Sor Carolina.

Written by , on 2023-10-26, genre hetero

La joven monja escuchó los gemidos que provenían del exterior. Un chico estaba temblando de frío y buscaba reparo entre el muro del convento y el árbol cercano. Ella se asomó a la única ventana de su celda y miró hacia abajo. Lo vio acurrucado en el suelo. Como buena samaritana, ella abrió la ventana y lo interrogó:
—¿Qué estás haciendo ahí? …
El chico la miró compungido y tiritando por la baja temperatura le respondió:
—Nada, hermana … tengo frío … por favor déjame descansar … no le haré daño a nadie …
La monja vio su ajada y escuálida vestimenta y supo inmediatamente que no estaba hecha para soportar el frío inclemente de la noche:
—Niño … si te quedas allí te congelarás … ¿acaso no tienes un lugar donde ir? …
—No hermana … no tengo una casa donde ir …
—Bien … entonces trepa al árbol y entra por mi ventana … te alojaré solo por esta noche …
El muchacho rápidamente se encaramo por el árbol y salto dentro de la habitación de la misericordiosa novicia.
—¡Oh! … gracias, hermana …
—¡Sssshhhh! … no hagas ruido … nadie debe saber que estás aquí … debes irte antes que amanezca …
—Pierda cuidado, hermana … lo haré …
Dijo el chico a baja voz.
—Puedes recostarte en el suelo, muchacho …
EL chico la miró con ojos lastimeros y un poco frustrado se acurruco en un ángulo de la habitación en el suelo.
—Gracias, hermana … Buenas noches, hermana …
La novicia volvió a su cama tratando de dormir, pero no podía dejar de mirar al chico que tiritaba en el suelo en el rincón de su celda. Le parecía sentir el castañeteo de sus dientes sintiendo el duro y frío suelo en su humanidad. Lo escuchó preguntar:
—¿Podrías darme una manta, hermana? …
—Solo tengo una manta …
Le dijo la monja en un susurro.
—¿Podemos compartirla juntos, hermana? …
La novicia lo volvió a mirar y lo vio que tiritaba ostentosamente. Tocó la delgada tela de la manta que la cubría y que la verdad apenas era suficiente para mantenerla temperada a ella. Se dio cuenta de que el piso era casi igual que haberlo dejado a dormir acurrucado al árbol afuera.
—Está bien, muchacho … ven aquí …
El chico se acercó al lecho con la intención de meterse bajo la manta, pero ella lo detuvo:
—¡Espera! … tus ropas están sucias … ensuciaran la ropa de mi cama …
—¿Y que puedo hacer, hermana? …
—Bueno … en el armario hay una bata … quítate esa ropa sucia y ponte la bata …
El muchacho hizo exactamente lo que ella le dijo. La monja lo observó mientras se quitaba la delgada camisa y su respiración se aceleró al comprobar que el muchacho tenía unos fuertes pectorales que brillaban iluminados por la luz de la luna que se filtraba por la ventana. Luego se quitó los pantalones, no vestía ropa interior y ella contempló fascinada como la luz de la luna posaba sus rayos de plata sobre la carne firme y gruesa de su órgano sexual masculino. Era la primera vez que veía un pene. Un poco avergonzada se persigno varias veces.


La novicia estaba sorprendida, jamás imagino que el pene de un hombre pudiese ser tan grande, menos en el cuerpo de un muchacho un tanto delgaducho. La maciza y contundente rigidez era demasiado grande para alguien tan joven, pensó.


Por primera vez en su vida ella sintió algo cálido en su entrepierna. Era un extraño fuego que comenzaba a extenderse por sus entrañas. Asustada se puso a rezar, debía alejar a ese demonio que intentaba apoderarse de su cuerpo. Pero su coño continuó a humedecerse y las llamas comenzaban a consumirla por dentro.


El jovencito levantó la vista mientras arrojaba sus pilchas sobre la única silla en la habitación. Vio los ojos celestes de la religiosa clavados en su virilidad, se fijó que bajo el camisón amarrado hasta el cuello la profesa tenía unas sustanciosas protuberancias como melones que se agitaban al moverse y al respirar, también pudo apreciar que esas moles de carnes poseían gruesos pezones como pitorros, muy notorios a través del delgado material. La abstinencia de meses del joven chico hizo que su polla diera un respingo en el aire y se alzara completamente en sus celestiales y benditos veinticuatro centímetros.


Sor Carolina, que era el nombre de la devota hermana, se llevó una mano a la boca viendo los movimientos descontrolados de la verga del chico y se santiguó persignándose y poniéndose a rezar tantos avemarías como fuese posible para hacer que ese demonio que había en las entrepiernas del muchacho fuera exorcizado y dejara el musculoso cuerpo del jovencito, para que esa cosa se estuviera quieta.


Había iniciado una cadena oratoria de padrenuestros, pero lucifer encarnado en la polla del muchacho se tensaba, el escroto presionaba las bolas del chico y los ojos de la monja se desorbitaron viendo el grueso pene que palpitaba más largo y rígido que nunca. Belcebú en persona parecía hacer bailar esa polla enorme frente a los ojos de la beata novicia.


El muchacho se acercó al armario y saco la túnica que se encontraba allí. Era similar al que llevaba la hermana Carolina, estaba abierta al frente y no tenía botones, solo tres amarres; uno en el cuello, uno en el abdomen y un tercero en las caderas, más abajo no había ningún tipo de cierre. La talla era muy chica para él, por lo que su tremenda erección no pudo ser cubierta por la delgada tela y se balanceaba desafiante en frente a la pelvis del chico.


Sor Carolina se aterrorizo al ver a satanás mismísimo en frente a sus ojos, de prisa cogió el recipiente de agua bendita que mantenía en su mesita de noche y roció la gorda y luciente verga del chico.
—¡Hey!, hermana … eso está frio …
Reclamó el mocito. Con el movimiento repentino de Sor Carolina, el tirante del cuello de su bata cedió y sus tetas asomaron libres a los entumecidos ojos del muchacho, la verga del chico se volvió aún más loca y pulsaba en forma demencial frente a los ojos aterrorizados de la monja que seguía lanzándole chorritos de agua bendecida. A pesar de todo, la misericordiosa monja se movió hacia un costado del lecho para hacerle espacio al chico en su estrecha cama.


Sintió el tembloroso cuerpo del joven acomodándose frente a ella, los pezones de sus enormes tetas se hundieron en los pectorales firmes y duros del chico y, se estremeció aterrorizada cuando la verga del muchacho se poso sobre la juntura de sus muslos. Una agradable calidez comenzó a envolver el cuerpo angelical y casto de la religiosa. Jadeó en ansiedad, sentía la mole del muchacho presionar sus delicadas piernas desnudas. Rápidamente tiró de su túnica un poco más abajo, rozando con su mano la endurecida pija, pero dentro del estrecho y angosto espacio de su pequeña cama no tuvo resultado alguno. Acongojada advirtió al joven:
—¡Chico! … ¡Atento a ti! …
—¿Qué pasa hermana? …
Pregunto el muchacho en un santo e inocente tono. Ella suspiro y con exiguo aliento le dijo:
—Debes saber que soy la prometida de nuestro señor …
—Lo sé, hermana …
Respondió el chico que, al moverse, hizo que su polla se deslizara un poco más arriba entre los muslos de ella.
—Debo ser pura y casta cuando llegue al altar de nuestro señor misericordioso … no intentes ni pretendas nada … lo que es del señor solo a él puede pertenecer … no te pases de listo …
—Perdona, hermana … pero no lo haría por ningún motivo … no tomaría ventajas de tu compasión hacia mí … tampoco sería tan tonto como para arriesgar la ira de nuestro salvador …
—¡Aleluya! … Dios te proteja siempre y te de sabiduría …
La monja respiro hondo y sus esponjosos pechos se aplastaron hundiéndose en los musculosos pectorales del joven.
—Hermana, tu presionas demasiado y mi cuerpo se manifiesta …
—Chico … estás demasiado cerca … solo mi salvador está más cerca de mí … no te agites y reza … reza por la salvación de tu alma …
—Pero hermana … tus pechos son demasiado grandes y toman gran parte de la cama … no puedo no rozarlos y tocarlos … presionan contra mi cuerpo …
Subrayando esto, coloco una mano en la cadera de Sor Carolina y la otra la movió en medio a ellos dos, encajándola entre los exuberantes senos de la piadosa monja.
—¿Ves? … ¿Te das cuenta? … debes admitir que estamos demasiado cerca … el lugar es estrecho … pero sin duda nos prodigamos más calorcito que si estuviéramos más separados …
—Tienes razón chico … no hay duda de eso … pero no me hagas lamentar mi caridad … mantén tus manos en vista y quietas …
—Está bien, hermana … no haré nada … lo prometo …
Dijo el chico, pero acomodándose sobre la estrecha cama, su mano rozó los turgentes pezones de ella, ella se estremeció al sentir la inesperada y subrepticia caricia.
—¡Hey! … ¡Cuidado, mira que no lo estás haciendo con atención! …
Sor Carolina gimió. Estaban acostados muy juntos, de lado uno frente a otro, los senos de ella contra el pecho de él, el rígido pene de él presionando en medio a los muslos de ella. El frío y el cansancio hicieron que ambos se quedaran profundamente dormidos.


El chico cumplió su palabra y no presionó sus senos, pero ella sintió que sus manos deambulaban libremente y no podían evitar de tocar los prominentes pechos de la devota hermana. Eso la despertó varias veces durante la noche y se sintió abrumada por esas caricias disimuladas e inobjetables. Pero no lo podía culpar, era la falta de espacio y estrechez el motivo de tanto roce. Además, él tenía razón su senos ocupaban gran parte de la cama. El pobre resistía, pero la naturaleza es más poderosa, es una fuerza divina, una fuerza creada por nuestro señor y ella no podía darle ninguna culpa. Solo que esas manos tibias se sentían demasiado agradables rozando sus duros pezones y a lo largo de la noche notó como de su coño fluían líquidos como en un derrame, goteaba entre sus muslos y provenían de la carne caliente entre sus piernas.


Cuando la oscura noche comenzó a disolverse y el alba matinal anunciaba un nuevo día. La novicia despertó al joven y le dijo que tenía que irse antes de que viniera la madre superiora y lo encontrara. El muchacho se vistió rápidamente y, agradeciéndola, salió por la ventana y bajó por el árbol. Sor Carolina lo observó hasta que desapareció en medio a los arbustos.


Pronto la única evidencia de que él había estado allí era su coño mojado y unas manchas secas que el chico había dejado sobre sus muslos. Sor Carolina sintió un dejo de tristeza en la soledad de su celda; tomó la bata que había usado el chico y la olfateó, luego la apretó entre sus desnudas tetas.
*****
Esa noche el viento azotaba aún más fuerte contra los muros del convento. Mientras Sor Carolina luchaba por quitarse el hábito y colocarse la bata, escuchó claramente un golpeteo en su ventana, no puede ser el viento, pensó. El corazón le dio un vuelco, se volvió y vio al niño llamándola desde el árbol. Abrió la ventana y lo escuchó:
—Madre de Dios … ¿Puedes darme refugio aquí otra vez? …
—No … te dije desde el principio que sería una sola noche …
—Pero hermana … hoy hace mucho más frío que ayer … podría ofrecerte mi calidez …
—¡Cuidado con lo que ofreces, chico! … podrías ofender al Señor …
—Perdona, hermana … no quiero ser impío … mi ofrenda es tan pura como tu caritativa alma … el Señor es mi testigo … mi oblación es a través de Él y Jesucristo misericordioso … respetaré tu castidad …
Ciertamente ella no podía rehusar una ofrenda a nombre del misericordioso Rey de reyes.
—Está bien … entra y prepárate para la cama …
La novicia fue a sentarse en su cama y miró al chico como se deshacía de sus rugosos indumentos. Pronto estaba totalmente desnudo y se cubrió con la pequeña túnica de repuesto de Sor Carolina. Como la noche anterior, la bata no alcanzaba a cubrir la tremenda polla del adolescente que se mantenía provocativamente dura como palo en medio a la maraña de vellos rizados y oscuros a la base de este. Con la polla balanceándose de lado a lado, se unió a ella en la pequeña cama. Una vez más el ariete de carne tibia y rígida se encajó entre los muslos desnudos de Sor Carolina y ella le advirtió:
—Muchacho … mi cuerpo pertenece al Señor … tú de nuevo presionas cerca de lo que es solo de él …
—Lo sé, hermana … y me siento profundamente afortunado de que Él me diera la posibilidad de ofrecerte consuelo y desahogo … es Él quien me ha puesto en tu camino para darte mi calidez …
El joven envolvió sus fuertes brazos alrededor de ella y la presionó contra él, presionando sus pezones endurecidos contra sus pectorales …
—¡OH, sí! … sí … siento tu tibieza en mi piel … pero está un poco duro …
La verga del jovencito la estaba haciendo inflamar y humedecer entre sus muslos, su coño estaba en llamas.
—Sí, hermana … siento que mi calidez te agrada …
—¡Hmmmm, sí! … pero duerme ya … descansa … debemos recuperar todas nuestras fuerzas para volver a servir mañana al Divino …
Con eso cerró sus ojos y finalmente se durmió. Pero se despertó gimiendo, unos labios apretaban uno de sus pezones y chupaban ávidamente. Jadeando dijo:
—No … no puedes hacer eso … te deleitas con lo que es del Señor … por favor, no lo hagas …
Vio la suave sonrisa calmada del chico que le respondió:
—No he hecho nada de malo … solo tomé lo que me ofreció nuestro Padre Salvador … tu vestido se abrió y me encontré con tu pezón ante mis labios … dime tu si no era una invitación divina de nuestro creador …
Ella no pudo culparlo por eso. La amarra de su bata a menudo se deshacía durante la noche a pesar de que ella la ataba con acuciosidad, escuchó al muchacho agregar:
—… además … creo que a la sierva del Santísimo le gustas mis ministraciones … ¿no es verdad? …
La monja agachó su vista y humildemente respondió con un gemido:
—Me temo que sí …
El joven trató de escudriñar el rostro de la monja en la penumbra de la celda. Luego clavó su hinchada protuberancia entre los muslos humedecidos de Sor Carolina. Ella gritó, se tapó la boca y se sintió agradecida de que su celda fuera la única ocupada en esa ala y nadie oiría sus gritos de éxtasis. Los labios del jovencito volvieron a aprisionar su pezón y sus dientes la mordieron delicadamente jugando a estirarlo, una mano presionó su otro seno.


Involuntariamente sus piernas se abrieron y él encontró espacio para colarse encima de ella, su musculoso pecho aplastaba la exuberantes e inmaculadas tetas de Sor Carolina y con sus rodillas separó aún más sus piernas, llegando a contacto con los enmarañados vellos púbicos que ocultaban el virginal tesoro de la monja.
—¡No! … por favor, no …
Sollozó la monja agitándose bajo el peso del jovencito que separaba sus piernas ampliamente y apoyaba la enorme cabezota de su entiesada verga sobre los hinchados y humedecidos labios de la novicia.
—¡No! … ¡No lo hagas! …
Zollipó la santa doncella sin voluntad para juntar sus piernas y sintiendo la presión sobre su panocha del miembro viril que amenazaba su virtud. El jovencito levanto su cabeza y miró los ojos aterrorizados de la monja:
—Hermana … Tranquila … no quiero hacerte daño … solo te ofrezco mi calidez … nada más que eso … ¿acaso mi peso te molesta? …
En realidad, el peso del chico encima de ella no resultaba para nada desagradable, ella sentía cosas exquisitas en su bajo vientre y todo su cuerpo se estaba calentando.
—¡Sí! … ¡ehm! … quiero decir no … es relajante y cálido … pero la vasija de mi Señor Todopoderoso no debe ser tomada … está desnuda e indefensa …
—Hermana es la ofrenda de nuestro creador …
Dijo el adolescente deslizándose un poco hacia arriba y descansando su pene en el boquete virgen de Sor Carolina. La monja movió levemente su pelvis y la verga resbaló dentro de su apretado canal vaginal.
—¡Oohhh! … ¡Ummm! … eso … eso … tocas la copa sagrada del Señor …
—Es mi calidez, hermana … ¿acaso no te calienta? …
—¡Hmmm! … ¡Ssiii! … siento … me enciende toda … ¡Ummm! … yo … ¡Ooohhh! …
El chaval aumentó la presión y la ajustada vagina de Sor Carolina se expandió para dejarlo entrar, la monja sollozaba y gemía con los puños cerrados y la boca entreabierta en una ininteligible plegaria, involuntariamente sus caderas empujaron hacia arriba y el mocito respondió con una presión hacia abajo. La monja comenzó a jadear con una entrecortada respiración y el jovencito masajeó sus voluminosas tetas, pellizcando con delicadez los gruesos y duros pezones que se erguían agitados con la respiración de ella.


De repente ella grito y abrazó al chico que hundía su masculinidad en lo profundo de su sacra cuevita, su himen se había roto y la verga entera del muchacho conoció las no ya vírgenes carnes rosáceas de Sor Carolina. De ahí a poco la monja gritó y sollozó enterrando sus uñas bien cuidadas en la espalda del chico mientras su cuerpo entero convulsionaba en un potentísimo orgasmo. Olas y olas la consumían en una hoguera de placer que la llevaban a la cúspide de la lujuria desenfrenada, ya no había ninguna atadura que la sujetara. Sor Carolina se abrió de piernas y amarró al chico con ellas, poniendo sus manitas en los glúteos de él y empujándolo más adentro de su panocha apretada y jugosa.


El delicioso cuerpo de la novicia se sacudía de placer, una y otra vez los espasmos orgásmicos la hacían estremecerse. Sus caderas golpeaban con fuerza hacia la polla que taladraba su apretado coño. Mordía los hombros del muchacho sintiendo toda la longitud de su pene profundamente entre los tiernos pliegues de su succionadora conchita


La respiración del muchacho se aceleró y de repente gimió en modo audible. Ella le trasmitía olas de éxtasis, él sintió los aprietes continuos y las potentes contracciones del coño de Sor Carolina. Su polla se hinchó y comenzó a palpitar, las manos de la monja empujaban su trasero dentro de ese voraz volcán bañado de fluidos candentes y él comenzó a verter su jarabe a borbotones en ese estrecho recipiente de delicada carne de la clérigo. Sus ojos volaron en sus orbitas mientras descargaba maravillosos chorros calientes de denso semen en la apretada vaina de ella, golpeando sin cesar esos tiernos y empapados pliegues enrojecidos y con trazas sanguinolentas.


Sor Carolina sintió en sus entrañas como un reguero bendecido se esparcía dentro de ella y las chispas del orgasmo volvieron a encender su hoguera, envolviéndola en oleadas de renovado placer y espasmódicos temblores.


A medida que los movimientos del chico disminuyeron, también la inundación de esperma disminuyó. Los gemidos de Sor Carolina se aminoraron, la fogosa pasión se aplacó y la monja comenzó a tomar conciencia de lo que había sucedido. Tragando aire para recuperar su respiración agitada, ella trató de hablar:
—Usted … tú … tu semilla … derramaste tu … semen … en mí abdomen… tú … tú …
El chico se mantuvo calmo y miraba afectuosamente a la que había hecho gozar como mujer.
—Fue la ofrenda … fue mi calidez, hermana … nada más que eso … solo mi calor …
La novicia se exaltó y grito:
—¿Tu calor? … ¡Más que tu calor, chico! … ¡Mucho más que eso! … me has dado el calor pecaminoso de tu pasión … y ahora la sustancia de tu ofrenda mancha mi cuerpo y satura mi alma y todo mi ser … ¡Oh, Dios mío! …
—Pero hermana … no te hecho ningún daño … mi ofrenda fluyó en ti casi por voluntad divina … las vías del señor son infinitas … he arrojado sobre tu guatita …
—¡Sí, pero! …
—Y hermana … dime la verdad … ¿no encuentras que mis favores te complacieron? …
La novicia bajó su ofuscada mirada. Era verdad, el chico le hizo sentir cosas que ella jamás había sentido. De hecho, fue el momento más placentero de toda su vida.
—¡Sí, pero! …
—Entonces, hermana … ¿no crees que el Señor se disgustaría si nosotros no aceptáramos un regalo que la misma providencia puso en nuestras sendas de sacrificios tortuosos? …
En tanto, las manos del jovencito ociosamente masajeaban los senos y tironeaban esos endurecidos pezones de la novicia. Ella se estremeció de alegría, suspiró y dijo:
—Supongo que tienes razón … tengo solo que limpiar la piel de mi vientre …
Las manos del chico se hicieron más activas y se inclinó para chupar las esponjosas tetas de Sor Carolina. Ella tomó sus cabellos y lo beso en los labios, un apasionado beso de entrega:
—Entonces sigamos disfrutando del obsequio que nos regala nuestro misericordioso Señor Todopoderoso … por esta noche gozaremos de su ofrenda y luego dormiremos para volver a servir a nuestro Rey de reyes por la mañana temprano …
—Sí, hermana … así sea … amén …
Enseguida hundió la cabeza entre los agitados pechos de Sor Carolina que retomó sus gemidos y apretó la cabeza del jovencito contra sus opulentas tetas. Después de varios orgasmos y mucha leche en el cuerpo de la monja, ambos se rindieron exhaustos y se adormecieron beatamente. El chico roncaba y jadeaba encima de ella con su verga aún metida entre los acogedores labios de la panocha de ella que rezumaba los copiosos y candentes líquidos que generaba el coño ardiente de la religiosa.
*****

Una vez más las primeras luces del alba anunciaron el comienzo de un nuevo día. El chico tuvo que vestirse con sus harapientos vestidos y saltar fuera de la ventana del convento. Pero a la noche, encontró la ventana abierta y ágilmente saltó dentro de la celda de la monjita.


Esta vez Sor Carolina estaba con su bata abierta mostrando ampliamente sus maravillosos senos al frio de la noche, su pezones eran de granito puro. Rápidamente, él comenzó a desnudarse bajo la atenta mirada de ella. Apretó las piernas y su coño se contrajo cuando vio la potente polla del chico tiesa y dura como el acero. Sus tetas se agitaron y sintió un delicioso cosquilleo en sus pechos que parecieron inflarse de goce.


Una vez desnudo, se acercó ágilmente a la novicia, la hizo recostar y él se colocó encima aplastándola con su cuerpo. Sus piernas separaron los muslos pálidos de la religiosa, mientras su duro pene se posesionó sobre los gorditos labios del coño de Sor Carolina, separándolos ligeramente. Ella puso una mano en el pecho de él para decirle:
—Recuerda … yo pertenezco al Señor … no soy algo tuyo para llegar y tomar …
Enseguida tomó la mano del joven y la coloco sobre su seno:
—… ahora dame tu calidez …
Después de esta aclaración, ella se abrazó a él. Ambos comenzaron sus movimientos y juntos se unieron en un frenesí de caricias. Gritaron, se besaron, chillaron y se agitaron, así como las llamas ardientes de la pasión los abrumaba. La carne se hizo débil y tembló debajo de él muchas veces con los fuegos inmensos de los orgasmos. Sus caderas estaban como en un movimiento perpetuo de pasión y desenfreno. Repetidas veces él la ungió copiosamente con su esencia masculina. El tiempo voló y ambos colapsaron exhaustos uno en brazos del otro. Cómo la noche anterior, la punta del miembro del jovencito, nuevamente encontró su sitio en medio a los pliegues calientes de los enrojecidos labios de la novicia.


Mientras dormían, las pasiones del chico se despertaron y su carne se endureció deslizándose dentro de ella en forma natural. Se despertó con su polla atrapada y apretada en el ajustado chocho de la monja. Sus regordetes labios vaginales envolvían calurosamente la enorme pija que pareció crecer y ponerse aún más dura. Alarmada ante la maciza invasión de la dura verga del chico, Sor Carolina se agitó y gritó:
—¡Chico! … ¡Despiértate! … ¡Estás en la taza del Señor! … ¡Detente! … ¡Presionas los labios que pertenecen a él! … ¡Al todopoderoso! …
La religiosa empujó con su caderas las caderas del chico y, la verga termino por hundirse profundamente en ella. La bulbosa cabezota del pene del mocito fue succionada por la resbaladiza y apretada vulva de la hermana.
—¡Oh, nooo! …
Alcanzó a decir agitada la novicia mientras la aterciopelada pija del adolescente separaba sus hinchados y tiernos labios, abriendo su cuquita temblorosa de cálida carne.
—¡Nooo! … ¡Ummmm! … ¡Nooo! …
Gritó de nuevo ella sacudiendo los hombros del jovencito, pero este no reaccionaba y con los movimientos agitados de ella, la polla se hundía cada vez más y más adentro. No podía gritar más fuerte, ya que despertaría a todas las hermanas del convento. Se sintió atrapada y perdida, pero sentía como sus carnes acogían al intruso que excavaba y perforaba su femineidad húmeda; la polla estaba llenándola por completo.


Asombrada, se dio cuenta de que su pánico había hecho más que nada aumentar su pasión y se encontró gimiendo de placer sintiéndose inflamada con la calidez del muchacho que estiraba su bendita panocha. El deseo la comenzó a incendiar por dentro. Su cuerpo vencía a su temor y vibraba con un inusitado deseo carnal, haciendo que su vagina se inundara con acuosa lujuria. Como un flor florecida, su vagina se abrió e hizo espacio para él, ayudándolo a alcanzar nuevas profundidades dentro de su intimidad.


La velocidad de penetración aumentó llevándola a la cresta del placer, casi sin darse cuenta explotó en orgásmicas convulsiones que la llenaron de éxtasis mientras el grueso pene continuaba deslizándose hacia abajo. Su estrecho pasaje enardecido ondulaba de pasión ordeñando la inmensa polla que horadaba sus entrañas. Lo masajeaba y lo apretaba con sus vibrantes músculos vaginales, tirando de él lo más profundo posible.


En respuesta a los espasmos y contracciones que agarraba su virilidad entiesada al máximo. La respiración del mocito se agitó y se hizo más corta. La novicia se sobresaltó, reconoció esa señal, el chico estaba a punto de eyacular y esta vez su polla estaba enterrada profundamente en ella; horrorizada gritó:
—¡Nooo! … ¡Nooo! …
El adolescente estaba pronto a inundarla con su semilla y ella recordó las casi olvidadas enseñanzas de educación sexual que le enseñaron a reconocer su propio ciclo de fertilidad y en este preciso momento ella sabía que tenía un ovulo preparado y listo a la fecundación. Pensó que nunca tendría que preocuparse por ella misma, pero ahora estaba consciente de tener un ovulo maduro para la fertilización y esto la llenó de un terror helado.
—¡Oh, Dios! … ¡Haz que no suceda! … ¡Protégeme tú, mi Señor! …
Sollozó mientras sentía el cuerpo del mocito que se tensaba y su pene parecía vibrar e hincharse raspando sus paredes vaginales haciéndola vibrar y desearlo aún más profundamente. Se le hizo un nudo en la garganta mientras sentía la maciza polla golpeándola fuertemente y de repente su coño pareció inflarse y la polla vibraba ferozmente dentro de su vagina y se le escapó un largo suspiro sintiendo la presión y una oleada de calidez la invadió, se dio cuenta de que la semilla del chico estaba ahora en ella.
—¡Hmmmm! …
Jadeó ostensiblemente sintiendo su pecho apretado y el ariete cálido deslizándose aún más profundo derramando su líquido fertilizador en los profundo de su panocha fecunda. Los embistes se habían aminorado, el pene parecía aflojarse, pero los chorritos seguían vertiéndose en ella, haciendo que una fecundación fuera muy posible.
—¡Ooohh! … ¡Nooo! …
Ella lloró mientras sentía el jarabe fecundo inundando su fértil útero. Cerró los ojos derrotada, pero no vio la oscuridad cernirse sobre ella. Todo se iluminó con una luz celestial, la verga restregaba y escupía dentro de ella haciéndola vibrar y alcanzar otro orgasmo esplendido. La novicia tembló en éxtasis ante un nuevo sentimiento. Sintió que dentro de su vientre comenzaría a formarse un niño a causa del prolífico semen. Imagino a esos millones de espermatozoos en carrera hacia su ovulo. Era la gracia del Señor. El regalo del creador que gestaba otro ser dentro de su vientre. Una ofrenda del Todopoderoso.


El mocito había vertido muchísimo esperma dentro de ella. La hizo tocar la cima de varios orgasmos. Su cuerpo se estremeció muchas veces bajo el de él. Después de haber sido drenado totalmente de su potente descarga, la polla del muchacho comenzó a suavizarse y desinflarse. Ella sintió que la respiración del chico se había normalizado. Estaba encantada por la calidez que aún llenaba su panocha y trató de mantenerla dentro de ella, pero las deliciosas contracciones de su coño tuvieron el efecto contrario y empujó fuera de su encantadora cuevita al invasor. Un torrente de semen comenzó a rezumar de su chocho y a escurrir por el surco de sus nalgas, terminando de apozarse en las sábanas debajo de ella.


Acarició la cabeza del adolescente que yacía encima de ella. Su mente era un torbellino de emociones contradictorias y confusas. No había duda de que su coño fértil había sido inundado de esperma fertilizador, semen joven, buena semilla, se dijo para sí misma. ¿Cómo podría no ser? ¡Su eyaculación fue abundante!


Sin embargo, el regalo divino podría cambiar drásticamente todos los planes que ella había hecho en precedencia. No pudo evitar de recordar la conversación que tuvo con la Madre Superiora cuando llegó por primera vez al convento. Lo primero que había señalado la Prelada, eran sus amplias caderas y los prominentes senos, le hizo notar que ella estaba perfecta para la maternidad; ese era otro modo perfecto de servir al creador. Le dijo que para ella sería fácil concebir un niño y podría dar a luz con relativa comodidad si fuera esa la voluntad de Dios. La Madre Superiora parecía decepcionada que ella no hubiese elegido el camino de la maternidad. Hacía poco más de una semana, durante su ciclo menstrual, la Madre Superiora había mencionado nuevamente que el Todopoderoso le había dado el don de la fertilidad juvenil y parecía una pena que ella no aceptara la ofrenda del Señor.


Ahora esas palabras giraban en su cabeza “fertilidad juvenil”, “concebir con facilidad”, “ofrenda del Señor”. Llegó la mañana y el chico salto fuera de su celda, lo vio alejarse caminando tranquilo sobre el césped y sintió la humedad que brotaba de su vagina, sus muslos temblaron ansiosos, sintió su panocha vacía. Un vacío que nunca antes sintió y que no sabía que existía, se sintió acongojada.


Por la noche cuando el jovencito regresó a su celda, la novicia ardía de ganas y deseos, esta hambre de deseos carnales la asustaba. No veía la hora de que el muchacho se desnudara, ella estaba ya desnuda para él y lo esperaba impaciente. El mocito se sintió sorprendido cuando se recostó encima de ella con su pene ya macizo y duro, Sor Carolina metió su mano entre ellos y aferró su verga para dirigirla a su panocha candente y mojada. La miró fijamente a sus ojos claros y le preguntó:
—Hermana … ¿me estás ofreciendo la taza del Señor para que la llene como yo quiera? …
—Nnn-no … no … solo te encamino un poco …
Dijo soltando la polla vibrante que se deslizó entre sus labios resbaladizos, que la envolvieron acogedoramente aceptando la calidez del chico, luego agregó:
—… solo te ofrezco mi calidez … en agradecimiento a tu oferta de calidez hacia mí … ¿acaso no te agrada? …
El chico gruño con una hermosa sonrisa:
—Es agradable, hermana … y tu eres muy hermosa …
Las caderas de él se posaron bien sobre ella y la novicia comenzó a sentir como el grueso pene estiraba las estrechas paredes de su panocha en su avance imparable hacia adentro. Sor Carolina sintió la fogosidad del empuje del mocito, sus ideas confusas y contradictorias hicieron presa de ella:
—¡Espera! … ¡Hazlo con cuidado! … No olvides que soy la prometida del Señor … no te pertenezco a ti … ¡Recuérdalo! …
El chico flexionó su cuerpo dentro de ella, ambos temblaron sintiendo la exquisitas sensaciones y él le dijo:
—Ábrete … acepta la ofrenda de mi calidez … es el Señor que me guía dentro de ti …
Tanto como si fuera un dogma, él presionó su polla y se hundió más profundamente en la carnosa y empapada vulva de Sor Carolina, haciéndola jadear y apretar sus enormes tetas contra sus amplios pectorales, gemidos de placer escaparon de la boca de la monja.
—¡Ummmm! … ¡Ssiii! … Solo un poco y con tu promesa de cuidar mi fragilidad … porque estas en mi sala de fertilidad y no puedes derramar tu semilla allí …
—¿Eres fértil, hermana? …
—Sí … mi útero es sano y está preparado … si tu esperma fluyese profundamente en mí … podría fertilizar mi ovulo y ciertamente se formará un niño …
Lejos de aminorar su pasión, la revelación de la eclesiástica alimento el deseo voraz del mocito. Sintió la ardiente necesidad crecer dentro de él y su pene vibro apretado entre los pliegues fecundos de Sor Carolina. Por respeto hacia su benefactora dijo:
—Esta bien … seré consciente de tus necesidades, hermana … ¿debo abstenerme de liberar? …
Hizo la pregunta clavando su estaca en lo más profundo de ella y ella lo abrazo gimiendo con pasión.
—Bueno … ¡ehm! … sí … si puedes … si no puedes contenerte, retírate en tiempo …
La voz del chico estaba ronca de pasión y el embiste de sus caderas se hicieron más insistentes:
—Pero el riesgo está siempre presente, hermana …
—Solo el Señor puede protegerme … me entrego a él … ¡Oh, Dios mío! … ¡Ummmm! …
La escuchó sollozar con su pene enterrado en su cálido coño ajustado, ella gimió con sus uñas arañando la espalda del mocito.
—¿Qué tan bien me sientes? … ¿Es tan agradable para ti? …
Preguntó curiosa la monja.
—¡Oh, sí! … es muy tierno y agradable estar en ti …
Gimió el jovencito deteniéndose un poco para levantar ambas piernas de Sor Carolina en el aire y exponer toda su panocha para penetrarla hasta que sus cojones se estrellaran con los glúteos de ella. Ella gimió y no objetó este nuevo movimiento que le daba nuevas y más placenteras sensaciones a través de la tierna y cálida carne de su interior mientras el pene de él sacaba chispas que hacían encender el fuego interno de ella.


Poco a poco retrocedió y volvió a empujar, ambos gimieron mientras el dilatado glande del chico tocaba los confines más internos de esa vulva que pulsaba y lo apretaba cálidamente. Perforó, empujó y la penetró hasta el final tocando los suaves y tierno tejidos de la doncella. Sor Carolina gritó ante el estrecho contacto y el muchacho retrocedió, solo para volver a golpear más duro, ella mordió su hombro para acallar sus chillidos de loco placer.


Él comenzó un frenético mete y saca poseyéndola enteramente. La fricción de la perilla bulbosa del muchacho se movía de un lado a otro, acariciando la matriz de ella y la entrada de su útero, tal acción provocó un orgasmo mayor de Sor Carolina haciéndola arder en llamas de pasión. Todo su ser se estremeció y su panocha succionó, acarició y ordeñó la verga del chico y sus piernas envolvieron al mocito, entonces, con inusitada fogosidad, la hermana clavó los talones en los glúteos del adolescente empujándolo inexorablemente a un contacto más estrecho y más profundo con su coño caliente.


La respiración del muchacho se hizo más pesada y dificultosa y ella sabía lo que eso significaba y lo apretó a sí para no dejarlo escapar. El ataque de él se hizo más intenso. De repente ella hizo una mueca mientras él la estaba embistiendo con la consueta impetuosidad de un joven mocito. No cabía ninguna duda, el pene estaba en lo más profundo de ella y golpeaba placentera y dolorosamente a la vez, el cuello de su útero. Sor Carolina con sus tetas totalmente aplastadas por el pecho del chico, volvió a gritar, tanto de dolor como en éxtasis, creyó que su panocha iba a romperse. Escuchó como de muy lejano el largo suspiro y gemido del muchacho, la señal era inequívoca y reconocible, la eyaculación era inminente.


Un repentino miedo atenazó su alma. De nuevo sintió un poderoso golpe dentro de ella acompañado de un dolor desgarrador. Su vagina succionaba al chico que apuñalaba su matriz desenfrenadamente. Demasiado tarde, instintivamente sus muslos se abrieron aún más y empujó su pelvis hacia arriba ofreciéndole la taza del Señor completamente al jovencito. Su coño se contrajo y su cuerpo se contorsionó e intento en vano una escapada de último minuto, pero la inseminación había ya comenzado.


Sintió como el enorme pene se hinchaba y mientras el horror la consumía, las rosáceas paredes de su vagina venían rociadas profusamente por el líquido fecundador que llenaba la taza del Señor. Ya no había ningún vestigio de su castidad, su panocha estaba rebosada de esperma. Sor Carolina derramó sus lágrimas sintiendo la presión caliente del semen del chico vertiéndose en continuos borbotones dentro de su matriz, su panocha se hinchaba y succionaba al jovencito con deseos carnales contra su voluntad. Hágase la voluntad del Señor, pensó para calmar su mente confusa. Pero el grueso pene no le daba un segundo de respiro y se meneaba dentro de ella expulsando en forma incontenible los chorros de la vida. Esto la excito sobre manera, haciéndola alcanzar un enésimo y tremendo orgasmo que sacó gruñidos guturales y bestiales de su garganta. Una vez más gritó:
—¡Nnn-no! … ¡Nooo! …
Pero su cuerpo tiritaba y su carne palpitaba apretando la polla de él, estrujando las últimas gotas de su virilidad.

(Continuará …)

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