino que fuera algo espontaneo, algo nacido en nuestros corazones. ¡Oh, Dios! ¡Cuánto lo deseaba!
Recostada desnuda al lado de él que miraba todo mi cuerpo desnudo. Su polla estaba dura, palpitante y ya escurrían algunas gotitas de tibio pre-semen desde su glande. Mi hijo me excitaba como una puta. No pude resistirme más, él me atraía como un imán con ese pene suyo largo y duro. ¡Deseaba esa verga suya! En un instante mi cabeza se deslizó por su vientre, mi mano levantó su polla y mi boca se cerró alrededor de su gruesa cabezota. Con un lento movimiento de cabeza, comencé a mamar su polla al máximo de su erección. Me bastaron una docena de movimientos arriba y abajo, unas pocas lamidas a su glande hinchado y algunos masajes a sus bolas duras y pesadas para hacerlo gemir de placer. Sus manos presionaron mi cabeza sin dejarme mucha libertad de movimiento; folló mi boca velozmente, entonces se estremeció y tuvo una serie de sacudidas. Varios chorros de semen caliente y espeso inundaron mi boca descendiendo por mi garganta, tragué todo lo que pude y algo escapó por la comisura de mis labios. El pene de mi hijo todavía estaba duro y caliente en mi boca.
Lo sentí cuando comenzó a deslizarse sobre la cama, se posicionó en medio a mis piernas y comenzó a besar mis muslos. Metió sus dedos en mi vagina bañada de fluidos. Abrió mi labia enrojecida e hinchada, luego hundió su lengua entre mis rosados pliegues íntimos. Eché la cabeza hacia atrás y le dejé hacer sólo gimiendo mientras su lengua azotaba mi clítoris para luego adentrarse en lo más profundo de mí vagina. No podía soportar tanto placer y tuve que taparme la boca con las manos para no gritar. Su lengua era incansable y cada recoveco de mí sexo venía explorado por su lengua gomosa y elástica. Cogí una almohada y me la puse en la cara para acallar mis chillidos. En pocos minutos Leonardo había conseguido provocarme un orgasmo de una intensidad que nunca había experimentado.
Después de haberme recuperado de las convulsiones maravillosas que me había hecho sentir, mi mano corrió inmediatamente hacia su polla y aferré sus testículos duros. Estaba excitando a mi hijo y eso me gustaba. Su polla estaba caliente y dura, sus manos me empujaron por los hombros suavemente hacia atrás. Él ya estaba entre mis piernas, las cuales abrí un poco más para él. Lentamente se puso sobre mí y sin dificultad alguna, su polla caliente encontró la vía justa para entrar y, con una sola y decidida embestida, me penetró en toda su longitud. Empezó a follarme con energía, pero también con dulzura. Cerré mis piernas alrededor de él para mantenerlo profundamente en mí. Mi realidad ahora era Leonardo. Grité y él puso una mano en mi boca. Una oleada de loco placer se apoderó de mi cuerpo y me contorsioné bajo su peso, empujando mi pelvis contra su polla mientras me sacudían violentas convulsiones en un orgasmo que jamás había tenido. Mis músculos vaginales lo apretaron y lo obligaron a correrse dentro de mí. Enterrado profundamente en mi coño lo sentí que chorreaba mis paredes vaginales en lo profundo de mi vientre. En el mismo lugar donde una vez lo concebí.
Fue un momento maravilloso. Un momento de un placer jamás conocido y que seguramente jamás olvidaré. Me costó mucho no llorar de emoción cuando lo sentí disfrutar fuera y dentro de mí. Trataba de morder mis tetas diciendo cosas como:
—¡Oh, mamá! … ¡Te quiero! … ¡Te quiero! …
Esas palabras fueron tan explosivas para mi que tuve un nuevo orgasmo. Ni siquiera su padre me dio alguna vez tanto placer.
—¡Oh, Dios! … ¡Qué hermosa que eres! …
Sus ojos estaban muy abiertos y había dejado de chupar mis senos para mirar hacia abajo y ver su pene enterrado hasta el fondo en el coño de su madre. Mi panocha no solo rezumaba mis fluidos, ahora también el semen de él. Estaba extremadamente mojada y completamente lubricada.
—¡Estás bien, mamá! …
—Sí … ¿Por qué? …
—Es que con todos esos gritos … Tú sabes …
—Lo se … No pude evitarlo … Esto fue increíble …
—Me alegro de que te haya gustado …
De repente me di cuenta de que Leonardo no había sacado su polla de mi coño. Qué espectáculo sería para alguien ver a este chico de quince años con su pene profundamente dentro de la vagina de su propia madre. Me sonó: ¡Tan prohibido! ¡Tan caliente! Mientras esas cosas pasaban velozmente por mi cabeza, decidí dos cosas: primero, Leonardo y yo haríamos juntos mucho más cosas de las que habíamos hecho hasta ahora y sabía que nos iban a encantar. En segundo lugar: quería compartirlo con mi hermana Cinzia y hacerle el amor a ella juntos mi hijo. Todo esto pasó por mi mente en forma fugaz. Lo estreche contra mí y le susurré:
—Te amo, cariño …
—Yo también te amo, mamá …
—¿Me besarás ahora? …
—¿Besarte? …
—En la boca … Me has besado por todas partes, menos en la boca …
Eso era algo que todavía no habíamos hecho. Él había recorrido todo mi cuerpo con sus labios, pero no me había besado en la boca en forma sexual y caliente.
—¡Ok, mamá! …
Con su pene todavía dentro de mí, Leonardo aplastó mi boca con sus labios. Nos besamos. Fue divino. Entonces supe que él era el amante perfecto para mí. No era un hombre y no era una mujer. Era un niño que se estaba transformando en hombre. A mí me estaba gustando y a él, a lo mejor le iba a gustar,
Fin
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El regalo más preciado de quien escribe es saber que alguien está leyendo sus historias. Un correo electrónico, a favor o en contra, ¡Tiene la magia de alegrar el día de quien construye con palabras, una sensación y un placer!
luisa_luisa4634@yahoo.com
—¡Toma! … ¡Este es el tuyo! …
Me dijo con un ligero tono de borracha, tomando su copa que contenía una pinta más que el mío.
—¡Bebamos por nosotras! …
—¡Por nosotras! …
Dije tintineando mi copa con la suya y bebimos. No había un motivo exacto para beber, éramos dos mujeres divorciadas, un par de patéticas perdedoras que no pudieron conseguir citas y se quedaron atrapadas cenando juntas como amigas una vez más.
Giulia y yo estábamos en “La pequeña Italia” de la alameda, un pequeño restaurant italiano con comida bastante buena. Era un local al cual íbamos un par de veces al mes, cuando ninguna de las dos no teníamos nada más que hacer, cosa que era así casi siempre.
Además, como siempre me sentía algo deprimida. Lo que yo esperaba era tener que decirle a Giulia que no iba a poder encontrarme con ella porque al fin tenía una cita. ¡Un cita con un hombre! ¿Cuánto tiempo había pasado desde que disfrute de algo así? Había pasado demasiado tiempo desde mi divorcio, exactamente cinco años. Había tenido una media docena de citas, pero ninguna había dado lugar a nada que realmente valiera la pena. Y en esos cinco años, sólo un par de veces había tenido relaciones sexuales. Sólo porque el hombre era bastante guapo y simpático para hacerlo, si hablamos de orgasmos, cero de nada.
Una vez lo hice con uno llamado Gabriel y dos veces con uno de nombre Francesco. Con Gabriel decidí que una vez era más que suficiente, en cambio con Francesco, después de la segunda vez él nunca me volvió a llamar. Eso había sido casi dos años atrás. Desde entonces los únicos orgasmos los había tenido con mi consolador y vibrador. Estaba destinando una importante suma de dinero para la adquisición de baterías para mis juguetes.
¿Por qué será tan difícil encontrar un buen hombre? Esa era la pregunta que Giulia y yo nos hacíamos a cada encuentro. Su suerte en las citas no era mucho mejor que la mía y ella ya se había divorciado dos veces. Así que nos sentamos en nuestra mesa habitual, comimos disfrutando la comida, bebimos nuestro vino preferido y nos compadecimos mutuamente.
Pero esta vez, Giulia repentinamente tuvo una idea.
—¿Alguna vez haz visto porno lésbico para masturbarte? …
Preguntó moviendo su cabeza bobamente y con acento de ebria. Sorprendida, observé rápidamente a los otros comensales. Las mesas no estaban muy separadas, pero nadie estaba prestando atención a lo que decían dos mujeres un poco borrachas, de todas maneras me acerqué un poco más a ella y bisbiseé:
—Baja la voz … No estamos solas …
—¡Oh! … ¡Está bien! … ¡Lo siento! … Cuando te masturbas, ¿Haz visto alguna vez porno lésbico? …
Dijo riéndose y encogiéndose de hombros. Volví a mirar a mí alrededor y le respondí.
—Normalmente no … Pero sí, algunas vez he visto de esos … ¿Pot qué? …
—¿Nunca te ha venido en mente de probarlo? … Ya sé que no eres así, ya sabes … Pero, quiero decir, podría ser una posibilidad … Eso mejor que nada, ¿no crees? …
Traté de no reírme por una idea tan disparatada, pero entendí que estaba con unas copas demás y traté de seguir la conversación. Enarqué una ceja y le pregunté:
—¿Qué estás sugiriendo? …
Giulia también se inclinó más sobre la mesa, con la luz de las velas iluminando sus mejillas ruborizadas y sus hermosos ojos verde esmeralda. Extendió su mano y tocó la mía, pero rápidamente la quitó.
—Bueno … Digo que tal vez tú y yo deberíamos probarlo … Sólo por una vez, ya sabes … Algo así como diversión … ¿Has pensado alguna vez en hacer algo así? … ¡Con una mujer, quiero decir! …
—¡Uhm!, no …
Dije meneando mi cabeza negativamente. Pero por supuesto que lo había pensado muchas veces, probablemente la mayoría de las mujeres lo hacemos en un momento u otro. Pero jamás pensé estar lo suficientemente desesperada como para intentar algo así. En realidad cuando se trataba de sexo sólo me interesaban los hombres.
—¡Ah! … ¡Ehm! … ¿Y querrías probar? …
Dijo Giulia luciendo bastante ansiosa, era obvio que ella sí lo había pensado y probablemente muchas veces, quizás tantas como yo. Al verme callada ella continuó:
—No puede ser tan malo, ¿sabes? … Y si no nos gusta no tendríamos que volver a hacerlo … Por otro lado, parece algo agradable … Basta ver como lo disfrutan las mujeres de aquellos videos …
Tengo que reconocer que ella tenía razón. Aunque le acaba de admitir que solo veía porno lésbico a veces, la realidad era que eran mis videos favoritos, los que más me excitaban. Ver el armonioso y hermoso cuerpo de una mujer lamiendo un lindo coño depilado hasta llevarla a un explosivo orgasmo, me hacía alucinar. Pero eso no me convertía en lesbiana, ¿verdad?
—¡Vamos, querida! … Di que sí … Podemos ir a tu casa … Leonardo está en casa de su padre, ¿verdad? … Así que estaremos solas tu y yo … Y si no te gusta, te prometo que no te presionaré y me iré a casa apenas tu lo digas …
No pude evitar de sonreír, su entusiasmo era contagioso:
—¿Desde cuándo que llevas pensando esto? …
Giulia simplemente se encogió de hombros y dijo:
—No lo sé … Tal vez unos cuantos meses … Nunca me había decidido a mencionártelo porque tenía miedo a tu reacción … Esperaba a que conocieras a alguien o, tal vez yo encontraría a alguien … Entonces ya no tendría importancia … Pero como ni tu ni yo logramos atraer a alguien … Creo que sería una buena perspectiva probar, ¿no te parece? …
Creo que ella tenía toda la razón. ¿Por qué no deberíamos probar? No tenía ninguna dificultad ni reparo moral, incluso estaba convencida de que podría disfrutar teniendo relaciones sexuales con otra mujer. Pero nunca me acertaría de ello si al menos lo intentara una vez. Hice una pausa circunstancial, reflexionando un poco sobre el qué hacer. Tomé mi vaso, di un largo y último trago y mirándola a los ojos asentí y dije:
—Tienes razón … Está bien … ¿Por qué no? … ¡Hagámoslo! …
Pagamos rápidamente la cuenta y llamamos un Uber para irnos a mí casa a un par de kilómetros. Giulia vivía sola en un departamento al otro extremo de la ciudad. Ella no tenía hijos. Yo tengo a Leonardo, mi hijo de quince años. Este era su fin de semana con su padre, cosa que ocurría dos veces al mes. Entonces era cuando Giulia y yo aprovechábamos de juntarnos y pasar un rato en mutua compañía.
Cuando abrí la puerta y entramos a la casa, me llene de un saco de preocupaciones. ¿Podría seguir adelante con esto? ¿Qué pasa si algo sale mal? ¿Cómo vamos a empezar? Nunca había estado con otra mujer sexualmente, pero había visto una miríada de videos, pero no tenía ninguna experiencia física de primera mano. ¿Qué tal si cometiera algún tipo de horrible error? ¿Sería inepta o tal vez no deseada? ¿Qué pasaría si ella no me encuentra lo suficientemente atractiva y cambiara de opinión?
Encendí las luces y dejamos nuestros abrigos en el ingreso y nuestras carteras en la sala de estar.
—¡Ehm! … ¿Quieres? … ¡Quieres beber algo? …
—No … No, nada, gracias … —Dijo Giulia negando con su cabeza.
—Bueno … ¿Quieres sentarte? …
Pregunté caminando hacia el sofá, pero Giulia me tomó de la mano y me dijo:
—Mejor vamos al dormitorio … —Sugirió con una suave voz.
—Está bien … —Dije tragando saliva.
Giulia tenía treinta y siete años y era dos años mayor que yo. Tenía un rostro joven, infantil y encantador. Labios rojos y carnosos, grandes ojos color almendra con una nariz respingona, como de una muñeca; algunas pecas en sus pómulos y cabello rojizos naturales a la altura de los hombros; piel clara; pechos grandes 36D probablemente, piernas largas y bien torneadas, muslos macizos que daban forma a un trasero estupendo, acentuado por su estrecha cintura y amplias caderas.
En cambio yo estaba muy delgada. No me consideraba muy bonita. Tengo una nariz huesuda de ascendencia italiana. Mi exmarido decía que le encantaban mis ojos celestes. Mis senos son de talla 34C, un poco caídos después de amamantar un hijo. Mis piernas largas, pero flacas y la maternidad me dejo unas anchas caderas y un gran trasero, pero no muy regordete. Me preocupaba de no ser bastante atractiva y Giulia se desanimara.
Sin embargo, al parecer eso no era ningún problema, Giulia tomó mi brazo apretándolo contra su cuerpo, mientras caminábamos por el pasillo hasta el dormitorio principal, me sonrió diciéndome:
—Verás que esto va a ser divertido …
Después de cerrar la puerta detrás de nosotras, pregunté:
—¿Alguna vez has hecho esto? … Con una mujer, quiero decir …
Me miró con su sonrisa contagiosa y me respondió:
—En realidad no … Al menos no desde la secundaria, pero solo besos y bailes un poco más apretados entre chicas, ese tipo de cosas … ¿Y tu? …
—Nada de nada … Ni siquiera besos …
Durante todo el periodo escolástico fui bastante tímida y tranquila, nunca fui popular entre los chicos, tampoco entre las chicas. No fue hasta mi último año de la secundaria que me pidieron una cita, pero solo fue esa vez. En el aula universitaria, en mi segundo año, conocí a un chuco que me gustó mucho y con él fue mi primera vez.
Aurelio no era exactamente guapo, tampoco musculoso. Al igual que yo, él era delgado y un poco inepto en lo que a sexo se refiere. Él era muy inteligente y amable. Comenzamos a salir, me trataba como una dama, exacerbaba mi autoestima, me hacía reír. Me enamoré y también quedé embarazada.
Nos casamos cuando yo tenía veinte años y el veinticuatro; llevaba cuatro meses de embarazo y mi barriga comenzaba a hacerse notar. En mi vientre estaba Leonardo. ¡Qué bebé tan hermoso! Abandoné mis estudios con la intención de ser madre y ama de casa a tiempo completo. Para entonces Aurelio de había graduado Licenciado en medicina y había obtenido su título de Médico Cirujano. Sus padres eran gente de dinero y ellos nos ayudaron a sobrevivir durante ese tiempo. Con mi marido titulado, recién entonces comenzamos a surgir por nuestros medios.
El matrimonio fue bueno por un tiempo. Nuestra familia era una familia feliz, por lo menos eso es lo que creía yo. Pero al quinto año comenzaron los cambios y justo después de nuestro sexto aniversario de bodas, lo confronté y él con lágrimas en los ojos, me confesó que era gay.
¿Qué podría haber hecho o dicho? Él era gay y yo no quería que él fuera infeliz, lo acepté. Él conoció una pareja, otro médico. Me pareció simpático y también lo acepté. Sigo siendo amiga de ellos. Entonces acepté el divorcio cuando él me lo propuso. Aurelio fue muy generoso con nosotros, nos dejo la casa y una muy buena suma de dinero para Leonardo y yo.
—¿Está bien si te beso? …
Dijo Giulia y su voz me devolvió al presente.
—¿Eh? … ¿Besarme? … —Pregunté como una boba.
—¡Siii! …
Respondió ella efusivamente y sin esperar respuesta, me tomó por la cintura y posó sus labios en los míos. Su labios era increíblemente cálidos y suaves, muy diferente a los de un hombre. Giulia me abrazó estrechamente, sus manos acariciando mi cuerpo. Su lengua busco la mía y muy pronto estábamos en un beso francés muy cachondo. Me relajé y me dejé llevar, me entregué, quería que ella me hiciera el amor y olvidarme de todo el mundo.
*****
El sexo con Giulia fue bueno, lo disfruté mucho. No se parecía en nada a lo que había hecho hasta ahora con hombres. Era más relajado y tierno. Menos apresurado e increíblemente cachondo. Disfrutábamos ambas de estar juntas, eran momentos nuestros y de nadie más. No había prisa alguna en llegar a una conclusión. Tampoco me hizo sentir lesbiana. Todavía anhelaba el pene duro de un hombre; una polla caliente empujando mis delicados pliegues dentro de mí, pero por el momento esto era casi tan bueno como aquello, solo de una forma diferente.
Después de esa primera noche, cuando había estado casi siempre pasiva, comencé a ganar confianza tomando la iniciativa en la cama. Me pareció divertido explorar esta faceta de mi vida. Había cosas nuevas que aprender y experimentar juntas. Compramos nuevos juguetes. Consoladores de doble punta, straps-on y strap-less de diferentes medidas y formas. En cierto modo esto era mejor de lo que había tenido antes, sobre todo en la cantidad de orgasmos. Nos reímos juntas cuando le confesé que había tenido más orgasmos con ella en estos pocos meses, que en los seis años de matrimonio con Aurelio.
Eso no quiere decir que mi exmarido fuese un mal amante. Es solo que no había una frecuencia adecuada. Ahora entiendo el porqué, mi marido no venía a mí muy a menudo para tener relaciones sexuales. Generalmente era yo quien daba el primer paso, y siendo yo reticente, rara vez lo hacía. Pasábamos semanas sin hacer el amor, a veces meses. Y cuando finalmente teníamos un acercamiento íntimo, todo era precipitado y duraba bastante poco. Obviamente yo no alcanzaba ninguna satisfacción. Pero aún así, yo amaba a Aurelio. Era un hombre gentil, dulce y maravilloso.
Giulia y yo, por el contrario, hicimos el amor muchas veces durante un periodo de siete u ocho meses. Lo hacíamos tan a menudo como nos era posible. Pero quiero dejar en claro. No era una relación romántica. No estábamos enamoradas. Ninguna de las dos se sentía así. Éramos amigas con ventajas, solo buenas amigas tratando de tener un poco de sexo con una persona agradable. Lo entendíamos como una solución provisoria, algo que hacer hasta que apareciera el hombre adecuado.
Y ese hombre apareció, fue Giulia quien lo encontró, no yo. Conoció a un chico de nombre Antonio, amigo de otro amigo de ella e inmediatamente congeniaron y se llevaron bien. Al principio esperaba que Antonio fuera del tipo que estaría dispuesto a compartir, que le gustara la idea de estar con dos mujeres a la vez, o simplemente mirándonos hacerlo, o mejor aún que nos follara a las dos. De esa manera podría volver esa estupenda sensación de un duro y caliente pene dentro de mi panocha.
Pasaron un par de meses antes de atreverme a hablar con Giulia sobre esto. Después de haber disfrutado juntas una tarde le pregunté al respecto, ella se rio y luego me besó en los labios.
—¡Oh, qué linda que eres! … ¿Y tú crees que yo no he pensado lo mismo? … Por supuesto que lo he pensado más de una vez … Pero, ya sabes … Antonio es llevado a sus ideas … Y no es lo suyo … Se lo he insinuado … ¡Más qué eso! … Se lo he preguntado … Pero dudo mucho de que eso pueda suceder … Él quiere qué seamos sólo él y yo y nadie más … Deveras que lo siento … Realmente lo siento, cariño …
—No tienes porque disculparte, tesoro … Lo entiendo perfectamente … Estoy feliz por ti, deveras que lo estoy … Me alegro de que hayas encontrado un gran tipo como él … Te deseo lo mejor …
*****
Entonces volví a quedar sola en lo que concierne al sexo. Regresé a mis videos pornográficos y mis juguetes. De todos modos, extrañe mucho a Giulia; me sentí sola. Por mi parte también conocí a un tipo. Bruno, pero era un fanático del futbol y las carreras de auto. Era agradable y divertido, pero no estaba interesado a tener sexo, nunca tuvimos relaciones sexuales.
—Y solo salíamos como amigos … —Le expliqué a mi hermana Cinzia.
Era el fin de semana en que Leonardo iba con su padre y había recibido la visita de mi hermana menor. Ella iba a cenar conmigo en un restaurant del Mercado. No quise volver a La Piccola Italia, me traía el recuerdo triste de Giulia.
—Está bien … Espero que pronto conozcas a alguien más … —Dijo Cinzia.
—Bueno … ¿Quién sabe? … Tal vez algún día conoceré a alguien …
Dije encogiéndome de hombros. Cinzia es mi única hermana, tiene cinco años menos que yo y es un espíritu libre. Ha viajado por todo el mundo como Chef de grandes Cruceros Turísticos. Nunca ha permanecido mucho tiempo en ninguna parte. Llegó de vacaciones de regreso al país y vino a visitarme por algunas semanas. Hacía tres años que no la veía.
—¿Algún tatuaje nuevo? …
Le pregunté por curiosidad.
—Sí … Un par …
Dijo sonriendo maliciosamente. Cinzia estaba cubierta de tatuajes y numerosos piercings. Yo ni lo uno ni lo otro, los únicos agujeros que puedo lucir son los de las orejas para mis aros. Ella se acercó a mi y a baja voz, agregó:
—No te los puedo mostrar ahora … No en público … Están en zonas estratégicas, ¿entiendes? …
Luego se echó un tremendo camarón frito y crocante a la boca. Cinzia y yo nunca fuimos muy cercanas mientras crecíamos. Yo era cinco años mayor que ella, de carácter tranquilo y reservado; tímida podría decir. Ella era todo lo contrario, una fuerza de la naturaleza: extrovertida y popular entre chicos y chicas. Un espíritu salvaje. A nuestros padres les costó mucho tenerla a raya. De hecho, no pudieron con ella. Cinzia se hizo los tatuajes que quiso, piercings en los parpados y en la nariz. Bebió e hizo uso de drogas ligeras. ¡Incluso tuvo sexo antes que yo! ¡Con chicos y chicas! No sé cómo logró evitar de ser preñada. De seguro usaba métodos anticonceptivos a escondidas.
Apenas terminó la enseñanza media y cumplió su mayoría de edad, se fue de casa. Supimos que se había ido a Europa cuando llegó una postal de Italia y a los días otra de Alemania. También no escribió desde España, Dinamarca, Suecia y otros países más. Se detuvo un tiempo en Francia y obtuvo una certificación de Chef y se subió a unos Cruceros noruegos. Pasaron varios años que no supimos nada de ella, hasta cuando regresó de Miami con un montón de tatuajes, piercings y ahora se declaraba libremente como lesbiana.
—Entonces … ¿Por qué no siguieron viéndose en secreto? …
Ella preguntó. Después de mi tercera copa de vino le había confesado de mi romance con Giulia. Cinzia me miró y lucía encantada, pero se preguntaba por qué la había dejado escapar. Sacudí la cabeza y le dije:
—No … Yo no soy así … Probablemente ella no me hubiera dejado hacerlo … Además, Antonio me pareció un tipo estupendo … No hubiera podido hacerle eso …
—Está bien … Giulia no es la única mujer al mundo, ¿sabes? … Hay muchas más que buscan sexo … Aunque parezcan heterosexuales, la mayoría de las mujeres somos lésbicas por naturaleza … Nos encantan los dos lados del sexo … Créeme, lo sé muy bien …
—Es probable que tengas razón … Pero realmente no estoy interesada en encontrar otra mujer por ahora … Soy, bueno, ya sabes, heterosexual … O al menos me siento así …
Cinzia arqueó sus cejas y me miró:
—¿Crees o no estás segura? …
—Bueno hasta ahora he estado solo con una mujer … Siempre me he considerado heterosexual … He tenido sexo solo con tres hombres en toda mi vida … Uno de ellos era gay …
Empecé a reírme. Porque sonaba tan tonto lo que estaba diciendo. Cinzia muy pronto se unió a mí y nos reímos juntas mientras algunos comensales nos observaban sin comprender el motivo de nuestras risas.
Después de que nos calmamos un poco, mi hermana razonó:
—Has estado sólo con una mujer … Y tal vez todavía no has decidido si eres gay o heterosexual, o bisexual o lo que sea … Así que deberías experimentar un poco más … Debes darte la oportunidad de descubrirlo a cabalidad, ¿no crees? …
Me encogí de hombros y tomé un bocado de salmón a la barbacoa, luego miré hacia otro lado reflexionando.
—Realmente no lo sé … Tal vez tengas razón …
No me sentía muy a mi gusto hablando de estas cosas con mi hermana menor, especialmente en un restaurant lleno de gente y estaba comenzando a arrepentirme de haberle contado mis aventuras con Giulia. Pero ella parecía no querer dejarlo pasar.
—Quizás no sea yo la mejor persona para darte consejos … Quiero decir … Mi vida no es gran cosa … En cambio tú … ¡Mirate! … Tienes una linda casa y un hermoso hijo … Solo te falta descubrir quien eres de verdad … Date esa oportunidad … Ábrete a otras posibilidades …
—No sé … Supongo que debería intentarlo …
—Piénsalo …
—Lo haré …
Estuvimos en silencio durante los siguientes minutos mientras terminábamos la cena. De camino a casa hicimos una breve charla un poco incoherente debido al exceso de vino que habíamos bebido. Sin embargo, una vez que estuvimos dentro de la casa, Cinzia volvió a instalar el tema de mi sexualidad no definida:
—No estoy bromeando … Unas cuantas veces con una sola mujer no son suficientes para que decidas sobre tu orientación sexual … ¿Lo disfrutaste con ella o no? …
—Sí, lo hice …
—¿Ves? … Eso es lo que quiero que entiendas … Quizás te guste estar con otra mujer tanto como a mí … O incluso más … Nunca lo sabrás si no lo intentas …
—Lo sé … Lo sé … Pero … ¡Ehm! … Yo … ¿Sabes? … Creo que es más fácil para ti … Eres joven y más bonita que yo … Tienes muchas más oportunidades … Yo soy introvertida y tímida … Y … Y …
Mi voz se quebró y sin querer mis ojos se llenaron de lágrimas. ¡Maldita sea! No quería llorar delante de ella y no quería que ella sintiera pena por mí. Pero me vino espontaneo y no pude evitarlo. Me senté en el sofá cubriéndome la cara con las manos. Cinzia se sentó a mi lado y me rodeó con sus brazos.
—Lo siento … Debería aprender a callarme … Lo siento …
—Tú no tienes ninguna culpa …
Me dejó llorar apoyada a su hombro musitando palabras de conforto muy suaves mientras acariciaba mis cabellos, calmándome y rozando mi cabeza con sus labios. Cuando aparté mis manos de mi cara, Cinzia sacó un pañuelo de su bolsillo y comenzó a secar mis lágrimas, incluso limpió mi nariz. Hice lo que pude para sonreír y recomponerme.
—¿Ves? … ¡Eso es! … ¡Ánimo! … Todo estará bien …
Ella se inclinó y besó mi nariz, mi mejilla y luego mis labios. Me sorprendí al sentir los labios de ella en mi boca. Ese besó parecía de afecto y ternura, reconfortante y de ninguna manera sexual. Pero enseguida me besó por segunda vez en la boca y esta vez no me cupo ninguna duda sobre sus intenciones.
—Yo … ¡Ehm! … Tú … ¿Qué? … ¿Qué haces? … —Tartamudeé.
—Te estoy besando …
Dijo relajada lanzando un suspiro mientras volvía a besarme. Ahora su lengua estaba acariciando mis labios, incitándome a abrirlos y dejarla entrar.
—No … Yo … ¡Uhm! … No podemos … Quiero decir … ¡Eres mi hermana! … —Protesté.
—¿Y qué diferencia hay en eso? …
Mientras decía esto, Cinzia me empujó hacia atrás sobre el diván en forma suave, pero firmemente. Ella se puso encima de mí besándome la boca una y otra vez. Finalmente ella retrocedió un poco:
—Eres una mujer … Me siento atraída por ti … Tú quieres sexo y yo también … A nadie importa el que seamos hermanas …
—Pe-pero …
—Lo quieres, ¿no? … ¿Quieres tener sexo? … ¿Quieres que alguien te bese, te toque y te haga el amor? … ¿No es eso lo que quieres? …
—¡Ehm! … Supongo que sí …
—Eso es lo que yo también quiero … Entonces, sí ambas lo queremos … Bueno … A lo mejor te gusta …
Empecé a reír, Cinzia se detuvo y preguntó:
—¿Qué? … ¿Qué pasa? …
—Eso fue exactamente lo que dijo Giulia …
—¿Qué? … ¿Qué quieres decir? …
—Una tarde Giulia y yo salimos a cenar y comenzamos a hablar de tener sexo entre nosotras por primera vez … Yo no estaba segura y ella dijo … A lo mejor te gusta …
—¿Y tú que le respondiste? …
—¡Uhm! … Está bien, hagámoslo …
—Genial … Excelente respuesta …
Dijo mi hermana acercándose a mi y volviendo a besar mi boca, esta vez entreabrí mis labios y dejé entrar su lengua.
*****
El sexo con mi hermana fue algo totalmente increíble. A diferencia de Giulia, que había sido tan novata como yo. Cinzia tenía años de experiencia amando a otras mujeres y sabía muy bien como hacerlas sentir bien. Ella comenzó todo sólo con suaves besos, nos besamos por largo rato y disfruté cada minuto. Luego se movió hacia mi cuello chupando, lamiendo y besando, hasta llegar a mi decolté, desabotonó lentamente mi blusa y empujó mi sujetador hacia arriba. Besó mis pezones. ¡Dios Santísimo! Nunca nadie me había besado de esa manera, puedo jurar que ella casi me hizo venir sólo mordiendo y chupando mis tetas. Luego cuando ella desabrochó mi falda y me la sacó. Suavemente su mano se deslizó bajo mis bragas, encontró mi jugosa humedad y me corrí apenas ella rozó mi botoncito. Esto le pareció divertido y sonriendo me dijo:
—¡Guau! … Si que lo necesitabas, ¿eh? …
—¡Ehm! … Sí …
Dije jadeando mientras trataba desesperadamente de humedecer mis labios.
—Espero que te puedas correr más de una vez, ¿eh? …
—¡Ah-ha! … Pero … Pero quiero también hacerlo contigo …
Me miró con infinitos deseos y no sólo lujuria, luego dijo:
—Ya habrá tiempo para eso … Ahora quiero darte el tratamiento completo …
El tratamiento completo consistía en sexo oral, pero ¡Dio mío! Cinzia me hizo de todo con sus labios, su lengua y sus dedos. Ni siquiera pude contar la cantidad de orgasmos que me hizo alcanzar. Me corrí una y otra vez con sus caricias y no quería que ella se detuviera. Al final tuve que alejarla de mi clítoris que no dejaba de tiritar y cualquier roce me hacía chillar de loco y torturador placer.
Mientras nos deteníamos para un ligero descanso, Cinzia se desnudó para mostrarme los tatuajes más recientes. Uno estaba justo en el centro de su pecho, en medio a sus dos duras tetas de mediana talla; un corazón estilizado con la escrita: “Mí corazón te pertenece”
—¿Quién es ella? …
—¡Oh! … Cualquiera con quien esté haciendo el amor …
Me dijo sonriendo en forma cínica.
—¡Ah! … Entiendo …
El otro tatuaje estaba más abajo, en el montículo protuberante y liso justo encima de su pequeño coño perfectamente liso y afeitado. Era un par de labios; labios femeninos rojos fruncidos y la escrita decía: “Bésame”
—¿Quieres hacerlo? …
—¿Qué? …
—¿Quieres besarme aquí? …
Dijo apuntando a los labios pintados de rojo. Cinzia estaba totalmente desnuda ahora, parada al lado del sofá. Yo todavía tenía mi blusa y sujetador, pero nada más. Pasó una pierna sobre mí y la arrodilló a mi lado. Ahora el sexo de mi hermana estaba a centímetros de distancia. Sus regordetes labios estaban lucientes y húmedos. Podía oler su excitación almizclada y tentadora. Con dos de sus dedos abrió su panocha para presentarme su pálida, rosada, mojada y estrecha panocha. Se penetró con sus dedos y los mojó en su ambrosía deliciosa.
—Prueba … ¿Quieres probarme? …
Dijo Cinzia estirando sus dedos hacia mi boca. Entreabrí mis labios y ella deslizó sus dedos dentro de mi boca. Pura delicia, absolutamente exquisita. Ávidamente chupe y lamí sus dedos:
—Dame más … Quiero comerme tu coño …
—¿Estás segura? …
—Sí … Sí, estoy segura …
Lentamente ella hizo descender su coño mojado sobre mi boca. Estaba pegajosa, muy mojada, pero divinamente deleitosa. Fue como saborear un apetecible y gustoso postre de increíble sapidez. Lamí y chupe. Tragué recogiendo con mi lengua todos sus fluidos, dándome un festín con su maravillosa conchita de labios apretaditos y jugosos.
—¡Oh, Jesús! … ¡Fóllame con tus dedos! …
Deslicé dos de mis dedos en su apretado coño lo más profundo que pude. Su chocho estaba caliente, resbaladizo y muy apretado. Seguí follándola mientras succionaba directamente su clítoris. A los pocos minutos se estremeció y empezó a correrse.
*****
Después de esa noche increíble, tuve relaciones sexuales con Cinzia unas pocas veces más durante el periodo de vacaciones que ella se quedó con nosotras. Habría sido mucho más que eso, sí las cosas hubieran sido diferentes. Yo también quería más, pero no estaba dispuesta a hacerlo cuando Leonardo estaba en casa.
No me hubiera importado si mi hijo se hubiera enterado de mí y de Giulia. Nunca hicimos ningún esfuerzo para ocultárselo. Pero con Cinzia era diferente. Ella no era simplemente una amiga cercana, ella era mi hermana. Nunca quise que Leonardo se enterara de lo que pasaba entre nosotras.
Por supuesto, como era de esperar, Leonardo estaba fascinado con Cinzia. Cautivado por todas esas aventuras y recorrer tantos países alrededor del mundo. Quería saber el significado de sus tatuajes o en qué lugar del mundo se había hecho los piercings. Leonardo no se cansaba de escuchar de sus correrías por todos esos lares tan lejanos. Para un muchachito curioso de quince años, era como parte de su educación.
—Quiero uno así, mamá …
Me dijo él apuntando al tatuaje de un tiburón con la escrita “Aussie” que Cinzia exhibía en uno de sus brazos y añadió.
—Es tan simple y bonito, mami …
Sacudí la cabeza en sentido negativo.
—No … No estás listo para eso … No hasta que cumplas al menos dieciséis años … Y esto no significa una promesa …
—¡Oh! … ¡Vamos, mamá! … ¡Sólo uno! … Pequeñito … Tal vez aquí abajo, donde nadie lo vea … Un corazón pequeño o algo así …
Dijo mientras metía sus dedos en la pretina de sus shorts y los bajaba para mostrarme su ingle blanquecina con algunos ralos vellos púbicos. No pude evitar de notar el movimiento pesante de algo largo y grueso bajo esos pantalones cortos de mi hijo. Me recordé de los labios que mi hermana tenía tatuado encima de su coño. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.
La pelvis de mi hijo estaba cubierta por incipientes vello pélvicos. Me sentí extrañamente excitada pensando al pene que Leonardo debía tener oculto bajo sus pantalones. No podía entender por qué me sentía así. Él es todavía un niño, realmente no tengo ninguna excusa para tener un interés sexual en él. Pero tampoco podía soslayar estos pervertidos sentimientos.
—Taxativamente no … Lo digo en serio y no me harás cambiar de opinión …
Dije vehementemente. Sin desanimarse mínimamente, Leonardo preguntó:
—¿Tienes algo así de pequeño en algún lugar donde nadie pueda verlo? …
—¡Ehm, sí! … Pero ya son cosas de adultos y no te los puedo mostrar … Tú madre se enojaría conmigo …
—Tú tía tiene toda la razón, Leonardo … Eres demasiado joven para ciertas cosas …
Ciertamente él no se dio por vencido, se quejó y discutió, dio sus mejores argumentos, pero no me rendí. Leonardo no puede ver las partes privadas de su tía, que por lo demás, es una mujer adulta que casi le dobla en edad. Solo que yo me excitaba al solo pensar donde mi hermana tenía esos tatuajes escondidos.
*****
Y así como vino desapareció. Mi hermana Cinzia volvió a Miami lugar de arribo de los cruceros turísticos donde ella venía empleada. Le rogué que se quedara un poco de tiempo más, pero estoy segura de que le resultaba incómodo para ella tener que fingir, ante mi insistencia, que no había pasado nada sexual entre nosotras. Ella se despidió cuando la acompañamos al aeropuerto, prometiendo de escribir y mandar WhatsApps; desde la terraza vimos su avión elevarse en los cielos y desaparecer.
Eso significó para mí volver a los videos porno y mis juguetes. Sin embargo, eso no era suficiente para mí. Necesitaba un estimulo físico de una pareja, tocar, besar, sentir las sensaciones que solo una pareja te puede brindar. Ni un hombre y tampoco ninguna mujer se cruzó por mi camino en ese sentido. Todos mis esfuerzos de cambio de look y mi idas al gimnasio para verme mejor, fueron vanos y no logré atraer a nadie.
Me sentía sola y deprimida. No mucho tiempo después de que Cinzia se fuera, Giulia me llamó para decirme que Antonio había sido trasferido a otra ciudad y que ella se iría con él. Incluso me dijo que estaba programando la boda. Me alegré mucho por ella y por él, pero tengo que admitir que iba a extrañar los encuentros furtivos que teníamos de vez en cuando.
*****
El tiempo pasó y todo volvió a ser rutina. Ir a trabajar por la mañana y volver a casa por la tarde a preparar la cena, revisar alguna tarea escolástica de Leonardo y luego irme a mi cama sola con mi consolador y vibrador favorito.
—¿Estás bien, mamá? …
Me preguntó Leonardo sentándose a mi lado en el sofá. Eran casi las diez de la noche de un fin de semana. Ya me había duchado y esperaba a que se me secara bien el pelo mientras veía un poco de televisión en la sala de estar. Estaba envuelta en mi vieja bata blanca y con pantuflas. Mi hijo estaba con su pijama de lycra negro y verde muy ajustado. Me dio una palmadita en la pierna y preguntó:
—¿Hay algo que pueda hacer por ti? …
—No, cariño … Estoy bien, gracias … No te preocupes por tu vieja madre …
—No eres vieja, mamá …
Dijo rodeándome con sus fuertes y atléticos brazos, luego quiso saber:
—La extrañas, ¿no? …
—¿A quién? … ¿A Giulia? …
—No … Bueno … Ella También … Pero me refería a la tía Cinzia … Creo que la extrañas mucho, ¿verdad? …
—Sí, es verdad … La extraño mucho …
Habían pasado poco más de seis meses desde que Cinzia se fue. Lo último que sabíamos es que estaba en un crucero en el Mediterráneo, visitando Grecia, Egipto, Israel, Croacia, Italia y muchos otros puertos de la travesía. Por supuesto que me había hecho saber que tenía una nueva novia y que trabajaban juntas en el crucero. Era típico en ella. Ella siempre tenía novia y, a veces, más de una dondequiera que iba. Me alegré por ella, pero también sentí un poco de celos y envidia. ¿Por qué me resultaba tan difícil conocer gente? Hombre o mujer. A este punto realmente no me importaba para nada, sólo quería a alguien para amar. Leonardo pareció leer mis pensamientos:
—Me tienes a mí … Yo te amo, mamá …
—Ya lo sé, cariño … Yo también te amo …
Me giré y besé su mejilla.
—También papá te ama … Incluso sí … Bueno … Ya sabes … Pero él te ama …
Añadió con una sonrisa.
— Yo también lo amo … Incluso sí … Bueno … Ya sabes …
Nos largamos a reír juntos. Mi exmarido tenía una relación con otro hombre, un tipo dulce llamado Nelson, doctor como èl. Me recordó esa vieja canción: “Están escribiendo poemas de amor, pero no para mí”
Suspiré y cambié de canal donde ver algo menos aburrido. Leonardo se acurrucó más cerca. Estábamos juntos sintiéndonos cálidos y cómodos, dejando que las imágenes y sonidos tediosos de la pantalla no interfirieran con nosotros. Finalmente presioné el botón rojo y la apagué y me quejé:
—Puras porquerías aburridas …
Leonardo se rio entre dientes. Acarició mi cuello con su nariz. Eso me dio un cosquilleo y un escalofrío de placer. Por un fugaz momento quise haberme puesto un poco de perfume. Pero ¿En qué demonios estoy pensando? Es cierto que lo amo mucho, pero no en ese modo. Por otro lado… Miré su ajustado traje de lycra que se pegaba a su cuerpo destacando todas sus formas musculosas, incluso ese músculos tan masculino. Leonardo era más alto que su padre, de complexión física fortachona, amplios hombros y fornidos brazos, muslos de atleta, pero sus facciones eran más duras, con mentón cuadrado de macho fuerte.
Mi hijo comenzó a estirarse a los trece años, tal vez sería por la natación y el levantamiento de pesas, pero a esa edad ya sus bíceps se habían desarrollado bastante. Sus pectorales eran fornidos y su abdomen dibujados por marcados músculos abdominales.
Leonardo se retorció y se apegó más a mí. La figura de su abultado pene quedó casi tocando mi muslo cubierto por mi bata. Miré su cara. Sus ojos estaban cerrados. Su respiración era relajada y suave. Me pregunté si él dormía de esa manera. Dejé que mi mirada lo recorriera un poco más. Él, sin duda, era muy guapo. Podría ser un buen amante si fuera un poco mayor. Tal vez de dieciséis o diecisiete. Pero ¿qué estoy pensando? Jamás podría tener sexo con alguien de esa edad. Cerré los ojos, recosté mi cabeza en el sofá, haciendo todo lo posible par relajarme, calmarme y tal vez, quedarme dormida. Pero de nada sirvió. No podía evitarlo. Estaba demasiado cachonda y el deseo me consumía.
Poco a poco volví a levantar mi cabeza, lo escudriñé, mis ojos lo recorrieron de arriba abajo por su hermoso y apolíneo cuerpo. Me lamí los labios admirando la forma de su grueso pene. ¡Ojalá no fuera tan joven! ¡Ojalá no fuera mi hijo! ¡Ahora, basta! Me lo dije a mi misma. Ni siquiera debería pensar sobre estas cosas. Esto está muy mal:
Sin embargo, el chico que yacía recostado a mi lado era mi hijo. El ajustado traje de lycra dejaba ver casi por completo todas las formas de su cuerpo esculpidas por la natación y el atletismo que practicaba con pasión. Sin duda lo que más llamaba mi atención era su pene, no lo había desarrollarse porque él se convirtió en un chico pudoroso y no se dejaba ver desnudo. No estaba erecto, solo en calma apegado a su muslo izquierdo, pero se notaba armoniosamente grueso y largo, era notable la maciza estructura de su cabeza a forma de hongo y ligeramente puntiagudo. Tal vez, digno de un actor porno. Su padre tenía un pene respetable, pero ya saben, no le gustaba mucho usarlo conmigo, así y todo, cuando me penetraba me volvía loca.
Me preguntaba cómo sería tocarlo. Era tan tentador. Estaba ahí a mí alcance a lo largo de su muslo, podía ahuecar mi mano y tocar sus bolas grandes y pesadas. Está bien, pero nunca haría nada con él, no con mi propio hijo. No obstante, no había nada de malo en tener una pequeña fantasía, ¿verdad?
Mientras pensaba en eso, Leonardo dejó escapar un suspiro y susurró suavemente:
—Te amo, mamá …
Luego levantó su cabeza y beso tiernamente mi cuello. Casi se me escapó un gemido. Sentí un hormigueo desde el centro de mi bajo vientre que me hizo apretar mis muslos, Mi gruesa bata de baño se apretujo entre mis piernas estimulando mi clítoris protuberante, duro y palpitante. Ciertamente mi cuerpo parecía querer esto, incluso si mi mente trabajaba a todo vapor para oponerse a cualquier movimiento obsceno.
Leonardo volvió a besar mi cuello por segunda vez, sus labios se sintieron cálidos y húmedos. Otro escalofrío pasó a través de mí, este más fuerte que el anterior. ¡Dios santo! Me sentí divinamente bien cuando él me besó de esa manera.
Mis manos estaban apoyadas en mi regazo. Ahora presioné ligeramente hacia abajo con el talón de mi mano derecha, deslizando mi puño hacia mi entrepierna, tratando de aplacar ese cosquilleo frotándome discretamente por sobre mi bata, la otra mano la acerqué al muslo de él y presioné suavemente.
—¡Ummmmmm! …
Respiró acariciando mi cuello. Deslicé lentamente mi mano por su pierna hasta alcanzar la forma de su pene en su ajustado pijama. Cuando no mostró ninguna reacción negativa, de hecho volvió a gemir lascivamente retorciéndose aparentemente de placer. Acaricié sus bolas y luego el enorme contorno de su polla que parecía comenzarse a abultar. Mis caricias no eran de manera maternal.
Leonardo volvió a gemir y mordisqueo ligeramente mi lóbulo, sentí su lengua en mi oreja, seguí presionando mi mano sobre su pija, frotándolo hacia arriba y hacia abajo, sin intentar disimular mis acciones. Casi no podía creer lo que estaba pasando, pero no me detuve a pensar en ello. Di el siguiente pasó, estiré mi mano por debajo de la estrecha pretina de su pijama, metí mi mano dentro y alcancé la cabezota desnuda de su polla semi dura. Él dio un pequeño temblor y separó ligeramente sus piernas, dio un suave gruñido y dijo:
—Te amo, mamá …
Enseguida sus labios rozaron mi cuello, me besó y rozó con su lengua mi oreja. Estábamos al borde y yo lo sabía muy bien, un paso más y estaríamos en el mundo del incesto, mi hijo y yo. En ese momento todavía había espacio para dar marcha atrás. Leonardo y yo podíamos levantarnos e irnos cada uno a su propia cama fingiendo que nunca había pasado nada, incluso el tiempo se encargaría de borrar todo. Pero eso no es lo que yo quería. Con toda mi alma quería seguir adelante. ¿Debería hacerlo? No quise renunciar y tomé la decisión.
Después de todo ya había tenido relaciones incestuosas con mi hermana, Cinzia. Buscando de definir mi sexualidad y es cierto que me encantó hacer el amor con otra mujer. Pero lo mío es la maravillosa verga masculina. Eso gordo, grande y caliente que te llena la panocha como nada al mundo podría hacerlo. Necesitaba una polla y había una sola a disposición en esta casa, la polla de mi hijo; lo necesitaba urgentemente. Yo anhelaba sexo y a lo mejor a le gusta.
Me quedé admirando su polla por cerca de un minuto, sintiendo en mi una atracción irrefrenable por ese carnoso tótem de carne. Me olvidé a quien pertenecía ese portento y sin poder controlarme, bajé la cabeza y extendí la lengua desde la punta hasta la base de su pene. Mirando a Leonardo que me miraba con sus ojos semicerrados. Él me sonrió y yo embriagada por la sapidez exótica y excitada por la situación tan poco natural, apreté delicadamente mis labios alrededor de la punta hinchada y amoratada. Succioné suavemente y, presa de un impulso irresistible. ¡Lo engullí todo de una sola vez! Hasta que mi nariz tocó su vientre. Leonardo volvió a gemir, entonces comencé una lenta mamada, aprovechando de saborear cada centímetro cuadrado de ese duro garrote carnoso. Mi mente estaba vacía y me dije que estaba tomando algo que me pertenecía, ya no pensé en estar cometiendo un acto depravado, Leonardo era mi hijo y su pene era mío. Además, una polla sana, robusta, dura y joven como la de él; no iba a ser fácil de encontrar.
Pero no es justo que yo me tome lo suyo sin saber si mi hijo lo quiere tanto como yo. Con una mano todavía aferrando su duro miembro palpitante, usé la otra para deshacer el nudo de mi bata de baño. Debajo no llevaba nada, solo mi piel desnuda. Extendí y abrí mis piernas, luego comencé a frotar mi coño sin ninguna vergüenza. Con una mano masturbaba a Leonardo y con la otra frotaba mi aguerrido y protuberante clítoris.
Los ojos de Leonardo se abrieron del todo para mirar hacia abajo entre mis piernas, comencé a mover mis deditos como si estuviera tocando una guitarra, mi botoncito se movía de lado a lado y el placer me hacía gemir y lanzar vagidos agudos. Él me miraba atentamente, entonces le dije:
—Tengo que hacerlo … Tengo que correrme … De verdad que lo necesito … Pero si tu no quieres, puedes levantarte e irte a la cama ahora …
—¡No, ehm! … ¡No, mamá! … Me iré solo si tu quieres que me vaya … Pero quiero estar junto a ti … Tal vez también pueda ayudarte si puedo …
Le sonreí y él me devolvió la sonrisa con devoción y amor, también había lujuria en sus ojos. Por un momento solté su pene, tomé su mano y guié los dedos de mi hijo hasta mi entrepierna, haciéndolos deslizar dentro de mi coño para unirse a mis otros dedos.
—Tú puedes ayudarme … Empuja tus dedos dentro de mí … Eso se siente tan bien …
—Está bien, mamá …
—¿Quieres que siga ayudándote a ti también? …
Abrió su boca y sus ojos, entonces dijo:
—¿Quieres decir…? … ¿Quieres decir que te gusta chupar mi polla? …
—¡Ah-ha! … Quiero chupar y jugar con tu pene …
—Sí, mamá … Sí … ¡Dios mío! …
A pesar de toda la tensión sexual que sentía, su entusiasmo casi infantil me hizo reír.
—¿Deveras lo deseas tanto? … ¿Acaso has estado pensando en ello? …
—¡Ah-ha! …
—¿Deveras? … ¿Y desde hace cuánto tiempo? …
—¡Ehm! … Bueno, desde que la tía Cinzia estuvo aquí …
—Entonces … ¿Tú sabías? … ¡Sabías que ella y yo? …
—Sí … Sé que ustedes no querían que yo me enterara, pero lo noté … Fue fácil … Y aquella noche en que ella entró a tu dormitorio, las pude oír a ambas, ¿sabes? …
Había hecho todo lo posible por mantener oculta la relación lésbica entre mi hermana y yo, pero al parecer no fui lo suficientemente cuidadosa. Era evidente que Leonardo sabía todo desde un principio.
—¿Pudiste oírnos? …
—¡Guau, sí! … ¡Fue fantástico! …
La última noche de Cinzia en casa, ella había venido a mi habitación cuando pensábamos que todos dormían. Las otras noches ella fingía de pasar la noche en el sofá. Pero esa noche entró y se metió en mi cama toda desnuda. La dejé quedarse e hicimos el amor casi toda la noche. Habíamos intentado de estar calladas y silenciosas, pero cuando ella me folló el culo con mi consolador mientras se comía mi panocha, fue demasiado y más de un grito y chillido se escapó de mi boca.
—Así que lo sabías y no te importó, ¿eh? …
—No … Por el contrario … Pienso que fue bueno …
—¿Qué? … ¿Te gustó? …
—¡Ehm! … Bueno escucharte a ti y a tía Cinzia haciéndolo, fue espectacular … Tuve que jugar con mi polla, ¿sabes? … Me calenté mucho aquella vez …
—¿Jugaste con tu polla mientras nos escuchabas esa noche? …
—¡Ah-ha! …
—¿Y te corriste? …
—¡Oh, sí! … ¡Y mucho! …
Mientras estábamos teniendo esta conversación madre-hijo, deslicé mi mano y aferré una vez más su gorda polla y comencé a masturbarlo. Él seguía jugando con mi conchita empapada.
—Me alegro de que me hayas contado eso … También de que seas tan maduro y que no te moleste lo que yo hacía con mi hermana …
—Por supuesto que no … Me pareció genial … Después que tía Cinzia se fue, comencé a pensar, ya sabes, tal vez algún día podrías hacerlo también conmigo …
—¡Hmm! … ¿Es eso lo que quieres? …
—Más que a nada al mundo, mamá …
—Está bien, hagámoslo, tesoro … Has que me sienta bien y yo haré que tú te sientas bien …
*****
Leonardo y yo no hicimos mucho esa noche, al menos no al principio. Pero más que nada nos masturbamos juntos, yo lo hice acabar un par de veces y él hizo otro tanto lamiendo y chupando mi coño, mientras me follaba con sus dedos. Creo que ninguno de nosotros quiso ir más allá por la novedad y las incertezas del caso, pronto nos levantamos y cada uno se fue a la cama en su propia habitación.
Me quedé desnuda en la oscuridad pensando a todo lo acaecido. Preocupada por haber pasado el límite con mi hijo, tenía el temor de haber cometido un grave error. Me autoconvencí de que esto no iba a volver a suceder, pero al mismo tiempo frotaba mi coño, recordando lo maravilloso que me había hecho sentir mi hijo. Me masturbe exquisitamente pensando en él.
La noche siguiente nos fuimos a la cama por separado. Una vez que había apagado todas las luces, la puerta de mi dormitorio se abrió y Leonardo entró.
—¿Mamá? … ¿Estás despierta? …
Me senté en la cama y las sábanas se deslizaron dejando mis pechos desnudos al descubierto. Ni siquiera intenté cubrirme, pero respondí:
—Sí, cariño … ¿Qué te sucede? … ¿Estás bien? …
En la tenue luz que se filtraba desde el exterior, pude ver el grueso pene de mi hijo duro como una roca, él estaba completamente desnudo. ¡Dios mío! Se veía tan tentador. Dejó la puerta abierta y se acercó a la cama.
—¿Puedo hablar contigo un minuto, mami? …
—Claro que puedes … Ven y metete cerca de mi …
Saltó sobre la cama a mi lado y se reía mientras lo hacía. Pensé en levantar las sábanas y cubrir mis pechos, pero no lo hice. La verdad, quería que él se excitara. Tuve que admitir que lo único que quería es que él yaciera conmigo.
Nos sentamos juntos con la sábana cubriéndonos hasta la cintura. Nos tocábamos con brazos y piernas, pero del todo casual. Aunque la habitación estaba a oscuras, se filtraba suficiente luz desde el exterior para poder vernos con facilidad. Noté que Leonardo miraba fijamente mis tetas con mis duros pezones erectos.
—Entonces, cariño … ¿Qué pasa? … ¿Estás molesto por algo? …
—No, mamá … Sólo quería decirte que me alegró mucho de que hayamos hecho lo que hicimos … Me gustó mucho …
—¿Deveras? …
—¡Ah-ha! …
—Bueno … A mí también me gustó …
—¿Crees que podamos hacerlo de nuevo? …
—¿Es eso lo que quieres? …
—Sí … Realmente me gustó mucho …
—Bueno … También es lo que quiero yo …
Mientras pronunciaba esas palabras, me lamí los labios y una repentina oleada de excitación se apoderó de mi cuerpo. Mí clítoris palpitaba en anticipación. Sentí mi entrepierna candente y húmedo, apreté mis muslos. No había ninguna duda, definitivamente lo quería. Lo necesitaba.
—¡Uhm, mami! … ¿Puedo preguntarte algo sin que te enojes? …
—Sí, cariño … No me enojaré … Puedes preguntarme lo que quieras …
—¿Puedo chuparte los pezones y jugar con tus tetas, mamá? …
Me quedé un tanto desconcertada, pero me gustó su pregunta.
—¡De verdad quieres eso? …
—Sí … Siempre pienso en eso … Ya sabes … Cuando juego conmigo mismo …
—¿Haces eso pensando en mí? …
—¡Ah-ha! …
Los ojos de Leonardo volvieron a mis pechos insistentemente. Él lamio sus labios. Entonces, antes de responder, tiré las sábanas hacia abajo y abrí mis muslos. Comencé a frotar mi coño y le dije a él:
—Está bien … Sí es eso lo que quieres hacer … Puedes chuparme los pezones …
—¡Hmmmmm! … ¡Qué rico! …
El entusiasmo de Leonardo me hizo darme cuenta de lo joven que es. En muchos sentidos es todavía un niño. Pero nada podría detenerme de gozar con él en este momento. Mientras frotaba mi coño con una mano, con la otra la ahuequé bajo mi seno y lo levanté para ofrecérselo a los labios de Leonardo.
—¡Vamos, chico! … ¡Chupa las tetas de mami! …
Él se inclinó frente a mí, se lamió un par de veces sus labios y luego comenzó a devorar mi seno, chupando como cuando era un bebé. ¡Maldita sea! Esto se sentía realmente bien, incluso mejor que cuando Cinzia me chupó los pezones por primera vez y casi me hizo correrme. Fue mejor porque era mi hijo y yo podía jugar con su pene. Y aún cuándo antes había tenido algunos arrepentimientos pensando que tal vez habíamos hecho algo malo, ahora todas esas reticencias se desvanecieron y desaparecieron. No había nada de malo en esto, nada en absoluto. Nos pertenecíamos el uno al otro. Algo que alguna vez fue natural y nosotros podíamos vencer todas esas atávicas contradicciones.
Leonardo me chupó las tetas, primero una y luego la otra. Me froté el clítoris y jugué con su polla, me follé con los dedos y muy luego obtuve un delicioso orgasmo. Pero una vez más no llegamos al acto final, fue solo una noche especial. Tomé la mano de mi hijo y la guié hacia mi sexo:
—Folla el coño de mami con tus dedos y hazme acabar …
Le dije jugando con su pene duro como palo. El grueso y nudoso pene de mi hijo me había perturbada y lo masturbé como si fuera el primer pene en mi vida. No quería que lo nuestro fuera hecho como algo a la rápida. No quería ser yo a obligarlo a tener relaciones sexuales conmigo, sino que fuera algo espontaneo, algo nacido en nuestros corazones. ¡Oh, Dios! ¡Cuánto lo deseaba!
Recostada desnuda al lado de él que miraba todo mi cuerpo desnudo. Su polla estaba dura, palpitante y ya escurrían algunas gotitas de tibio pre-semen desde su glande. Mi hijo me excitaba como una puta. No pude resistirme más, él me atraía como un imán con ese pene suyo largo y duro. ¡Deseaba esa verga suya! En un instante mi cabeza se deslizó por su vientre, mi mano levantó su polla y mi boca se cerró alrededor de su gruesa cabezota. Con un lento movimiento de cabeza, comencé a mamar su polla al máximo de su erección. Me bastaron una docena de movimientos arriba y abajo, unas pocas lamidas a su glande hinchado y algunos masajes a sus bolas duras y pesadas para hacerlo gemir de placer. Sus manos presionaron mi cabeza sin dejarme mucha libertad de movimiento; folló mi boca velozmente, entonces se estremeció y tuvo una serie de sacudidas. Varios chorros de semen caliente y espeso inundaron mi boca descendiendo por mi garganta, tragué todo lo que pude y algo escapó por la comisura de mis labios. El pene de mi hijo todavía estaba duro y caliente en mi boca.
Lo sentí cuando comenzó a deslizarse sobre la cama, se posicionó en medio a mis piernas y comenzó a besar mis muslos. Metió sus dedos en mi vagina bañada de fluidos. Abrió mi labia enrojecida e hinchada, luego hundió su lengua entre mis rosados pliegues íntimos. Eché la cabeza hacia atrás y le dejé hacer sólo gimiendo mientras su lengua azotaba mi clítoris para luego adentrarse en lo más profundo de mí vagina. No podía soportar tanto placer y tuve que taparme la boca con las manos para no gritar. Su lengua era incansable y cada recoveco de mí sexo venía explorado por su lengua gomosa y elástica. Cogí una almohada y me la puse en la cara para acallar mis chillidos. En pocos minutos Leonardo había conseguido provocarme un orgasmo de una intensidad que nunca había experimentado.
Después de haberme recuperado de las convulsiones maravillosas que me había hecho sentir, mi mano corrió inmediatamente hacia su polla y aferré sus testículos duros. Estaba excitando a mi hijo y eso me gustaba. Su polla estaba caliente y dura, sus manos me empujaron por los hombros suavemente hacia atrás. Él ya estaba entre mis piernas, las cuales abrí un poco más para él. Lentamente se puso sobre mí y sin dificultad alguna, su polla caliente encontró la vía justa para entrar y, con una sola y decidida embestida, me penetró en toda su longitud. Empezó a follarme con energía, pero también con dulzura. Cerré mis piernas alrededor de él para mantenerlo profundamente en mí. Mi realidad ahora era Leonardo. Grité y él puso una mano en mi boca. Una oleada de loco placer se apoderó de mi cuerpo y me contorsioné bajo su peso, empujando mi pelvis contra su polla mientras me sacudían violentas convulsiones en un orgasmo que jamás había tenido. Mis músculos vaginales lo apretaron y lo obligaron a correrse dentro de mí. Enterrado profundamente en mi coño lo sentí que chorreaba mis paredes vaginales en lo profundo de mi vientre. En el mismo lugar donde una vez lo concebí.
Fue un momento maravilloso. Un momento de un placer jamás conocido y que seguramente jamás olvidaré. Me costó mucho no llorar de emoción cuando lo sentí disfrutar fuera y dentro de mí. Trataba de morder mis tetas diciendo cosas como:
—¡Oh, mamá! … ¡Te quiero! … ¡Te quiero! …
Esas palabras fueron tan explosivas para mi que tuve un nuevo orgasmo. Ni siquiera su padre me dio alguna vez tanto placer.
—¡Oh, Dios! … ¡Qué hermosa que eres! …
Sus ojos estaban muy abiertos y había dejado de chupar mis senos para mirar hacia abajo y ver su pene enterrado hasta el fondo en el coño de su madre. Mi panocha no solo rezumaba mis fluidos, ahora también el semen de él. Estaba extremadamente mojada y completamente lubricada.
—¡Estás bien, mamá! …
—Sí … ¿Por qué? …
—Es que con todos esos gritos … Tú sabes …
—Lo se … No pude evitarlo … Esto fue increíble …
—Me alegro de que te haya gustado …
De repente me di cuenta de que Leonardo no había sacado su polla de mi coño. Qué espectáculo sería para alguien ver a este chico de quince años con su pene profundamente dentro de la vagina de su propia madre. Me sonó: ¡Tan prohibido! ¡Tan caliente! Mientras esas cosas pasaban velozmente por mi cabeza, decidí dos cosas: primero, Leonardo y yo haríamos juntos mucho más cosas de las que habíamos hecho hasta ahora y sabía que nos iban a encantar. En segundo lugar: quería compartirlo con mi hermana Cinzia y hacerle el amor a ella juntos mi hijo. Todo esto pasó por mi mente en forma fugaz. Lo estreche contra mí y le susurré:
—Te amo, cariño …
—Yo también te amo, mamá …
—¿Me besarás ahora? …
—¿Besarte? …
—En la boca … Me has besado por todas partes, menos en la boca …
Eso era algo que todavía no habíamos hecho. Él había recorrido todo mi cuerpo con sus labios, pero no me había besado en la boca en forma sexual y caliente.
—¡Ok, mamá! …
Con su pene todavía dentro de mí, Leonardo aplastó mi boca con sus labios. Nos besamos. Fue divino. Entonces supe que él era el amante perfecto para mí. No era un hombre y no era una mujer. Era un niño que se estaba transformando en hombre. A mí me estaba gustando y a él, a lo mejor le iba a gustar,
Fin
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