Lucila.

Written by , on 2021-02-20, genre incesto

¡Hola! soy Adriano de 21 años, tengo una hermana Lucila de 18, ella es hermosa, con una nariz respingona, cabellos oscuros muy largos, su cuerpo es como un reloj de arena, una cinturita pequeñísima con amplias caderas, lo que se produce en un culo con dos nalgas armoniosamente anchas, redonditas y duritas, su busto no es enorme, pero tiene lo suyo y se notan muy bien esas como naranjitas hinchaditas, cuando esta sin sujetador, la protuberancia de sus pezones hace enloquecer a cualquiera.


Hoy en día van de moda esas muchachas flacas con culos mínimos y sin tetas, como las modelos de las pasarelas que uno ve por Internet o en la Tele, a mí me gustan con sabor latino, con caderas pronunciadas y culos prósperos con que fantasear, como las bellas nalgas de mi hermanita.


Todo empezó una tarde en que nuestros padres salieron a festejar un aniversario de bodas y nos dijeron que iban a regresar muy tarde y que no los esperáramos, nos sentamos a ver la Tele después de haber cenado, era una tarde de verano calurosa, Lucila se adormeció y yo estaba viendo un anodino programa que me hacía bostezar, ella se deslizó en el sillón y sus shorts lila se le arremangaron por el muslo mostrando sus bien torneadas piernas, esos pantaloncitos son de esos anchos que parecen una falda, se le arremangaron tanto que se veía la carne blanca, la marca de su bikini, estaba sin bragas.


La calor la tenía un poco sudada y la polera ajustada, casi se rompía por la prepotencia de sus pezones que apuntaban al aire como dos armas cargadas, de un momento a otro se disparaban esos cosos y armábamos una tercera guerra mundial, pensé riendo para mis adentros, sus largos cabellos azabache ocultaban parte de su hermosísimo rostro.


Me quede mirando como hipnotizado esos muslos morenos y la parte más blanquita de su piel sin bragas, como hechizado me acerque a ella y me arrodillé silenciosamente junto a sus piernas, podía sentir el calor y la esencia de hembra que emanaba su cuerpo, toqué su muslo atrevidamente, no hubo ninguna reacción de su parte, continuaba a respirar normal y no se movía, esto me dio coraje para mover mis dedos hacía el borde blanquecino de su piel.


Me detuve cuando mis yemas tocaron ese límite invisible, levanté un poco la tela de sus shorts y pude ver sus pelitos rizados, mis dedos continuaron reptando hacía su tesoro, mis yemas palparon un enmarañado de vellos púbicos muy suaves, repentinamente apareció en la punta de mis falanges indagadoras, una fisura caliente y ligeramente húmeda, con mucho cuidado hice un poco de presión al borde de esos territorios nuevitos.


Lucila dejo escapar un gemido y un largo suspiro y como que se acomodó abriendo ligeramente sus piernas, yo mantenía mi mano a milímetros de su piel, solo la yema de mi dedo medio escarbaba en ese abismo caliente como el cono de un volcán.


Mi dedo comenzó a masajear delicadamente su chuchita, Lucila comenzó a gemir y su respiración se hizo más agitada, mi verga estaba un poco retorcida y durísima en mis pantalones que casi me dolía, apoye mi dedo índice y continué a masajear su botoncito, vi que una mano de ella alcanzaba uno de sus senos, atrapando la punta de uno de sus pezones, Lucila tenía todos sus cabellos sobre su rostro como escondiendo su calentura, ocultando lo que su cuerpo delataba, mi hermana estaba despierta y susurraba con una voz rauca ― no te detengas … ¡ssiii! … sigue … ¡huy! que rico … ― mi mano se movió a su remera de tirantes y se los baje por los hombros, muy luego sus hermosos pezones estaban libres e invitando a ser tocados.


Ya sin más necesidad de ocultar nada, le bajé sus shorts, ella levantó sus tobillos y se los saqué, su chocho inflamado y enrojecido por la excitación fue mi principal foco de atención, me acomodé para meter mis deditos en esa caldera en ebullición, sus jugos bañaban sus pelitos y seguían fluyendo, dos de mis dedos se hicieron camino en su conchita, mientras con la otra mano no dejaba de estimular su botoncito endurecido y vibrante.


Lucila se revolcaba en el sillón meneando sus caderas al son del ritmo que le imprimían mis dedos, había abierto sus muslos de par en par, estaba gozando, se mordía los labios y sus manos se movían en automático, como si quisieran atrapar algo en el aire, se abrían y se cerraban, levantó su chochito en el aire con violencia, después se dejó caer y estiro sus muslos tiesos y con un estremecimiento se corrió gimoteando, chillando, con su respiro afanoso y sus manos aferradas al sillón.


Me coloqué en medio a sus piernas y comencé a saborear los jugos de su chuchita que fluían sin cesar, sin tocar su delicado e inflamado botoncito, le abrí sus labios regordetes y los acaricié con delicadeza y ternura, ella seguía refugiada detrás de esos cabellos suyos que cubrían hasta sus tetas, jadeaba y de vez en cuando tiritaba, sentí sus manos acariciando mis cabellos, señal que aceptaba mis caricias a su chocho hirviente.


Por unos instantes retocé en esos muslos carnosos y suaves, besaba sus carnes morenas y acariciaba sus caderas voluptuosas, ella gemía y disfrutaba mis cariños, me desabroché mis jeans y tiré fuera mi verga dura como acero, ella se dio cuenta que me había bajado los pantalones y se arregló sus cabellos para tener la visual libre, sus hermosísimo rostro de muñeca angelical, no hizo más que ponérmela más dura aún.


Lucila me tiro de la mano haciéndome acercar a ella, se acomodó en el sillón y cogió mi verga en su mano, tiró mi prepucio hacia atrás haciendo emerger mi bruñida capela, sus tibios labios envolvieron mi aguzada asta, mi hermanita comenzó a chupármela con maestría, estaba tan caliente por ella que bastaron solo unos minutos para tenerme listo ― ¡oh! Lucila estoy por acabar … ¿dónde quieres que acabe? ― le pregunté ― échame un poco en las tetas y en mi cara … me gusta comerme el semen … échame un poco en la boca ― me respondió muy animada, aumento la velocidad de la mamada y no pude aguantar más ― ¡ooohhh! hermanita … ahora … ¡aaahhh! … ¡ssiii! … me vengo ― empecé a disparar los chorros de esperma, ella cerró sus ojos y recibió unos chorros en su angelical rostro, luego lo bajo a sus tetitas y por último abrió su boca y recibió los últimos chorritos, me succiono la verga con fuerza y luego se tragó todo, no podía abrir sus ojos porque tenía unos chorros en sus parpados, se limpió con sus dedos y se los llevó a su boca para lamerlos.


Una hermana así de bella y guarra, caliente y empeñosa, apasionada y tan femeninamente agraciada, con sus curvas, con esos ojos de sirena, esos labios brillantes de mi semen fresco, mi cerebro estaba hiper extasiado de tanta delicia hecha mujer, no podía quitar mis ojos de ella, de sus movimientos, no me soltaba el pene, lo refregaba en sus pezones, lo estrujaba para hacer salir una gota más para recogerla con su lengua ávida de esperma, desde mi altura yo me regocijaba de esta espectacular mujer que gozaba con mi miembro entre sus dedos y me miraba con esos ojos de querer más.


Le pasé mi remera para que se secara la lefa de su rostro, ella pestañaba pasa despegar el semen de sus pestañas, movía sus labios muy dulces mientras hacía esa faena, sus senos se erguían y bajaban con el movimientos de sus brazos, sus muslos estaban cerrados escondiendo su sexo, su pose como medio sentada en el sillón, pero si era como ver a la Betsabé de Rembrandt, una obra de arte de esas del renacimiento, me calentaba su pulcra desnudez.


Lucila desecho la remera a un lado y sus manitas aferraron mi pene otra vez, al parecer quería más y yo se lo iba a dar, se levantó y nos fuimos a su cuarto, ella me hizo recostar en su cama y se sentó sobre sus talones sin soltar mi pija que se estaba poniendo dura de nuevo, escalofríos y estremecimiento me provocaron sus carnosos labios aprisionando mi verga, mi hermanita volvía a chupármelo, yo acomodé dos de sus almohadas y me medio senté a gozar la mamada de ella, abrí mis piernas y ella se acomodó en medio, sus tetazas se apoyaron sobre la colcha y los bordes se expandieron a sus lados, sus largos cabellos volvieron a cubrir mi vientre y ella comenzó la furtiva tarea de subir y bajar sobre mi pene, oculta tras su tupida cabellera.


Estaba con los ojos semi abiertos gozando de lo lindo, mi hermanita se detuvo y se fue a su bolso, extrajo una tira con cuatro condones, volvió al lecho y con una maestría única, se colocó un condón en su boca y sin darme cuenta lo deslizó en mi pene endurecido al máximo, luego me monto y se empaló en mi asta enhiesta, su chorito apretado acorraló mi ariete dentro de sus cálidas y voraces carnes, sus teta se cimbraban cuanto comenzó a cabalgarme con sus manos en sus caderas, su cabellera fluctuante que cubría sus ojos que no se despegaban de los míos, mordía su labio inferior y profería gemidos y quejidos varios.


Ella estaba comiéndose mi pedazo de carne con fuerza y placer, se tocaba sus pechos y tironeaba sus pezones hacía arriba haciendo parecer sus tetas aún más grandes, sus gemidos se habían transformados en grititos agudos, mi pene estaba palpitando y mis cojones estaban por explotar ― hermanita me voy a correr … no puedo esperar … me voy a correr dentro de ti … ― le estaba casi gritando entre gemidos ― ¡no! … no lo hagas … no todavía … espérame … estoy casi llegando … espérame ― entre jadeos y gemidos, mi hermanita me pedía que nos corriéramos juntos, me mordí la lengua y aguanté un poco la respiración y traté de concentrarme, agarré su pezones y le di unas embestidas salvajes ― ¡ahora! … ¡ahora! hermanito … estoy viniendo … cógeme fuerte … ¡ooohhh! hermanito … ¡ssiii! fóllame fuerte … ― le di unos golpes bestiales y me corrí con mi hermana.

Lucila y yo nos convertimos en amantes, nuestro pasatiempo favorito era encontrarnos a follar como neo esposos en luna de miel, habíamos hecho casi de todo, lo única que faltaba es que mi pene invadiera su pequeñito orificio anal, ella no quería porque le temía al dolor, yo no cejaba de pedírselo en todos los modos posibles.

Era tanta mi insistencia, que ella accedió a que iniciara a toquetear su estrecho canal anal, mientras follábamos insertaba un dedito y a veces dos, ella de a poco empezó a habituarse a la sensación, otras veces mientras ella estaba boca abajo yo masajeaba sus nalgas, ella separaba un poco sus piernas y me dejaba que le dilatara el ano hasta meterle cuatro dedos en su culito, una tarde que se corrió con cuatro de mis dedos en su ano, ella me dijo que el día que se sintiera pronta pata darme su culo lo haría vistiendo una tanguita roja, esa sería la señal.


Al día siguiente, fui a un negocio de lencería y elegí cuatro tanguitas rojas, una con bordados, una como con plumitas de fantasía, una con la escrita “soy tuya” y una con encajes orlados, el todo para regalarle a mi hermanita Lucila, se las escondí debajo de su almohada, cuando ella regresó a casa, como a la media hora me sorprendió cuando salía del baño, me abrazó ― gracias por tu regalo … no te impacientes … ya llegará el momento ― me dijo guiñándome un ojo toda cachonda, a mí el pene se me puso duro instantáneamente.


Lucila había comenzado a gemir y mover sus caderas cuando yo jugada con su ano, ya no me reclamaba y aprendió a disfrutarlo, pero aún se rehusaba a darme su culito, a veces me hacía desesperar, entonces le pedía una buena mamada o ella de su propia iniciativa me pajeaba hasta dejarme seco.


Un tarde acordamos de ir a una disco a bailar, llamamos un Uber y cuando nos dirigíamos al local de costumbre, Lucila me beso en los labios dulcemente y me dijo en un susurro ― me gustaría ir a un motel, ¿te va? ― yo soy capaz de todo cuando ella se me insinúa con ganitas, así que tomé mi celular y cambié la destinación del Uber, el conductor me hizo un seño de asentimiento y nos dirigimos a un motel ya conocido por nosotros, ella me volvió a besar y se acurrucó a mí.


Llegamos, nos acomodamos en nuestra habitación y Lucila dijo que quería ir al baño, como todas las mujeres, se demoró un largo rato, pero la espera valió la pena, Lucila apareció en el vano de la puerta del baño, plegó un poco sus piernas con sus muslos muy juntos, separó sus brazos uno hacia un costado y el otro en alto, pero lo que hizo que mi miembro casi rebotara en mi vientre, fue la minúscula tanga con la escrita “soy tuya”, de un encendido color rojo,

Perdí toda compostura, no me salía ni siquiera el habla, todo lo que mi cerebro alcanzaba a procesar era la tanguita de color rojo, me desvestí en un santiamén y me fui a acariciar esas nalgonas redondas de mi hermana, me parecía de estar en el reino de las mil y una nalga, creo que está en alguna parte del extremo oriente, mojé su orificio anal con mi lengüita, luego le comí sus tetitas que sé le vuelve loca, luego baje a su conchita mojada y drené sus fluidos hacía mi boca, estaba gozando a mi hermana y ella gozaba de mis atenciones.


Nos enfrascamos en un sesenta y nueve que me permitió inserir deditos en su recto, Lucila se corrió en mis labios, la puse boca abajo con una almohada en su vientre, mis dos pulgares entraron fácilmente en el estrecho ano de Lucila, suavemente empecé a dilatar los bordes de su esfínter, su culito cedía cada vez más a la fuerza de mis dedos, ella gemía y meneaba su potito en forma invitante.


Me coloqué a horcajadas sobre sus muslos, su culito blanquito por las marcas de su bikini lucía cada vez más incitante, exhortaba a ser penetrado y yo no pude aguantar más, puse mi glande entre sus nalgas y ella con sus manos abrió sus glúteos, el boquete rosado dio la bienvenida a mi miembro, pude inserir casi la mitad de mi verga en su cuevita cálida, Lucila se quejó un poco y una de sus manos se colocó en mi vientre, detuve la penetración y esperé que ella se acomodara a mi pene.


Luego con el peso de mi cuerpo, terminé de hundirme en su pequeñísimo ano, me hice hacía adelante y comencé a mordisquear su cuello y sus orejas, con mis manos bajo su cuerpo alcancé su tetas para estimular sus pezones, cuando ella comenzó a gemir más fuerte, comencé a follarle el culo suavemente, sus gemidos aumentaron y abrió más sus piernas, al fin me estaba culeando a mi hermosísima hermanita.


Ella era totalmente mía, sus manos acariciaban mi torso, mi vientre, mis brazos, mientras contorsionaba sus caderas suavemente, le sentí gritar y estremecerse en un primer orgasmo, las contracciones de su esfínter casi me hace acabar también a mí, pero me detuve e hice mis movimientos más lentos y pude superar el momento, quería que esta primera vez de ella perdurara lo más largo posible, la estrechez de su ano envolviendo mi verga era algo que no podía terminar tan rápido ni tan abruptamente, le folle el culo por media hora y más, cuando comenzó a chillar, sollozar y menear su poto con intensidad, la empecé a follar con fuerza, casi con violencia y ella se corrió a gritos y llantos, yo descargue una cantidad inconmensurable de semen en su canal anal.


Lucila me arañaba los brazos y se quejaba guturalmente apretando sus glúteos y convulsionando en espasmódicas ondas orgásmicas, gruñía animalescamente, meneaba su potito sin cesar y jadeando afanosamente escondía parte de su lujuria en la almohada, nos quedamos así hasta que mi miembro victorioso, fue expulsado por su esfínter conquistador, habíamos combatido una pelea sin vencidos, ambas partes habían logrado una victoria enloquecedora de placer.


La encerré en mis brazos dándole miles de besos y caricias, ella estaba todavía en su nube de pasión, me dejaba a solazarme con sus carnosos labios, sus túrgidos senos, sus enhiestos pezones, sus torneadas caderas, una mano me aferró la verga ― no pensé que podría ser tan bello ― me dijo ― lo sé tesoro y me alegro que lo hayas disfrutado tanto como yo ― le respondí, ella alzo sus labios y besó los míos, ella con su mirada entre temerosa y tímida, me sonreía con esos ojos hermosos y su rostro divinamente inocente, me hacía estremecer y regocijo en el fondo de mi corazón, ella es una alma pura ― te amo, hermosa ― atiné a expresar, ella se acurruco más a mí y nos adormecimos.


Lucila me estaba haciendo cosquillas en los cojones, su manita acariciaba y sobaba mis testículos muy suavemente, mi polla se despertó de su letargo y comenzó a enderezarse en el aire en forma indolente, ganando poco a poco su energía, tomé su mano y la puse en mi pija, ella la envolvió con sus deditos y su pulgar empezó a hurguetear el orificio de mi glande, su dedo se comenzó a humedecer con liquido pre seminal, ella tomo esas gotitas entre su pulgar y su índice y jugaba a ver lo pegajoso del líquido entre sus dedos, luego se los llevó a la boca cono niña malcriada, que todo se lo lleva a la boca, me miró y lo repitió varias veces haciendo deslizar su lengua alrededor de sus labios.


Mi pene estaba otra vez pronto para cualquier cosa que ella me pidiese, yo quería sentir otra vez el sabor de su delicioso chochito, así que de a poco comencé a escurrirme hacía abajo, bese y mordisquee sus duros pezones, lamí sus exquisitas tetas, recorrí su vientre saboreando el sudor de su cuerpo sensual, su ombligo me obligó a detenerme e inspeccionarlo con mi lengua, su suave pelvis con sus vellos púbicos me anunciaba la proximidad de su sexo húmedo.


Me acomodé entre sus muslos y abrí sus labiecitos hinchados y gozadores, su carne rosada con el pináculo de su clítoris envuelto en su capucha de sutiles pliegues, llamaba en modo imperceptible a mi órgano lingual, el vaho que emanaba su chuchita era embriagante, adictivo, cautivante, algo que se apodera de tu voluntad, te somete, te fascina, te domina, mi lengua comenzó a desnudar su botoncito procurando exquisitos gemidos y temblores a Lucila, con mis dedos hice más para atrás la delgada piel y atrape en mis labios tan preciado prisionero, estaba masturbando su clítoris con la punta de mi lengua y ella comenzó a enloquecer, su mano se apoderó de mis cabellos y sus muslos aprisionaron mis mejillas.

Pero el morbo mayor era el incesto de follarme a mi hermana, eso me hacía hervir la sangre, además, esa carita suya de inocente y buena niñita me ponía a mil, no me cansaba de masajear sus tetas, de morder sus pezones, desfondar ese apretado chocho suyo, hacerla gritar de lujuria y verla contorcerse en valía de mi lengua que escarbaba en lo profundo de su vagina, ya se había corrido un par de veces cuando con mi cara bañada de sus fluidos, me levanté a mirar ese rostro que ella prefería esconder con su tupida melena, solo vi sus cabellos y unos labios semi abiertos desde donde escapaban sonidos de lascivia.

Refregué mi cara en las sabanas para secar un poco el sudor y los fluidos de ella, me fijé en su almejita con ese hoyito cerrado al centro como de virgencita y no pude resistirlo, se la clave como para crucificarla en mi verga, Lucila dejo escapar un gritito agudo y me amarro con sus muslos, comenzamos a follarnos como trastornados, una follada demencial, quien se la daba más fuerte al otro, yo la picaneaba con fuerza hasta el fondo, ella me apretaba y succionaba como para extraerme hasta el alma, su choro me devoraba la pija con unos músculos que ni Arnold Schwarzenegger tiene.


Ella soltó un chillido ― me corro … ¡ooohhh! … hermanito me corro … ¡oh! mi dios … ¡aaahhh! … ¡ssiii! ― yo se la metí todavía más fuerte y sus maravillosos músculos del chocho hicieron el resto, como si me estuviera ordeñando, su músculos vaginales me extraían toda mi leche a borbotones, me tenía como electrizado, sus contracciones y espasmos se transmitían a mi verga y mi semen salía sin parar.


Lucila se quedó inmóvil por casi media hora, respiraba y suspiraba en una quietud y paz post coital que es característico en ella, como que su mente se va a vagar por quien sabe dónde, yo me dedique a jugar con sus senos y cuando la vi que volvía a ser ella misma, mi amadísima hermanita Lucila, la abracé fuerte y la bese castamente en su frente ― hermanita, es hora de que nos vayamos … se ha hecho tarde y debemos regresar a casa … prepárate mientras yo me voy a bañar ― me levanté y me fui a la ducha, cuando regrese ella ya estaba vestida ― ¡Lucila! … ¿no te vas a ir a bañar? … ― le dije un tanto preocupado ― ¡no! … no quiero perder todo lo que me has dado esta tarde … dormiré con todo lo tuyo dentro de mí … ― me dijo y no pude hacer nada más que abrazarla y emocionarme un poco, estrechándola fuerte la besé, creo que nos hemos enamorado, no esta bien lo sé, pero al corazón no se comanda ni tampoco al señor cara de papa.
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