Suave y brillante como una ciruela.
por
Juan Alberto
género
incesto
Hay cosas que suceden tan rápida y fortuitamente que inexplicablemente uno se encuentra a hacer cosas que jamás pensó en hacer. Esto pensaba mientras pasaba la maquinilla de afeitar sobre el suave montículo de mi hija, Nora, que me observaba atentamente con sus piernas totalmente abiertas. Su piel era suave y brillante como una ciruela, los labios de su coño ligeramente gorditos y con algunas arruguitas, yo miraba con fascinación su primorosa y fina hendedura que de tanto en tanto se abría y me permitía ver los preciosos pliegues de color rosado oscuro de su vulva y rosado claro de su vagina. Había mucha humedad y a ratos también podía ver el oscuro orificio rosado y cremoso que se perdía ensoñadoramente hacia su interior. Era nuestro primer día en Europa, pero para ella era la primera vez en un resort nudista en Las Islas Canarias. Nora era la más entusiasta de vivir esta experiencia.
Estiré su joven y elástica piel color alabastro, sin perder de vista sus adorables tetas de joven mujer que estaban duras y del mismo color que el área entre sus carnosos muslos. Ella permanecía sentada y silenciosa controlando de que yo afeitara bien su coño por primera vez. Me comentó que nunca antes lo había querido afeitar, pero como había visto que la mayor parte de las mujeres en la piscina iban con sus coño perfectamente depilados, le pareció que era algo que ella también tenía que hacer.
A mi me gustaba la idea de frecuentar un resort nudista, pero nunca pensé que me iba a poner duro frente a mi hija. Sólo que ella audazmente y de sorpresa me preguntó.
—¿Papi … te gustan los coños calvos? …
Eso disparó en mi una chispa de innegable lujuria. Siempre había sido consciente del aspecto y la sensualidad de las partes íntimas femeninas. Sólo que no lo había relacionado con la frescura, juventud y belleza de mi hija de cabellos rubios, igual a los de su madre fallecida hace más de una década por un cáncer uterino no diagnosticado a tiempo. Después de que ella me hizo esa pregunta, nunca más salió de mi mente la hermosa convergencia de la piernas de mi hija y no pude evitar que mi polla volviera a la vida en toda su sublime dureza.
Amaba a Nora, ella era la depositaria de todo mi afecto y amor de padre. Ahora de pronto me encontraba a luchar con ese perverso instinto masculino de poseer a una mujer, no me importaba que ella fuera mi hija. Cuando ella me pidió de afeitarla yo mismo por sentir vergüenza de que lo hiciera algún desconocido, por supuesto que acepté. No la iba a dejar en manos de quien sabe quién, pero apenas mis ojos se posaron con los dorados vellitos incipientes que no ocultaban la hinchazón de su labia vaginal cerrada como una inexpugnable fortaleza; mi hombría se hizo evidente. La mayor parte del proceso lo habíamos hecho en silencio, excepto por ocasionales gemidos de Nora mientras el color de su coño comenzaba a cambiar a un color rojizo y una exigua babita se aventuraba al borde de sus labios cachigordos. Estiré con sumo cuidado sus flexibles y jóvenes pliegues para poder rasurar hasta el último vello.
Cuando finalmente creí de haber terminado, tomé la boquilla de la ducha teléfono que colgaba al extremo de la bañera y la incliné sobre su rajita. Primero rocié su montículo y su vientre hundido, luego sus muslos y la apunté contra su surco cerrado tratando de lavar ese poco de espuma que se resistía a salir.
Yo estaba con las piernas cruzadas en la gran bañera y ella sentada en un pequeño escalón al extremo de la vasca, con sus piernas bien abiertas y sus pies apoyados a sus costados. Tiré del tapón para dejar escurrir el agua y recogí la botella de bálsamo que se había entibiado con el agua. Saqué la tapa de rosca y versé unos cuantos chorritos en mi mano. Entonces comencé a untar la acuosa crema sobre los muslos y el hermoso coño de mi hija.
—¿Te gusta como quedó, papi? … —Me preguntó, Nora.
—Sí, mi amor … Luce perfecto … —Le dije sinceramente.
—¡Vamos, dime la verdad! … ¿Realmente te gusta? … —Dijo ella dudosa.
—Por supuesto, cariño … Te ves preciosa … —Le dije reasegurándola.
Aún cuando de que a menudo en casa estábamos desnudos, esta era la primera vez que tenía su coño tan cerca de mi cara. No podía luchar contra mis naturales instintos y la hormigueante sensación en mis bolas; mi polla comenzó a crecer sin que yo pudiera hacer nada y, respondiendo a mi hija cuanto me gustaba su coño pelado, solo empeoró las cosas. Y la forma impúdica en que ella se sentaba con sus piernas abiertas permitiéndome esparcir loción por todo el interior de sus muslos y sobre su panocha caliente, estaba llevando a mi pene alzarse en una furiosa erección.
—¿Te gustan las almejitas peladas, papi? …
—¿Por qué me preguntas eso? …
—Porque veo como miras a las chicas en la piscina …
—Realmente no me di cuenta de mirar a nadie …
—¿Deveras? … Dime la verdad, papá …
—Bueno … Soy hombre … Supongo que no puedo evitarlo …
—Está bien, papi … Me alegro de que te guste … Yo también miro mucho … Sobre todo a ti, papá …
—¿En serio? … Pero si tú ya me has visto tantas veces, cariño …
—Sí, pero me gusta mirarte … Me encanta cómo te afeitas ahí abajo …
—¡Oh!, es simplemente porque se siente mejor, cariño …
Mis dedos presionaron sobre su clítoris provocando el arqueo de su espalda y un audible gemido salió de su boca entreabierta sicalípticamente.
—¡Oooohhhh! … ¡Uuuuhhhh! … Tienes razón, se siente realmente bien …
Me acerqué lo suficiente como para inhalar profundamente la fragancia que emanaba su suave y zagal coño. Era inconfundible el aroma natural de sus fluidos a través del perfume de la loción. La sangre comenzó a rebullir en mis venas mientras pasaba mis dedos rozando su montículo y sus hinchados labios. Tracé la forma de su hendidura con las yemas de mis dedos hacia arriba y hacia abajo. Nora abrió su boca en un gemido mientras su cuerpo se arqueaba.
—¡Oooohhhh, papi! … ¡Uummmmmm! …
Entonces con dos de mis dedos abrí la parte superior de su coño y lentamente pasé mi lengua sobre su capullito floreciente, para plantar un beso húmedo sobre su labia. Los suspiros de Nora se hicieron profundos a medida que mi lengua se deslizaba hacía arriba y hacia debajo de su hendedura, lanzó una especie de alborozado chillido cuando hundí mi lengua en su jugoso manjar. Ahora Nora estaba sonrojada y su coño estaba muy mojado. Chupé delicadamente los pliegues de su botoncito del placer y miré hacia arriba. Sus maravillosas tetas parecían haber crecido desde el angulo de mi mirada y sus pezones vibraban y sobresalían potentes.
Sentí que sus delicadas manitas se entrelazaron con mis cabellos y afianzaron mi boca contra su coño húmedo. Apreté mis manos sobre la parte superior de sus muslos y clavé mis dedos bajo su firmes y duras nalgas amasándolas y masajeándolas, entonces abrí mi boca para cubrir su entero coño, lamiendo y presionando su jugosa hendedura. Al principio simplemente la follé con mi lengua mientras ella ondulaba su vientre con un movimiento de caderas instintivo.
Los suspiros de Nora se habían trasmutado en gemidos mientras restregaba con fuerza su coño contra mi boca. Me di cuenta de que ella gozaba de esto tanto como yo y me deleité con la dulzura jugosa de su coño que era inigualable. Este era el coño de mi propia hija, era el coño más dulce, ceñido y fresco que jamás haya probado. Los sonidos de placer que surgían del esbelto y sedoso cuerpo de ella mientras lamía y sondeaba su caliente agujero, hacían que mi polla doliera de necesidad como nunca antes.
Saboreé la tierna rajita de mí nena por largo rato, pero finalmente me puse de pie. Los contornos solidos de mi cuerpo se hicieron evidentes, mi polla destacaba por sobre toda otra cosa, dura, gruesa e imponente. Nora permaneció sentada y ahora su rostro estaba casi al mismo nivel de mi maciza masculinidad. Mi mano se enredó en sus cabellos mojados y la tiré hacia mí, inmediatamente ella abrió su boca, pero no apunté a ella y solo rocé sus mejillas. Su párvula lengua me persiguió y comenzó a lamer mi polla. Era imposible resistir por mucho tiempo, entonces ella ahuecó mis bolas en una de sus mano y me inmovilizó sin dejarme espacio posible donde escapar.
La bulbosa cabezota de mi pene que ya rezumaba gotas nacaradas desapareció en la tibieza húmeda y suave de los carnosos labios de mi hija. Nora luego besó mi polla y la frotó contra su suave mejilla. La miré a los ojos y ella me sonrió francamente dichosa. Comenzó a lamerme y besarme, me parecía como si su lengua tuviera suaves pelitos aterciopelados que acariciaban mi polla. Puse toda mi polla en su boca y la empujé hasta el fondo de su garganta, ella hizo un gesto de nausea, pero no cejó en sus intenciones de tragarla toda. Su boca comenzó a producir más saliva que chorreaba por su barbilla. Agarré sus cabellos y volví a empujar mi pene hasta tocar su garganta, ella comenzó a chuparme más rápido mientras con una de sus manos acariciaba mis bolas. Su nariz estaba a estrecho contacto con mi vientre y su lengua era un torbellino de carne tratando de sobajear mi polla que pulsaba en lo profundo de su boca. Ya no podía discernir cuales eran chupadas y cuales eran lengüetazos, todo me parecía una sola cosa. Ella se retiró y luego lo volvió a tragar; así una y otra vez, una y otra vez. Me afirmé a los azulejos beige del baño. Su mano no soltaba mis bolas mientras su otra mano acariciaba mi entrepierna, luego extendió un dedo y rozó el borde de mi culo.
—¡Santo cielo, bebita! … ¡Eso se siente bien! … ¡Papi te ama mucho! …
Traté de decir entre mi entrecortada respiración. Apreté mis nalgas, mis piernas se entiesaron y empujé mi pene en lo profundo de su arremolinada boca y repetí jadeando.
—¡Te amo, cariño! … ¡Te amo! …
Ella se liberó de mi polla y dijo.
—Lo sé … Puedo sentirlo … Me lo estas demostrando …
Tomé su mano y la hice ponerse de pie. Vi la genuina excitación germinando en sus ojos lucientes. La hice salir de la bañera y la llevé hacia la habitación, pero no llegamos a la cama. Ella se detuvo y aferró mi polla con ambas manos comenzándola a restregar sobre su suave y liso vientre. Puse mis manos en sus hombros y la empujé hacia abajo arrodillándome con ella sobre la mullida alfombra. Nora muy sumisa me dejó recostarla sobre su espalda y abrió sus muslos. Me incliné a su lado e hice viajar las yemas de mis dedos sobre sus túrgidos pezones, mientras mi otra mano se deslizaba sobre su montículo recién depilado, avanzando sobre su labia regordeta y caliente, separando el surco de su hendedura con la yema de mí dedo medio y deslizándolo dentro con cierta facilidad debido a la ya manifiesta humedad de la estrecha panocha de ella. Después de entrar en contacto con la jugosa miel de mí hija, me llevé los dedos a mí nariz para inhalar la fragancia deliciosa que emanaba su exquisito coño; segundos después mojé sus pezones con esa cremosa humedad y me incline para chupar sus juveniles tetas.
Un poco arrodillado comencé a deslizarme de sus pechos a su vientre. Levanté una de sus piernas, ella se mantuvo en la misma posición y mis dedos se deslizaron sobre su firme y redonda nalga hasta alcanzar su mojado agujero, empapando mis dedos en su delicia. Hundí dos de mis dedos en ese charco delicado y gustoso, luego me acomodé sobre su rajita.
—No deberíamos estar haciendo esto, mi amor … Pero no lo puedo evitar …
—Lo sé, papá … Sólo que me gusta todo lo que me haces …
Con mi dedo pulgar y mi índice atrapé el gusanito delicado de su clítoris y sentí como ella se estremeció, torciendo mi mano hacia abajo penetré su culo con mi dedo medio y comencé a bombearla con mis dedos en forma persistente y suave. Logré agregar mi dedo anular y follé su culo con dos de mis dedos sin dejar de estimular su botoncito del placer. Nora comenzó a retorcerse sobre la alfombra.
—También a mi gusta todo esto, tesoro … Me complace saber que te puedo dar placer …
—Te amo, papi …
Con esas palabras, me desesperé, necesitaba sentirla y estar más profundo dentro de ella. Le saqué los dedos de su trasero, aparté sus muslos bien abiertos, entonces aferré mi pene entiesado y lo presenté al surco hinchado de sus labios vaginales. Empujé con suavidad y la penetré, se sentía increíblemente apretada y ella dejó escapar un agudo y ahogado chillido al sentir la gruesa cabezota de mi polla horadando su tierna intimidad, con el peso de mi cuerpo sumergí mi polla en la profundidad de su caliente vagina. La agarré por los tobillos y levanté sus piernas hasta mis hombros, entonces inicié a embestirla cada vez con mayor energía.
Nora y yo jadeábamos, ella movía su cabeza de lado disfrutando mi gruesa verga que estaba en un frenético mete y saca de su agujero empapado. De repente ella se retorció y liberó sus tobillos de mis hombros, con increíble fuerza, ella rodeó mi cintura con sus piernas y levantó su ingle hacia arriba; entonces tomé sus caderas y empujé mi polla violentamente dentro de su angosto surco vaginal. Nora comenzó a convulsionar en espasmódicos tiritones y escalofríos que indicaban que ella estaba explotando en un poderoso orgasmo, sin dejar de follarla fuerte, escuché sus gemidos y chillidos.
—¡Oooohhhh! … ¡Uuuhhhh, papi! … ¡Es maravilloso, papá! … ¡Fóllame, fóllame así fuerte, papito rico! … ¡Ssííí! … ¡Umpf! … ¡Aaahhhhh! … ¡Te amo, papá! …
Agarré sus piernas y metiendo mis brazos por debajo, las levanté hasta casi tocar sus tetas, luego me boté encima de ella para follarla con poderosas embestidas, tal como ella me estaba pidiendo. Nora se las ingenió para meter sus brazos por debajo de los míos y se aferró a mis hombros enterrando sus uñas en mi carne desnuda, empujando su ingle al ritmo de mis profundas estocadas. Nunca me había sentido tan unido a ella.
Casi mi entero peso estaba sobre ella, pero ella parecía no notarlo mientras se estremecía convulsivamente en la culminación de su clímax. Nora había tomado el control y me aferraba por los hombros pegándose más a mí, sacudiendo todo su cuerpo bajo el mío, al tiempo que toda su panocha se contraía y succionaba mi pija como si quisiera desgarrarla y llevarla más adentro de ella. Había una mueca de agonía en su joven rostro que, a ratos, se distendía en una risa alocada, pero sin dejar de fruncir su ceño. Mi hija era una mascara de lujuria y placer, nunca antes había visto una mujer entregándose así y tomando todo de mí.
Cuando ella comenzó a relajarse y sus sacudidas disminuyeron; hice de aparte sus cabellos rubios y la besé. Quería demostrarle todo el afecto que un hombre puede demostrar a una mujer mientras hace el amor con ella, pero ella me respondió con un beso desesperado y hambriento; restregaba todo su grácil cuerpo contra el mío y sus labios se juntaron arremolinados a los míos. Mantuve mi polla bombeándola sin descanso, pero delicadamente mientras ella se mantenía aferrada a mí con su coño apretado. Luchando por recuperar mi respiración, le dije.
—¿Sabes que te amo, cariño? … Papi siempre te amará …
—Lo sé, papi … No dejes de moverte … Se siente tan rico tu polla dentro de mí …
La apreté con todas mis fuerzas y comencé casi descontroladamente a mover mis caderas. Mi polla se hundía toda entera en su coño rebasado de fluidos emitiendo un sonido acuoso. Me pareció sentir una especie de fiebre en mis sienes, contemplé su hermoso rostro con sus ojos muy abiertos y fijos en los míos, entonces de su boca ligeramente entreabierta la escuché gemir y decir casi en un lamento.
—¡Ssííí, papi! … ¡Oh, ssííí! … ¡Muévete así rico, papi! … ¡No te detengas! … ¡Lo quiero todo, papi! … ¡Córrete dentro de mí! … ¡Dámelo todo! … ¡Ahora, papi, ahora! … ¡Uhhhhhh! …
Su cremoso coño parecía arder y me estrujaba, no pude aguantar más y un chorro violento y caliente salió disparado de mi polla causándome un clímax mezclado de dolor y placer; el semen ardiente parecía quemar mi polla mientras escapaba en ráfagas potentes en las profundidades del coño de mi hija.
No sé cuanto tiempo nos quedamos allí convulsionando unidos en un estrecho abrazo. Ella se relajó y soltó mi torso del amarre de sus piernas, me deslicé a su lado sacando mi gorda polla de su caliente panocha. Entrelacé mis dedos a los dedos delgados de su mano derecha y nos tomamos de la mano. Había una mirada satisfecha en el rostro de Nora, pero al mismo tiempo de incredulidad. Me encontré mirándola del mismo modo. Me había follado a mi hija y aún cuando me sentía satisfecho, me era difícil creer que había sucedido con el completo consenso de ella. La ayudé a levantarse y caminamos de la mano hacia el baño, necesitábamos urgentemente una ducha para lavar nuestros cuerpos sudorosos.
Bajo la ducha ella no cesaba de abrazarme y besarme, yo por mi parte estrechaba su cuerpo juvenil al mío y le prodigaba todos los cuidados posibles como padre y ahora como amante. La abracé, tome su barbilla para que me mirara y le dije.
—Creo que estas van a ser las mejores vacaciones nudistas de toda mi vida, nenita …
—También para mí, papá … También para mí … Y te amo más que a nada …
Fin
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El regalo más preciado de quien escribe es saber que alguien está leyendo sus historias. Un correo electrónico, a favor o en contra, ¡Tiene la magia de alegrar el día de quien construye con palabras, una sensación y un placer!
luisa_luisa4634@yahoo.com
Estiré su joven y elástica piel color alabastro, sin perder de vista sus adorables tetas de joven mujer que estaban duras y del mismo color que el área entre sus carnosos muslos. Ella permanecía sentada y silenciosa controlando de que yo afeitara bien su coño por primera vez. Me comentó que nunca antes lo había querido afeitar, pero como había visto que la mayor parte de las mujeres en la piscina iban con sus coño perfectamente depilados, le pareció que era algo que ella también tenía que hacer.
A mi me gustaba la idea de frecuentar un resort nudista, pero nunca pensé que me iba a poner duro frente a mi hija. Sólo que ella audazmente y de sorpresa me preguntó.
—¿Papi … te gustan los coños calvos? …
Eso disparó en mi una chispa de innegable lujuria. Siempre había sido consciente del aspecto y la sensualidad de las partes íntimas femeninas. Sólo que no lo había relacionado con la frescura, juventud y belleza de mi hija de cabellos rubios, igual a los de su madre fallecida hace más de una década por un cáncer uterino no diagnosticado a tiempo. Después de que ella me hizo esa pregunta, nunca más salió de mi mente la hermosa convergencia de la piernas de mi hija y no pude evitar que mi polla volviera a la vida en toda su sublime dureza.
Amaba a Nora, ella era la depositaria de todo mi afecto y amor de padre. Ahora de pronto me encontraba a luchar con ese perverso instinto masculino de poseer a una mujer, no me importaba que ella fuera mi hija. Cuando ella me pidió de afeitarla yo mismo por sentir vergüenza de que lo hiciera algún desconocido, por supuesto que acepté. No la iba a dejar en manos de quien sabe quién, pero apenas mis ojos se posaron con los dorados vellitos incipientes que no ocultaban la hinchazón de su labia vaginal cerrada como una inexpugnable fortaleza; mi hombría se hizo evidente. La mayor parte del proceso lo habíamos hecho en silencio, excepto por ocasionales gemidos de Nora mientras el color de su coño comenzaba a cambiar a un color rojizo y una exigua babita se aventuraba al borde de sus labios cachigordos. Estiré con sumo cuidado sus flexibles y jóvenes pliegues para poder rasurar hasta el último vello.
Cuando finalmente creí de haber terminado, tomé la boquilla de la ducha teléfono que colgaba al extremo de la bañera y la incliné sobre su rajita. Primero rocié su montículo y su vientre hundido, luego sus muslos y la apunté contra su surco cerrado tratando de lavar ese poco de espuma que se resistía a salir.
Yo estaba con las piernas cruzadas en la gran bañera y ella sentada en un pequeño escalón al extremo de la vasca, con sus piernas bien abiertas y sus pies apoyados a sus costados. Tiré del tapón para dejar escurrir el agua y recogí la botella de bálsamo que se había entibiado con el agua. Saqué la tapa de rosca y versé unos cuantos chorritos en mi mano. Entonces comencé a untar la acuosa crema sobre los muslos y el hermoso coño de mi hija.
—¿Te gusta como quedó, papi? … —Me preguntó, Nora.
—Sí, mi amor … Luce perfecto … —Le dije sinceramente.
—¡Vamos, dime la verdad! … ¿Realmente te gusta? … —Dijo ella dudosa.
—Por supuesto, cariño … Te ves preciosa … —Le dije reasegurándola.
Aún cuando de que a menudo en casa estábamos desnudos, esta era la primera vez que tenía su coño tan cerca de mi cara. No podía luchar contra mis naturales instintos y la hormigueante sensación en mis bolas; mi polla comenzó a crecer sin que yo pudiera hacer nada y, respondiendo a mi hija cuanto me gustaba su coño pelado, solo empeoró las cosas. Y la forma impúdica en que ella se sentaba con sus piernas abiertas permitiéndome esparcir loción por todo el interior de sus muslos y sobre su panocha caliente, estaba llevando a mi pene alzarse en una furiosa erección.
—¿Te gustan las almejitas peladas, papi? …
—¿Por qué me preguntas eso? …
—Porque veo como miras a las chicas en la piscina …
—Realmente no me di cuenta de mirar a nadie …
—¿Deveras? … Dime la verdad, papá …
—Bueno … Soy hombre … Supongo que no puedo evitarlo …
—Está bien, papi … Me alegro de que te guste … Yo también miro mucho … Sobre todo a ti, papá …
—¿En serio? … Pero si tú ya me has visto tantas veces, cariño …
—Sí, pero me gusta mirarte … Me encanta cómo te afeitas ahí abajo …
—¡Oh!, es simplemente porque se siente mejor, cariño …
Mis dedos presionaron sobre su clítoris provocando el arqueo de su espalda y un audible gemido salió de su boca entreabierta sicalípticamente.
—¡Oooohhhh! … ¡Uuuuhhhh! … Tienes razón, se siente realmente bien …
Me acerqué lo suficiente como para inhalar profundamente la fragancia que emanaba su suave y zagal coño. Era inconfundible el aroma natural de sus fluidos a través del perfume de la loción. La sangre comenzó a rebullir en mis venas mientras pasaba mis dedos rozando su montículo y sus hinchados labios. Tracé la forma de su hendidura con las yemas de mis dedos hacia arriba y hacia abajo. Nora abrió su boca en un gemido mientras su cuerpo se arqueaba.
—¡Oooohhhh, papi! … ¡Uummmmmm! …
Entonces con dos de mis dedos abrí la parte superior de su coño y lentamente pasé mi lengua sobre su capullito floreciente, para plantar un beso húmedo sobre su labia. Los suspiros de Nora se hicieron profundos a medida que mi lengua se deslizaba hacía arriba y hacia debajo de su hendedura, lanzó una especie de alborozado chillido cuando hundí mi lengua en su jugoso manjar. Ahora Nora estaba sonrojada y su coño estaba muy mojado. Chupé delicadamente los pliegues de su botoncito del placer y miré hacia arriba. Sus maravillosas tetas parecían haber crecido desde el angulo de mi mirada y sus pezones vibraban y sobresalían potentes.
Sentí que sus delicadas manitas se entrelazaron con mis cabellos y afianzaron mi boca contra su coño húmedo. Apreté mis manos sobre la parte superior de sus muslos y clavé mis dedos bajo su firmes y duras nalgas amasándolas y masajeándolas, entonces abrí mi boca para cubrir su entero coño, lamiendo y presionando su jugosa hendedura. Al principio simplemente la follé con mi lengua mientras ella ondulaba su vientre con un movimiento de caderas instintivo.
Los suspiros de Nora se habían trasmutado en gemidos mientras restregaba con fuerza su coño contra mi boca. Me di cuenta de que ella gozaba de esto tanto como yo y me deleité con la dulzura jugosa de su coño que era inigualable. Este era el coño de mi propia hija, era el coño más dulce, ceñido y fresco que jamás haya probado. Los sonidos de placer que surgían del esbelto y sedoso cuerpo de ella mientras lamía y sondeaba su caliente agujero, hacían que mi polla doliera de necesidad como nunca antes.
Saboreé la tierna rajita de mí nena por largo rato, pero finalmente me puse de pie. Los contornos solidos de mi cuerpo se hicieron evidentes, mi polla destacaba por sobre toda otra cosa, dura, gruesa e imponente. Nora permaneció sentada y ahora su rostro estaba casi al mismo nivel de mi maciza masculinidad. Mi mano se enredó en sus cabellos mojados y la tiré hacia mí, inmediatamente ella abrió su boca, pero no apunté a ella y solo rocé sus mejillas. Su párvula lengua me persiguió y comenzó a lamer mi polla. Era imposible resistir por mucho tiempo, entonces ella ahuecó mis bolas en una de sus mano y me inmovilizó sin dejarme espacio posible donde escapar.
La bulbosa cabezota de mi pene que ya rezumaba gotas nacaradas desapareció en la tibieza húmeda y suave de los carnosos labios de mi hija. Nora luego besó mi polla y la frotó contra su suave mejilla. La miré a los ojos y ella me sonrió francamente dichosa. Comenzó a lamerme y besarme, me parecía como si su lengua tuviera suaves pelitos aterciopelados que acariciaban mi polla. Puse toda mi polla en su boca y la empujé hasta el fondo de su garganta, ella hizo un gesto de nausea, pero no cejó en sus intenciones de tragarla toda. Su boca comenzó a producir más saliva que chorreaba por su barbilla. Agarré sus cabellos y volví a empujar mi pene hasta tocar su garganta, ella comenzó a chuparme más rápido mientras con una de sus manos acariciaba mis bolas. Su nariz estaba a estrecho contacto con mi vientre y su lengua era un torbellino de carne tratando de sobajear mi polla que pulsaba en lo profundo de su boca. Ya no podía discernir cuales eran chupadas y cuales eran lengüetazos, todo me parecía una sola cosa. Ella se retiró y luego lo volvió a tragar; así una y otra vez, una y otra vez. Me afirmé a los azulejos beige del baño. Su mano no soltaba mis bolas mientras su otra mano acariciaba mi entrepierna, luego extendió un dedo y rozó el borde de mi culo.
—¡Santo cielo, bebita! … ¡Eso se siente bien! … ¡Papi te ama mucho! …
Traté de decir entre mi entrecortada respiración. Apreté mis nalgas, mis piernas se entiesaron y empujé mi pene en lo profundo de su arremolinada boca y repetí jadeando.
—¡Te amo, cariño! … ¡Te amo! …
Ella se liberó de mi polla y dijo.
—Lo sé … Puedo sentirlo … Me lo estas demostrando …
Tomé su mano y la hice ponerse de pie. Vi la genuina excitación germinando en sus ojos lucientes. La hice salir de la bañera y la llevé hacia la habitación, pero no llegamos a la cama. Ella se detuvo y aferró mi polla con ambas manos comenzándola a restregar sobre su suave y liso vientre. Puse mis manos en sus hombros y la empujé hacia abajo arrodillándome con ella sobre la mullida alfombra. Nora muy sumisa me dejó recostarla sobre su espalda y abrió sus muslos. Me incliné a su lado e hice viajar las yemas de mis dedos sobre sus túrgidos pezones, mientras mi otra mano se deslizaba sobre su montículo recién depilado, avanzando sobre su labia regordeta y caliente, separando el surco de su hendedura con la yema de mí dedo medio y deslizándolo dentro con cierta facilidad debido a la ya manifiesta humedad de la estrecha panocha de ella. Después de entrar en contacto con la jugosa miel de mí hija, me llevé los dedos a mí nariz para inhalar la fragancia deliciosa que emanaba su exquisito coño; segundos después mojé sus pezones con esa cremosa humedad y me incline para chupar sus juveniles tetas.
Un poco arrodillado comencé a deslizarme de sus pechos a su vientre. Levanté una de sus piernas, ella se mantuvo en la misma posición y mis dedos se deslizaron sobre su firme y redonda nalga hasta alcanzar su mojado agujero, empapando mis dedos en su delicia. Hundí dos de mis dedos en ese charco delicado y gustoso, luego me acomodé sobre su rajita.
—No deberíamos estar haciendo esto, mi amor … Pero no lo puedo evitar …
—Lo sé, papá … Sólo que me gusta todo lo que me haces …
Con mi dedo pulgar y mi índice atrapé el gusanito delicado de su clítoris y sentí como ella se estremeció, torciendo mi mano hacia abajo penetré su culo con mi dedo medio y comencé a bombearla con mis dedos en forma persistente y suave. Logré agregar mi dedo anular y follé su culo con dos de mis dedos sin dejar de estimular su botoncito del placer. Nora comenzó a retorcerse sobre la alfombra.
—También a mi gusta todo esto, tesoro … Me complace saber que te puedo dar placer …
—Te amo, papi …
Con esas palabras, me desesperé, necesitaba sentirla y estar más profundo dentro de ella. Le saqué los dedos de su trasero, aparté sus muslos bien abiertos, entonces aferré mi pene entiesado y lo presenté al surco hinchado de sus labios vaginales. Empujé con suavidad y la penetré, se sentía increíblemente apretada y ella dejó escapar un agudo y ahogado chillido al sentir la gruesa cabezota de mi polla horadando su tierna intimidad, con el peso de mi cuerpo sumergí mi polla en la profundidad de su caliente vagina. La agarré por los tobillos y levanté sus piernas hasta mis hombros, entonces inicié a embestirla cada vez con mayor energía.
Nora y yo jadeábamos, ella movía su cabeza de lado disfrutando mi gruesa verga que estaba en un frenético mete y saca de su agujero empapado. De repente ella se retorció y liberó sus tobillos de mis hombros, con increíble fuerza, ella rodeó mi cintura con sus piernas y levantó su ingle hacia arriba; entonces tomé sus caderas y empujé mi polla violentamente dentro de su angosto surco vaginal. Nora comenzó a convulsionar en espasmódicos tiritones y escalofríos que indicaban que ella estaba explotando en un poderoso orgasmo, sin dejar de follarla fuerte, escuché sus gemidos y chillidos.
—¡Oooohhhh! … ¡Uuuhhhh, papi! … ¡Es maravilloso, papá! … ¡Fóllame, fóllame así fuerte, papito rico! … ¡Ssííí! … ¡Umpf! … ¡Aaahhhhh! … ¡Te amo, papá! …
Agarré sus piernas y metiendo mis brazos por debajo, las levanté hasta casi tocar sus tetas, luego me boté encima de ella para follarla con poderosas embestidas, tal como ella me estaba pidiendo. Nora se las ingenió para meter sus brazos por debajo de los míos y se aferró a mis hombros enterrando sus uñas en mi carne desnuda, empujando su ingle al ritmo de mis profundas estocadas. Nunca me había sentido tan unido a ella.
Casi mi entero peso estaba sobre ella, pero ella parecía no notarlo mientras se estremecía convulsivamente en la culminación de su clímax. Nora había tomado el control y me aferraba por los hombros pegándose más a mí, sacudiendo todo su cuerpo bajo el mío, al tiempo que toda su panocha se contraía y succionaba mi pija como si quisiera desgarrarla y llevarla más adentro de ella. Había una mueca de agonía en su joven rostro que, a ratos, se distendía en una risa alocada, pero sin dejar de fruncir su ceño. Mi hija era una mascara de lujuria y placer, nunca antes había visto una mujer entregándose así y tomando todo de mí.
Cuando ella comenzó a relajarse y sus sacudidas disminuyeron; hice de aparte sus cabellos rubios y la besé. Quería demostrarle todo el afecto que un hombre puede demostrar a una mujer mientras hace el amor con ella, pero ella me respondió con un beso desesperado y hambriento; restregaba todo su grácil cuerpo contra el mío y sus labios se juntaron arremolinados a los míos. Mantuve mi polla bombeándola sin descanso, pero delicadamente mientras ella se mantenía aferrada a mí con su coño apretado. Luchando por recuperar mi respiración, le dije.
—¿Sabes que te amo, cariño? … Papi siempre te amará …
—Lo sé, papi … No dejes de moverte … Se siente tan rico tu polla dentro de mí …
La apreté con todas mis fuerzas y comencé casi descontroladamente a mover mis caderas. Mi polla se hundía toda entera en su coño rebasado de fluidos emitiendo un sonido acuoso. Me pareció sentir una especie de fiebre en mis sienes, contemplé su hermoso rostro con sus ojos muy abiertos y fijos en los míos, entonces de su boca ligeramente entreabierta la escuché gemir y decir casi en un lamento.
—¡Ssííí, papi! … ¡Oh, ssííí! … ¡Muévete así rico, papi! … ¡No te detengas! … ¡Lo quiero todo, papi! … ¡Córrete dentro de mí! … ¡Dámelo todo! … ¡Ahora, papi, ahora! … ¡Uhhhhhh! …
Su cremoso coño parecía arder y me estrujaba, no pude aguantar más y un chorro violento y caliente salió disparado de mi polla causándome un clímax mezclado de dolor y placer; el semen ardiente parecía quemar mi polla mientras escapaba en ráfagas potentes en las profundidades del coño de mi hija.
No sé cuanto tiempo nos quedamos allí convulsionando unidos en un estrecho abrazo. Ella se relajó y soltó mi torso del amarre de sus piernas, me deslicé a su lado sacando mi gorda polla de su caliente panocha. Entrelacé mis dedos a los dedos delgados de su mano derecha y nos tomamos de la mano. Había una mirada satisfecha en el rostro de Nora, pero al mismo tiempo de incredulidad. Me encontré mirándola del mismo modo. Me había follado a mi hija y aún cuando me sentía satisfecho, me era difícil creer que había sucedido con el completo consenso de ella. La ayudé a levantarse y caminamos de la mano hacia el baño, necesitábamos urgentemente una ducha para lavar nuestros cuerpos sudorosos.
Bajo la ducha ella no cesaba de abrazarme y besarme, yo por mi parte estrechaba su cuerpo juvenil al mío y le prodigaba todos los cuidados posibles como padre y ahora como amante. La abracé, tome su barbilla para que me mirara y le dije.
—Creo que estas van a ser las mejores vacaciones nudistas de toda mi vida, nenita …
—También para mí, papá … También para mí … Y te amo más que a nada …
Fin
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