Apolo se queda conmigo.

por
género
confesiones

Milena Ruiz yacía despierta sobre la gran cama King Size que compartía con su esposo desde hace ocho años, miraba el silencioso ventilador de techo que giraba silenciosa y perezosamente en la oscuridad. El ambiente estaba tranquilo excepto por los ronquidos rítmicos y constantes de su marido Pedro que dormía profundamente a su lado.


A los treinta y dos años, Milena todavía hacía voltear las cabezas a hombres y algunas mujeres. Su cuerpo era gracioso y lleno de mórbidas curvas; pechos de copa D, cintura estrecha y amplias caderas, cabellos rubios como los de su abuela polaca y ojos verde mar como los de su padre italiano. Por sus venas corría sangre caliente de la Sicilia o tan caliente como los caudales geotérmicos de Podhalańska, en la pequeña Polonia, pero por dentro sentía que comenzaba a enfriarse.


Su marido Pedro se había vuelto distante. A las largas horas de trabajo en la firma de software para pagar la hipoteca de la casa, se habían añadido los fines de semana para ir de pesca con sus amigos o hacer experimentos y carreras de autos con ellos. Su otrora apasionada y cachonda vida sexual se había reducido a rápidos e intrascendentes encuentros cada poca semanas —Misionero-luces apagadas-descarga en minutos-fin del evento— A Milena le dolía el alma frustrada e insatisfecha. Su pequeño coño hervía como un géiser; mojado y caliente. Mientras tanto, su marido dormía como un tronco.


Había probado con sus dedos, con juguetes, viendo pornografía en su celular, lectura de relatos; incluso le habían sugerido un asesoramiento por un psicoterapeuta de parejas, pero Pedro había descartado todo e insistía que era solo causa de un poco de “estrés”.


Esa noche las ganas eran insoportables. Su fino y delgado camisón trasparente, se había subido hasta su ombligo exponiendo su suave y bien afeitado montículo y sus regordetes labios exteriores parecían querer salir de su apretado coño al aire fresco del dormitorio. Apretó sus muslos muy juntitos tratando de apagar el incendio voraz de su caliente panocha empapada.


Un repentino crujido del colchón la puso en alerta. Apolo, su gran Rottweiller de cincuenta kilos de peso había saltado a la cama. Su nariz fría y mojada olisqueaba el interno de sus muslos. Antes de que ella pudiera reaccionar, la lengua larga, tibia, áspera y mojada del perro, rastrilló el surco cerrado y apretado de su coño:
—¡Ooohhh! … ¡Ummmmmm! …
Jadeó suavemente abriendo sus ojos a desmesura. La sensación había sido como un golpe eléctrico. Esa lengua caliente había repetido el movimiento lamiendo sus pliegues hinchados, copiosos fluidos afluyeron de su manantial y Apolo lamio sediento todo lo que emanaba de su concha caliente.


Esos lengüetazos eran largos y lentos e iban desde la parte inferior de su rajita hasta los pliegues de la parte superior donde se refugiaba su clítoris, el cual se despertó rígido, carnoso y prominente. Un escalofrío de placer la hizo arquear su espalda y tapó su boca con una mano para no gemir audiblemente.
—¡Apolo! … ¿Qué estás haciendo? …
Susurró con un hilo de voz. Su corazón latía agitado y salvaje. Este era el perro de la familia. La mascota juguetona que me recibía todos los días a la puerta de casa cuando regresaba del trabajo. Pero él no se inmutó, continuó a lamerla en forma constante e insistente. Su hocico se hundía en su entrepierna buscando de ensanchar la fisura desde donde salía ese exquisito néctar de coño.


Choqueada, se mantuvo inmóvil por varios segundos. Luego se despertó el instinto de mujer cachonda e insatisfecha y su coño comenzó a temblar. Desde las profundidades de su panocha emergió una sensación primaria y abrumadora. Los labios mayores de su vagina se hincharon y se separaron debajo de la lengua rasposa de Apolo, mientras una nueva excitación inundaba de sensaciones olvidadas todo su cuerpo. Sus areolas se ensancharon y sus pezones puntiagudos apuntaron como cimas de montaña contra la delgada tela de su camisón.
—¡No, chico malvado! … ¡No! …
Respiró agitada mientras se inclinaba con una mano temblorosa para empujar la gran cabeza del Rottweiller. Pero sus dedos solo se enroscaron en su negro y suave pelaje negro y lo apretó contra su coño en vez de empujarlo. Involuntariamente sus caderas se movieron y separó ligeramente sus muslos, para sentir esa lengua caliente y húmeda más profundo dentro de su coño.



¡Esto es una locura!, pensó. Mí marido está aquí mismo. ¡Oh, cielos! ¡Si se despierta! Se aterrorizó, pero apretó su coño con más fuerza, haciendo salir más jugos que Apolo prontamente lengüeteó fascinado. Un largo barrido de la lengua de Apolo rozó su ano, la apretada hendidura de su rajita mojada, aplastó sus mojados labios menores y finalmente arrastró parte de sus fluidos sobre la capucha de su clítoris, arremangándola y bañando su botoncito del placer enhiesto y duro como un diamante.
—¡Hmmmmmm! …
Gimió mordiendo su labio inferior y sin quitar la vista de su marido. Todo sonaba obsceno, húmedo y cachondo. Las lamidas de Apolo parecían estremecer todo, desde los cimientos de la casa hasta Soplonear las pesadas cortinas de las ventanas. Los muslos de ella temblaron. Involuntariamente sus piernas se abrieron un poco más, la lengua de Apolo se metió más adentro, escarbando los fluidos que afloraban desde las profundidades de su panocha. El perro lamía afanosamente el delicioso néctar líquido de Milena y llegaba a su clítoris estimulándolo magistralmente.
—¡Joder, buen chico! … ¡Me estas matando! …
Gimió en un hilo de voz. El placer dentro de ella estaba haciendo que su cuerpo entero se electrificara y al interior de su cuerpo se sentía cómo sí un enorme resorte se tensara pronto a saltar. Toda su vulva estaba empapada de fluidos con los lengüetazos de Apolo. Su marido rara vez le practicaba sexo oral y cuando lo hacía, lo hacía sin entusiasmo. Pero Apolo, él la estaba literalmente devorando como si saboreara el alimento más delicioso que jamás haya probado. Intentó vanamente resistirse por última vez.
—¡No, Apolo! … ¡Detente! … ¡No puedes hacerme eso! …
Pero sus manos no hicieron ni el menor intento de alejarlo; en forma instintiva habían subido a sobajear sus grandes tetas y a pellizcar su pezones endurecidos por sobre su camisón.


El peligro de ser atrapada a gozar con la lengua de Apolo aumentaba cada sensación de placentero goce. Cada áspera metida de esa lengua ancha y caliente, hacia salir chorros de jugos que mojaban el hocico y la fría nariz del perro, lo que hacía aumentar la velocidad de las lamidas. La respiración de ella se volvió bastante irregular. Milena sabía que debía alejarlo, pero la exquisita presión había hecho hundir su vientre y mover sus caderas cadenciosa y suavemente, empujando su montículo húmedo contra el persistente hocico de Apolo.
—¡Oh, sí, buen chico! … ¡Ahí mismo! … ¡Ssííí, ssííí, assííí! …
Bisbiseó con su boca abierta sin poder detenerse. Volvió a sentir una nueva ola de vergüenza, pero esa misma vergüenza sólo sirvió a alimentar el fuego que había en su coño. Se tapó la boca con ambas manos cuando sintió el primer orgasmo:
—¡Mmmmmmm! … ¡Hhmmmmm! … Mmmmmmmmm! …
Su coño se contraía violentamente, arrojando chorritos calientes sobre la lengua de Apolo. Sus tetas tiritaban y sus muslos también. Sus piececitos estaban encorvados con sus deditos que se movían en forma descontrolada, mientras intentaba no retorcerse acusando su placer prohibido.


Su marido se movió ligeramente y balbuceó algo incoherente antes de girarse hacia el lado contrario. Milena se congeló paralizada, su corazón latía con fuerza y parecía querer escapar por su garganta. Apolo impertérrito, seguía lamiendo perezosamente su labia temblorosa. ¡Santo cielo! ¡Eso estuvo cerca!, pensó.


Cuando se percató de que su marido seguía roncando y durmiendo, Milena tomó una decisión. Se deslizó sigilosamente fuera de la cama sobre sus piernas temblorosas, arregló un poco su corto camisón. Apolo saltó de la cama y metió su hocico entre sus nalgas, empujándola desde atrás. Dio una última mirada a su marido dormido y descalza caminó por el pasillo hacia la sala de estar.


No hizo ningún ruido cuando descendió por las escaleras alfombradas. Antes de llegar al último peldaño, tiró su camisón por sobre su cabeza y se lo quitó; ahora estaba completamente desnuda con Apolo que la seguía de cerca tratando de meter su lengua entre sus piernas. Sus tetas llenas se balanceaban a cada paso y sus pezones hinchados le producían un poco de prurito. Su coño caliente palpitaba y se apretaba con fuertes contracciones, todavía goteaba luego de su orgasmo y por la saliva de Apolo.


La sala de estar estaba iluminada con una tenue luz plateada de la luna llena que brillaba allá en lo alto y se filtraba por los grandes ventanales. Mientras caía de rodilla frente al sofá el pulso de ella se aceleró. Su espalda se arqueó notablemente, sus rodillas se abrieron ampliamente mientras se inclinaba a adoptar la posición del perrito. Los mojados labios de su coño se separaron de forma natural, revelando su conchita rosada, mojada e hinchada.
—¿Qué demonios estoy haciendo? …
Cuchicheó con las mejillas enrojecidas de vergüenza: ¡Soy una mujer! ¡Este es nuestro perro! ¡Sí mi marido se despierta y baja …! Pensó confundida. Esto hizo que su coño se volviera a apretar con fuerza, exhalando un rastro de excitación húmeda que mojó el interno de sus muslos. El peligro de ser sorprendida, el tabú de la situación y toda la depravación del acto mismo —— todo se combinó en una sensación abrumadora que la sobrepasó.


Apolo se acercó a investigar ese delicioso aroma que comenzaba a llenar la sala de estar. Su hocico se enterró entre sus piernas haciéndola jadear en anticipación. Respiró con su nariz metida en su culo, luego empujó e hizo salir su lengua en busca del majar de su panocha, separó los apretujados labios y la penetró hasta invadir su anillo vaginal resbaladizo.
—¡Hmmmmmm, ssííí! …
Milena gimió suavemente empujando su trasero hacia atrás. La larga y áspera lengua de Apolo regresó famélica e hizo un barrido desde su clítoris hasta la engurruñada estrellita de su culo virgen en un movimiento lento y pausado. Luego comenzó a escucharse un sonido continuo en toda la sala de estar.
—¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
Y los gemidos de Milena:
—¡Hmmmmmm! … ¡Oooohhh! … ¡Buen chico, Apolo! … ¡Mmmmmmm! … ¡Qué rico! … ¡Lame el coño mojado de mami! … ¡Mmmmmmm! … ¡Ssííí! …
Extendió ambas manos hacia atrás y aferró sus nalgas para abrirlas ampliamente y dar mejor acceso a la incansable lengua de Apolo a sus más íntimos recovecos. Movía su trasero en círculos y sus caderas empujaban contra el hocico del animal, poniendo a estrecho contacto su empapado coño contra la implacable lengua del perro. Cada lambida sacudía su cuerpo en olas de placer, sus pesadas tetas oscilaban y rozaban la alfombra.
—¡Más! … ¡Más, Apolo! … ¡Fóllame con tu lengua, bebé! … ¡Hmmmmmm, qué rico! …
Suplicó en un ronco susurro. Apolo empujó su gruesa y caliente lengua profundamente en su panocha, lubricando todo el canal vaginal de ella, bebiendo directamente desde la afluente los copiosos fluidos del coño de mujer abierto a su sedienta lengua. Los obscenos sonidos se hicieron más intensos:
—¡Schlick! … ¡Schlick! … ¡Schlick! … ¡Schlick! … ¡Slurp! … ¡Schlick! … ¡Schlick! …
Los brazos de Milena no la sostuvieron, apoyó su rostro en la alfombra y levantó bien su culo, una de sus manos se fue entre sus piernas a frotar enérgicamente su túrgido clítoris, ella estaba totalmente descontrolada.
—¡Hmmmmmm! … ¡Aaaaaahhh! … ¡Oh, Santo cielo! … ¿Tu lengua se siente tan rico dentro de mi coño! … ¡Que rico! … ¡Vas a hacer que me corra, bebé! … ¡Aaaaaahhh! … ¡Umpf! …
Y eso fue precisamente lo que sucedió, su cuerpo entero se sacudió en espasmódicos temblores:
—¡Aaaaaahhh! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Que rico, bebé! … ¡Aaaaaahhh! … ¡Hmmmmm! … ¡Me corro! … ¡M estoy corriendo con tu lengua! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Aaaaaahhh! …
Su coño se apretó y chorreó el hocico del perro, la lengua invasora se activó llena de energía a lamer y beber los nuevos fluidos que salían a pequeños chorritos del coño de Milena que se contraía con fuerza inaudita mientras sus labios mayores y menores tiritaban fuera de control. Se mordió los nudillos de su mano izquierda para acallar sus chillidos mientras el placer la golpeaba en ondas sucesivas e interminables, abrumándola completamente. Pero no era suficiente para ella, todavía había un vacío en sus entrañas que le exigía de ir más allá.
—¡Oh, Jesús, no puedo soportarlo! … ¡Hmmmmmm! … ¡Súbete, Apolo! … ¡Súbete a mi espalda! … ¡Te necesito! … ¡Quiero que me folles con tu gran polla, bebé! … ¡Vamos, bebé! … ¡Súbete y fóllame, por favor! …
Se dio unas palmaditas en su nalga derecha y movió su culo tentadoramente. Apolo saltó sobre ella y comenzó a acomodarse en su grupa, alineando la puntita pequeñita de su verga con la vulva abierta y rosada de Milena. Sus fuertes zampas la atraparon por la cintura, rasguñaron sus flancos y muslos y tiraron su trasero contra su polla apenas visible en su peluda funda.


Milena sintió el firme agarré del animal y se paralizó con una mezcla de pavor y curiosidad: ¿Qué se sentirá con una verga de perro? ¿Me hará daño? Se preguntó. Pero Apolo no le dio tiempo para pensar mucho, comenzó a dar saltitos detrás del culo de su ama, tratando de encajar la punta de su pene en la vulva acogedora de ella. La punta pequeña de la polla de Apolo se estrelló una y otra vez contra los glúteos y muslos de Milena. Equivocó la entrada caldeada y mojada en su frenética excitación. Entonces Milena metió su mano entre sus piernas y encanaló la polla del perro a su entrada hinchada y expectante.
—¡Aaaaaahhh! … ¡Aaaaaahhh! …
Chilló sorprendida alegremente al ser penetrada por esa pequeña polla de perro. La polla entró y salió varias veces, pero cada vez que entraba se iba haciendo más grande. Esa cosa no terminaba de crecer, pronto pareció colmar su hendedura caliente.
—¡Vamos, chico! … ¡Mételo todo dentro de mí! … ¡Ssííí´, assííí! … ¡Buen chico! … ¡Qué rico! …
La polla de Apolo comenzó a estirar su coño y seguía creciendo, pronto sintió algo así como una mandarina forzando su anillo vaginal y gimió de placer y algo de dolor. La polla de Apolo se había hecho gigantesca y esa cosa gruesa no volvió a salir de su apretado coño. Ahora sintió que tiraba de sus entrañas hacia adentro y hacia afuera a una velocidad demencial.
—¡Uhhhmmmmmm! … ¡Oohhhhhhuuuuu! … ¡Ay, ay! … ¡Ouch! … ¡Ay! … ¡Hmmmmmm! …
Gemía y gritaba Milena con su rostro presionando la alfombra para amortiguar los sonidos guturales que escapaban de su garganta y que no podía acallar. La polla de apolo estaba atorada dentro de ella profundamente y remecía todas sus paredes vaginales. El estiramiento había sido intenso y caliente. Nunca antes había tenido una polla de esas dimensiones y se asustó un poco pensando en cómo haría para salir de su panocha apretada.
—¡Uhhhmmmmmm! … ¡Oohhhhhhuuuuu! … ¡Oh, Dios! … ¿Por qué mi marido no me hace nada parecido? … ¡Oh, bebé! … ¡Tu polla es tan grande! … ¡Estás tan dentro de mí! … ¡Tu polla me llena por completo, bebé! … ¡Que rico! … ¡Umpf! … ¡Uhhhmmmmmm! … ¡Oohhhhhhuuuuu! … ¡Estoy follando con un perro y se siente delicioso! … ¡Hmmmmmm! … ¡Aaaaaahhhh! … ¡Aaaaaahhhh! …
Se sintió en un éxtasis culpable, pensando en ser una mujer casada que follaba con el perro de la familia. Su marido dormía en la planta superior mientras el perro la tenía firmemente anudada a su gran polla en la sala de estar.


La velocidad de Apolo era inverosímil, nunca nadie la había follado con tal intensidad. Sus patas traseras estaban flexionadas en cierto ángulo para meter su polla más y más adentro de su perra humana. No había ruidos de golpes, el pelaje de él atenuaba los sonidos, sus pesados pechos rebotaban debajo de ella, mientras ella empujaba hacia atrás para sentir más de esa sensación que la abrumaba.
—¡Ssííí! … ¡Ssííí, cabrón! … ¡Más! … ¡Más duro! … ¡Folla mi coño más fuerte, perro mal nacido! … ¡Oh, mierda! … ¡Qué rico! … ¡Se siente tan rico, Apolo! … ¡Aaaaaahhhh! … ¡Aaaaaahhhh! …


El ritmo era constante y la velocidad no decaía. Los empujones eran fuerte y enérgicos; las bolas peludas de Apolo azotaban su clítoris, parecía que el sofá y el suelo crujían. Una extraña sensación comenzó a dominar su cuerpo, era mezcla de placer y curiosidad, también un poco de temor. Su coño estaba empapado aferrando y apretándose alrededor de la polla que la estiraba como un puño de terciopelo.
—¡Uuggghhh! … ¡Uuggghhh! … ¡Ay! … ¡Mmmmmm! … ¡Ay! … ¡Ouch! … ¡Ummmmmm! … ¡Aaaahhh! …
Gimió y gruñó con cada poderosa embestida. Sintió esa enorme cosa hinchada al máximo presionando su anillo vaginal desde el interior. El grueso nudo la encadenaba a la polla de Apolo sin poder escapar. Sus ojos se perdieron detrás de sus cuencas y se pusieron en blanco. La presión del nudo estimuló su punto G, estirando todas sus paredes vaginales. Su coño ardía por dentro y placenteras cosquillas comenzaron a hacer que sus piececitos se encorvaran con sus deditos apretados apuntando hacia abajo. Al mismo tiempo, sus uñas se enterraron en la felpa del sofá.
—¡Oh, Dios! … ¡Oh, Dios! … ¡Me voy a correr! … ¡Me voy a correr en una polla de un perro mal nacido! … ¡Perro rico! … ¡Perro de mierda! … ¡Cabrón que me follas tan rico! … ¡Uuuuhhhhh! …
Su orgasmo fue tan violento que su espalda se arqueó y la hizo casi enderezarse. Las involuntarias contracciones de su coño la hicieron chillar, Apolo estaba anudándola profundamente; enseguida él se detuvo algunos segundos antes de bombardear con espesos chorros de semen caliente directamente la matriz de Milena que enloqueció de placer.
—¡Oh, ssííí, perro maricón! … ¡Lléname con todo tu semen! … ¡Mal nacido, cabrón! … ¡Pero que rico que me follas! … ¡Uuuuuummmmm! … ¡Ay! … ¡Llena mi barriga de perritos, perro de mierda! … ¡Ssííí! … ¡Ssííí! … ¡Ay, que rico! …
Milena gimió durante todo el abrumador orgasmo, con su cuerpo temblando en forma incontrolable. Podía sentir el bulto que se había hecho en sus entrañas con una cuantiosa cantidad de semen canino caliente. Finalmente Apolo se calmó y mantuvo atada a Milena por una veintena de minutos, pero los movimientos de él la hacían convulsionar en repetidos mini orgasmos, acompañados de sacudidas y temblores de todo su cuerpo. Cuando el nudo finalmente comenzó a encogerse, el pene de Apolo salió expulsado con un acuoso chasquido y un fuerte chorro salió disparado del ensanchado coño de Milena, salpicando la alfombra por todos lados.


Se quedó sentada de lado con sus piernas plegadas, jadeando y goteando, completamente agotada. Deslizó sus dedos a través de su cremosa conchita inundada, se estremeció con escalofríos. Sintió un poco de vergüenza, culpa y una cruda satisfacción. ¿Qué he hecho? Se preguntó mientras su coño continuaba a sentir las sensaciones placenteras de su orgasmo, ¿Y por qué ya deseo volver a hacerlo con todas mis ganas? En el piso superior su marido todavía roncaba ignaro de cuan feliz y satisfecha la había dejado el perro de la familia.


Permaneció apoyada en el sofá por largo rato, su mano cubriendo su abusado coño y su sensible clítoris. Sin poder sacar de su mente cada sensación sentida, cada sonido, cada palabrota que había ducho entre gemidos. Las primeras luces del alba estaban lejos de llegar, pero su mente ya pensaba en la siguiente oportunidad para follar con Apolo.


A la mañana siguiente de su nueva experiencia, Milena se despertó con la suave luz filtrándose a través de las cortinas del dormitorio. Se estiró sintiendo su cuerpo exquisitamente adolorido, las garras de Apolo sujetándola firmemente con su nudo atrapado en su apretado coño. Su conchita estaba húmeda y pegajosa de semen canino adherido a sus labios mayores y sus muslos. Le llegó el tarareo de su marido mientras se afeitaba en el baño. Ella se quedó quietecita, su corazón todavía estaba algo agitado mientras las imágenes cruzaban por su mente. La áspera e insaciable lengua de Apolo, su extravagante pene de perro tan delicioso, como hecho para follar mujeres; la extraña forma de llenar su coño, entrar pequeñito y comenzar a agrandarse dentro de ella: el enorme nudo que la mantuvo atada a su polla sin poder despegarse, la inacabable cantidad de semen llenando su conducto vaginal hasta rebosarlo. Involuntariamente su coño se contrajo y se apretó ante el recuerdo de toda la situación, sintió gotas frescas escurriendo en su entrepierna manchando las sábanas.


¡Oh, Dios! ¿Cómo he podido? Pensó, mientras sus mejillas le quemaban por la vergüenza. Ella era una mujer casada. Una esposa respetable. Sin embargo, había dejado que el perro de la familia la follara hasta hacerla perder el sentido sobre la alfombra de la sala de estar, mientras su marido dormía profundamente en el piso de arriba. El sentimiento de culpa era arrollador, pero también lo era la emoción que hacía que sus pezones se endurecieran y su clítoris pulsara.


Se levantó de la cama silenciosamente y bajó las escaleras. La alfombra todavía mostraba tenues manchas de humedad donde el semen de Apolo había sido expulsado de su coño hirviente. Milena se arrodilló y tocó con las yemas de sus dedos la evidencia pegajosa. Un suave gemido se le escapó de los labios recordando como se había sentido tan llena de ese semen canino y el portentoso orgasmo que había tenido. Se giró para ver que Apolo venía de la cocina con su consueto trote, moviendo la cola e forma amistosa e inmediatamente metió su nariz entre sus piernas, olisqueando su montículo con real entusiasmo. Milena casi dejó de respirar y su coño se contrajo.
—¡No, chico! … ¡No ahora! …
Le susurró prontamente tratando de alejarlo, mientras su cuerpo anhelaba más de su polla fantástica.


Limpió la alfombra frenéticamente antes de que Pedro bajara a desayunar. El resto del día Milena se encontró a vivir como en otra dimensión. Cada vez que se encontraba con Apolo y se rozaba con él, veía en sus ojos lo que él quería de ella, que era lo que ella también quería de él, su coño permaneció mojado todo el día. Más de una vez se sorprendió apretando sus muslos en forma cachonda al recordar el pelaje de los flancos de Apolo golpeando sus piernas y su polla enterrada sin poder salir de su coño.


Tenía tantos interrogantes en su cabeza, cuando su marido se fue al trabajo, Milena se encerró en su estudio con su laptop. Googleó inmediatamente —Mujer anudada con perro— Encontró un sinfín de sitios que contenían información al respecto y se deleitó viendo los videos y en otros leyó relatos de experiencias de mujeres apareándose con perros, se sorprendió mucho al ver que algunas eran capaces de tomar una polla de caballo en sus apretados coños.


Todo ese material visivo hizo que Milena se excitara más alla de lo previsto. Vio muchos videos de coños de mujeres con el nudo saliendo de sus conchitas y el rio de semen que salía de ellas. Aprendió mucho de ello y ahora se daba cuenta del porque ella sintió todas esas sensaciones abrumadoras, el estiramiento de su coño, los chorros calientes que inundaron su matriz, el fabuloso orgasmo y mini orgasmos que Apolo la hizo sentir y que la dejaron temblando.


Al atardecer sus bragas estaban empapadas. Se fue a la ducha en busca de alivio y se masturbó con sus dedos metidos profundamente en su coño mientras con los ojos cerrados balbuceaba:
—¡Oh, Apolo! … ¡Perro cabrón! … ¡Fóllame y méteme tu gran polla! … ¡Anúdame de nuevo, perro malnacido! …
En pocos segundos se corrió con fuerza y tuvo que morder sus labios para acallar sus chillidos de loca lujuria, pero no quedó satisfecha, su cuerpo le pedía lo autentico.


En los días siguientes esa obsesión fue creciendo. Hizo de todo para estar a solas con Apolo. Se dejó lamer en el lavadero mientras su marido estaba bajo su auto efectuando algunas reparaciones. Gimió suavemente mientras la lengua intrusiva de Apolo la llevaba rápidamente a un orgasmo rápido y alucinante. Ya sabía que su marido iba de pesca el fin de semana con sus amigos y ella se fue preparando para disfrutar de la compañía de su mascota en la ausencia de su esposo.


El viernes por la noche, después de que su marido se fue a la cama; Milena se fue a la sala de estar y decidió probar una posición que había visto en uno de los videos. Quería poder mirar a la cara de su amante peludo cuando la montara por segunda vez. Así fue como extendió una gruesa toalla y se sentó al borde del sofá y cuando Apolo vino ella le abrió las piernas prontamente y se dio unas palmaditas en su vientre. Apolo se volvió loco lengüeteando su panocha abierta y dispuesta antes de saltarle encima con sus zampas firmemente sobre el sofá. Esta vez ella lo ayudo a encontrar su coño y él se abalanzó penetrándola profundamente, Milena gimió, lo rodeó con sus piernas y lo abrazó, el nudo pareció crecer más que la vez anterior, estirando obscenamente su vagina y provocándole un sinnúmero de orgasmos. Cuando finalmente el nudo salió expulsado y él la liberó, Milena yacía en un charco de semen mezclado con sus fluidos. Mientras trataba de recuperarse, frotaba suavemente con sus dedos, los labios hinchados y mojados, abiertos y abusados, soñando despierta lo que iba a pasar el día siguiente.


El sábado temprano por la mañana, amaneció en un día brillante y veraniego, su marido cargó todo su equipo de pesca en su Toyota RAV4, besó distraídamente a Milena en la mejilla y partió a su rendez-vous con sus amigos en el lago, prometiendo regresar antes de la cena.
—Disfruta tu día y relájate, cariño … —Le dijo con una sonrisa.
—Lo haré, tesoro … Lo haré … —Respondió ella sintiendo ya las contracciones de su coño.
Tan pronto como sintió el sonido del motor que se alejaba, Milena se fue a poner en acción sus planes. Llevó la tienda de campaña hasta el rincón apartado, al otro lado de la piscina en su patio trasero, bajo la gran higuera rodeada de setos que ofrecían una excelente privacidad. En poco minutos la armó, luego fue por unas frazadas y toallas que extendió en su interior para mayor comodidad. Ella vestía solo un delgado y holgado vestido de estación sin nada debajo. Sus pechos oscilaban y rebotaban libres y sus pezones eran claramente visibles a través de la delgada tela. Su coño desnudo comenzaba a calentarse bajo la cálida brisa y su labia vaginal estaba hinchada y húmeda.


A todo esto, Apolo no le perdía paso, siempre detrás de ella con su nariz en alto siguiendo la fragancia de Milena por todo el patio. Cuando todo estuvo listo, Milena se arrastró dentro de la tienda, su corazón latía fuerte y amenazaba por salírsele por la garganta. Arrodillada en cuatro patas, puso sus posaderas bien alto y llamó suavemente al perro:
—¡Aquí, chico! … ¡Ven aquí! … ¡Ven donde mami, buen chico! …
Apolo no se hizo de rogar, olfateó ansiosamente su trasero expuesto, su hocico empujó sus húmedos labios haciéndola dar un pequeño respingo y emitir gemidos de placer.
—¡Ooohhh, ssííí! … ¡Huele el coño de mami! … ¡Está rico y mojadito, tal como a ti te gusta, bebé! …
Con sus manos, Milena expandió sus glúteos y así permitirle de acceder a sus dos agujeros. La larga y áspera lengua atacó de inmediato su hendedura y los sonidos lamedores llenaron la pequeña carpa.
—¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! … ¡Slurp! …
—¡Joder, bebé! … ¡Ay que rico se siente tu lengua! …
Exclamó ella empujando su grupa contra el hocico de Apolo.
—¡Lame, bebé! … ¡Lame más profundo! … ¡Ay que rico! … ¡Mami necesita tu gran polla! … ¡Uuuhhmmm! … ¡Aaahhhhhh! …
Milena lo dejó que él devorara su jugosa panocha durante varios minutos, sintiendo lentamente como aumentaba su excitación y sus ganas, saboreando cada deliciosa sensación. Pronto el hocico de Apolo estuvo cubierto con los jugos de su coño que goteaba y tiritaba haciéndola chillar y sacudirse de placer. Cada vez que él se alejaba, ella lo animaba a continuar dándose unas palmaditas en sus nalgas.
—¡Súbete, Apolo! … ¡Necesito que me montes y me folles así rico! …
Apolo puso su pesada zampa sobre su espalda y luego apoyó todo su peso sobre la espalda de Milena, inicio a danzar a saltitos detrás de ella buscando el agujero mojado que acababa de lengüetear y preparar para follar. Su polla golpeaba frenética contra sus muslos y su hinchado coño, pero no lograba centrar su agujero. Milena extendió su mano entre sus piernas y guió la caliente polla de Apolo hacia su abertura lubricada, abierta y dispuesta.
—¡Sí, bebé! … ¡Ponlo dentro y fóllame fuerte! …
Sintiendo la cálida estrechez de su coño, Apolo empujó con fuerza y clavó su polla profundamente en su bien lubricada conchita de una sola vez, estirando deliciosamente su panocha.
—¡Aaaarrrggghhh! … ¡Ay! … ¡Ouch! … ¡Hmmmmmm! … ¡Uuuuuuuhhh! …
Gritó y gimió de placer y el sonido resonó en la tienda.
—¡Ay, qué rico! … ¡Es tan rica tu polla, bebé! … ¡Fóllame! … ¡Lléname toda, bebé! …
La velocidad de Apolo se incrementó en modo inverosímil, sus embestidas eran precisas y enérgicas, dentro de la carpa se sentía el sonido:
—¡Slaps! … ¡Slaps! … ¡Slaps! … ¡Slaps! … ¡Slaps! … ¡Slaps! …
De sus flancos traseros contra los muslos de Milena. Los pesados pechos de la mujer comenzaron a balancearse en forma tiritona mientras ella empujaba su trasero contra los poderosos empujones de Apolo.
—¡Ssííí! … ¡Ssííí! … ¡Folla mi coño de mujer casada y descuidada! … ¡Folla mi conchita que mi marido no quiere! … ¡Umpf! … ¡Aaahhhhhhh! … ¡Ssííí! … ¡Ay que rico! … ¡Tu polla es mucha más rica que la de mi marido! … ¡Ssííí! … ¡Ssííí, fóllame fuerte! … ¡Ay, Apolo! …
El placer se fue haciendo cada vez más intenso. Su coño se apretó alrededor de la gran polla de Apolo que se movía velozmente como un pistón bien lubricado. Milena gritó desesperada en éxtasis mientras los espasmos de su coño la hacían estremecerse toda. Apolo completamente ignaro de lo que sentía su perra humana, seguía follándola impetuosamente con renovados bríos, haciéndola sentir un orgasmo interminable:
—¡Ay, aaaahhhhhhh! … ¡Ummmmmmm! … ¡Umpf! … ¡Ay, umpf! … ¡Ummmmm, qué rico! … ¡Fóllame, perro malnacido! … ¡Dame toda tu verga! … ¡Ssííí! … ¡Ay, que rico, ssííí! … ¡Aaahhhhh! … ¡Sigue! … ¡Assííí, rico, sigue! … ¡Umpf! …
Entonces sintió esa tremenda bola que entró y salió de su forzado anillo vaginal varias veces, eso la hizo volverse loca, su coño se estiró a insospechados límites; Milena gimió y apretó sus labios mayores en torno a esa redondez caliente incrustada sellando la abertura de su coño hinchado.
—¡Ouch! … ¡Uuuuggghhh! … ¡Umpf! … ¡Ssííí, Apolo! … ¡Átame a tu linda polla! … ¡Dame tu nudo! … ¡Mételo todo dentro de mí! … ¡Ay! … ¡Ay! … ¡Uuuuggghhh! … ¡Ay! … ¡Oh, Apolo, que rico! … ¡Aaaahhhhhh! …
Los ojos de Milena se pusieron blancos, apoyó firme sus codos en el suelo para recibir completamente el grueso bulbo que estiró obscenamente su panocha.
—¡Oh, Dios! … ¡Eres tan grande, bebé! … ¡Oooohhhh, ssííí! … ¡Me voy a correr otra vez! … ¡Aaaahhhhhh! … ¡Aaaahhhhhh! … ¡Aaaahhhhhh! … ¡Dios, mío, que ricura! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Ay; rico! … ¡Umpf! …
Su coño se contraía ordeñando la polla de perro que comenzó a llenarla con su lechita caliente.
—¡Malnacido, dámela toda! … ¡Lléname con tu leche, perrito rico! … ¡Ssííí! … ¡Ssííí! … ¡Ssííí! … ¡Ay, ouch! … ¡Umpf! … ¡Umpf! … ¡Aaahhhhhh! …
El pene de Apolo pulsaba profundamente en su vagina inundándola con gruesos y calientes filamentos de semen. Potentes chorros bombardeando sus paredes vaginales justo en su matriz, haciendo que su vientre se abultara y dilatara para hacer espacio al semen canino que rebosaba sus calientes entrañas. Milena gimió con sus manos crispadas sobre las toallas, sintiendo la metralla caliente de semen que Apolo depositaba en su útero. Luego Apolo permaneció quieto con su polla anudando el estrecho coño de ella. Por cerca de una veintena de minutos Milena gozó de esa enorme polla de perro que la hacía morir en convulsivas olas de placer.


Ella continuaba a cuatro patas con el trasero bien levantado en el aire, gimiendo y gozando del desmesurado e interminable placer que le daba Apolo con su tremenda polla, hasta que sintió el chasquido seco del pene de Apolo siendo expulsado de su vagina estirada brutalmente. Semen de perro comenzó a rociar las toallas y muslos de Milena, salpicando a chorritos desde su ultrajada panocha. Milena totalmente exhausta y complacida, se desplomó hacia adelante, el semen seguía brotando de su agujero, pero ella estaba en un limbo de placer y se encogió en posición fetal para gozarlo al máximo.


“Quiero el divorcio”, se sorprendió al pensar eso. Su marido estaba muy lejos de ella, su matrimonio estaba perdido, él nunca le dará el placer que le da Apolo. Metió su mano entre sus piernas para sentir el pegajoso fluido que escurría de su panocha. “Esto es lo que quiero”, pensó. No me quedaré sola, Apolo se quedará conmigo.


Fin


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El regalo más preciado de quien escribe es saber que alguien está leyendo sus historias. Un correo electrónico, a favor o en contra, ¡Tiene la magia de alegrar el día de quien construye con palabras, una sensación y un placer!



luisa_luisa4634@yahoo.com

escrito el
2026-08-03
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