Una buena vecindad. - Parte primera.
por
Juan Alberto
género
confesiones
Hola, me llamo Luisa y siempre he intentado llevarme bien con todos. Junto a mi marido, Luciano, vivimos en una calle normal de una ciudad del norte. Nuestros vecinos de al lado, Mauro y Carolina, nos pidieron de cuidar sus perros, ya que ellos habían ganado un viaje en crucero por el Caribe y no querían perder la oportunidad de conocer otros países. Tenían un par de Rottweillers, un macho y una hembra. La hembra acababa de dar a luz a ocho hermosos cachorros; por mi parte había dejado de tomar la pastilla para tratar de quedar embarazada. Les dijimos que no se preocuparan y nosotros nos encargaríamos de cuidarlos y alimentarlos. Los perros me conocían muy bien y aunque el macho era un enorme ejemplar, no le tenía miedo ya que era muy amigable.
Luciano y yo estábamos intentando tener nuestro primer hijo, pero no teníamos ninguna mascota. Mis senos siempre habían sido grandes, pero de un tiempo a esta parte, parecían haber crecido el doble, los tenía siempre hinchados y calientes con frecuentes gotas de leche que manchaban mi sujetador. Se lo comenté al doctor en mi visita regular, él me dijo que era una cosa un poco rara, pero que seguramente era transitoria y pronto se normalizaría del todo.
Habíamos tenido un largo y pesado día, era hora de dormir. Mi marido ya estaba dormido cuando me fui a la cama, me desnudé mirándolo a él, pero no dio ningún seño de estar consciente. Me sentí un tanto decepcionada porque mi coño estaba hormigueando desde temprano y me había hecho a la idea de disfrutar de mis prerrogativas de esposa y pedirle a mi esposo que cumpliera con su deber de marido. Al parecer estaba ovulando y era el momento de probar a quedar embarazada. De repente me recordé de los perros de los vecinos, me había olvidado de cambiarles el agua y dejarles alimentos. A pesar de mi cansancio, sabía que debía cumplir con esta obligación que habíamos aceptado de buena gana. Me dio flojera volver a vestirme, así que agarré mí gruesa bata blanca y la até alrededor de mi cintura, tanto era ya tarde, ni siquiera me preocupé mucho de atarla bien, era algo de poco tiempo, iba y volvía, ¿cuánto tiempo me iba a tomar a colocar un poco de agua y un poco de alimento en sus cuencos? Además, afuera estaba oscuro, nadie podría verme.
Caminé por el césped hacia la casa de los vecinos. Abrí la puerta de ingreso y atravesé la sala de estar hasta la cocina para salir al patio trasero. Ahí estaban los perros. Tomé los cuencos vacíos y el macho y la hembra se acercaron para saludarme. Realmente eran perros muy dulces. Los cachorros eran lo suficientemente grandes como para moverse autónomamente por el patio. Eran ocho y sabía que Carolina pensaba en venderlos apenas fueran destetados. La hembra volvió a su sitio y se echó en su cama, noté sus tetinas colgando, sus pezones eran muy largos y pude imaginarme a todos esos cachorros alimentándose de la leche que ella producía.
Cuando me agaché a colocar sus cuencos por el suelo. Di un respingo de sorpresa al sentir la fría y húmeda nariz del macho enfilándose desde atrás entre mis piernas. Mí bata se había subido dejando al descubierto mis nalgas desnudas. Era el Rottweiller macho y él hizo lo que hacen todos los perros, me olfateó y lengüeteó ahí. Por supuesto que me sorprendió, pero no me enderecé mucho ni rápido. Su lengua larga y mojada se había deslizado sobre los labios cachigordetes de mi vagina y al parecer le gustó el aroma, porque comenzó a lamerme ávidamente, cerré los ojos y disfruté lo bien que se sentía su cálida lengua empujando mi labia vaginal que rápidamente se calentó y mojó. Luego de un momento de loca lujuria y placer, me recuperé y me aparté de él bajando mi bata, pensé que esto no estaba nada de bien. Probablemente como estoy ovulando, mi coño despide algún aroma que él está en grado de percibir con su fino olfato y le gusta, porque siguió insistentemente tratando de meter su nariz bajo mi bata para alcanzar mi almejita desnuda.
Lo empujé lo mejor que pude y decidí de regresar a casa, me tropecé tratando de evitar de pisar a uno de los cachorros, esto me hizo tastabillar y terminé en el suelo apoyada en mis manos y rodillas, mi bata se había levantado sobre mis glúteos y mi trasero quedó expuesto. Estaba intentando levantarme cuando volví a sentir la lengua del macho en los vellos de mi vulva mojada. Empujó con su hocico y abrió mis labios hinchados, su lengua se enterró en mi panocha, se deslizó en mi caldeada humedad y rozó mí clítoris que emergía entre los delicados pliegues de mi coño. Sabía que debía levantarme, pero no lo hice. Ese fue mí gran error.
La increíble sensación me sobrepasó, me dio varios lengüetazos que hicieron arquear mi espalda, pero se detuvo; pensé que había terminado e intenté levantarme, pero él me saltó encima y me inmovilizó en esa posición. Sus zampas rodearon mi cintura. Él pesaba casi tanto como yo, probablemente cincuenta kilos o más. Apenas podía soportar su peso y me era imposible levantarme para sacarlo de encima de mí. No me percaté inmediatamente el porqué él había hecho eso, hasta que sentí algo que golpeaba mis muslos. Su polla caliente de perrito goteaba y golpeaba entre mis piernas. ¡Él estaba tratando de aparearse conmigo! ¡Santo cielo!
Entré en pánico y pensé en gritar para pedir ayuda, pero me dio vergüenza hacerlo. Pensé que pronto se cansaría y me liberaría. Mi coño estaba mojado con sus lengüetazos y también cachondo por mi ovulación, aparte que la sensación que me había hecho sentir había sido increíblemente abrumadora. Él estaba muy decidido y yo no luché mucho. Lo que sentí a continuación fue la punta dura de su polla en la entrada de mi vulva, la metió una sola vez y luego hubo un violento empujón que hizo arquear mi espalda, mordí mis labios para no gritar cuando su pene penetró mi estrecha vagina. Cuando sintió que su polla estaba envuelta en la apretada estrechez de mi conchita, él inició un desenfrenado y veloz movimiento de apareamiento, literalmente me estaba follando a toda fuerza. En un principio no sentí ningún malestar, pero su pene comenzó a hincharse dentro de mí, ahora estaba todo dentro y continuaba a crecer y a crecer.
Me aferró firmemente con sus garras y continuó con sus alocados embistes. Su polla se hinchó y lo sentí muy grueso y mucho más largo que mi marido. Era increíble lo bien que se sentía. Nunca había tenido algo tan grande en mi coño y comencé a sentir un placer indescriptible. Enterré mis uñas en la alfombra y empujé mis caderas hacia atrás para hacer que él me follara mejor.
Ningún hombre podría igualar la velocidad con la que él me follaba. Su polla estaba enterrada profundamente en mí matriz. Me estremecí con cada golpe que él me daba y prontamente sentí crecer en mis entrañas mi orgasmo. No podía creer lo que él me hacía disfrutar y querer más de su gordo pene dentro de mí. Me di cuenta de que él estiraba mi coño hacia afuera y hacia atrás, su gorda polla se había quedado atrapada en mi estrecha panocha. Mucho después me enteré de que este era su nudo, pero al momento lo único que podía sentir y gozar era su polla enorme llevándome a la cúspide de un potente orgasmo. A todo esto mis tetas casi rozaban la alfombra y los cachorros luchaban por lamer y mordisquear mis pezones que goteaban leche.
No podía creer que esto me estuviera sucediendo a mí, pero era tanto el goce que quería más de eso y dejé que todo sucediera. Comencé a correrme de una manera bestial, gruñía en forma gutural, arañaba la alfombra y los perritos colgaban de mis tetas mordiendo y chupando mis pezones llenos de leche mientras su padre inundaba mi coño con su semen caliente. Tuve el cuidado de no aplastar a ninguno de ellos con mis pesados senos, pero jamás creí sentir un placer igual.
Me había convertido en una perra, quería que él siguiera follándome y quería alimentar a los cachorros como si fueran mis hijos. Lo sentí bajarse de mi espalda y en algún modo se giró y quedó pegado a mi coño culo con culo, esto me provocó otro mini orgasmo, los cachorros se turnaban a mamar de mis tetas y yo los contemplaba con maternal atención
Poco a poco las contracciones y espasmos de mi coño aminoraron. Él seguía dentro de mi vientre; mí vientre fértil porque estaba ovulando. Ya sabía que él no podía fecundarme, pero tuve unos irresistibles deseos de que pudiera hacerlo, quería poder darle tantos cachorritos como le había dado la hembra Rottweiller. Él era un macho increíblemente fuerte y potente.
El riesgo y la emoción de toda esta situación me excitaba al máximo. Todavía estábamos atados por nuestros sexos. De tanto en tanto él tiraba ligeramente, pero no podía salir. Su magnifica polla seguía esparciendo su semilla dentro de mi panocha. Mis tetas seguían balanceándose bajo mi pecho, apreté uno de mis pezones hinchados, estaba muy sensible y rocié la bobalicona carita de uno de los cachorros, los demás se abalanzaron a lamer la leche de su pelaje hirsuto.
Su nudo presionaba mi punto G y cada vez que se movía, me hacía cerrar los ojos y gemir de placer. Comencé a moverme hacia atrás y hacia adelante. La leche goteaba de mis senos y los cachorros a saltitos seguían mamando de mi pezones mordiéndolos y tironeándolos suavemente. Allí estaba yo, amamantando a los cachorros de Rottweiller, con la enorme polla de su padre todavía incrustada en mi conchita.
Los cachorros no tenían más que dos semanas de vida, por lo tanto todavía no tenían dientes que pudieran afectar mis delicados pezones, pero el mordido de sus encías desnudas, enviaban increíbles descargas eléctricas a través de todo mi cuerpo. Su padre todavía estaba dentro de mí y sentía que toda su leche había hecho que mí vientre se inflara levemente. Él volvió a tirar, pero no sucedió nada. Ya no sabía cuanto tiempo había trascurrido, sólo esperaba que comenzara a empequeñecerse para poder salir de mí. Odiaría que alguien nos sorprendiera y tener que tratar de explicar todo esto. Lo volvió a intentar, me causó un poco de dolor y mi coño se estiró el máximo hacia afuera, todavía uno de sus cachorros mamaba de mi pecho, entonces se produjo un seco chasquido y su enorme polla salió finalmente de mi conchita acompañada de varios chorros de su semen caliente que rebasaba mi vagina.
Me desplomé sobre la alfombra extenuada. Podía sentir su semen goteando de mi coño abusado. Sonreí para mis adentros sabiendo qué, aún cuando él no podía embarazarme, él no lo sabía y había intentado embarazar a su nueva perra. Mientras yacía de lado a tratar de recuperarme, los cachorros corrieron a mi alrededor para apoderarse de mis tetas que goteaban leche. Dejé que se turnaran para beber de mis gordas tetas, no estaba segura de tener suficiente leche para todos ellos, pero me invadió una intensa emoción maternal y comencé a acariciar sus barriguitas que se llenaban con mi leche. Cuando todos terminaron y pude ponerme de pie, mis piernas estaban temblorosas; controlé una vez más sus cuencos de agua y comida y comencé mi regreso a casa. Me giré para mirar hacia atrás, no tenía muchos deseos de irme, entonces vi al enorme macho sentado en sus cuartos posteriores que me miraba; ladeo su carita y jadeó con su boca abierta y su lengua colgando a mitad, parecía sonreírme feliz, yo también le sonreí y lo saludé tirándole un beso con mi mano, luego cerré la puerta y me fui a casa.
Mientras caminaba hacia mi casa, pude escuchar el sonido que hacía mi coño, salían como burbujitas que explotaban, escapaban de mi hendedura mojada y el líquido escurría por mis piernas. En casa mi marido dormía a pierna suelta. Todavía salían globitos de mi panocha. Me fui rápidamente al baño y me duché. Eliminé toda traza de semen canino de mi coño. Me dolían los pezones de tener a tantos cachorros alimentándose con mi leche. Cuando mi coño dejó de gotear semen de perro, me sequé con una toalla. Me metí sigilosamente en la cama junto a mi marido que todavía dormía profundamente. En mi cabeza lo único que cabía pensar, era en la enorme polla del macho que hacía estirar mi coño a nuevas dimensiones. ¿Esto quería decir que volvería a intentarlo? Carolina y Mauro volverían en dos semanas más, había suficiente tiempo para hacerlo otra vez. ¿Y después qué? ¿Me iba a comprar mi propio perro?
Un tanto atormentada, pero satisfecha, logré quedarme dormida. Tuve un sueño increíble: Me encontraba desnuda sobre un verde prado. Estaba recostada apoyada ligeramente al tronco de un pehuén, sobre mi vientre había muchos cachorros compitiendo por mis pechos. Tenían hambre y buscaban mi leche para alimentarse. Yo era su madre. Yo había dado a luz a todos estos cachorros. Su padre estaba echado haciendo guardia alrededor del perímetro. Era el enorme Rottweiller. Él me había hecho madre de sus cachorros.
*****
Pasaron un par de días después de mi encuentro en la casa de los vecinos. Ayer le pedí a mí marido de ir a alimentar a los perros porque no me sentía segura de mi reacción si es que me encontraba delante a ese hermoso ejemplar de macho canino. Hoy era temprano por la tarde y estaba en teletrabajo, di una excusa diciendo que necesitaba ausentarme por un tiempo y me desconecté de la red.
Me fui a mi dormitorio y me detuve frente al espejo después de haberme desnudada por completo. Contemplé mi figura de una mujer de veintitantos años, muy joven aún, pensé que me veía muy bien. Soy bastante alta, casi un metro ochenta con sesenta kilos de peso, cabello rubio ceniza muy cortito. Mi cintura muy estrecha y un vientre plano, mis caderas anchas, tal vez algo voluptuosas, mi trasero bien firme y todavía se veía muy bien con mis ajustados jeans. Piernas largas, bien torneadas y tonificadas por mis días deportivos. Entre mis piernas, ¡Ehm!, unos ralos mechones más oscuros que mi cabello natural, son escasos y no ocultan mis labios mayores llenitos. Lo único un poco incongruente con mi anatomía física son mis tetas.
Siempre he pensado que son demasiado grandes para mi cuerpo. Tienen una forma de lágrima y no es que parezcan pesadas, realmente lo son. Con el tiempo me causarán una dorsalgia o una lumbalgia, pienso. Podría jurar que mis areolas se han hecho más grande desde cuando dejé de tomar la píldora y mis pezones parecen siempre erectos y duros. Lo que a veces me causa un poco de vergüenza. Los aferré y levanté mis tetas para sentir su peso. Los froté entre mis dedos y estos se pusieron aún más duros. Todavía están algo delicados por el amamantamiento a los cachorros, pero recuerdo lo bien como se sentían sus diminutas encías ordeñando mis melones nutriendose con mi leche.
Mientras estoy parada allí a mirarme llega a mis fosas nasales un aroma extraño. Me doy cuenta inmediatamente de ser yo quien emana esa fragancia extraña. La verdad es que ayer no me duché, lo había hecho el día anterior y normalmente no me ducho todos los días, más bien un día sí y un día no. Tal vez sea algo del olor de los perros, es cierto que esa misma noche me había duchado lo mejor posible, pero la mañana siguiente mi marido me folló por la mañana temprano antes de irse al trabajo. Soy una buena esposa y siempre disfruto del sexo con mi esposo, sólo por un instante temí que él se percatara de algo, pero lo hizo como de costumbre, me penetró y luego de uno o dos minutos se descargó en mi panocha resbaladiza y caliente, luego me dejo dormir.
No es olor a sudor, abro más mis piernas y sé que de allí proviene ese vaho de almizcle. Me agacho y paso mis dedos por mi coño; se siente húmedo y algo pegajoso. Acerco mi mano a mí nariz y huelo. Es un olor diferente al que normalmente tengo. Es potente y sospecho que es porque estoy ovulando, me encuentro cómo una hembra en celo y estoy fértil.
¿Por qué estoy tan mojada? No puede ser que sea por no haberme duchado en dos días ni por haber tenido sexo con mi marido la mañana de ayer. Creo de saber el porqué. Sabía que en mi mente todavía estaba la enorme verga del macho Rottweiller follando mi estrecha vagina y llenándola de leche caliente. Nunca creí que eso fuera posible y ahora mi coño estaba excitado al máximo. ¿Significaba esto que estaba pronta a hacer eso de nuevo? Mientras estaba allí mirando mi cuerpo desnudo, mi respiración había aumentado, mis pechos estaban rosados y venitas azulinas era visibles. Mí mente estaba entrando en una especie de trance.
Sacudí mi cabeza para aclarar un poco mis ideas y me dije que debía reaccionar y salir de allí. No podía sentirme cachonda de solo pensar a los perros de nuestros vecinos. Así que decidí vestirme e ir a alimentar a los perros tal como habíamos prometido a Carolina y Mauro. Me juré que iba a ignorar cualquier sentimiento que pudiera surgir mientras estaba en casa de nuestros vecinos. Me puse unos pantalones cortos y una remera vieja de mi marido. No me puse ropa interior porque planeaba ducharme a mi regreso a casa.
Caminé sobre el césped del jardín hasta la casa de los vecinos, el cálido sol dibujaba largas sombras mientras descendía en el ocaso. Normalmente la camiseta de mi marido me andaba bien, pero esta vez me di cuenta de que me andaba estrecha y mis duros pezones empujaban amenazantes con romper la delgada tela, pensé que si me topaba con alguien me iba a cubrir los senos con una mano. Afortunadamente no me crucé con nadie y pronto entré a la casa de los vecinos. Me dirigí a la cocina y abrí la puerta que da al patio trasero. Los cachorros fueron los primeros en verme y los ocho corrieron hacia mí, se agolparon a la puerta tratando de entrar. Decidí de hacerlos entrar a todos ellos para poder jugar un poco. Apenas abrí la puerta un montón de pelotitas negras se abalanzaron entre mis piernas.
Todos intentaban saltar sobre mí, así que me agaché y recogí a uno de ellos. Era la más pequeñita, una hembrita. La sostuve acurrucada entre mis brazos y miré hacia abajo a los demás, entonces sentí algo extraño. En el lugar donde mis pezones punzaban el genero de mi camiseta, habían aparecido sendas manchas húmedas que se extendían y yo sabía lo que era. Estaba perdiendo leche. Los sonidos que hacían los cachorros de algún modo habían provocado que mis pechos gotearan espontáneamente. Me sorprendí cuando la cachorra que tenía entre los brazos comenzó a lamer la humedad de mi remera. Su diminuta lengua rastrillaba mi pezón y cosquilleaba mi seno tratando de morder y chupar la leche de mi teta. Suspiré y accedí.
Dejé a la cachorra en el suelo y me quité la camiseta. Enseguida pude ver las gotas que se formaban en las punta de mis pezones y goteaban mojando mi piel alabastro. Me dirigí a la puerta trasera donde había una alfombra y me recosté de lado. Coloqué mis pechos de modo que los cachorros pudieran acceder a ambos pezones. Eran ocho así que iban a tener que turnarse. Dos de los machos más fuertes saltaron y se apoderaron de mis tetas, poniéndose a chupar frenéticamente. Podía sentir como mis senos se calentaban y ese calor recorría todo mi cuerpo. Mí leche fluía en abundancia tal como lo comandaba la naturaleza. No importaba que se tratara de una humana amamantando a cachorros caninos. Era sólo una madre que daba su nutritiva leche a sus bebés.
Cuando cada uno de ellos se sentía sacio, soltaba mi pezón y otro ocupaba rápidamente su lugar. Imaginé que ya habían sido amamantados por su madre, porque no les tomaba mucho tiempo el sentirse con la panza llenita. Pronto terminaron y me sentí un poco triste porque no sabía cuándo iba a ser la próxima vez que les iba a dar de mi leche. Me levanté y les dejé salir, todos corrieron a cobijarse al lado de su madre y se aprontaron para dormir.
Mientras mantenía la puerta abierta lo vi. El poderoso Rottweiller macho estaba en medio al patio mirándome. Me quedé paralizada mirándolo con solo mis pantaloncitos cortos puestos. Percibí que olía el aire e inclinaba la cabeza hacia los lados, algo había llamado su atención. Lo vi otear el aire y sus orejas se levantaron, pareció estremecerse. ¿Podía él en algún modo sentir mí olor? ¿Estará todavía interesado en esta nueva perra humana? Me urgió saberlo, así que me quité los pantalones y los tiré cerca de la remera. Me quedé parada allí desnuda y con las piernas ligeramente separadas, empujé mi pelvis un poco hacia adelante. Mi respiración se había vuelto agitada y mis pechos se inflaron un poco, el frescor del exterior hizo que mi pezones se pusieran duros como piedra.
El gran Rottweiller debe haberme olido porque se puso de pie y pude ver la mitad de su polla rojiza saliendo de su funda peluda. Trotó ligera y ágilmente hacia mí. Estaba fascinada por la elegancia de sus movimientos y la prestancia de sus poderosos músculos. Su poderosa verga comenzó a balancearse bajo su panza. Llegó a la puerta y me hice a un lado para dejarlo entrar al interior de la casa. No sabía que iba a suceder entre él y yo, pero fuera lo que fuera no lo iba a hacer a plena luz del día y en el patio de los vecinos.
Pasó por mi lado y casi sin detenerse olfateó mi caldeada panocha. Se sentó a la entrada de la sala de estar. Su polla roja estaba prácticamente fuera de su vaina y me miraba expectante. Él esperaba que yo diera el primer paso. Con las piernas temblorosas me acerqué y me senté en una silla. Lo miré fijamente preguntándome si realmente quería hacer lo que pensaba en hacer desde el principio. Vi su lengua mojada colgando parcialmente de su hocico y recordé lo bien que se sentía en mi panocha. Tal vez sería bueno e inofensivo si le dejara hacer solamente eso, pensé.
Me eché hacia adelante en la silla y extendí bien mis piernas, había un gran espejo en la pared y pude verme reflejada claramente. Mis piernas estaban bien separadas y los labios de mi coño lucían rojos e hinchados. Estaba más excitada de lo que esperaba. Pude apreciar lo mojado que estaban y los vellitos alrededor también estaban mojados. Mi coño estaba listo para cualquier cosa.
Supongo que su instinto lo hizo reaccionar porque se acercó a mí con su cabeza gacha y la metió justo en medio de mis piernas, olfateó brevemente mi esencia de hembra cachonda y su larga lengua serpenteó hacia mi coño, me lamió desde el culo hasta mí clítoris en una sola pasada. Arqueé mi espalda y eché mi cabeza hacia atrás gimiendo alocadamente. Al parecer mi olor le encantaba, pero aún más mi sabor lo cautivaba. No se cansaba de ello. Su lengua exploraba cada centímetro de mi panocha buscando más y más. De hecho, se metió a escarbar el agujero de mi vagina unos cuantos centímetros tratando de tener más de mi jugoso coño. Está claro que mientras más lamía, el flujo de mis jugos aumentaba. Desde que comenzó mi ovulación, mi coño producía muchas más cosas deliciosamente pegajosas y resbaladizas. Cerré los ojos y me perdí en esa sublime sensación. Estaba tan absorta que cuando llegó mi orgasmo me tomó totalmente por sorpresa. Mis caderas se movieron violentamente y la hendedura de mi vagina se contrajo. De puro reflejo levanté mis muslos para juntar mis piernas, pero no pude, su enorme cabezota entre ellas me lo impedía. La silla se estremeció y pensé que iba a caer. Sentí un potente chorro escapar desde mi conchita y él lamió todo. Me apoyé hacia atrás respirando afanosamente mientras los espasmos de mi coño se aminoraban. Entonces me di cuenta de que había dejado de lamer.
Justo cuando me iba a acomodar en la silla, él puso sus patas delanteras sobre esa. Estaban a ambos lados de mis glúteos y sentí como él intentaba acercarse aún más. Estaba tan cachonda que lo único que quería era sentir su gran polla dentro de mí. La verdad es que no lo había planeado así, ni mucho menos en esta posición, pero lo necesitaba tanto en mí que iba a hacer de todo para que sucediera lo que él y también yo deseábamos. Esta era la posición del misionero. Él se desplazó un poco más hacia adelante a saltitos y pude sentir su polla caliente frotando la parte interna de mis muslos. Abrí mis rodillas e intenté alinearme con su miembro que asomaba rojizo entre mis piernas y se acercaba a mi panocha. Pensé en lo primario y básico de todo esto. Él olía a perro y yo bueno, olía a hembra caliente.
Algo muy particular de los perros, es que cuando encuentran el lugar correcto no hay nada que pueda detenerlos, ellos no negocian, no hay nada que pueda hacerlos cambiar de opinión. No tuve que guiarlo porque mi coño estaba expectante y resbaladizo, mi labia vaginal estaba abierta y dispuesta. Tan pronto como la puntita de su polla dura y resbaladiza encontró la abertura de mi hendedura mojada, empujó violentamente y me metió la mitad de su polla. Cuando la sentí entrar en mí, esta comenzó a crecer, a hincharse en mi interior. Ahora el único sonido en la sala de estar eran las uñas de sus patas traseras dando saltitos para encajar toda su verga canina en mi ceñido coño y los chillidos que escapaban de mi boca mientras rodeaba su lomo peludo con mi brazos y lo tironeaba para que me la metiera toda.
Arqueé mi espalda y mis tetas se aplastaron contra su pelaje, me mordí mi labio inferior en espera de lo que venía. Su polla seguía creciendo y ya esa cosa bulbosa entraba y salía de mi anillo vaginal causándome convulsiones y espasmos de loca lujuria. En un momento dado su polla creció tanto que no volvió a salir de mi estrecha vagina, entonces su Bulbus Glandis se hinchó tanto que quedamos pegados, el poderoso macho de Rottweiller me tenían anudada a su gran polla.
En esta posición su polla se sentía más gruesa y larga, por suerte estaba bien lubricada, así que no sentí ningún malestar en la penetración en sí, algo distinto fue cuando su polla quedó atorada en mi panocha. Levanté mis piernas y rodeé su lomo con ellas para impedirle de tironear mi coño hacia afuera. Estabamos vientre con vientre. Su polla estaba muy profunda en mí y pude sentir como si tocara el fondo de mi vagina, creo de no tener más espacio para su polla, estoy atiborrada de polla de perro. Él seguía follándome sin pausa y a toda velocidad. No había forma de ralentizarlo o detenerlo; yo era su perra caliente y él me iba a impregnar con su semilla para darle una camada de perritos. Claro está que no iba a quejarme, era lo que yo quería. Por instinto él sabía que estaba ovulando y mi coño fértil totalmente dispuesto a recibir un baño de semen fecundador e iba a hacer todo lo necesario para asegurarse que su semen llegara a mis trompas de Falopio y unirse con mi óvulo pronto a ser fertilizado. Por supuesto que yo estaba consciente de que eso era biológicamente imposible, pero una ilusión no hace daño a nadie y yo movía mi coño para que él pudiera llenarme con su esperma y dejarme preñada.
Sentí como mis labios peludos se contraían amarrándome más a su polla y me preparé. Estaba sudando y apreté duro mis dientes. Miré el reflejo en el espejo y lo encontré talmente erótico que mi cuerpo convulsionó y se estremeció en un poderoso orgasmo. Mientras apretaba mis pechos contra su pelaje, él dejó de follarme, sus movimientos eran delicados y suaves, me estaba llenando con su esperma canino. Su polla estaba en lo más profundo de mi ser, mucho más adentro que cualquier polla humana podría alcanzar. Pensé a mi marido, ¿Cómo iba a encontrar satisfacción con su polla notablemente más chica que la de este poderoso macho de Rottweiller?
Ambos estábamos jadeando mientras el disparaba chorros y chorros de semen dentro de mi caldeada panocha. Estaba llenando a su perra con su potente semen. Se sentía tibio y la cantidad era mucha. Mi coño estaba sellado al vacío alrededor de su magnifica polla, por lo que era imposible que escapara ni siquiera una gota de su lechita.
Pasaron un par de minutos y él retrocedió con la intención de despegarse de mí; sentí un tirón como si me fueran a arrancar las entrañas. En esta posición no podía voltearse como lo había hecho la primera vez. Lo retuve contra mi cuerpo y grité:
—¡No! … ¡Ay! … ¡No hagas eso! … ¡Ay! …
Estabamos muy bien pegados y no iba a ser fácil separarnos, al menos por un tiempo. Comencé a pensar en como distraerlo. Su cabeza estaba justo sobre mis grandes pechos. Él babeaba sobre ellos y se me ocurrió intentar algo. Levanté mi pezón y lo acerqué a su hocico, entonces lo presioné y un chorrito de leche mojó su fría nariz. El lengüeteo para limpiarse y olfateó mirando directamente a mis tetas, al parecer le gustó el sabor, entonces volví a presionar fuertemente mi pezón, él abrió sus fauces y el chorro cayó sobre su lengua. Los cachorros no habían agotado toda mi leche, así que había mucho para darle. Solté mi pezón y acerqué mi voluminosa teta a su hocico. Entreabrió apenas su hocico y yo empujé mi pezón dentro, él comenzó a chupar.
Una vez cachorro, siempre cachorro, pensé. Este majestuoso perro macho adulto, que tenía su polla enterrada profundamente en mí, se estaba amamantando desde mi pecho. No podía creerlo. Sus chupadas eran mucho más poderosas que la de los cachorros. Sus dientes mordían con delicadez extrema mi pezón, solo presionándolo para hacer salir más leche. Incluso mi areola estaba siendo succionada por el hocico del macho, haciendo que grandes chorros salieran disparados de mi teta. Había un mínimo de dolor debido a sus afilados dientes, pero al mismo tiempo esta acción de darle de mamar me tranquilizaba a mí y lo tranquilizaba a él. Mi preocupación era que su nudo se encogiera lo suficiente antes de que mi leche se acabara.
Eso finalmente sucedió, él drenó toda mi teta derecha. Afortunadamente soltó mi pezón estirado y no me mordió. Rápidamente me moví un poco y le encajé mi seno izquierdo. Lo presioné para hacer salir un poco de leche, inmediatamente él se puso a succionar mi pezón haciendo salir borbotones de leche hacia su hocico.
Mi cuerpo estaba sintiendo muchas y deliciosas sensaciones. Al parecer iba a tener otro orgasmo, lo estaba presintiendo. Toda esta experiencia con su enorme polla disparando todavía su semilla dentro de mí, su poderoso nudo hinchado que me ataba a él e impedía que de mi conchita escapara ni una sola gota de su preciado semen; la succión de mis pezones me estimulaban inmensamente. Estaba sintiendo que mi pecho se vaciaba, me había chupado hasta dejarme seca. Justo entonces soltó mi pezón e intento echarse hacia atrás. Su enorme nudo frotó mi punto G. Eso causó lo esperable. Empujé mi pelvis contra su polla y lo apreté con brazos y piernas mientras mi cuerpo se estremecía en un convulsivo orgasmo. Mi coño sujetó su enorme verga como una ventosa. Podía sentir cada sinuosidad y vena de su verga. Temblé enloquecida y un líquido salió disparado de mi panocha excitada mojando nuestros cuerpos y sexos. Todavía estábamos pegados. Nunca me había corrido de este modo. Las veces que tenía orgasmos con mi marido, cosa que ocurría raramente, todo giraba en torno a mí. Esta vez era diferente, se trataba de mi apareamiento con mi macho. Todo lo que sentía era debido al hecho de que estábamos unidos como un solo ser, estábamos pegados. Él me había anudada a su polla como su perra reproductora y eso era exactamente como yo me quería sentir. Nunca me había sentido tan viva y deseable al mismo tiempo, mí coño le pertenecía por completo y así sería para siempre.
Lloré y gemí mientras disminuían los temblores de mi cuerpo. Cuando todo terminó me desplomé sobre la silla totalmente agotada y satisfecha. Todo mi cuerpo se relajó y probablemente él también se había relajado y achicado lo suficiente como para salir de mi conchita. Podía sentir como estiraba mi coño, pero no tenía energía suficiente para retenerlo dentro de mí. Miré hacia abajo y vi esa bola blanquecina que comenzaba a forzar el anillo de mi vagina con mis gruesos labios mayores envolviéndolo, potentes chorros de semen escaparon por los pliegues estirados de mi coño. Su gigantesca verga continuó deslizándose fuera de mi sexo y parecía no terminar de salir. Cuando todo salió, lo miré y calculé que al menos unos veinticinco centímetros o más, habían sido alojados en el interior de mi vagina. Todavía salía semen a chorros de mi panocha. No tenía la menor idea de como había eyaculado tanto esperma en mi coño caliente.
Habíamos combinado un desastre. Tendría que venir a limpiar todo con un limpiador a vapor. Interminables chorros salían de mi conchita y escurrían por mis piernas, sabía y sentía que podía haber mucho más dentro de mí. Había una leve hinchazón en mi vientre y estaba segura de que todavía había mucho semen en mi interior. De alguna manera logré levantarme lentamente. Miré todo el desorden a mi alrededor y sacudí mi cabeza casi sin poder creerlo. Mi macho estaba en un rincón limpiando su enorme polla. Tomé un paño de cocina aparentemente limpio y procedí a limpiarme lo mejor que pude. La habitación olía a perro y estaba desordenada, pensé en venir al día siguiente y limpiar todo, total nuestros vecinos iban a estar lejos al menos por otra semana.
Llamé al perro y lo hice salir por la puerta que daba al patio trasero, caminaba con paso cansino, también él estaba agotado. Me volví a poner mis pantaloncitos cortos y mí remera. De alguna parte saqué fuerzas suficiente para echar agua fresca y alimento a sus cuencos; luego me fui a casa. Caminé por el prado sintiendo que algo líquido escurría desde mi coño adolorido. También podía sentir que todavía mi matriz estaba llena de su semen e imaginé a millones de protozoos caninos nadando hacia mis trompas de Falopio buscando a mi huevo a fecundar. Me pregunté: ¿En qué momento la naturaleza impide que una hembra humana pueda llevar a termino un embarazo con un perro? ¿Tal vez el óvulo permanecería bañado y rodeado de espermatozoos tratando de romper su blindaje? ¡O tal vez un diminuto espermatozoide canino lograría penetrar el óvulo humano logrando la concepción aunque sea solo por un breve tiempo? ¿Podría el embrión implantarse y permanecer adherido al útero hasta que una orden divina resolviera que esto era innatural y lo eliminara? Lo único que tenía claro es que hacia unos días que estaba ovulando y ya dos veces había tenido relaciones sexuales con un perro. Sí existía alguna probabilidad de que un perro preñara a una hembra humana, esta era la oportunidad propicia.
(Continuará) …
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El regalo más preciado de quien escribe es saber que alguien está leyendo sus historias. Un correo electrónico, a favor o en contra, ¡Tiene la magia de alegrar el día de quien construye con palabras, una sensación y un placer!
luisa_luisa4634@yahoo.com
Luciano y yo estábamos intentando tener nuestro primer hijo, pero no teníamos ninguna mascota. Mis senos siempre habían sido grandes, pero de un tiempo a esta parte, parecían haber crecido el doble, los tenía siempre hinchados y calientes con frecuentes gotas de leche que manchaban mi sujetador. Se lo comenté al doctor en mi visita regular, él me dijo que era una cosa un poco rara, pero que seguramente era transitoria y pronto se normalizaría del todo.
Habíamos tenido un largo y pesado día, era hora de dormir. Mi marido ya estaba dormido cuando me fui a la cama, me desnudé mirándolo a él, pero no dio ningún seño de estar consciente. Me sentí un tanto decepcionada porque mi coño estaba hormigueando desde temprano y me había hecho a la idea de disfrutar de mis prerrogativas de esposa y pedirle a mi esposo que cumpliera con su deber de marido. Al parecer estaba ovulando y era el momento de probar a quedar embarazada. De repente me recordé de los perros de los vecinos, me había olvidado de cambiarles el agua y dejarles alimentos. A pesar de mi cansancio, sabía que debía cumplir con esta obligación que habíamos aceptado de buena gana. Me dio flojera volver a vestirme, así que agarré mí gruesa bata blanca y la até alrededor de mi cintura, tanto era ya tarde, ni siquiera me preocupé mucho de atarla bien, era algo de poco tiempo, iba y volvía, ¿cuánto tiempo me iba a tomar a colocar un poco de agua y un poco de alimento en sus cuencos? Además, afuera estaba oscuro, nadie podría verme.
Caminé por el césped hacia la casa de los vecinos. Abrí la puerta de ingreso y atravesé la sala de estar hasta la cocina para salir al patio trasero. Ahí estaban los perros. Tomé los cuencos vacíos y el macho y la hembra se acercaron para saludarme. Realmente eran perros muy dulces. Los cachorros eran lo suficientemente grandes como para moverse autónomamente por el patio. Eran ocho y sabía que Carolina pensaba en venderlos apenas fueran destetados. La hembra volvió a su sitio y se echó en su cama, noté sus tetinas colgando, sus pezones eran muy largos y pude imaginarme a todos esos cachorros alimentándose de la leche que ella producía.
Cuando me agaché a colocar sus cuencos por el suelo. Di un respingo de sorpresa al sentir la fría y húmeda nariz del macho enfilándose desde atrás entre mis piernas. Mí bata se había subido dejando al descubierto mis nalgas desnudas. Era el Rottweiller macho y él hizo lo que hacen todos los perros, me olfateó y lengüeteó ahí. Por supuesto que me sorprendió, pero no me enderecé mucho ni rápido. Su lengua larga y mojada se había deslizado sobre los labios cachigordetes de mi vagina y al parecer le gustó el aroma, porque comenzó a lamerme ávidamente, cerré los ojos y disfruté lo bien que se sentía su cálida lengua empujando mi labia vaginal que rápidamente se calentó y mojó. Luego de un momento de loca lujuria y placer, me recuperé y me aparté de él bajando mi bata, pensé que esto no estaba nada de bien. Probablemente como estoy ovulando, mi coño despide algún aroma que él está en grado de percibir con su fino olfato y le gusta, porque siguió insistentemente tratando de meter su nariz bajo mi bata para alcanzar mi almejita desnuda.
Lo empujé lo mejor que pude y decidí de regresar a casa, me tropecé tratando de evitar de pisar a uno de los cachorros, esto me hizo tastabillar y terminé en el suelo apoyada en mis manos y rodillas, mi bata se había levantado sobre mis glúteos y mi trasero quedó expuesto. Estaba intentando levantarme cuando volví a sentir la lengua del macho en los vellos de mi vulva mojada. Empujó con su hocico y abrió mis labios hinchados, su lengua se enterró en mi panocha, se deslizó en mi caldeada humedad y rozó mí clítoris que emergía entre los delicados pliegues de mi coño. Sabía que debía levantarme, pero no lo hice. Ese fue mí gran error.
La increíble sensación me sobrepasó, me dio varios lengüetazos que hicieron arquear mi espalda, pero se detuvo; pensé que había terminado e intenté levantarme, pero él me saltó encima y me inmovilizó en esa posición. Sus zampas rodearon mi cintura. Él pesaba casi tanto como yo, probablemente cincuenta kilos o más. Apenas podía soportar su peso y me era imposible levantarme para sacarlo de encima de mí. No me percaté inmediatamente el porqué él había hecho eso, hasta que sentí algo que golpeaba mis muslos. Su polla caliente de perrito goteaba y golpeaba entre mis piernas. ¡Él estaba tratando de aparearse conmigo! ¡Santo cielo!
Entré en pánico y pensé en gritar para pedir ayuda, pero me dio vergüenza hacerlo. Pensé que pronto se cansaría y me liberaría. Mi coño estaba mojado con sus lengüetazos y también cachondo por mi ovulación, aparte que la sensación que me había hecho sentir había sido increíblemente abrumadora. Él estaba muy decidido y yo no luché mucho. Lo que sentí a continuación fue la punta dura de su polla en la entrada de mi vulva, la metió una sola vez y luego hubo un violento empujón que hizo arquear mi espalda, mordí mis labios para no gritar cuando su pene penetró mi estrecha vagina. Cuando sintió que su polla estaba envuelta en la apretada estrechez de mi conchita, él inició un desenfrenado y veloz movimiento de apareamiento, literalmente me estaba follando a toda fuerza. En un principio no sentí ningún malestar, pero su pene comenzó a hincharse dentro de mí, ahora estaba todo dentro y continuaba a crecer y a crecer.
Me aferró firmemente con sus garras y continuó con sus alocados embistes. Su polla se hinchó y lo sentí muy grueso y mucho más largo que mi marido. Era increíble lo bien que se sentía. Nunca había tenido algo tan grande en mi coño y comencé a sentir un placer indescriptible. Enterré mis uñas en la alfombra y empujé mis caderas hacia atrás para hacer que él me follara mejor.
Ningún hombre podría igualar la velocidad con la que él me follaba. Su polla estaba enterrada profundamente en mí matriz. Me estremecí con cada golpe que él me daba y prontamente sentí crecer en mis entrañas mi orgasmo. No podía creer lo que él me hacía disfrutar y querer más de su gordo pene dentro de mí. Me di cuenta de que él estiraba mi coño hacia afuera y hacia atrás, su gorda polla se había quedado atrapada en mi estrecha panocha. Mucho después me enteré de que este era su nudo, pero al momento lo único que podía sentir y gozar era su polla enorme llevándome a la cúspide de un potente orgasmo. A todo esto mis tetas casi rozaban la alfombra y los cachorros luchaban por lamer y mordisquear mis pezones que goteaban leche.
No podía creer que esto me estuviera sucediendo a mí, pero era tanto el goce que quería más de eso y dejé que todo sucediera. Comencé a correrme de una manera bestial, gruñía en forma gutural, arañaba la alfombra y los perritos colgaban de mis tetas mordiendo y chupando mis pezones llenos de leche mientras su padre inundaba mi coño con su semen caliente. Tuve el cuidado de no aplastar a ninguno de ellos con mis pesados senos, pero jamás creí sentir un placer igual.
Me había convertido en una perra, quería que él siguiera follándome y quería alimentar a los cachorros como si fueran mis hijos. Lo sentí bajarse de mi espalda y en algún modo se giró y quedó pegado a mi coño culo con culo, esto me provocó otro mini orgasmo, los cachorros se turnaban a mamar de mis tetas y yo los contemplaba con maternal atención
Poco a poco las contracciones y espasmos de mi coño aminoraron. Él seguía dentro de mi vientre; mí vientre fértil porque estaba ovulando. Ya sabía que él no podía fecundarme, pero tuve unos irresistibles deseos de que pudiera hacerlo, quería poder darle tantos cachorritos como le había dado la hembra Rottweiller. Él era un macho increíblemente fuerte y potente.
El riesgo y la emoción de toda esta situación me excitaba al máximo. Todavía estábamos atados por nuestros sexos. De tanto en tanto él tiraba ligeramente, pero no podía salir. Su magnifica polla seguía esparciendo su semilla dentro de mi panocha. Mis tetas seguían balanceándose bajo mi pecho, apreté uno de mis pezones hinchados, estaba muy sensible y rocié la bobalicona carita de uno de los cachorros, los demás se abalanzaron a lamer la leche de su pelaje hirsuto.
Su nudo presionaba mi punto G y cada vez que se movía, me hacía cerrar los ojos y gemir de placer. Comencé a moverme hacia atrás y hacia adelante. La leche goteaba de mis senos y los cachorros a saltitos seguían mamando de mi pezones mordiéndolos y tironeándolos suavemente. Allí estaba yo, amamantando a los cachorros de Rottweiller, con la enorme polla de su padre todavía incrustada en mi conchita.
Los cachorros no tenían más que dos semanas de vida, por lo tanto todavía no tenían dientes que pudieran afectar mis delicados pezones, pero el mordido de sus encías desnudas, enviaban increíbles descargas eléctricas a través de todo mi cuerpo. Su padre todavía estaba dentro de mí y sentía que toda su leche había hecho que mí vientre se inflara levemente. Él volvió a tirar, pero no sucedió nada. Ya no sabía cuanto tiempo había trascurrido, sólo esperaba que comenzara a empequeñecerse para poder salir de mí. Odiaría que alguien nos sorprendiera y tener que tratar de explicar todo esto. Lo volvió a intentar, me causó un poco de dolor y mi coño se estiró el máximo hacia afuera, todavía uno de sus cachorros mamaba de mi pecho, entonces se produjo un seco chasquido y su enorme polla salió finalmente de mi conchita acompañada de varios chorros de su semen caliente que rebasaba mi vagina.
Me desplomé sobre la alfombra extenuada. Podía sentir su semen goteando de mi coño abusado. Sonreí para mis adentros sabiendo qué, aún cuando él no podía embarazarme, él no lo sabía y había intentado embarazar a su nueva perra. Mientras yacía de lado a tratar de recuperarme, los cachorros corrieron a mi alrededor para apoderarse de mis tetas que goteaban leche. Dejé que se turnaran para beber de mis gordas tetas, no estaba segura de tener suficiente leche para todos ellos, pero me invadió una intensa emoción maternal y comencé a acariciar sus barriguitas que se llenaban con mi leche. Cuando todos terminaron y pude ponerme de pie, mis piernas estaban temblorosas; controlé una vez más sus cuencos de agua y comida y comencé mi regreso a casa. Me giré para mirar hacia atrás, no tenía muchos deseos de irme, entonces vi al enorme macho sentado en sus cuartos posteriores que me miraba; ladeo su carita y jadeó con su boca abierta y su lengua colgando a mitad, parecía sonreírme feliz, yo también le sonreí y lo saludé tirándole un beso con mi mano, luego cerré la puerta y me fui a casa.
Mientras caminaba hacia mi casa, pude escuchar el sonido que hacía mi coño, salían como burbujitas que explotaban, escapaban de mi hendedura mojada y el líquido escurría por mis piernas. En casa mi marido dormía a pierna suelta. Todavía salían globitos de mi panocha. Me fui rápidamente al baño y me duché. Eliminé toda traza de semen canino de mi coño. Me dolían los pezones de tener a tantos cachorros alimentándose con mi leche. Cuando mi coño dejó de gotear semen de perro, me sequé con una toalla. Me metí sigilosamente en la cama junto a mi marido que todavía dormía profundamente. En mi cabeza lo único que cabía pensar, era en la enorme polla del macho que hacía estirar mi coño a nuevas dimensiones. ¿Esto quería decir que volvería a intentarlo? Carolina y Mauro volverían en dos semanas más, había suficiente tiempo para hacerlo otra vez. ¿Y después qué? ¿Me iba a comprar mi propio perro?
Un tanto atormentada, pero satisfecha, logré quedarme dormida. Tuve un sueño increíble: Me encontraba desnuda sobre un verde prado. Estaba recostada apoyada ligeramente al tronco de un pehuén, sobre mi vientre había muchos cachorros compitiendo por mis pechos. Tenían hambre y buscaban mi leche para alimentarse. Yo era su madre. Yo había dado a luz a todos estos cachorros. Su padre estaba echado haciendo guardia alrededor del perímetro. Era el enorme Rottweiller. Él me había hecho madre de sus cachorros.
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Pasaron un par de días después de mi encuentro en la casa de los vecinos. Ayer le pedí a mí marido de ir a alimentar a los perros porque no me sentía segura de mi reacción si es que me encontraba delante a ese hermoso ejemplar de macho canino. Hoy era temprano por la tarde y estaba en teletrabajo, di una excusa diciendo que necesitaba ausentarme por un tiempo y me desconecté de la red.
Me fui a mi dormitorio y me detuve frente al espejo después de haberme desnudada por completo. Contemplé mi figura de una mujer de veintitantos años, muy joven aún, pensé que me veía muy bien. Soy bastante alta, casi un metro ochenta con sesenta kilos de peso, cabello rubio ceniza muy cortito. Mi cintura muy estrecha y un vientre plano, mis caderas anchas, tal vez algo voluptuosas, mi trasero bien firme y todavía se veía muy bien con mis ajustados jeans. Piernas largas, bien torneadas y tonificadas por mis días deportivos. Entre mis piernas, ¡Ehm!, unos ralos mechones más oscuros que mi cabello natural, son escasos y no ocultan mis labios mayores llenitos. Lo único un poco incongruente con mi anatomía física son mis tetas.
Siempre he pensado que son demasiado grandes para mi cuerpo. Tienen una forma de lágrima y no es que parezcan pesadas, realmente lo son. Con el tiempo me causarán una dorsalgia o una lumbalgia, pienso. Podría jurar que mis areolas se han hecho más grande desde cuando dejé de tomar la píldora y mis pezones parecen siempre erectos y duros. Lo que a veces me causa un poco de vergüenza. Los aferré y levanté mis tetas para sentir su peso. Los froté entre mis dedos y estos se pusieron aún más duros. Todavía están algo delicados por el amamantamiento a los cachorros, pero recuerdo lo bien como se sentían sus diminutas encías ordeñando mis melones nutriendose con mi leche.
Mientras estoy parada allí a mirarme llega a mis fosas nasales un aroma extraño. Me doy cuenta inmediatamente de ser yo quien emana esa fragancia extraña. La verdad es que ayer no me duché, lo había hecho el día anterior y normalmente no me ducho todos los días, más bien un día sí y un día no. Tal vez sea algo del olor de los perros, es cierto que esa misma noche me había duchado lo mejor posible, pero la mañana siguiente mi marido me folló por la mañana temprano antes de irse al trabajo. Soy una buena esposa y siempre disfruto del sexo con mi esposo, sólo por un instante temí que él se percatara de algo, pero lo hizo como de costumbre, me penetró y luego de uno o dos minutos se descargó en mi panocha resbaladiza y caliente, luego me dejo dormir.
No es olor a sudor, abro más mis piernas y sé que de allí proviene ese vaho de almizcle. Me agacho y paso mis dedos por mi coño; se siente húmedo y algo pegajoso. Acerco mi mano a mí nariz y huelo. Es un olor diferente al que normalmente tengo. Es potente y sospecho que es porque estoy ovulando, me encuentro cómo una hembra en celo y estoy fértil.
¿Por qué estoy tan mojada? No puede ser que sea por no haberme duchado en dos días ni por haber tenido sexo con mi marido la mañana de ayer. Creo de saber el porqué. Sabía que en mi mente todavía estaba la enorme verga del macho Rottweiller follando mi estrecha vagina y llenándola de leche caliente. Nunca creí que eso fuera posible y ahora mi coño estaba excitado al máximo. ¿Significaba esto que estaba pronta a hacer eso de nuevo? Mientras estaba allí mirando mi cuerpo desnudo, mi respiración había aumentado, mis pechos estaban rosados y venitas azulinas era visibles. Mí mente estaba entrando en una especie de trance.
Sacudí mi cabeza para aclarar un poco mis ideas y me dije que debía reaccionar y salir de allí. No podía sentirme cachonda de solo pensar a los perros de nuestros vecinos. Así que decidí vestirme e ir a alimentar a los perros tal como habíamos prometido a Carolina y Mauro. Me juré que iba a ignorar cualquier sentimiento que pudiera surgir mientras estaba en casa de nuestros vecinos. Me puse unos pantalones cortos y una remera vieja de mi marido. No me puse ropa interior porque planeaba ducharme a mi regreso a casa.
Caminé sobre el césped del jardín hasta la casa de los vecinos, el cálido sol dibujaba largas sombras mientras descendía en el ocaso. Normalmente la camiseta de mi marido me andaba bien, pero esta vez me di cuenta de que me andaba estrecha y mis duros pezones empujaban amenazantes con romper la delgada tela, pensé que si me topaba con alguien me iba a cubrir los senos con una mano. Afortunadamente no me crucé con nadie y pronto entré a la casa de los vecinos. Me dirigí a la cocina y abrí la puerta que da al patio trasero. Los cachorros fueron los primeros en verme y los ocho corrieron hacia mí, se agolparon a la puerta tratando de entrar. Decidí de hacerlos entrar a todos ellos para poder jugar un poco. Apenas abrí la puerta un montón de pelotitas negras se abalanzaron entre mis piernas.
Todos intentaban saltar sobre mí, así que me agaché y recogí a uno de ellos. Era la más pequeñita, una hembrita. La sostuve acurrucada entre mis brazos y miré hacia abajo a los demás, entonces sentí algo extraño. En el lugar donde mis pezones punzaban el genero de mi camiseta, habían aparecido sendas manchas húmedas que se extendían y yo sabía lo que era. Estaba perdiendo leche. Los sonidos que hacían los cachorros de algún modo habían provocado que mis pechos gotearan espontáneamente. Me sorprendí cuando la cachorra que tenía entre los brazos comenzó a lamer la humedad de mi remera. Su diminuta lengua rastrillaba mi pezón y cosquilleaba mi seno tratando de morder y chupar la leche de mi teta. Suspiré y accedí.
Dejé a la cachorra en el suelo y me quité la camiseta. Enseguida pude ver las gotas que se formaban en las punta de mis pezones y goteaban mojando mi piel alabastro. Me dirigí a la puerta trasera donde había una alfombra y me recosté de lado. Coloqué mis pechos de modo que los cachorros pudieran acceder a ambos pezones. Eran ocho así que iban a tener que turnarse. Dos de los machos más fuertes saltaron y se apoderaron de mis tetas, poniéndose a chupar frenéticamente. Podía sentir como mis senos se calentaban y ese calor recorría todo mi cuerpo. Mí leche fluía en abundancia tal como lo comandaba la naturaleza. No importaba que se tratara de una humana amamantando a cachorros caninos. Era sólo una madre que daba su nutritiva leche a sus bebés.
Cuando cada uno de ellos se sentía sacio, soltaba mi pezón y otro ocupaba rápidamente su lugar. Imaginé que ya habían sido amamantados por su madre, porque no les tomaba mucho tiempo el sentirse con la panza llenita. Pronto terminaron y me sentí un poco triste porque no sabía cuándo iba a ser la próxima vez que les iba a dar de mi leche. Me levanté y les dejé salir, todos corrieron a cobijarse al lado de su madre y se aprontaron para dormir.
Mientras mantenía la puerta abierta lo vi. El poderoso Rottweiller macho estaba en medio al patio mirándome. Me quedé paralizada mirándolo con solo mis pantaloncitos cortos puestos. Percibí que olía el aire e inclinaba la cabeza hacia los lados, algo había llamado su atención. Lo vi otear el aire y sus orejas se levantaron, pareció estremecerse. ¿Podía él en algún modo sentir mí olor? ¿Estará todavía interesado en esta nueva perra humana? Me urgió saberlo, así que me quité los pantalones y los tiré cerca de la remera. Me quedé parada allí desnuda y con las piernas ligeramente separadas, empujé mi pelvis un poco hacia adelante. Mi respiración se había vuelto agitada y mis pechos se inflaron un poco, el frescor del exterior hizo que mi pezones se pusieran duros como piedra.
El gran Rottweiller debe haberme olido porque se puso de pie y pude ver la mitad de su polla rojiza saliendo de su funda peluda. Trotó ligera y ágilmente hacia mí. Estaba fascinada por la elegancia de sus movimientos y la prestancia de sus poderosos músculos. Su poderosa verga comenzó a balancearse bajo su panza. Llegó a la puerta y me hice a un lado para dejarlo entrar al interior de la casa. No sabía que iba a suceder entre él y yo, pero fuera lo que fuera no lo iba a hacer a plena luz del día y en el patio de los vecinos.
Pasó por mi lado y casi sin detenerse olfateó mi caldeada panocha. Se sentó a la entrada de la sala de estar. Su polla roja estaba prácticamente fuera de su vaina y me miraba expectante. Él esperaba que yo diera el primer paso. Con las piernas temblorosas me acerqué y me senté en una silla. Lo miré fijamente preguntándome si realmente quería hacer lo que pensaba en hacer desde el principio. Vi su lengua mojada colgando parcialmente de su hocico y recordé lo bien que se sentía en mi panocha. Tal vez sería bueno e inofensivo si le dejara hacer solamente eso, pensé.
Me eché hacia adelante en la silla y extendí bien mis piernas, había un gran espejo en la pared y pude verme reflejada claramente. Mis piernas estaban bien separadas y los labios de mi coño lucían rojos e hinchados. Estaba más excitada de lo que esperaba. Pude apreciar lo mojado que estaban y los vellitos alrededor también estaban mojados. Mi coño estaba listo para cualquier cosa.
Supongo que su instinto lo hizo reaccionar porque se acercó a mí con su cabeza gacha y la metió justo en medio de mis piernas, olfateó brevemente mi esencia de hembra cachonda y su larga lengua serpenteó hacia mi coño, me lamió desde el culo hasta mí clítoris en una sola pasada. Arqueé mi espalda y eché mi cabeza hacia atrás gimiendo alocadamente. Al parecer mi olor le encantaba, pero aún más mi sabor lo cautivaba. No se cansaba de ello. Su lengua exploraba cada centímetro de mi panocha buscando más y más. De hecho, se metió a escarbar el agujero de mi vagina unos cuantos centímetros tratando de tener más de mi jugoso coño. Está claro que mientras más lamía, el flujo de mis jugos aumentaba. Desde que comenzó mi ovulación, mi coño producía muchas más cosas deliciosamente pegajosas y resbaladizas. Cerré los ojos y me perdí en esa sublime sensación. Estaba tan absorta que cuando llegó mi orgasmo me tomó totalmente por sorpresa. Mis caderas se movieron violentamente y la hendedura de mi vagina se contrajo. De puro reflejo levanté mis muslos para juntar mis piernas, pero no pude, su enorme cabezota entre ellas me lo impedía. La silla se estremeció y pensé que iba a caer. Sentí un potente chorro escapar desde mi conchita y él lamió todo. Me apoyé hacia atrás respirando afanosamente mientras los espasmos de mi coño se aminoraban. Entonces me di cuenta de que había dejado de lamer.
Justo cuando me iba a acomodar en la silla, él puso sus patas delanteras sobre esa. Estaban a ambos lados de mis glúteos y sentí como él intentaba acercarse aún más. Estaba tan cachonda que lo único que quería era sentir su gran polla dentro de mí. La verdad es que no lo había planeado así, ni mucho menos en esta posición, pero lo necesitaba tanto en mí que iba a hacer de todo para que sucediera lo que él y también yo deseábamos. Esta era la posición del misionero. Él se desplazó un poco más hacia adelante a saltitos y pude sentir su polla caliente frotando la parte interna de mis muslos. Abrí mis rodillas e intenté alinearme con su miembro que asomaba rojizo entre mis piernas y se acercaba a mi panocha. Pensé en lo primario y básico de todo esto. Él olía a perro y yo bueno, olía a hembra caliente.
Algo muy particular de los perros, es que cuando encuentran el lugar correcto no hay nada que pueda detenerlos, ellos no negocian, no hay nada que pueda hacerlos cambiar de opinión. No tuve que guiarlo porque mi coño estaba expectante y resbaladizo, mi labia vaginal estaba abierta y dispuesta. Tan pronto como la puntita de su polla dura y resbaladiza encontró la abertura de mi hendedura mojada, empujó violentamente y me metió la mitad de su polla. Cuando la sentí entrar en mí, esta comenzó a crecer, a hincharse en mi interior. Ahora el único sonido en la sala de estar eran las uñas de sus patas traseras dando saltitos para encajar toda su verga canina en mi ceñido coño y los chillidos que escapaban de mi boca mientras rodeaba su lomo peludo con mi brazos y lo tironeaba para que me la metiera toda.
Arqueé mi espalda y mis tetas se aplastaron contra su pelaje, me mordí mi labio inferior en espera de lo que venía. Su polla seguía creciendo y ya esa cosa bulbosa entraba y salía de mi anillo vaginal causándome convulsiones y espasmos de loca lujuria. En un momento dado su polla creció tanto que no volvió a salir de mi estrecha vagina, entonces su Bulbus Glandis se hinchó tanto que quedamos pegados, el poderoso macho de Rottweiller me tenían anudada a su gran polla.
En esta posición su polla se sentía más gruesa y larga, por suerte estaba bien lubricada, así que no sentí ningún malestar en la penetración en sí, algo distinto fue cuando su polla quedó atorada en mi panocha. Levanté mis piernas y rodeé su lomo con ellas para impedirle de tironear mi coño hacia afuera. Estabamos vientre con vientre. Su polla estaba muy profunda en mí y pude sentir como si tocara el fondo de mi vagina, creo de no tener más espacio para su polla, estoy atiborrada de polla de perro. Él seguía follándome sin pausa y a toda velocidad. No había forma de ralentizarlo o detenerlo; yo era su perra caliente y él me iba a impregnar con su semilla para darle una camada de perritos. Claro está que no iba a quejarme, era lo que yo quería. Por instinto él sabía que estaba ovulando y mi coño fértil totalmente dispuesto a recibir un baño de semen fecundador e iba a hacer todo lo necesario para asegurarse que su semen llegara a mis trompas de Falopio y unirse con mi óvulo pronto a ser fertilizado. Por supuesto que yo estaba consciente de que eso era biológicamente imposible, pero una ilusión no hace daño a nadie y yo movía mi coño para que él pudiera llenarme con su esperma y dejarme preñada.
Sentí como mis labios peludos se contraían amarrándome más a su polla y me preparé. Estaba sudando y apreté duro mis dientes. Miré el reflejo en el espejo y lo encontré talmente erótico que mi cuerpo convulsionó y se estremeció en un poderoso orgasmo. Mientras apretaba mis pechos contra su pelaje, él dejó de follarme, sus movimientos eran delicados y suaves, me estaba llenando con su esperma canino. Su polla estaba en lo más profundo de mi ser, mucho más adentro que cualquier polla humana podría alcanzar. Pensé a mi marido, ¿Cómo iba a encontrar satisfacción con su polla notablemente más chica que la de este poderoso macho de Rottweiller?
Ambos estábamos jadeando mientras el disparaba chorros y chorros de semen dentro de mi caldeada panocha. Estaba llenando a su perra con su potente semen. Se sentía tibio y la cantidad era mucha. Mi coño estaba sellado al vacío alrededor de su magnifica polla, por lo que era imposible que escapara ni siquiera una gota de su lechita.
Pasaron un par de minutos y él retrocedió con la intención de despegarse de mí; sentí un tirón como si me fueran a arrancar las entrañas. En esta posición no podía voltearse como lo había hecho la primera vez. Lo retuve contra mi cuerpo y grité:
—¡No! … ¡Ay! … ¡No hagas eso! … ¡Ay! …
Estabamos muy bien pegados y no iba a ser fácil separarnos, al menos por un tiempo. Comencé a pensar en como distraerlo. Su cabeza estaba justo sobre mis grandes pechos. Él babeaba sobre ellos y se me ocurrió intentar algo. Levanté mi pezón y lo acerqué a su hocico, entonces lo presioné y un chorrito de leche mojó su fría nariz. El lengüeteo para limpiarse y olfateó mirando directamente a mis tetas, al parecer le gustó el sabor, entonces volví a presionar fuertemente mi pezón, él abrió sus fauces y el chorro cayó sobre su lengua. Los cachorros no habían agotado toda mi leche, así que había mucho para darle. Solté mi pezón y acerqué mi voluminosa teta a su hocico. Entreabrió apenas su hocico y yo empujé mi pezón dentro, él comenzó a chupar.
Una vez cachorro, siempre cachorro, pensé. Este majestuoso perro macho adulto, que tenía su polla enterrada profundamente en mí, se estaba amamantando desde mi pecho. No podía creerlo. Sus chupadas eran mucho más poderosas que la de los cachorros. Sus dientes mordían con delicadez extrema mi pezón, solo presionándolo para hacer salir más leche. Incluso mi areola estaba siendo succionada por el hocico del macho, haciendo que grandes chorros salieran disparados de mi teta. Había un mínimo de dolor debido a sus afilados dientes, pero al mismo tiempo esta acción de darle de mamar me tranquilizaba a mí y lo tranquilizaba a él. Mi preocupación era que su nudo se encogiera lo suficiente antes de que mi leche se acabara.
Eso finalmente sucedió, él drenó toda mi teta derecha. Afortunadamente soltó mi pezón estirado y no me mordió. Rápidamente me moví un poco y le encajé mi seno izquierdo. Lo presioné para hacer salir un poco de leche, inmediatamente él se puso a succionar mi pezón haciendo salir borbotones de leche hacia su hocico.
Mi cuerpo estaba sintiendo muchas y deliciosas sensaciones. Al parecer iba a tener otro orgasmo, lo estaba presintiendo. Toda esta experiencia con su enorme polla disparando todavía su semilla dentro de mí, su poderoso nudo hinchado que me ataba a él e impedía que de mi conchita escapara ni una sola gota de su preciado semen; la succión de mis pezones me estimulaban inmensamente. Estaba sintiendo que mi pecho se vaciaba, me había chupado hasta dejarme seca. Justo entonces soltó mi pezón e intento echarse hacia atrás. Su enorme nudo frotó mi punto G. Eso causó lo esperable. Empujé mi pelvis contra su polla y lo apreté con brazos y piernas mientras mi cuerpo se estremecía en un convulsivo orgasmo. Mi coño sujetó su enorme verga como una ventosa. Podía sentir cada sinuosidad y vena de su verga. Temblé enloquecida y un líquido salió disparado de mi panocha excitada mojando nuestros cuerpos y sexos. Todavía estábamos pegados. Nunca me había corrido de este modo. Las veces que tenía orgasmos con mi marido, cosa que ocurría raramente, todo giraba en torno a mí. Esta vez era diferente, se trataba de mi apareamiento con mi macho. Todo lo que sentía era debido al hecho de que estábamos unidos como un solo ser, estábamos pegados. Él me había anudada a su polla como su perra reproductora y eso era exactamente como yo me quería sentir. Nunca me había sentido tan viva y deseable al mismo tiempo, mí coño le pertenecía por completo y así sería para siempre.
Lloré y gemí mientras disminuían los temblores de mi cuerpo. Cuando todo terminó me desplomé sobre la silla totalmente agotada y satisfecha. Todo mi cuerpo se relajó y probablemente él también se había relajado y achicado lo suficiente como para salir de mi conchita. Podía sentir como estiraba mi coño, pero no tenía energía suficiente para retenerlo dentro de mí. Miré hacia abajo y vi esa bola blanquecina que comenzaba a forzar el anillo de mi vagina con mis gruesos labios mayores envolviéndolo, potentes chorros de semen escaparon por los pliegues estirados de mi coño. Su gigantesca verga continuó deslizándose fuera de mi sexo y parecía no terminar de salir. Cuando todo salió, lo miré y calculé que al menos unos veinticinco centímetros o más, habían sido alojados en el interior de mi vagina. Todavía salía semen a chorros de mi panocha. No tenía la menor idea de como había eyaculado tanto esperma en mi coño caliente.
Habíamos combinado un desastre. Tendría que venir a limpiar todo con un limpiador a vapor. Interminables chorros salían de mi conchita y escurrían por mis piernas, sabía y sentía que podía haber mucho más dentro de mí. Había una leve hinchazón en mi vientre y estaba segura de que todavía había mucho semen en mi interior. De alguna manera logré levantarme lentamente. Miré todo el desorden a mi alrededor y sacudí mi cabeza casi sin poder creerlo. Mi macho estaba en un rincón limpiando su enorme polla. Tomé un paño de cocina aparentemente limpio y procedí a limpiarme lo mejor que pude. La habitación olía a perro y estaba desordenada, pensé en venir al día siguiente y limpiar todo, total nuestros vecinos iban a estar lejos al menos por otra semana.
Llamé al perro y lo hice salir por la puerta que daba al patio trasero, caminaba con paso cansino, también él estaba agotado. Me volví a poner mis pantaloncitos cortos y mí remera. De alguna parte saqué fuerzas suficiente para echar agua fresca y alimento a sus cuencos; luego me fui a casa. Caminé por el prado sintiendo que algo líquido escurría desde mi coño adolorido. También podía sentir que todavía mi matriz estaba llena de su semen e imaginé a millones de protozoos caninos nadando hacia mis trompas de Falopio buscando a mi huevo a fecundar. Me pregunté: ¿En qué momento la naturaleza impide que una hembra humana pueda llevar a termino un embarazo con un perro? ¿Tal vez el óvulo permanecería bañado y rodeado de espermatozoos tratando de romper su blindaje? ¡O tal vez un diminuto espermatozoide canino lograría penetrar el óvulo humano logrando la concepción aunque sea solo por un breve tiempo? ¿Podría el embrión implantarse y permanecer adherido al útero hasta que una orden divina resolviera que esto era innatural y lo eliminara? Lo único que tenía claro es que hacia unos días que estaba ovulando y ya dos veces había tenido relaciones sexuales con un perro. Sí existía alguna probabilidad de que un perro preñara a una hembra humana, esta era la oportunidad propicia.
(Continuará) …
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