Mi hermana Lucía.

por
género
incesto

Era un tórrido viernes del último día de octubre. El sol se ponía perezosamente en el horizonte, tiñendo el cielo en colores de tintas amarilla, violeta y rojo. Me encontraba en el jardín cortando el césped de nuestra parcela de agrado a las afueras de la gran ciudad. Me encantaba refugiarme los fines de semana en este acogedor lugar y así mantenerme alejado del agitado y caótico sistema de vida de la ciudad. Solo el sonido mecánico de la cortadora de césped interrumpía un silencio paradisiaco, acompañado solo por el murmullo de una ligera brisa, junto al trino y gorjeos de zorzales y mirlos reclamando su territorio y comer alguna semilla de pasto que había esparcido sobre el césped. El sudor recorría mi frente y hacía que la musculosa se pegara a mis pectorales. Ya estaba deseando de meterme bajo la ducha fresca y tonificante. Luego descansar agotado por la ardua tarea.


A mis cuarenta años, había conservado mi agilidad consuetudinaria, mido un metro ochenta y cuatro. Tengo un físico bien cuidado, pero no el de un culturista, más bien solo bien tonificado y definido gracias a una sesión semanal de carrera y gimnasia. No soy un fanático, pero me gusta estar atento a mi bienestar y presencia.


Al reentrar en casa, sentí la frescura del ambiente. En el sofá de la sala de estar, inmersos en un sueño profundo, estaban mi hermana Lucía y mi cuñado Antonio. Habían escapado de la ciudad para gozar de un par de días de descanso, habían dejado sus hijos con los abuelos y ellos pensaban en acercarse conyugalmente más en la tranquilidad de la campiña.


Mi hermana Lucía era una mujer excepcional, con un cuerpo tallado por el cincel de algún famoso artista del ochocientos. Estatuaria, como una diosa del Olimpo de la antigua Grecia. Un cuerpo moldeado por ejercicios gimnásticos y de danza clásica. Desde la adolescencia ella había despertado en mi un insaciable deseo de poseerla carnalmente. Ella fue la inspiración de mis primeras masturbaciones. Cuantas veces la espié en secreto y a veces con vergüenza y curiosidad cuando ella se cambiaba o salía de la ducha envuelta en su corta bata de baño, mostrando esos muslos maravillosos, cabellos mojados que se adherían a su piel y ese caminar coqueto moviendo sus caderas deliciosamente.


Lucía es tres años menor que yo y Antonio es tres años mayor que yo. Llevan diez años de casados y tienen un hijo y una hija. Mi relación con Antonio era excelente, además físicamente éramos asombrosamente muy parecidos.


Estar en esta casa de campo era simplemente agradable y era imposible no relajarse ante tanta quietud y tranquilidad. La casa era una antigua propiedad campestre de nuestros padres y tenía algunos desajustes. La manija de la puerta del baño no cerraba, los accesorios del baño eran viejos y pasados de moda, la ducha no tenía una cortina y la vasca estaba un poco amarillenta por el poco uso. Tenía un plan a futuro de arreglar todas estas pequeñas deficiencias y estaba ahorrando algún dinero para comprar mobiliario nuevo, una cortina para el baño, una nueva manija y tantas otras cosas que necesitaban ser reparadas o modernizadas, pero lo primero era reunir el dinero necesario para ello.


Viendo que mi hermana y mi cuñado dormían profundamente. Entré al baño y me quité la ropa sudada, dejándola caer sobre las baldosas. Entré en la vasca dejando que el agua tibia golpeara mi cuerpo, un agradable escalofrío despertó mis sentidos. Mientras me enjabonaba, mi mente recordó el cuerpo perfecto y escultural de mi hermana. Sentí un poco de envidia y celos al pensar que Antonio era quien gozaba de todos sus favores. Las imágenes de mi hermana hicieron hervir mi sangre y mi polla pronto estuvo dura como el granito bajo las caricias de mi mano jabonosa. Comencé a masturbarme, abrí mis piernas y eché mi cuerpo un poco hacia adelante, mi respiración se hizo afanosa y gemí de loca lujuria al aumentar la velocidad de mi mano.


De repente se abrió la puerta del baño de golpe. Jadeé con mi pene en mano y me dio un poco de miedo y vergüenza. Nunca me había sucedido algo así. Abrí mis ojos y vi a mi cuñado petrificado en el vano de la puerta. Su mirada estaba fija en mi polla erecta en todo su esplendor. Me pareció de vislumbrar un destello de astucia en el rostro de él. Me volteé rápidamente avergonzado.
—¡Oh, lo siento mucho! …
Tartamudeó mi cuñado en un tono de voz mixta de vergüenza y asombro.
—No pensé que estuvieras en el baño … Solo necesito orinar …
Ahora le daba la espalda, pero él ya había visto todo lo que había que ver.
—Haz lo que tengas que hacer … Sólo tengo que terminar de enjuagarme …
Le dije con una voz sorprendentemente tranquila. Cayo un denso silencio interrumpido solo por el ruido del agua. Sentí que él todavía quería fisgonear mi erección. Escuché su orina en el inodoro y él rompió el silencio diciendo:
—Te felicito, Gino … Tienes una herramienta bastante grande … Quizás a cuantas mujeres han hecho felices …
Me reí nerviosamente, no me parecía apropiado recibir halagaos por mi polla de parte de otro hombre, menos del esposo de mi hermana.
—¡Gracias, cuñado! …
Volvió a caer un embarazoso silencio en el cuarto de baño; él terminó de orinar y lo sentí acercarse al lavamanos para lavar sus manos. Entonces él agregó:
—De todos modos … Tenemos el mismo físico … Pero ahora que he visto lo que te regaló madre natura, creo que eres increíble …
—Eso lo dices tú, pero yo no he visto nada y no puedo comparar …
Le dije en son de broma para aliviar la tensión. Antonio se giró y fue en dirección de la puerta, se asomó hacia la sala de estar y volvió a cerrar la puerta, regresando al lado de la ducha:
—Lucía esta profundamente dormida … Ahora te muestro para que veas la diferencia entre tu y yo …
Desabrochó el cinturón de sus shorts y se subió la remera sobre su ombligo, luego se bajó sus pantalones cortos junto a sus boxers.
—Gírate para que podamos vernos nos dos en frente al espejo …
Me sentí en una situación surrealista, como en un ambiente paralelo, algo muy extraño. Retiré la mano de mi polla que se había reblandecido ligeramente y me giré. En el espejo estábamos reflejados mi cuñado y yo con nuestras pollas en vista. Mi polla endurecida era muchísimo más grande que la de mi cuñado. Tras unos segundos de silenciosa observación, mi cuñado rompió el silencio:
—Físicamente somos como dos gotas de agua … Muy bien podrían tomarte como mi hermano gemelo … Pero para ser honesto … Tengo que reconocer que ahí abajo me superas con creces …
Nunca había visto la polla de mi cuñado, pero así a simple vista, era evidente que mi arnés era casi el doble de la de mi cuñado. Nuestros físicos eran extraordinariamente iguales en color de piel, musculatura, color de cabellos, pero hasta ahí llegaba la semejanza. Mi polla era indudablemente mucho más grande que la de Antonio. Pero lo que vino enseguida me sorprendió sobre manera.
—Escucha Gino … Ahora que estamos desnudos el uno frente al otro … Quiero preguntarte algo …
Me dijo Antonio en un tono de voz casi susurrado.
—Es algo que me avergüenza un poco … Pero tengo que decírtelo solo a ti … Con tu hermana tenemos una muy buena relación … Pero del punto de vista sexual, últimamente no ha sido muy buena … Entonces, ya que somos tan parecidos, ¿Te gustaría sí creáramos una situación en la que Lucía no pudiera reconocerte … Entonces fingiendo ser yo … Volverla loca con esa herramienta que tu tienes? …
No podía creer lo que estaba escuchando. Mí cuñado me ofrecía de follar a mi propia hermana haciéndome pasar por él. Prácticamente era el sueño de toda mi vida; un deseo oculto y prohibido que había iniciado en mi adolescencia y ahora mi propio cuñado me lo ofrecía en bandeja de plata. Estaba atónito, sorprendido e incrédulo. No sabía que responder. En eso nos llegó desde la sala de estar la voz somnoliente de Lucía:
—¿Antonio? …
Rápidamente Antonio se subió el shorts y sus boxers, acomodó su remera y antes de salir del baño me dijo:
—Avísame esta noche que es Halloween y poder organizar algo, ¿vale? …
Antonio salió de prisa del baño, dirigiéndose hacia Lucía que parecía haberse levantado. Permanecí en el baño, mi cuerpo todavía caliente y excitado, además de sorprendido pensando a la absurda propuesta de mi cuñado.


No podía dejar de pensar en ello cuando me senté a la mesa para disfrutar la cena de “linguine alla puttanesca y salmón asado”, preparado por Lucía según la receta de nuestra madre. Antonio intercambiaba interrogantes e insistentes miradas conmigo. Cuando Lucía nos daba la espalda asentí con mi cabeza y el rostro de mi cuñado pareció iluminarse mientras me mostraba su mano con su pulgar hacia arriba.


Más tarde, mientras Lucía lavaba los platos. Antonio y yo salimos a la terraza del patio a beber un rico limoncello con hielo. El aire del mediodía era ligeramente cálido y húmedo. Entonces Antonio comenzó a decirme:
—¡Gracias por aceptar, Gino! … Esto es lo que haremos: … Mañana es Halloween … Dirás que tienes que ir a la ciudad mañana por la tarde … Yo convenceré a Lucía de pasar una tarde romántica … A ella le gustan los jueguitos eróticos … Nos disfrazaremos con antifaces … Ella entrará a la cochera que está muy mal iluminada y tiene ese gran mesón donde trabajaba tu padre … Le haré saber que la esperaré allí para asaltarla sexualmente … Me vestiré con el disfraz del Zorro que ella adora y te dejaré a ti un disfraz similar en el mueble del porche … Lo único que debes tener en cuenta es que a Lucía no le gusta el sabor del semen, así que no trates de obligarla a nada de eso … Por el resto puedes hacerle todo lo que quieras … Le encanta el sexo anal, si lo haces con cuidado, sé que ella lo va a disfrutar … Yo entraré contigo y me esconderé en el extremo donde no hay luz …


Me quedé analizando todo el plan de Antonio y al final me autoconvencí de que podría funcionar. Volvimos a casa e inmediatamente le dije a mi hermana:
—Lucía … Mañana iré a la ciudad a comprar algunos materiales para reparar la puerta del baño, comprar una cortina para la ducha y cotizar algunos artefactos sanitarios para reemplazar los del baño … Creo que voy a regresar muy tarde, no me esperen para la cena …
Ella hizo un movimiento con su cabeza, pero no hizo ningún comentario ni prestó mucha atención. Antonio la miró con una sonrisa y se acercó a ella para abrazarla desde atrás y susurrarle algo al oído.


La noche me pareció eterna. Casi no pude pegar ojo y mi polla permaneció en perenne excitación. Recordé cada una de las palabras de Antonio. Sentí varias emociones encontradas, excitación, incredulidad y un poco de culpa por estar haciéndole esto a mi hermana. Después de almuerzo me preparé, saludé a mi hermana y a mi cuñado y salí con mi auto hacia la ciudad. Ahora era el turno de Antonio de impedir que mi hermana me viera regresar de a pie después de haber escondido mi auto bajo el gran sauce.


El plan estaba funcionando, regresé a la cochera y encontré el disfraz del Zorro. Me puse la máscara negra que cubría parte de mi cabello y la amarré a la nuca. También estaba el sombrero cordobés de ala ancha que usa el enmascarado jinete.


Pasó menos de media hora y Lucía entró en compañía del otro Zorro, su marido, a la cochera mal iluminada. El Zorro le dio unos empujones interpretando una versión agresiva del personaje y Lucía jadeó y opuso una fingida resistencia.
—Por favor, Zorro … No me hagas daño …
Noté el temblor en su voz, pero no me pareció de miedo sino de excitación.
—¡Sssshhhhhh! …
Fue el sonido del enmascarado llevando un dedo enguantado de negro a sus labios. ¡Los guantes! ¡Diablos! ¿Dónde dejé los guantes? Por suerte solo los había metido en mi cinturón, rápidamente me los calcé sin hacer ruido. No podía creer que mi hermana estuviera a pasos de mí, ignara de todo lo que su marido había planeado.


Antonio la tomó y la puso sobre el mesón de trabajo. Mi hermana estaba recostada sobre el mesón de trabajo, donde había una frazada puesta a propósito allí. Desde esa posición ella no podía verme, entonces Antonio caminó decididamente hacia mí e hicimos el cambio, él se escondió en la oscuridad y yo salí a interpretar mi parte.


Lucía tenía un antifaz rojo. Me acerqué como un depredador violento y abrí su ceñida blusa blanca arrancando alguno de sus botones y desgarrando la delgada tela. Ella vestía un hermoso sostén de encaje negro con broche entre sus senos. Lo desaté violentamente liberando sus pechos llenos y turgentes. Ella emitió un gutural gemido al sentir el aire sobre sus tetas. Me abalancé sobre su cuello y la bese, pasando mi lengua por su tersa piel, le di un chupetón dejando una visible marca rojiza en él.


Las manos de Lucía se deslizaron instintivamente a tantear mi pene que ya estaba duro como piedra. Sentí sus dedos tratando de tocar mi polla por sobre la tela de mis pantalones y los alejé, no quería que ella se diera cuenta de la diferencia entre su marido y yo. Para asegurarme que no lo volviera a hacer le aferré las manos con fuerza y se las llevé por sobre su cabeza, debía ser yo a guiar el jueguito.


Con cierta animosidad le bajé la falda y luego las bragas. Por primera vez contemplaba el escultural cuerpo desnudo de mi hermana y su desnudez me impactó. Era realmente un primor delicioso. Su vellosidad púbica oscura y rizada formaba un diminuto triangulo sobre sus labios cerrados, húmedos e invitantes. Me quedé hipnotizado mirando esa rajita adorable; mi polla dio varios respingos y se formó una especie de vacío en mi bajo vientre.


Ella intentó tocar mi dureza masculinidad nuevamente, entonces tomé unas cuerdas que habían sido dejadas listas para tal objeto y até sus manos al tornillo del mesón de trabajo por sobre su cabeza. Ahora no volvería a intentar explorarme y descubrir las diferencias anatómicas entre mi cuñado y yo bajo mis pantalones, donde se escondía mi pene pulsante e incontrolable. Noté que ella estaba en las garras de una irrefrenable locura, sus ojos brillaban bajo el antifaz y su respiración se escuchaba bastante agitada.
—Por favor, Zorro … No me hagas daño …
Susurró entre dientes y su voz se escuchó como una invocación de urgencia para que siguiera haciéndole más cosas.


Me bajé los shorts junto a mis boxers y la brillante cabezota de mi pene ya estaba manchada con trazas de líquido preseminal y se movía en el aire como sintiendo la proximidad de una conchita ganosa. Me acerqué al cálido entrepierna de mi hermana que exudaba calidez y una fragancia de hembra excitada. Besé sus pechos y chupé sus pezones duros y oscuros, succionándolo suavemente entre mis labios. Todo lo que había fantaseado con ella ahora lo estaba haciendo realidad; ella gimió y se retorció agitando sus piernas, frotando sus muslos estrechamente.


Me tomé mi tiempo acariciándola, besándola, masajeando su maravilloso cuerpo por cerca de una hora; explorando cada centímetro de su piel de alabastro, lamiendo sus tetas, mordisqueándolas ligeramente, amasándolas en mis manos. Sus gemidos se hicieron más audibles y empujaba su ingle hacia arriba, girando sus caderas sicalípticamente.
—¡Por favor, Zorro! … No me hagas eso …
Dijo como en una plegaría. Acerqué mi polla a su hendedura que parecía una laguna. Su labia estaba hinchada y enrojecida. Su turgente clítoris asomaba entre sus pliegues como un rubí pulsante. Ella se retorcía y empujó su vagina contra mi pene, la cabezota separó sus apretados labios que envolvieron mi tumefacta y dura polla casi succionándola al interior de su coño. Un gutural gemido de aceptación y cachondez escapó de su boca cuando la penetré con los primeros centímetros amoratados de mi verga.


Con un decidido pero calibrado empujón se lo metí más alla de su anillo vaginal, esto provocó un grito lujurioso en ella, mezcla de placer y liberación de goce reprimido. Su vagina era estrecha, cálida y resbaladiza, envolvía acogedoramente mi pija pulsante y caliente. La agarré por las caderas y hundí toda mi polla en ella, Lucía abrió su boca como para gritar, pero solo un gemido gutural salió de su enronquecida garganta. Golpeé su pelvis contra la mía, un sonido de bofetada inundo la cochera y comenzó a repetirse:
—¡Slaps! … ¡Slaps! … ¡Slaps! … ¡Slaps! …
Por el rabillo del ojo vi preocupante la figura de Antonio que se acercaba a mirar. De alguna manera esto me excitó al máximo y comencé a follarla con algo de violencia e irrefrenable desesperación, me parecía tan erótico tener a mi cuñado queriendo ver como follaba a su mujer, mi propia hermana.


El sexo fue salvaje e ininterrumpido. Lucía era una masa de carne temblorosa y agitada por el placer de su lujuriosa excitación. Chillaba y gritaba, tironeaba las cuerdas tratando de liberarse y sus uñas rasguñaban la soga que la mantenía atada. La follé impetuosamente, empujando una y otra vez mi polla dentro de su conchita, nunca había sentido tanto placer con otra mujer. Pero quería más.


La desaté, ella movió sus dedos y sobajeó sus muñecas, luego puso sus manos en mi hombros y me tiro sobre ella. Volví a aferrar sus muñecas y las coloqué sobre su cabeza. La hice descender del banco de trabajo y la puse a noventa grados con sus tetas sobre el mesón. Jadeé al ver su maravilloso culo redondeado con sus nalgas blancas y apretadas escondiendo su ceñido agujero, metí mis dedos en su vagina y arrastré los fluidos candentes de su coño a cubrir la estrellita de su ano. Lucía jadeó cuando sintió mis dedos sondeando su esfínter. Sus glúteos se contrajeron y su cuerpo se puso tenso.
—¡Amor, me encanta cuando me rompes el culo … Pero hazlo suave … Sabes lo delicada que soy de esa parte … Me vas a volver loca, tesoro … ¡Vamos! … ¡Folla mi culo! …
—¡Sssshhhhhh! …
La hice callar mientras forzaba tres de mis gruesos dedos en su trasero apretado. Luego con mis manos forcé sus glúteos hacia los lados para exponer su orificio y empujé mi cabezota entre sus nalgas. La ceñida y elástica carne fue cediendo poco a poco. Lucía enderezó un poco su espalda y empujó contra mi polla y mi ariete se deslizó en lo profundo de su trasero. Empujé varias veces hasta tomar un ritmo acompasado, azotando sus posaderas con mis muslos.
—¡Slaps! … ¡Slaps! … ¡Slaps! … ¡Slaps! … ¡Slaps! …
La hice mía totalmente. Había follado su estrecha vagina y ahora mi polla estaba enterrada completamente en su prieto culo. Los piernas de Lucía temblaban y agudos chillidos salían de su garganta mezcla de dolor y placer extremo. Dejé escapar un gemido y me apronté porque mi clímax estaba aproximándose.


Lucía se percató de esto y con un movimiento fulmíneo, sacó mi polla de su culo, rápidamente se arrodillo frente a mí, agarró mi polla y se la llevo a su boca con los ojos brillando de deseo insaciable. No tuve tiempo de decir nada. La boca de mi hermana se sentía cálida, húmeda y envolvente. Chupó y masturbó mi polla haciendo bailar su lengua sobre mi cabezota y no pude aguantar más:
—¡Uuuggghhh! … ¡Uuummmmmm! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Aahhhhhh! …
Potentes chorros de semen salieron de mi verga pulsante y Lucía no se hizo a un lado, tragaba y tragaba apretando mi polla para ordeñar hasta la última gotita de mi semilla. ¡Y eso que no le gustaba!


Me sentí exhausto y tiritaba de la cabeza a los pies, pero estaba feliz y satisfecho. Se había hecho un silencio en la cochera, el único sonido era el de nuestras respiraciones agitadas. Eso era todo, debía intercambiarme con Antonio.


Lucía parecía a punto de desmayarse cuando la levanté de suelo, la puse sobre el banco de trabajo y ligué sus muñecas. Ni siquiera protestó. Me fui al rincón en penumbras y vi a Antonio todavía con sus pantalones y una tremenda erección abultando la delgada tela.
—¡Rápido! … ¡Desnúdate y desátala! …
El se quitó la ropa, su polla presentaba una furiosa erección, espontáneamente me abrazó:
—¡Gracias! … ¡Gracias, por hacer esto por mí! …
Luego se giró y se fue hacia el mesón. Observé paralizado como él se dirigía al lado de su esposa. Vi cuando él la desató, el cuerpo de Lucía brillaba de sudor. Antonio le quitó el antifaz y luego se quitó el suyo, inclinándose para besarla. Ella le echo los brazos al cuello y se besaron con pasión. Escuché claramente cuando Lucía le decía a su marido en un tono de voz enronquecido:
—¡Estuviste fantástico! … Me gustó mucho este juego de enmascarados … ¿Qué tal si nos ponemos las mascaras y vuelves a follarme por el culo? …
Antonio volvió a meterla en posición sobre el mesón y rápidamente la penetró. Lucía dio un chillido de goce mientras él se medio giraba con su mano derecha hacia mí y alzaba su dedo pulgar hacia arriba. Sonreí, había hecho realidad mi fantasía en una forma inesperada y depravada, pero no tenía ningún sentimiento de arrepentimiento. Sigilosamente salí de la cochera, me vestí y me fui hacia mi auto.


Fin


***** ***** ***** ***** ***** ***** ***** *****



El regalo más preciado de quien escribe es saber que alguien está leyendo sus historias. Un correo electrónico, a favor o en contra, ¡Tiene la magia de alegrar el día de quien construye con palabras, una sensación y un placer!



luisa_luisa4634@yahoo.com

escrito el
2026-07-26
1 0
visitas
0
votos
evaluación
0
tu voto
Denuncia abuso en esto relato erótico

Continuar leyendo cuentos del mismo autor

historia previa

Zoe y Toqui.

Comentarios de los lectores sobre la historia erótica

cookies policy Para su mejor experiencia del sitio utiliza cookies. Al utilizar este website Usted consiente el uso de cookies de acuerdo con los términos de esta política.