La culpa es de él, papi.
por
Juan Alberto
género
incesto
Estacioné mi Volkswagen Tigua a la entrada y entré en el garaje. Abrí la puerta y luego me detuve tratando de calmar mi temperamento y organizar mis pensamientos. Como en cualquier lugar del mundo, el asesinato era ilegal en nuestro país. “Cálmate y no entres enojado”, me dije para mí mismo.
Odiaba recibir llamadas en mi celular cuando estaba en el bosque negociando un acre de madera antes de que fuera comprado por la competencia. No soporto cuando alguien interrumpe mis negocios de ese modo. Especialmente si hablamos de la Señora Muñoz, cuando me llama para decirme que el bastardo de Lucio, el adolescente novio de mi hija, se había colado en casa durante mi ausencia. Había ya advertido a ese hijo de mala madre que lo iba a cortar en dos con mi moto sierra si lo veía rondando a mi hija. Al parecer no había recibido el mensaje; tal vez debería hacerle una pequeña demostración de escarmiento. O quizás no era del todo culpa suya, puede que mi hija lo estuviera incitando a hacerlo.
Me quedé respirando fatigosamente y miré a mí alrededor pensando lleno de ira. El día era hermoso. La luz de la tarde iluminaba el bosque como en un romántica fotografía de otros tiempos. Un ruiseñor trinaba potentemente su canto desde un peumo floreciente. Un brisa ligera movía las copas de los arboles casi acompasadamente al canto del pájaro. Había un delicioso aroma en el aire, alguien cocinaba una barbacoa en alguna parte. De repente escuché ladrar a un perro en alguna parte. Tal vez era el mío. El mío era, Gluck, una pequeña bola de pelo que ladraba antes de morder y probablemente ha salido a recibirme.
Me quité los guantes de trabajo y los tiré sobre un banco del garaje. Me agaché y desempolvé mis jeans, luego hice lo mismo con mi camisa a cuadrillé para sacudir el aserrín de mis mangas. Con el rabillo del ojo observé la casa de la Señora Muñoz. La vieja bruja me estaba mirando con sus cortinas ligeramente corridas. Quizás ella piensa que nadie la ve detrás de esos delgados visillos que ella tiene por cortinas.
Me quedé de pie y me llevé los dedos a mis narices y soplé violentamente hacia el lado desde donde ella me estaba mirando. Vi que inmediatamente cerro las cortinas y desapareció. Entré a la casa con una leve sonrisa sintiéndome un poco mejor.
Era difícil criar a una hija sola. A todos los esposos, les diré que es mejor que no pierdan a sus esposas. El hombre por naturaleza no está pronto para criar una familia solo, créanme, eso es tarea de mujeres. Te encontrarás en un agujero del cual no podrás escapar. Por mi trabajo paso todo el tiempo fuera de casa. Era uno de los mejores en mi trabajo, pero hacía demasiado. Mi hija está sola la mayor parte del tiempo. Amo a esa pequeña puta astuta, porque se parece demasiado a mí. Ella es capaz de follar a cualquier cosa que camine y luego pondrá una muesca en el poste de su cama. Pero los hijos se aman sean como sean.
—¡Linda! …
Grité cuando entré por la puerta principal. La televisión estaba encendida como siempre. Había un agradable olor a palomitas de maíz en el aire y otro olor desconocido no muy agradable. Seguí la fetidez hacia la cocina. La cafetera se había reducido a un espeso alquitrán y, lo que debería haber sido una exquisita taza de café, ahora era solo un humo pestilente. Apagué la maquinilla y la puse bajo el chorro de agua fría del grifo.
—¡Linda! …
Volví a llamar mientras me enjuagaba las manos y me daba una refrescada a la cara y brazos. Ella debe estar fuera, pensé. No me respondía. Bueno, entonces estaba solo. Podría relajarme y tomar una siesta antes de discutir quien iba a preparar la cena. Tal vez sería mejor si tomara una ducha, necesitaba quitarme el olor a sudor, gasolina y aserrín del aserradero. Dejé mis botas cubiertas de barro en el botinero del recibidor y subí las escaleras. Entonces fue que mis oídos comenzaron a captar sonidos conocidos que me pusieron en alarma.
—¡Uhhhhh! … ¡Ahhhhh! … ¡Umpf! … ¡Ahhhhh! … ¡Aaaahhhh! …
Normalmente nadie en casa hace esos ruidos. Pensé que iba a necesitar esa motosierra muy pronto. Era hora de cortar en dos a ese maldito Lucio. Me sorprendí cuando comprobé que la puerta no estaba bloqueada. Estos malditos tortolitos no esperaban a nadie. Giré el pomo y la abrí. Mi mandíbula inferior casi tocó el piso cuando vi lo que vi. Mi hija estaba con mi perro. Ella estaba sentada al borde de la cama con las piernas bien abiertas y nuestro perro la estaba lamiendo desde diferentes posiciones. No encuentro palabras para describir la cara de horror que puso ella cuando nuestras miradas se cruzaron, tampoco me creerías la palabras que salieron de su boca como explicación.
—La culpa es de él, papi … —Dijo dócilmente. Pensé que era un eufemismo.
—¡Oh, sí! … Ya lo veo … —Dije lo más calmadamente posible.
Pero mis ojos estaban tratando de asimilar el todo. Gluck nunca dejó de lamerla y ella estaba demasiado aterrorizada para detenerlo, simplemente se quedó allí sosteniendo sus rodillas desnudas bien abiertas para que Gluck no se perdiera ni una sola lamida. Gluck lamía animosamente su dulce y joven coño. ¿Cuándo le creció ese vello púbico? Probablemente al mismo tiempo que le crecieron sus tetas; hace como cuatro o cinco años. Inmediatamente me di cuenta de dos cosas. Mi hija era mayor y, sin excusa alguna, Gluck debía ser bañado porque apestaba. Antes de cerrar la puerta delicadamente, le dije.
—Cuando terminen … Procura de darle un baño …
Me fui a mi dormitorio y me dejé caer sobre mi cama. ¡Vaya, Dios! Que sorpresas que nos da la vida. Sabía que había llegado a un punto de inflexión con mi hija. Pero no tenía la menor idea sobre que hacer. ¡Demonios! Algo se me ocurrirá más tarde, pensé.
Entonces me di cuenta de que mi polla estaba dura como el granito. Estaba tan dura que comenzaba a molestarme. Los vellos de mis brazos y de mi nuca estaba electrizados. ¿Y ahora qué? ¿Masturbarme? ¿Correr donde la vieja bruja de enfrente y violarla? ¿Irme a la calle y buscar una profesional?
—Lo siento, papi …
Dijo Linda al entrar a mi cuarto. Asentí mirándola con su vestido azul y celeste, ahora mojado por el baño a Gluck.
—¿Echaste a Gluck al patio? …
—Sí, papi …
¡Dios, santo! Cómo había crecido esta muchachita. Se parecía tanto a su madre, que regresaron a mi mente tantos recuerdos. Miró mi ropa sucia y sus ojos se abrieron al observar mi entrepierna. Había pasado casi media hora y mi pene todavía palpitaba duro como palo. Ella se dio la vuelta con una enigmática sonrisa.
—¿Qué te parece tan gracioso? … —Pregunté fingiendo un cierto enojo.
—Toda esta situación me parece tan ridícula … Ni siquiera sé que decir … No reaccionaste como pensé que lo harías …
—Los indígenas usaban perros, ¿sabes? … Ellos pensaban que la saliva de los perros tenían propiedades curativas y la usaban para todo tipo de infecciones …
Dije tratando de dar algún sentido a nuestra conversación.
—¿Cómo cuáles? …
—No sé … Cómo enfermedades venéreas … Heridas de flecha o de bala …
Dije sin saber si estaba diciendo algo veraz y para terminar agregué sabiamente.
—En parte todos somos indios, ¿sabes? … También tú debes tener algo en tus genes, ¿no? …
—¡Ay, papi! … No te creo …
Dijo ella sonriendo y sin quitar su vista de mí hinchada entrepierna. ¡Dios, mío! Cómo quería tocarla. Como si leyera mi mente, ella se sentó a mi lado sobre la cama, su falda se deslizó hacia arriba. Por primera vez en mi vida me di cuenta de lo hermoso que era el color de su piel y lo largas y bien formadas que eran sus piernas.
La había visto tantas veces en traje de baño, en sujetador y bragas; también una noche que llegó borracha ella se desnudó completamente para irse a la cama y nunca tuvo el cuidado de cubrir sus partes privadas, la arropé como cuando era una nenita y me fui a dormir. Nunca miré a mi hija como una mujer. Pero ahora lo estaba haciendo.
Miríada de imágenes donde mi hija era la protagonista cruzaban fugazmente por mi cabeza. Mi hija era una mujer. Ella era una mujer increíblemente sexy y linda. Todavía mi mente estaba colmada con su imagen de piernas separadas y su coño bien abierto; ese pequeño mechón de vello púbico rubio. ¡Oh, cómo envidiaba a Gluck!
—¿Qué estás pensando, papi? … —Preguntó con su mejor voz de niña.
—Bueno … En que ya eres mayor … Eres una mujer adulta … Y me alegro de que ese idiota de Lucio no esté aquí, así no tengo que asesinarlo …
Hice una pausa para lamer mis labios y agregué.
—Y me hubiera gustado mucho haber podido cambiar de lugar con Gluck …
Esta última parte me sorprendió también a mí. ¿Realmente dije lo que dije?
—¿¿En serio?? …
Me dio una ligera sonrisa y volvió a mirar mi entrepierna. Se mojo los labios con su lengua y luego mordió su labio inferior, casi me muero. ¿Saben las mujeres lo increíblemente sexy que pueden ser sus labios? Estoy seguro de que así es. Por eso gastan mucho dinero todos los años para hacerlos cada vez más sexys.
—No tienes idea de cuanto …
Dije casi en un murmullo.
—Tengo que ducharme … Será mejor que salgas a menos que quieras ver a un anciano desnudo …
Agregué con un tono de voz más serio y normal. Comencé a desabrochar mi camisa.
—Iré a preparar un poco de café …
Dijo Linda saltando de la cama y saliendo de mi cuarto. Tengo que admitir que me sentí un poco decepcionado, pensé que ella iba a reaccionar de otro modo. Pero ¡Qué diablos me pasa! No creo que haya al mundo alguien que piense en follar a su propia hija, ¿no? ¿Qué pensaría la Señora Muñoz de esto? De seguro llamaría a la policía. Ella está siempre a fisgonear desde su ventana.
Me lave casi brutalmente bajo la ducha. Tuve ganas de masturbarme, pero no lo hacía desde mis años de adolescente y no iba a recomenzar ahora. Tal vez salga más tarde a tomar un par de cervezas y encuentre a alguna puta. Cualquier cosa que camine y tenga coño me sirve. No me importa ni la raza ni la edad, basta que respire.
Mi hija tenía un coño. Todavía podía disfrutar de su imagen en mi mente. Dulce y delicado, pequeñito y apretadito, jugosito y rosado, maravillosamente perfecto. Mientras lavaba mis axilas, me di cuenta de que me estaba volviendo loco. Me estaba frotando tan fuerte que mi piel se había enrojecido. Enfrié la ducha, grité y jadeé bajo el chorro de agua helada. Me puse con las manos a la pared mientras el agua fría torturaba mi cuerpo. Ella era mi hija, ¡Por Dios! Ella no era un pedazo de coño disponible. Ella era mi hija, ¡Maldita sea! ¡Mitad mía y mitad de mi esposa! Ella era… era…
—¿Papi? …
—¿Qué? … —Grité mientras cortaba el agua fría.
—Te traje café …
Una mano blanca y delgada apareció junto a la cortina de la ducha sosteniendo una taza de café.
—¡Oh! … Gracias, cariño … Déjalo sobre el mueble, por favor …
Dije secándome el agua de los ojos.
—Ok …
Cuando escuché que la puerta se cerraba, corrí la cortina toda de un lado. Allí estaba ella, sentada en el inodoro. Había cruzado sus piernas cuidadosamente. Se veían sus zapatos negros con calcetas de nylon blancas. Todavía llevaba el mismo vestido y sus senos plenos lucían preciosos con el ajustado atuendo. Ella era mi pequeñita que había crecido maravillosamente bien. ¡Maldita sea! Sus piernas eran adorables. Ella se acercó y me pasó el café. Lo tomé sin aliento y sorbí un sorbo rápidamente. Gemí cuando sentí sus delicadas manitas en mi polla. ¡Guau! Esto no estaba nada de bien. En cualquier momento Dios nos castigará y nos fulminará con un potente rayo. La casa iba a desaparecer de repente y la Señora Muñoz estaría contemplando a mi hija con mi polla en la mano. Ella iba a llamar a la policía. ¡Oh, mierda! ¿Qué es esa cosa cálida que envuelve mi pene? ¡Santo cielo! ¡Mi hija me está chupando la polla! ¡Su boca se sentía deliciosamente cálida! ¿Cuándo cruzamos esta línea? ¡No podía estar imaginando esos sonidos!
—¡Slurp! … ¡Guack! … ¡Guack! … ¡Guack! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
Comencé a tambalearme. Puse el café sobre el estanque del inodoro para no derramarlo en la espalda de mi hija. Sus labios continuaban a emitir el mismo sonido.
¡Guack! … ¡Guack! … ¡Guack! … ¡Slurp! … ¡Guack! … ¡Guack! …
No había duda alguna, sus labios emitían ese sonido alrededor de mi polla. Podía sentir las vibraciones en mis bolas, cuando ella tocó mi vello púbico con su nariz, miró hacia arriba y me regaló una estupenda sonrisa. Había pagado por ese lápiz labial rojo cereza. Se veía tan bien envolviendo mi polla. En ese mismo instante sentí cuanto amaba a mi pequeña; amarla más era imposible.
—Vamos al dormitorio, bebé … —Dije jadeando.
Sus labios hicieron un sonido seco de succión cuando se sacó mi pene de su boca. Gemí y tambaleé, casi pierdo el equilibrio. Linda salió de prisa del baño, la seguí con las piernas temblorosas. Mientras caminaba iba desabrochando su vestido. Cuando abrió la parte superior delantera, me acerqué a mirar sus preciosos senos con ávidos ojos, era como si la mirara por primera vez. Sus tetas eran muy lindas, firmes y grandes. Entrando a mi habitación se giró y dejó caer su vestido al suelo. ¡Dios, mío! ¡Era realmente hermosa! No me había fijado en su cuerpo desde la secundaria. Todo en ella era hermoso. Sus cabellos, su rostro, su cuello, sus pechos y su torso. Era como una obra de arte. Perfecta. ¿Cómo es que nunca me di cuenta de ello antes? No es de extrañar que esos malditos compañeros suyos la ronden sin cesar. Ahora entiendo porque mis amenazas no detenían a esos estúpidos. Nada lo haría.
—Tienes el culo más lindo que haya visto jamás …
Dije sin apartar mis ojos de sus lindas y redondas nalgas.
—Gracias, papi …
Dejándose caer de espalda sobre la cama, rebotó dos veces mientras yo me acercaba a ella.
“Tienes el culo más bonito que he visto jamás”, expresé mis pensamientos. Sus zapatos volaron por los aires.
—¿Sabías que cuando me masturbo eres mi fantasía favorita? …
Ella pregunto casi casualmente.
—No … No lo sabía …
Respondí genuinamente impresionado. Linda tomó mi polla en su mano y dijo.
—Lucio está equivocado …
—¿Sobre qué? …
—Dijo que solo porque un chico sea grande, no necesariamente su polla iba a ser grande … Tú eres la prueba fehaciente de ello … Tú polla es muy grande … Mucho más grande que la de él …
—¡Boberías! …
—Pero es verdad … La tuya es grande … ¿Quieres tocarme, papi? …
Casi me quedé sin aliento ante su oferta.
—¡Oh! … Claro que sí …
—Pues adelante … No soy virgen …
—No me digas eso …
Estabamos sentados al borde de la cama, uno al lado del otro como dos extraños. Miré sus magnificos pechos con sus diminutos y erectos pezones. Vacilante extendí mi mano y la posé sobre su firme y delicado pecho, empujándola hacia atrás, para hacerla recostar. Su piel era suave y cálida, me incliné y besé el pecho de mi hija. ¡Dios, mío! ¡Qué gloriosamente erótico me pareció eso! ¡Fue como tocar el paraíso con mis labios! Que maravillosamente bien olía su piel y que firmes y sólidas permanecían sus tetas.
Moví mi lengua sobre su deliciosa tez y me deslicé hacia su cuello; lo besé, me estiré y alcancé su lóbulo con mis dientes. Gemí haciéndole sentir mi resoplido en su oreja, podía sentir que ella se estiraba en la cama como una felina, la dejé que se acomodara y tomé su mejilla en mi mano, ella me miró y mientras me inclinaba a besar sus labios, Linda abrió su boca ligeramente e hicimos contacto piel con piel. Metí mi lengua en su boca y sentí la suya acariciando y saludando la mía. La sentí temblar y estrecharse a mi cuerpo. Su aliento se volvió en gemidos y sentí sus manos en mi nuca para besarme con fuerza férrea.
Nuestros labios estaban fundidos en un beso genuino de pasión desbocada. Respirábamos con cierta dificultad por la nariz. Nuestras lenguas seguían danzando y empujándose juguetonamente. Un fuego poderoso encendió todo mi cuerpo. Sus movimientos me alentaban a continuar. Linda era toda una mujer, pero también era mi hija. Abrí mis ojos y observé la pasión dibujada en su rostro. ¡Oh, cuánto la deseaba! Toqué mi nariz con su nariz y le susurré.
—Quiero sentir tu sabor …
Ella soltó mis hombros y comencé a arrastrarme de su cara a su decolté, rocé sus esplendidos pechos con mis labios y seguí descendiendo a su vientre y su monte de venus. Me deslicé más abajo sobre la cama y miré la regia convergencia de sus piernas. Allí escondido bajo esos incipientes vellitos púbicos estaba mi meta, dos gorditos labios sellados que disimulaban la entrada a su tesoro delicioso. Miré su coño perfecto con admiración, todo lucía exquisitamente en su lugar. Había visto coños feos, otros deformados, algunos exageradamente carnosos y con excesos de pliegues, otros que no tocaría ni siquiera con mi motosierra. Pero el coño de mi hija era algo divino y celestial, estaba hecho como por un artista, había arte en esa hendedura estrecha. Su labia estaba finamente redondeada con una hermosa línea formando el surco que los dividía. Había una diminuta curvatura en el extremo superior donde se alojaba su clítoris y eso me hechizó completamente.
Separé sus muslos delicadamente y me coloqué entre ellos con un afanoso suspiro. Los ojos de mi hija estaban fijos en mí mientras yo inspeccionaba su preciosa panocha. Le guiñé un ojo y deposité un sonoro beso en su femineidad. Luego mi lengua separó sus labios y comencé a horadar la húmeda tibieza de su hermoso coño, mi hija gimió y dejó caer su cabeza hacia atrás sobre la almohada, mientras sus muslos se entiesaban y temblaban. Noté que sus manos se crispaban al costado de su cuerpo y su espalda se arqueaba sicalípticamente. Me llamó la atención de que ella me había mirado con mucha atención, entonces me di cuenta de que al igual que yo, Linda estaba memorizando el momento electrizante que estábamos viviendo. ¿Realmente ella se masturbaba pensando en mí? O era el fascinante momento en que ella y yo estábamos viviendo.
—Que hermosa que eres, cariño …
—Gracias, papi …
Olfateé el vaho embriagante que emanaba el jugoso manjar de su coño. Escalofríos de placer recorrieron todo mi cuerpo. Restregué mi duro pene contra el edredón, a sabiendas de que no servía de nada. Quería friccionar mi cabezota en ese surco hechicero y empujar mi pene dentro de ese misterioso y secreto orificio.
Abrí mi boca y sellé su agujero con mis labios. Era todo lo que soñaba que era. La almizclada sapidez, el seductor aroma, la divina humedad, la celestial tibieza. Sus manos golpearon la cama como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Comencé a lamer su coño como si fuera Gluck. Linda respondió inmediatamente abriendo bien sus largas piernas y chilló, momentos después aprisionó mi rostro con sus muslos varias veces. Mis orejas se calentaron al roce de la cremosa entrepierna de mi hija y mi boca comenzó a llenarse de sus dulces jugos. Era un manjar de dioses y estaba atesorado en los mullidos y empapados pliegues de su panocha, pronto mi cara estaba empapada de esa delicia. ¡Dios Santo! ¡Sí que era hermosa!
—Lameme, papi … Asiii ricooo …
Chilló. Por un momento sus palabras me sorprendieron. Casi había olvidado que le estaba comiendo la panocha a mí hija. Confiando en mis habilidades con su madre, acerqué mi pulgar calloso de mi mano derecha y lo acerqué al diminuto orificio de su trasero. Restregué la delicada piel entre su ano y su vulva, a continuación penetré su apretado coño. Ella se puso rígida. Sus ojos se abrieron y su respiración se agitó. Había muchas formas de comer un coño y ahora yo le estaba enseñando una de ellas.
—¡Jesús santísimo! … —Exclamó jadeando.
—¡Hmmmmmm! …
Respondí saboreando su exquisito coño y continué disfrutando sus tiernos pliegues. Nunca me había sentido tan excitado en vida mía. Pensé que iba a sufrir un infarto de un momento a otro. Mí respiración era muy agitada.
—¡Oh, papi … No sabes cuántas veces he soñado esto …
Dijo en un susurro. La forma en que dijo “papi” me hizo ponerme aún más cachondo. No tuve ni siquiera que mover mi pulgar. Ella se desencadenó en un lujurioso y veloz movimiento de caderas, follándose a sí misma. Entonces me concentré sólo en mi lengua. Sabía que a todas las mujeres les encanta que le coman el coño y querían ser tocadas y lamidas por todas partes. Eso hice con la conchita de mi hija. Quería hacerla sentir especial y que éste fuera un momento memorable en su vida. Lamí y mordisqueé su hinchado labio izquierdo, luego el vértice de la parte superior; después pasé a comerme y lamer el derecho. Mi esposa me había enseñado muy bien como comerme una panocha. Estimulé su deliciosa almejita por todos lados y muy pronto la oí chillar como si se dirigiera a un violento orgasmo, pero yo no quería hacerla acabar tan pronto.
—¡Gírate! … —Le dije mientras sacaba mi pulgar de su coñito.
—¿Qué? … —Dijo ella vacilante.
—Confía en mí, tesoro … Ponte boca abajo …
Hizo un movimiento meteórico levantando sus piernas y girándose en un segundo. Ni siquiera tuve que moverme. ¡Demonios! Sí yo fuera así de flexible, creo que hasta podría chupar mi propia polla. Al instante tuve ante mí el culo más perfecto del planeta. Ella estiró sus largas piernas y me miró por encima del hombro. Pienso que temía que la follara por el culo. Pero yo no lo iba a hacer, al menos no esta vez. Era demasiado joven y hermoso su culo como para profanarlo. Pero me deleité a contemplarlo en toda su belleza. Podía ver los cortos vellitos de su chichi y el brillo que le daba su humedad. Sus nalgas estaban firmes y esponjosas a la vez como un croissant. Sus largas y esbeltas piernas eran de extrema belleza. Sus calcetones blancos le daban un aire de colegiala a punto de hacer su tarea.
Me incliné y besé su glúteo derecho, era sedoso y fresco. Lo besé suavemente, yendo encima y besándolo centímetro a centímetro. Sabía que no debía usar mi lengua porque ella sufría demasiado las cosquillas. De repente abrí mis ojos horrorizado, paso por mi mente que a este culo yo le había cambiado pañales desde que nació. ¡Dios Santo! ¿Qué carajo estoy haciendo?
—Papi … Bésame también el otro …
La oí decir y ahí estaba la respuesta a mi pregunta. Iba a hacer todo lo que ella me pidiera que le hiciera. Era hora de hacerla gozar.
Separé sus nalgas excelsas y lamí su surco misterioso. No me sorprendió su sabor y humedad, yo era un buen lamedor y la sentí estremecerse y gemir. De repente escondió su cara entre las almohadas y aferró la sabana con sus manitas crispadas. Seguí lamiéndola con fervor y pasión; a ratos me detenía para afondar mi lengua en sus agujeros, ella tenía su culito levantado. Sobajeé sus nalgas con mis manos. Miré su figura perfecta y acaricié su espalda y su espina dorsal. Mi lengua jugueteó sobre el diminuto orificio de su ano, dejándolo bañado en saliva. Ella empujó su trasero contra mi lengua y mi boca.
—Déjame darme vuelta, papi …
Dijo con voz suplicante, no tuve corazón para oponerme. Le hice el espacio suficiente y otra vez ella se giro tan rápido como una centella. Me miró con una tímida sonrisa y yo me dejé caer hacia adelante en medio a sus cremosos muslos. Su coño estaba enrojecido, hinchado y muy jugoso. Metí toda mi boca sobre su delicia y lamí sediento sus acuosos fluidos. Linda arqueo su espalda y chilló revolcándose sobre la cama. Su coño rebotaba contra mi boca, atrapé su clítoris entre mis labios y lo azoté con mi lengua. Ahora ella gritaba desesperada.
Me detuve una centésima de segundo para darle un beso a su amoroso coño, luego volví a sumergirme dentro de su femineidad y volví a atacar su clítoris. Ahora ella chillaba y golpeaba la cama con sus puños cerrados. Estaba a punto de correrse. Chupé su clítoris cuidadosamente, pero muy veloz; entonces ella se puso tiesa, pareció abrir y cerrar sus ojos aceleradamente, gritó y comenzó a apretar mi rostro con sus muslos que se abrían y se cerraban rápidamente. Su coño se contraía convulsionando y temblaba. La sujeté por las caderas y metí mi lengua dentro de su panocha y la dejé que ella se follara a sí misma. No la solté ni por un momento, sentí el aumento de humedad en su conchita y supe por el sabor de que ella había dejado escapar algunos chorritos de su empapada vagina y esto añadió carácter a su exquisita sapidez femenina.
Muy pronto ella se calmó y supe que todo había terminado. Una lástima, porque me lo estaba pasando muy bien. Con una fulmínea velocidad que me sobresaltó, ella se sentó en la cama y me empujó hacia atrás. Cuando caí sobre el edredón, ella se montó encima de mis piernas y luego se inclinó hacia adelante, para luego tomar mi polla entre sus finos labios, comenzando a balancearse sobre mi polla. Gemí y me acomodé sobre la cama, pero quería mirarla, solo que la sensación era tan intensa que volví a caer sobre la cama. Su manita se ahuecó sobre mis bolas. Me puse rígido, pero ella sabía muy bien que no debía apretarlos. Simplemente los acarició suavemente con su mano.
—¡Oh, sí, cariño! …
Gemí. Vi la parte superior de su cabeza moviéndose en forma vertical; su angelical rostro estaba concentrado a mamar mi polla. Trabajaba sapientemente para llevarme a un rápido orgasmo. Creo que lo necesitaba antes de follarla. No quería correrme demasiado pronto dentro de su coño. Los músculos de mi piernas comenzaron a tensarse. Intenté apretarlos para contener mi orgasmo un poco más, pero no sirvió de nada; la mera visión de su carita perfecta tragándose mi polla fue demasiado para mí.
—¡Oh, cariño! … ¡Me voy a correr! …
Le advertí porque no sabía si quería tragar mi semen o no. Mi sueño se hizo realidad cuando ella ignoró por completo mi aviso y siguió chupándome con mayor ahínco. Apreté mis músculos y traté de retirarme para contener mí clímax, pero con la velocidad de un rayo, mis bolas calientes explotaron. Chille y gruñí como un marrano cuando mis potentes chorros comenzaron a dispararse dentro de la boca de mi hija. Sus labios perfectos aprisionaron mi pene y comenzó a tragar animosamente siguiendo el ritmo de mis borbotones de esperma caliente. Su mano brilló mojada con semen y saliva, apretó la base de mi polla para estrujar y hacer salir hasta la última gota. Hacía algún tiempo que no tenía relaciones sexuales, así que había mucho semen acumulado en mi bolas. Ella lo disfruto lamiendo y chupando todo mi miembro y yo gocé como nunca con sus caricias. Con una sonrisa satisfecha ella ordeñó por última vez mi polla, chupó cuanto salía por mi glande, luego cuando me dejó seco, se azotó la mejilla con mi polla blandengue y sonriendo dijo.
—¡Oh! … Mamé a mi papi e hice que se corriera …
—No hables así, cariño …
—Pero, papi …
—No suena bien, querida …
—¡Hmmm! … Está bien …
—Quiero hacerte el amor, pero tengo que esperar a recuperarme un poco …
—¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte? …
Preguntó mirando mi polla y lamiéndose los labios.
—No … Sólo déjame descansar un poco …
Dije respirando afanosamente, pero luego se me ocurrió algo.
—¡Ehm! … Ahora que lo pienso, sí …
—¿Qué? … —Preguntó ella intrigada.
—Trae a Gluck y luego regresa aquí …
—¡Oh, sí! …
Dijo ella poniéndose de pie de un salto y corrió hacia la puerta.
—Cubre ese culo tuyo con alguna ropa antes de bajar las escaleras … La Señora Muñoz puede estar mirando desde su ventana … No quiero que ella vaya a llamar a la policía …
—¡Oh! … Esa vieja sapa y zorra …
Gruñó mi hija mientras se calaba el vestido por sobre su cabeza.
Gluck apareció antes que Linda regresara, todavía olía a perro mojado, pero estaba limpio cuando saltó sobre la cama. Su nariz inmediatamente encontró mi polla. Lamió mi verga por un momento, pero su lengua era demasiado áspera para mi sensible polla.
—Esa vieja de mierda estaba en la ventana …
Dijo Linda sin aliento y agregó.
—La odio …
Dijo despojándose de su vestido y saltó desnuda sobre la cama. Gluck sabía exactamente lo que debía hacer. Empujó su nariz en medio a sus muslos y comenzó a lamer antes de que ella se acomodara. Ella gimió y abrió ampliamente sus piernas con las rodillas plegadas hacia arriba. Gluck dio un paso adelante y comenzó a lamer su rosada delicadez. ¡Maldita sea! ¡A ese perro si que le gustaba el sabor del coño de mi hija! Su fuerte lengua separaba los labios de su coño de un rosado pálido. Su lengua emitía un sonido húmedo y de chapoteo que asociaría de ahora en adelante al coño de Linda. Su lengua presionaba con tal fuerza que hacía que su monte de venus perdiera su forma.
—¡Oh, carajo! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Aaaaaahhh! … ¡Uuuuuuhhh! …
Linda gimió moviendo la cabeza de un lado a otro.
—¿Cómo se siente eso? … —Pregunté.
—Está bien … Su lengua se siente genial ... —Respondió.
Puse mi cara sobre su vientre para no perderme nada, quería observar de cerca el todo. Me incliné y besé su piel mientras miraba. Me parecía que este era un día maravilloso para mí.
Gluck se estaba dando un banquete con la conchita de mi hija. Su animosidad me hacía pensar de que estaba acostumbrado a comer de ese manjar celestial. Ella al principio se rio, levantando sus caderas para ajustar su panocha al ángulo de las lamidas de Gluck, en segundos sus ojos se abrieron ampliamente cuando el perro empujó su nariz al interno de su vulva. ¡Valgame Dios!
—¡Oooohhhhh! … Me está lamiendo aquí arribita, papi …
Dijo Linda apuntando a su vientre y agregó gimiendo.
—¡Uuummmmmm! … ¡Sí que es grande su lengua! … ¿Verdad, papi? …
Luego se dejó caer hacia atrás jadeando enloquecida mientras empujaba su entrepierna contra el hocico de Gluck.
Gluck parecía estar disfrutándolo mucho, se movía de un lado a otro con su lengua que se movía fugazmente para lamerla por los lados de su labia enrojecida e hinchada y luego separaba sus labios y se metía dentro de ella empujando su lengua gorda y mojada muy dentro de ella, provocándole chillidos y haciendo que se revolcara sobre el edredón. No sé que tan larga era su lengua, pero según Linda, esta era increíblemente larga.
Ahora mi pene estaba duro como palo, duro y pulsante; pero ¿Cómo le iba a quitar a Gluck la conchita de mi hija? Al cabo de un rato pensé que no era necesario, podíamos hacer gozar a Linda los dos al mismo tiempo.
—¡Gírate! … ¡Ponte de costado! …
Le susurré con voz temblorosa y ansiosa, alejándola suavemente de mí. Linda se apresuró a obedecer, pero sin cerrar sus piernas para no interrumpir a Gluck. El perro rápidamente se acomodó al nuevo ángulo y yo me deslicé detrás de ella. Gluck le lamió el culo limpiando todos los jugos que habían escurrido desde su vagina. Ubiqué mi polla entre sus nalgas y por un momento consideré follar su estrecho culo, pero pensé que mi verga era demasiado grande para su agujerito ceñido.
Mi cabezota entró en contacto con los suaves y jugosos labios de su coño y casi me corro instantáneamente. ¡Que sensación más maravillosa! Su vulva era suave, mantecosa y caliente como el mismísimo infierno. ¡Uhhh! Follar el coño de mi hija iba a ser algo divino.
Empecé a ir lentamente, pero ella estaba ansiosa de sentirme y me quedé quieto cuando ella empujó e hizo que mí verga se deslizara dentro de ella empalándose en mi pene en forma profunda. Estando a cucharitas, mi cuerpo encajaba a la perfección detrás de ella. Su complexión pequeña se adaptaba divinamente a la mía. Por supuesto, Gluck no había cesado ni un segundo de lamer su panocha y en parte mi verga incrustada en su estrecho coñito. Claro está que con mi polla ocupando su agujero, ahora él estaba limitado casi exclusivamente a su clítoris. Me di cuenta de ello por los chillidos y movimientos que hacía ella. El perro la estaba torturando con su lengua.
Linda mantuvo sus piernas bien abiertas, pero apoyó la parte superior sobre mi muslo. Delicadamente comencé a bombear su estrecho orificio, pero al parecer ella lo quería duro porque comenzó a estrellarse con su trasero contra mi polla. Me quedé quieto mientras ella se follaba a sí misma con mi polla. Su coño jugoso se sentía muy apretado y caliente. Nunca me había sentido mejor en vida mía.
Realmente, mi hija estaba gozando a concho. Incluso puso su mano sobre mi cadera para empujar más fuerte mi polla dentro de su encharcado coño, meciéndose brutalmente contra mí. Pero a mi me llamaba más la atención de lo que estaba haciendo Gluck; la lengua de él se estiraba con largo lengüetazos que parecían chasquidos de latigazos sobre el clítoris de mi hija. Su lengua brillaba y mojaba todo su monte de venus y la convergencia de sus piernas. De tanto en tanto también lengüeteaba mi pene y eso se sentía maravilloso. Pensé que me gustaría mucho verlo follarla, pero por ahora yo primero.
—¡Ooohhh, ssííí, papi! … ¡Ssííí, fóllame así rico! …
Dijo ella entre gemidos, pasé mis manos por debajo y el costado de ella y me apoderé de sus tetas firmes y esponjosas e hice deslizar sus pezones entre mis callosos dedos. Fue demasiado para ella. Mi hija comenzó a correrse como una poseída. Gritaba y chillaba moviendo sus caderas en forma endiablada y frotando su culo contra mí. El sonido de choque de carne contra carne resonaba por toda la habitación. El aroma de su coño delicioso colmaba todo el aire. Fue algo maravilloso.
Cuando ella comenzó a revolcarse y a patalear en forma más violenta, Gluck se echó para atrás y de tanto en tanto se acercaba para volver a lamer sus labios mojados y enrojecidos. Linda mojó su hocico con varios chorros que salieron disparados de su conchita sin dejar de azotar su culo contra mí. Su rostro hermoso estaba deformado en lujuria y placer. La vi más hermosa que nunca.
—¡Oh, sí! … ¡Uhhh, aasííí! … ¡Que rico, papi! … ¡Uhhhhhh! … ¡Umpf! … ¡Ahhhhhh! … ¡Ahhhhhh! … ¡Ssííí! … ¡Ssííí! …
Gemía mi hija en forma decreciente. Un rato se detuvo y pareció desfallecer, pero yo no me detuve, seguí bombeando mi polla dentro de su caldero caliente en forma suave y continua, para permitir que se recuperara. Mientras su clítoris tiritaba y pulsaba, ella alejó a Gluck con uno de sus pies. Su lengua larga y caliente era demasiado para su sensibilísimo clítoris. Ella necesitaba calmarse un poco.
Se me erizaron todos los vellos de mi cuerpo sintiendo la aterciopelada suavidad del coño de mi hija, empujé suavemente a su interior y me retiré delicadamente, una y otra vez. Se me pasó por la cabeza que sería genial si alguien pudiera lamerme el culo en ese preciso momento.
Ella estuvo sosegada por un momento sintiéndome con apagados gemidos como yo me movía hacia adentro y hacia afuera de ella, pero rápidamente se recuperó y ella comenzó a contraatacar contra mi polla, entonces aumenté mi ritmo.
—¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! …
El sonido de las bofetadas de sus nalgas contra mi vientre se hizo sentir fuerte. Gluck emitió varios quejidos y ella abrió sus piernas para él, el oscuro rostro del perro se hundió entre sus muslos sudados. Linda adoptó la misma posición que tenía anteriormente y apoyó su pierna sobre mi muslo, dejándole amplio espacio a Gluck para que lamiera su jugosa panocha.
Me incliné y besé su hombro. De algún modo ella se giró en busca de mis labios, así que me plegué para besarla, fue un beso absolutamente delicioso. Algunos pregonan por ahí que la madurez es mejor que la juventud. ¡Váyanse todos a la mierda! La juventud se ve bien, sabe de delicia y huele a maravillas. Sentí un escalofrío que recorrió toda mi espina dorsal. ¿Podría hacerla acabar de nuevo antes de que yo me corriera? Supuse que probablemente no podría, pero Gluck podría hacerlo. Intensifiqué mis embestidas contra su panocha caliente como el cono de un volcán. Mi hija gruño y gimió sintiendo mi mástil airoso enterrándose en lo profundo de su intimidad, hasta tocar su matriz. ¡Dios Bendito! Todavía su conchita estaba apretada como antes y sus músculos aprisionaban mi verga hinchada. ¡Jesús todopoderoso! Mi hija era una excelente folladora.
—¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! …
—¡Oh, sí, papi! … ¡Damelo duro! …
—¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! …
—Eso se siente muy rico, papi … Creo que me voy a correr de nuevo …
—¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! …
Me detuve repentinamente, me puse tieso y gruñí temblando de pies a cabeza. Luego la aferré por sus esplendidos senos mientras mi polla descargaba densos chorros de esperma caliente en su caldeado y ajustado coño. Su culo se mecía caliente y jodidamente tierno contra mi vientre. Yo sabía que ella estaba cerca de su orgasmo. Rápidamente salí de su agujero mojado y me arrastré para mirar su coño. La empujé para que se pusiera en cuatro y llamé a Gluck, éste rápidamente saltó encima de su espalda y comenzó con tentativos de encontrar su agujero. Fueron necesarios cuatro tentativos antes de que la puntita aguzada encontrara el orificio empapado de mi hija.
—¡Ay! … ¡Ay! … ¡Ayayayyy! … ¡Ay! … ¡Aaahhhhhh! …
Chilló Linda jadeando y poniéndose rígida. Con la velocidad de un martillo neumático, Gluck inició un furioso movimiento de sus ancas posteriores enterrando profundamente su polla en el dulce capullo de Linda. Se movía tan rápido que me causó admiración. Si yo pudiera hacer lo mismo, tendría locas a muchas mujeres.
—¡Uhhhhh! … ¡Uhhhhh! … ¡Ahhhhh! … ¡Ahhhhh! … ¡Umpf! … ¡Ahhhhh! … ¡Uhhhhh! … ¡Ay! …
Linda gimió. Una vez más su rostro estaba deformado por la lujuria y la pasión. Hice de aparte sus cabellos para poder contemplar su cara mientras Gluck le follaba hasta los sesos. No había duda alguna de que ahora ella estaba gozando mucho.
—¡Oh, papi! … ¡Oh, papi! … ¡Me voy a correr! …
Balbuceó agitada. Besé su cara sudada y con mis manos acaricie sus tetas que se balanceaban a la misma velocidad de las embestidas furiosas de Gluck.
—¡Oh, papi! … Él se va a correr …
Me acerqué a observar su trasero y vi que Gluck seguía embistiéndola con fuerza. ¿Cómo diablos puedo saber cuando un perro se corre? No lo sabía. Nunca lo había visto.
—¡Oh, nooo! … ¡Oh, papá! … ¡Uhhhhhh! … ¡Umpf! … ¡Ahhhhhh! … ¡Ahhhhhh! …
Gritó con voz desesperada y agitada. Chilló diciendo muchas más cosas incomprensibles. La oí gemir y sollozar mientras Gluck no cesaba de estremecerlas con sus salvajes embestidas. Casi un minuto después él se detuvo. Observé que levantaba su cola ligeramente y vi su ano pulsar, ahora estaba bombeando su semen caliente en el delicioso coño de mi hija. Todavía la folló un par de veces mientras disparaba toda su carga dentro de ella. Cuando dejó de moverse, vi como estiraba el coño de Linda. Por algún motivo su polla estaba atascada dentro de ella; al momento no sabía el porqué. Traté de ayudarlo a tirar hacia atrás, pero mi hija gritó.
—¡Ay! ... ¡Ay! ... ¡No, papá! … ¡Déjalo! … ¡Él va a salir cuando se achique su polla! …
Me pareció algo extraño, pero me recordé que los perros quedan atados a su perra. Ahora mi hija era la perra de Gluck y él estaba atrapado dentro de su ajustado coño.
Me senté cerca de la cabeza de Linda y ella aferró mi pene con su mano, me tiró hacia ella y comenzó a lamer y chupar mi polla. Cerca de unos diez minutos más tarde, escuché un sonoro “Plop” y vi a Gluck bajándose de la espalda de Linda, inmediatamente se puso detrás de ella a lamer los fluidos que escurrían de su rojiza vagina. Después de un rato ella se dejó caer sobre la cama en posición fetal. Sintiendo su joven cuerpo vibrar caliente presionada a mí; algunas nubes oscuras empezaron a cubrir mi mente. Besé su nuca y ella se acurrucó un poco más a mí; luego se giró y me besó apasionadamente, enseguida lamió sus labios con su lengua, se enderezó y jugueteó con las orejas de Gluck. Mirándome dulcemente me dijo con voz contenta.
—¡Oh, Dios! … ¡Eso sí que fue divertido! … ¿Verdad, papi? …
—Tal vez para ti … Pero yo comienzo a sentirme culpable …
—¿Tú? … ¿Culpable de qué? … Sí fui yo a seducirte …
Dijo sonriendo y volviéndome a besar en la boca.
—Pero la ley no lo vería así …
—¡La ley! … ¡La ley no puede ver en nuestra cama, papi! …
Se levantó de golpe y añadió:
—Necesito una ducha … ¿Quién va a preparar la cena? …
Preguntó mientras se dirigía a la puerta.
—Tú …
Respondí encogiéndome de hombros.
—Está bien, pero vas a tener que esperar un rato …
Me sorprendió que accediera tan fácilmente, pero sonaba muy contenta. Me limpié la polla con unos shorts, luego los tiré al cesto de la ropa sucia. Me puse los pantalones y la camisa, luego agarré las tazas de café vacías y bajé hacia la cocina. Me asomé por la ventana y vi a la Señora Muñoz fisgoneando desde su ventana. El día me parecía hermoso y especial. Todo iba a estar bien.
*****
Me desperté en la cama con mi hija. La miré con incredulidad y me froté los ojos para asegurarme de no estar viendo visiones. Pero todo era muy real. ¡Qué idiota! ¡Había cruzado la línea! Bajé las escaleras y me fui a la cocina a prepararme un poco de café. Me sentí como un pedazo de mierda. Gluck saltaba alrededor mío esperando que bajara su cuenco con alimento. Él estaba muy feliz. A este perro no le importa nada ni nadie. Me hubiera gustado ser como él. Le dije.
—Haz algo útil, Gluck … Ve y muerde a la Señora Muñoz …
Escuché unos ligeros pasos descendiendo por las escaleras; era Linda entrando a saltitos en la cocina mientras yo abría mi termo para llenarlo con café caliente. Apenas asomó en cocina le dije.
—Linda, necesito hablar contigo …
En tanto que versaba el café caliente en mi termo de acero.
—¡Buenos días, papi! …
Se puso de puntillas y besó mi mejilla. Fue entonces cuando la vi y mi corazón se aceleró repentinamente. Podía ver todo su cuerpo a través del trasparente negligé negro que vestía; sus tetas parecían enormes y firmes.
—¡Ay! … ¡Maldita sea! …
Grité mientras echaba el café caliente sobre mi mano, con cierto enojo le dije.
—En primer lugar vístete … La Señora Muñoz puede ver todo desde su ventana … Cubre con algo tu culo desnudo …
—Pensé que te gustaba mi culo, papi …
—Sí, cariño … Me gusta y lo de anoche fue maravilloso … Pero eso nunca más volverá a suceder …
—¡Papá! …
—Nada … Me siento una mierda y tengo que salir a enfrentarme al mundo ahora con un cargo de conciencia … Simplemente no puedo volver a hacer eso otra vez …
—¿Uhm? … ¡Ok! …
—Y una cosa más …
—Dime, papi …
—No quiero a ningún chico estúpido en mi casa … Tengo la motosierra en el garaje por si acaso, ¿entiendes? …
—Está bien, papi …
—Sí quieres follar tienes a Gluck … Apenas pueda te comprare un juguetes de esos también …
Dije cerrando el termo del café.
—¿Puedo traer una chica, papi? …
—¿Una chica? … Sí, creo que sí … Puedes traerla … Pero que sea de unos cuarenta años, cabellos rubios, piernas largas y algo abundante por aquí …
Le dije moviendo mis manos significativamente a la altura de mis pectorales. Luego me puse mis botas para irme.
—Ni un problema, papi … ¡Ah, papi! …
—¿Sí, cariño? …
—Tengo que decirte algo …
—¡Oh, no, tesoro! … Ahora no … Estoy apurado, tengo que hablar con el estúpido de las parcelas de enfrente antes que se vaya … Creo que ese hijo de puta está talando alguno de mis arboles …
—Pero…
—Nada, amor … Hablaremos de ello más tarde …
Dije mientras abría la puerta. Me encontré a la Señora Muñoz en el patio envuelta en una pesada bata de baño blanca y pantuflas con orejas de conejo. Me miraba intrigada, la saludé y ella se volvió rápidamente hacia su casa.
—Buenos días, Señora Muñoz …
—Buenos días …
Me gritó como respuesta antes de cerrar su puerta.
*****
Estaba acertado en mis sospechas me estaban robando millones de pesos en rollizos talados de mis predios. Por suerte el muy bastardo reconoció su robo y llegamos a un acuerdo en común. Luego me fui a mi propiedad, llene de combustible mi motosierra y me sentí feliz cuando por fin me fui a talar mis propios rollizos.
Mi buen humor se prolongó hasta la noche cuando llegué finalmente a casa. Me enojé y me sorprendió un poco que mi perro no saliera a recibirme tal como lo hace todos los días. El muy bastardo se estaba volviendo perezoso. Observé la puerta para perros, pero él nunca pareció. Me sacudí un poco de aserrín de los pantalones y limpié el barro de mis botas. La Señora Muñoz estaba parada en la parte posterior de su casa, probablemente tratando de ver el interior de la mía. Me miró, pero no se movió.
—¿Te gustaría venir a cenar? …
Le pregunté, ella pareció sorprenderse y miró todo a su alrededor.
—¿Yo? …
—Sí, tú …
Dije dirigiéndome por el costado del garaje hacia mi casa.
—Traje un poco de carne y prepararé una parrillada, ¿te va? …
—¡Ehm! … Bueno … Sí …
Dijo llevando su mano a sus pechos para cerrar un botón de su bata y no dejarme ver el surco de sus grandes tetas, luego saludó tímidamente y dijo.
—Me pondré un vestido más adecuado y enseguida estaré allí …
—Entra por la puerta trasera, estará abierta …
Le grité antes de verla desaparecer dentro de su casa. Ciertamente no se vería nada de mal si se deshiciera de esas feas y gruesas gafas antiestéticas, más se parece al “nerd” de la serie “Todo queda en familia”. Por los demás no puedo opinar porque siempre la he visto vestida con esa gruesa bata blanca que le llega hasta los tobillos.
En realidad había sido un buen día. El sol todavía brillaba alto, la cortadora de césped automática estaba funcionando y yo estaba a punto de hacer ver que era un maestro de la barbacoa. Acababa de comprar unos kilos de lomo y tapapecho, además de una longanizas de campo. La Señora Muñoz regresó en un par de minutos, vestía un vestido amarillo muy ajustado que realzaba sus curvas femeninas a la perfección. Traía con ella una confección de media docena de cervezas frescas. Ella me estaba gustando cada vez más. El fuego ya se había encendido bien; acomodé un poco los tizones encendidos y acomodé otros trozos de carbón para cubrir toda la parrilla.
La Señora Muñoz me entregó una cerveza y yo le quité la tapa; pensé en tirarla al patio de ella como hacía siempre, pero como ella estaba ahí a mi lado, decidí meterla en mi bolsillo. Mientras hacía esto, me fijé un poco más en ella y descubrí algo sorprendente. La Señora Muñoz tenía unos bonitos y pesados pechos, pude ver el borde de encaje rosado de su sujetador. Bueno, eso fue una agradable sorpresa. Pero luego tuve otra más grande, mi polla comenzó a ponerse dura como una estaca. Ella se miró asimisma y se dio cuenta de mi situación, me sonrió y entramos en casa por la puerta trasera. Su sonrisa algo boba y esas gruesas gafas la hacían parecer una maestra de los años cuarenta, entonces mi pene comenzó a ponerse blando de nuevo.
—Linda debe estar cerca … —Dije sin pensar en nada.
—Tal vez esté dormida … —Dijo ella.
La televisión no estaba encendida, así que pensé en hacer tomar asiento a la Señora Muñoz en el sofá mientras preparaba los filetes. Cerré la puerta mosquitera y me giré, la Señora Muñoz estaba todavía detrás de mí y miraba paralizada hacia la sala de estar. La rodeé y entonces escuché una voz familiar.
—¡Ooohhh, ssííí! … ¡Ssííí, aasííí! … ¡Umpf! … ¡Aaahhhhhh! …
Era el inconfundible sonido caliente y cachondo de la voz de mi hija y el lengüeteo de Gluck. Creí que me iba a dar un infarto. Iba a matar a ese perro de mierda. Pasé por el lado de la Señora Muñoz y recibí una sorpresa mayor. Gluck no estaba lamiendo el coño de mi hija, estaba lamiendo el coño de otra niña.
—¡Dios, mío! …
Dijo la Señora Muñoz con la boca abierta. Sus ojos se volvieron interrogativamente hacia mí y no presagiaban nada de bueno, por lo menos eso fue lo que yo pensé al principio. Me sorprendió verlos brillar excitados y ganosos. ¿Estaba emocionada por tener la exclusiva de un buen chisme que recontar en la comunidad o estaba excitada por lo que estaba viendo? De repente sentí que me había apoyado en su nalga izquierda con mi polla semi dura. Otra vez mi polla comenzó a reaccionar. Esto se estaba poniendo caliente.
Nos miramos por largo rato en la oscuridad del pasillo, fascinados por lo que estaba sucediendo en la sala de estar. En cierto modo fue algo realmente hermoso. Mi hija estaba en completo éxtasis gimiendo mientras su amiga tenía afirmados sus muslos bien abiertos y lamía y chupaba su rosada panocha como si de ello dependiera su vida. La niña estaba arrodillada en medio a las piernas de Linda. Pude ver parte de su cuerpo y sus tetas apretadas por el bordillo de su remera. Gluck estaba detrás de ella lamiéndole el culo y la peluda ranura ligeramente abierta. ¡A este perro sí que le gustaba el coño de las chicas!
—¡Oh, ssííí! … ¡Bésame así rico, Vanessa! … —Escuché susurrar a mi hija.
¿Vanessa? Al parecer Vanessa estaba tan buena como mi hija. Tenía un increíble parecido a esa rubia actriz de la Película “Como si fuera la primera vez”. De repente deseé tener una visual mejor. Estabamos demasiado lejos y ellas estaban en un sector bastante oscuro. ¡Maldita sea! ¡Soy un amante de las tetas jóvenes! Por suerte había un lugar desde donde podíamos mirar sin que nos vieran fácilmente. Me deslicé furtivamente hacia las escaleras con la Señora Muñoz siguiéndome sigilosamente muy de cerca.
—¡Oh, Dios, ssííí! … —Chilló Linda.
Mis ojos se volvieron a la Señora Muñoz. Mi polla estaba dura como roca y palpitaba a solo centímetros de un coño un poco pasado de moda. Puse mi mano sobre el hombro de la Señora Muñoz que me miró sorprendida, pero prontamente puso su mano sobre la mía.
—¿Deberías estar viendo esto? …
Preguntó en un tono de voz serio y susurrado. Casi muero al enfrentarme a esas gruesas gafas de marco negro tan cerca de mí. Me dieron ganas de arrancárselas de la cara. Encogiéndome de hombros le contesté.
—No … ¿Quieres irte? …
Con una sonrisa tímida y cómplice me respondió.
—No …
—Ven … Vamos a escondernos en las escaleras …
Dije mientras me movía con extremo cuidado hacia allí. No nos habían notado; nada habría desviado su atención de lo que estaban haciendo. Bueno, no fue tan así. Me había olvidado de Gluck. Mientras nos acomodábamos sigilosamente, Gluck nos notó y comenzó a menear su fiel cola de perro. Luego cruzó la sala de estar saltando y corriendo hacia nosotros y se acercó directamente a la Señora Muñoz. Ella prontamente le acarició su brillante pelaje negro. Su cola se movía a una velocidad vertiginosa.
—Somos viejos amigos … —Explicó la Señora Muñoz.
—¡Oh, sí, ya veo! … —Dije sintiéndome un tanto agraviado y sorprendido.
Volví a mirar a las chicas. Ahora podía ver bien a Vanessa y sus magnificos pechos. Sus grandes tetas mostraban unos hermosos pezones y todavìa estaban apretados por el bordillo de su remera, se balanceaban bajo su pecho mientras lamía y chupaba a mi hija. Al improviso dijo.
—¡Gluck se ha ido! …
—Entonces hagamos un 69 … Ven y ponte sobre mí …
Dijo mi hija en forma entusiasta. Acomodaron los cojines del sillón y se dispusieron para ponerse una encima de la otra. Me prometí de follar el peludo coño de Vanessa a la primera oportunidad, era la chica más sexy que había visto en mucho tiempo. Miré hacia abajo y con horror vi la nariz de Gluck debajo del vestido de la Señora Muñoz. Pensé en darle una patada y sacarlo de la casa, pero la Señora Muñoz había abierto sus piernas y le rascaba entre las orejas mientras mi perro la olfateaba y la lamía. De repente mi polla se estiro un centímetro más.
—¡Quiero follarte! …
Disparé espontánea e improvisamente. Podría haber dicho algo más inteligente, pero mi polla casi me dolía de ganas de ser enterrada en un coño acogedor y caliente.
—Bueno … Está bien … —Respondió entusiasta.
—Puedo … ¡Ehm! … ¿Puedo follarte por el culo? … —Pregunté nerviosamente.
—¿Qué tan grande eres? …
Preguntó ella mientras extendía su mano para sentir mi pene sobre mis jeans.
—Yo … ¡Ehm! … ¡Uhm! … ¡Oh, Dios! …
Gemí sintiendo su mano que apretaba mi gruesa polla.
—¡Cristo Santísimo! … ¡Sácalo! … ¡Quiero verlo! … ¡Quiero verlo! …
Dijo la Señora Muñoz alborozada y caliente. Me recliné en las escaleras y me desabroché los jeans. Con su ayuda rápidamente los tuve a la altura de los tobillos y me los quité. De prisa ella tomo mi pene caliente y duro en su mano como si fuera una preciosa joya. Incluso hasta a mí me pareció más grande de lo habitual.
Ella giró un peldaño sobre las escaleras, subió su amplio vestido y se quitó las bragas. Gluck se volvió como loco, parecía como si fuera el dueño de ese coño. La Señora Muñoz miró mi polla y me sonrió cachonda. No pude evitarlo. Tenía que hacer desaparecer esas gruesas gafas. Me estaban haciendo sentir mal. Ella parpadeó un par de veces cuando se las quité. Me encontré mirando unos hermosos ojos marrones. No puedo decir que ella era como para un concurso de belleza, pero en ningún sentido podría decir que ella era poco agraciada.
El tiempo pareció detenerse; ella lamía sus labios con la boca entreabierta y se movía hacia mi polla. Contuve la respiración, esperando sentir el maravilloso momento de la penetración. Me estremecí al sentir la proximidad de su agujero trasero y casi me corrí. A mi esposa le gustaba correrse con mi polla en su trasero mientras yo jugaba con sus orejas y sus tetas. Pensé de hacerle las mismas cosas a la Señora Muñoz. Estaba cerca. Tensé mis músculos. El maldito perro no dejaba de lamer el coño de ella y había mojado hasta el prieto agujero de la Señora Muñoz. Incluso desde mi ángulo podía ver su larga lengua en medio a las nalgas de ella. De pronto se detuvo, me miró y movió su cola amistosamente. Sacudió su cabeza y resopló, luego volvió a comerse el coño de la Señora Muñoz. Ella lanzó un tenue gemido y estrelló su culo contra mi estómago. Me acomodé detrás de ella y estiré mis manos sobre sus deliciosos senos. Estaban cubiertos por un delgado sujetador que empujé hacia arriba. Mis manos amasaron tentativamente sus hermosas tetas. Eran de buen tamaño y bastante duritas. Hice deslizar sus pezones en medio a mis dedos y comencé a estirarlos y pellizcarlos suavemente. Ella se levantó y se arrodilló sin soltar mi polla, lo siguiente que supe es que mi polla aparecía y desaparecía en lo profundo de su boca. Pensé que se ahogaría cuando mi polla tocó el fondo de su garganta.
—¡Oooohhh! … ¡Uhmmm! … ¡Ssííí! … ¡Aaahhhh! …
Gritó mi hija de repente. Mire hacia el sofá. Linda estaba rebotando por todos lados, Vanessa la mantenía aferrada firmemente de sus muslos y continuaba pegada a su coño que rebotaba por doquier. ¡Dio, mío! ¡Qué visión tan hermosa de mí hija corriéndose! Creo que no hay nada más hermoso que ver a dos jóvenes mujeres haciéndose sexo oral. La piel fresca, sedosos cabellos y figuras dignas de una obra de arte. Dos chicas, una encima de la otra. Una corcoveando y la otra empecinada a no dejar ir su coño jugoso.
Luego la situación se invirtió. Linda ya se había corrido y ahora estaba aferrada a las redondas nalgas de Vanessa que se agitaba encima de ella, restregando su coño sobre la boca de mi hija. Linda parecía estar masticando el coño de Vanessa como si no hubiera un mañana. Su boca hacía los característicos sonidos de chupar y lamer, parecía temblar en medio a sus esbeltos muslos. Vanessa chilló mientras follaba su panocha con la lengua de Linda fervorosamente. Gruñía cada vez que sus labios hinchados golpeaban la barbilla de Linda. Entonces mi cuerpo comenzó a temblar en un estado de éxtasis lujurioso y me di cuenta de que me estaba corriendo. Hubiera querido correrme en su culo, pero era demasiado tarde. Un fuego líquido comenzó a brotar de mi bolas y de mi polla, comenzando a escurrir por la comisura de los labios chupadores de la Señora Muñoz. Los ojos de ella se abrieron ampliamente cuando comenzó a beber mi lechita, en segundos su boca estaba llena de esa crema tibia y espesa que emanaba en copiosos borbotones en su ávida boca.
Jadeé mientras ella ordeñaba mi polla mamando como un becerro neonato a su madre. Sin duda que ella era una habilidosa zorra. Me sonrió con una astuta y pícara mirada mientras restregaba mi glande en su mejilla ruborizada. En tanto Gluck todavía estaba comiendo su coño. Ella se giró y se sentó un peldaño más abajo en la escaleras entre mis piernas. Me incliné y le abrí bien las piernas para hacer que Gluck se deleitara lamiendo su peludo y jugoso coño, enseguida me puse a jugar con sus tetas y ella se apoyó en mí. Gimió mientras yo pellizcaba sus pezones y me miró sicalípticamente.
La Señora Muñoz estaba demasiado lejos para besarla, así que simplemente observé como Gluck hacía un magistral trabajo comiéndole su coño como un avezado lamedor de coños. Me pregunté donde habrá aprendido eso. La mayoría de los perros lamen solo un par de veces y luego quieren montar, pero Gluck era un adicto para chupar panochas. El familiar sonido de:
—¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
Era característico y erótico a la vez y eso me estaba haciendo poner duro nuevamente.
Escuche la alocada risa de Linda y miré a las chicas. Vanessa estaba usando un grueso consolador rojo en ella y mientras lo hacía le besaba el cuello. Tal como su madre, mi hija tenía cosquillas en todo ese lugar. Vanessa bajo a chupar los pechos de Linda. De repente ella frunció el ceño y se puso seria; sus ojos estaban cerrados y tomó la mano de Vanessa como para darle mayor velocidad al juguete que entraba y salía de su apretado coño. Las caderas de mi hija enloquecieron y por unos instantes ella levantó su trasero para moverse más rápido en contra del consolador que la penetraba sin descanso. Vanessa se inclinó y se besaron apasionadamente, entonces pude ver el temblor en las piernas de mi hija, ella se estaba corriendo otra vez.
—¡Ay! … ¡Mierda! …
La voz de la Señora Muñoz me trajo de regreso a la realidad.
—¿Eh? …
—Me estás haciendo daño … Si me aprietas así de fuerte, me duele …
—¡Oh! … Lo siento … Me dejé llevar …
—Ven … Siéntate aquí abajo …
Le pase una pierna sobre su cabeza y me deslicé un escalón más abajo. Quería mirar como Gluck le lamía su coño que ella mantenía abierto con sus dedos, pero ella no me dejó. Arrimó su rostro hacia mí para besarme, entonces con una mano tomé su mejilla y le devolví el beso. Tengo que admitirlo, la Señora Muñoz era una buena besadora. Fue un beso caliente y prolongado. Mi pene pareció aumentar de longitud. Rompí el beso y bajé un peldaño más en la escalera, inclinándome para chuparle los hermosos pechos, sus pezones grandes y oscuros lucían invitantes. A ella le gustó eso. Puso su mano en mi cabeza y empujó su teta en mi boca ofreciéndome su túrgido pezón. Por su respiración irregular y entrecortada supe que se aproximaba a su orgasmo. Intenté mirar por el rabillo del ojo como Gluck le comía el coño, pero no vi nada. Solté su esponjoso pecho y me senté a mirar, no quería perderme el espectáculo y a ella pareció no importarle tanto.
Ahora ella estaba muy cerca. Tenía los ojos cerrados y jadeaba visiblemente. Involuntariamente estaba moviendo su coño contra el hocico de Gluck. Me aveciné un poco y vi la oscura nariz de él metida en el coño de la Señora Muñoz, pensé que de ese modo ni siquiera podía respirar. Empecé a contar los segundos que él podía estar sin respirar, pero de repente cambió de posición para chupar más arriba, justo en el clítoris de ella. La Señora Muñoz se agitó y respiró en forma del todo irregular. Al improviso los muslos de ella se cerraron alrededor de la cabeza de Gluck, no pude ver nada, solo escuchar el rápido sonido de Gluck.
—¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
Mientras ella convulsionaba gimiendo afanosamente, la Señora Muñoz se estaba corriendo. Ella tomó la cabeza de Gluck con sus dos manos, a ratos lo alejaba y a ratos lo tiraba contra su coño. Gluck en tanto no hacía más que lamer, ella fuera de todo control gemía sobrepasada de lujuria y placer.
—¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
—¡Aahhhhhh! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Que rico! … ¡Uuhhhhhh! … ¡Aahhhhhh! …
¡Maldita sea! Esto fue muy lindo y erótico de ver. Luego de un rato ella se apoyó en mí para recuperarse de su tremendo orgasmo, no sé como ella no sufrió un infarto al miocardio allí mismo. Su rostro estaba enrojecido, casi violáceo. Jadeó aferrada a mi brazo con tanta fuerza, que cortó el flujo de sangre de mi extremidad. Su cuerpo tembló por casi un minuto mientras con un pie alejaba a mi pervertido perro chupador de conchas. La cara oscura de Gluck estaba aún más brillante. Estaba mojada con los jugos de la Señora Muñoz. Le lamió los muslos por un rato y luego con un gemido, se echó a chupar la roja y aguzada punta que asomaba de su peluda funda.
—Ojalá yo pudiera hacer lo mismo … —Susurré y luego agregué.
—De seguro que le gusta mucho el sabor del coño …
—Es como miel para él … Es un buen chico …
Dijo ella enderezándose y acomodándose a mi lado.
—¡Oh, sí! … Le encanta lo que hace … Es como su trabajo …
Le dije sonriendo con cierto humor e ironía.
—¿Estás duro otra vez? … —Preguntó ella excitada.
—¡Pues claro que sí! …
Le dije apartando mi camisa para mostrarle mi polla dura como palo que latía al ritmo de mi corazón. Las venas azulinas sobresalían en relieve llenas de sangre recorriendo toda mi longitud. Mi abultada cabezota parecía la de un misil nuclear.
—¡Dios Santo! … ¡Ya lo veo! …
Se arrodilló espontáneamente y me dijo.
—Te lo voy a mojar …
Sus cálidos labios envolvieron mi duro pene y me queje igual como Gluck. Sin duda él me escuchó porque levantó su cabeza sorprendido. Cuando lo hizo pudo ver el coño de la Señora Muñoz otra vez a su alcance. Se puso de pie de un salto y otra vez comenzó ese sonido.
—¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
Los labios delicados de la Señora Muñoz se sentían muy bien alrededor de mi polla. Pensaba en volver a correrme entre sus acogedores labios. Pero realmente no era lo que yo quería. A mi me encanta la estrechez y fricción de un sabroso culo y el de la Señora Muñoz estaba perfecto para ser follado. Solo me quedaba la duda de si su diminuto culito podría aceptar una polla como la mía. Toqué su hombro y le susurré.
—Ahora …
La Señora Muñoz se giró y se puso de pie mientras yo bajaba un escalón más. Cuando estuve bien firme sobre mis pies, ella se echó hacia atrás sobre mi polla pulsante. Sin duda la sensación de apriete de su angosto canal anal fue algo celestial y casi me hizo acabar. Mi polla estaba bien lubricada con la saliva de la Señora Muñoz y el culo de ella todavía estaba bien mojado por la lengua de Gluck. No necesité hacer nada, sólo quedarme quieto mientras ella se empalaba sin prisa y sin dudarlo. Volví a gemir como Gluck que continuaba a lamer la panocha jugosa de ella. Sostuve sus nalgas con mis dos manos, haciendo una leve presión para abrirlas y facilitar la penetración de mi dura y gorda polla. Cuando finalmente chocó con mi mons pubis, ella comenzó a balancearse sobre mis rodillas, abriendo ampliamente las piernas para el afortunado Gluck.
—¡Ayayayyy! … ¡Más suave! … ¡Eso duele! …
Era la voz de mi hija que se quejaba mientras Vanessa le hacía el culo con el enorme consolador. Ella todavía estaba encima de su amiga y le comía su conchita, mientras Vanessa turnaba su lengua a la penetración con el gran juguete rojo. Los grandes pechos de Vanessa llamaron mi atención, se movían como dos grandes cuencos de gelatina versados sobre su pecho. Me hice a la idea de que algún día iba a probarlos.
La Señora Muñoz tenía una estrecha cinturita y amplias caderas, cosa que le daba a su culo esa forma sexy de la pera, estaba bastante apretadita. De seguro su culo no había conocido muchas pollas. Todavía daba esa sensación virginal que mi pene apreciaba tanto. Ella gemía y se estrellaba contra mí rítmicamente, yo trataba de no moverme mucho pues sentía que no iba a aguantar mucho su culo ceñido. Al parecer ella también lo presintió y calmó un poco su fogosidad, moviendo en forma suave su panocha en el hocico de Gluck. Al abrir ampliamente sus piernas, ella expuso mi polla a la lengua voraz de Gluck y el maldito perro estimuló mi polla hasta llevarme al ápice del placer. Por suerte él se concentró únicamente en su coño y ella comenzó a temblar. No sabía si era por excitación o ya estaba en ruta a explotar en su orgasmo. ¿Cuánta de esa excitación la provocó mi polla en su culo? No tenía la menor idea, pero la lengua de Gluck se llevaba gran parte del mérito.
Solté mi agarré de su trasero y ella empujó ansiosamente su trasero todo lo que pudo hacia atrás. Eso se sintió genial. Nunca mi polla había estado enterrada tan profundamente en un culo. Ella se sentó y giró su trasero lentamente sobre mi polla, todavía podía escuchar los sonidos.
—¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
De Gluck que le lamía su panocha goteante. Todo parecía perfecto. Caliente y sexy, sin ser tan intenso como para hacerme correr.
De repente la Señora Muñoz cambió su actitud, cosa que me hizo preocupar. Comenzó a mecerse suavemente hacia atrás y hacia adelante sobre mi polla tiesa. Su culo estaba tan apretado que estaba estirando mi polla como si quisiera arrancármela de raíz. Sólo que lo hacía en modo totalmente consciente y en forma muy habilidosa. Parecía estar revolviendo su culo con mi paleta de carne. ¡Guau! Eso se sentía genial. Volví a aferrar su culo para asegurarme que no me hiciera correr tan rápido. Los segundos se convirtieron en deliciosos minutos, pero no me corrí. Esto iba a ser tremendo. Sus gemidos y chillidos aumentaron; la Señora Muñoz comenzó a balancearse más fuerte y rápido. Temí que me dañara la polla. Envolví su cuerpo con mis brazos y aprisioné sus grandes tetas con mis manos. Entonces ella se giró y me miró con sus ojos semi cerrados y su boca entreabierta, gemía felinamente mientras se volvía a correr en mis brazos.
—¡Uuhhhhhh! … ¡Oohhhhhh! … ¡Ah, qué rico! … ¡Aahhhhhh! … ¡Uuhhhhhh! …
En tanto la lengua de Gluck no descansaba.
—¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
Su cara estaba sudorosa. Sus cejas demasiado tupidas, pero nada de eso importaba. Todo parecía formidable, maravilloso, sublime. Acercó su rostro al mío y besó mi boca. Nos besamos con ardor y pasión. Le solté el culo y ella comenzó a rebotar sobre mi polla. Respiraba con dificultad y reprimía sus gritos. Entonces abrió sus ojos de golpe y en sorpresa. Mientras ella temblaba nuevamente, comencé a disparar una ráfaga caliente de chorros de semen en su recto. Bombeé su culo desesperadamente descargando mi lava caliente en su caldero candente. Ella aplastó mis labios con su boca y succionó mi lengua. Me sacudí y estremecí sintiendo las contracciones de su apretado trasero. Ella volvió a apretar estrechamente sus muslos y mi pobre perro tuvo que retirarse lamiendo su hocico y saboreando los fluidos dejados por la Señora Muñoz, luego se resignó y se echó a lamerse asimismo. Estabamos mojados y desordenados. Necesitábamos urgentemente una ducha.
—¿Quieres que tomemos una ducha? … —Pregunté.
—No … Iré a casa a cambiarme … Gluck me tiene llena de baba y desordenada … —Dijo ella.
—Es porque le gusta tu coño …
—No … Es la miel …
—Yo les llamaría, fluidos …
—No … De verdad es la miel …
—¿Sí? … —Le respondí un poco incrédulo. Enseguida le pregunté.
—Oye … ¿Por qué estás siempre vigilando nuestra casa? …
—¡Oh, lo siento! … No pensé que se darían cuenta … Es por Gluck … Casi siempre yo tomaba el sol en mi patio trasero en bikini … Me cubro con mi bata blanca y salgo a mirar si veo a Gluck … Un día mientras estaba a tomar el sol y él estaba ahí conmigo … Decidí ignorarlo … Me agaché para ajustar mi tumbona y su nariz se enfiló en mi trasero … Casi me viene un infarto, ¡Por Dios! … Llevaba puesto sólo mi bikini viola que es el más pequeño que tengo … Y desapercibidamente, este se había corrido un poco … En un primer momento estaba choqueada, pero debo admitir que le encontré gusto … Así que le dejé que me lamiera de propósito … Sólo que él lo hacía, pero se detenía continuamente y quería saltarme encima para follar … A mi me gusta más que me coman el coño … Entonces, compré unos frascos de miel para entrenarlo a comerme el coño … Se volvió loco y me volvió loca a mí … Pronto aprendió que si lamía lo suficiente, obtendría mucho de mis jugos naturales … Bueno, desde ese día que le enseñé a Gluck a comerme el coño, me puse adicta y lo único que quería era volver a casa después del trabajo y encontrar a Gluck para que me lamiera bien lamida … Así que siempre estaba en la ventana esperando de verlo … Cuando lo veía lo llamaba y lo hacía entrar en casa … Ahora ni siquiera es necesario usar la miel … Me sobraron varios frascos, ¿quieres algunos? …
—¡Oh, santo cielo! … Eso explica muchas cosas ahora, cariño …
Dije sonriendo y sacudiendo la cabeza.
—Correré a casa a lavarme y cambiarme … Volveré inmediatamente …
Dijo la Señora Muñoz mientras tomaba sus bragas y se arreglaba el vestido, luego tomó las feas gafas y se las puso. ¡Vaya! ¡Qué transformación! Se giró para irse, yo le hice una seña y le susurre al oído.
—Hazme un favor … Antes de salir di algo para advertir a las chicas de tu presencia …
Tomé mi ropa y me acerqué al inicio de las escaleras para escuchar.
—¿Qué demonios está pasando aquí? …
Gritó la Señora Muñoz a todo pulmón con su voz chillona. Me escabullí rápidamente hacia el piso superior para irme a la ducha, mientras escuchaba los gritos y sonidos de las chicas alarmadas por los gritos de la Señora Muñoz. Cuando entré a mi habitación, escuché la carrera de las chicas subiendo las escaleras hacia el dormitorio de Linda. Me reí del alboroto de las chicas y rápidamente me boté bajo la ducha; esperaba sólo que al bajar nuevamente, hubiera suficiente carbón para la barbacoa.
Fin
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El regalo más preciado de quien escribe es saber que alguien está leyendo sus historias. Un correo electrónico, a favor o en contra, ¡Tiene la magia de alegrar el día de quien construye con palabras, una sensación y un placer!
luisa_luisa4634@yahoo.com
Odiaba recibir llamadas en mi celular cuando estaba en el bosque negociando un acre de madera antes de que fuera comprado por la competencia. No soporto cuando alguien interrumpe mis negocios de ese modo. Especialmente si hablamos de la Señora Muñoz, cuando me llama para decirme que el bastardo de Lucio, el adolescente novio de mi hija, se había colado en casa durante mi ausencia. Había ya advertido a ese hijo de mala madre que lo iba a cortar en dos con mi moto sierra si lo veía rondando a mi hija. Al parecer no había recibido el mensaje; tal vez debería hacerle una pequeña demostración de escarmiento. O quizás no era del todo culpa suya, puede que mi hija lo estuviera incitando a hacerlo.
Me quedé respirando fatigosamente y miré a mí alrededor pensando lleno de ira. El día era hermoso. La luz de la tarde iluminaba el bosque como en un romántica fotografía de otros tiempos. Un ruiseñor trinaba potentemente su canto desde un peumo floreciente. Un brisa ligera movía las copas de los arboles casi acompasadamente al canto del pájaro. Había un delicioso aroma en el aire, alguien cocinaba una barbacoa en alguna parte. De repente escuché ladrar a un perro en alguna parte. Tal vez era el mío. El mío era, Gluck, una pequeña bola de pelo que ladraba antes de morder y probablemente ha salido a recibirme.
Me quité los guantes de trabajo y los tiré sobre un banco del garaje. Me agaché y desempolvé mis jeans, luego hice lo mismo con mi camisa a cuadrillé para sacudir el aserrín de mis mangas. Con el rabillo del ojo observé la casa de la Señora Muñoz. La vieja bruja me estaba mirando con sus cortinas ligeramente corridas. Quizás ella piensa que nadie la ve detrás de esos delgados visillos que ella tiene por cortinas.
Me quedé de pie y me llevé los dedos a mis narices y soplé violentamente hacia el lado desde donde ella me estaba mirando. Vi que inmediatamente cerro las cortinas y desapareció. Entré a la casa con una leve sonrisa sintiéndome un poco mejor.
Era difícil criar a una hija sola. A todos los esposos, les diré que es mejor que no pierdan a sus esposas. El hombre por naturaleza no está pronto para criar una familia solo, créanme, eso es tarea de mujeres. Te encontrarás en un agujero del cual no podrás escapar. Por mi trabajo paso todo el tiempo fuera de casa. Era uno de los mejores en mi trabajo, pero hacía demasiado. Mi hija está sola la mayor parte del tiempo. Amo a esa pequeña puta astuta, porque se parece demasiado a mí. Ella es capaz de follar a cualquier cosa que camine y luego pondrá una muesca en el poste de su cama. Pero los hijos se aman sean como sean.
—¡Linda! …
Grité cuando entré por la puerta principal. La televisión estaba encendida como siempre. Había un agradable olor a palomitas de maíz en el aire y otro olor desconocido no muy agradable. Seguí la fetidez hacia la cocina. La cafetera se había reducido a un espeso alquitrán y, lo que debería haber sido una exquisita taza de café, ahora era solo un humo pestilente. Apagué la maquinilla y la puse bajo el chorro de agua fría del grifo.
—¡Linda! …
Volví a llamar mientras me enjuagaba las manos y me daba una refrescada a la cara y brazos. Ella debe estar fuera, pensé. No me respondía. Bueno, entonces estaba solo. Podría relajarme y tomar una siesta antes de discutir quien iba a preparar la cena. Tal vez sería mejor si tomara una ducha, necesitaba quitarme el olor a sudor, gasolina y aserrín del aserradero. Dejé mis botas cubiertas de barro en el botinero del recibidor y subí las escaleras. Entonces fue que mis oídos comenzaron a captar sonidos conocidos que me pusieron en alarma.
—¡Uhhhhh! … ¡Ahhhhh! … ¡Umpf! … ¡Ahhhhh! … ¡Aaaahhhh! …
Normalmente nadie en casa hace esos ruidos. Pensé que iba a necesitar esa motosierra muy pronto. Era hora de cortar en dos a ese maldito Lucio. Me sorprendí cuando comprobé que la puerta no estaba bloqueada. Estos malditos tortolitos no esperaban a nadie. Giré el pomo y la abrí. Mi mandíbula inferior casi tocó el piso cuando vi lo que vi. Mi hija estaba con mi perro. Ella estaba sentada al borde de la cama con las piernas bien abiertas y nuestro perro la estaba lamiendo desde diferentes posiciones. No encuentro palabras para describir la cara de horror que puso ella cuando nuestras miradas se cruzaron, tampoco me creerías la palabras que salieron de su boca como explicación.
—La culpa es de él, papi … —Dijo dócilmente. Pensé que era un eufemismo.
—¡Oh, sí! … Ya lo veo … —Dije lo más calmadamente posible.
Pero mis ojos estaban tratando de asimilar el todo. Gluck nunca dejó de lamerla y ella estaba demasiado aterrorizada para detenerlo, simplemente se quedó allí sosteniendo sus rodillas desnudas bien abiertas para que Gluck no se perdiera ni una sola lamida. Gluck lamía animosamente su dulce y joven coño. ¿Cuándo le creció ese vello púbico? Probablemente al mismo tiempo que le crecieron sus tetas; hace como cuatro o cinco años. Inmediatamente me di cuenta de dos cosas. Mi hija era mayor y, sin excusa alguna, Gluck debía ser bañado porque apestaba. Antes de cerrar la puerta delicadamente, le dije.
—Cuando terminen … Procura de darle un baño …
Me fui a mi dormitorio y me dejé caer sobre mi cama. ¡Vaya, Dios! Que sorpresas que nos da la vida. Sabía que había llegado a un punto de inflexión con mi hija. Pero no tenía la menor idea sobre que hacer. ¡Demonios! Algo se me ocurrirá más tarde, pensé.
Entonces me di cuenta de que mi polla estaba dura como el granito. Estaba tan dura que comenzaba a molestarme. Los vellos de mis brazos y de mi nuca estaba electrizados. ¿Y ahora qué? ¿Masturbarme? ¿Correr donde la vieja bruja de enfrente y violarla? ¿Irme a la calle y buscar una profesional?
—Lo siento, papi …
Dijo Linda al entrar a mi cuarto. Asentí mirándola con su vestido azul y celeste, ahora mojado por el baño a Gluck.
—¿Echaste a Gluck al patio? …
—Sí, papi …
¡Dios, santo! Cómo había crecido esta muchachita. Se parecía tanto a su madre, que regresaron a mi mente tantos recuerdos. Miró mi ropa sucia y sus ojos se abrieron al observar mi entrepierna. Había pasado casi media hora y mi pene todavía palpitaba duro como palo. Ella se dio la vuelta con una enigmática sonrisa.
—¿Qué te parece tan gracioso? … —Pregunté fingiendo un cierto enojo.
—Toda esta situación me parece tan ridícula … Ni siquiera sé que decir … No reaccionaste como pensé que lo harías …
—Los indígenas usaban perros, ¿sabes? … Ellos pensaban que la saliva de los perros tenían propiedades curativas y la usaban para todo tipo de infecciones …
Dije tratando de dar algún sentido a nuestra conversación.
—¿Cómo cuáles? …
—No sé … Cómo enfermedades venéreas … Heridas de flecha o de bala …
Dije sin saber si estaba diciendo algo veraz y para terminar agregué sabiamente.
—En parte todos somos indios, ¿sabes? … También tú debes tener algo en tus genes, ¿no? …
—¡Ay, papi! … No te creo …
Dijo ella sonriendo y sin quitar su vista de mí hinchada entrepierna. ¡Dios, mío! Cómo quería tocarla. Como si leyera mi mente, ella se sentó a mi lado sobre la cama, su falda se deslizó hacia arriba. Por primera vez en mi vida me di cuenta de lo hermoso que era el color de su piel y lo largas y bien formadas que eran sus piernas.
La había visto tantas veces en traje de baño, en sujetador y bragas; también una noche que llegó borracha ella se desnudó completamente para irse a la cama y nunca tuvo el cuidado de cubrir sus partes privadas, la arropé como cuando era una nenita y me fui a dormir. Nunca miré a mi hija como una mujer. Pero ahora lo estaba haciendo.
Miríada de imágenes donde mi hija era la protagonista cruzaban fugazmente por mi cabeza. Mi hija era una mujer. Ella era una mujer increíblemente sexy y linda. Todavía mi mente estaba colmada con su imagen de piernas separadas y su coño bien abierto; ese pequeño mechón de vello púbico rubio. ¡Oh, cómo envidiaba a Gluck!
—¿Qué estás pensando, papi? … —Preguntó con su mejor voz de niña.
—Bueno … En que ya eres mayor … Eres una mujer adulta … Y me alegro de que ese idiota de Lucio no esté aquí, así no tengo que asesinarlo …
Hice una pausa para lamer mis labios y agregué.
—Y me hubiera gustado mucho haber podido cambiar de lugar con Gluck …
Esta última parte me sorprendió también a mí. ¿Realmente dije lo que dije?
—¿¿En serio?? …
Me dio una ligera sonrisa y volvió a mirar mi entrepierna. Se mojo los labios con su lengua y luego mordió su labio inferior, casi me muero. ¿Saben las mujeres lo increíblemente sexy que pueden ser sus labios? Estoy seguro de que así es. Por eso gastan mucho dinero todos los años para hacerlos cada vez más sexys.
—No tienes idea de cuanto …
Dije casi en un murmullo.
—Tengo que ducharme … Será mejor que salgas a menos que quieras ver a un anciano desnudo …
Agregué con un tono de voz más serio y normal. Comencé a desabrochar mi camisa.
—Iré a preparar un poco de café …
Dijo Linda saltando de la cama y saliendo de mi cuarto. Tengo que admitir que me sentí un poco decepcionado, pensé que ella iba a reaccionar de otro modo. Pero ¡Qué diablos me pasa! No creo que haya al mundo alguien que piense en follar a su propia hija, ¿no? ¿Qué pensaría la Señora Muñoz de esto? De seguro llamaría a la policía. Ella está siempre a fisgonear desde su ventana.
Me lave casi brutalmente bajo la ducha. Tuve ganas de masturbarme, pero no lo hacía desde mis años de adolescente y no iba a recomenzar ahora. Tal vez salga más tarde a tomar un par de cervezas y encuentre a alguna puta. Cualquier cosa que camine y tenga coño me sirve. No me importa ni la raza ni la edad, basta que respire.
Mi hija tenía un coño. Todavía podía disfrutar de su imagen en mi mente. Dulce y delicado, pequeñito y apretadito, jugosito y rosado, maravillosamente perfecto. Mientras lavaba mis axilas, me di cuenta de que me estaba volviendo loco. Me estaba frotando tan fuerte que mi piel se había enrojecido. Enfrié la ducha, grité y jadeé bajo el chorro de agua helada. Me puse con las manos a la pared mientras el agua fría torturaba mi cuerpo. Ella era mi hija, ¡Por Dios! Ella no era un pedazo de coño disponible. Ella era mi hija, ¡Maldita sea! ¡Mitad mía y mitad de mi esposa! Ella era… era…
—¿Papi? …
—¿Qué? … —Grité mientras cortaba el agua fría.
—Te traje café …
Una mano blanca y delgada apareció junto a la cortina de la ducha sosteniendo una taza de café.
—¡Oh! … Gracias, cariño … Déjalo sobre el mueble, por favor …
Dije secándome el agua de los ojos.
—Ok …
Cuando escuché que la puerta se cerraba, corrí la cortina toda de un lado. Allí estaba ella, sentada en el inodoro. Había cruzado sus piernas cuidadosamente. Se veían sus zapatos negros con calcetas de nylon blancas. Todavía llevaba el mismo vestido y sus senos plenos lucían preciosos con el ajustado atuendo. Ella era mi pequeñita que había crecido maravillosamente bien. ¡Maldita sea! Sus piernas eran adorables. Ella se acercó y me pasó el café. Lo tomé sin aliento y sorbí un sorbo rápidamente. Gemí cuando sentí sus delicadas manitas en mi polla. ¡Guau! Esto no estaba nada de bien. En cualquier momento Dios nos castigará y nos fulminará con un potente rayo. La casa iba a desaparecer de repente y la Señora Muñoz estaría contemplando a mi hija con mi polla en la mano. Ella iba a llamar a la policía. ¡Oh, mierda! ¿Qué es esa cosa cálida que envuelve mi pene? ¡Santo cielo! ¡Mi hija me está chupando la polla! ¡Su boca se sentía deliciosamente cálida! ¿Cuándo cruzamos esta línea? ¡No podía estar imaginando esos sonidos!
—¡Slurp! … ¡Guack! … ¡Guack! … ¡Guack! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
Comencé a tambalearme. Puse el café sobre el estanque del inodoro para no derramarlo en la espalda de mi hija. Sus labios continuaban a emitir el mismo sonido.
¡Guack! … ¡Guack! … ¡Guack! … ¡Slurp! … ¡Guack! … ¡Guack! …
No había duda alguna, sus labios emitían ese sonido alrededor de mi polla. Podía sentir las vibraciones en mis bolas, cuando ella tocó mi vello púbico con su nariz, miró hacia arriba y me regaló una estupenda sonrisa. Había pagado por ese lápiz labial rojo cereza. Se veía tan bien envolviendo mi polla. En ese mismo instante sentí cuanto amaba a mi pequeña; amarla más era imposible.
—Vamos al dormitorio, bebé … —Dije jadeando.
Sus labios hicieron un sonido seco de succión cuando se sacó mi pene de su boca. Gemí y tambaleé, casi pierdo el equilibrio. Linda salió de prisa del baño, la seguí con las piernas temblorosas. Mientras caminaba iba desabrochando su vestido. Cuando abrió la parte superior delantera, me acerqué a mirar sus preciosos senos con ávidos ojos, era como si la mirara por primera vez. Sus tetas eran muy lindas, firmes y grandes. Entrando a mi habitación se giró y dejó caer su vestido al suelo. ¡Dios, mío! ¡Era realmente hermosa! No me había fijado en su cuerpo desde la secundaria. Todo en ella era hermoso. Sus cabellos, su rostro, su cuello, sus pechos y su torso. Era como una obra de arte. Perfecta. ¿Cómo es que nunca me di cuenta de ello antes? No es de extrañar que esos malditos compañeros suyos la ronden sin cesar. Ahora entiendo porque mis amenazas no detenían a esos estúpidos. Nada lo haría.
—Tienes el culo más lindo que haya visto jamás …
Dije sin apartar mis ojos de sus lindas y redondas nalgas.
—Gracias, papi …
Dejándose caer de espalda sobre la cama, rebotó dos veces mientras yo me acercaba a ella.
“Tienes el culo más bonito que he visto jamás”, expresé mis pensamientos. Sus zapatos volaron por los aires.
—¿Sabías que cuando me masturbo eres mi fantasía favorita? …
Ella pregunto casi casualmente.
—No … No lo sabía …
Respondí genuinamente impresionado. Linda tomó mi polla en su mano y dijo.
—Lucio está equivocado …
—¿Sobre qué? …
—Dijo que solo porque un chico sea grande, no necesariamente su polla iba a ser grande … Tú eres la prueba fehaciente de ello … Tú polla es muy grande … Mucho más grande que la de él …
—¡Boberías! …
—Pero es verdad … La tuya es grande … ¿Quieres tocarme, papi? …
Casi me quedé sin aliento ante su oferta.
—¡Oh! … Claro que sí …
—Pues adelante … No soy virgen …
—No me digas eso …
Estabamos sentados al borde de la cama, uno al lado del otro como dos extraños. Miré sus magnificos pechos con sus diminutos y erectos pezones. Vacilante extendí mi mano y la posé sobre su firme y delicado pecho, empujándola hacia atrás, para hacerla recostar. Su piel era suave y cálida, me incliné y besé el pecho de mi hija. ¡Dios, mío! ¡Qué gloriosamente erótico me pareció eso! ¡Fue como tocar el paraíso con mis labios! Que maravillosamente bien olía su piel y que firmes y sólidas permanecían sus tetas.
Moví mi lengua sobre su deliciosa tez y me deslicé hacia su cuello; lo besé, me estiré y alcancé su lóbulo con mis dientes. Gemí haciéndole sentir mi resoplido en su oreja, podía sentir que ella se estiraba en la cama como una felina, la dejé que se acomodara y tomé su mejilla en mi mano, ella me miró y mientras me inclinaba a besar sus labios, Linda abrió su boca ligeramente e hicimos contacto piel con piel. Metí mi lengua en su boca y sentí la suya acariciando y saludando la mía. La sentí temblar y estrecharse a mi cuerpo. Su aliento se volvió en gemidos y sentí sus manos en mi nuca para besarme con fuerza férrea.
Nuestros labios estaban fundidos en un beso genuino de pasión desbocada. Respirábamos con cierta dificultad por la nariz. Nuestras lenguas seguían danzando y empujándose juguetonamente. Un fuego poderoso encendió todo mi cuerpo. Sus movimientos me alentaban a continuar. Linda era toda una mujer, pero también era mi hija. Abrí mis ojos y observé la pasión dibujada en su rostro. ¡Oh, cuánto la deseaba! Toqué mi nariz con su nariz y le susurré.
—Quiero sentir tu sabor …
Ella soltó mis hombros y comencé a arrastrarme de su cara a su decolté, rocé sus esplendidos pechos con mis labios y seguí descendiendo a su vientre y su monte de venus. Me deslicé más abajo sobre la cama y miré la regia convergencia de sus piernas. Allí escondido bajo esos incipientes vellitos púbicos estaba mi meta, dos gorditos labios sellados que disimulaban la entrada a su tesoro delicioso. Miré su coño perfecto con admiración, todo lucía exquisitamente en su lugar. Había visto coños feos, otros deformados, algunos exageradamente carnosos y con excesos de pliegues, otros que no tocaría ni siquiera con mi motosierra. Pero el coño de mi hija era algo divino y celestial, estaba hecho como por un artista, había arte en esa hendedura estrecha. Su labia estaba finamente redondeada con una hermosa línea formando el surco que los dividía. Había una diminuta curvatura en el extremo superior donde se alojaba su clítoris y eso me hechizó completamente.
Separé sus muslos delicadamente y me coloqué entre ellos con un afanoso suspiro. Los ojos de mi hija estaban fijos en mí mientras yo inspeccionaba su preciosa panocha. Le guiñé un ojo y deposité un sonoro beso en su femineidad. Luego mi lengua separó sus labios y comencé a horadar la húmeda tibieza de su hermoso coño, mi hija gimió y dejó caer su cabeza hacia atrás sobre la almohada, mientras sus muslos se entiesaban y temblaban. Noté que sus manos se crispaban al costado de su cuerpo y su espalda se arqueaba sicalípticamente. Me llamó la atención de que ella me había mirado con mucha atención, entonces me di cuenta de que al igual que yo, Linda estaba memorizando el momento electrizante que estábamos viviendo. ¿Realmente ella se masturbaba pensando en mí? O era el fascinante momento en que ella y yo estábamos viviendo.
—Que hermosa que eres, cariño …
—Gracias, papi …
Olfateé el vaho embriagante que emanaba el jugoso manjar de su coño. Escalofríos de placer recorrieron todo mi cuerpo. Restregué mi duro pene contra el edredón, a sabiendas de que no servía de nada. Quería friccionar mi cabezota en ese surco hechicero y empujar mi pene dentro de ese misterioso y secreto orificio.
Abrí mi boca y sellé su agujero con mis labios. Era todo lo que soñaba que era. La almizclada sapidez, el seductor aroma, la divina humedad, la celestial tibieza. Sus manos golpearon la cama como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Comencé a lamer su coño como si fuera Gluck. Linda respondió inmediatamente abriendo bien sus largas piernas y chilló, momentos después aprisionó mi rostro con sus muslos varias veces. Mis orejas se calentaron al roce de la cremosa entrepierna de mi hija y mi boca comenzó a llenarse de sus dulces jugos. Era un manjar de dioses y estaba atesorado en los mullidos y empapados pliegues de su panocha, pronto mi cara estaba empapada de esa delicia. ¡Dios Santo! ¡Sí que era hermosa!
—Lameme, papi … Asiii ricooo …
Chilló. Por un momento sus palabras me sorprendieron. Casi había olvidado que le estaba comiendo la panocha a mí hija. Confiando en mis habilidades con su madre, acerqué mi pulgar calloso de mi mano derecha y lo acerqué al diminuto orificio de su trasero. Restregué la delicada piel entre su ano y su vulva, a continuación penetré su apretado coño. Ella se puso rígida. Sus ojos se abrieron y su respiración se agitó. Había muchas formas de comer un coño y ahora yo le estaba enseñando una de ellas.
—¡Jesús santísimo! … —Exclamó jadeando.
—¡Hmmmmmm! …
Respondí saboreando su exquisito coño y continué disfrutando sus tiernos pliegues. Nunca me había sentido tan excitado en vida mía. Pensé que iba a sufrir un infarto de un momento a otro. Mí respiración era muy agitada.
—¡Oh, papi … No sabes cuántas veces he soñado esto …
Dijo en un susurro. La forma en que dijo “papi” me hizo ponerme aún más cachondo. No tuve ni siquiera que mover mi pulgar. Ella se desencadenó en un lujurioso y veloz movimiento de caderas, follándose a sí misma. Entonces me concentré sólo en mi lengua. Sabía que a todas las mujeres les encanta que le coman el coño y querían ser tocadas y lamidas por todas partes. Eso hice con la conchita de mi hija. Quería hacerla sentir especial y que éste fuera un momento memorable en su vida. Lamí y mordisqueé su hinchado labio izquierdo, luego el vértice de la parte superior; después pasé a comerme y lamer el derecho. Mi esposa me había enseñado muy bien como comerme una panocha. Estimulé su deliciosa almejita por todos lados y muy pronto la oí chillar como si se dirigiera a un violento orgasmo, pero yo no quería hacerla acabar tan pronto.
—¡Gírate! … —Le dije mientras sacaba mi pulgar de su coñito.
—¿Qué? … —Dijo ella vacilante.
—Confía en mí, tesoro … Ponte boca abajo …
Hizo un movimiento meteórico levantando sus piernas y girándose en un segundo. Ni siquiera tuve que moverme. ¡Demonios! Sí yo fuera así de flexible, creo que hasta podría chupar mi propia polla. Al instante tuve ante mí el culo más perfecto del planeta. Ella estiró sus largas piernas y me miró por encima del hombro. Pienso que temía que la follara por el culo. Pero yo no lo iba a hacer, al menos no esta vez. Era demasiado joven y hermoso su culo como para profanarlo. Pero me deleité a contemplarlo en toda su belleza. Podía ver los cortos vellitos de su chichi y el brillo que le daba su humedad. Sus nalgas estaban firmes y esponjosas a la vez como un croissant. Sus largas y esbeltas piernas eran de extrema belleza. Sus calcetones blancos le daban un aire de colegiala a punto de hacer su tarea.
Me incliné y besé su glúteo derecho, era sedoso y fresco. Lo besé suavemente, yendo encima y besándolo centímetro a centímetro. Sabía que no debía usar mi lengua porque ella sufría demasiado las cosquillas. De repente abrí mis ojos horrorizado, paso por mi mente que a este culo yo le había cambiado pañales desde que nació. ¡Dios Santo! ¿Qué carajo estoy haciendo?
—Papi … Bésame también el otro …
La oí decir y ahí estaba la respuesta a mi pregunta. Iba a hacer todo lo que ella me pidiera que le hiciera. Era hora de hacerla gozar.
Separé sus nalgas excelsas y lamí su surco misterioso. No me sorprendió su sabor y humedad, yo era un buen lamedor y la sentí estremecerse y gemir. De repente escondió su cara entre las almohadas y aferró la sabana con sus manitas crispadas. Seguí lamiéndola con fervor y pasión; a ratos me detenía para afondar mi lengua en sus agujeros, ella tenía su culito levantado. Sobajeé sus nalgas con mis manos. Miré su figura perfecta y acaricié su espalda y su espina dorsal. Mi lengua jugueteó sobre el diminuto orificio de su ano, dejándolo bañado en saliva. Ella empujó su trasero contra mi lengua y mi boca.
—Déjame darme vuelta, papi …
Dijo con voz suplicante, no tuve corazón para oponerme. Le hice el espacio suficiente y otra vez ella se giro tan rápido como una centella. Me miró con una tímida sonrisa y yo me dejé caer hacia adelante en medio a sus cremosos muslos. Su coño estaba enrojecido, hinchado y muy jugoso. Metí toda mi boca sobre su delicia y lamí sediento sus acuosos fluidos. Linda arqueo su espalda y chilló revolcándose sobre la cama. Su coño rebotaba contra mi boca, atrapé su clítoris entre mis labios y lo azoté con mi lengua. Ahora ella gritaba desesperada.
Me detuve una centésima de segundo para darle un beso a su amoroso coño, luego volví a sumergirme dentro de su femineidad y volví a atacar su clítoris. Ahora ella chillaba y golpeaba la cama con sus puños cerrados. Estaba a punto de correrse. Chupé su clítoris cuidadosamente, pero muy veloz; entonces ella se puso tiesa, pareció abrir y cerrar sus ojos aceleradamente, gritó y comenzó a apretar mi rostro con sus muslos que se abrían y se cerraban rápidamente. Su coño se contraía convulsionando y temblaba. La sujeté por las caderas y metí mi lengua dentro de su panocha y la dejé que ella se follara a sí misma. No la solté ni por un momento, sentí el aumento de humedad en su conchita y supe por el sabor de que ella había dejado escapar algunos chorritos de su empapada vagina y esto añadió carácter a su exquisita sapidez femenina.
Muy pronto ella se calmó y supe que todo había terminado. Una lástima, porque me lo estaba pasando muy bien. Con una fulmínea velocidad que me sobresaltó, ella se sentó en la cama y me empujó hacia atrás. Cuando caí sobre el edredón, ella se montó encima de mis piernas y luego se inclinó hacia adelante, para luego tomar mi polla entre sus finos labios, comenzando a balancearse sobre mi polla. Gemí y me acomodé sobre la cama, pero quería mirarla, solo que la sensación era tan intensa que volví a caer sobre la cama. Su manita se ahuecó sobre mis bolas. Me puse rígido, pero ella sabía muy bien que no debía apretarlos. Simplemente los acarició suavemente con su mano.
—¡Oh, sí, cariño! …
Gemí. Vi la parte superior de su cabeza moviéndose en forma vertical; su angelical rostro estaba concentrado a mamar mi polla. Trabajaba sapientemente para llevarme a un rápido orgasmo. Creo que lo necesitaba antes de follarla. No quería correrme demasiado pronto dentro de su coño. Los músculos de mi piernas comenzaron a tensarse. Intenté apretarlos para contener mi orgasmo un poco más, pero no sirvió de nada; la mera visión de su carita perfecta tragándose mi polla fue demasiado para mí.
—¡Oh, cariño! … ¡Me voy a correr! …
Le advertí porque no sabía si quería tragar mi semen o no. Mi sueño se hizo realidad cuando ella ignoró por completo mi aviso y siguió chupándome con mayor ahínco. Apreté mis músculos y traté de retirarme para contener mí clímax, pero con la velocidad de un rayo, mis bolas calientes explotaron. Chille y gruñí como un marrano cuando mis potentes chorros comenzaron a dispararse dentro de la boca de mi hija. Sus labios perfectos aprisionaron mi pene y comenzó a tragar animosamente siguiendo el ritmo de mis borbotones de esperma caliente. Su mano brilló mojada con semen y saliva, apretó la base de mi polla para estrujar y hacer salir hasta la última gota. Hacía algún tiempo que no tenía relaciones sexuales, así que había mucho semen acumulado en mi bolas. Ella lo disfruto lamiendo y chupando todo mi miembro y yo gocé como nunca con sus caricias. Con una sonrisa satisfecha ella ordeñó por última vez mi polla, chupó cuanto salía por mi glande, luego cuando me dejó seco, se azotó la mejilla con mi polla blandengue y sonriendo dijo.
—¡Oh! … Mamé a mi papi e hice que se corriera …
—No hables así, cariño …
—Pero, papi …
—No suena bien, querida …
—¡Hmmm! … Está bien …
—Quiero hacerte el amor, pero tengo que esperar a recuperarme un poco …
—¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte? …
Preguntó mirando mi polla y lamiéndose los labios.
—No … Sólo déjame descansar un poco …
Dije respirando afanosamente, pero luego se me ocurrió algo.
—¡Ehm! … Ahora que lo pienso, sí …
—¿Qué? … —Preguntó ella intrigada.
—Trae a Gluck y luego regresa aquí …
—¡Oh, sí! …
Dijo ella poniéndose de pie de un salto y corrió hacia la puerta.
—Cubre ese culo tuyo con alguna ropa antes de bajar las escaleras … La Señora Muñoz puede estar mirando desde su ventana … No quiero que ella vaya a llamar a la policía …
—¡Oh! … Esa vieja sapa y zorra …
Gruñó mi hija mientras se calaba el vestido por sobre su cabeza.
Gluck apareció antes que Linda regresara, todavía olía a perro mojado, pero estaba limpio cuando saltó sobre la cama. Su nariz inmediatamente encontró mi polla. Lamió mi verga por un momento, pero su lengua era demasiado áspera para mi sensible polla.
—Esa vieja de mierda estaba en la ventana …
Dijo Linda sin aliento y agregó.
—La odio …
Dijo despojándose de su vestido y saltó desnuda sobre la cama. Gluck sabía exactamente lo que debía hacer. Empujó su nariz en medio a sus muslos y comenzó a lamer antes de que ella se acomodara. Ella gimió y abrió ampliamente sus piernas con las rodillas plegadas hacia arriba. Gluck dio un paso adelante y comenzó a lamer su rosada delicadez. ¡Maldita sea! ¡A ese perro si que le gustaba el sabor del coño de mi hija! Su fuerte lengua separaba los labios de su coño de un rosado pálido. Su lengua emitía un sonido húmedo y de chapoteo que asociaría de ahora en adelante al coño de Linda. Su lengua presionaba con tal fuerza que hacía que su monte de venus perdiera su forma.
—¡Oh, carajo! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Aaaaaahhh! … ¡Uuuuuuhhh! …
Linda gimió moviendo la cabeza de un lado a otro.
—¿Cómo se siente eso? … —Pregunté.
—Está bien … Su lengua se siente genial ... —Respondió.
Puse mi cara sobre su vientre para no perderme nada, quería observar de cerca el todo. Me incliné y besé su piel mientras miraba. Me parecía que este era un día maravilloso para mí.
Gluck se estaba dando un banquete con la conchita de mi hija. Su animosidad me hacía pensar de que estaba acostumbrado a comer de ese manjar celestial. Ella al principio se rio, levantando sus caderas para ajustar su panocha al ángulo de las lamidas de Gluck, en segundos sus ojos se abrieron ampliamente cuando el perro empujó su nariz al interno de su vulva. ¡Valgame Dios!
—¡Oooohhhhh! … Me está lamiendo aquí arribita, papi …
Dijo Linda apuntando a su vientre y agregó gimiendo.
—¡Uuummmmmm! … ¡Sí que es grande su lengua! … ¿Verdad, papi? …
Luego se dejó caer hacia atrás jadeando enloquecida mientras empujaba su entrepierna contra el hocico de Gluck.
Gluck parecía estar disfrutándolo mucho, se movía de un lado a otro con su lengua que se movía fugazmente para lamerla por los lados de su labia enrojecida e hinchada y luego separaba sus labios y se metía dentro de ella empujando su lengua gorda y mojada muy dentro de ella, provocándole chillidos y haciendo que se revolcara sobre el edredón. No sé que tan larga era su lengua, pero según Linda, esta era increíblemente larga.
Ahora mi pene estaba duro como palo, duro y pulsante; pero ¿Cómo le iba a quitar a Gluck la conchita de mi hija? Al cabo de un rato pensé que no era necesario, podíamos hacer gozar a Linda los dos al mismo tiempo.
—¡Gírate! … ¡Ponte de costado! …
Le susurré con voz temblorosa y ansiosa, alejándola suavemente de mí. Linda se apresuró a obedecer, pero sin cerrar sus piernas para no interrumpir a Gluck. El perro rápidamente se acomodó al nuevo ángulo y yo me deslicé detrás de ella. Gluck le lamió el culo limpiando todos los jugos que habían escurrido desde su vagina. Ubiqué mi polla entre sus nalgas y por un momento consideré follar su estrecho culo, pero pensé que mi verga era demasiado grande para su agujerito ceñido.
Mi cabezota entró en contacto con los suaves y jugosos labios de su coño y casi me corro instantáneamente. ¡Que sensación más maravillosa! Su vulva era suave, mantecosa y caliente como el mismísimo infierno. ¡Uhhh! Follar el coño de mi hija iba a ser algo divino.
Empecé a ir lentamente, pero ella estaba ansiosa de sentirme y me quedé quieto cuando ella empujó e hizo que mí verga se deslizara dentro de ella empalándose en mi pene en forma profunda. Estando a cucharitas, mi cuerpo encajaba a la perfección detrás de ella. Su complexión pequeña se adaptaba divinamente a la mía. Por supuesto, Gluck no había cesado ni un segundo de lamer su panocha y en parte mi verga incrustada en su estrecho coñito. Claro está que con mi polla ocupando su agujero, ahora él estaba limitado casi exclusivamente a su clítoris. Me di cuenta de ello por los chillidos y movimientos que hacía ella. El perro la estaba torturando con su lengua.
Linda mantuvo sus piernas bien abiertas, pero apoyó la parte superior sobre mi muslo. Delicadamente comencé a bombear su estrecho orificio, pero al parecer ella lo quería duro porque comenzó a estrellarse con su trasero contra mi polla. Me quedé quieto mientras ella se follaba a sí misma con mi polla. Su coño jugoso se sentía muy apretado y caliente. Nunca me había sentido mejor en vida mía.
Realmente, mi hija estaba gozando a concho. Incluso puso su mano sobre mi cadera para empujar más fuerte mi polla dentro de su encharcado coño, meciéndose brutalmente contra mí. Pero a mi me llamaba más la atención de lo que estaba haciendo Gluck; la lengua de él se estiraba con largo lengüetazos que parecían chasquidos de latigazos sobre el clítoris de mi hija. Su lengua brillaba y mojaba todo su monte de venus y la convergencia de sus piernas. De tanto en tanto también lengüeteaba mi pene y eso se sentía maravilloso. Pensé que me gustaría mucho verlo follarla, pero por ahora yo primero.
—¡Ooohhh, ssííí, papi! … ¡Ssííí, fóllame así rico! …
Dijo ella entre gemidos, pasé mis manos por debajo y el costado de ella y me apoderé de sus tetas firmes y esponjosas e hice deslizar sus pezones entre mis callosos dedos. Fue demasiado para ella. Mi hija comenzó a correrse como una poseída. Gritaba y chillaba moviendo sus caderas en forma endiablada y frotando su culo contra mí. El sonido de choque de carne contra carne resonaba por toda la habitación. El aroma de su coño delicioso colmaba todo el aire. Fue algo maravilloso.
Cuando ella comenzó a revolcarse y a patalear en forma más violenta, Gluck se echó para atrás y de tanto en tanto se acercaba para volver a lamer sus labios mojados y enrojecidos. Linda mojó su hocico con varios chorros que salieron disparados de su conchita sin dejar de azotar su culo contra mí. Su rostro hermoso estaba deformado en lujuria y placer. La vi más hermosa que nunca.
—¡Oh, sí! … ¡Uhhh, aasííí! … ¡Que rico, papi! … ¡Uhhhhhh! … ¡Umpf! … ¡Ahhhhhh! … ¡Ahhhhhh! … ¡Ssííí! … ¡Ssííí! …
Gemía mi hija en forma decreciente. Un rato se detuvo y pareció desfallecer, pero yo no me detuve, seguí bombeando mi polla dentro de su caldero caliente en forma suave y continua, para permitir que se recuperara. Mientras su clítoris tiritaba y pulsaba, ella alejó a Gluck con uno de sus pies. Su lengua larga y caliente era demasiado para su sensibilísimo clítoris. Ella necesitaba calmarse un poco.
Se me erizaron todos los vellos de mi cuerpo sintiendo la aterciopelada suavidad del coño de mi hija, empujé suavemente a su interior y me retiré delicadamente, una y otra vez. Se me pasó por la cabeza que sería genial si alguien pudiera lamerme el culo en ese preciso momento.
Ella estuvo sosegada por un momento sintiéndome con apagados gemidos como yo me movía hacia adentro y hacia afuera de ella, pero rápidamente se recuperó y ella comenzó a contraatacar contra mi polla, entonces aumenté mi ritmo.
—¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! …
El sonido de las bofetadas de sus nalgas contra mi vientre se hizo sentir fuerte. Gluck emitió varios quejidos y ella abrió sus piernas para él, el oscuro rostro del perro se hundió entre sus muslos sudados. Linda adoptó la misma posición que tenía anteriormente y apoyó su pierna sobre mi muslo, dejándole amplio espacio a Gluck para que lamiera su jugosa panocha.
Me incliné y besé su hombro. De algún modo ella se giró en busca de mis labios, así que me plegué para besarla, fue un beso absolutamente delicioso. Algunos pregonan por ahí que la madurez es mejor que la juventud. ¡Váyanse todos a la mierda! La juventud se ve bien, sabe de delicia y huele a maravillas. Sentí un escalofrío que recorrió toda mi espina dorsal. ¿Podría hacerla acabar de nuevo antes de que yo me corriera? Supuse que probablemente no podría, pero Gluck podría hacerlo. Intensifiqué mis embestidas contra su panocha caliente como el cono de un volcán. Mi hija gruño y gimió sintiendo mi mástil airoso enterrándose en lo profundo de su intimidad, hasta tocar su matriz. ¡Dios Bendito! Todavía su conchita estaba apretada como antes y sus músculos aprisionaban mi verga hinchada. ¡Jesús todopoderoso! Mi hija era una excelente folladora.
—¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! …
—¡Oh, sí, papi! … ¡Damelo duro! …
—¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! …
—Eso se siente muy rico, papi … Creo que me voy a correr de nuevo …
—¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! … ¡Paf! …
Me detuve repentinamente, me puse tieso y gruñí temblando de pies a cabeza. Luego la aferré por sus esplendidos senos mientras mi polla descargaba densos chorros de esperma caliente en su caldeado y ajustado coño. Su culo se mecía caliente y jodidamente tierno contra mi vientre. Yo sabía que ella estaba cerca de su orgasmo. Rápidamente salí de su agujero mojado y me arrastré para mirar su coño. La empujé para que se pusiera en cuatro y llamé a Gluck, éste rápidamente saltó encima de su espalda y comenzó con tentativos de encontrar su agujero. Fueron necesarios cuatro tentativos antes de que la puntita aguzada encontrara el orificio empapado de mi hija.
—¡Ay! … ¡Ay! … ¡Ayayayyy! … ¡Ay! … ¡Aaahhhhhh! …
Chilló Linda jadeando y poniéndose rígida. Con la velocidad de un martillo neumático, Gluck inició un furioso movimiento de sus ancas posteriores enterrando profundamente su polla en el dulce capullo de Linda. Se movía tan rápido que me causó admiración. Si yo pudiera hacer lo mismo, tendría locas a muchas mujeres.
—¡Uhhhhh! … ¡Uhhhhh! … ¡Ahhhhh! … ¡Ahhhhh! … ¡Umpf! … ¡Ahhhhh! … ¡Uhhhhh! … ¡Ay! …
Linda gimió. Una vez más su rostro estaba deformado por la lujuria y la pasión. Hice de aparte sus cabellos para poder contemplar su cara mientras Gluck le follaba hasta los sesos. No había duda alguna de que ahora ella estaba gozando mucho.
—¡Oh, papi! … ¡Oh, papi! … ¡Me voy a correr! …
Balbuceó agitada. Besé su cara sudada y con mis manos acaricie sus tetas que se balanceaban a la misma velocidad de las embestidas furiosas de Gluck.
—¡Oh, papi! … Él se va a correr …
Me acerqué a observar su trasero y vi que Gluck seguía embistiéndola con fuerza. ¿Cómo diablos puedo saber cuando un perro se corre? No lo sabía. Nunca lo había visto.
—¡Oh, nooo! … ¡Oh, papá! … ¡Uhhhhhh! … ¡Umpf! … ¡Ahhhhhh! … ¡Ahhhhhh! …
Gritó con voz desesperada y agitada. Chilló diciendo muchas más cosas incomprensibles. La oí gemir y sollozar mientras Gluck no cesaba de estremecerlas con sus salvajes embestidas. Casi un minuto después él se detuvo. Observé que levantaba su cola ligeramente y vi su ano pulsar, ahora estaba bombeando su semen caliente en el delicioso coño de mi hija. Todavía la folló un par de veces mientras disparaba toda su carga dentro de ella. Cuando dejó de moverse, vi como estiraba el coño de Linda. Por algún motivo su polla estaba atascada dentro de ella; al momento no sabía el porqué. Traté de ayudarlo a tirar hacia atrás, pero mi hija gritó.
—¡Ay! ... ¡Ay! ... ¡No, papá! … ¡Déjalo! … ¡Él va a salir cuando se achique su polla! …
Me pareció algo extraño, pero me recordé que los perros quedan atados a su perra. Ahora mi hija era la perra de Gluck y él estaba atrapado dentro de su ajustado coño.
Me senté cerca de la cabeza de Linda y ella aferró mi pene con su mano, me tiró hacia ella y comenzó a lamer y chupar mi polla. Cerca de unos diez minutos más tarde, escuché un sonoro “Plop” y vi a Gluck bajándose de la espalda de Linda, inmediatamente se puso detrás de ella a lamer los fluidos que escurrían de su rojiza vagina. Después de un rato ella se dejó caer sobre la cama en posición fetal. Sintiendo su joven cuerpo vibrar caliente presionada a mí; algunas nubes oscuras empezaron a cubrir mi mente. Besé su nuca y ella se acurrucó un poco más a mí; luego se giró y me besó apasionadamente, enseguida lamió sus labios con su lengua, se enderezó y jugueteó con las orejas de Gluck. Mirándome dulcemente me dijo con voz contenta.
—¡Oh, Dios! … ¡Eso sí que fue divertido! … ¿Verdad, papi? …
—Tal vez para ti … Pero yo comienzo a sentirme culpable …
—¿Tú? … ¿Culpable de qué? … Sí fui yo a seducirte …
Dijo sonriendo y volviéndome a besar en la boca.
—Pero la ley no lo vería así …
—¡La ley! … ¡La ley no puede ver en nuestra cama, papi! …
Se levantó de golpe y añadió:
—Necesito una ducha … ¿Quién va a preparar la cena? …
Preguntó mientras se dirigía a la puerta.
—Tú …
Respondí encogiéndome de hombros.
—Está bien, pero vas a tener que esperar un rato …
Me sorprendió que accediera tan fácilmente, pero sonaba muy contenta. Me limpié la polla con unos shorts, luego los tiré al cesto de la ropa sucia. Me puse los pantalones y la camisa, luego agarré las tazas de café vacías y bajé hacia la cocina. Me asomé por la ventana y vi a la Señora Muñoz fisgoneando desde su ventana. El día me parecía hermoso y especial. Todo iba a estar bien.
*****
Me desperté en la cama con mi hija. La miré con incredulidad y me froté los ojos para asegurarme de no estar viendo visiones. Pero todo era muy real. ¡Qué idiota! ¡Había cruzado la línea! Bajé las escaleras y me fui a la cocina a prepararme un poco de café. Me sentí como un pedazo de mierda. Gluck saltaba alrededor mío esperando que bajara su cuenco con alimento. Él estaba muy feliz. A este perro no le importa nada ni nadie. Me hubiera gustado ser como él. Le dije.
—Haz algo útil, Gluck … Ve y muerde a la Señora Muñoz …
Escuché unos ligeros pasos descendiendo por las escaleras; era Linda entrando a saltitos en la cocina mientras yo abría mi termo para llenarlo con café caliente. Apenas asomó en cocina le dije.
—Linda, necesito hablar contigo …
En tanto que versaba el café caliente en mi termo de acero.
—¡Buenos días, papi! …
Se puso de puntillas y besó mi mejilla. Fue entonces cuando la vi y mi corazón se aceleró repentinamente. Podía ver todo su cuerpo a través del trasparente negligé negro que vestía; sus tetas parecían enormes y firmes.
—¡Ay! … ¡Maldita sea! …
Grité mientras echaba el café caliente sobre mi mano, con cierto enojo le dije.
—En primer lugar vístete … La Señora Muñoz puede ver todo desde su ventana … Cubre con algo tu culo desnudo …
—Pensé que te gustaba mi culo, papi …
—Sí, cariño … Me gusta y lo de anoche fue maravilloso … Pero eso nunca más volverá a suceder …
—¡Papá! …
—Nada … Me siento una mierda y tengo que salir a enfrentarme al mundo ahora con un cargo de conciencia … Simplemente no puedo volver a hacer eso otra vez …
—¿Uhm? … ¡Ok! …
—Y una cosa más …
—Dime, papi …
—No quiero a ningún chico estúpido en mi casa … Tengo la motosierra en el garaje por si acaso, ¿entiendes? …
—Está bien, papi …
—Sí quieres follar tienes a Gluck … Apenas pueda te comprare un juguetes de esos también …
Dije cerrando el termo del café.
—¿Puedo traer una chica, papi? …
—¿Una chica? … Sí, creo que sí … Puedes traerla … Pero que sea de unos cuarenta años, cabellos rubios, piernas largas y algo abundante por aquí …
Le dije moviendo mis manos significativamente a la altura de mis pectorales. Luego me puse mis botas para irme.
—Ni un problema, papi … ¡Ah, papi! …
—¿Sí, cariño? …
—Tengo que decirte algo …
—¡Oh, no, tesoro! … Ahora no … Estoy apurado, tengo que hablar con el estúpido de las parcelas de enfrente antes que se vaya … Creo que ese hijo de puta está talando alguno de mis arboles …
—Pero…
—Nada, amor … Hablaremos de ello más tarde …
Dije mientras abría la puerta. Me encontré a la Señora Muñoz en el patio envuelta en una pesada bata de baño blanca y pantuflas con orejas de conejo. Me miraba intrigada, la saludé y ella se volvió rápidamente hacia su casa.
—Buenos días, Señora Muñoz …
—Buenos días …
Me gritó como respuesta antes de cerrar su puerta.
*****
Estaba acertado en mis sospechas me estaban robando millones de pesos en rollizos talados de mis predios. Por suerte el muy bastardo reconoció su robo y llegamos a un acuerdo en común. Luego me fui a mi propiedad, llene de combustible mi motosierra y me sentí feliz cuando por fin me fui a talar mis propios rollizos.
Mi buen humor se prolongó hasta la noche cuando llegué finalmente a casa. Me enojé y me sorprendió un poco que mi perro no saliera a recibirme tal como lo hace todos los días. El muy bastardo se estaba volviendo perezoso. Observé la puerta para perros, pero él nunca pareció. Me sacudí un poco de aserrín de los pantalones y limpié el barro de mis botas. La Señora Muñoz estaba parada en la parte posterior de su casa, probablemente tratando de ver el interior de la mía. Me miró, pero no se movió.
—¿Te gustaría venir a cenar? …
Le pregunté, ella pareció sorprenderse y miró todo a su alrededor.
—¿Yo? …
—Sí, tú …
Dije dirigiéndome por el costado del garaje hacia mi casa.
—Traje un poco de carne y prepararé una parrillada, ¿te va? …
—¡Ehm! … Bueno … Sí …
Dijo llevando su mano a sus pechos para cerrar un botón de su bata y no dejarme ver el surco de sus grandes tetas, luego saludó tímidamente y dijo.
—Me pondré un vestido más adecuado y enseguida estaré allí …
—Entra por la puerta trasera, estará abierta …
Le grité antes de verla desaparecer dentro de su casa. Ciertamente no se vería nada de mal si se deshiciera de esas feas y gruesas gafas antiestéticas, más se parece al “nerd” de la serie “Todo queda en familia”. Por los demás no puedo opinar porque siempre la he visto vestida con esa gruesa bata blanca que le llega hasta los tobillos.
En realidad había sido un buen día. El sol todavía brillaba alto, la cortadora de césped automática estaba funcionando y yo estaba a punto de hacer ver que era un maestro de la barbacoa. Acababa de comprar unos kilos de lomo y tapapecho, además de una longanizas de campo. La Señora Muñoz regresó en un par de minutos, vestía un vestido amarillo muy ajustado que realzaba sus curvas femeninas a la perfección. Traía con ella una confección de media docena de cervezas frescas. Ella me estaba gustando cada vez más. El fuego ya se había encendido bien; acomodé un poco los tizones encendidos y acomodé otros trozos de carbón para cubrir toda la parrilla.
La Señora Muñoz me entregó una cerveza y yo le quité la tapa; pensé en tirarla al patio de ella como hacía siempre, pero como ella estaba ahí a mi lado, decidí meterla en mi bolsillo. Mientras hacía esto, me fijé un poco más en ella y descubrí algo sorprendente. La Señora Muñoz tenía unos bonitos y pesados pechos, pude ver el borde de encaje rosado de su sujetador. Bueno, eso fue una agradable sorpresa. Pero luego tuve otra más grande, mi polla comenzó a ponerse dura como una estaca. Ella se miró asimisma y se dio cuenta de mi situación, me sonrió y entramos en casa por la puerta trasera. Su sonrisa algo boba y esas gruesas gafas la hacían parecer una maestra de los años cuarenta, entonces mi pene comenzó a ponerse blando de nuevo.
—Linda debe estar cerca … —Dije sin pensar en nada.
—Tal vez esté dormida … —Dijo ella.
La televisión no estaba encendida, así que pensé en hacer tomar asiento a la Señora Muñoz en el sofá mientras preparaba los filetes. Cerré la puerta mosquitera y me giré, la Señora Muñoz estaba todavía detrás de mí y miraba paralizada hacia la sala de estar. La rodeé y entonces escuché una voz familiar.
—¡Ooohhh, ssííí! … ¡Ssííí, aasííí! … ¡Umpf! … ¡Aaahhhhhh! …
Era el inconfundible sonido caliente y cachondo de la voz de mi hija y el lengüeteo de Gluck. Creí que me iba a dar un infarto. Iba a matar a ese perro de mierda. Pasé por el lado de la Señora Muñoz y recibí una sorpresa mayor. Gluck no estaba lamiendo el coño de mi hija, estaba lamiendo el coño de otra niña.
—¡Dios, mío! …
Dijo la Señora Muñoz con la boca abierta. Sus ojos se volvieron interrogativamente hacia mí y no presagiaban nada de bueno, por lo menos eso fue lo que yo pensé al principio. Me sorprendió verlos brillar excitados y ganosos. ¿Estaba emocionada por tener la exclusiva de un buen chisme que recontar en la comunidad o estaba excitada por lo que estaba viendo? De repente sentí que me había apoyado en su nalga izquierda con mi polla semi dura. Otra vez mi polla comenzó a reaccionar. Esto se estaba poniendo caliente.
Nos miramos por largo rato en la oscuridad del pasillo, fascinados por lo que estaba sucediendo en la sala de estar. En cierto modo fue algo realmente hermoso. Mi hija estaba en completo éxtasis gimiendo mientras su amiga tenía afirmados sus muslos bien abiertos y lamía y chupaba su rosada panocha como si de ello dependiera su vida. La niña estaba arrodillada en medio a las piernas de Linda. Pude ver parte de su cuerpo y sus tetas apretadas por el bordillo de su remera. Gluck estaba detrás de ella lamiéndole el culo y la peluda ranura ligeramente abierta. ¡A este perro sí que le gustaba el coño de las chicas!
—¡Oh, ssííí! … ¡Bésame así rico, Vanessa! … —Escuché susurrar a mi hija.
¿Vanessa? Al parecer Vanessa estaba tan buena como mi hija. Tenía un increíble parecido a esa rubia actriz de la Película “Como si fuera la primera vez”. De repente deseé tener una visual mejor. Estabamos demasiado lejos y ellas estaban en un sector bastante oscuro. ¡Maldita sea! ¡Soy un amante de las tetas jóvenes! Por suerte había un lugar desde donde podíamos mirar sin que nos vieran fácilmente. Me deslicé furtivamente hacia las escaleras con la Señora Muñoz siguiéndome sigilosamente muy de cerca.
—¡Oh, Dios, ssííí! … —Chilló Linda.
Mis ojos se volvieron a la Señora Muñoz. Mi polla estaba dura como roca y palpitaba a solo centímetros de un coño un poco pasado de moda. Puse mi mano sobre el hombro de la Señora Muñoz que me miró sorprendida, pero prontamente puso su mano sobre la mía.
—¿Deberías estar viendo esto? …
Preguntó en un tono de voz serio y susurrado. Casi muero al enfrentarme a esas gruesas gafas de marco negro tan cerca de mí. Me dieron ganas de arrancárselas de la cara. Encogiéndome de hombros le contesté.
—No … ¿Quieres irte? …
Con una sonrisa tímida y cómplice me respondió.
—No …
—Ven … Vamos a escondernos en las escaleras …
Dije mientras me movía con extremo cuidado hacia allí. No nos habían notado; nada habría desviado su atención de lo que estaban haciendo. Bueno, no fue tan así. Me había olvidado de Gluck. Mientras nos acomodábamos sigilosamente, Gluck nos notó y comenzó a menear su fiel cola de perro. Luego cruzó la sala de estar saltando y corriendo hacia nosotros y se acercó directamente a la Señora Muñoz. Ella prontamente le acarició su brillante pelaje negro. Su cola se movía a una velocidad vertiginosa.
—Somos viejos amigos … —Explicó la Señora Muñoz.
—¡Oh, sí, ya veo! … —Dije sintiéndome un tanto agraviado y sorprendido.
Volví a mirar a las chicas. Ahora podía ver bien a Vanessa y sus magnificos pechos. Sus grandes tetas mostraban unos hermosos pezones y todavìa estaban apretados por el bordillo de su remera, se balanceaban bajo su pecho mientras lamía y chupaba a mi hija. Al improviso dijo.
—¡Gluck se ha ido! …
—Entonces hagamos un 69 … Ven y ponte sobre mí …
Dijo mi hija en forma entusiasta. Acomodaron los cojines del sillón y se dispusieron para ponerse una encima de la otra. Me prometí de follar el peludo coño de Vanessa a la primera oportunidad, era la chica más sexy que había visto en mucho tiempo. Miré hacia abajo y con horror vi la nariz de Gluck debajo del vestido de la Señora Muñoz. Pensé en darle una patada y sacarlo de la casa, pero la Señora Muñoz había abierto sus piernas y le rascaba entre las orejas mientras mi perro la olfateaba y la lamía. De repente mi polla se estiro un centímetro más.
—¡Quiero follarte! …
Disparé espontánea e improvisamente. Podría haber dicho algo más inteligente, pero mi polla casi me dolía de ganas de ser enterrada en un coño acogedor y caliente.
—Bueno … Está bien … —Respondió entusiasta.
—Puedo … ¡Ehm! … ¿Puedo follarte por el culo? … —Pregunté nerviosamente.
—¿Qué tan grande eres? …
Preguntó ella mientras extendía su mano para sentir mi pene sobre mis jeans.
—Yo … ¡Ehm! … ¡Uhm! … ¡Oh, Dios! …
Gemí sintiendo su mano que apretaba mi gruesa polla.
—¡Cristo Santísimo! … ¡Sácalo! … ¡Quiero verlo! … ¡Quiero verlo! …
Dijo la Señora Muñoz alborozada y caliente. Me recliné en las escaleras y me desabroché los jeans. Con su ayuda rápidamente los tuve a la altura de los tobillos y me los quité. De prisa ella tomo mi pene caliente y duro en su mano como si fuera una preciosa joya. Incluso hasta a mí me pareció más grande de lo habitual.
Ella giró un peldaño sobre las escaleras, subió su amplio vestido y se quitó las bragas. Gluck se volvió como loco, parecía como si fuera el dueño de ese coño. La Señora Muñoz miró mi polla y me sonrió cachonda. No pude evitarlo. Tenía que hacer desaparecer esas gruesas gafas. Me estaban haciendo sentir mal. Ella parpadeó un par de veces cuando se las quité. Me encontré mirando unos hermosos ojos marrones. No puedo decir que ella era como para un concurso de belleza, pero en ningún sentido podría decir que ella era poco agraciada.
El tiempo pareció detenerse; ella lamía sus labios con la boca entreabierta y se movía hacia mi polla. Contuve la respiración, esperando sentir el maravilloso momento de la penetración. Me estremecí al sentir la proximidad de su agujero trasero y casi me corrí. A mi esposa le gustaba correrse con mi polla en su trasero mientras yo jugaba con sus orejas y sus tetas. Pensé de hacerle las mismas cosas a la Señora Muñoz. Estaba cerca. Tensé mis músculos. El maldito perro no dejaba de lamer el coño de ella y había mojado hasta el prieto agujero de la Señora Muñoz. Incluso desde mi ángulo podía ver su larga lengua en medio a las nalgas de ella. De pronto se detuvo, me miró y movió su cola amistosamente. Sacudió su cabeza y resopló, luego volvió a comerse el coño de la Señora Muñoz. Ella lanzó un tenue gemido y estrelló su culo contra mi estómago. Me acomodé detrás de ella y estiré mis manos sobre sus deliciosos senos. Estaban cubiertos por un delgado sujetador que empujé hacia arriba. Mis manos amasaron tentativamente sus hermosas tetas. Eran de buen tamaño y bastante duritas. Hice deslizar sus pezones en medio a mis dedos y comencé a estirarlos y pellizcarlos suavemente. Ella se levantó y se arrodilló sin soltar mi polla, lo siguiente que supe es que mi polla aparecía y desaparecía en lo profundo de su boca. Pensé que se ahogaría cuando mi polla tocó el fondo de su garganta.
—¡Oooohhh! … ¡Uhmmm! … ¡Ssííí! … ¡Aaahhhh! …
Gritó mi hija de repente. Mire hacia el sofá. Linda estaba rebotando por todos lados, Vanessa la mantenía aferrada firmemente de sus muslos y continuaba pegada a su coño que rebotaba por doquier. ¡Dio, mío! ¡Qué visión tan hermosa de mí hija corriéndose! Creo que no hay nada más hermoso que ver a dos jóvenes mujeres haciéndose sexo oral. La piel fresca, sedosos cabellos y figuras dignas de una obra de arte. Dos chicas, una encima de la otra. Una corcoveando y la otra empecinada a no dejar ir su coño jugoso.
Luego la situación se invirtió. Linda ya se había corrido y ahora estaba aferrada a las redondas nalgas de Vanessa que se agitaba encima de ella, restregando su coño sobre la boca de mi hija. Linda parecía estar masticando el coño de Vanessa como si no hubiera un mañana. Su boca hacía los característicos sonidos de chupar y lamer, parecía temblar en medio a sus esbeltos muslos. Vanessa chilló mientras follaba su panocha con la lengua de Linda fervorosamente. Gruñía cada vez que sus labios hinchados golpeaban la barbilla de Linda. Entonces mi cuerpo comenzó a temblar en un estado de éxtasis lujurioso y me di cuenta de que me estaba corriendo. Hubiera querido correrme en su culo, pero era demasiado tarde. Un fuego líquido comenzó a brotar de mi bolas y de mi polla, comenzando a escurrir por la comisura de los labios chupadores de la Señora Muñoz. Los ojos de ella se abrieron ampliamente cuando comenzó a beber mi lechita, en segundos su boca estaba llena de esa crema tibia y espesa que emanaba en copiosos borbotones en su ávida boca.
Jadeé mientras ella ordeñaba mi polla mamando como un becerro neonato a su madre. Sin duda que ella era una habilidosa zorra. Me sonrió con una astuta y pícara mirada mientras restregaba mi glande en su mejilla ruborizada. En tanto Gluck todavía estaba comiendo su coño. Ella se giró y se sentó un peldaño más abajo en la escaleras entre mis piernas. Me incliné y le abrí bien las piernas para hacer que Gluck se deleitara lamiendo su peludo y jugoso coño, enseguida me puse a jugar con sus tetas y ella se apoyó en mí. Gimió mientras yo pellizcaba sus pezones y me miró sicalípticamente.
La Señora Muñoz estaba demasiado lejos para besarla, así que simplemente observé como Gluck hacía un magistral trabajo comiéndole su coño como un avezado lamedor de coños. Me pregunté donde habrá aprendido eso. La mayoría de los perros lamen solo un par de veces y luego quieren montar, pero Gluck era un adicto para chupar panochas. El familiar sonido de:
—¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
Era característico y erótico a la vez y eso me estaba haciendo poner duro nuevamente.
Escuche la alocada risa de Linda y miré a las chicas. Vanessa estaba usando un grueso consolador rojo en ella y mientras lo hacía le besaba el cuello. Tal como su madre, mi hija tenía cosquillas en todo ese lugar. Vanessa bajo a chupar los pechos de Linda. De repente ella frunció el ceño y se puso seria; sus ojos estaban cerrados y tomó la mano de Vanessa como para darle mayor velocidad al juguete que entraba y salía de su apretado coño. Las caderas de mi hija enloquecieron y por unos instantes ella levantó su trasero para moverse más rápido en contra del consolador que la penetraba sin descanso. Vanessa se inclinó y se besaron apasionadamente, entonces pude ver el temblor en las piernas de mi hija, ella se estaba corriendo otra vez.
—¡Ay! … ¡Mierda! …
La voz de la Señora Muñoz me trajo de regreso a la realidad.
—¿Eh? …
—Me estás haciendo daño … Si me aprietas así de fuerte, me duele …
—¡Oh! … Lo siento … Me dejé llevar …
—Ven … Siéntate aquí abajo …
Le pase una pierna sobre su cabeza y me deslicé un escalón más abajo. Quería mirar como Gluck le lamía su coño que ella mantenía abierto con sus dedos, pero ella no me dejó. Arrimó su rostro hacia mí para besarme, entonces con una mano tomé su mejilla y le devolví el beso. Tengo que admitirlo, la Señora Muñoz era una buena besadora. Fue un beso caliente y prolongado. Mi pene pareció aumentar de longitud. Rompí el beso y bajé un peldaño más en la escalera, inclinándome para chuparle los hermosos pechos, sus pezones grandes y oscuros lucían invitantes. A ella le gustó eso. Puso su mano en mi cabeza y empujó su teta en mi boca ofreciéndome su túrgido pezón. Por su respiración irregular y entrecortada supe que se aproximaba a su orgasmo. Intenté mirar por el rabillo del ojo como Gluck le comía el coño, pero no vi nada. Solté su esponjoso pecho y me senté a mirar, no quería perderme el espectáculo y a ella pareció no importarle tanto.
Ahora ella estaba muy cerca. Tenía los ojos cerrados y jadeaba visiblemente. Involuntariamente estaba moviendo su coño contra el hocico de Gluck. Me aveciné un poco y vi la oscura nariz de él metida en el coño de la Señora Muñoz, pensé que de ese modo ni siquiera podía respirar. Empecé a contar los segundos que él podía estar sin respirar, pero de repente cambió de posición para chupar más arriba, justo en el clítoris de ella. La Señora Muñoz se agitó y respiró en forma del todo irregular. Al improviso los muslos de ella se cerraron alrededor de la cabeza de Gluck, no pude ver nada, solo escuchar el rápido sonido de Gluck.
—¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
Mientras ella convulsionaba gimiendo afanosamente, la Señora Muñoz se estaba corriendo. Ella tomó la cabeza de Gluck con sus dos manos, a ratos lo alejaba y a ratos lo tiraba contra su coño. Gluck en tanto no hacía más que lamer, ella fuera de todo control gemía sobrepasada de lujuria y placer.
—¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
—¡Aahhhhhh! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Que rico! … ¡Uuhhhhhh! … ¡Aahhhhhh! …
¡Maldita sea! Esto fue muy lindo y erótico de ver. Luego de un rato ella se apoyó en mí para recuperarse de su tremendo orgasmo, no sé como ella no sufrió un infarto al miocardio allí mismo. Su rostro estaba enrojecido, casi violáceo. Jadeó aferrada a mi brazo con tanta fuerza, que cortó el flujo de sangre de mi extremidad. Su cuerpo tembló por casi un minuto mientras con un pie alejaba a mi pervertido perro chupador de conchas. La cara oscura de Gluck estaba aún más brillante. Estaba mojada con los jugos de la Señora Muñoz. Le lamió los muslos por un rato y luego con un gemido, se echó a chupar la roja y aguzada punta que asomaba de su peluda funda.
—Ojalá yo pudiera hacer lo mismo … —Susurré y luego agregué.
—De seguro que le gusta mucho el sabor del coño …
—Es como miel para él … Es un buen chico …
Dijo ella enderezándose y acomodándose a mi lado.
—¡Oh, sí! … Le encanta lo que hace … Es como su trabajo …
Le dije sonriendo con cierto humor e ironía.
—¿Estás duro otra vez? … —Preguntó ella excitada.
—¡Pues claro que sí! …
Le dije apartando mi camisa para mostrarle mi polla dura como palo que latía al ritmo de mi corazón. Las venas azulinas sobresalían en relieve llenas de sangre recorriendo toda mi longitud. Mi abultada cabezota parecía la de un misil nuclear.
—¡Dios Santo! … ¡Ya lo veo! …
Se arrodilló espontáneamente y me dijo.
—Te lo voy a mojar …
Sus cálidos labios envolvieron mi duro pene y me queje igual como Gluck. Sin duda él me escuchó porque levantó su cabeza sorprendido. Cuando lo hizo pudo ver el coño de la Señora Muñoz otra vez a su alcance. Se puso de pie de un salto y otra vez comenzó ese sonido.
—¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
Los labios delicados de la Señora Muñoz se sentían muy bien alrededor de mi polla. Pensaba en volver a correrme entre sus acogedores labios. Pero realmente no era lo que yo quería. A mi me encanta la estrechez y fricción de un sabroso culo y el de la Señora Muñoz estaba perfecto para ser follado. Solo me quedaba la duda de si su diminuto culito podría aceptar una polla como la mía. Toqué su hombro y le susurré.
—Ahora …
La Señora Muñoz se giró y se puso de pie mientras yo bajaba un escalón más. Cuando estuve bien firme sobre mis pies, ella se echó hacia atrás sobre mi polla pulsante. Sin duda la sensación de apriete de su angosto canal anal fue algo celestial y casi me hizo acabar. Mi polla estaba bien lubricada con la saliva de la Señora Muñoz y el culo de ella todavía estaba bien mojado por la lengua de Gluck. No necesité hacer nada, sólo quedarme quieto mientras ella se empalaba sin prisa y sin dudarlo. Volví a gemir como Gluck que continuaba a lamer la panocha jugosa de ella. Sostuve sus nalgas con mis dos manos, haciendo una leve presión para abrirlas y facilitar la penetración de mi dura y gorda polla. Cuando finalmente chocó con mi mons pubis, ella comenzó a balancearse sobre mis rodillas, abriendo ampliamente las piernas para el afortunado Gluck.
—¡Ayayayyy! … ¡Más suave! … ¡Eso duele! …
Era la voz de mi hija que se quejaba mientras Vanessa le hacía el culo con el enorme consolador. Ella todavía estaba encima de su amiga y le comía su conchita, mientras Vanessa turnaba su lengua a la penetración con el gran juguete rojo. Los grandes pechos de Vanessa llamaron mi atención, se movían como dos grandes cuencos de gelatina versados sobre su pecho. Me hice a la idea de que algún día iba a probarlos.
La Señora Muñoz tenía una estrecha cinturita y amplias caderas, cosa que le daba a su culo esa forma sexy de la pera, estaba bastante apretadita. De seguro su culo no había conocido muchas pollas. Todavía daba esa sensación virginal que mi pene apreciaba tanto. Ella gemía y se estrellaba contra mí rítmicamente, yo trataba de no moverme mucho pues sentía que no iba a aguantar mucho su culo ceñido. Al parecer ella también lo presintió y calmó un poco su fogosidad, moviendo en forma suave su panocha en el hocico de Gluck. Al abrir ampliamente sus piernas, ella expuso mi polla a la lengua voraz de Gluck y el maldito perro estimuló mi polla hasta llevarme al ápice del placer. Por suerte él se concentró únicamente en su coño y ella comenzó a temblar. No sabía si era por excitación o ya estaba en ruta a explotar en su orgasmo. ¿Cuánta de esa excitación la provocó mi polla en su culo? No tenía la menor idea, pero la lengua de Gluck se llevaba gran parte del mérito.
Solté mi agarré de su trasero y ella empujó ansiosamente su trasero todo lo que pudo hacia atrás. Eso se sintió genial. Nunca mi polla había estado enterrada tan profundamente en un culo. Ella se sentó y giró su trasero lentamente sobre mi polla, todavía podía escuchar los sonidos.
—¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
De Gluck que le lamía su panocha goteante. Todo parecía perfecto. Caliente y sexy, sin ser tan intenso como para hacerme correr.
De repente la Señora Muñoz cambió su actitud, cosa que me hizo preocupar. Comenzó a mecerse suavemente hacia atrás y hacia adelante sobre mi polla tiesa. Su culo estaba tan apretado que estaba estirando mi polla como si quisiera arrancármela de raíz. Sólo que lo hacía en modo totalmente consciente y en forma muy habilidosa. Parecía estar revolviendo su culo con mi paleta de carne. ¡Guau! Eso se sentía genial. Volví a aferrar su culo para asegurarme que no me hiciera correr tan rápido. Los segundos se convirtieron en deliciosos minutos, pero no me corrí. Esto iba a ser tremendo. Sus gemidos y chillidos aumentaron; la Señora Muñoz comenzó a balancearse más fuerte y rápido. Temí que me dañara la polla. Envolví su cuerpo con mis brazos y aprisioné sus grandes tetas con mis manos. Entonces ella se giró y me miró con sus ojos semi cerrados y su boca entreabierta, gemía felinamente mientras se volvía a correr en mis brazos.
—¡Uuhhhhhh! … ¡Oohhhhhh! … ¡Ah, qué rico! … ¡Aahhhhhh! … ¡Uuhhhhhh! …
En tanto la lengua de Gluck no descansaba.
—¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
Su cara estaba sudorosa. Sus cejas demasiado tupidas, pero nada de eso importaba. Todo parecía formidable, maravilloso, sublime. Acercó su rostro al mío y besó mi boca. Nos besamos con ardor y pasión. Le solté el culo y ella comenzó a rebotar sobre mi polla. Respiraba con dificultad y reprimía sus gritos. Entonces abrió sus ojos de golpe y en sorpresa. Mientras ella temblaba nuevamente, comencé a disparar una ráfaga caliente de chorros de semen en su recto. Bombeé su culo desesperadamente descargando mi lava caliente en su caldero candente. Ella aplastó mis labios con su boca y succionó mi lengua. Me sacudí y estremecí sintiendo las contracciones de su apretado trasero. Ella volvió a apretar estrechamente sus muslos y mi pobre perro tuvo que retirarse lamiendo su hocico y saboreando los fluidos dejados por la Señora Muñoz, luego se resignó y se echó a lamerse asimismo. Estabamos mojados y desordenados. Necesitábamos urgentemente una ducha.
—¿Quieres que tomemos una ducha? … —Pregunté.
—No … Iré a casa a cambiarme … Gluck me tiene llena de baba y desordenada … —Dijo ella.
—Es porque le gusta tu coño …
—No … Es la miel …
—Yo les llamaría, fluidos …
—No … De verdad es la miel …
—¿Sí? … —Le respondí un poco incrédulo. Enseguida le pregunté.
—Oye … ¿Por qué estás siempre vigilando nuestra casa? …
—¡Oh, lo siento! … No pensé que se darían cuenta … Es por Gluck … Casi siempre yo tomaba el sol en mi patio trasero en bikini … Me cubro con mi bata blanca y salgo a mirar si veo a Gluck … Un día mientras estaba a tomar el sol y él estaba ahí conmigo … Decidí ignorarlo … Me agaché para ajustar mi tumbona y su nariz se enfiló en mi trasero … Casi me viene un infarto, ¡Por Dios! … Llevaba puesto sólo mi bikini viola que es el más pequeño que tengo … Y desapercibidamente, este se había corrido un poco … En un primer momento estaba choqueada, pero debo admitir que le encontré gusto … Así que le dejé que me lamiera de propósito … Sólo que él lo hacía, pero se detenía continuamente y quería saltarme encima para follar … A mi me gusta más que me coman el coño … Entonces, compré unos frascos de miel para entrenarlo a comerme el coño … Se volvió loco y me volvió loca a mí … Pronto aprendió que si lamía lo suficiente, obtendría mucho de mis jugos naturales … Bueno, desde ese día que le enseñé a Gluck a comerme el coño, me puse adicta y lo único que quería era volver a casa después del trabajo y encontrar a Gluck para que me lamiera bien lamida … Así que siempre estaba en la ventana esperando de verlo … Cuando lo veía lo llamaba y lo hacía entrar en casa … Ahora ni siquiera es necesario usar la miel … Me sobraron varios frascos, ¿quieres algunos? …
—¡Oh, santo cielo! … Eso explica muchas cosas ahora, cariño …
Dije sonriendo y sacudiendo la cabeza.
—Correré a casa a lavarme y cambiarme … Volveré inmediatamente …
Dijo la Señora Muñoz mientras tomaba sus bragas y se arreglaba el vestido, luego tomó las feas gafas y se las puso. ¡Vaya! ¡Qué transformación! Se giró para irse, yo le hice una seña y le susurre al oído.
—Hazme un favor … Antes de salir di algo para advertir a las chicas de tu presencia …
Tomé mi ropa y me acerqué al inicio de las escaleras para escuchar.
—¿Qué demonios está pasando aquí? …
Gritó la Señora Muñoz a todo pulmón con su voz chillona. Me escabullí rápidamente hacia el piso superior para irme a la ducha, mientras escuchaba los gritos y sonidos de las chicas alarmadas por los gritos de la Señora Muñoz. Cuando entré a mi habitación, escuché la carrera de las chicas subiendo las escaleras hacia el dormitorio de Linda. Me reí del alboroto de las chicas y rápidamente me boté bajo la ducha; esperaba sólo que al bajar nuevamente, hubiera suficiente carbón para la barbacoa.
Fin
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Suave y brillante como una ciruela.
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