Anita en manos de un antiguo amigo

Written by , on 2018-06-17, genre voyeur

Al poco tiempo de casarnos, Ana y yo nos mudamos a una zona muy tranquila en Villa Urquiza.

Un sábado nos levantamos temprano. Ella salió para el gimnasio y yo llevé mi auto a arreglar al taller de Andrés, vecino y por pura casualidad, compañero de la escuela secundaria.

Andrés tenía mi edad, era un tipo extremadamente fornido y aunque tenía aspecto de una persona un poco ruda, siempre había sido muy amable con mi esposa y conmigo.

“Hoy tengo un de trabajo acumulado, pero no te hagas problema, lo reviso y cuando cierro al mediodía te lo alcanzo a tu casa, así de paso saludo a tu mujer… “. Dijo mientras sonreía.

Le agradecí, un poco sorprendido por la mención de Anita.

Mientras caminaba hacia mi casa sospeché que Andrés le tenía ganas a mi esposa y fue entonces que, en vez de enojarme, me imaginé a ella mostrándole la cola desnuda y eso me excitó terriblemente, al punto que empecé a sentir una buena erección.

Al llegar a casa me tiré en la cama y me masturbé frenéticamente imaginando que Andrés, con una actitud brutal, le destrozaba el culo a mi esposa y, para peor, ella quedaba satisfecha y contenta.

Al mediodía Andrés tocó el timbre para entregarme el auto. Sin pensarlo, lo invité a pasar y a tomar algo para agradecerle el favor. Sabía que Anita llegaría en cualquier momento con sus calzas de gimnasia y quería ver la cara de Andrés cuando la viera.

El mecánico se sentó en un sillón del living, preguntando por mi esposa, a lo que respondí que estaba por llegar. Entonces dijo:

“Podría quedarme para verla y saludarla…”
Le dije que no había problema. Eso lo animó a continuar diciendo:

“No lo tomes a mal, Víctor; pero tu mujer tiene un culo infernal; da gusto mirarlo, dan ganas de rompérselo a pura pija…”

Una reacción normal hubiera sido de bronca y echarlo de mi casa a patadas por desubicado, pero no, en vez de eso, me calentó tanto escucharlo que me produjo una erección inmediata. Por mi silencio; Andrés se dio cuenta de que tenía vía libre para seguir.

“A ella le debe gustar mostrarlo, porque siempre anda caminando con ese lindo culo bien parado. Qué suerte la tuya de meterla en ese hoyo bien apretado… Porque se lo estás haciendo… no?”

“No, a ella no le gusta que le dé por atrás…” Me animé a decir.

“Flaco, a todas las minas le gusta por el orto, no te puedo creer que no se lo partiste todavía. Yo soy un especialista en romper culos, cuando quieras una mano me avisas y listo…”

Apenas terminó de decir esto apareció Anita, que mostró sorpresa en su cara al ver a Andrés; aunque noté que su presencia no le disgustaba, ya que se acercó sonriendo a saludarlo.

Carlos la miró detenidamente de arriba a abajo. No era para menos. Estaba vestida solo con una remera blanca y unas calzas celestes bien ajustadas que le marcaban terriblemente la cola.

Ana se dirigió hacia la cocina moviendo sensualmente sus redondas caderas. Los ojos de Andrés la siguieron todo el tiempo.

“Te gustaría ver cómo le rompo el culo a tu mujercita…?

Tragué saliva en silencio y apenas pude asentir con mi cabeza. Ya estaba totalmente entregado…

En ese momento volvió mi esposa y se sentó en el brazo de mi sillón, preguntando inocentemente de qué hablábamos.

Andrés me miró fijo y muy sueltamente le dijo que hablábamos justamente de su cola…

Anita me miró desconcertada mientras se sonrojaba.

“No te pongas mal nena, solamente le decía a tu esposo que tu cola es espectacular y que me encantaría desvirgártela…”.

Yo a esa altura era simplemente un mudo espectador...

“A mí no me gustaría, porque me dolería mucho seguramente…”
Se animó a decir mi mujercita; casi susurrando y mirándome.

“A tu marido le gustaría que yo te hiciera la cola…” Dijo el turro mientras alcanzaba mi remera y la levantaba; dejando ver la tremenda erección dentro de mis pantalones…

El tipo había hecho una buena jugada. Poniéndome en evidencia le daba vía libre a Ana para decidir por ella si continuaba ese juego.

Se hizo un silencio tenso. Ambos miramos a mi esposa, mientras ella miraba mi erección y entonces comenzaba a sonreír...

Andrés entonces siguió diciendo que él era un buen candidato para hacerle la cola. Con delicadeza, a ella no le dolería para nada…

Mientras, comenzó a acariciándose ya sin disimulo su miembro por debajo de los pantalones. Ana ya no podía hablar de la calentura que tenía, pero alcanzó a decir que tenía ese hoyo muy estrecho…

“A ver, nena… quiero ver ese lindo culito tuyo…” Dijo Andrés.

Anita camino unos pasos y, de espaldas a nosotros, comenzó a bajarse las calzas. No llevaba tanga.

“Quiero que abras esa linda rajita y me dejes ver bien ese hoyito…”

Ana parecía asustada por la forma agresiva en que él se lo ordenaba. Me miró como buscando ayuda. Pero yo ya no podía intervenir…

Entonces ella se inclinó y con sus manos abrió su linda raja, dejando ver ese orificio oscuro y bien apretado.
En un segundo, Andrés estaba detrás de ella, con su enorme y dura verga en la mano. Yo me puse de frente para no perderme nada, mientras comenzaba a hacerme una paja frenética.

“Nena, a tu marido le gusta que seas una buena puta y te dejes romper el culo por un verdadero macho como yo. Te va a gustar”

Ana dio vuelta la cara para mirarnos y se mordió el labio inferior. Andrés empezó a manosearle el culo. De repente le metió un dedo a través de su apretada entrada anal.

Mi esposa dejó escapar un grito de sorpresa.

“Al boludo de tu marido le podrás mentir; pero en este culo ya anduvo mucha gente…” Dijo mientras le hundía un segundo dedo.

Anita me buscó con la mirada y dijo lo que nunca imaginaría.

“Espero que me perdones, amor…”

Andrés soltó una carcajada, mientras seguía hundiendo sus dedos en ese ahora no tan apretado orificio…

Yo estaba sorprendido de no estar enojado. Al contrario, me excitaba la idea de saber que era un cornudo y que el culo de mi mujercita ya no era virgen.

El mecánico empujó a mi esposa, llevándola hacia nuestro dormitorio y diciendo que quería romperle el culo sin esperar más.
Le ordenó a Ana que se pusiera en cuatro patas sobre la cama.

Ella se ubicó boca abajo, escondiendo su cara en la almohada. Andrés se arrodilló detrás de ella. Me pidió algo para lubricarla.
Traje un pan de manteca y el tipo se dedicó a untar ese estrecho hoyo y la gruesa cabeza de su verga.

“Ahora vas a tener que pedirme por favor que le abra el culito…” Me dijo socarronamente mientras le golpeaba las nalgas a Ana con esa enorme verga endurecida. Yo no decía nada.

“Nena, hasta que tu marido no me lo pida no te la meto…”

Anita me miró suplicante y dijo que se lo pidiera.

“Andrés, podrías hacerle la cola a mi mujer… por favor.

Entonces vi cómo ese hijo de puta hundía esa gigantesca pija en el culo de mi esposa hasta casi la mitad. Ella pegó un grito agudo y trató de escaparse hacia adelante; pero Andrés la sostuvo por los hombros y la dejó inmóvil, mientras empujaba contra las nalgas de Ana y le metía totalmente su dura verga hasta el fondo.

Ella entonces dio otro fuerte alarido de dolor, pero luego comenzó a hamacarse, mientras parecía gozar de esa brutal penetración. Andrés le entraba con todo, sin demostrar piedad. Rebotaba en la redonda cola de ella. La aferró por las tetas, mientras la atraía hacia él, para enterrarle esa pija a fondo.
Era un verdadero bruto cogiendo. Anita gemía entrecortadamente, dando de vez en cuando algún agudo chillido de dolor.

La tortura continuó por varios minutos, hasta que sorpresivamente vi que mi esposa levantaba la cabeza y comenzaba a temblar mientras dejaba escapar un prolongado gemido, señal de que había alcanzado un tremendo orgasmo.

Mi amigo seguía bombeándola con todo; Ana había metido la cara en la almohada y seguía gimiendo ante tan brutales embestidas.

“Parece que la putita de tu mujer está gozando como loca…”
Me dijo, mientras reía socarronamente.

Ana asintió con la cabeza mientras me miraba con una cara de deseo incontrolable; gemía suavemente y parecía estar al borde de las lágrimas, mientras ese turro no dejaba de bombearle el culo.

Andrés de repente le sacó la enorme verga del culo y sin decir palabra le apuntó a la entrada de la vagina, que se veía brillante y lubricada después del orgasmo de Anita.
Otra vez la penetró brutalmente, sin hacer caso a los gritos de dolor que daba mi esposa ante tan sorpresiva intrusión.
Al principio ella se quejaba porque evidentemente le dolía; pero enseguida comenzó a gozar con esa gigantesca pija enterrada a fondo, dando suspiros y gemidos más prolongados, mientras me miraba con una increíble expresión de lujuria y placer en sus ojos.

Mi amigo me preguntó si me gustaba como la estaba cogiendo a mi esposa y yo le pedí que no se detuviera; que la hiciera gozar como a la perra que realmente era.
Entonces el muy turro dejó escapar una carcajada sonora y aferró a mi mujercita por las caderas, dándole un ritmo infernal a sus embestidas, provocándole a ella cada vez más aullidos de placer.

Luego de unos minutos el hijo de puta volvió a sodomizarla, mientras disfrutaba de los alaridos de dolor que le provocaba.

No recuerdo cuanto tiempo habrá pasado, pero Anita tuvo al menos otros tres orgasmos mientras le rompían el culo.
Andrés era una verdadera máquina de coger. No había acabado nunca y la tenía tan dura como al principio.
Yo por mi parte, ya había acabado dos veces mientras los miraba y me masturbaba cerca de la cama.

Finalmente el tipo arqueó su espalda y miró hacia el techo con la boca abierta sin poder gritar, permaneciendo quieto y sosteniendo firmemente la cola de Anita contra él, mientras le vaciaba todo su semen en el interior del delicado cuerpo de mi mujercita.

Se dejó caer sobre la espalda de mi esposa, todavía con su gran verga enterrada en el culo de ella, mientras jadeaba pesadamente tratando de recuperaba la respiración. Luego se fue retirando despacio, riéndose al ver como su pija todavía dura chorreaba semen sobre la castigada cola de Ana.

Andrés se vistió sin apuro y se fue satisfecho, con la promesa de volver con algún amigo para pasar toda una noche y enfiestar a Anita, diciendo que yo solamente podría participar como testigo de lo que iban a hacerle entre los dos.

Yo me quedé sentado en la cama junto a mi esposa, que todavía temblaba sacudida por sus intensos orgasmos, mientras poco a poco iba recuperando la respiración.

Ambos tratábamos de entender cómo habíamos llegado a esa situación tan descontrolada, pero no lo terminábamos de comprender.
Lo peor de todo es que Anita me confesó que ya estaba pensando en una próxima visita de Andrés y no podía evitar excitar

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