Anita en una fiesta con clientes

Written by , on 2018-09-18, genre voyeur

Esa noche mi Estudio había arreglado una cena formal para potenciales clientes y por supuesto; yo estaba allí acompañado por mi dulce mujercita.
A pesar de que la ocasión era muy formal. Ana había elegido vestirse de manera bastante provocativa; con un vestido breve negro de tiro corto; sin breteles y un amplio escote en la espalda; era un modelo muy sugestivo y sexy.

Apenas nos sentamos con otras dos parejas; pude apreciar que los pezones de Anita estaban bien erectos y visibles a través de la delicada tela de su vestido. Además, yo sabía que no llevaba ropa interior; solamente medias de nylon que realzaban la sensualidad de sus largas piernas…

A través de la noche; el alcohol hizo que mi mujercita fuera poniéndose cada vez más mareada y confusa. Estuvo bailando con algunos colegas y clientes; quienes obtuvieron algo más de lo que esperaban. En un momento Ana regresó a la meja después de unas piezas de baile y me susurró al oído:

“Algunos de tus amigos tienen las manos bastante escurridizas…”

Sonreí para mis adentros, pensando que varios de ellos habrían descubierto que allí bajo ese vestido faltaba una tanga…

Un par de horas más tarde; mientras Ana bailaba con un hombre muy apuesto, me hizo una señal con su cabeza. Indicó una puerta lateral del salón y pronto desapareció por allí en compañía de ese tipo. Me levanté de mi silla y seguí ese mismo camino.

Había un largo pasillo y a un lado encontré una puerta abierta; que daba a un pequeño depósito de elementos de limpieza. Allí adentro estaban Ana y el hombre hablando.

Entré y cerré la puerta a mis espaldas.
Anita preguntó solamente: “Me das permiso…?”
Y yo asentí en silencio con mi cabeza.

Con mi aprobación, el extraño levantó a Ana por la cintura y la depositó sobre una mesa y se ubicó entre sus hermosas piernas bronceadas, que quedaron colgando al borde. Luego la atrajo hacia él, tomándola por las nalgas y comenzó a besarla.

Sus gruesas manos recorrieron las piernas de mi sensual esposa y levantaron suavemente el ruedo del vestido; lo justo como para que las puntas de sus dedos llegaran al interior de los muslos y pudieran acariciar los delicados labios vaginales depilados de mi mujercita.
Anita dejó escaper unos gemidos de placer mientras ese hombre le masajeaba la concha con los dedos. De repente cayó de rodillas entre sus muslos y su cabeza se hundió sobre la concha húmeda de Ana. Comenzó a lamerla y a chuparla; mientras Ana se retorcía de placer. Ella apoyó sus manos a su espalda y se arqueó hacia atrás, gimiendo y olvidando que yo estaba presente.

Entonces se abrió la puerta y entró un segundo hombre. Su amigo ahora estaba de espaldas a la pared y Ana de rodillas frente a él, dándole una tremenda mamada.

“Suerte que pudiste venir, Darío… esta puta es demasiado para mí solo…”

El recién llegado sonrió y sorbió un trago de vino de la copa que traía en su mano.
Ana entonces se ubicó en el suelo, sobre sus manos y rodillas; lista para ser cogida.

Arqueó la espalda esperando que el extraño la montara. Mientras preparaba su verga, el tipo mantuvo sus dedos dentro de la concha de Ana para lubricarla un poco más.

Me pareció que transcurría una eternidad, mientras esperaba que ese tipo la montara. De repente me preguntó: “A su mujer le gusta que le den por el culo…?”
Antes de que yo reaccionara y pudiera decirle que no; Anita alegremente dijo que sí…

El tal Darío que había llegado después sonrió y se hincó frente a ella.
El primer extraño abrió los cachetes de Ana y se hundió en un solo golpe hasta el fondo en la caliente y humedecida concha de mi mujercita. Ella lanzó un largo gemido; pero enseguida su amigo deslizó su gruesa pija entre los delicados labios rojos de Ana y ella ya no pudo exhalar ningún otro sonido.

Por casi diez minutos estuvieron ambos hombres bombeándola por los dos extremos. Sus cachetes parecían abrirse más en cada embestida. Cada vez que el otro hombre entraba en su boca; ella echaba la cabeza atrás para que esa verga entrara más a fondo…

Sin todavía acabar en ella; ambos hombre cambiaron posiciones. Esta vez Ana tuvo que dejar de comer esa verga para poder aullar el orgasmo que le había provocado la dura pija del tal Darío en su hambrienta concha.

Después el primero quiso experimentar en el culo de Ana.
La levantó sobre la mesa y la hizo acostar de espaldas. Le metió la lengua en el estrecho orificio anal y lo lamió hasta que ella relajó bien sus músculos.
Finalmente el hombre sujetó las pantorrillas de Ana en el aire y empujó despacio sobre su apretado esfínter anal. Ella gritó… y bastante.
Pero el hombre insistió y volvió a empujar; haciendo que Ana también aullara de dolor.
Esta vez ya no sufrió demasiado; ya que el primer hombre pudo aguantar muy poco.
Dio apenas unas cuatro bombeadas y acabó gruñendo mientras descargaba su semen en el ano de mi delicada esposa.

El tal Darío también quería un poco de acción anal; apenas su amigo se salió, él volteó a Ana boca abajo sobre la mesa y también la penetró por el culo.
Luego de algunos embates, la levantó y la hizo apoyar contra una pared.
Así la bombeó de pie; sin nada de misericordia.
Mientras la sujetaba por las caderas, sus dedos hurgaron la enfebrecida vagina de mi esposa; que necesitaba eso con muchas ganas.
Antes de que él le llenara el ano con más semen; Anita aulló y acabó en sus dedos…

Ambos hombres arreglaron sus ropas con rapidez y abandonaron el lugar en silencio.

Me senté en una silla; observando el desastroso estado en que habían dejado a mi mujercita. Su vestido seguía enrollado en la cintura y tenía manchas de semen y arañazos en sus muslos y cachetes.

Tenía los ojos vidriosos, pero se las arregló para enfocarme con ellos; especialmente la erección que yo llevaba bajo mis pantalones.

“Ahora es tu turno, mi amor…” Susurró muy sensualmente y acercándose a mí.

Se quejó de que estaba bastante dolorida; pero agregó que seguía también muy caliente y quería terminar conmigo. Se inclinó sobre mi verga erecta y me dio una excelente mamada.
Yo realmente quería cogerla; pero de repente exploté en su boca; haciendo que ella se atragantara con mi acabada. La ayudé a vestirse y a limpiarse lo mejor posible.
Luego regresamos al banquete como si nada hubiera pasado.

Cuando Ana se levantó para ir al baño de damas; uno de mis jefes siguió el movimiento de sus caderas con la mirada y entonces se animó a decirme:

“Lo felicito, Víctor…su esposa es una mujer muy sensual”

“Oh sí… Usted no se imagina lo sensual que ella es…” Contesté sonriendo.

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