Gozando tal como mi hija.

por
género
confesiones

Soy una mujer de cuarenta y cinco años, me llamo Patrizia, divorciada hace nueve años. Tengo una hija, Pamela, de veinticinco años.


En cuanto me separé, intenté reconstruir mi vida, pero nada me resultó. Entonces decidí vivir una vida buena y tranquila, sola. Dedicando mi tiempo a mi hija y a mí misma, esperando que en cualquier momento llegue un nietecito de quien cuidar también.


Le enseñé a mi hija a ser honesta y leal con los demás y con sus seres queridos. Ella estudió varios años en Los Países Bajos, lo que se conoce ahora como Holanda. Por allá conoció a un rubio que se enamoró de ella y se casaron, Noah, y es dos años mayor que Pamela.


Pamela y Noah viven a una decena de kilómetros de mi casa, me visitan a menudo y yo hago lo mismo con ellos. Así fue como conocí a Zeus, un macho de Pastor Lobo Checoslovaco de tres años y medio. Inmediatamente congeniamos, excepto que él tenía la maldita mala costumbre de venir a meterse bajo mi falda o vestido, razón por la cual siempre que voy a casa de ellos me visto con jeans o shorts. Lo mismo hago cuando ellos lo traen a casa mía. Hasta ahí todo iba bien.


Hace unas tres semanas atrás, mi hija y su marido decidieron pasar unos días en la playa y el condominio donde rentaron un miniapartamento, no admitía mascotas; entonces me pidieron de cuidar de Zeus por algunos días, de hecho ellos volverían el domingo en la noche.

El sábado por la mañana me fui a la casa de mi hija para sacar a Zeus a un paseo. Apenas entré vi que había una nota sobre la mesa donde me pedía de poner en marcha la lavadora que estaba cargada y que tendiera la ropa. Pensé hacerlo después del paseo con Zeus.


Cuando volví, sequé a Zeus con una toalla porque se había mojado con el rocío de la mañana, luego pensé en lavar la toalla con la ropa que mi hija había dejado en la lavadora. Abrí la lavadora y miré lo que había adentro para ver si había suficiente espacio para una toalla más.


Saqué lo que había dentro, eran tres toallas bastante húmedas. Sí ellos son dos, ¿por qué habrán necesitado de tres toallas?, me pregunté. Además de húmedas, sentí un olor extraño, lo acerqué a mi nariz y me pareció un olor conocido, casi olvidado. Era semen. Incluso podía sentir en mis dedos la consistencia pegajosa del esperma masculino. La otra toalla me pareció que solo estaba mojada de sudor, pero la última estaba muy mojada y no supe discernir de que líquido se trataba.


Pensé en mi Pamela gozando en la verga de su marido y mi coño se humedeció. Ellos son matrimonio, es natural que tengan relaciones sexuales, pero ¿por qué tres toallas? De todos modos, no pensé mucho más en ello y agregué la toalla con la que había secado a Zeus y puse a funcionar la lavadora. Cuando terminó el lavado desocupé la lavadora, tendí la colada, le di de comer a Zeus y me fui a mi casa.


El día domingo repetí la rutina sin ningún contratiempo. Mi hija me llamó y me pidió que le lavara la ropa el día lunes, ya que ellos llegaron cansados y no había tenido el tiempo de hacerlo.


Volví a casa de Pamela el día lunes, llevé la correa de Zeus para sacarlo a pasear. Primero me fui a la habitación de la lavadora. Fue instintivo para mí desocuparla y revisar la ropa. No solo había el consueto numero de toallas, sino también ropa de cama mojada. El olor era el habitual, hasta las sabanas estaba todavía mojada con ese líquido no lograba discernir a que o quien pertenecía. Lo que me llamó la atención es que Zeus se acercó a olfatear el todo y pude ver la puntita rosada de su polla asomando de su gruesa funda peluda, en cosa de segundos esa polla se asomó de unos diez centímetros y bastante gruesa. No logré entender el todo de la situación, no pude relacionar unas cosas con otras y dejé de pensar en ello. Pero me quedó la sensación de que había algo que no estaba a mí alcance a entender.


Hice mí rutina y luego me fui a casa. A última hora de la tarde me llamó mí hija y me pidió de volver a ayudarla con el lavado de ropa. Así que aproveché de preguntarle por la ropa sucia y por qué había cambiado las sábanas. Sentí un poco de nerviosismo en su voz y me dijo que habían sudado mucho. No quise preguntar el porque de tanto sudor, no quería meterme con su vida de esposa, así que desistí de seguir preguntando. Decidí que tenía que investigar un poco más al respecto, sin que ellos lo notaran.


Al día siguiente me fui un poco más temprano a casa de Pamela. Revisé la lavadora y estaba vacía. Miré a mi alrededor, pero no había nada en particular. Me fui al dormitorio de ellos y lo único que noté fue una cámara digital apoyada en una mesita. Pensé que tal vez habían hecho alguna foto o filmado algo. Me entró la curiosidad, tal vez Noah filmó a Pamela mientras la follaba.


No quise seguir inspeccionando y tampoco me atraía mucho ver a mi hija desnuda recibiendo la atención de su marido, es lo normal en todo matrimonio joven. Tal vez él o ella son un poco más cachondos.


Llevé a Zeus a su paseo diario y luego volví a la casa de mi hija. Fui al dormitorio y tomé la cámara, la encendí. Apareció en la pantalla una carpeta con un archivo de video. Hice clic en él y las imágenes comenzaron a tomar vida ante mis ojos, que comenzaron a abrirse cada vez más y más. Estaba asombrada, no podía dejar de mirar. Ante mis ojos escurrían imágenes que nunca pensé fuese posible ver.


Pamela estaba en el lecho matrimonial, pero no con su marido. Ella estaba en cuatro patas y Zeus la montaba y la follaba como si no hubiera un mañana. Salían gritos y chillidos de lujurioso goce de la boca de mi hija. A ella le gustaba ser follada por la polla de Zeus. Seguí inspeccionando los otros archivos de video y prácticamente eran todos similares; los actores eran Zeus y mi hija dejándose follar en diferentes posiciones, incluso por el culo.


Casi en todos ellos Pamela le chupaba la enorme verga a Zeus. En algunos aparecía mi yerno ayudando a penetrar alguno de los agujeros de Pamela, o bien chupando su coño con la verga del perro enterrada en la panocha o en el culo de su esposa. Todo era consensuado, ella gozaba como una enajenada. Zeus aparecía con la mitad de su lengua fuera de su hocico y una cara de perro en el edén de los perritos, mientras Noah no hacía más que masturbar su polla una y otra vez.


Pensé en Zeus cuando olfateó las sabanas mojadas con su semen canino. Apagué la cámara dejándola tal cual la encontré. Salí de la casa conmocionada y excitada, tomé mi carro y me fui a casa.


No se me ocurrió pensar en nada. Mi hija disfrutaba como una puta follando con su perro mientras su marido la grababa en video. ¿Cómo una mujer puede gozar como una loca con una polla de perro?, me pregunté


Había tantos pensamientos encontrados en mi mente, no quería enfrentar mis temores, pero tenía que reconocer que desde que vi esas imágenes no había dejado de masturbar mi coño una y otra vez pensando a los gritos y chillidos de mi hija corriéndose en la polla de su perro. De seguro eso no era normal, pero no podía objetar de que era muy erótico ver a mi hija en ese grado de excitación mientras Zeus la montaba y le enterraba su polla hasta dejarla atorada firmemente dentro de su estrecha panocha.


Los días siguientes traté de hacer todo como siempre lo había hecho. Quería parecer lo más normal posible, solo en mi yo interior yo sabía que todo había cambiado. Cuando llevé a Zeus a paseo, me senté en una banca del parque y observe la funda peluda de Zeus bajo su panza parecía una cosa del todo inocua y pequeña, pero yo sabía que no era así, esa cosa podía alcanzar un tamaño descomunal y permanecer enterrado en un pequeño coño, como el de Pamela, sin poder salir. Hasta parecía poder arrastrarla empalada en su enorme polla.


¿Cómo era posible que mi hija follara esa polla con tal pasión? Y yo nunca me había dado cuenta de nada. Traté de autoconvencerme de que lo que había visto era solo una pesadilla y pronto me iba a pasar. Tal vez me estoy imaginando cosas, pensé. Luego de algunos días quise volver a ver esas imágenes para cerciorarme de que era la realidad.


Entré al dormitorio de ellos y la cámara ya no estaba en la mesita. Comencé a buscarla. No estaba en el armario, tampoco en ninguno de los otros muebles. Bajé un bolso que estaba arriba del armario y la encontré. Había videos nuevos.


Eché a andar el primero. Pamela estaba en la alfombra de la sala de estar, había una gruesa toalla donde ella estaba arrodillada totalmente desnuda chupando la polla de Zeus. El semen le escurría por la barbilla cuando el perro le chorreaba cortas descargas en su boca. Ella parecía en completo éxtasis. Apareció Noah, quien la hizo girar y metió a empujones la gran polla del perro en el apretado coño de su esposa. Pamela chilló cuando el tremendo nudo resbaló en el interior de su coño fruncido. El perro parece que tenía algo automático, porque apenas su polla entró en el caliente coño de mi hija, la aferró firme con sus zampas y comenzó a follarla como un poseído.


Ella tuvo un estrepitoso orgasmo y arqueó la espalda empujando su culo contra la gran polla de Zeus, al parecer el perro le estaba eyaculando en su coño caldeado. Pasaron unos diez minutos antes de que la gorda polla del perro saliera goteando a chorros desde el coño de ella. Pamela se giró a chupar la polla de Zeus, mientras el perro buscó el coño de ella para limpiar la esperma que brotaba como de una afluente del coño apretado de mi hija. Ahora entendí de donde salía toda la humedad de las sábanas y las toallas. Noah se arrodilló cerca de ella y mi hija se encontró con dos pollas en su boca, se tragó todo el semen que pudo de Zeus y luego chupó a su marido hasta que este también le lleno su boca de leche.


Volví a colocar todo en orden. Estaba desconcertada, pero mi coño parecía encendido en una hoguera incandescente. Había algo que me molestaba, pero sentía una enorme atracción a querer sentir lo que sentía mi niña. Pensé en volver a revisar las imágenes, pero en ese momento vi a Zeus echado en la cama que mi hija le tenía en el dormitorio.


No pude evitar de acercarme y mirarlo de cerca. Sentí miedo, vergüenza y excitación cuando me agaché y estiré mi mano hacia su funda peluda. Me armé de todo mi valor y toqué su vaina, comencé a acariciarla suavemente y empezó a aparecer un diminuto puntito rojo. No podía creer que de esa pequeña puntita pudiera crecer un pollón como el que había visto en las imágenes.


Insistí en mis movimientos y ese puntito comenzó a crecer y a emerger húmedo de su vaina. El perro se levantó y comenzó a olfatear en mi entrepierna, podía sentir el calor de su respiración en mis muslos apretados. Muy probable que él olfateaba mi excitación incipiente. Me sorprendí al hacer lo que estaba haciendo; me parecía perverso, pero no podía parar, algo más fuerte que yo misma me compelía a aferrar la funda peluda de Zeus y a moverla hacia atrás y hacia adelante, buscando el enorme pollón que había visto en las imágenes con Pamela.


Abrí un poco más los muslos para permitirle olfatear mi coño más de cerca. Cuando sentí su lengua mojada, rasposa y caliente en contacto con la piel de mis piernas, casi me desmayo, pero mi coño se convirtió en una laguna. La polla de Zeus todavía era pequeña, pero continuaba a salir de su funda pelosa. Me senté en el suelo y abrí mis piernas para él; Zeus no perdió tiempo y comenzó a lamer mis calzones que rápidamente comenzaron a mojarse. Decidí que era hora de hacerle probar mi panocha e hice a un lado el genero que cubría en parte mi coño.


Habían pasado años desde la ultima vez que alguien lamió mi panocha. No pude aguantar y me quité mi ropa interior. Muy pronto Zeus empujó mis hinchados labios y encontró la fuente desde donde escurrían mis abundante fluidos. Él comenzó a deleitarse dándome largos y profundos lengüetazos que me hacía tiritar con escalofríos que nunca antes había sentido. Su lengua era tan larga que podía lamer mi ano, mi coño y mí clítoris de una sola barrida.



Su instinto le dijo que tenía que ensanchar mi coño, así que comenzó a meter su lengua en el interior de mi conchita. Luego trató de follar mi coño, trataba de subirse encima de mí, pero yo todavía estaba sentada. Estaba tan cachonda que ya no entendía nada, solo pensé que debía ayudarle. Me giré y me puse en cuatro. Zeus comenzó a buscar desesperadamente mi coño, su bolas golpeaban mis piernas y a veces mis nalgas. Solo sentir sus bolas estrellándose con mis regordetes labios vaginales, me producían unos mini orgasmos deliciosos. El problema es que él no lograba centrar mi agujero, sus polla se enredaba en mi peluda vulva y saltaba de un lado al otro sin poder embocar la punta en mi coño. ¿Por qué con Pamela parecía tan fácil?


Cogí la cámara y volví a observar cuando Zeus la montaba, parecía fácil, un par de empujones y la penetraba haciéndola gritar de lujuria, ¿por qué a mí no? Entonces me fijé que el coño de mi hija estaba totalmente depilado, en cambio yo tenía un enredo de vellos púbicos enredados cubriendo mi vulva mojada. Inmediatamente corrí al baño, cogí una maquinilla y afeité todos los vellos que cubrían mi panocha ardiente y volví al dormitorio de Pamela.


Antes de arrodillarme en cuatro, cogí una toalla del armario de Pamela y la extendí bajo de mí. Zeus no perdió tiempo en montarme, la mitad de su polla estaba todavía fuera de su funda. Me aferró con sus zampas alrededor de la cintura y uno, dos, tres, cuatro golpes y la punta caliente de su polla me penetró, grité casi tan fuerte como mi hija. Su pene inundó mi estrecho coño y comenzó a adentrarse con cada potente embestida. Yo comencé a disfrutar, gemía y chillaba como una colegiala al sentir la enorme polla que se inflaba y estiraba mi coño a descomunales dimensiones.


Zeus me folló por una decena de minutos, no sabría decir cuántos. Después de sentir como su pene permanecía encerrado en mi apretado coño, sentí sus pulsaciones, pero él ya no me follaba. De repente su caliente semen comenzó a llenar todos los recovecos de mi conchita. Creí morir en un orgasmo infinito, a cada movimiento que él hacía me provocaba convulsiones espasmódicas y chillidos de lujurioso placer. Me estaba volviendo loca de goce.


Me tuvo amarrada a su grueso pene por unos quince o veinte minutos. Se bajó de mi espalda cuando su pene salió expulsado de mi coño. Permanecí temblorosa por un minuto o algo así. Zeus había vuelto a su camita y chupaba su polla. Esperé que mi coño dejara de expulsar semen canino y me acerqué gateando a Zeus. Miré la enorme polla que había estado haciendo gozar mi panocha, me incliné y comencé a besarla, me atreví y me la eché a la boca comenzando a chuparla ávidamente.


Lo masturbe y lo chupe hasta que sentí los chorritos bañando mi lengua y mis papilas gustativas. Este era el olor extraño que yo no había sabido distinguir, ahora estaba en mi boca la sapidez salada de Zeus y me encantó. Ahora yo era un poco perra al igual que mi hija.


Desde entonces, cada vez que puedo dejo que Zeus me folle. Llevo mis propias toallas en una mochila. Encuentro las toallas que usa mi hija tres o cuatro veces por semana, ahora sé por qué están mojadas. Veo sus videos y disfruto del perro de mi hija todas las veces que me apetece. Sí, realmente creo que me he convertido un poco en la perra de Zeus.


El fin


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luisa_luisa4634@yahoo.com

escrito el
2026-02-10
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