Me casé con mi hijo.

Written by , on 2022-03-30, genre incesto

Me llamo Norma, comenzaré a narrar lo vivido en mi adolescencia, pues creo que ahí comenzó todo. Estaba cursando mi tercero medio cuando quede embarazada. Yo era rebelde y mi carácter era bastante turbulento. Pensé ser la dueña del mundo y que podía enfrentar cualquier cosa y que nadie podría hacerme nada. Hice lo que me dio gusto y gana. El que no la pensaba como yo se llevaba mis agresiones verbales y a veces hasta físicas. Por supuesto mis padres no estaban en grado de controlarme, creo que me temían. En casa siempre había desencuentros y discusiones, por lo que me acostumbre a estar en la calle con grupos de chicos. En ese momento no me importaba, pero soy muy bonita y atrayente, pero por ser agresiva, los chicos no se acercan mucho a mí, cosa que me tiene sin cuidado, pues no los necesito. Si quería uno me lo prendía y ya, si se sobrepasaba conmigo muy probable que tuviera que lucir un ojo amoratado o una quijada hinchada. Tenía muchos chicos y no tenía a ninguno. No me importaba lo que pensaran o dijeran, era demasiado fuerte para cualquiera. Eso me llevo a tener un exceso de confianza, no veía el peligro en nada, pues el peligro era yo.

A mi corta edad me había acostumbrada a beber. Todas las semanas ingería alcohol. No tenía sentido de responsabilidad y no sabía cuando detenerme. Muchas veces ni siquiera sabía lo que estaba haciendo o diciendo, es más, después no me acordaba de nada.

Llegaron las festividades y nos juntamos algunos chicos a divertirnos, bailar y beber. Llego un chico nuevo con otro grupo, se veía muy lindo. Se veía un tipo duro, probablemente algunos años mayor que yo, se notaba su fuerza varonil, comandaba a su grupo, era el centro de la atracción. Lo sorprendí mirándome un par de veces y le sonreí. Más tarde nos juntamos y comenzamos a hablar, no pasó mucho rato y me beso, besaba maravillosamente, me sentí extraña, creo que hizo que me excitara, mi coño se humedeció.

Sentí que de tanto en tanto sus manos veloces se deslizaban por mis nalgas o mis senos. No me molestó para nada, me gustaban sus caricias. Cuando su mano se infiltró bajo mi falda y me volvió a tocar las nalgas por sobre las bragas, me aferré a él, lo atraje y lo besé para darle a entender de que me gustaba y me excitaba lo que me hacía.

A sabiendas de que mis padres no estarían en casa, me lo llevé conmigo. Apenas entramos a casa él se vino sobre mí y antes de llegar al sofá, me encontraba con bragas y sujetador. Pensé que él también estaba caliente y no dije nada, lo secundé. Mis bragas y mi sostén volaron mientras nos besábamos sobre el diván, me quedé desnuda por primera vez con un chico. Él también se había quitado la ropa. Se colocó detrás de mí y mientras besaba mi cuello y mis cabellos, sus manos aferraron mis tetas. Algo tibio y duro se enfiló entre mis muslos y comenzó a presionar mi coño humedecido. No quería decir nada para no interrumpir el momento. Cierto todavía era virgen, pero quería desesperadamente esa “cosa” dura dentro de mí.

Su polla empujó mis labios vaginales y lo sentí penetrarme. Siempre había escuchado que la primera vez podía ser bastante dolorosa, pero no fue ese mi caso, más que dolor sentí un escozor que al cabo de un rato se fue haciendo cada vez más leve. Su verga gruesa y dura entraba y salía de mi chocho con cierta facilidad. Mi virginidad se había ido. Sentí algo abrumador, me sentí mujer, algo divino y celestial estaba ocurriendo dentro de mí, me sentía contenta, feliz. No sé si alcancé mi orgasmo, tampoco me importaba, me sentía feliz y dichosa y era todo lo que contaba para mí. Pero sentí las palpitaciones de su verga dentro de mi chocho, luego algo se vertía dentro de mi coño apretado. Sentí como me inyectaba una copiosa carga de semen tibio. Dichosa de sentir algo así, nunca podría haber imaginado que esto me traería una sensación tan agradable.

Cuando terminó, saco su polla de mi coño. Nos acomodamos sobre el sillón y nos miramos en silencio. Su cara me parecía recia y fascinante, todo un semental, un macho de verdad, pero no sabía su nombre y me di cuenta de que apenas le conocía. A este punto que más daba, no me importó. Había perdido mi virginidad en una buena follada y eso era lo principal.

Recuperé mis bragas y mi sujetador, le acompañé a la puerta y desapareció en las penumbras de la noche. Aún me giraba un poco la cabeza con el alcohol ingerido, me sentí cansada, me fui a mi dormitorio y rápidamente me quedé dormida.

Al día siguiente me di cuenta de inmediato de que había hecho mal las cosas. Me recordaba de haber perdido mi virginidad, pero eso no me preocupaba, me preocupaba el haber tenido relaciones sexuales sin protección. Ese tipo guapo no había usado condón y yo tampoco se lo pedí. ¿Cómo puedo haber sido tan ingenua? ¿Cómo había dejado que esto sucediera? ¿Qué dirían mis padres si lo supieran? ¡Soy una pendeja!

Durante semanas no dije nada a nadie, pero hay cosas que no se pueden ocultar para siempre, mi madre notó que algo no andaba bien. Le dije que tenía nauseas y ganas de vomitar todo el tiempo, que también tenía un dolorcillo al estómago. La visita al doctor cambió mi vida y la de mis padres. El medico me dijo que estaba embarazada, fue como una bofetada y el despertarse a una especie de pesadilla. Debería haber sabido de que las nauseas las causaba mi embarazo, pero mi irresponsabilidad, me hacía confiar en que podría ser otra cosa.

Mi familia es fuertemente católica, mis padres se volvieron locos. Una hija menor y soltera embarazada por quien sabe quien fue demasiado para ellos. Estaba fuera de toda discusión de que yo pudiera quedarme con el bebé, dijeron que yo era demasiado joven para criar a un niño. Lo más importante era que yo estudiara. Su decisión fue que tendría al niño y vendría dado en adopción a través de una agencia ad-hoc. Lo quisiera o no, yo tendría que estar de acuerdo, no había otra opción. ¿Sabrían mis padre lo que me estaban obligando a hacer? ¿Por qué estudiar era más importante que la vida y cuidado de un niño? ¿Por qué no se me permitía criar al niño yo misma? Cuanto más pensaba, más infeliz me volvía.

Llegó el día del parto y traje al mundo a un niño perfectamente sano. Que niño más encantador de ver. Pero no me permitieron disfrutarlo y muy pronto lo apartaron de mi y jamás lo volví a ver. ¡Dios mío!, que malo fue eso. Se me partió el alma. Me llevaron una parte de mi corazón. Los pocos días que lo tuve conmigo, me di cuenta de que, en la parte superior de su brazo izquierdo, justamente tenía una marca de nacimiento que parecía tener la forma de un pequeño corazón, mi corazón se iba con él. Esa tarde lo bauticé yo misma, con un poco de mi saliva mojé su frente, le hice una cruz y le llamé Andrés, lo recordaría con ese nombre. Nunca más volví a saber de él.

Mi vida era una mierda, no tenía sentido, no tenía ganas de nada, entré en una profunda depresión. Terminé mis estudios, alcancé la mayoría de edad y me fui de mi casa. Renté un piso de estudiantes. Caí en el más completo abandono y en el alcohol. Me acostaba borracha y me levantaba borracha. Era muy profundo el hoyo en que me encontraba. A menudo pensaba en mi hijo ¿Dónde estará? ¿Dónde vive? ¿Cómo estará? Hubo un tiempo que trate de buscarlo, pero la burocracia era inflexible y no se me permitía llegar a ciertas informaciones.

Los años fueron mitigando mi dolor. Tuve nueva relaciones, pero no perduraron, yo tampoco tenía sentimientos con la mayoría de ellos, solo se trataba de sexo momentáneo. Hubo hombres mayores, otros de mi edad, pero nada me satisfacía. A los veintiocho, conocí un muchacho diez años menor, él me hizo sentir mujer otra vez, me dio amor, cariño y atención. Gracias a él comencé a sentirme mejor, a cuidar de mí, a vestirme como mujer otra vez y a sentirme atractiva. Y también tuve el mejor sexo con este chico. Pasábamos horas juntos y con él reencontré el sabor del sexo y a disfrutarlo intensamente. Que bien se sintió cuando el lamió mi coño hasta llevarme al paroxismo y gritar de lujuria y placer sintiendo un orgasmo tremendo, o cuando me follo violentamente con estocadas profundas que me arrancaban gritos y chillidos de hembra caliente. Él me afeitó el coño por primera vez, él disfrutaba afeitándome, fue algo mágico ver mi concha peluda llena de crema de afeitar y luego de una cuantas pasadas de navaja, tenía un chocho super suave, limpio y brillante. Yo sabía que era la nueva usanza, pero pensé que no era para mí. Esa noche cuando me lamió me hizo correrme rápidamente, estaba feliz con mi chocho fresco y calvo. Luego cuando me folló, sentí su verga mucho mejor e intensa, disfruté de su pija incluso más que antes.

Desafortunadamente esa relación se terminó, a su madre no le gustaba que su hijo tuviera una aventura con una mujer mayor, nos estuvimos viendo a escondidas por un tiempo, pero la relación fue decayendo, lo lamenté mucho, porque este chico me había hecho mucho bien, me volvió a la vida.

A los treinta conocí a mi marido, trabajábamos en la misma empresa. Un hombre dulce y agradable, siempre feliz, parecía andar con la sonrisa a flor de labios. Pero cuando se necesitaba era muy serio y profesional. Me casé con él, me cuido muy bien y nunca me falto nada. Nos mudamos a una linda casa y éramos muy felices juntos. Por desgracia no pudimos tener hijos, algo andaba mal con su esperma, el conteo era bajo. Podía quedar embarazada, pero también no era del todo asegurado. Se lo dejamos al destino, que sea lo que Dios quiera. Para mí eso tenía sus ventajas, ya no tenía que tomar la píldora ni anticonceptivos. No teníamos tanto sexo, pero me dejaba contenta y satisfecha.

A los treinta y cuatro quedé viuda, mi marido tuvo un accidente cerebro vascular y no lo pudieron salvar. Quedé solita, pero con casa y un seguro que tenía mi marido que me permitía llevar una vida tranquila. Esto me permitió seguir buscando a mi hijo. Por esas cosas del destino, conocí a una mujer que había trabajado en la agencia de adopción que se había encargado de mi hijo, que a esta fecha debería tener diecisiete años cumplidos. Con una módica suma de dinero, ella se ofreció a procurarme información veraz sobre mi hijo.

Por pura coincidencia, la mujer logró averiguar hasta el domicilio donde podría vivir actualmente mi hijo, pero me remarcó que podía ser un caso parecido al mío y podría tratarse de otro niño. El chico se llamaba Paulo y vivía a unos quince minutos de mi propia casa. Registré toda la información que me dio la mujer ¿Podría este ser realmente mi hijo? Seria fabuloso si todo este tiempo mi hijo había estado viviendo tan cerca de mí. Se me hizo un nudo en la garganta, era demasiada la emoción. ¿Qué debo hacer o decirle cuando le encuentre? Quizás tiene una vida estupenda, feliz y yo llegaré a perturbarlo. Muchas cosas pasaban por mi cabeza.

Paulo resulto ser un jugador de baloncesto de un equipo local, ese sábado justamente tenían una partida en el gimnasio municipal, decidí ir allí y echarle un vistazo desde la distancia.

Me hice fuerzas y reuní todo mi coraje porque hoy era el día que podría conocer a mi hijo. Estaba muy nerviosa, no sabía como iba a reaccionar cuando lo viera ¿Debía dirigirme a él? Debía actuar con mucho tacto porque no era seguro al cien porciento de que él fuera mi hijo. No debía causar un bochorno a un desconocido.

Me vestí con una falda bermellón y una blusa blanca, medias nylon negras y zapatos de medio taco completaron mi vestimenta. Me maquillé y me puse un suave perfume francés. Todo mi cuerpo temblaba de emoción cuando me subí al auto y conduje a las cercanías del gimnasio municipal. El breve viaje de quince minutos me pareció durar horas. Y cuanto más me acercaba, más nerviosa me ponía.

Llegué al estacionamiento y había un chico al cuidado de los vehículos, le pedí que me dijera como ingresar al gimnasio, tuvo la amabilidad de acompañarme hasta el ingreso. Entré y en el entablado de la cancha había unos veinte chicos adolescentes. No sé si fue intuición o sexto sentido de madre, pero inmediatamente me fijé en un muchacho de 1.90 de cabellos castaños cortos que hacía rebotar la pelota y embocaba una y otra vez el cesto del arco donde practicaba ¿Sera él Paulo? Por fortuna mía un chico llamo el nombre de Paulo y él se volvió y le tiro la pelota. Ya lo había identificado por el nombre, mientras me desplazaba en busca de un escaño donde sentarme, los chicos salieron del entablado y él paso junto a mí y me miró directamente a los ojos, le sonreí y él me devolvió la sonrisa, continué a caminar con mis rodillas temblorosas, era él. ¡Que guapo que está! Algo dentro de mí me decía que era él, mi hijo. Se alejo riendo y bromeando con sus compañeros de juego. Me senté al lado de otras personas que venían a animar a su propio equipo y después de unos minutos se dio inicio a la partida.

Salté de felicidad cuando él fue el primero en anotar y me sentí atribulada cuando le cometieron falta y saltó por los aires cayendo pesadamente al piso, me tranquilicé cuando se levanto y le toco lanzar al cesto, señando unos puntos más para su equipo. Disfruté mucho de la partida, más aún porque el equipo de mi hijo ganó por una vasta ventaja. Sacaron a mi hijo en andas como a un héroe y a mis ojos si que era un gran héroe. Me quedé embelesada mirándolo desde lejos, él se percató de mis miradas, se volvió y me guiño un ojo coquetamente, levanté mi pulgar para decirle lo bien que lo había hecho. Tenia tantas ganas de tenerlo en mis brazos y abrazarlo, para felicitarlo por la victoria, pero él ni siquiera sabía quién era yo.

Frente al gimnasio había una cafetería, me fui allí para reponerme de tanta emoción, estaba sentada allí recordando pasajes de la partida y los tantos que señó mi hijo, cuando prácticamente todos los muchachos de su equipo entraron. Él me vio inmediatamente y se dirigió a mí:
—¡Hola! … nunca te había visto por aquí … ¿Vives acá cerca? …
Me sorprendió y debía encontrar rápidamente una respuesta plausible, no podía confesarle que había venido a verlo a él.
—¡Ehm! … ¡Sí! … ¡Digo, no! … vine a visitar unos parientes y como no les encontré … pasé a divertirme un poco con una buena partida de baloncesto … a propósito … te felicito … estuviste formidable …
Me miró con suspicacia, como si no me creyera, pero no dijo nada. Se sentó a mi lado y comenzamos a charlar. Me pareció un poco tímido, pero espontaneo, pero había seguridad en sus palabras y sus comentarios ¿Podría este hermoso adolescente ser mi hijo? El pensamiento que giraba una y otra vez en mi cabeza. Él me invitó a otra taza de café. Cada vez que me miraba, sentía que escudriñaba mi alma. Su tierna y dulce sonrisa casi me derritieron, todo mi cuerpo se estremecía al sentirlo a mi lado, un sentimiento muy agradable de ternura me envolvió toda.

Charlamos un largo rato, me confeso que vivía con sus padres adoptivos y no era muy feliz con ellos, no le faltaba nada material, pero su sueño era encontrar a su madre biológica. El tiempo voló y me dijo que debía regresar donde sus padres, me desesperé porque no sabía como hacer para volver a verlo, entonces él me dijo que jugarían nuevamente la próxima semana y me preguntó si quería volver a verlo jugar, acepté inmediatamente la invitación. Quería pasar más tiempo con él. Me gustaba estar con él. Ya se sentía como algo familiar para mí.

Que lenta que fue la semana. Pasó mucho tiempo antes de que volviera a ser sábado. Quería volver a ver a Paulo. Cuanto más pensaba, mayor era el deseo. Cuando pensaba en él me sentía alegre y feliz. Él despertó en mi más de lo que había imaginado. Ahora deseaba fervientemente que fuese verdad de que él era mi hijo.

Finalmente llegó el sábado, me preparé para ir al gimnasio, me puse una falda simple y un suéter ajustado, nada de extraordinario, pero sí un poco sexy. Quiero lucir linda para mi hijo. Me maquillé en forma ligera y me fui a ver la partida de básquetbol. Estacioné en el mismo lugar de la otra vez y me fui caminando muy nerviosa. Me senté mas o menos en el mismo lugar de la vez anterior, Paulo sintió mis ojo sobre él y se volvió a mirar hacia mí, apenas me descubrió levantó su mano para saludarme, su sonrisa me alegró el día.

No sé nada de baloncesto, pero seguía con fanatismo la partida y animaba a Paulo, lo aplaudí de pie y salté como una loca cada vez que él señaba. Simpaticé totalmente con su equipo. Cuando termino la partida, Paulo se acercó a donde me encontraba yo y me dijo si era posible que lo esperara en la cafetería. Trate de no demostrarlo, pero estaba tan contenta de que me lo preguntara y le dije que estaría feliz de reunirme con él. Cerca de veinte minutos más tarde lo vi entrar a la cafetería, sus cabellos se veían mojados por la ducha.

Nos sentamos uno frente al otro, se me erizo la piel cuando sentí su dulce mirada. No me quitaba los ojos de encima. Su visual estaba dirigida a mi apretado suéter que dibujada mis exuberantes tetas. Lo vi interesado en mis piernas suaves y brillantes. Me afecto su mirada de un modo especial. Incluso sentí un hormigueo en mi coño. De repente, se inclinó hacia adelante y posó su manos en mi pierna, comenzando a acariciarme suavemente la parte superior y luego el interno de mis muslos. Su toque era aterciopelado, una sensación maravillosa, en cada parte que tocaba me dejaba una huella de calor. Me sentía emocionada y relajada, tranquila y a gusto. Sus ojos habían adquirido un brillo especial. Él hablaba y hablaba, pero sus palabras apenas me llegaban, estaba como en una nube, como en un encanto, disfrutaba el contacto de sus manos. E improvisamente hubo un beso, justo en mis labios. Me sorprendió pues no esperaba nada de eso. Lo miré confundida y ciertamente conmocionada porque cada vez estaba más convencida por la idea de que él fuera mi hijo. Y si así hubiera sido, me estaría besando con mi propio hijo. Pero ese beso no fue un beso hacia una madre, se sintió totalmente diferente a un beso casual y fugaz. Había una fuerte carga erótica en ese ósculo fortuito. Tenía que evitar que esto se saliera de control. Pero fue todo tan rápido que mis pensamientos se obnubilaron y no supe reaccionar. El apoyó sus labios en los míos una segunda vez y yo recibí ese beso abriendo mis labios y permitiendo que su lengua se juntara con la mía.

Nos besamos con fervor ignorando que estábamos en un sitio publico con mucha gente a nuestro alrededor. Pero nadie se percataba de nosotros y eso me alegró. Fue un verdadero beso francés lleno de pasión y fogoso afecto. ¿Qué tal si este adolescente hermoso fuera realmente mi hijo? ¡Dios mío! ¿Qué hacer?

Lo único que sentía es que mi cuerpo reaccionó como mujer y sus caricias me calentaron, simplemente me gusto ser acariciada por él. Tenía una fragorosa lucha con mi yo interior. Él estaba ignaro de todo lo que sucedía en mi cabeza, solo trataba de acercarse más a mi y estrecharme en sus brazos. ¿Por qué debería detenerlo? Ese beso apasionado me quemó por dentro, su lengua se sentía maravillosa en mi lengua. Mis pezones se endurecieron bajo las delgadas costuras de mi suéter y mi sujetador. Se detuvo un momento y su sonrisa ilumino mi rostro, sin palabras sus gestos me preguntaban si me había gustado, pero no emitió sonido alguno. Solo mi cuerpo respondía con un rotundo “Sí”.
—¿Quieres venir conmigo? …
Me preguntó suavemente, lo miré inquisitivamente, emocionada.
—No temas … confía en mí …
Me dijo sonriendo, luego me tomó de la mano y nos fuimos de regreso al gimnasio, él saco una llave de su bolsillo y me sonrió con cierta picardía ¿Qué cosa estaba haciendo con él?, mi voluntad había desaparecido en alguna parte. Abrió un cuarto y me empujó suavemente al interior, había una tenue luz que se filtraba del exterior, logré ver una especie de mesa con camisetas del club y otras especies deportivas.
—Aquí tendremos libertad y estaremos tranquilos …
Dijo y me atrajo contra él. Recién entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo. De repente sentí sus manos por todas partes, sobre mi espalda, sobre mis nalgas, luego sobre mis senos. Me sentí sofocada, casi con un nudo en la garganta. Y mis pezones se volvieron extraordinariamente duros y sensibles. Presionó sus labios contra los míos y volvimos al beso francés con nuestras lenguas acariciándose con locura. Sabía que debía alejarlo ahora ya, pero no podía, me había robado mi voluntad y criterio, de hecho, no quería hacerlo. Me besaba y acariciaba tan bien y con tanta pasión y fogosidad que no le detuve, me relajé y comencé a disfrutar junto a él.

Sus manos se deslizaron bajo mi suéter y sus dedos levantaron mi sostén hacia arriba permitiendo a mis tetas bambolear libres en sus manos, sus dedos se apoderaron de mis pezones, jadeé y gemí en voz alta. Hábilmente me despojo de mis prendas y me encontré desnuda de la cintura para arriba, inclinó su cabeza y comenzó a chupar mis pezones uno por uno. Su forma de chupar era deliciosa, me hizo temblar de placer. Me puse cada vez más y más caliente, ahora le quité su camisa y acaricié suavemente su torso desnudo. Cuando sentí su mano deslizarse bajo mi falda, instintivamente separé levemente mis piernas y allí sentí su mano frotando mi chocho por sobre mis bragas que se comenzaron a humedecer, mientras más me frotaba, más se mojaban. Cuando sintió que estaba bañada entera, me empujo suavemente sobre la mesa, la adrenalina y la lujuria se apoderaron de mí, había unas mantas y me recosté en ellas. Arremangó mi falda un poco más hacia arriba, luego metió sus dedos en la banda elástica de mis bragas, lo sentí quitármelas y levanté mi trasero para ayudarle, se detuvo a escudriñar mi coño desnudo y calvo. Nuevamente sentí esos cálidos dedos en mí entrepierna, pero sobre mi piel desnuda. Fue una sensación placentera sobre mi coño. Luego presionó los labios de mi chocho para separarlos y deslizó un dedo profundamente en mí haciéndome retorcer de goce, automáticamente mis manos se fueron a mis pechos y los sobajeé. Estaba tan caliente que me sorprendió un orgasmo espontaneo e instantáneo que me dejó temblando sobre la mesa, todo mi cuerpo se estremecía y hormigueaba.

Me parecían extrañas y formidable las sensaciones que me procuraba este joven adolescente. Este chico que podría ser mi hijo me hizo ver estrellitas. ¿Era o no era mi hijo? Él restaba ignaro de todo y yo no estaba cien por ciento segura de que lo fuese. ¿Debía o no tener sexo con él? Realmente nada de eso me preocupaba en este momento. Me gustaba demasiado lo que me estaba haciendo como para preocuparme de eso ahora. Y para ser honesta, la idea de que él podría ser mi hijo hacía el todo aún más cachondo para mí. No sé por qué, pero así era.

Paulo ahora se arrodilló entre mis piernas y enterró su cabeza entre mis muslos, sentí que me besaba el vientre y luego su lengua se paseaba en mi monte de venus. Lentamente sus labios rodearon con caricias alrededor de mi coño empapado y malditamente caliente. Su suave aliento se sintió en mi clítoris, un momento después su lengua se adentro en mi húmeda concha haciéndome empujar mi pelvis en su rostro y gemir sonoramente. Su espíritu joven e impetuoso lo hacían lamerme un poco salvaje, pero el trabajo era verdaderamente abrumador. Seguramente no dominaba del todo esta técnica, pero ya habría tiempo para enseñarle a hacerlo mejor.

Separó los labios de mi vulva con su lengua e inmediatamente los presionó en mi encharcada cuevita, luego su lengua rozó mi clítoris y yo exploté en un segundo orgasmo, con ambas manos me sostuve a la mesa mientras mi cuerpo se estremecía espasmódicamente. Grité de alegría y se me escapó una sonora carcajada, pero ya nada me importaba si alguien pudiese oírme. Estaba completamente extasiada de placer. Paulo no me dejo reponerme y siguió furioso chupándome y lamiendo mi vagina, hizo que tuviese una cadena de micro orgasmos, nunca pensé de poder ser multiorgásmica, fue todo como un interminable orgasmo, luego se detuvo. Como pude me enderecé un poco y le vi quitándose sus pantalones, luego tomó su verga y la cubrió con un preservativo. ¡Oh mi Dios! Me va a follar.

De nuevo apareció en mi mente la pregunta: ¿Será él mi hijo? ¿Lo puedo hacer con mi hijo? ¡Oh Dios? ¿Qué hago? Mis preocupaciones eran intensas, pero también mi cachondez. Y pudo más mi piel y mi sangre. Todo sucedía como en cámara lenta. Un mundo en otra dimensión. Lentamente sentí la tibieza de su enorme glande apoyarse entre mis inflamados y empapados labios. Los separaba y empujaba, me hizo gemir de deleite sentir su gruesa verga invadiendo mi conchita, con pequeños embistes se adentraba cada vez más en mí, acomodé mis senos sudorosos y él se inclinó y se echó mis pezones a su boca haciéndome arquear mí espalda y gemir placenteramente. Entonces me empezó a coger con suaves golpes, sus cojones golpeaban mis glúteos y su ritmo aumentaba. ¡Que alegría sentirlo tan dentro de mí!

Hacía ya casi dos años que no tenía sexo y ahora estaba sucediendo aquí en un cuartucho de un gimnasio municipal y probablemente con mi hijo. Extremadamente excitante y delicioso, mientras me cogía con esmero y ternura, su dedo comenzó a frotar mi clítoris enhiesto y sensible. Lo hizo bien y lo disfruté al máximo, aún cuando era muy joven, ya tenía suficiente experiencia y sabía tratar a una mujer. No paso mucho tiempo cuando empezó a cogerme con mucha fuerza, mucho más intenso que antes. No duró mucho más. Era demasiado sabroso para él. Hubiese preferido que siguiera follándome sin parar, pero su ímpetu de juventud le traiciono. Seguramente no le sucedía de follar a una bella mujer mayor todos los días. Me dio unos violentos embistes llegando muy profundo con su verga y sus gemidos y gruñidos me avisaron que se corría dentro de mí. Su condón se llenaba con su semen y eso hizo estremecer mi cuerpo y lo aprete fuerte contra mis pechos, mientras mi concha se contraía estrujando su verga gloriosa, me corrí junto a él.

En el fondo de mi ser, sintiendo las pulsaciones de su pene en lo profundo de mi vagina, lamenté no haber tomado la píldora y haberlo hecho derramar su esperma contra mis paredes vaginales, sentir su semen fluir e inundarme, porque no había experimentado esa sensación desde hace mucho tiempo. Paulo respiraba entrecortado y se apoyaba en mí, el sudor resbalaba por su frente. Me miraba y me sonreía dichoso de haberme poseída. Lentamente su verga resbaló fuera de mi pequeño coño y por el rabillo del ojo vi que el condón estaba bastante lleno, así que fue una descarga fogosa y ardiente. Me ayudó a ponerme de pie, siempre sosteniéndome estrecha a su cuerpo, luego acomodamos nuestros vestidos y tomados de la mano abandonamos el gimnasio rumbo a la cafetería.

Nadie se fijó en nosotros. Mi cuerpo rebosaba de un deleitoso hormigueo y vi que él se sentía bastante satisfecho y disfrutaba de lo que acababa de suceder. Nos bebimos un café y el me mantuvo abrazada besándome reiteradamente con pasión de adolescente y me hacía sentir como una niña de su edad.

Media hora después me encaminé a mi auto. Nos despedimos extensamente, por largo rato nos besamos y acariciamos. Hubiera preferido que él se fuera a casa conmigo. Pero él debía ir de regreso a casa de sus padres adoptivos. Todavía había en mí sentimientos encontrados. Me sentí deprimida, a pesar de haber tenido una tarde agradable que se quedará conmigo para siempre. Ahora con mucha más convicción debía descubrir si Paulo era mi hijo o no.

Tendría que confirmarlo. Tenía que volverlo a ver. Luego podríamos hacer algunas pruebas que confirmaran el hecho de si efectivamente es mi hijo. La tarde había sido maravillosa y no podía pensar en nadie y nada más que en Paulo. Quizás había hecho algo que podría horrorizar a la sociedad en que vivimos. Pero yo por el contrario me sentía cada vez mejor, con más confianza y sin ningún resquemor de haber hecho algo ilegal. Más aún, cada vez que lo pensaba me parecía sentir sus besos y caricias en mi cuerpo y su pollón adentrándose en la tibia y cálida humedad de mi vagina. Me hacía hervir la sangre y me sentía sensible y caliente. Ya nada podría quitarme a Paulo de mi cabeza.

Comencé a asistir regularmente a ver sus partidas de baloncesto y terminábamos siempre en el cuarto donde su equipo guardaba sus indumentos deportivos. Ahí él se posesionaba de mí en un sexo caliente y humeante. Pronto comenzaron a considerarme la novia de Paulo y todos me aceptaron de buena manera, a nadie sorprendía que yo fuese mayor que él. Todos fueron amables y amistosos conmigo y me sentí como en mi casa al lado de él, por supuesto nos comenzamos a vernos y a follar cada vez con mayor frecuencia, era maravilloso el amor que él me entregaba. Si no nos veíamos, siempre nos enviábamos mensajes de texto o charlábamos por celular.

Finalmente, llego el día en que lo llevé a mi casa, era un día frio y lluvioso, encendí la calefacción. Tendríamos todo el día para nosotros, se suponía que llegaría temprano. Así que me aseguré de lucir linda para él. Me puse un ajustadísimo vestido verde óleo, elastizado, que se ajustaba a cada una de mis sinuosidades, debajo elegí una fina lencería verde pastel, con sujetador a media copa que dejaba mis oscuros pezones emergiendo por el borde superior, un liguero a juego y unas medias color piel oscuras. Pacientemente me maquillé con sombra de ojos, encendidos labios rojos y rímel, aligeré el rubor de mis mejillas con una crema aclarante y mi perfume favorito de Dior.

Po supuesto que está mañana había dedicado una buena veintena de minutos a rasurar mi chocho para que se sintiera super suave. Mi cabellera rubia oscura la até en una elegante cola, lo que me hacía lucir más joven. Estaba todo listo. También me había hecho el propósito de hablar con Paulo sobre la posibilidad de efectuarnos un análisis genético que demostrara fehacientemente si teníamos algún grado de parentela. De repente el timbre de la puerta resonó en toda la casa.

Ahí estaba él con su perenne sonrisa dulce y traviesa y sus hermosos ojos verdes que comenzaron a recorrerme toda. Había dulzura y seducción en esa profunda mirada. Estaba tan feliz de volver a verlo, de sentirlo a mi lado. Bebimos un poco de café, pero nuestras manos no estaban quietas, yo quería tocarlo y sentirlo y él también a mí. Me besaba y abrazaba. En mi casa me sentía más a gusto y comencé a dejarme ir por completo. Sus besos franceses me volvieron loca y sus caricias por todo mi cuerpo hicieron hervir mi sangre. Todo en mi cuerpo volvió a hormiguear, todo se volvió más sensible. El bulto que se había formado en sus pantalones era enorme y eso prometía mucho y bien. Comencé a acariciar su entrepierna, sentí la palpitación del inmenso miembro, bajé la cremallera del pantalón, abrí la pata y liberé a la hermosa bestia, saltó adelante como un mono porfiado, al fin estaba libre de su incomoda posición, blandía el aire desafiante, su polla emergió gruesa, grande y dura. Empujé a Paulo hacia atrás contra el respaldo del diván y tomé la iniciativa. Me incliné y aferré su miembro tieso. Su cabeza amoratada comenzaba a brillar con perladas gotas de liquido preseminal. Con movimientos lentos comencé a deslizar su prepucio arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo. Con la puntita de la lengua probé su líquido preseminal, lo encontré ligeramente dulce. Mientras lo pajeaba encerré su glande lustroso entre mis labios y me tragué un pedazo de su verga.

Mi lengua comenzó a dibujar círculos alrededor de su cabezota y por el borde de ese glande afelpado y sensible. Él parecía disfrutarlo mucho, pues empujaba mi cabeza y comenzaba a follar mi boca. Me gustaba sentir sus reacciones cachondas. Chupé y lamí como nunca lo había hecho a nadie, ni siquiera a mi difunto marido. De tanto en tanto tomaba también en mi boca su rugoso escroto y esto parecía gustarle mucho, pues se retorcía de placer. Su respiración se hizo intensa y profunda con gemidos y suspiros. Su corazón se aceleraba, estaba a punto de correrse, gemía desesperado, entonces le grité que se corriera en mi boca.

Su cuerpo se puso rígido por unos instantes, comencé a chuparlo y lamerlo intensamente, quería saborear su esperma, sus fluidos masculinos, su semen tibio en mi boca. No sé por qué quería esto, nunca fui adicta a que se corrieran en mi boca, pero ahora lo necesitaba, era una situación diferente, una fuerza desconocida dentro de mi me decía que debía beberme su esperma. Estaba tan absorta en hacer que se corriera que ni cuenta me di cuando esto se verificó con una fuerza inaudita, un chorro golpeó mi paladar y comencé inmediatamente a tragar. Casi me atraganto por la enorme cantidad de semen que bañaba mis papilas, seguía siendo dulce y tibio, por eso me lo tragué todo con avidez, cómo si hubiese estado sedienta de su zumo masculino que inundó mi garganta hasta la última gota.

Paulo estaba con los ojos abiertos y me miraba casi con incredulidad, al parecer hasta ahora nadie había tragado su semen con tanto ahínco y abandono, él podía percatarse de que realmente lo disfruté. Deje que se relajara un rato y su polla se calmara y recuperara, no había tenido en cuenta de que él siendo adolescente, tenía fuerzas infinitas, no necesitaba descanso y comenzó a tratar de desvestirme con su pija todavía dura. Paulo estaba feliz de colaborar a quitarme el vestido. Me hizo girar y diestramente comenzó a deslizar la cremallera del vestido hacia abajo, con un simple movimiento de mis caderas el vestido cayo hasta mis tobillos y me paré frente a él solo con mí conjunto de lencería fina. Él se sorprendió de ver mis senos casi desnudos, mis pezones lo apuntaban desafiantes y me di cuenta de que estaba totalmente fascinado con mi desnudez. Me rodeó con sus brazos y desabrochó mi sostén y luego bajó mi tanga, permitiéndome de levantar una pierna y luego la otra para quitármelas, me pareció divertido verlo que se llevaba mis calzones a su nariz y aspiraba el aroma en ellos, emitió un sonido de aprobación:
—¡Mmmmmm! … ¡Que buen perfume! …
Dijo con esa sonrisa de niño pícaro en su rostro. Estaba claro que le gustaba lo que veía. Puso su mano en mis caderas y me hizo girar para admirar mi trasero. Esto me puso muy caliente de nuevo y pude ver como su pene había crecido al máximo. No podía esperar a sentir esa formidable y gruesa verga en mi coño otra vez.
—¡Que linda que eres! … Estas mojada … lo sé porque tú coño está brillante …
—Estoy así por ti, bebé …
Extendió su mano hacia mis piernas, pero le detuve, me puse a horcajadas sobre sus muslos y me senté sobre él mirándolo de frente, agarré su pija dura y lentamente me bajé y me empalé hasta sus huevos. Sentí toda la largueza de su pene deslizarse centímetro a centímetro dentro de mi estrecho coño caliente, luego me detuve a disfrutar esa sensación de estar llenita con su verga. Paulo comenzó a sobajear mis tetas y esa fue como la señal para comenzar a dar pequeños saltitos sobre esa pija sabrosa y cálida, la sentía tan rica y durita. Automáticamente comenzaron mis gemidos, mis chillidos, mis grititos, suspiros, quejidos. Me perdí en una galaxia de lujuria, aceleré el ritmo, me sentaba con más fuerza sobre su verga. Todo eso sucedía mientras Paulo chupaba mis pezones, me agarraba de las caderas y enterraba su polla profundamente en mí. La sensación celestial estaba por completarse.

Él también gemía de placer descontrolado, porque mis músculos vaginales estaban succionando su verga y aumentando la maravillosa sensación en él. Sentía escurrir mis fluidos a raudales, nunca antes había experimentado esto, que un hombre pudiera ponerme así de caliente. Mis orgasmos se sucedían uno detrás de otro. Todo mi ser hormigueaba. Las maripositas no estaban solo en mi estómago, sino por todas partes. Cuando volví a correrme por la enésima vez, sentí que mi cuerpo flotaba en el espacio abierto en alguna desconocida dimensión. Sus besos me trajeron de vuelta a este mundo. Nos besamos maravillosamente, su lengua giraba detrás de mi lengua, había perdido la cuenta de mis orgasmos, pero presentí que Paulo se estaba acercando al suyo, gimió más fuerte y gruñó audiblemente, aferró fuertemente mis nalgas y movió mi chocho a lo largo de su pija dura. Finalmente comenzó a llenarme con su semen, chorreaba borbotones y borbotones de esperma en mi coño invitante. Era como un río que se desborda, palpitaba con olas y olas de esperma que chorreaban mis paredes vaginales, parecía no tener fin.

Era mucho tiempo que no recibía una descarga de semen en mi concha. Pero estaba segura de que esta era la primera vez que me rellenaban con una cantidad así de abundante. Disminuí la velocidad, pero aumenté el aprete de su polla, quería ordeñar su verga hasta sentirla totalmente vacía. Entonces me detuve y le sonreí. Estaba con la frente sudorosa y sus ojos lucientes, de seguro lo había disfrutado mucho. Su polla todavía estaba muy dentro de mí y todavía sentía unos estertores leves. Esta fue la primera vez que lo hicimos sin condón, la sensación fue sublime y no había nada que superara a lo que ambos habíamos sentido.

Me parecía simplemente maravilloso que un chico adolescente me hubiese hecho sentir de este modo, su pija se encogió lentamente hasta que salió de mi conchita. Había acabado tan profundo en mí, que muy poco semen salió de mi chocho, cogí un pañuelo y me cubrí mi vagina chorreante. Agotada me senté a su lado. Ninguno de los dos hablábamos, pero sus ojos estaban serenos y llenos de ternura hacia mí, le gustaba y a mí también. Me rodeó con un brazo y me acercó a él. Entonces no se de adonde, un pensamiento cruzo mi mente: ¿Y si él es mi hijo?

¡Dios mío!, tenía mi chocho rebosante de su esperma. Pensé que era más necesario que nunca que nos hiciéramos una prueba. Me acerqué a él y fui poniendo el tema, le expliqué que estaba sospechando de que él era mi hijo biológico. Se quedó sin palabras, pero notó que había preocupación en mi voz, se separó ligeramente de mi y me dijo medio en serio, medio en broma:
—¿Eso quiere decir que me he estado tirando a mi propia madre? …
—¿Te importa mucho de que podría se así? …
—¡No! … no creo … ceo que es hasta más intenso y cachondo …
—Creyendo que soy tú madre, también a mi me resulta mas caliente follar contigo …
Respondí con toda honestidad.
—Y si eres mi hijo, me gustaría que me siguieras mimando y me des más duro todavía …
—No te preocupes, porque a mí también me gustas … sería bueno tener una madre tan agradable, dulce, sexy y cachonda con la cual follar …
Me hizo sonrojar su respuesta, pero también me hizo muy feliz. Teníamos toda la tarde para nosotros, momentos después estábamos juntos en mi cama. Nos incitamos y excitamos el uno al otro en todas las formas posibles, al rato mi chocho era un manantial y su verga un tótem durísimo que pronto se deslizo en las profundidades de mi concha. Quizás el hecho de pensar que yo podría ser su madre lo hizo excitarse deveras mucho más que antes.

Nos revolcamos en mi cama en todas la posiciones posibles, nos amamos hasta el cansancio. Cuando mis fuerzas flaqueaban él venía en mi ayuda y me incitaba a continuar, cuando a él lo vi un poco fatigado, le mamé y chupé hasta que volvió a ponerse duro y seguimos amándonos. Un orgasmo acababa de terminar cuando otro se anunciaba, me emocionó hasta las lagrimas cuando él un par de veces me llamo “mamá”, me hizo comprender que la idea se había plantado en su cabeza también. Después de la enésima corrida en mi chocho y mirando la hora, acordamos de detenernos. Parecíamos una bonita pareja matrimonial bajo la ducha, luego nos vestimos y nos fuimos a la cocina a disfrutar de un refresco, conversamos sobre la prueba y me hizo feliz de que él también estuviera entusiasmado en hacerla.
—Pero si resulta que eres mi madre ¿Seguiremos teniendo sexo juntos? …
Me preguntó improvisamente, note en sus ojos el temor.
—Por supuesto, cariño mío … eres el único con el que quiero tener sexo ahora, seas o no seas mi hijo …
Me miró con una cara de alegría y agradecimiento, me dio un largo beso francés, luego lo acompañe a la puerta. Momentos después nos despedimos. Odiaba dejarlo ir, quería que se quedara conmigo para siempre.

La semana siguiente hice la cita con mi doctora de cabecera. Le expliqué la situación, me dijo que la prueba tardaba varias semanas. Esa tarde llamé a Paulo y le comuniqué la noticia, estaba contento y esperanzado, le dije que nos juntaríamos en el policlínico a la mañana siguiente para que nos tomaran una prueba. La mañana sucesiva, Paulo llegó muy temprano, estaba un poco nervioso al igual que yo. La doctora nos recibió en la oficina y nos tomo diferentes pruebas a ambos, ella se dio cuenta de que teníamos una relación muy estrecha entre Paulo y yo, ya que estábamos de la mano y no cesábamos de tocarnos afectuosamente. En un momento en que quedamos solos ella y yo, me preguntó:
—Él es un buen tipo ¿verdad? …
—Uno muy bueno y especial para mí …
—¿Le quieres mucho? …
—Es toda mi vida …
—Entonces disfrútalo, Norma …
Me sonrió y me guiño un ojo, me encantó su gesto y cercanía cómplice. Cuando Paulo volvió, nos fuimos a mi casa a desayunar. Teníamos todo el resto del día para hacer lo que quisiéramos. Apenas cruzamos el umbral de casa, Paulo me arrinconó detrás de la puerta y comenzó con sus besos franceses que me hacían derretir, me ayudo a quitarme mis jeans y yo le ayude a quitarse los suyos. Su polla estaba dura como mármol, y mi coño húmedo como una laguna, ni siquiera me saco mi tanga, solo la corrió hacia un lado y deslizó su ariete de carne dentro de mí, exhalé un gemido y un suspiro gigante cuando mi vacío vaginal se colmó con su verga dura y gruesa, estábamos sobre la alfombra al ingreso de la casa, jamás me imaginé follando en ese lugar, esa era la maravilla de este muchacho, no le importaba el lugar cuando su verga buscaba un coño caliente.

Me follaba a una velocidad vertiginosa, fuerte y profunda, en breve me hizo correrme sentí la tibieza de su semen vertiéndose en mi panocha, una vez más llenaba mi conchita, ambiente maravilloso para sentir su esperma fluyendo profundamente dentro de mí.

Comenzó una época romántica y apasionante entre nosotros. No podíamos vernos siempre, pero cada vez que nos resultaba de juntarnos, nos amábamos a cada minuto. Y no todo era follar y follar, también hablábamos sobre la prueba y nuestro futuro. Lo que haríamos si las pruebas eran positivas. No sabíamos cómo, pero acordamos vivir juntos, en esta ciudad o en otra donde nadie nos conociera, pero juntos.

—Esperemos los resultados primero …
Dijo Paulo sapientemente. Mi periodo se atrasó, pensé que, con toda la tensión de la prueba, mi estado nervioso había hecho la gracia y no me preocupé mayormente. Esta mañana nos había citado la doctora porque las pruebas estaban listas. Nos fuimos juntos al consultorio, más nerviosos que la última vez. Entramos a la oficina de la doctora tomados de la mano, ella dijo:
—Tengo muy buenas noticias para ustedes …
Nos acercó varios papeles y formularios que comenzó a explicar, estaba demasiado nerviosa para entender toda la explicación, sus términos eran muy técnicos, pero luego concluyo:
—… y eso quiere decir que la posibilidad de que ustedes sean madre e hijo es del noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento, prácticamente el cien por ciento …
Aunque si lo deseaba con todo mi corazón, estaba tan confundida que me resultaba difícil entender lo que significaban esos números.
—¿Es correcto lo que me estás diciendo? …
—¡Sí!, Norma … él es tu hijo … eres la madre de Paulo …
Me quedé con la boca abierta y lagrimas rodaron por mis mejillas. Mi deseo se hacía realidad. Nos abrazamos con Paulo y lo besé en los labios. Él me miraba incrédulo y emocionado. Hasta la doctora se sintió emocionada y nos abrazó. Me sentía maravillosamente bien, finalmente tenía la certeza de que Paulo era mi hijo. Pero las noticias no eran solo esas, la doctora dijo que tenía algo más que comunicarme:
—Tengo algo más que decirte, Norma … hice otras pruebas complementarias y no hay duda alguna de que estás embarazada …
—¿En serio? …
Ahora yo y Paulo nos miramos y la doctora notó nuestra aflicción, me acercó los resultados y efectivamente estaba embarazada, se me escapó:
—Vas a ser papá, cariño …
La doctora nos miró y dijo:
—¡Guau! … sospeche que tu hijo era el padre …
Recién entonces me percaté de mi error, la miré preocupada y ella me dijo …
—No te preocupes que tengo el secreto medico … nadie sabrá nada y no tengo copias de los informes y exámenes que te he hecho … tú te llevaras todo …
Me quedé más tranquila, luego dijo que ella supervisaría mi embarazo para ver que se desarrolle en completa normalidad, solo entonces me di cuenta de que estaba embarazada de mi propio hijo.
—¡Guau! … Ve y celebra que eres madre, has recuperado un hijo, y que estás embarazada …
Dijo la doctora cuando no levantamos para irnos. Una vez fuera ya no pude controlar más mis emociones. En los brazos de Paulo lloré de felicidad. Primero, la felicidad de saber que por fin después de tantos años, había vuelto a encontrar a mi hijo y, segundo, la buena noticia de estar embarazada. Todavía me parecía increíble, incluso Paulo no pudo contener su emoción y me saco una sonrisa cuando me abrazo dulcemente y me dijo:
—Mami … voy a ser papi …
Me encantó como lo dijo y me hizo sentir aún más feliz, después apoyo la palma de su mano en mi vientre y me acarició como si ya pudiera sentir al ser que crecía dentro de mí. Mi dilema, como explicar al mundo de que había encontrado mi hijo y que estaba embarazada de él. Decidí no decir nada a nadie y Paulo me apoyó en ese sentido, sería exclusivamente nuestro secreto y gozaríamos y disfrutaríamos de mi embarazo en pareja, él decidió venir a vivir conmigo.

Después de un par de días, Paulo ya se había mudado conmigo, cuando llegó a casa con todas sus cosas, le saludé con un:
—¡Hola!, papi …
Me miró con esa sonrisa de niño y me envolvió en sus brazos, quería tener sexo maravilloso con él, así que me apegué a él haciéndole sentir mis sinuosidades, con una pierna la enrollé en su pierna y restregué mi pelvis en la suya.

Sus padres adoptivos no estaban de acuerdo de que él se viniera a vivir con una mujer mayor, no sabían que yo era su madre biológica, pero sabían que me había embarazado de él, a meses de que él cumpliera su mayoría de edad, no hicieron mayores problemas y lo dejaron ir.

Una semana más tarde parecíamos una pareja como tantas, ahora podía verlo todos los días y sentirlo y tocarlo y, si nos venían ganas podíamos tener sexo inagotablemente. Paulo se demostró desde un principio que era un muchacho dulce y romántico y muy cariñoso. Estábamos en la cama teniendo sexo tantas veces como nos venía en ganas, o a veces en el sofá o incluso en la isla de la cocina, ningún lugar de la casa representaba un impedimento para nosotros. Y la sensación de su gruesa verga deslizándose dentro de mí, era siempre abrumadora. Me sentía y me hacía sentir muy especial cada vez que follábamos, especialmente cuando inyectaba sus copiosas descargas de semen en mí, el mismo esperma que me había embarazada.

Era un sueño tenerlo en mi dormitorio sin que nadie nos molestara y que me poseyera todas las veces que le viniera con el ímpetu de su juventud. Sentirlo todas las noches a mi lado y abrir los ojos en la mañana para sentir la tibieza de su cuerpo era una sensación que me daba seguridad.

Así como pasaban los meses, mi pancita crecía más y más y, también la preocupación de Paulo conmigo, ya sentía esa personita creciendo dentro de mí. Estaba usando ropas más anchas, mis piernas me dolían, estar embarazada no es sin altibajos. A veces estaba con nauseas y me ponía de mal humor, pero él siempre estaba ahí a mi lado, para apañarme, protegerme y darme cariño.

Siempre me demostraba que no estaba sola, estábamos embarazados los dos, me acompañaba a todos los controles médicos, siempre andaba detrás de mi para ayudarme, por la revolución de mis hormonas, a veces mi cuerpo enloquecía y buscaba su verga y lo follaba yo a él por horas, nunca me cansaba de correrme en sus dedos, en su verga, en su boca. Jamás él me dejó insatisfecha. Nunca olvidaré la primera ecografía. La carita feliz de Paulo era mi propia felicidad. Nos dijeron que tendríamos una niña. Esa tarde, el me hizo sentar sobre el diván, tomó solemnemente mis manos y me dijo:
—La nena no puede nacer en un familia no constituida … ¿Casémonos? …
Lo abracé y me eché a llorar:
—Si … sì … sì …
Le dije, e inmediatamente comenzamos a planear como hacerlo. Su documentación de identidad no lo relacionaba conmigo, no había ningún impedimento para casarnos por el civil. Pedimos la hora para casarnos, nos acompañaron dos de nuestros amigos y una mañana de sol esplendente, mi hijo se convirtió en mi esposo, padre de mi hija que estaba por nacer. Almorzamos en compañía de nuestros testigos amigos y luego nos retiramos a nuestra casa.

Mis piernas estaban hinchadas, en el umbral de nuestro dormitorio, él me tomo en brazos como recién casados, luego me susurró al oído que debíamos consumar nuestro matrimonio, de otro modo no era válido. Apoyó su mano en mi vientre y acaricio a su hija por sobre mi piel, pero no se detuvo ahí, me levantó el vestido y metió sus dedos en mis bragas, encontró mi chocho caliente y mojado, metió sus dedos entre mis labios y se los llevó a la boca:
—Quiero sentir el sabor del chocho de una mujer casada …
Me dijo sonriendo y acercando sus labios a los míos, mi vulva se contraía preparándose a recibir su verga majestuosa, terminé de desvestirme y el se apoderó de mis pechos que se habían agrandado casi al doble de su tamaño normal preparándose para la lactancia, amasó mis senos y chupo mis pezones sensibles, momentos después estábamos haciendo el amor. Hay hombres a los que no les gusta tener sexo con una mujer embarazada, pero para Paulo no había ninguna diferencia, me colocaba en todas las posiciones favoritas y me follaba incansablemente. Lleno de semen mi coño varias veces y también mis senos y mi boca, prodigios de su juventud.

Nuestro embarazo transcurrió sin problemas y di a luz a una niña saludable y regordeta. Estábamos felices con nuestra nenita, Paulo quería sentirse como padre y me ayudaba en todo con la bebé. Lloré de felicidad por vivir mi maternidad con él. Era la madre más feliz del mundo. Orgullosa de mi hijo-esposo y nuestra hija, la llamamos Antonella, ¿Qué tan hermosa puede ser la vida? No lo sé, estoy viviendo a concho estos momentos de felicidad y es lo que cuenta.

Llegará el momento de decir la verdad a nuestra hija, serán otros tiempos, para entonces mi hijo tendrá más o menos treinta y tres, nuestra hija será una adolescente, ¿Quién sabe lo que podría pasar? Yo solo sé que soy muy feliz con mi familia.

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