Ocho meses de embarazo.
por
Juan Alberto
género
incesto
¡Oh! Qué rica el agua caliente en un frio día de otoño. Gemí de puro placer sintiendo la ducha de agua caliente mojando mi espalda. Tengo que admitir que todo mi cuerpo se encontraba en un estado de sensibilidad extrema, todo me parecía placentero. Tal vez sensual, pero me hubiera gustado sexual. ¡Sí que me habría gustado! El chorro de agua caliente en mi espalda me hacía sentir como millones de agujitas excitando todo mi cuerpo hasta la punta de los deditos de mis pies. Cuando me giré y sentí el potente chorro de agua sobre mis pesados pechos no pude disimular el gemido de placer:
—¡Hmmmmmm! … ¡Que rico! …
Los chorritos que escapaban de la ducha golpeaban como miles punzadas sobre mis tetas y no pude evitar de aplastarlas con mi guante de la ducha y atrapar mis pezones que me hicieron tiritar en exquisitos escalofríos.
Puse mi rostro bajo el chorro del agua mientras sobajeaba mis tetas. Se sentían tan bien, casi extrañas y me procuraban un inmenso placer. Estaba al final del séptimo mes de embarazo, mi cuerpo estaba casi irreconocible. Miré hacia abajo, el agua goteando de mis cabellos, frente y nariz. Apreté mis dos tetas, aferrando mis pezones suavemente, pellizcándolos. Sentí un estremecimiento en lo más profundo de mi bajo vientre.
Durante mi primer embarazo mis senos nunca crecieron tanto. Eso fue hace más de diecisiete años, cuando apenas tenía dieciocho años y estaba asombrada y asustada por todos los cambios que se producían en mi cuerpo. Tenía una complexión física delgada, con pechos 32C, una cinturita de abeja y caderas muy poco pronunciadas. Al principio recibí con agrado los cambios y como mi cuerpo se llenaba de curvas, mi cuerpo había retenido muchos líquidos. Cuando estaba a punto de dar a luz a mi primer hijo, Mauro, me sentía como una piñata hinchada y gorda, apenas capaz de moverme.
Esta vez era muy diferente. A través de los años había logrado recuperar mi delgada figura anterior a mi embarazo. Pero algunas cosas quedaron, mi cintura nunca volvió a ser la misma, mis caderas permanecieron anchas y mi tetas bastante grandes.
Ahora, tantos años después de mi primer embarazo, pensé que sabía lo que me estaba a punto de pasarle a mi cuerpo, pero me equivoqué. Aunque si me faltaba todavía algo más de un mes para dar a luz a una hija y no me sentía hinchada en absoluto. Había ganado bastante peso, pero la mayor parte de eso estaba en mi abultado vientre y en mis pechos. No sabía qué tan grande iba a ser mi hija, pero esta vez mi vientre era mucho más grande, como así también mis pechos.
Al principio, mi novio, que no era el padre de Mauro, disfrutaba mucho de mi cuerpo y mis grandes senos, le encantaba jugar con mis pesadas tetas. Pero poco a poco su interés disminuyó y me quedé prácticamente sola lidiando con mis incesantes y fuertes impulsos sexuales que mi condición de embarazada me hacía sentir. Podría habérmelo comido vivo y haberle hecho mamadas todas las mañanas si él me follaba, pero me dijo que le desanimaba tener relaciones sexuales con un bebé dentro de mí, ¡Cuando yo lo único que quería era sexo a todas las horas!
Y ahora, en la ducha de agua caliente, completamente sola en mi casa, con la música a todo volumen, estaba disfrutando de mi cuerpo y me preparé para una larga sesión de masturbación. Acaricié mis hombros y mi cuello, sonriendo a medida que crecían en mi las sensaciones de cachondez. Mis poros se abrieron y se me puso la piel como de gallina al sentir mis dedos deslizarse por mi piel mojada. Miré mis senos, vi mis largos cabellos por todas partes, llegando hasta mi vientre.
Enrollé mi cabello alrededor de mis senos, sentí que sus puntas me hacían cosquillas. Jugué con las largas mechas y de la forma en que colgaban por mi cuerpo, aferrándose a mis curvas, como si intentaran hacer realzar más mis sinuosidades de mujer embarazada. Acaricié mi vientre y me pareció sentir una patadita de mi hija. Sonreí al pensar que si me daba placer ella sentiría un poco de eso también.
Deslicé mis manos más abajo hasta mi coño, sentí la piel lisa de mis recién afeitados labios mayores, la hendedura estaba cálida y jugosa. En estos últimos meses mis labia vaginal se había hinchado en forma permanente y estaba perennemente sensible y caliente. Abrí mis labios con dos dedos y con los dedos de la otra mano comencé a frotar la túrgida puntita de mi clítoris para hacerla asomar bien de entre mis pliegues húmedos. Empujé mi pelvis contra mis dedos gimiendo y arqueando mi espalda, respiré profundamente sintiendo las olas de placer que comenzaron inmediatamente a estremecer mis cuerpo entero. ¡Oh, Dios, qué placer! ¡Santo cielo! Podía ya adivinar que este iba a ser un poderoso orgasmo. Mi coño tiritaba y se contraía imaginando de acoger un grueso pene en su interior, se sentía más hinchado como queriendo devorar cualquier gruesa verga que estuviera al alcance de su agarré musculoso y poderoso, pero solo tenía mis dedos, ¡Sigh!
Ahora mi panza no me permitía tener una clara visión de mi panocha, días atrás tuve que masturbarme frente al espejo para poder observar el grueso de mis labios mojados, me sentí como una adolescente descubriendo su vagina deseosa de verga por primera vez. Me reí como una loca moviendo el espejo a diferentes angulaciones para poder mirar bien mi coño caliente.
Estiré mi cuerpo y puse mis pechos contra el chorro de la ducha disfrutando la presión con que el agua golpeaba mis tetas regordetas, metí mis manos bajo ellas y las levanté, gemí sintiendo el agua azotando mis pezones y apreté mis muslo apoyando mi espalda contra los azulejos ¡Oh, Dios! ¡Necesitaba urgentemente una polla larga y gruesa en mi coño preñado! Entonces agarré el ovalado y grueso jabón y lo empuje dentro de mi vagina, ¡Santo Dios! ¡Qué rico! Pareció que mi coño generaba espuma en cuantía impresionante, abrí mi boca sicalípticamente mientras gemía suspirando por el goce que me procuraba esa gorda bola de jabón. Cerré mis ojos y aplasté mis tetas con la otra mano, me recordé de la última vez que mi novio roció mis tetas con su tibio semen e imaginé que la ducha rociaba esperma caliente sobre mis pechos hinchados, delicados y sensibles.
Antes de ducharme había cerrado todas las persianas, cerrado las puertas. Este sería un momento íntimo, privado y glorioso. Sin poder esperar más, corté el agua y salí. Envolví mi cabello con una toalla tipo turbante y no me sequé de cuerpo entero. Decidí secarme acercándome al fuego de la chimenea. Por otra parte, no había nada que pudiera secar mi jugoso coño.
Abriendo la puerta del baño, el sonido de la música se hizo más estridente y me contoneé al ritmo de esa. Salí balanceándome lentamente, tomándome mi tiempo, haciendo que mi cuerpo extremadamente sinuoso y curvilíneo, girara acompasadamente por el salón. Mi panza de embarazada no me permitía bailar tan rápido como me hubiera gustado, pero el lánguido sonido del jazz encajaba perfectamente con mis condiciones físicas y mi estado de ánimo. Sentí el esfuerzo de mis piernas para soportar el peso de mi barriga de casi ocho meses. Abrí y cerré mis rodillas al ritmo sensual del saxofón, haciendo girar todo mi cuerpo, moviéndome desde la cabeza a mis caderas, de modo que mis pesados pechos se movieran conmigo en un modo lascivo y erótico.
Así danzando llegué a la cocina. Deslizándome al largo de la encimera. Inclinándome hacia adelante y sintiendo el peso de mi vientre y también de mis tetas que se bamboleaban de lado a lado en sincronía perfecta con el ritmo del jazz. Sonreí al sentir la oscilación de mis pesados pechos y ver mis oscuros pezones saltando por la cocina. Tomé uno de mis grandes senos y lo aferré con fuerza, todavía no tenía leche, así que cuando lo aplasté no salió nada, de todas maneras se sentían como si estuvieran demasiado llenos. Gemí de nuevo con los ojos cerrados y perdida en las sensaciones de sentir mi cuerpo desnudo y en libertad. Rocé mis areolas con las yemas de mis dedos, notando la superficie salpicada de pequeñísimas protuberancias que aumentaban la sensibilidad de mis senos plenos. Aferré mis pezones y se sentían duros en medio a mis dedos.
Me quité la toalla de mi cabeza y me esponjé el cabello, haciendo que mi melena se balanceara hacia la izquierda y luego toda hacia la derecha. Las mechas húmedas se distendieron por mi piel, sobre mis hombros hasta mi cintura envolviendo toda mi figura, brindándome una agradable sensación. Todavía con los ojos cerrados me moví lentamente, como una llama turbulenta, ascendente y oscilante. Una vez más sentí mi cabello adherido a todo mi cuerpo dibujando las concavidades y convexidades de mi estructura física que mi novio se negaba a acariciar. Sentí la fluctuación de mis senos que se mecían al suave ritmo del jazz, casi rodando sobre mi abultado vientre, luego levanté mis brazos y mis pechos se alzaron en el aire con mis pezones apuntando al cielo. Cada vez que arqueaba mi espalda, mis pechos se movían hacia adelante tumultuosamente, hacia un lado y luego al otro antes de volver a su lugar. Me retorcí un par de veces, moviendo mi cuerpo de mujer en cinta que ardía de femineidad y loca lujuria.
Me sentí observada y abrí los ojos, inmediatamente vi a Mauro en la sala de estar boquiabierto e inmóvil mirándome perplejo. No se cuanto tiempo habrá estado allí, pero imaginé que lo había visto todo. Incluso el momento en que agarré mis pechos y gemí. Para mi sorpresa, no sentí vergüenza; me invadió una nube oscura de lujuria y recordé su cuerpo sin camisa, le sonreí. Pero eso duró una fracción de segundos. Grité y a tientas busqué mi toalla para cubrir mi desnudez.
—¡¡Mauro!! … ¡Santo cielo! … ¿Por qué no dijiste nada? …
Dije aferrando la toalla y envolviendo mi cuerpo panzudo de embarazada. Pero él no reaccionaba, estaba todavía paralizado, solo sus ojos se movían recorriendo todo mi cuerpo. Mi panza que saltaba por un lado y mis tetas rebotando por el otro. De nuevo grité:
—¡Mauro! … ¿Qué demonios? …
Se me cayó la toalla, mi panza no me dejaba agacharme a recogerla con la rapidez necesaria y para colmo, mis tetas saltaban sobre mi panza, se desparramaban y no me dejaban ver donde estaba esta maldita toalla. Intenté cubrirme con mis manos; también intenté moverme rápido, pero no podía hacerlo porque mi barriga me hacía perder el equilibrio. Lo oí balbucear:
—¿Qué? … ¡Ehm! … ¡Yo! … ¡Lo siento! … ¡Lo siento, mamá! …
Al fin pude meter la toalla sobre mis tetas y cubrir mi panza. Caminé furibunda hacia él. Él sabía que me había hecho enojar. Todavía no se movía y tenía su celular en la mano, ¡Al menos no estaba grabándome!
—¿Por qué no llamaste? … ¿Por qué no dijiste nada? …
Le enrostré furiosa.
—¡Umm, yo! … ¡No lo sé! … ¡Tal vez! … ¡Yo … Ehm! … ¡Lo siento, mamá! …
Dijo en forma del todo incoherente.
—¡Ya! … ¡Basta! … ¡Vete a tu habitación! … ¡Tengo que vestirme! … ¡Ya hablaremos de esto! …
No sé si me escuchó o no. Hizo como para girarse, pero no avanzó mucho.
—¿Y bien? … ¿Qué esperas? …
Pregunté con mi toalla bien amarrada sobre mis senos y mis brazos en jarra con los puños cerrados.
—¡Ehm, mami! … ¡Yo! …
Entonces vi el bulto hinchado que levantaba sus shorts. Tenía una furiosa y tal vez dolorosa erección y no tenía camisa ni remera para cubrirla. Ahora fui yo a quedarme paralizada. ¡Santo Dios! ¡Qué magnifica polla que traje al mundo! Pensé. Mi mente cochambrosa intentó tomar control, pero sacudí mi cabeza y esperé pacientemente que se fuera por las escaleras a su dormitorio. Respiré muchas veces para calmarme. Miré los cojines y la copa de vino que me esperaban frente a la chimenea. Ya no podía disfrutar de eso. Decidí tomar unos sorbos, ordenar todo e irme a mi habitación para vestirme.
Cuando subí las escaleras, pase por la habitación de mi hijo y llamé a la puerta. Sentí un revuelo y veloces movimientos y la alarmada voz de Mauro:
—¡Espera, mamá! … ¡Sólo un segundo! …
Al cabo de un breve lapso de tiempo, volví a escuchar su voz:
—¡Está bien! … ¡Puedes entrar, mamá! …
Entré y lo encontré sentado a su escritorio y me daba la espalda. Me quedé intrigada sin saber si estaba avergonzado o simplemente trataba de esconder algo. Más de una vez lo había sorprendido masturbándose, esperaba sólo que esta vez no fuera así. En realidad nunca lo había visto, pero estaba segura de haberlo interrumpido varias veces. ¿Lo estaba haciendo porque me había visto desnuda? ¡Con mi panza! No, no creo.
Respiré profundamente y me acerqué a él tratando de concentrarme en que decirle:
—Mauro … Lo siento si te grité antes … Me sorprendiste … Me puse nerviosa … ¿Por qué no dijiste algo? …
Suspiró y se inquietó un poco antes de responder:
—Mami … No sé … Yo también lo siento …
Se había ruborizado y rehuía mi mirada.
—Mauro, mírame … Me pareció extraño que no dijeras nada … Solo que no sé cuánto tiempo estuviste a mirarme … Pero no es una gran cosa, ¿sabes? … Sólo me viste desnuda y ya … No es nada, no ha sucedido nada, ¿vale? …
Me detuve recordando que me había visto inclinarme hacia adelante, agarrar mis pechos y gemir cachonda. ¡Maldición! Suspiré antes de decirle:
—Mira … ¿Por qué no olvidamos que eso pasó? …
—¡Ehm! … ¡Sí, claro! …
Dijo con un hilo de voz.
—Solo prométeme que si esto vuelve a suceder, no te quedaras parado a mirarme y me lo harás saber, ¿vale? …
—¡Vale, mamá! …
No sabía que más decir y estaba segura de que lo mejor era olvidarlo. Puse mi mano en su hombro y lo reaseguré con un maternal apretón, luego salí de su cuarto cerrando la puerta. Entonces no me alejé y me quedé a escuchar. Sabía que no era una buena idea, pero no pude evitarlo, el lado oscuro dentro de mí me compelía a fisgonear y descubrir si se masturbaba o no. Pasó quizás, poco más de un minuto y lo oí gemir. Apoyé mi oreja a la puerta y escuché otros sonidos. Sentí un agradable cosquilleo entre mis piernas cuando escuché el crujido de la silla, ahora incluso podía escuchar el golpeteo de su puño magreando su pene. Sin querer queriendo mis dedos buscaron mi agujero mojado y acaricié mis labios mayores haciendo círculos sobre mí clítoris. ¡Que demonios! Ahora estaba susurrando algo, me detuve a escuchar y llegaron claramente a mis oídos sus gemidos y ahogados plañidos:
—¡Ooohhh, mamá! … ¡Hmmmmmm! …
Me congelé. Estupefacta reflexioné y tuve que asumir el hecho de que mi hijo se masturbaba mientras fantaseaba conmigo desnuda y mi panza de casi ocho meses de embarazo. ¿Cómo puede encontrar algo erótico en eso? Me pregunté. Al mismo tiempo una oleada de placer recorrió todo mi cuerpo y pensé que iba a caer ahí mismo. Mis pezones punzaban y parecían haber crecido al tamaño de una aceituna apuntando derecho hacia arriba. Una vez más lo imaginé desnudo, sin su camisa; yo estaba boca arriba con mis piernas abiertas y él estaba arrodillado entre ellas separando con sus dedos los labios de mi coño hinchado y abierto. Podía verlo sosteniendo mis rodillas en el aire mientras su larga polla azotaba mi panocha y la penetraba una y otra vez, sin descanso. Me golpeaba con una inaudita intensidad. ¡Slaps! ¡Slaps! ¡Slaps!
¡Qué demonios! ¡Esto no podía continuar! ¡Tengo que parar! Me dije a mí misma. Sabía que si me corría allí, sería imposible mantenerlo en silencio. Saqué los dedos de mi coño y escuché unos instantes más mientras él llegaba a su clímax, la silla crujía y el no cesaba de susurrar mi nombre.
Regresé tambaleante y temblorosamente subí las escaleras hacia mi dormitorio. Entré y cerré la puerta con cerrojo. Me boté sobre la cama con mis piernas abiertas y me acaricié hasta llegar a un orgasmo potente y prolongado. Todo mi cuerpo se contorsionaba y mi panza me hizo meterme de costado con mi culo ligeramente alzado. Mis pechos y mi vientre tiritaban, mientras mis dedos probaban una y otra vez mi empapada hendidura. Me imaginé a Mauro haciéndome tantas cosas cochambrosas y libidinosas, hasta algunas ilegales. Sí en este momento él entrara a mi dormitorio, le dejaría hacerme todo lo que él quisiera. Todo. Cualquier maldita cosa él quisiera hacerme, yo lo dejaría. Miré mis tetas aplastadas sobre la cama con mi pezones sobresaliendo de mi sujetador y agarré uno de ello e intenté llevármelo a mi boca. ¡Ummmmm, qué loco placer!
Me quedé traspuesta por un rato, todavía jadeaba, mi orgasmo había sido fabuloso y satisfactorio, pero ni coño todavía estaba caliente y excitado. Me levanté y me cambié mis bragas húmedas por un par seco y limpio. Me paré frente al espejo y miré todo mi cuerpo. Mi propio hijo codiciaba mi cuerpo. Se masturbaba pensando a mí, a mi panza y a mis tetas exageradamente grandes. Esto me excitó tanto que comencé a mover sinuosamente mis caderas como si estuviera follando. ¡Guau! Esto no estaba nada de bien. Esto estaba muy mal. Pero mi coño estaba mojado y todavía cosquilleaba, me vinieron imágenes de él masturbándose y corriéndose sobre su vientre, pensando a mi panza de ocho meses de embarazo.
Caminé hasta mi puerta con una cierta indecisión, me detuve una última vez antes de abrirla. Tenía que reflexionar. En un mes más iba a dar a luz a mi hija y no podría tener relaciones sexuales durante la cuarentena postparto. A mi novio no le interesaba tener sexo con una mujer panzuda, así que no me servía de nada. Entonces tomé la única decisión posible. Había un hombre apuesto con una deliciosa polla y se excitaba con mi barriga embarazada. Se había masturbado pensando en mí y probablemente su pene todavía estaba duro en este preciso momento. Mi coño estaba delirantemente caliente y mojado, él estaba con su dura polla cachondo por mi panza. Sólo había una cosa que hacer: Iba a seducir y follar con mi propio hijo.
La siguiente media hora estuve sola en la sala de estar, intenté concentrarme en la lectura de algunos relatos, pero mi mano siempre se iba ahí donde sentía esas cosquillitas. Avivé un poco las brasas de la chimenea y agregué varios troncos, en minutos el calor era abrasador, tenía la esperanza de ver a Mauro sin su camisa de nuevo. No tenía idea de lo que él tenía planeado, se suponía que hoy él no estaría en casa.
Me había vestido con mis pantalones de yoga oscuros, bragas limpias que probablemente ya estaban húmedas de nuevo, un sujetador ligero y una camiseta de tirantes. Dejé mi cabello suelto tal como estaba, fluyendo por todo mi cuerpo; sabía que a Mauro le gustaba así. A decir verdad, a todos los que conocía les encantaba cuando dejaba mi cabello suelto al aire libre, pero hoy lo estaba haciendo por Mauro.
Finalmente lo escuché bajar la escaleras, tal vez sintiendo hambre. Por otro lado, cuando me vio en el sofá, inmediatamente fijó sus ojos en mis pechos delineados por mi ajustada remera con mi pezones protuberantes claramente dibujados por la delgada tela de mi sujetador y mi camiseta. Su mirada me hizo sentir que algo más lo había impulsado a descender al piso bajo. Se había vuelto a poner la camisa, pero apenas entró se quejó del calor y se la quitó. Nos fuimos a la cocina a comer juntos, hablamos de muchas cosas anodinas. Yo dirigía la conversación y noté como él me miraba casi descaradamente el escote cada vez que suponía que yo no me daba cuenta.
Mi sujetador deportivo no estaba preparado para el tamaño de mis pechos y, constreñía y apretaba mis senos haciendo parecer que fueran a estallar. Cuando terminamos la colación, me levanté y me incliné sobre la mesa para recoger el plato de Mauro. Mientras lo hacía, él miró el surco de mis apretadas tetas y sus ojos se achinaron tratando de ver más. El pequeño bastardo miraba mis tetas sin vergüenza alguna y sin siquiera disimular. Mejor dicho, no parecía capaz de desviar su mirada. Cuando me separé de él lo vi que estaba sonriendo. Me sorprendí cuando él se levantó para llevar el resto de los platos a la cocina. Vestido solo con sus shorts, se deslizó detrás de mí, al pasar entre mi trasero y la isla de la cocina, se frotó contra mí y sentí un importante masa dura raspando contra mí trasero.
En ese momento no sabía si era su celular, su billetera o su polla, pero a mi cuerpo no le importaba lo más mínimo. Sentí un intenso y ardiente placer entre mis piernas. Cuando se dio cuenta de su actuar, murmuró:
—Lo siento, mamá …
Pero al regresar a su puesto me dio otra pincelada con su brocha abultada. Podría haber caminado alrededor de la isla, pero prefirió frotarse contra mi trasero, sabía que lo estaba haciendo a propósito. Cuando sentí las contracciones de mi coño, supe que iba a continuar con mis planes. Mientras él pasaba detrás de mí, tironeé mi remera hacia abajo para realzar mis pechos gordinflones y me volteé. Casi chocamos, esta vez se deslizó entre la isla y mi vientre. Sentí su bulto friccionarse con mi bajo vientre. Cerré los ojos y descontroladamente empujé mi pelvis contra ese morrocotudo chichón bajo sus shorts. ¡Eso fue una locura! Mis piernas temblaron y tuve que rápidamente sentarme a una silla, le dije:
—Mauro … Me duelen los hombros y la espalda … ¿Te importaría darme un masaje? …
Con voz suave y comedida, me dijo:
—Lo haré, mami … Luego te sentirás mejor … Con todo ese peso es normal que te duelan …
¿Estaba refiriéndose a mis senos que eran grandes? Fue al baño a buscar un aceite de almendras y vino a pararse detrás de mí. Le pedí que no usara aceite para no manchar mi camiseta y me dio una mirada decepcionado, pero comenzó a trabajar con sus suaves manos en mis hombros. Poco a poco fue aumentando la presión y fricción, hasta que me sintió quejarme y gemir al toque de sus suaves manos. En realidad no me importaba si sonaba sexual, simplemente estaba disfrutando y me parecía de estar en el paraíso. Mauro era muy bueno con las manos y ya me había dado otros masajes en los últimos meses.
Ahora podía darme cuenta por que me masajeaba lenta y suavemente con sus manos. Colocado en la posición en que estaba, podía ver directamente mi generoso escote, la mitad de mis senos y todos los movimientos de mis pechos. ¿Por qué nunca me di cuenta de sus miradas a mis senos antes? Sonreí y le dije:
—¡Gracias al cielo, Mauro! … ¡Eres tan bueno! … ¡Hmmmmmm! … ¡Sí! … ¡Así! … ¡Ahhhhhh! … ¡Esto es tan lindo! … ¡Cuánto me gusta! … ¡No te detengas! … ¡Sigue así! …
Sabía que mi voz era muy sensual y que muchas veces le había dicho a mi novio las mismas coas, claro que en una situación diferente.
—Déjame girar la silla … Así podrás masajearme hasta abajo …
Giré la silla y me senté a horcajadas dándole acceso a toda mi espalda.
Mientras volvía a sentarme en la silla, me eché un poco para atrás y me apoyé accidentalmente en él, inmediatamente sentí su dura erección contra mi espalda. Se quedó allí y continuó masajeando mis hombros a pesar de estar en una posición un poco incómoda. No parecía importarle ya que sus dedos se deslizaron más abajo, alrededor de mis clavículas y siguió descendiendo por mi espalda. Gemí de nuevo casi animándolo a que continuara. Sentí que su polla se elevaba mientras masajeaba tan abajo como se atrevía y la parte superior de mis senos reaccionaba bajo las yemas de sus dedos.
Cuando volvió a subir a mis hombros, sentí una vez más los tirantes de mi sujetador debajo de sus dedos. Dado el peso que tenían que soportar, no podía simplemente deslizarse debajo de ellos. Levanté mi mano y sin decir una palabra tiré de ellos haciéndolos descender por mis brazos. Nunca había hecho eso antes. Se aclaró la garganta mientras volvía a trabajar en mis hombros. Esta vez me empujó hacia adelante para sobajearme mejor. ¿O tal vez para colocarme en una posición en la que el sujetador cayera más abajo? ¡Sigh!
Me amasó la parte superior de la espalda y los omóplatos por un rato, luego fue bajando hasta el borde del sujetador. Esta vez fue él quién hizo un movimiento unilateral, sin hablar ni preguntar, simplemente me bajó el sostén unos centímetros más abajo. Era la parte delantera, por ende, un poco más de mi escote quedó visible.
—¿Podrías hacerme también la parte baja de mi espalda, querido? …
Pregunté y el solo farfulló algo como un asentimiento y sus manos se deslizaron mucho más abajo. Me estiré hacia atrás para permitirle trabajar mejor. Mientras lo hacía, me incliné hacia adelante apoyando mis brazos y mi cabeza sobre la mesa. Sabía que en esa posición él podía ver perfectamente el surco de mi culo empujado hacia él, en un instante sus manos estaban por toda mi cintura. A pesar de mi enorme barriga, todavía tenía una bella cintura, especialmente vista desde mi espalda y él se dedicó a trabajar en ella muy bien.
—Gracias por ayudar a tu anciana madre, cariño … Mis adoloridos músculos lo necesitaban …
Le dije suspirando y disfrutando el placer y relajo que me daban sus hábiles dedos y manos.
—Tú no eres vieja, mamá …
—Gracias por decirlo, tesoro … Pero con este embarazo me siento vieja … Vieja y fuera de forma … Parezco un fofo globo inflado …
—¿Un globo inflado? … ¡Pffff! … No digas boberías, mami … Te ves … ¡Ehm! … Te ves muy linda …
—¿Qué? … ¿No creo que estés hablando en serio? …
—¡Por supuesto que lo digo en serio! …
—¡Eh! … Bueno … No creas que no me di cuenta …
Le dije al recordar su furiosa erección de hace un rato. Mauro detuvo todos sus movimientos, luego suspiró:
—¡Ehm! … Lo siento, mami …
—¡Oh! … Realmente no importa, cariño … Ha pasado tanto tiempo que un hombre no me mira así …
Mauro no dijo nada por un buen rato, solo seguía masajeándome, luego me preguntó:
—¿Por qué dices eso? … ¿Acaso no tienes novio? …
—Sí, pero no me sirve de nada … A él no le gusto con esta panza tan grande …
—Entonces es un estúpido …
—No hables así de él, Mauro … Sabes que no me gusta …
—Esta bien … Entonces … Él … ¿Acaso es ciego? … ¿Cómo no puede ver lo hermosa que eres? … Eres linda, mamá y el embarazo solo hace realzar lo hermosa que eres … Y …
Entonces se detuvo y no dijo nada más, así que tuve que preguntarle:
—¿Y? … ¿Y qué? …
—¡Ehm! … No importa, mamá … No creo que debamos hablar de esas cosas …
Me dijo en un estado de nerviosismo que me intrigaba.
—Mauro … Déjame decirte algo sobre las mujeres embarazadas … Llega un momento en que nos sentimos como vacas hinchadas … Sobre todo después de tantos meses … Son pocos los hombres que disfrutan de un cuerpo así tan deforme … Y mi novio no es uno de ellos … Y parece que la mayoría de los hombres escapan de las mujeres embarazadas …
—Bueno, mamá … Déjame decirte que yo no soy uno de ellos … Creo que eres muy hermosa … Creo qué … ¡Demonios, mamá! … Creo que eres muy sexy … Hasta mis amigos piensan eso …
—¿Deveras? …
Pregunté sonriendo divertida por la conversación.
—Sí … Eso dicen, mami …
—¡Ehm! … Bueno … No me importa lo que ellos digan … Tú me importas, Mauro … ¿Me encuentras sexy? …
—¡Santo cielo! … Lamento de que me hayas visto boquiabierto a mirarte esta mañana … Pero sí … Quiero decir que sí … Te encuentro terriblemente sexy, mamá …
Respiré un par de veces muy contenta de sus palabras. Dejé caer mi cabello para cubrir mi rostro y mi sonrisa, él no podía verme cuando le dije:
—Entonces … Si te pidiera que me quites la blusa y el sujetador para que me des un buen masaje … No te importaría, ¿verdad? … No me encontrarías fea y deforme, ¿eh? …
—¡Oh! … Por supuesto que no, mamá …
Podía sentir un ligero temblor en su voz mientras respondía.
—Entonces, está bien … ¿Qué estás esperando? …
Sonreí sintiéndolo tironear de mi camiseta y luego con el chasquido del broche de mi sostén. Bromeando le dije:
—¡Ahora no mires! …
Yo sabía que estaba mirando los costados por donde se me salían mis pesadas tetas y me sentí perfectamente bien. Si ahorita mismo me las agarrara, solo gemiría llamando su nombre en voz alta y me correría por toda la silla. Pero eso sería una locura, ¿verdad? Solo una pequeña parte de mi mente se oponía a esos pensamientos incestuosos y cada vez se minimizaba más.
La sangre estaba hirviendo en mis venas y recalentaba todo mi cuerpo, hasta mis bragas se habían vuelto a mojar. Habría dado cualquier cosa por recibir un real masaje a todo mi cuerpo, pero eso no era posible en este momento, así que tendría que conformarme por ahora. Sus poderosas y delicadas manos se esparcieron sobre mi piel desde el cuello hasta la parte baja de mi espalda. Cada vez que frotaba mi coxis, más relajada y excitada me sentía. Sabía que mis pezones estaban completamente duros, hinchados y enormes. No solo mis pezones habían crecido, sino también mis areolas se habían ensanchadas. Todo se veía grande en mis tetas de por si ya muy grandes. Para mí eran hermosas, pero estaba bastante segura de que mi novio sería de opinión contraria. ¿Qué pensaría Mauro de ellas?
Cuando Mauro ejerció más presión moviéndose hacia arriba, empujando con fuerza mis hombros, sentí que mis pechos se sacudían y descansaban sobre mi enorme barriga y en esta posición resbalaban hacia afuera. En estos momentos era imposible que él no pudiera verlos. Mauro separó sus manos de los costados de mi columna vertebral y masajeó mis omóplatos por un rato. Luego no sé si lo hizo accidentalmente o de propósito, pero de repente sentí las yemas de sus dedos frotando las bases de mis almohadilladas tetas. Respiré profundo mientras él lo hacía, pero no pude evitar el gemido que vino después. Antes de que él se pudiera percatar, le dije:
—¡Oh, ssííí! … Justo ahí … Tengo como un nudo … Una contractura … Masajea un poco bajo mis axilas …
Dije a sabiendas que sus dedos iban a ir casi directamente al costados de mis pechos oscilantes. Él movió delicadamente sus dedos y comenzó a masajear suavemente esos músculos. Estaban tensos y duros, pero a medida que me sobajeaba más abajo, sus dedos iban más encima de mis pechos.
Posiblemente envalentonado por mi petición, Mauro siguió masajeándome los senos, incluso pasando unos centímetros directamente sobre las enormes masas de carne. Cuando gemí, no fue ninguna sorpresa sentir que sonaba mucho más sexual que los anteriores. ¡Los sonidos de relajación no sonaban tan roncos! Mauro deslizó sus dedos debajo de mis pechos, pero con sus manos hacia abajo y las yemas de sus dedos lejos de mis pechos y no contra mis senos. Sin embargo, sus manos empujaban mis pesadas tetas que rebotaban contra él. Casi en un susurro le oí preguntarme:
—Mami … ¿Puedo masajearte el vientre? …
—Pues claro que sí, cariño …
Lo escuché suspirar cuando bajó sus manos a acariciar mi enorme barriga embarazada. Después de un rato buscó un poco de aceite. Esta vez no me pidió permiso, pero cuando sentí sus suaves y lubricadas manos sobre mi vientre, gemí tan fuerte que lo escuché reír detrás de mí. Sus grandes y cálidas manos se sentían increíble en mi piel. Mauro estaba haciendo lo mejor que podía dada la posición en que se encontraba, pero no podía abarcar todo mi vientre, así que le dije:
—Mauro … Sí me siento y te doy mejor acceso … ¿Me prometes que no miraras mis senos? …
—Por supuesto que no los miraré, mamá …
Cuando me volteé y me senté, mis pechos se deslizaron por sobre mi gran panza. Traté de no reírme cuando vi a mi hijo arrodillado a mi lado mirando descaradamente mis enormes tetas distendidas sobre mi barriga de ocho meses. Sus ojos estaba fijos en mi duros pezones. Tenía la boca ligeramente abierta y estaba sonrojado más que antes. Sabía que era imposible hacerlo mirar hacia otro lado. Me levanté y volví a acomodar la silla y luego me senté diciéndole:
—¡Eres un pequeño mentiroso! …
—Lo siento, mamá … Creo que no puedo evitarlo … Es algo más fuerte que yo …
Sonreía mientras se confesaba y sabía que yo no estaba enojada.
—Bueno … Está bien … ¿Te importaría masajearme mientras me miras con lujuria de fauno pervertido? …
Se rio ampliamente y comenzó a masajearme de nuevo. A pesar de la extraña situación, me relajé con los ojos cerrados. Podía imaginarlo con sus ojos ávidos de mi carne mientras me acariciaba boquiabierto y respirando afanosamente con la furiosa erección bajo sus shorts. Sus manos eran maravillosas y no podría decir si era realmente bueno o era porque estaba hambrienta de cualquier contacto físico. Pero nada me importaba. Incluso cuando sentí que el dorso de su mano tocaba en modo casual mí seno derecho, no abrí los ojos. Lo hizo varias veces más y la última vez dejó que su mano permaneciera allí mucho más tiempo debajo de mi pecho antes de alejarse.
Finalmente sentí que disminuía la velocidad y abrí los ojos. Mauro estaba completamente sonrojado y su piel estaba brillante y sudorosa. Cuando apartó sus manos de mí, lo vi muy nervioso y me dijo:
—Eso sería todo, mami … Estoy cansado, me iré a duchar y descansar …
—Está bien, hijo … Gracias … Estuvo maravilloso …
Mauro se fue rápidamente a su habitación. Me acomodé en mi silla en topless en la cocina. Me sentía bien, relajada y tranquila disfrutando de las agradables sensaciones que aún persistían en mi piel. Mauro se había marchado obviamente incómodo y abrumado por emociones conflictivas. Pero en este momento nada me importaba porque estaba aferrando mis senos y retorcía mis pezones delicada y juguetonamente. Sí Mauro volviera no creo que pudiera detenerme. Metí mis manos alrededor de mi vientre y me masturbé allí mismo, sin prestar atención a nada más que a mí propio placer.
En mi mente provocativa y atrevida, vi venir a Mauro hacia mi como en un sueño, completamente desnudo, con su monstruosa erección pulsando frente a mi rostro. Él me agarraba la cabeza y empujaba su polla prepotentemente dentro de mi boca, tratándome como una puta caliente. Él me decía que era una mala madre por burlarme de él con mis grandes senos y puntiagudos pezones. Me decía que era su puta y me iba a follar como tal; que luego me iba a llenar el culo y la boca con su semen caliente. Pero lo que más me llamaba la atención es que sacaba su pene cubierto por mi saliva para follar mis pechos como si fueran almohadillas sexuales para su propio placer. Mientras lo imaginaba juntando mis enormes senos para apretar su resbaladiza polla, me estremecí en mi silla convulsionando en un orgasmo que hizo temblar todo mi cuerpo. Gemí a alta voz y se me escaparon varios gritos que resonaron por toda la casa, no me importaba si Mauro los escuchaba. Es más, hice mí último grito lo más fuerte posible para asegurarme que él me escuchara.
Mientras me calmaba, no había ninguna señal de Mauro, así que me levanté lentamente para no desequilibrarme con el peso de mi barriga, me di cuenta de que tenía una bella y amplia sonrisa en mi rostro. Me dirigí al baño y me di otra ducha para limpiarme los restos de aceite de mi cuerpo. Pensé en ir a buscar mi consolador mientras acariciaba mi coño nuevamente en la ducha, pero decidí esperar. Mi novio pronto llegaría a casa.
*****
Puedo decir fehacientemente que había sido una larga y desastrosa noche para mí. Había hecho todo lo posible para que mi novio me follara, incluso le saqué la polla y comencé una mamada, pero él me detuvo y terminé frustrada. Ahora todavía mi coño era una hoguera incandescente y Mauro estaba en su habitación durmiendo. Generalmente dormía hasta tarde y eso a mí no me molestaba en lo absoluto. Pero ahora, mi único pensamiento era saltar sobre el para… ¡Uhm! Sonreí para mis adentros presionando mi mano entre mis muslos.
Me levanté y me quité mi camisón, salí de mi habitación completamente desnuda con mi enorme panza al aire, mis grandes tetas apoyadas sobre mi barriga y bamboleándose al son de mis pasos. Ahora sabía lo que quería y sabía lo que a él le gustaba. Me acerqué contenta a su habitación y abrí suavemente la puerta. Mauro estaba roncando. Tenía el sueño bastante pesado, así que decidí acercarme a su cama para divertirme un poco. Me arrodillé al lado de su cama en silencio. Cierto que mi barriga dificultaba mis movimientos, bueno, también mis senos.
Agarré el borde de su edredón y comencé a levantarlo, tironeándolo hacia sus pies. Miré fascinada sus apretados abdominales sobre su vientre y entonces me di cuenta de que él también estaba desnudo. Su hermosa polla apuntaba hacia mí, posada sobre su muslo suave y tranquila. Mis ojos estaban hipnotizados por ese pene gordo y lindo, acaricié mi coño mirándolo con ganas. Mientras más contemplaba su belleza, más me acariciaba y locas ideas rondaban por mi cabeza. ¡Maldita sea! Ya estaba desnuda al lado de mi hijo dormido, pero en mi mente quería más.
Muy suavemente toqué su polla. Por Primera vez desde que era un bebé, le toqué su polla. Una, dos, tres veces. Me pareció algo sublime y maravilloso poder sentir en mis dedos la tibia y aterciopelada polla de mi hijo. Con mi dedo índice dibujé toda su longitud, desde el arrugado escroto hasta la base de su ingle con sus escasos vellitos púbicos. Su polla debía ser bastante grande, aunque su tamaño flácido fuera un poco mentiroso. Aparté mi mano y cambié. Ahora le estaba tocando su polla con los dedos mojados de mis jugos vaginales. Ahora la verga de Mauro estaba brillante, mojada con mis fluidos. Sonreí sin dejar de acariciarlo, sintiéndome ligeramente depravada, pero feliz.
Cuando lo vi que se movía me sobresalté sorprendida. Durante largos segundos comenzó a enderezarse y a crecer bajo mi atenta mirada. Cuando se detuvo totalmente erecto, lo volví a tocar maravillándome de cuanto había crecido y constatando que seguía creciendo aún más. Creció de manera increíble, ya no bastaban mis dos manos para agarrarlo y era tan grueso como mi muñeca. ¡Qué cosita más rica y linda! ¡Esta cosa debe sentirse maravillosamente bien en mi coño! Me pregunté si él estaba teniendo algún sueño erótico. Me volví a mojar los dedos en mi panocha para volver a acariciar su gran polla, desplazándome cuidadosamente sobre su glande. Sabía que esa era la parte más delicada y sensible de su polla, así que no me atreví a manosearlo demasiado.
Me encantó ver que su polla pulsaba y la afelpada piel parecía estirarse al máximo. Abrí mis ojos a desmesura cuando ¡Flip!, apareció una gota cristalina de su semilla. Delicadamente la tomé en uno de mis dedos; una parte de mí quería probarlo, pero lo esparcí sobre uno de mis pezones. Mientras frotaba mi pezón, sentí las contracciones de mi coño hambriento. Tomé una segunda gotita y froté mi otro pezón. Mano a mano que florecían esas gotitas cristalinas y fluorescentes, comencé a espalmarlas por sobre todas mis tetas, cubriendo y haciendo brillar mis areolas y gran parte de mis carnosos pechos qué parecieron hincharse y crecer, respirando cada vez con más afano.
Con mis tetas mojadas y brillantes, metí mis manos bajo ellas y las levanté hasta que pude alcanzar el pezón con mi boca. Cuando probe el sabor salado del pre-semen de mi hijo, me sentí mareada, como si hubiese bebido algún vino divino. Pero no estaba borracha. Al menos no de alcohol. Estaba borracha de lujuria por mi hijo. Mi mano ardía tocando la gran polla de él. Pronto quise exprimir su polla para sacar más semen que rápidamente esparcí en mi barriga embarazada y también mojé mi labia vaginal con ese líquido de la vida.
No podía resistir la tentación, así que me levanté con cierta dificultad, como hacen todas las mujeres embarazadas y me incliné sobre su cama con mis pechos balanceándose y quise sentir su polla dura en mis pezones. Lentamente puse una de mis manos al otro lado de su cuerpo y me incliné todo lo que pude hacia adelante. Entonces mi pezón izquierdo se estrelló con la punta dura de su polla, moviéndome un poquito hice que mi pezón derecho también lo estremeciera, luego hice pasar su cabezota lustrosa en medio a mis dos tetas. Me pareció algo deliciosa la emoción de sentir su tibia polla sedosa siendo estrujada por mis poderosos senos. A cada pasada mis tetas se iban mojando más y más con su pre-semen. Jugué un rato bastante largo ese jueguito embriagador, hasta que el peso de mi cuerpo me hizo levantarme.
Arrodillada a su lado, mirando su cara de querubín entre mis dos pechos, decidí probar una última cosa. Me incliné sobre su rostro y bajé mi gordota teta hasta rozar sus labios. Al principio no se movió ni reaccionó, pero luego sacudió ligeramente su cabeza y abrió la boca. Por un breve momento mi pezón entró en su boca, me di cuenta de que ese pezón había sido cubierto con mí propia saliva. Cerró los labios muy rápidamente sobre mi pezón e igual de rápido se alejó. Casi grite de sorpresa cuando su mano me dio una suave palmada en mi seno al girarse.
Temí que se despertara y me enderecé. Por otra parte, si lo hiciera no le iba a dar tiempo de reaccionar, me iba a empalar violentamente en su polla. Volví a mirar su gruesa erección mordiéndome mi labio inferior y me pregunté si no debería hacerlo justo ahora. Ayer lo vi cachondo y molesto cuando se fue con su dura polla, seguramente no le importaría si lo hiciera. ¡Jesús mío! ¡Mí coño goteaba! Por otro lado, el incesto era una cosa, pero el incesto no consentido era otra. Me alejé de él a regañadientes y salí de su habitación.
Me dirigí a la ducha donde me masturbé como una loca. No me molesté de reprimir mis gemidos. Cuando corté el agua puse oído, pero no escuché nada. Su habitación estaba lejos del baño y probablemente él tampoco escuchó nada. Salí del baño desnuda sin importarme si él volvía a verme. La verdad es que esperaba que lo hiciera, pero no estaba allí. Pasé la mayor parte de la mañana desnuda por la casa a sabiendas que él podía despertarse en cualquier momento.
De hecho, decidí hacer algo más osado. Siempre me masturbaba, pero nunca lo hacía hasta terminar en un orgasmo por miedo a ser sorprendida; ahora me atreví y me masturbé por largo rato. Quería ser sorprendida y no me importaba en lo absoluto.
Estaba leyendo en el solárium cuando finalmente él se despertó. Sentí una oleada de placer al pensar que me vería desnuda. Estabamos con un sol de inicio de verano y el lugar estaba maravillosamente cálido. El solárium estaba en un sitio privado y no era visible de la calle, de modo que podíamos tomar tranquilamente baños de sol en total privacidad y desnudez. Y así fue como Mauro me encontró, sentada con un libro sobre mi vientre abultado y en topless bajo el agradable sol. Él llevaba un par de pantalones de yoga y nada más.
Me imagino que estaba dando un espectáculo extraordinario, el sol resaltaba las tres curvas mas prominentes de mi cuerpo; mis dos pechos, excepcionalmente grandes y mi vientre mucho más grande aún. Todos ellos brillaban cubiertos por una finísima película de aceite de rosas. Mauro se quedó mesmerizado y no avanzó ni un centímetro más, sólo se dedicaba a contemplarme como un visión paradisiaca que lo abrumaba. No había una reacción especial en su rostro, pero su boca estaba abierta. Si no descifraba el mensaje ahora, nunca lo haría. Simplemente nos miramos fijamente por un rato y yo le regalé una pequeña sonrisa mientras mordía mi labio inferior sintiendo como el sol rescaldaba la juntura de mis muslos.
Esperaba escucharlo gritar exasperado ¡¡Mamá!! O simplemente voltearse e irse. Yo deseaba que él me saltara encima y me follara como una puta, pero eso nunca iba a suceder, él era demasiado tierno y educado como para forzarme a cualquier cosa. De todos modos lo que dijo me sorprendió muchísimo. Él estaba ahí de pie vestido solo con unos leggings, muy sexys por lo demás. Después del estupor inicial, levantó la vista de mis pechos y pude ver que todavía estaba medio dormido, aturdido y desaliñado, pero se atrevió a decir:
—¡Guau, mami! … Eres la mujer más sexy que he visto en toda mi vida … Este embarazo te rinde aún más hermosa, sexy y deseable que nunca … Eres como una diosa y por primera vez lamento ser tu hijo, porque me gustaría hacerte muchas cosas así linda como estás …
Me quedé estupefacta por sus palabras. Pude ver que su hombría comenzaba a reaccionar bajo sus leggings y le dije:
—Gracias, Mauro …
Me detuve. Estaba a punto de volver a tomar mi actitud tímida, pero esta vez no quería eso. Quería incitarlo a estar conmigo, quería seducirlo para que saltara sobre mí o quizás yo misma hacer el primer movimiento. Me aclaré la garganta y le dije:
—¡Ehm! … ¡Uhm! … ¿Por qué no vienes aquí y terminas de darme tu masaje? … Ayer te fuiste tan rápidamente y me dejaste sola y con muchas ganas … Parecía que estabas a punto de hacer algo que yo misma deseaba mucho que hicieras …
Mauro se me quedó mirando y parecía que iba a decir algo, pero se detuvo. Miró un poco a su alrededor y después volvió a mirarme. Yo simplemente miré su polla en furiosa erección bajo sus pantaloncitos ajustados, me pareció ver como esa gran polla pulsaba contra la delgada tela de fino algodón. Pausadamente dejé mi libro sobre una mesita, luego curvé mi dedo y comencé a moverlo indicándole de avanzar hacia mí. Mientras caminaba, me pregunté: ¿Es esto lo que quiero? ¿Es aquí en el solárium donde dejaré que mi hijo me folle? ¿Es en este lugar donde cometeremos el incesto? Ya estaba sumamente mojada esperando que él lo hiciera y ahora mi coño parecía una fuente burbujeante de fluidos candentes. Mauro pasó una mano por sus desordenados cabellos y esto lo hizo aún más sexy y salvaje.
Todavía no despierto del todo y quizás algo desconcertado, agarró la botella de aceites de la mesa y se arrodilló a mi lado. Cuando sus dos manos grandes, delicadas y calientes acariciaron mi vientre, eché mi cabeza hacia atrás gimiendo y cerré los ojos. Esperaba ansiosa que se quedara allí por un tiempo y luego casi accidentalmente se moviera a rozar mis pechos y quizás tal vez se volviera más atrevido. Nuevamente me sorprendió cuando deslizó sus manos con las palmas abiertas directamente sobre mis dos pechos.
—¡Santo cielo! …
Le escuché susurrar mientras amasaba mi carne lechosa y almohadillada, moldeando mis senos con sus dedos. Suspirando entreabrí los ojos y lo miré, pero él estaba con la vista fija en mis areolas y pezones hinchados.
A veces me apretaba tan fuerte al límite que me dolía, pero estaba tan excitada que realmente no me importaba. Cuando apresó mis pezones entre sus pulgares e índices, apretándolos y tirando de mis senos hacia arriba, gemí a alta voz y mi mano alcanzó su cabeza. Mis dedos se extendieron por su nuca e hice presión para tirarlo sobre mis pechos. Él me miró con una sonrisa aturdida y me preguntó:
—¿De verdad puedo hacer eso, mami? …
—Eso y mucho más que eso, cariño …
—¡Oh, sí … Cielos! …
Exclamó nuevamente antes de inclinarse hacia adelante y comenzar a chupar uno de mis grandes pezones. Con mi mano todavía en su nuca, lo tiré y aplasté toda mi teta contra su rostro.
Mauro chupó, lamió e incluso dio unas tímidas mordiditas a mi duro pezón y cuando se le escapó de la boca con un chasquido húmedo, me miró sonriendo y dijo:
—¡Hace mucho tiempo que deseaba hacer esto, mamá! …
—Me alegro de que me lo digas, bebé … Ahora haz lo mismo al otro …
Cuando lo hizo, me incliné sobre mi vientre para desplazar mi mano por su mejilla, cuello, pectorales y abdominales en busca de lo que más quería y cuando lo aferré, le dije:
—¡Eres un magnifico semental! … ¡Estoy segura de que dejas a todas las chicas adoloridas con tamaña cosa que tienes aquí, cariño! …
Mauro miró sonriendo hacia arriba ante mi comentario, luego se agachó y continuó a devorar mis tetas. Esta vez abrió ampliamente su boca y abarcó mi completa areola chupeteándola con avidez. Me volvió a doler un poco, pero una vez más las sensaciones que se producían en lo profundo de mi coño, podían aguantar eso y mucho más. Solo quería que me hiciera volar en las alas del placer y lo estaba logrando con creces. Con su polla en mi mano, me pareció de estar dirigiendo el todo, tal como lo haría el director de orquesta con su batuta. La agarré firmemente, él gimió audiblemente, pero su boca no se despegó ni un milímetro de mis senos y sus manos no cesaban de acariciar y amasar mis algodonosos pechos llenos de leche.
Cuando tironeé de sus leggings para bajárselos, Mauro simplemente plegó sus rodillas y los hizo salir por sus tobillos. Ahora estaba desnudo al igual que yo y gloriosamente erecto, duro como palo, frente a su madre embarazada y famélica de polla. Teniendo su verga en mi mano, muy pronto me percaté de que salían las primeras gotitas, rápidamente apresé una en la punta de mis dedos para llevármela a mis labios, él me vio y sonrió.
Luego de un rato, Mauro dejó mis pezones para besar y lamer la juntura de mis tetas, juntándolas y sobajeándolas para esparcir su saliva uniformemente. A pesar de su corta edad y la incredulidad de estar cometiendo este exquisito incesto. Él parecía perfectamente a gusto y en control de toda la situación. Enseguida lo vi que se levantaba y se ponía a horcajadas sobre mi panzudo vientre, su polla ahora estaba a poco centímetros de mí rostro. Lo alcancé y lo bajé, maravillándome de su dureza juvenil. Mirando directamente a los ojos de mi hijo, abrí la boca y dejé que me metiera toda su polla en mi boca abierta y acogedora.
Jamás en mi vida creo haberme sentido tan picara y bullebulle como en este momento sublime, con la polla de mí primogénito golpeándome la parte posterior de mi garganta. Me estremecí y me pareció escuchar mis gemidos como desde muy lejos, como si todo fuera un sueño. Pero no lo era. Mauro empujó su polla profundamente y comencé a chupar como si se tratara de un exquisito bocado. Esta vez fue él quién agarró mi cabello y me empujó su polla hasta más allá de mis límites. Tosí sintiéndome ahogada y abrumada por su intensidad, nunca había tenido una polla tan profunda en mi boca. Me moví en mi tumbona para ponerme en la mejor posición y dejarlo follar mi boca como él quería. Pronto una mezcla densa de fluidos amalgamados por mi saliva y su pre-semen comenzó a escurrir por mis labios, barbilla y goteando sobre mis pechos.
Me sorprendí y me sentí vacía cuando Mauro sacó su pene de mi boca repentinamente y sin previo aviso, no entendí de inmediato porque lo había hecho hasta que lo vi presionar mis dos pechos alrededor de su polla mojada y comenzó a follarlos.
—¡Oh, Dios! … ¡Que rico, mami! … ¡Siempre había soñado con hacer esto! … ¡Tienes las tetas más lindas del mundo! … ¡Mas ricas ahora que estás embarazada! … ¡Estos pechos son increíbles, mamá! … ¡Creo que podría morir aquí mismo como el hombre más feliz del mundo! …
—¡Oh, no! … ¡Nada de morir! … ¿Sino cómo vas a follarlos todos los días hasta que de a luz a tu hermanita? …
—¿Todos los días? … ¡Guau! …
Gritó de placer sin dejar de follar mis senos gordinflones. Podía sentir muy bien la envergadura y grosor de su pene encerrado entre mis carnes y estaba muy contenta de hacerlo tan feliz. Ya no me sentía solo una madre, ahora me sentía como una mujer sexualmente liberada y satisfecha, cosa que no sucedía desde hace meses. Y no iba a ser yo quien lo detuviera. Yo quería más de él y de su polla. Quería que me violara, que me convirtiera en su juguete sexual. Mis pensamiento fueron interrumpidos cuando su polla volvió a entrar en mi boca en forma violenta. Estaba muy profunda en mí, tuve que controlar un reflejo de nauseas y ahogo, pero no quería que se detuviera. Cuando lo hice, se me quedó mirando con una expresión diferente, pero antes de que pudiera decirme algo, le dije:
—¿Por qué no pruebas a follarme? …
—¡Uy, mami! … ¡Nunca pensé que me pedirías eso! …
Con su gran polla rebotando sobre mí mientras retrocedía; sus ojos se fueron a contemplar mi coño. Yo sabía que estaba dilatado e hinchado en preparación natural de mi parto, pensé que no le iba a gustar, se me quedó mirando por largo rato y luego exclamó:
—¡Mamá, tu coño es maravilloso! … ¡Tan gordito, se ve húmedo y tan jodidamente bonito! … ¿Realmente tu me quieres allí? …
No pude emitir palabra alguna, sólo asentí con mi cabeza cuando vi que agarraba su polla en su mano. Mi vientre obstaculizaba mi vista, pero sentí su sedosa y gorda cabezota caliente empujar y separar mi labia vaginal empapada y cuando empujó dentro, grité de pura lujuria e intenté amarrarlo con mis piernas.
—¡Uuugghhh, ssííí, Mauro! … ¡Métemela toda! … ¡Que rico! … ¡Oh, Dios! … ¡Ahhhhhh! …
Mientras sentía cada centímetro de la gorda polla de mi hijo penetrándome por primera vez, también sentí que dentro de mí un muro comenzaba a desmoronarse, habíamos transgredido todo límite y no sentía ninguna sensación de culpa, por el contrario, estaba feliz de hacer feliz a mi hijo. Una extensa hora con él masajeando deliciosamente mis senos, follándome la boca y mis pechos. No, no sentía ningún arrepentimiento sintiendo la abrumadora sensación de su polla caliente empujando mis pliegues vaginales profundamente. Grité y me estremecí cuando un primer orgasmo me cogió violentamente. ¡Tenía la bendita polla de mi hijo muy dentro de mí! Golpeé la tumbona retorciéndome y temblando, gozando como una pervertida puta. Me mordí el labio para no gritar mí placer al mundo. Cuando abrí los ojos, pude ver que Mauro estaba sorprendido de mi orgasmo tan vertiginoso. Todavía jadeando, le dije:
—Mauro … ¡Prométeme que este será el primero de muchos orgasmos! …
—Así será, mamá …
Respondió con una amplia sonrisa en su rostro juvenil. Me di cuenta de que su respuesta tan concisa y segura venía dada con los bríos de su juventud, era muy confiado para su corta edad. Pero lo que a mí realmente importaba en este momento, era sentirlo levantar con determinación y espíritu de fuerza mis pesadas piernas en el aire y comenzar a embestir mi coño con potentes empujones; olvide todo excepto mi placer desencadenado. Todo venía aumentado por la intensidad de mis emociones, aunque acababa de experimentar un poderoso orgasmo, cuando su dedo mojado tocó mí clítoris, tuve una convulsión de loco placer casi agónico que me obligó a apartar su mano de mi coño:
—¡Fóllame, Mauro! … ¡Sólo fóllame! …
Le dije con voz temblorosa abriendo mis piernas para permitirle de meter toda su exquisita polla dentro de mi panocha pulsante.
En cuestión de minutos, dado su constante y vigoroso bombeo con su polla dura como el granito que incesantemente golpeaba mi conchita, sentí el aproximarse de otro bendito orgasmo.
—¡Cielo Santo! … ¡Sigue así, bebé! … ¡Más duro! … ¡Mételo todo! … ¡Uuuhhhhhh! …
Grite desesperada montando la ola convulsiva que me transportaba en vuelo por el universo del placer.
—¡Aaahhhhhh! … ¡Aaahhhhhh! … ¡Qué rico! … ¡Uuuhhhhh! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Oh, Dios! …
Mientras me revolcaba bajo su peso tratando de ponerlo más encima de mí para sentirlo más dentro de mí, el orgasmo más fabuloso de mi vida golpeó todo mi cuerpo, mientras Mauro sin misericordia llevaba todo el trozo de su masculinidad a lo más profundo de mi vagina embarazada. Las contracciones de mi coño eran potentísimas, mí conchita estaba más caliente que nunca y rezumaba fluidos como un rio que estaba segura iban a mojar la tumbona. Me fue imposible contenerme y arañe su espalda y mordí su hombro, quería devorarlo y tenerlo dentro de mí para siempre. Tuve miedo de que la tumbona no resistiera y se hiciera añicos por la tensión y fuerza de nuestros incontrolables movimientos, la potencia de mi hijo era inacabable y me embestía sin cesar hacia adentro y hacia afuera los pliegues delicados de mi vagina que se esforzaban en envolverlo y tirarlo hacia mi interior, la circunferencia y el ángulo de su polla estimulaban mi punto G y mi clítoris desde adentro.
A medida que comenzaba a recuperar mi cordura y mi placer se aplacaba, me relajé y me abandone sobre la tumbona a los vigorosos empujones que me daba mi hijo. Pero repentinamente el salió de mi coño y antes de que pudiera constatar lo que estaba haciendo y decir cualquier cosa, él ya se había deslizado entre mis piernas y había comenzado a comerme el coño, ¡Santo demonio! ¡A muy pocos hombres les gusta hacer eso después del orgasmo de una mujer! Pero al parecer mi hijo no era uno de ellos; el placer fue tanto que me encontré con mis dos manos a atrapar su cabello y empujar mi pelvis contra su famélica boca que me estaba devorando.
—¡Oh, Mauro! … ¡Mauro! … ¡Oh, Dios, Mauro! … ¡Por Dios! … ¡Que rico! … ¡Uuuhhhhhh! … ¡Aaahhhhhh! … ¡Mauro! … ¡Mauro! … ¡Umpf! …
Me estaba volviendo loca con su boca y su lengua que me llegaba hasta el cerebro convulsionándome toda. Se separó de mi panocha sólo brevemente para decirme lo deliciosa que estaba mi conchita. Yo estaba en el séptimo cielo y guiaba su cabeza para que continuara a darme este abrumador placer que jamás nadie me había dado. Mientras que yo seguía llamando su nombre como una poseída. Él metió sus dedos en mi coño y comenzó a follarlo con insólita rapidez, todo lo que podía hacer era tirarlo contra mí y entregarme vencida a un tercer y esplendido orgasmo:
—¡Oh, hijo! … ¡Hhhmmmmmm! … ¡Aaahhhhhh! … ¡Mauro, por Dios! … ¡Ssííí! … ¡Ssííí! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Mauro, ssííí! … ¡Assííí! … ¡Umpf! … ¡Ahhhh! … ¡Cómete mí coño! … ¡Cómetelo todo, bebé! … ¡Aaahhhhhh! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Chúpame el clítoris, cariño! … ¡Umpf! … ¡Aahhh! … ¡Umpf! …
Sentí su lengua aplastar mi botoncito del placer y exploté como una puta demente, cachonda, caliente y enloquecida por las olas de goce que me estremecían a cada lengüetazo que azotaba mi clítoris. Mauro me retenía por las caderas y mi vientre no me permitía ver nada más que algo de sus cabellos, porque su entera cabeza estaba metida en mi coño.
Mis muslos estaban apretando sus mejillas y mi pelvis temblorosa y enloquecida empujaba contra él; temí lastimarlo en mis locas convulsiones orgásmicas. Logré controlarme, pero me sentí en deuda con él al verlo que sacaba su cabeza de entre mis piernas con su rostro empapado en mis fluidos que corrieron a torrentes, su hermosa carita me sonreía un poco bobamente y solo pude decirle:
—¡Acuéstate bocarriba que mami te va a montar! …
Obedientemente, él se movió y acomodó una toalla en el suelo para distenderse encima de esa. Yo me levanté lentamente como mujer embarazada y me senté a horcajadas sobre él. Mauro agarró su polla con una mano y la guió hacia arriba, ambos gemimos cuando me empalé en su rígido miembro. A estas alturas no había necesidad de ninguna lubricación, mi coño estaba completamente empapado y acostumbrado a su envergadura gruesa y larga, así que sólo me dejé caer sobre su hombría tiesa y dura. Mi peso contribuyó a que su pene se hundiera profundamente en mi vagina. Me incliné un poco hacia adelante apoyándome en sus musculosos pectorales y me levanté por primera vez.
Ciertamente no podía igualar su velocidad y sus bríos juveniles, pero sí mi pasión y deseos iban a hacer lo mejor posible para satisfacerlo. Lo miré directamente a los ojos mientras lo montaba, viendo todo su cuerpo estremecerse cada vez que me dejaba caer. Le apreté las tetillas con fuerza y él gimió tal como yo; sin dejar de mirarlo, le dije:
—¡Córrete para mami, tesoro! … ¡Eres mi niño grande! … ¡Saliste de mi coño y ahora estas de nuevo dentro de él! … ¡Llénalo con todo lo que me puedas dar! … ¡Quiero tu semen, bebé! … ¡No sabes cuanto tiempo he soñado con esto! … ¡Folla el coño de tu madre! … ¡Llena mi concha con tu esperma caliente! … ¡Quiero sentirlo dentro y chorrear por mis muslos, cariño! … ¡Después lo voy a recoger con mis dedos y me lo voy a comer! … ¡Así de pervertida me siento! … ¡Me voy a comer todo tu semen después de que acabes dentro de mí! …
Los ojos de mi hijo estaban bien abiertos escuchándome con atención. De repente tomó mis pechos y los apretó con fuerza mientras comenzaba a gritar su placer. A pesar del peso y la potencia de mis golpes, ahora él comenzaba a superarme empujando hacia arriba mientras yo lo hacía hacia abajo. Decidí quedarme quietecita a algunos centímetros encima de él, él se puso frenético aferrado a mis pechos que saltaban con fuerza junto a mi pesado vientre embarazado, follando mi coño con todo su vigor juvenil.
Y entonces sucedió, mi amado hijo explotó dentro de mi coño materno y embarazado. Para ser honesta, no podría decir que sentí que su semen me inundaba, nunca lo había sentido con otros en el pasado, pero yo sí sabía que él se estaba corriendo dentro de mí, el semen de mi hijo llenaba mi coño. Entré en una especie de trance post orgásmico, no fue un nuevo orgasmo, pero sí un velo de disfrute que jamás había sentido antes, ahora me sentía feliz, completa y satisfecha.
Estaba demasiado agotada por tener un cuarto orgasmo, pero me quedé sobre él por mucho tiempo moviéndome lentamente hacia arriba y hacia abajo después de que él terminó. En algún momento su polla blandengue resbaló fuera de mi coño. Entonces miré hacia abajo sonriendo maliciosamente. Me agaché entre nuestros cuerpos y raspé con mis dedos un montón de esperma desde mi panocha goteante. Mauro me miraba con una expresión de sorpresa cuando me llevé los dedos a mí boca y los chupé, juntos nos sonreímos mientras yo pasaba mi lengua por mis labios saboreando su tibio semen. Después de eso, nos levantamos y Mauro me llevó a mi cama. Fue al baño y regresó con una toalla tibia y húmeda, comenzó a limpiar todo mi cuerpo. Unas cuantas veces se metió entre mis piernas a lamer mi coño. Cuando terminó, hizo una pausa, me miró por largo rato en silencio y me preguntó:
—Mami … ¿Lo decías en serio cuando dijiste que podíamos volver a hacerlo? …
Le sonreí alegremente y le dije:
—¡Sí me das unos minutos, podríamos hacerlo al estilo perrito esta ves! … ¿Vale? …
Sus ojos se abrieron de par en par y nos sonreímos. Mi boca se abrió sicalípticamente al ver que su polla otra vez estaba dura como el acero, me apuntaba y palpitaba. Mi coño estaba listo para esa magnifica verga, tenía una increíble hambre de ella y ahora era toda mía.
Fin
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El regalo más preciado de quien escribe es saber que alguien está leyendo sus historias. Un correo electrónico, a favor o en contra, ¡Tiene la magia de alegrar el día de quien construye con palabras, una sensación y un placer!
luisa_luisa4634@yahoo.com
—¡Hmmmmmm! … ¡Que rico! …
Los chorritos que escapaban de la ducha golpeaban como miles punzadas sobre mis tetas y no pude evitar de aplastarlas con mi guante de la ducha y atrapar mis pezones que me hicieron tiritar en exquisitos escalofríos.
Puse mi rostro bajo el chorro del agua mientras sobajeaba mis tetas. Se sentían tan bien, casi extrañas y me procuraban un inmenso placer. Estaba al final del séptimo mes de embarazo, mi cuerpo estaba casi irreconocible. Miré hacia abajo, el agua goteando de mis cabellos, frente y nariz. Apreté mis dos tetas, aferrando mis pezones suavemente, pellizcándolos. Sentí un estremecimiento en lo más profundo de mi bajo vientre.
Durante mi primer embarazo mis senos nunca crecieron tanto. Eso fue hace más de diecisiete años, cuando apenas tenía dieciocho años y estaba asombrada y asustada por todos los cambios que se producían en mi cuerpo. Tenía una complexión física delgada, con pechos 32C, una cinturita de abeja y caderas muy poco pronunciadas. Al principio recibí con agrado los cambios y como mi cuerpo se llenaba de curvas, mi cuerpo había retenido muchos líquidos. Cuando estaba a punto de dar a luz a mi primer hijo, Mauro, me sentía como una piñata hinchada y gorda, apenas capaz de moverme.
Esta vez era muy diferente. A través de los años había logrado recuperar mi delgada figura anterior a mi embarazo. Pero algunas cosas quedaron, mi cintura nunca volvió a ser la misma, mis caderas permanecieron anchas y mi tetas bastante grandes.
Ahora, tantos años después de mi primer embarazo, pensé que sabía lo que me estaba a punto de pasarle a mi cuerpo, pero me equivoqué. Aunque si me faltaba todavía algo más de un mes para dar a luz a una hija y no me sentía hinchada en absoluto. Había ganado bastante peso, pero la mayor parte de eso estaba en mi abultado vientre y en mis pechos. No sabía qué tan grande iba a ser mi hija, pero esta vez mi vientre era mucho más grande, como así también mis pechos.
Al principio, mi novio, que no era el padre de Mauro, disfrutaba mucho de mi cuerpo y mis grandes senos, le encantaba jugar con mis pesadas tetas. Pero poco a poco su interés disminuyó y me quedé prácticamente sola lidiando con mis incesantes y fuertes impulsos sexuales que mi condición de embarazada me hacía sentir. Podría habérmelo comido vivo y haberle hecho mamadas todas las mañanas si él me follaba, pero me dijo que le desanimaba tener relaciones sexuales con un bebé dentro de mí, ¡Cuando yo lo único que quería era sexo a todas las horas!
Y ahora, en la ducha de agua caliente, completamente sola en mi casa, con la música a todo volumen, estaba disfrutando de mi cuerpo y me preparé para una larga sesión de masturbación. Acaricié mis hombros y mi cuello, sonriendo a medida que crecían en mi las sensaciones de cachondez. Mis poros se abrieron y se me puso la piel como de gallina al sentir mis dedos deslizarse por mi piel mojada. Miré mis senos, vi mis largos cabellos por todas partes, llegando hasta mi vientre.
Enrollé mi cabello alrededor de mis senos, sentí que sus puntas me hacían cosquillas. Jugué con las largas mechas y de la forma en que colgaban por mi cuerpo, aferrándose a mis curvas, como si intentaran hacer realzar más mis sinuosidades de mujer embarazada. Acaricié mi vientre y me pareció sentir una patadita de mi hija. Sonreí al pensar que si me daba placer ella sentiría un poco de eso también.
Deslicé mis manos más abajo hasta mi coño, sentí la piel lisa de mis recién afeitados labios mayores, la hendedura estaba cálida y jugosa. En estos últimos meses mis labia vaginal se había hinchado en forma permanente y estaba perennemente sensible y caliente. Abrí mis labios con dos dedos y con los dedos de la otra mano comencé a frotar la túrgida puntita de mi clítoris para hacerla asomar bien de entre mis pliegues húmedos. Empujé mi pelvis contra mis dedos gimiendo y arqueando mi espalda, respiré profundamente sintiendo las olas de placer que comenzaron inmediatamente a estremecer mis cuerpo entero. ¡Oh, Dios, qué placer! ¡Santo cielo! Podía ya adivinar que este iba a ser un poderoso orgasmo. Mi coño tiritaba y se contraía imaginando de acoger un grueso pene en su interior, se sentía más hinchado como queriendo devorar cualquier gruesa verga que estuviera al alcance de su agarré musculoso y poderoso, pero solo tenía mis dedos, ¡Sigh!
Ahora mi panza no me permitía tener una clara visión de mi panocha, días atrás tuve que masturbarme frente al espejo para poder observar el grueso de mis labios mojados, me sentí como una adolescente descubriendo su vagina deseosa de verga por primera vez. Me reí como una loca moviendo el espejo a diferentes angulaciones para poder mirar bien mi coño caliente.
Estiré mi cuerpo y puse mis pechos contra el chorro de la ducha disfrutando la presión con que el agua golpeaba mis tetas regordetas, metí mis manos bajo ellas y las levanté, gemí sintiendo el agua azotando mis pezones y apreté mis muslo apoyando mi espalda contra los azulejos ¡Oh, Dios! ¡Necesitaba urgentemente una polla larga y gruesa en mi coño preñado! Entonces agarré el ovalado y grueso jabón y lo empuje dentro de mi vagina, ¡Santo Dios! ¡Qué rico! Pareció que mi coño generaba espuma en cuantía impresionante, abrí mi boca sicalípticamente mientras gemía suspirando por el goce que me procuraba esa gorda bola de jabón. Cerré mis ojos y aplasté mis tetas con la otra mano, me recordé de la última vez que mi novio roció mis tetas con su tibio semen e imaginé que la ducha rociaba esperma caliente sobre mis pechos hinchados, delicados y sensibles.
Antes de ducharme había cerrado todas las persianas, cerrado las puertas. Este sería un momento íntimo, privado y glorioso. Sin poder esperar más, corté el agua y salí. Envolví mi cabello con una toalla tipo turbante y no me sequé de cuerpo entero. Decidí secarme acercándome al fuego de la chimenea. Por otra parte, no había nada que pudiera secar mi jugoso coño.
Abriendo la puerta del baño, el sonido de la música se hizo más estridente y me contoneé al ritmo de esa. Salí balanceándome lentamente, tomándome mi tiempo, haciendo que mi cuerpo extremadamente sinuoso y curvilíneo, girara acompasadamente por el salón. Mi panza de embarazada no me permitía bailar tan rápido como me hubiera gustado, pero el lánguido sonido del jazz encajaba perfectamente con mis condiciones físicas y mi estado de ánimo. Sentí el esfuerzo de mis piernas para soportar el peso de mi barriga de casi ocho meses. Abrí y cerré mis rodillas al ritmo sensual del saxofón, haciendo girar todo mi cuerpo, moviéndome desde la cabeza a mis caderas, de modo que mis pesados pechos se movieran conmigo en un modo lascivo y erótico.
Así danzando llegué a la cocina. Deslizándome al largo de la encimera. Inclinándome hacia adelante y sintiendo el peso de mi vientre y también de mis tetas que se bamboleaban de lado a lado en sincronía perfecta con el ritmo del jazz. Sonreí al sentir la oscilación de mis pesados pechos y ver mis oscuros pezones saltando por la cocina. Tomé uno de mis grandes senos y lo aferré con fuerza, todavía no tenía leche, así que cuando lo aplasté no salió nada, de todas maneras se sentían como si estuvieran demasiado llenos. Gemí de nuevo con los ojos cerrados y perdida en las sensaciones de sentir mi cuerpo desnudo y en libertad. Rocé mis areolas con las yemas de mis dedos, notando la superficie salpicada de pequeñísimas protuberancias que aumentaban la sensibilidad de mis senos plenos. Aferré mis pezones y se sentían duros en medio a mis dedos.
Me quité la toalla de mi cabeza y me esponjé el cabello, haciendo que mi melena se balanceara hacia la izquierda y luego toda hacia la derecha. Las mechas húmedas se distendieron por mi piel, sobre mis hombros hasta mi cintura envolviendo toda mi figura, brindándome una agradable sensación. Todavía con los ojos cerrados me moví lentamente, como una llama turbulenta, ascendente y oscilante. Una vez más sentí mi cabello adherido a todo mi cuerpo dibujando las concavidades y convexidades de mi estructura física que mi novio se negaba a acariciar. Sentí la fluctuación de mis senos que se mecían al suave ritmo del jazz, casi rodando sobre mi abultado vientre, luego levanté mis brazos y mis pechos se alzaron en el aire con mis pezones apuntando al cielo. Cada vez que arqueaba mi espalda, mis pechos se movían hacia adelante tumultuosamente, hacia un lado y luego al otro antes de volver a su lugar. Me retorcí un par de veces, moviendo mi cuerpo de mujer en cinta que ardía de femineidad y loca lujuria.
Me sentí observada y abrí los ojos, inmediatamente vi a Mauro en la sala de estar boquiabierto e inmóvil mirándome perplejo. No se cuanto tiempo habrá estado allí, pero imaginé que lo había visto todo. Incluso el momento en que agarré mis pechos y gemí. Para mi sorpresa, no sentí vergüenza; me invadió una nube oscura de lujuria y recordé su cuerpo sin camisa, le sonreí. Pero eso duró una fracción de segundos. Grité y a tientas busqué mi toalla para cubrir mi desnudez.
—¡¡Mauro!! … ¡Santo cielo! … ¿Por qué no dijiste nada? …
Dije aferrando la toalla y envolviendo mi cuerpo panzudo de embarazada. Pero él no reaccionaba, estaba todavía paralizado, solo sus ojos se movían recorriendo todo mi cuerpo. Mi panza que saltaba por un lado y mis tetas rebotando por el otro. De nuevo grité:
—¡Mauro! … ¿Qué demonios? …
Se me cayó la toalla, mi panza no me dejaba agacharme a recogerla con la rapidez necesaria y para colmo, mis tetas saltaban sobre mi panza, se desparramaban y no me dejaban ver donde estaba esta maldita toalla. Intenté cubrirme con mis manos; también intenté moverme rápido, pero no podía hacerlo porque mi barriga me hacía perder el equilibrio. Lo oí balbucear:
—¿Qué? … ¡Ehm! … ¡Yo! … ¡Lo siento! … ¡Lo siento, mamá! …
Al fin pude meter la toalla sobre mis tetas y cubrir mi panza. Caminé furibunda hacia él. Él sabía que me había hecho enojar. Todavía no se movía y tenía su celular en la mano, ¡Al menos no estaba grabándome!
—¿Por qué no llamaste? … ¿Por qué no dijiste nada? …
Le enrostré furiosa.
—¡Umm, yo! … ¡No lo sé! … ¡Tal vez! … ¡Yo … Ehm! … ¡Lo siento, mamá! …
Dijo en forma del todo incoherente.
—¡Ya! … ¡Basta! … ¡Vete a tu habitación! … ¡Tengo que vestirme! … ¡Ya hablaremos de esto! …
No sé si me escuchó o no. Hizo como para girarse, pero no avanzó mucho.
—¿Y bien? … ¿Qué esperas? …
Pregunté con mi toalla bien amarrada sobre mis senos y mis brazos en jarra con los puños cerrados.
—¡Ehm, mami! … ¡Yo! …
Entonces vi el bulto hinchado que levantaba sus shorts. Tenía una furiosa y tal vez dolorosa erección y no tenía camisa ni remera para cubrirla. Ahora fui yo a quedarme paralizada. ¡Santo Dios! ¡Qué magnifica polla que traje al mundo! Pensé. Mi mente cochambrosa intentó tomar control, pero sacudí mi cabeza y esperé pacientemente que se fuera por las escaleras a su dormitorio. Respiré muchas veces para calmarme. Miré los cojines y la copa de vino que me esperaban frente a la chimenea. Ya no podía disfrutar de eso. Decidí tomar unos sorbos, ordenar todo e irme a mi habitación para vestirme.
Cuando subí las escaleras, pase por la habitación de mi hijo y llamé a la puerta. Sentí un revuelo y veloces movimientos y la alarmada voz de Mauro:
—¡Espera, mamá! … ¡Sólo un segundo! …
Al cabo de un breve lapso de tiempo, volví a escuchar su voz:
—¡Está bien! … ¡Puedes entrar, mamá! …
Entré y lo encontré sentado a su escritorio y me daba la espalda. Me quedé intrigada sin saber si estaba avergonzado o simplemente trataba de esconder algo. Más de una vez lo había sorprendido masturbándose, esperaba sólo que esta vez no fuera así. En realidad nunca lo había visto, pero estaba segura de haberlo interrumpido varias veces. ¿Lo estaba haciendo porque me había visto desnuda? ¡Con mi panza! No, no creo.
Respiré profundamente y me acerqué a él tratando de concentrarme en que decirle:
—Mauro … Lo siento si te grité antes … Me sorprendiste … Me puse nerviosa … ¿Por qué no dijiste algo? …
Suspiró y se inquietó un poco antes de responder:
—Mami … No sé … Yo también lo siento …
Se había ruborizado y rehuía mi mirada.
—Mauro, mírame … Me pareció extraño que no dijeras nada … Solo que no sé cuánto tiempo estuviste a mirarme … Pero no es una gran cosa, ¿sabes? … Sólo me viste desnuda y ya … No es nada, no ha sucedido nada, ¿vale? …
Me detuve recordando que me había visto inclinarme hacia adelante, agarrar mis pechos y gemir cachonda. ¡Maldición! Suspiré antes de decirle:
—Mira … ¿Por qué no olvidamos que eso pasó? …
—¡Ehm! … ¡Sí, claro! …
Dijo con un hilo de voz.
—Solo prométeme que si esto vuelve a suceder, no te quedaras parado a mirarme y me lo harás saber, ¿vale? …
—¡Vale, mamá! …
No sabía que más decir y estaba segura de que lo mejor era olvidarlo. Puse mi mano en su hombro y lo reaseguré con un maternal apretón, luego salí de su cuarto cerrando la puerta. Entonces no me alejé y me quedé a escuchar. Sabía que no era una buena idea, pero no pude evitarlo, el lado oscuro dentro de mí me compelía a fisgonear y descubrir si se masturbaba o no. Pasó quizás, poco más de un minuto y lo oí gemir. Apoyé mi oreja a la puerta y escuché otros sonidos. Sentí un agradable cosquilleo entre mis piernas cuando escuché el crujido de la silla, ahora incluso podía escuchar el golpeteo de su puño magreando su pene. Sin querer queriendo mis dedos buscaron mi agujero mojado y acaricié mis labios mayores haciendo círculos sobre mí clítoris. ¡Que demonios! Ahora estaba susurrando algo, me detuve a escuchar y llegaron claramente a mis oídos sus gemidos y ahogados plañidos:
—¡Ooohhh, mamá! … ¡Hmmmmmm! …
Me congelé. Estupefacta reflexioné y tuve que asumir el hecho de que mi hijo se masturbaba mientras fantaseaba conmigo desnuda y mi panza de casi ocho meses de embarazo. ¿Cómo puede encontrar algo erótico en eso? Me pregunté. Al mismo tiempo una oleada de placer recorrió todo mi cuerpo y pensé que iba a caer ahí mismo. Mis pezones punzaban y parecían haber crecido al tamaño de una aceituna apuntando derecho hacia arriba. Una vez más lo imaginé desnudo, sin su camisa; yo estaba boca arriba con mis piernas abiertas y él estaba arrodillado entre ellas separando con sus dedos los labios de mi coño hinchado y abierto. Podía verlo sosteniendo mis rodillas en el aire mientras su larga polla azotaba mi panocha y la penetraba una y otra vez, sin descanso. Me golpeaba con una inaudita intensidad. ¡Slaps! ¡Slaps! ¡Slaps!
¡Qué demonios! ¡Esto no podía continuar! ¡Tengo que parar! Me dije a mí misma. Sabía que si me corría allí, sería imposible mantenerlo en silencio. Saqué los dedos de mi coño y escuché unos instantes más mientras él llegaba a su clímax, la silla crujía y el no cesaba de susurrar mi nombre.
Regresé tambaleante y temblorosamente subí las escaleras hacia mi dormitorio. Entré y cerré la puerta con cerrojo. Me boté sobre la cama con mis piernas abiertas y me acaricié hasta llegar a un orgasmo potente y prolongado. Todo mi cuerpo se contorsionaba y mi panza me hizo meterme de costado con mi culo ligeramente alzado. Mis pechos y mi vientre tiritaban, mientras mis dedos probaban una y otra vez mi empapada hendidura. Me imaginé a Mauro haciéndome tantas cosas cochambrosas y libidinosas, hasta algunas ilegales. Sí en este momento él entrara a mi dormitorio, le dejaría hacerme todo lo que él quisiera. Todo. Cualquier maldita cosa él quisiera hacerme, yo lo dejaría. Miré mis tetas aplastadas sobre la cama con mi pezones sobresaliendo de mi sujetador y agarré uno de ello e intenté llevármelo a mi boca. ¡Ummmmm, qué loco placer!
Me quedé traspuesta por un rato, todavía jadeaba, mi orgasmo había sido fabuloso y satisfactorio, pero ni coño todavía estaba caliente y excitado. Me levanté y me cambié mis bragas húmedas por un par seco y limpio. Me paré frente al espejo y miré todo mi cuerpo. Mi propio hijo codiciaba mi cuerpo. Se masturbaba pensando a mí, a mi panza y a mis tetas exageradamente grandes. Esto me excitó tanto que comencé a mover sinuosamente mis caderas como si estuviera follando. ¡Guau! Esto no estaba nada de bien. Esto estaba muy mal. Pero mi coño estaba mojado y todavía cosquilleaba, me vinieron imágenes de él masturbándose y corriéndose sobre su vientre, pensando a mi panza de ocho meses de embarazo.
Caminé hasta mi puerta con una cierta indecisión, me detuve una última vez antes de abrirla. Tenía que reflexionar. En un mes más iba a dar a luz a mi hija y no podría tener relaciones sexuales durante la cuarentena postparto. A mi novio no le interesaba tener sexo con una mujer panzuda, así que no me servía de nada. Entonces tomé la única decisión posible. Había un hombre apuesto con una deliciosa polla y se excitaba con mi barriga embarazada. Se había masturbado pensando en mí y probablemente su pene todavía estaba duro en este preciso momento. Mi coño estaba delirantemente caliente y mojado, él estaba con su dura polla cachondo por mi panza. Sólo había una cosa que hacer: Iba a seducir y follar con mi propio hijo.
La siguiente media hora estuve sola en la sala de estar, intenté concentrarme en la lectura de algunos relatos, pero mi mano siempre se iba ahí donde sentía esas cosquillitas. Avivé un poco las brasas de la chimenea y agregué varios troncos, en minutos el calor era abrasador, tenía la esperanza de ver a Mauro sin su camisa de nuevo. No tenía idea de lo que él tenía planeado, se suponía que hoy él no estaría en casa.
Me había vestido con mis pantalones de yoga oscuros, bragas limpias que probablemente ya estaban húmedas de nuevo, un sujetador ligero y una camiseta de tirantes. Dejé mi cabello suelto tal como estaba, fluyendo por todo mi cuerpo; sabía que a Mauro le gustaba así. A decir verdad, a todos los que conocía les encantaba cuando dejaba mi cabello suelto al aire libre, pero hoy lo estaba haciendo por Mauro.
Finalmente lo escuché bajar la escaleras, tal vez sintiendo hambre. Por otro lado, cuando me vio en el sofá, inmediatamente fijó sus ojos en mis pechos delineados por mi ajustada remera con mi pezones protuberantes claramente dibujados por la delgada tela de mi sujetador y mi camiseta. Su mirada me hizo sentir que algo más lo había impulsado a descender al piso bajo. Se había vuelto a poner la camisa, pero apenas entró se quejó del calor y se la quitó. Nos fuimos a la cocina a comer juntos, hablamos de muchas cosas anodinas. Yo dirigía la conversación y noté como él me miraba casi descaradamente el escote cada vez que suponía que yo no me daba cuenta.
Mi sujetador deportivo no estaba preparado para el tamaño de mis pechos y, constreñía y apretaba mis senos haciendo parecer que fueran a estallar. Cuando terminamos la colación, me levanté y me incliné sobre la mesa para recoger el plato de Mauro. Mientras lo hacía, él miró el surco de mis apretadas tetas y sus ojos se achinaron tratando de ver más. El pequeño bastardo miraba mis tetas sin vergüenza alguna y sin siquiera disimular. Mejor dicho, no parecía capaz de desviar su mirada. Cuando me separé de él lo vi que estaba sonriendo. Me sorprendí cuando él se levantó para llevar el resto de los platos a la cocina. Vestido solo con sus shorts, se deslizó detrás de mí, al pasar entre mi trasero y la isla de la cocina, se frotó contra mí y sentí un importante masa dura raspando contra mí trasero.
En ese momento no sabía si era su celular, su billetera o su polla, pero a mi cuerpo no le importaba lo más mínimo. Sentí un intenso y ardiente placer entre mis piernas. Cuando se dio cuenta de su actuar, murmuró:
—Lo siento, mamá …
Pero al regresar a su puesto me dio otra pincelada con su brocha abultada. Podría haber caminado alrededor de la isla, pero prefirió frotarse contra mi trasero, sabía que lo estaba haciendo a propósito. Cuando sentí las contracciones de mi coño, supe que iba a continuar con mis planes. Mientras él pasaba detrás de mí, tironeé mi remera hacia abajo para realzar mis pechos gordinflones y me volteé. Casi chocamos, esta vez se deslizó entre la isla y mi vientre. Sentí su bulto friccionarse con mi bajo vientre. Cerré los ojos y descontroladamente empujé mi pelvis contra ese morrocotudo chichón bajo sus shorts. ¡Eso fue una locura! Mis piernas temblaron y tuve que rápidamente sentarme a una silla, le dije:
—Mauro … Me duelen los hombros y la espalda … ¿Te importaría darme un masaje? …
Con voz suave y comedida, me dijo:
—Lo haré, mami … Luego te sentirás mejor … Con todo ese peso es normal que te duelan …
¿Estaba refiriéndose a mis senos que eran grandes? Fue al baño a buscar un aceite de almendras y vino a pararse detrás de mí. Le pedí que no usara aceite para no manchar mi camiseta y me dio una mirada decepcionado, pero comenzó a trabajar con sus suaves manos en mis hombros. Poco a poco fue aumentando la presión y fricción, hasta que me sintió quejarme y gemir al toque de sus suaves manos. En realidad no me importaba si sonaba sexual, simplemente estaba disfrutando y me parecía de estar en el paraíso. Mauro era muy bueno con las manos y ya me había dado otros masajes en los últimos meses.
Ahora podía darme cuenta por que me masajeaba lenta y suavemente con sus manos. Colocado en la posición en que estaba, podía ver directamente mi generoso escote, la mitad de mis senos y todos los movimientos de mis pechos. ¿Por qué nunca me di cuenta de sus miradas a mis senos antes? Sonreí y le dije:
—¡Gracias al cielo, Mauro! … ¡Eres tan bueno! … ¡Hmmmmmm! … ¡Sí! … ¡Así! … ¡Ahhhhhh! … ¡Esto es tan lindo! … ¡Cuánto me gusta! … ¡No te detengas! … ¡Sigue así! …
Sabía que mi voz era muy sensual y que muchas veces le había dicho a mi novio las mismas coas, claro que en una situación diferente.
—Déjame girar la silla … Así podrás masajearme hasta abajo …
Giré la silla y me senté a horcajadas dándole acceso a toda mi espalda.
Mientras volvía a sentarme en la silla, me eché un poco para atrás y me apoyé accidentalmente en él, inmediatamente sentí su dura erección contra mi espalda. Se quedó allí y continuó masajeando mis hombros a pesar de estar en una posición un poco incómoda. No parecía importarle ya que sus dedos se deslizaron más abajo, alrededor de mis clavículas y siguió descendiendo por mi espalda. Gemí de nuevo casi animándolo a que continuara. Sentí que su polla se elevaba mientras masajeaba tan abajo como se atrevía y la parte superior de mis senos reaccionaba bajo las yemas de sus dedos.
Cuando volvió a subir a mis hombros, sentí una vez más los tirantes de mi sujetador debajo de sus dedos. Dado el peso que tenían que soportar, no podía simplemente deslizarse debajo de ellos. Levanté mi mano y sin decir una palabra tiré de ellos haciéndolos descender por mis brazos. Nunca había hecho eso antes. Se aclaró la garganta mientras volvía a trabajar en mis hombros. Esta vez me empujó hacia adelante para sobajearme mejor. ¿O tal vez para colocarme en una posición en la que el sujetador cayera más abajo? ¡Sigh!
Me amasó la parte superior de la espalda y los omóplatos por un rato, luego fue bajando hasta el borde del sujetador. Esta vez fue él quién hizo un movimiento unilateral, sin hablar ni preguntar, simplemente me bajó el sostén unos centímetros más abajo. Era la parte delantera, por ende, un poco más de mi escote quedó visible.
—¿Podrías hacerme también la parte baja de mi espalda, querido? …
Pregunté y el solo farfulló algo como un asentimiento y sus manos se deslizaron mucho más abajo. Me estiré hacia atrás para permitirle trabajar mejor. Mientras lo hacía, me incliné hacia adelante apoyando mis brazos y mi cabeza sobre la mesa. Sabía que en esa posición él podía ver perfectamente el surco de mi culo empujado hacia él, en un instante sus manos estaban por toda mi cintura. A pesar de mi enorme barriga, todavía tenía una bella cintura, especialmente vista desde mi espalda y él se dedicó a trabajar en ella muy bien.
—Gracias por ayudar a tu anciana madre, cariño … Mis adoloridos músculos lo necesitaban …
Le dije suspirando y disfrutando el placer y relajo que me daban sus hábiles dedos y manos.
—Tú no eres vieja, mamá …
—Gracias por decirlo, tesoro … Pero con este embarazo me siento vieja … Vieja y fuera de forma … Parezco un fofo globo inflado …
—¿Un globo inflado? … ¡Pffff! … No digas boberías, mami … Te ves … ¡Ehm! … Te ves muy linda …
—¿Qué? … ¿No creo que estés hablando en serio? …
—¡Por supuesto que lo digo en serio! …
—¡Eh! … Bueno … No creas que no me di cuenta …
Le dije al recordar su furiosa erección de hace un rato. Mauro detuvo todos sus movimientos, luego suspiró:
—¡Ehm! … Lo siento, mami …
—¡Oh! … Realmente no importa, cariño … Ha pasado tanto tiempo que un hombre no me mira así …
Mauro no dijo nada por un buen rato, solo seguía masajeándome, luego me preguntó:
—¿Por qué dices eso? … ¿Acaso no tienes novio? …
—Sí, pero no me sirve de nada … A él no le gusto con esta panza tan grande …
—Entonces es un estúpido …
—No hables así de él, Mauro … Sabes que no me gusta …
—Esta bien … Entonces … Él … ¿Acaso es ciego? … ¿Cómo no puede ver lo hermosa que eres? … Eres linda, mamá y el embarazo solo hace realzar lo hermosa que eres … Y …
Entonces se detuvo y no dijo nada más, así que tuve que preguntarle:
—¿Y? … ¿Y qué? …
—¡Ehm! … No importa, mamá … No creo que debamos hablar de esas cosas …
Me dijo en un estado de nerviosismo que me intrigaba.
—Mauro … Déjame decirte algo sobre las mujeres embarazadas … Llega un momento en que nos sentimos como vacas hinchadas … Sobre todo después de tantos meses … Son pocos los hombres que disfrutan de un cuerpo así tan deforme … Y mi novio no es uno de ellos … Y parece que la mayoría de los hombres escapan de las mujeres embarazadas …
—Bueno, mamá … Déjame decirte que yo no soy uno de ellos … Creo que eres muy hermosa … Creo qué … ¡Demonios, mamá! … Creo que eres muy sexy … Hasta mis amigos piensan eso …
—¿Deveras? …
Pregunté sonriendo divertida por la conversación.
—Sí … Eso dicen, mami …
—¡Ehm! … Bueno … No me importa lo que ellos digan … Tú me importas, Mauro … ¿Me encuentras sexy? …
—¡Santo cielo! … Lamento de que me hayas visto boquiabierto a mirarte esta mañana … Pero sí … Quiero decir que sí … Te encuentro terriblemente sexy, mamá …
Respiré un par de veces muy contenta de sus palabras. Dejé caer mi cabello para cubrir mi rostro y mi sonrisa, él no podía verme cuando le dije:
—Entonces … Si te pidiera que me quites la blusa y el sujetador para que me des un buen masaje … No te importaría, ¿verdad? … No me encontrarías fea y deforme, ¿eh? …
—¡Oh! … Por supuesto que no, mamá …
Podía sentir un ligero temblor en su voz mientras respondía.
—Entonces, está bien … ¿Qué estás esperando? …
Sonreí sintiéndolo tironear de mi camiseta y luego con el chasquido del broche de mi sostén. Bromeando le dije:
—¡Ahora no mires! …
Yo sabía que estaba mirando los costados por donde se me salían mis pesadas tetas y me sentí perfectamente bien. Si ahorita mismo me las agarrara, solo gemiría llamando su nombre en voz alta y me correría por toda la silla. Pero eso sería una locura, ¿verdad? Solo una pequeña parte de mi mente se oponía a esos pensamientos incestuosos y cada vez se minimizaba más.
La sangre estaba hirviendo en mis venas y recalentaba todo mi cuerpo, hasta mis bragas se habían vuelto a mojar. Habría dado cualquier cosa por recibir un real masaje a todo mi cuerpo, pero eso no era posible en este momento, así que tendría que conformarme por ahora. Sus poderosas y delicadas manos se esparcieron sobre mi piel desde el cuello hasta la parte baja de mi espalda. Cada vez que frotaba mi coxis, más relajada y excitada me sentía. Sabía que mis pezones estaban completamente duros, hinchados y enormes. No solo mis pezones habían crecido, sino también mis areolas se habían ensanchadas. Todo se veía grande en mis tetas de por si ya muy grandes. Para mí eran hermosas, pero estaba bastante segura de que mi novio sería de opinión contraria. ¿Qué pensaría Mauro de ellas?
Cuando Mauro ejerció más presión moviéndose hacia arriba, empujando con fuerza mis hombros, sentí que mis pechos se sacudían y descansaban sobre mi enorme barriga y en esta posición resbalaban hacia afuera. En estos momentos era imposible que él no pudiera verlos. Mauro separó sus manos de los costados de mi columna vertebral y masajeó mis omóplatos por un rato. Luego no sé si lo hizo accidentalmente o de propósito, pero de repente sentí las yemas de sus dedos frotando las bases de mis almohadilladas tetas. Respiré profundo mientras él lo hacía, pero no pude evitar el gemido que vino después. Antes de que él se pudiera percatar, le dije:
—¡Oh, ssííí! … Justo ahí … Tengo como un nudo … Una contractura … Masajea un poco bajo mis axilas …
Dije a sabiendas que sus dedos iban a ir casi directamente al costados de mis pechos oscilantes. Él movió delicadamente sus dedos y comenzó a masajear suavemente esos músculos. Estaban tensos y duros, pero a medida que me sobajeaba más abajo, sus dedos iban más encima de mis pechos.
Posiblemente envalentonado por mi petición, Mauro siguió masajeándome los senos, incluso pasando unos centímetros directamente sobre las enormes masas de carne. Cuando gemí, no fue ninguna sorpresa sentir que sonaba mucho más sexual que los anteriores. ¡Los sonidos de relajación no sonaban tan roncos! Mauro deslizó sus dedos debajo de mis pechos, pero con sus manos hacia abajo y las yemas de sus dedos lejos de mis pechos y no contra mis senos. Sin embargo, sus manos empujaban mis pesadas tetas que rebotaban contra él. Casi en un susurro le oí preguntarme:
—Mami … ¿Puedo masajearte el vientre? …
—Pues claro que sí, cariño …
Lo escuché suspirar cuando bajó sus manos a acariciar mi enorme barriga embarazada. Después de un rato buscó un poco de aceite. Esta vez no me pidió permiso, pero cuando sentí sus suaves y lubricadas manos sobre mi vientre, gemí tan fuerte que lo escuché reír detrás de mí. Sus grandes y cálidas manos se sentían increíble en mi piel. Mauro estaba haciendo lo mejor que podía dada la posición en que se encontraba, pero no podía abarcar todo mi vientre, así que le dije:
—Mauro … Sí me siento y te doy mejor acceso … ¿Me prometes que no miraras mis senos? …
—Por supuesto que no los miraré, mamá …
Cuando me volteé y me senté, mis pechos se deslizaron por sobre mi gran panza. Traté de no reírme cuando vi a mi hijo arrodillado a mi lado mirando descaradamente mis enormes tetas distendidas sobre mi barriga de ocho meses. Sus ojos estaba fijos en mi duros pezones. Tenía la boca ligeramente abierta y estaba sonrojado más que antes. Sabía que era imposible hacerlo mirar hacia otro lado. Me levanté y volví a acomodar la silla y luego me senté diciéndole:
—¡Eres un pequeño mentiroso! …
—Lo siento, mamá … Creo que no puedo evitarlo … Es algo más fuerte que yo …
Sonreía mientras se confesaba y sabía que yo no estaba enojada.
—Bueno … Está bien … ¿Te importaría masajearme mientras me miras con lujuria de fauno pervertido? …
Se rio ampliamente y comenzó a masajearme de nuevo. A pesar de la extraña situación, me relajé con los ojos cerrados. Podía imaginarlo con sus ojos ávidos de mi carne mientras me acariciaba boquiabierto y respirando afanosamente con la furiosa erección bajo sus shorts. Sus manos eran maravillosas y no podría decir si era realmente bueno o era porque estaba hambrienta de cualquier contacto físico. Pero nada me importaba. Incluso cuando sentí que el dorso de su mano tocaba en modo casual mí seno derecho, no abrí los ojos. Lo hizo varias veces más y la última vez dejó que su mano permaneciera allí mucho más tiempo debajo de mi pecho antes de alejarse.
Finalmente sentí que disminuía la velocidad y abrí los ojos. Mauro estaba completamente sonrojado y su piel estaba brillante y sudorosa. Cuando apartó sus manos de mí, lo vi muy nervioso y me dijo:
—Eso sería todo, mami … Estoy cansado, me iré a duchar y descansar …
—Está bien, hijo … Gracias … Estuvo maravilloso …
Mauro se fue rápidamente a su habitación. Me acomodé en mi silla en topless en la cocina. Me sentía bien, relajada y tranquila disfrutando de las agradables sensaciones que aún persistían en mi piel. Mauro se había marchado obviamente incómodo y abrumado por emociones conflictivas. Pero en este momento nada me importaba porque estaba aferrando mis senos y retorcía mis pezones delicada y juguetonamente. Sí Mauro volviera no creo que pudiera detenerme. Metí mis manos alrededor de mi vientre y me masturbé allí mismo, sin prestar atención a nada más que a mí propio placer.
En mi mente provocativa y atrevida, vi venir a Mauro hacia mi como en un sueño, completamente desnudo, con su monstruosa erección pulsando frente a mi rostro. Él me agarraba la cabeza y empujaba su polla prepotentemente dentro de mi boca, tratándome como una puta caliente. Él me decía que era una mala madre por burlarme de él con mis grandes senos y puntiagudos pezones. Me decía que era su puta y me iba a follar como tal; que luego me iba a llenar el culo y la boca con su semen caliente. Pero lo que más me llamaba la atención es que sacaba su pene cubierto por mi saliva para follar mis pechos como si fueran almohadillas sexuales para su propio placer. Mientras lo imaginaba juntando mis enormes senos para apretar su resbaladiza polla, me estremecí en mi silla convulsionando en un orgasmo que hizo temblar todo mi cuerpo. Gemí a alta voz y se me escaparon varios gritos que resonaron por toda la casa, no me importaba si Mauro los escuchaba. Es más, hice mí último grito lo más fuerte posible para asegurarme que él me escuchara.
Mientras me calmaba, no había ninguna señal de Mauro, así que me levanté lentamente para no desequilibrarme con el peso de mi barriga, me di cuenta de que tenía una bella y amplia sonrisa en mi rostro. Me dirigí al baño y me di otra ducha para limpiarme los restos de aceite de mi cuerpo. Pensé en ir a buscar mi consolador mientras acariciaba mi coño nuevamente en la ducha, pero decidí esperar. Mi novio pronto llegaría a casa.
*****
Puedo decir fehacientemente que había sido una larga y desastrosa noche para mí. Había hecho todo lo posible para que mi novio me follara, incluso le saqué la polla y comencé una mamada, pero él me detuvo y terminé frustrada. Ahora todavía mi coño era una hoguera incandescente y Mauro estaba en su habitación durmiendo. Generalmente dormía hasta tarde y eso a mí no me molestaba en lo absoluto. Pero ahora, mi único pensamiento era saltar sobre el para… ¡Uhm! Sonreí para mis adentros presionando mi mano entre mis muslos.
Me levanté y me quité mi camisón, salí de mi habitación completamente desnuda con mi enorme panza al aire, mis grandes tetas apoyadas sobre mi barriga y bamboleándose al son de mis pasos. Ahora sabía lo que quería y sabía lo que a él le gustaba. Me acerqué contenta a su habitación y abrí suavemente la puerta. Mauro estaba roncando. Tenía el sueño bastante pesado, así que decidí acercarme a su cama para divertirme un poco. Me arrodillé al lado de su cama en silencio. Cierto que mi barriga dificultaba mis movimientos, bueno, también mis senos.
Agarré el borde de su edredón y comencé a levantarlo, tironeándolo hacia sus pies. Miré fascinada sus apretados abdominales sobre su vientre y entonces me di cuenta de que él también estaba desnudo. Su hermosa polla apuntaba hacia mí, posada sobre su muslo suave y tranquila. Mis ojos estaban hipnotizados por ese pene gordo y lindo, acaricié mi coño mirándolo con ganas. Mientras más contemplaba su belleza, más me acariciaba y locas ideas rondaban por mi cabeza. ¡Maldita sea! Ya estaba desnuda al lado de mi hijo dormido, pero en mi mente quería más.
Muy suavemente toqué su polla. Por Primera vez desde que era un bebé, le toqué su polla. Una, dos, tres veces. Me pareció algo sublime y maravilloso poder sentir en mis dedos la tibia y aterciopelada polla de mi hijo. Con mi dedo índice dibujé toda su longitud, desde el arrugado escroto hasta la base de su ingle con sus escasos vellitos púbicos. Su polla debía ser bastante grande, aunque su tamaño flácido fuera un poco mentiroso. Aparté mi mano y cambié. Ahora le estaba tocando su polla con los dedos mojados de mis jugos vaginales. Ahora la verga de Mauro estaba brillante, mojada con mis fluidos. Sonreí sin dejar de acariciarlo, sintiéndome ligeramente depravada, pero feliz.
Cuando lo vi que se movía me sobresalté sorprendida. Durante largos segundos comenzó a enderezarse y a crecer bajo mi atenta mirada. Cuando se detuvo totalmente erecto, lo volví a tocar maravillándome de cuanto había crecido y constatando que seguía creciendo aún más. Creció de manera increíble, ya no bastaban mis dos manos para agarrarlo y era tan grueso como mi muñeca. ¡Qué cosita más rica y linda! ¡Esta cosa debe sentirse maravillosamente bien en mi coño! Me pregunté si él estaba teniendo algún sueño erótico. Me volví a mojar los dedos en mi panocha para volver a acariciar su gran polla, desplazándome cuidadosamente sobre su glande. Sabía que esa era la parte más delicada y sensible de su polla, así que no me atreví a manosearlo demasiado.
Me encantó ver que su polla pulsaba y la afelpada piel parecía estirarse al máximo. Abrí mis ojos a desmesura cuando ¡Flip!, apareció una gota cristalina de su semilla. Delicadamente la tomé en uno de mis dedos; una parte de mí quería probarlo, pero lo esparcí sobre uno de mis pezones. Mientras frotaba mi pezón, sentí las contracciones de mi coño hambriento. Tomé una segunda gotita y froté mi otro pezón. Mano a mano que florecían esas gotitas cristalinas y fluorescentes, comencé a espalmarlas por sobre todas mis tetas, cubriendo y haciendo brillar mis areolas y gran parte de mis carnosos pechos qué parecieron hincharse y crecer, respirando cada vez con más afano.
Con mis tetas mojadas y brillantes, metí mis manos bajo ellas y las levanté hasta que pude alcanzar el pezón con mi boca. Cuando probe el sabor salado del pre-semen de mi hijo, me sentí mareada, como si hubiese bebido algún vino divino. Pero no estaba borracha. Al menos no de alcohol. Estaba borracha de lujuria por mi hijo. Mi mano ardía tocando la gran polla de él. Pronto quise exprimir su polla para sacar más semen que rápidamente esparcí en mi barriga embarazada y también mojé mi labia vaginal con ese líquido de la vida.
No podía resistir la tentación, así que me levanté con cierta dificultad, como hacen todas las mujeres embarazadas y me incliné sobre su cama con mis pechos balanceándose y quise sentir su polla dura en mis pezones. Lentamente puse una de mis manos al otro lado de su cuerpo y me incliné todo lo que pude hacia adelante. Entonces mi pezón izquierdo se estrelló con la punta dura de su polla, moviéndome un poquito hice que mi pezón derecho también lo estremeciera, luego hice pasar su cabezota lustrosa en medio a mis dos tetas. Me pareció algo deliciosa la emoción de sentir su tibia polla sedosa siendo estrujada por mis poderosos senos. A cada pasada mis tetas se iban mojando más y más con su pre-semen. Jugué un rato bastante largo ese jueguito embriagador, hasta que el peso de mi cuerpo me hizo levantarme.
Arrodillada a su lado, mirando su cara de querubín entre mis dos pechos, decidí probar una última cosa. Me incliné sobre su rostro y bajé mi gordota teta hasta rozar sus labios. Al principio no se movió ni reaccionó, pero luego sacudió ligeramente su cabeza y abrió la boca. Por un breve momento mi pezón entró en su boca, me di cuenta de que ese pezón había sido cubierto con mí propia saliva. Cerró los labios muy rápidamente sobre mi pezón e igual de rápido se alejó. Casi grite de sorpresa cuando su mano me dio una suave palmada en mi seno al girarse.
Temí que se despertara y me enderecé. Por otra parte, si lo hiciera no le iba a dar tiempo de reaccionar, me iba a empalar violentamente en su polla. Volví a mirar su gruesa erección mordiéndome mi labio inferior y me pregunté si no debería hacerlo justo ahora. Ayer lo vi cachondo y molesto cuando se fue con su dura polla, seguramente no le importaría si lo hiciera. ¡Jesús mío! ¡Mí coño goteaba! Por otro lado, el incesto era una cosa, pero el incesto no consentido era otra. Me alejé de él a regañadientes y salí de su habitación.
Me dirigí a la ducha donde me masturbé como una loca. No me molesté de reprimir mis gemidos. Cuando corté el agua puse oído, pero no escuché nada. Su habitación estaba lejos del baño y probablemente él tampoco escuchó nada. Salí del baño desnuda sin importarme si él volvía a verme. La verdad es que esperaba que lo hiciera, pero no estaba allí. Pasé la mayor parte de la mañana desnuda por la casa a sabiendas que él podía despertarse en cualquier momento.
De hecho, decidí hacer algo más osado. Siempre me masturbaba, pero nunca lo hacía hasta terminar en un orgasmo por miedo a ser sorprendida; ahora me atreví y me masturbé por largo rato. Quería ser sorprendida y no me importaba en lo absoluto.
Estaba leyendo en el solárium cuando finalmente él se despertó. Sentí una oleada de placer al pensar que me vería desnuda. Estabamos con un sol de inicio de verano y el lugar estaba maravillosamente cálido. El solárium estaba en un sitio privado y no era visible de la calle, de modo que podíamos tomar tranquilamente baños de sol en total privacidad y desnudez. Y así fue como Mauro me encontró, sentada con un libro sobre mi vientre abultado y en topless bajo el agradable sol. Él llevaba un par de pantalones de yoga y nada más.
Me imagino que estaba dando un espectáculo extraordinario, el sol resaltaba las tres curvas mas prominentes de mi cuerpo; mis dos pechos, excepcionalmente grandes y mi vientre mucho más grande aún. Todos ellos brillaban cubiertos por una finísima película de aceite de rosas. Mauro se quedó mesmerizado y no avanzó ni un centímetro más, sólo se dedicaba a contemplarme como un visión paradisiaca que lo abrumaba. No había una reacción especial en su rostro, pero su boca estaba abierta. Si no descifraba el mensaje ahora, nunca lo haría. Simplemente nos miramos fijamente por un rato y yo le regalé una pequeña sonrisa mientras mordía mi labio inferior sintiendo como el sol rescaldaba la juntura de mis muslos.
Esperaba escucharlo gritar exasperado ¡¡Mamá!! O simplemente voltearse e irse. Yo deseaba que él me saltara encima y me follara como una puta, pero eso nunca iba a suceder, él era demasiado tierno y educado como para forzarme a cualquier cosa. De todos modos lo que dijo me sorprendió muchísimo. Él estaba ahí de pie vestido solo con unos leggings, muy sexys por lo demás. Después del estupor inicial, levantó la vista de mis pechos y pude ver que todavía estaba medio dormido, aturdido y desaliñado, pero se atrevió a decir:
—¡Guau, mami! … Eres la mujer más sexy que he visto en toda mi vida … Este embarazo te rinde aún más hermosa, sexy y deseable que nunca … Eres como una diosa y por primera vez lamento ser tu hijo, porque me gustaría hacerte muchas cosas así linda como estás …
Me quedé estupefacta por sus palabras. Pude ver que su hombría comenzaba a reaccionar bajo sus leggings y le dije:
—Gracias, Mauro …
Me detuve. Estaba a punto de volver a tomar mi actitud tímida, pero esta vez no quería eso. Quería incitarlo a estar conmigo, quería seducirlo para que saltara sobre mí o quizás yo misma hacer el primer movimiento. Me aclaré la garganta y le dije:
—¡Ehm! … ¡Uhm! … ¿Por qué no vienes aquí y terminas de darme tu masaje? … Ayer te fuiste tan rápidamente y me dejaste sola y con muchas ganas … Parecía que estabas a punto de hacer algo que yo misma deseaba mucho que hicieras …
Mauro se me quedó mirando y parecía que iba a decir algo, pero se detuvo. Miró un poco a su alrededor y después volvió a mirarme. Yo simplemente miré su polla en furiosa erección bajo sus pantaloncitos ajustados, me pareció ver como esa gran polla pulsaba contra la delgada tela de fino algodón. Pausadamente dejé mi libro sobre una mesita, luego curvé mi dedo y comencé a moverlo indicándole de avanzar hacia mí. Mientras caminaba, me pregunté: ¿Es esto lo que quiero? ¿Es aquí en el solárium donde dejaré que mi hijo me folle? ¿Es en este lugar donde cometeremos el incesto? Ya estaba sumamente mojada esperando que él lo hiciera y ahora mi coño parecía una fuente burbujeante de fluidos candentes. Mauro pasó una mano por sus desordenados cabellos y esto lo hizo aún más sexy y salvaje.
Todavía no despierto del todo y quizás algo desconcertado, agarró la botella de aceites de la mesa y se arrodilló a mi lado. Cuando sus dos manos grandes, delicadas y calientes acariciaron mi vientre, eché mi cabeza hacia atrás gimiendo y cerré los ojos. Esperaba ansiosa que se quedara allí por un tiempo y luego casi accidentalmente se moviera a rozar mis pechos y quizás tal vez se volviera más atrevido. Nuevamente me sorprendió cuando deslizó sus manos con las palmas abiertas directamente sobre mis dos pechos.
—¡Santo cielo! …
Le escuché susurrar mientras amasaba mi carne lechosa y almohadillada, moldeando mis senos con sus dedos. Suspirando entreabrí los ojos y lo miré, pero él estaba con la vista fija en mis areolas y pezones hinchados.
A veces me apretaba tan fuerte al límite que me dolía, pero estaba tan excitada que realmente no me importaba. Cuando apresó mis pezones entre sus pulgares e índices, apretándolos y tirando de mis senos hacia arriba, gemí a alta voz y mi mano alcanzó su cabeza. Mis dedos se extendieron por su nuca e hice presión para tirarlo sobre mis pechos. Él me miró con una sonrisa aturdida y me preguntó:
—¿De verdad puedo hacer eso, mami? …
—Eso y mucho más que eso, cariño …
—¡Oh, sí … Cielos! …
Exclamó nuevamente antes de inclinarse hacia adelante y comenzar a chupar uno de mis grandes pezones. Con mi mano todavía en su nuca, lo tiré y aplasté toda mi teta contra su rostro.
Mauro chupó, lamió e incluso dio unas tímidas mordiditas a mi duro pezón y cuando se le escapó de la boca con un chasquido húmedo, me miró sonriendo y dijo:
—¡Hace mucho tiempo que deseaba hacer esto, mamá! …
—Me alegro de que me lo digas, bebé … Ahora haz lo mismo al otro …
Cuando lo hizo, me incliné sobre mi vientre para desplazar mi mano por su mejilla, cuello, pectorales y abdominales en busca de lo que más quería y cuando lo aferré, le dije:
—¡Eres un magnifico semental! … ¡Estoy segura de que dejas a todas las chicas adoloridas con tamaña cosa que tienes aquí, cariño! …
Mauro miró sonriendo hacia arriba ante mi comentario, luego se agachó y continuó a devorar mis tetas. Esta vez abrió ampliamente su boca y abarcó mi completa areola chupeteándola con avidez. Me volvió a doler un poco, pero una vez más las sensaciones que se producían en lo profundo de mi coño, podían aguantar eso y mucho más. Solo quería que me hiciera volar en las alas del placer y lo estaba logrando con creces. Con su polla en mi mano, me pareció de estar dirigiendo el todo, tal como lo haría el director de orquesta con su batuta. La agarré firmemente, él gimió audiblemente, pero su boca no se despegó ni un milímetro de mis senos y sus manos no cesaban de acariciar y amasar mis algodonosos pechos llenos de leche.
Cuando tironeé de sus leggings para bajárselos, Mauro simplemente plegó sus rodillas y los hizo salir por sus tobillos. Ahora estaba desnudo al igual que yo y gloriosamente erecto, duro como palo, frente a su madre embarazada y famélica de polla. Teniendo su verga en mi mano, muy pronto me percaté de que salían las primeras gotitas, rápidamente apresé una en la punta de mis dedos para llevármela a mis labios, él me vio y sonrió.
Luego de un rato, Mauro dejó mis pezones para besar y lamer la juntura de mis tetas, juntándolas y sobajeándolas para esparcir su saliva uniformemente. A pesar de su corta edad y la incredulidad de estar cometiendo este exquisito incesto. Él parecía perfectamente a gusto y en control de toda la situación. Enseguida lo vi que se levantaba y se ponía a horcajadas sobre mi panzudo vientre, su polla ahora estaba a poco centímetros de mí rostro. Lo alcancé y lo bajé, maravillándome de su dureza juvenil. Mirando directamente a los ojos de mi hijo, abrí la boca y dejé que me metiera toda su polla en mi boca abierta y acogedora.
Jamás en mi vida creo haberme sentido tan picara y bullebulle como en este momento sublime, con la polla de mí primogénito golpeándome la parte posterior de mi garganta. Me estremecí y me pareció escuchar mis gemidos como desde muy lejos, como si todo fuera un sueño. Pero no lo era. Mauro empujó su polla profundamente y comencé a chupar como si se tratara de un exquisito bocado. Esta vez fue él quién agarró mi cabello y me empujó su polla hasta más allá de mis límites. Tosí sintiéndome ahogada y abrumada por su intensidad, nunca había tenido una polla tan profunda en mi boca. Me moví en mi tumbona para ponerme en la mejor posición y dejarlo follar mi boca como él quería. Pronto una mezcla densa de fluidos amalgamados por mi saliva y su pre-semen comenzó a escurrir por mis labios, barbilla y goteando sobre mis pechos.
Me sorprendí y me sentí vacía cuando Mauro sacó su pene de mi boca repentinamente y sin previo aviso, no entendí de inmediato porque lo había hecho hasta que lo vi presionar mis dos pechos alrededor de su polla mojada y comenzó a follarlos.
—¡Oh, Dios! … ¡Que rico, mami! … ¡Siempre había soñado con hacer esto! … ¡Tienes las tetas más lindas del mundo! … ¡Mas ricas ahora que estás embarazada! … ¡Estos pechos son increíbles, mamá! … ¡Creo que podría morir aquí mismo como el hombre más feliz del mundo! …
—¡Oh, no! … ¡Nada de morir! … ¿Sino cómo vas a follarlos todos los días hasta que de a luz a tu hermanita? …
—¿Todos los días? … ¡Guau! …
Gritó de placer sin dejar de follar mis senos gordinflones. Podía sentir muy bien la envergadura y grosor de su pene encerrado entre mis carnes y estaba muy contenta de hacerlo tan feliz. Ya no me sentía solo una madre, ahora me sentía como una mujer sexualmente liberada y satisfecha, cosa que no sucedía desde hace meses. Y no iba a ser yo quien lo detuviera. Yo quería más de él y de su polla. Quería que me violara, que me convirtiera en su juguete sexual. Mis pensamiento fueron interrumpidos cuando su polla volvió a entrar en mi boca en forma violenta. Estaba muy profunda en mí, tuve que controlar un reflejo de nauseas y ahogo, pero no quería que se detuviera. Cuando lo hice, se me quedó mirando con una expresión diferente, pero antes de que pudiera decirme algo, le dije:
—¿Por qué no pruebas a follarme? …
—¡Uy, mami! … ¡Nunca pensé que me pedirías eso! …
Con su gran polla rebotando sobre mí mientras retrocedía; sus ojos se fueron a contemplar mi coño. Yo sabía que estaba dilatado e hinchado en preparación natural de mi parto, pensé que no le iba a gustar, se me quedó mirando por largo rato y luego exclamó:
—¡Mamá, tu coño es maravilloso! … ¡Tan gordito, se ve húmedo y tan jodidamente bonito! … ¿Realmente tu me quieres allí? …
No pude emitir palabra alguna, sólo asentí con mi cabeza cuando vi que agarraba su polla en su mano. Mi vientre obstaculizaba mi vista, pero sentí su sedosa y gorda cabezota caliente empujar y separar mi labia vaginal empapada y cuando empujó dentro, grité de pura lujuria e intenté amarrarlo con mis piernas.
—¡Uuugghhh, ssííí, Mauro! … ¡Métemela toda! … ¡Que rico! … ¡Oh, Dios! … ¡Ahhhhhh! …
Mientras sentía cada centímetro de la gorda polla de mi hijo penetrándome por primera vez, también sentí que dentro de mí un muro comenzaba a desmoronarse, habíamos transgredido todo límite y no sentía ninguna sensación de culpa, por el contrario, estaba feliz de hacer feliz a mi hijo. Una extensa hora con él masajeando deliciosamente mis senos, follándome la boca y mis pechos. No, no sentía ningún arrepentimiento sintiendo la abrumadora sensación de su polla caliente empujando mis pliegues vaginales profundamente. Grité y me estremecí cuando un primer orgasmo me cogió violentamente. ¡Tenía la bendita polla de mi hijo muy dentro de mí! Golpeé la tumbona retorciéndome y temblando, gozando como una pervertida puta. Me mordí el labio para no gritar mí placer al mundo. Cuando abrí los ojos, pude ver que Mauro estaba sorprendido de mi orgasmo tan vertiginoso. Todavía jadeando, le dije:
—Mauro … ¡Prométeme que este será el primero de muchos orgasmos! …
—Así será, mamá …
Respondió con una amplia sonrisa en su rostro juvenil. Me di cuenta de que su respuesta tan concisa y segura venía dada con los bríos de su juventud, era muy confiado para su corta edad. Pero lo que a mí realmente importaba en este momento, era sentirlo levantar con determinación y espíritu de fuerza mis pesadas piernas en el aire y comenzar a embestir mi coño con potentes empujones; olvide todo excepto mi placer desencadenado. Todo venía aumentado por la intensidad de mis emociones, aunque acababa de experimentar un poderoso orgasmo, cuando su dedo mojado tocó mí clítoris, tuve una convulsión de loco placer casi agónico que me obligó a apartar su mano de mi coño:
—¡Fóllame, Mauro! … ¡Sólo fóllame! …
Le dije con voz temblorosa abriendo mis piernas para permitirle de meter toda su exquisita polla dentro de mi panocha pulsante.
En cuestión de minutos, dado su constante y vigoroso bombeo con su polla dura como el granito que incesantemente golpeaba mi conchita, sentí el aproximarse de otro bendito orgasmo.
—¡Cielo Santo! … ¡Sigue así, bebé! … ¡Más duro! … ¡Mételo todo! … ¡Uuuhhhhhh! …
Grite desesperada montando la ola convulsiva que me transportaba en vuelo por el universo del placer.
—¡Aaahhhhhh! … ¡Aaahhhhhh! … ¡Qué rico! … ¡Uuuhhhhh! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Oh, Dios! …
Mientras me revolcaba bajo su peso tratando de ponerlo más encima de mí para sentirlo más dentro de mí, el orgasmo más fabuloso de mi vida golpeó todo mi cuerpo, mientras Mauro sin misericordia llevaba todo el trozo de su masculinidad a lo más profundo de mi vagina embarazada. Las contracciones de mi coño eran potentísimas, mí conchita estaba más caliente que nunca y rezumaba fluidos como un rio que estaba segura iban a mojar la tumbona. Me fue imposible contenerme y arañe su espalda y mordí su hombro, quería devorarlo y tenerlo dentro de mí para siempre. Tuve miedo de que la tumbona no resistiera y se hiciera añicos por la tensión y fuerza de nuestros incontrolables movimientos, la potencia de mi hijo era inacabable y me embestía sin cesar hacia adentro y hacia afuera los pliegues delicados de mi vagina que se esforzaban en envolverlo y tirarlo hacia mi interior, la circunferencia y el ángulo de su polla estimulaban mi punto G y mi clítoris desde adentro.
A medida que comenzaba a recuperar mi cordura y mi placer se aplacaba, me relajé y me abandone sobre la tumbona a los vigorosos empujones que me daba mi hijo. Pero repentinamente el salió de mi coño y antes de que pudiera constatar lo que estaba haciendo y decir cualquier cosa, él ya se había deslizado entre mis piernas y había comenzado a comerme el coño, ¡Santo demonio! ¡A muy pocos hombres les gusta hacer eso después del orgasmo de una mujer! Pero al parecer mi hijo no era uno de ellos; el placer fue tanto que me encontré con mis dos manos a atrapar su cabello y empujar mi pelvis contra su famélica boca que me estaba devorando.
—¡Oh, Mauro! … ¡Mauro! … ¡Oh, Dios, Mauro! … ¡Por Dios! … ¡Que rico! … ¡Uuuhhhhhh! … ¡Aaahhhhhh! … ¡Mauro! … ¡Mauro! … ¡Umpf! …
Me estaba volviendo loca con su boca y su lengua que me llegaba hasta el cerebro convulsionándome toda. Se separó de mi panocha sólo brevemente para decirme lo deliciosa que estaba mi conchita. Yo estaba en el séptimo cielo y guiaba su cabeza para que continuara a darme este abrumador placer que jamás nadie me había dado. Mientras que yo seguía llamando su nombre como una poseída. Él metió sus dedos en mi coño y comenzó a follarlo con insólita rapidez, todo lo que podía hacer era tirarlo contra mí y entregarme vencida a un tercer y esplendido orgasmo:
—¡Oh, hijo! … ¡Hhhmmmmmm! … ¡Aaahhhhhh! … ¡Mauro, por Dios! … ¡Ssííí! … ¡Ssííí! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Mauro, ssííí! … ¡Assííí! … ¡Umpf! … ¡Ahhhh! … ¡Cómete mí coño! … ¡Cómetelo todo, bebé! … ¡Aaahhhhhh! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Chúpame el clítoris, cariño! … ¡Umpf! … ¡Aahhh! … ¡Umpf! …
Sentí su lengua aplastar mi botoncito del placer y exploté como una puta demente, cachonda, caliente y enloquecida por las olas de goce que me estremecían a cada lengüetazo que azotaba mi clítoris. Mauro me retenía por las caderas y mi vientre no me permitía ver nada más que algo de sus cabellos, porque su entera cabeza estaba metida en mi coño.
Mis muslos estaban apretando sus mejillas y mi pelvis temblorosa y enloquecida empujaba contra él; temí lastimarlo en mis locas convulsiones orgásmicas. Logré controlarme, pero me sentí en deuda con él al verlo que sacaba su cabeza de entre mis piernas con su rostro empapado en mis fluidos que corrieron a torrentes, su hermosa carita me sonreía un poco bobamente y solo pude decirle:
—¡Acuéstate bocarriba que mami te va a montar! …
Obedientemente, él se movió y acomodó una toalla en el suelo para distenderse encima de esa. Yo me levanté lentamente como mujer embarazada y me senté a horcajadas sobre él. Mauro agarró su polla con una mano y la guió hacia arriba, ambos gemimos cuando me empalé en su rígido miembro. A estas alturas no había necesidad de ninguna lubricación, mi coño estaba completamente empapado y acostumbrado a su envergadura gruesa y larga, así que sólo me dejé caer sobre su hombría tiesa y dura. Mi peso contribuyó a que su pene se hundiera profundamente en mi vagina. Me incliné un poco hacia adelante apoyándome en sus musculosos pectorales y me levanté por primera vez.
Ciertamente no podía igualar su velocidad y sus bríos juveniles, pero sí mi pasión y deseos iban a hacer lo mejor posible para satisfacerlo. Lo miré directamente a los ojos mientras lo montaba, viendo todo su cuerpo estremecerse cada vez que me dejaba caer. Le apreté las tetillas con fuerza y él gimió tal como yo; sin dejar de mirarlo, le dije:
—¡Córrete para mami, tesoro! … ¡Eres mi niño grande! … ¡Saliste de mi coño y ahora estas de nuevo dentro de él! … ¡Llénalo con todo lo que me puedas dar! … ¡Quiero tu semen, bebé! … ¡No sabes cuanto tiempo he soñado con esto! … ¡Folla el coño de tu madre! … ¡Llena mi concha con tu esperma caliente! … ¡Quiero sentirlo dentro y chorrear por mis muslos, cariño! … ¡Después lo voy a recoger con mis dedos y me lo voy a comer! … ¡Así de pervertida me siento! … ¡Me voy a comer todo tu semen después de que acabes dentro de mí! …
Los ojos de mi hijo estaban bien abiertos escuchándome con atención. De repente tomó mis pechos y los apretó con fuerza mientras comenzaba a gritar su placer. A pesar del peso y la potencia de mis golpes, ahora él comenzaba a superarme empujando hacia arriba mientras yo lo hacía hacia abajo. Decidí quedarme quietecita a algunos centímetros encima de él, él se puso frenético aferrado a mis pechos que saltaban con fuerza junto a mi pesado vientre embarazado, follando mi coño con todo su vigor juvenil.
Y entonces sucedió, mi amado hijo explotó dentro de mi coño materno y embarazado. Para ser honesta, no podría decir que sentí que su semen me inundaba, nunca lo había sentido con otros en el pasado, pero yo sí sabía que él se estaba corriendo dentro de mí, el semen de mi hijo llenaba mi coño. Entré en una especie de trance post orgásmico, no fue un nuevo orgasmo, pero sí un velo de disfrute que jamás había sentido antes, ahora me sentía feliz, completa y satisfecha.
Estaba demasiado agotada por tener un cuarto orgasmo, pero me quedé sobre él por mucho tiempo moviéndome lentamente hacia arriba y hacia abajo después de que él terminó. En algún momento su polla blandengue resbaló fuera de mi coño. Entonces miré hacia abajo sonriendo maliciosamente. Me agaché entre nuestros cuerpos y raspé con mis dedos un montón de esperma desde mi panocha goteante. Mauro me miraba con una expresión de sorpresa cuando me llevé los dedos a mí boca y los chupé, juntos nos sonreímos mientras yo pasaba mi lengua por mis labios saboreando su tibio semen. Después de eso, nos levantamos y Mauro me llevó a mi cama. Fue al baño y regresó con una toalla tibia y húmeda, comenzó a limpiar todo mi cuerpo. Unas cuantas veces se metió entre mis piernas a lamer mi coño. Cuando terminó, hizo una pausa, me miró por largo rato en silencio y me preguntó:
—Mami … ¿Lo decías en serio cuando dijiste que podíamos volver a hacerlo? …
Le sonreí alegremente y le dije:
—¡Sí me das unos minutos, podríamos hacerlo al estilo perrito esta ves! … ¿Vale? …
Sus ojos se abrieron de par en par y nos sonreímos. Mi boca se abrió sicalípticamente al ver que su polla otra vez estaba dura como el acero, me apuntaba y palpitaba. Mi coño estaba listo para esa magnifica verga, tenía una increíble hambre de ella y ahora era toda mía.
Fin
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