Mi padre y mi compañero de colegio.

Written by , on 2021-10-22, genre incesto

Mi nombre es Angela, tengo treinta y siete años, me case con un hombre maravilloso hace doce años, jamás me llamo la atención otro hombre, pero comencé a subir de peso y creo que ese fue el motivo de que mi vida conyugal fuese dañada irremediablemente.

Mi círculo de amistades me consolaba diciendo que mi sobrepeso no era exagerado, que por ninguna razón debiera de considerarme obesa, sino una mujer maciza, muy atractiva y estéticamente agradable, pero para mi marido no era así, me di cuenta de que al cabo de algunos años él ya no se sentía atraído sexualmente por mí, su comportamiento había cambiado y ya no me seguía con la vista, sus miradas se iban hacia otras mujeres más jóvenes y esbeltas que yo.

Traté de cambiar mi modo de vestir para resaltar lo que yo estimaba fuesen mis atributos mejores, mi decepción fue total, pues todos se dieron cuenta y recibí muchos halagos, excepto de él, mi consorte ni siquiera me digno un comentario, ya no me miraba.

Nuestra relación fue precipitándose lo que me hizo caer en una depresión mayúscula, en el ápice de nuestra crisis, caí en los brazos de otro hombre que supo apreciarme y darme lo que mi esposo ya no me daba, un lecho donde un hombre y una mujer consumaban un acto sexual vivo, aventuroso y caliente.

Una fría mañana de viernes, mientras viajaba en el Metro, me encontré con un viejo compañero del colegio, yo no lo reconocí, pero él a mí sí, después de un momento de confusión me recordé de él, era un muchacho no muy atrayente, ninguna chica quería andar con él, aun cuando era muy inteligente e histriónico, de hecho, nos divertía en clases contando chistes y remedaba a nuestros profesores, lo que nos resultaba bastante cómico.

Me encontré ante mí a un hombre bastante apuesto, de mi edad, cabellos con incipientes canas lo que le daba un aspecto interesante, su físico era robusto, pero no gordo, vestía elegantemente con traje y corbata, digamos que se había convertido en un atractivo y encantador hombre maduro.

—¿Angela? …
—¿Sí? …
—¿Te recuerdas de mí? …
—umpf … ¿Daniel? …
—¡Sí! … soy yo Daniel … tu compañero de curso …
—¡Oh! … sí … que bien estas … ¡eres más musculoso! … ¡tu rostro es suave! … ¡te has vuelto un hombre muy guapo! …
—Sí … y ya no tengo espinillas … ¿ves? … je je je …
—¡Uy! sí … es verdad … te ves muy bien …
—¡Ya! … un poco de ejercicios y una vida sana … este es el resultado …
—¡Uy! sí … tienes hartas canitas … pero te ves genial … si vieras a los demás … Juan Carlos, el más mino del curso ahora está pelado y gordo … y para que vamos a hablar del resto …
—Tú también estás bien …
—¿Estas bromeando? … pero si he engordado como una ballena …
—¡Ni lo digas! … si todas las ballenas fueran así … las mujeres lucharían por lograrlo …
—¡Que adulador que eres! … sabes que no te creo … je je je
—Cuéntame, ¿Qué estás haciendo? … ¿Dónde trabajas? … ¿te casaste? … ¿Tienes hijos? …
—¡Ay! hombre … respira … ¡son muchas tus preguntas! …
—Sí … perdona … háblame un poco de ti …
—Bueno … llevo doce años casada … tengo dos hijos, un hombrecito y una nena … trabajo en la municipalidad de Providencia …. y … eso … una vida normal …
—¡Ah! sí … ¡eras la mejor en el colegio! …
—Sí eran otros tiempos … ¡ah! … mi marido es oficial de la Armada …
—¡Un marino! … ¡te casáste con un marino! …
—¡Sí! … y … ¿Y tú? … que has hecho … ¿tienes esposa? …
—¡No! … no estoy casado … trabajo para Banco Estado en el sector de microempresas … financiamiento a las pymes …
—¿Trabajas en un banco? …
—Sí …
—¡Ah! … es por eso por lo que cuidas tanto tu aspecto … me imagino cuantas mujeres te persiguen …
—¡Sí! … han sido varias … pero no es lo que yo quisiera …
—¡Cómo! … ¡deberías estar feliz! … quizás … ¿decepciones de amor? … ¿verdad? …
—Digamos solamente que uno propone y dios dispone … las cosas no siempre resultan como uno quisiera …

Guardé silencio ante el tono serio y anonadado de él, me sentí identificada por la crisis de mi propia relación conyugal, me sentí cercana a él, lo sentía frágil, hubiese querido abrazarlo, inexplicablemente el Metro dio una inesperada frenada y me encontré en los brazos de él, me apañó delicadamente y me abrazó para que no cayera, el Metro continuó sin ulteriores sobresaltos, pero él me mantuvo abrazada y me sentí segura entre sus fuertes brazos alrededor de mi cintura, curiosamente su proximidad no me desagradaba, el contacto físico me estaba provocando un estremecimiento, creo que él se percató de las vibraciones de mi cuerpo y sentí que me estrechó a él.

Sus ojos claros y brillantes me fijaban intensamente, su miraba resplandecía y como que me iluminaba, era una mirada profunda que me transmitía una fuerte sensación que me hizo temblar mis piernas.

Fue el clásico flechazo a primera vista, sus ojos me embrujaron, no podía despegar mis ojos de él, hasta que la voz del altoparlante del Metro me trajo de vuelta a la tierra …
—“Próxima parada los Dominicos”
Me despegué suavemente de su pecho …
—¡Yo! … yo bajo en la próxima …
—Yo también …
Una vez que bajamos nos seguimos mirando como embobados, ninguno de los dos quería interrumpir esa dulzura y romanticismo que se estaba creando entre nos dos, por la forma en que me miraba, se notaba que yo le gustaba y esto me llenaba de una sensación de plenitud y alegría, había un hombre que me miraba como mujer y me deseaba, le di la mano como para despedirme, pero no me podía ir así sin decir nada.
—Daniel … ¿me querías decir alguna cosa antes de bajar? …
—¡Emh! … sí …bueno … me gustaría verte de nuevo … ¿si me lo permites? …
Sentí maripositas en mi barriguita, un ligero hormigueo en mi panocha … respondí casi de prisa y sopetón …
—¡Sí! … por supuesto que sí … me encantaría …
Vi que sus ojos se iluminaron con una luz nueva, parecía que no esperaba nada más, así que me respondió con la misma premura y velocidad.
—Entonces … mañana … te va mañana …
—¡Sí! … mañana por la mañana estoy libre …
Me sentí un poco incomoda al ver respondido así de rápido, porque tal vez le había dado una impresión equivocada, quizás me estaba mostrando demasiado interesada y ansiosa, a él se le dibujó una enigmática sonrisa en sus labios.
—¡Yo también! … te va como a eso de las diez …
—Perfecto … a las diez estaré aquí mismo … no vivo muy lejos de acá …
Después de esa primera cita vinieron muchas más, hasta que nos enamoramos, sentíamos la necesidad de encontrarnos en la intimidad, la primera vez fue en su casa, el también vivía en un departamento.

Una vez que llegamos a su departamento, él me llevo a la cocina para preparar un café, pero estábamos tan excitados, como dementes famélicos de nuestros cuerpos y de sensaciones extremas, su ímpetu me sorprendió, quizás porque hacía muchos años que no me cogían casi salvajemente, terminamos abrazados y despojándonos de nuestros vestidos, el piso de la cocina estaba frio, nuestros vestidos fueron nuestro lecho, él me miraba con ojos de lobo hambriento, me abrió los muslos, como un feroz depredador se sumergió en mi vagina, lo que más me encantaba su mirada de admiración y deseos por mí, muchos años que no me sentía observada con esa pasión, con esas ganas.

Su lengua actuaba milagros en mi panocha fervorosa y excitada, todos lo recovecos y pliegues de mi sexo venían estirados y lamidos por esa lengua voraz, sus manos acariciaban el interno de mis muslos, se deslizaban por mis caderas para apoderarse de mis tetas y pezones, se solazaba felizmente con mi femineidad y esto me enloquecía.

No había ninguna posibilidad de resistirse a la vorágine de estímulos que trastornaban todo mi bajo vientre, algo de inconcebible elevado a la enésima potencia, me corrí como una guarra adolescente a sus primeros encuentros con el sexo.

Rápidamente me repuse y me sentí en la obligación de devolverle el favor de tan maravilloso orgasmo, me encontré con su pene grande y largo, el patito feo se había trasformado en un muy bien dotado cisne, ¿Uy! ¡que magnifica verga!, apenas mis dedos entraron en contacto con su pija, pude apreciar su solidez y dureza, las venas que recorrían toda su longitud parecían ríos azulinos desbordados, me lo metí en la boca con mucha pasión, Daniel comenzó a follar mis labios, luego toda mi boca, agarró mí cabeza y empujó su verga al interior de mí, era difícil para mí respirar con ese enorme monstruo obturando mi faringe y esófago.

Había momentos que sufría falta de oxígeno, él lo entendía y se retiraba para permitirme respirar, mis ojos estaban delirantes y llorosos, disfrutaba siendo sumisa con él, en otros instantes escupía y tenía conatos de vómitos, me salía una saliva espumosa que descendía por mi barbilla hacía mis pechos, él me dominaba y disfrutaba haciéndolo, yo me rendía sumisa y era su esclava lujuriosa que aceptaba todo con tal de satisfacerlo.

Teníamos un sexo demencial, él hacía prácticamente lo que quería conmigo y yo me entregaba al goce desenfrenado que me procuraba su verga, me acostumbre a usar lencería erótica y a él le gustaba y lo apreciaba mucho, la dureza de su miembro y las veces que me follaba me lo confirmaban, me vestía en forma provocativa para él en cada ocasión que podía, porque la recompensa la recibía mi conchita al ser follada una y otra vez.

Le encantaba verme en tanga, sujetador a balcón, medias y ligueros, toda mi piel expuesta era lamida, besada y acariciada miles de veces, esa primera vez en su casa y después de haberme cogido en todas las posiciones que su imaginación le sugería, me bloqueo a lo perrito sobre el piso de la cocina penetrándome como desde arriba, descargando toda su apasionada lujuria en mi coño que se contraía de loco placer, desde entonces su casa se convirtió en el lugar donde encontrarnos y dar rienda suelta a todos nuestros concupiscentes, apasionados y perversos deseos, no me saciaba de chuparle su verga y el no se cansaba de follar mi conchita.

Las visitas periódicas de su madre interrumpían la cotidianidad de nuestros encuentros, momentos en que elegíamos encontrarnos en algún motel, la pasión que nos unía era demasiado intensa y no queríamos perder el tiempo de amarnos con eventualidades que no podíamos controlar. Más adelante en nuestra relación, decidimos encontrarnos en mi casa, ya que mi marido estaba embarcado y me visitaba solo a fines de semana alternos, ocasiones en que ni siquiera me tocaba.

Era arriesgado hacerlo en mi casa, pero en ese horario tanto mi madre como mi padre se encontraban trabajando y mis niños estaban en el colegio.

Con la excusa de haber encontrado un viejo amigo de la escuela, llevé Daniel a casa, se convirtió en amigo de la familia, como amante de la vida marina y pesca, rápidamente hizo amistad con mi marido, el cual inmediatamente lo encuadro como “raro” y posteriormente lo tachó de homosexual, ya que jamás hacía alusión a mujeres


Le había hecho sospechar que nunca hablaba de mujeres; que vivía solo y que nunca lo había visto con una chica. Por reflejo, también mis padres, sugestionados por mi marido, vieron en su comportamiento un aspecto relacionado con la homosexualidad. Mi padre estuvo de acuerdo con mi marido y para ellos Daniel no representaba un peligro a mi honra, a mi me divertía mucho la situación y contribuí a reforzar en ellos esta apreciación equivocada.

Para mí Daniel me había hecho alcanzar un estado satisfactorio de tranquilidad psicofísica, él era el amante ideal, ya que ambos no queríamos mucho compromiso y estábamos bien en mantener nuestra relación sin complicaciones sociales existenciales ni conflictos civiles, tanto él como yo, éramos felices obteniendo el máximo de placer en los momentos en que podíamos juntarnos y desencadenábamos todos nuestras frivolidades sexuales.

Podría decirse que la relación mía con Daniel me había solucionado mis conflictos matrimoniales, habíamos conformado una especie de trio que funcionaba perfecta y maravillosamente, mi esposo bien con su vida profesional, las pocas satisfacciones que me daba venían compensadas por la intensa conexión sexual que me daba Daniel.

Pero cuando el diablo mete su caprichosa cola … nadie podía prever lo que sucedió después.

Debido a la Pandemia, papá comenzó a trabajar desde casa, esto complicó nuestros planes y ponía en riesgo nuestro esplendido y funcional menage-a-trois. De todas maneras, considerando que el departamento de papá estaba dos pisos, nos garantizaba una cierta seguridad, además, la presencia de Daniel en casa a nadie llamaba la atención debido a su supuesta homosexualidad.

Pero como dije, la vida tiene imprevistos.

Una mañana, recibí a Daniel como de costumbre, con una provocativa lencería sujetador y tanga de color negro, con medias satinadas muy finas, sujetadas con un liguero con bordados, había un ambiente perfumado con esencias exóticas y zapatos de tacón altísimos, lo esperaba muy excitada y dispuesta para él. Daniel llego puntualmente como de costumbre, nos besamos desde un principio, seguimos besándonos mientras nos íbamos al dormitorio, mientras se desnudaba yo me había hecho cargo de su verga que se endurecía como piedra, acaricié entre mis dedos sus cojones y luego engullí pausadamente su magnifico pene, se lo chupaba desde la gruesa cabezota de su glande, hasta que mi nariz tocaba la piel de su vientre, cuando estaba todo bañado de mi saliva, me puse a pajearlo vigorosamente, después me lo metí entre mis tetas y lo apapaché con la esponjosidad de mis carnes calientes, estábamos ensimismados en darnos mutuo placer … cuando sucedió el fin del mundo:
—¿Qué demonios está pasando aquí? …
—¡Chucha! … ¡Mi padre! …
No quedamos petrificados cuando nos percatamos de que mi papá nos había sorprendido en el acto, mi padre estaba allí en el vano de la puerta de mi dormitorio. Daniel se asustó y avergonzado se escapó y en segundos desapareció quien sabe por dónde.

Mi padre estaba vestido con una bata y una maza de beisbol en su mano, en sus ojos brillaba una furia asesina. Me arrodillé en la cama incapaz de reaccionar y levantarme, me sentía atrapada, la situación era muy embarazosa, no había trazas de Daniel, me encontraba sola, abandonada y expuesta a la ira de papá.
—¿Qué mierda estás haciendo? … ¿Qué clase de mujer eres? … ¿En tú casa? … ¿Mientras tú marido está ausente? … ¡Mírate! … ¡Pareces una puta! … ¡Estaban tan calientes que se les olvido cerrar la puerta! … ¡Que vergüenza! … ¡Tú, mi hija! …
¡Conchas grandes!, papá tenía razón, no habíamos tomado las debidas precauciones, increíblemente, habíamos dejado la puerta abierta, fue una vecina la que avisó a papá que la puerta de mi departamento estaba abierta y ella había visto entrar a un hombre, papá alarmado había agarrado el bate de beisbol y sin preocuparse de vestirse, había bajado a defender a su hija.
—¡Y con ese idiota! … ¡Si pensé que era un maricón! … ¡En vez de eso, se estaba culeando a su compañera de colegio! … ¡Qué clase de hombres es! … ¡Meterse a destruir una familia y la confianza de la gente! … ¡Eres una puta asquerosa! …
—Pero … papá …
—¡Cállate! … ¡Que no he terminado! … ¿Cómo te has atrevido a traicionar al hombre que te mantiene y te hace vivir como una señora? …
Sus últimas palabras me sacaron de quicio y no pude aguantar más insultos, le grité:
—¡Basta! … ¡Basta! … ¿Qué sabes tú? … ¡Me juzgas por las apariencias! … ¡Mi marido ya no me ama! … ¡Es un bastardo egoísta y probablemente me engaña! … ¡No es el gran hombre que crees tú! …
—¡Ah! ¡Sí! … ¿Y tú! … ¿Qué has hecho para cambiar todo eso? … ¡Le has soltado el chocho a otro hombre! … ¡Te has puesto a follar con otro! … ¡Eres una vulgar puta! …
Con sus ojos llenos de odio y furia se abalanzó contra mí agarrándome de los cabellos y me arrastro a la sala de estar, se fue a la cocina y apareció con un cucharón de madera, blandiéndolo en el aire amenazadoramente:
—¡De niña era tú madre la que te castigaba cuando hacías estupideces! … ¡Pero ahora eres una mujer adulta! … ¡Debes entender que lo que has hecho es una mierda! … ¡Creo que necesitas un castigo corporal! … ¡Unas simples bofetadas no bastarían! …
—¡Pero papá! … ¿Qué vas a hacer? …
—¡Arrodíllate sobre la mesa ahora! …
—¨Pero papá! … ¿Te has vuelto loco? …
—¡No! … ¡No estoy loco! … ¡Estoy hirviendo de rabia al ver a mi hija querida convertida en una puta! … ¡Necesito desahogarme! … ¡Necesito aplacar esta rabia! … ¡Si quieres que calle para siempre esto y que sea un secreto entre tu yo, debo hacerlo a mi manera! … ¡Tengo que castigarte! … ¡Ahora arrodíllate sobre la mesa! … ¡No me lo hagas repetir, mierda! …
Su comportamiento me atemorizaba, había ira y determinación en su rostro, blandió el cucharón como un objeto amenazador, sus palabras de mantener todo en secreto entre el y yo, me hicieron someterme, lentamente me acomodé arrodillada sobre la mesita de centro, mi padre quería infligirme un castigo corporal.

Me sentía dominada por mi padre, pero el sentimiento de miedo se trasformó en una excitación diferente, me temblaron las piernas sintiendo la fuerza con que mi padre me controlaba, me sentía turbada esperando los golpes del cucharón, sin previo aviso golpeó mis nalgas con un violento golpe:
—¡Toma puta! … ¡Toma! … ¡Ciaf! … ¡Ciaf! …
Me golpeó con rabia varias veces, apreté mis dientes para soportar el dolor y ardor de mis nalgas, pero de pronto los golpes se detuvieron, por alguna extraña razón mi panocha también me ardía, pensé que se había desahogado y que su amor paterno había prevalecido, no hice ningún movimiento esperando una orden suya, quizás volvería a pegarme, quizás me dejaría ir.

El silencio que reinaba era impresionante, pensé que los golpes habían sido pocos para la ira que lo animaba unos minutos antes, mientras reflexionaba sobre lo sucedido, otra vez sentí que se movía, sentí que tomaba mi tanga y la corría hacía un lado, luego algo duro y tibio se encanaló en la hendidura de mi coño.

Por breves momentos no sabía que me había insertado en mi vagina, pero luego sentí la sensación de tener una polla dentro de mí, la penetración me había tomado por sorpresa, el repentino asalto no me dejo tiempo a reaccionar, además, me sentía en un estado de goce intenso con ese tremendo pollón dentro de mí, comencé a gemir y a quejarme de placer.

No me parecía que mi padre estuviese abusando de mí, me estaba follando con furia, me parecía una situación increíble, pero real, porque efectivamente dentro de mí había una gruesa verga, la verga de papá, la fácil penetración de papá se debió a que mi coño estaba mojadito y mi excitación a causa de los golpes de cucharón me tenían más que dispuesta, mi situación era de un intenso disfrute que me hizo inclinarme y lanzar mi culito hacia atrás y poder prender toda la polla de papá, él también me aferraba con fuerza y con gran ardor y vehemencia me embestía con su pene grueso y duro, mi goce era tal, que me encontré a gemir y chillar lujuriosamente, participando activamente en esta follada paternal.
—¡Aaaaarrrrgggghhhh! … ¡Uuuummmmhhhhh! … ¡Ssssiiii! …
Me relaje y mi inhibición desapareció, ¡Mi Dios!, me hacia morir, era muy placentera la verga de papá, su cuerpo seco y nervudo se movía detrás de mí con fuerza, la mesa chirriaba un poco por el peso y los fuertes embistes de papá, pero eso no entraba en la lista de mis preocupaciones, lo único que ocupaba todos mis sentidos, era el refriegue de la asta de mi padre enterrada profundamente en mi coño, tan profundo que estimulaba mi útero, poco a poco esta relación incestuosa comenzó a hacerme vibrar como hembra y lo comencé a animar:
—¡Ssssiiii! … ¡cógeme, papá! … ¡más fuerte! … ¡oooohhhh! … ¡Asssssiiii! …
También él se hizo escuchar:
—¡Puta! … ¡Eres una puta! … ¡Toma te la doy toda! … ¡Toma! … ¡Toma! … ¡Si te gusta tanto follar, aquí tienes otra polla cogiéndote! … ¡Puta! … ¡Tengo una hija puta! …
Era una locura, pero seguramente papá viéndome “a lo perrito” y con la hendidura de mi concha expuesta, le debe haber excitado tanto de incitarlo a penetrarme sin cuidarse de que yo soy su hija, exaltando esta acción incestuosa, era una extraña punición, pero la acepté porque no me provocaba dolor, muy por el contrario, me la estaba gozando toda. Me había convertido en un esposa infiel y puta, además, en una hija incestuosa y puta que se dejaba follar por su padre, me parecía la más rica perversión que pudiese imaginar.
—¡Ssssiiii! Papá … ¡me gusta! … ¡Oh! dios como me gusta … ¡Dámela toda, papá! … ¡Soy tu hija puta, papá! …
—¡Toma! … ¡Toma! … ¡Ya no eres mi hija! … ¡Eres mi puta callejera! … ¡Toma! … ¡Toh! …
—¡Ssssiiii! Papá … ¡Soy tu puta! … ¡Cómo me gusta! … ¡Me gusta, papá! … ¡Ssiii! …
—¡Te vi cómo se la chupabas al otro … ahora me la chuparás a mí! …
Así diciendo, giró en torno a la mesa y vino delante de mí, su verga me fascino inmediatamente, gruesa y enhiesta, lustrosa y llena de fluidos, hermosa y magnética, abrí mi boca y él como poseído me aferró de mis cabellos y me la metió de un golpe, se la comencé a mamar fervorosamente, se lo chupaba y lamía con intensidad, con ternura y pasión, la verga de papá era esplendida, por largo goce de su pene en mi boca, luego se detuvo:
—¡Ahora vamos a la cama … estoy incomodo aquí! …
Mi padre me ordenaba y dominaba, yo sumisa le obedecía en todo, su mente obnubilada por la excitación y sus instintos animales le incitaba a continuar su copulación conmigo, su hija, yo también me sentía caliente y esclava de mi lujuria disfrutando al máximo el goce que él me estaba procurando.

Con una fuerza inaudita me quitó el camisón trasparente y quede solo con mis medias negras a medio muslo, me dio un empellón y me tiro a la cama, luego me acomodó una vez más a lo perrito y ubicándose detrás de mí, volvió a cogerme con un ímpetu inusitado, sus apasionados embates parecían mucho más fuerte e incisivos que antes.
—¡Aaaaarrrrgggghhhh! … ¡Ssssiiii! Papá … ¡Ssssiiii! …
Estaba en una especie de trance de lujuria, como inconsciente, era una situación demencial, increíble y extraordinaria, es muy difícil de describir si no se experimenta algo así tan bizarro de persona.

Papá siguió follándome enérgicamente y en todas las posiciones posibles e imaginables, perdí la cuenta de mis orgasmos y me sorprendía su vigor, lo sentí eyacular dentro de mí una vez, pero su pene jamás perdió la erección, luego cuando me estaba haciendo morir en la posición del misionero, mis muslos abiertos de par en par y tirándolo de sus caderas para que me lo metiera más adentro, papá se enderezó y moviendo su pene con su mano, comenzó a verter sus chorros de esperma en mis tetas y mi rostro, no me sentí humillada, estaba en un éxtasis absoluto y presa de otro salvaje orgasmo.

Derramó las últimas gotas de su semen en mi boca, yo agarré su pene y se lo chupé codiciosamente, mis dedos estaban impregnados de esa esperma paterna que me había generado.

Desde ese día mi ménage se convirtió en cuatro, no podía renunciar a Daniel, tampoco rehusaba los escasos avances de mi marido y papá dos o tres veces por semana bajaba a mi departamento y me follaba hasta el cansancio.

Convencí a Daniel que al final papá había sido comprensivo y que había comprendido la situación, por eso me había pedido de que fuéramos más prudentes y que quería solo mi felicidad, con esa complicidad, nuestra aventura se hizo más segura y estable,

Nunca le dije a Daniel que me había convertido también en la puta de papá.

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