Anita enfiestada por varios desconocidos

Written by , on 2017-12-06, genre voyeur

Era una mañana de verano muy calurosa. Al despertar me estiré en la cama y noté que mi adorado Víctor ya no estaba a mi lado. Miré el reloj despertador y vi que marcaba las ocho.
De repente me sobresalté, al oír algunas voces que venían de la cocina.
Me tranquilicé al notar que una de esas voces era la de mi esposo. Entonces recordé lo que me había dicho la mañana anterior. Ese día vendrían unos albañiles a iniciar una remodelación en la cocina y el baño principal. Seguramente Víctor estaba conversando con esos hombres antes de irse a la oficina.
Cerré los ojos otra vez, totalmente amodorrada por el calor. Estaba casi desnuda en la cama, con tanto calor, apenas usaba una diminuta tanga negra por las noches.
Cuando volví a despertar, el reloj marcaba casi las diez.
Presté atención a lo que sucedía abajo en la cocina, pero solo pude escuchar que los albañiles hablaban en guaraní; por lo que supuse, debían ser paraguayos seguramente…
Esa mañana estaba particularmente ultra caliente. Hacía varios días que Víctor no me cogía; siempre con la excusa de estar estresado y agotado por el trabajo. Yo me las arreglaba bastante bien con mis dedos y algunos juguetes; pero esa mañana sentía que eso solo no iba a alcanzarme.
Necesitaba verga, una buena verga dura con acento guaraní…
Así como estaba tendida boca arriba en la cama, comencé por acariciarme las tetas, poniendo bien duros mis pezones. Luego fui bajando mis manos por mi cintura y mi vientre hasta llegar a mi entrepierna; me lamí un dedo y con el mismo empecé a acariciarme el clítoris; con la otra mano seguía acariciándome las tetas alternadamente.
Me detuve un momento para quitarme la tanga y luego rebusqué en el desorden de mi mesa de luz, hasta encontrar mi juguete favorito: un enorme vibrador de color negro con forma de pene. Muy realista, con las venas marcadas en la silicona y una tremenda cabeza para friccionarme bien las paredes internas de mi humedecida vagina. Lo encendí y me cubrí el cuerpo con la sábana; para tratar de atenuar un poco la vibración. Lo único que me faltaba era ser descubierta por un albañil mientras me masturbaba en mi propia cama…
Coloqué el vibrador a la altura de mi clítoris y metí primero dos dedos y luego tres en mi dilatada vagina. Comencé a sacarlos y meterlos haciendo movimientos circulares, mientras mi juguete acariciaba mi inflamado clítoris.
Antes de acabar empecé a meter directamente el vibrador hasta el fondo de mi vagina; imitando movimientos como si me estuvieran cogiendo.
Tuve que morder una almohada para que no se oyeran mis gemidos de placer y seguí un poco más hasta que sentí una tremenda descarga de electricidad por todo el cuerpo; un orgasmo imposible me invadió de repente, haciéndome vibrar por cada poro de mi piel. Me estremecí, se tensaron todos los músculos de mi cuerpo y grité de placer, pero mordí la almohada para que esos hombres no me oyeran allá abajo…
Me quedé descansando boca arriba sobre la cama, con el vibrador en una mano y la otra acariciando suavemente mi sexo aún húmedo; seguí sintiendo espasmos un buen rato.
Cerré otra vez mis ojos, totalmente relajada por mi breve sesión de sexo solitario y, con la modorra que me provocaba el calor, volví a quedarme otro rato totalmente desmayada en la cama…
De pronto me desperté, sintiendo ruidos en mi panza debido al hambre.
Decidí ir hasta la cocina para prepararme algo de desayuno y de paso provocar un poco a los albañiles. Quería ver la reacción de ellos cuando me vieran; seguramente se les pondría bien duro el pito a todos…
Así que me puse otra vez mi tanga negra y una camiseta de algodón bastante liviana y transparente, que dejaba adivinar mis formas por debajo de la tela. Me calcé unas sandalias de taco alto para realzar mis piernas y; antes de abandonar el dormitorio, me acaricié los pezones hasta hacerlos endurecer otra vez…
Me miré al espejo y decidí que bajaría así, mostrando mi culo casi desnudo bajo esa camiseta casi transparente. Los paraguayos se iban a volver locos…
Bajé la escalera caminando sensualmente, arreglándome el cabello y haciendo como que creía estar sola; pero los tres hombres que encontré abajo notaron mi presencia enseguida: mis tacones hacían demasiado ruido…
El que parecía ser el jefe era un hombre que pasaba de los cincuenta, vestido con una camiseta musculosa bastante mugrosa y unos jean desteñidos y también muy mugrientos. Llevaba barba de varios días y traía un cigarrillo entre sus labios. Me saludó mirándome de arriba a abajo; sentí que me desnudaba con la mirada. Mis pezones terminaron de endurecerse aún más y mi concha volvió a humedecerse.
Los otros eran un poco más jóvenes; también vestidos con ropa de trabajo bastante sucia. También me miraron con cierta lujuria en sus ojos.
Los tres habían estado concentrados en el piso, antes de mi llegada…
“Buenos días”, dije sonriendo y tratando de parecer lo más natural posible.
“Buenos días”, contestaron ellos al unísono sin salir de su asombro.
“No quiero interrumpirlos, por favor, sigan trabajando”, les dije mientras me encaminaba meneando las caderas hacia la heladera para buscar algo de desayuno…
Abrí la puerta de la misma y me aseguré de agacharme lo suficiente como para que ellos pudieran ver bien mis largas piernas y mis nalgas casi desnudas. Saqué una jarra de leche y me enderecé, Al girar pude ver que los tres hombres simulaban hacer su trabajo; pero ya no daban golpes en el piso.
Caminé despacio hacia la barra de la cocina, siempre meneando mis caderas y dejé ahí la jarra de leche, mientras le guiñaba un ojo al más joven, Luego me moví hacia la alacena y me paré en puntas de pie, para intentar alcanzar un paquete de cereales en el estante más alto.
Sabía que haciendo ese movimiento, los tres hombres iban a poder contemplar y deleitarse con la visión de mi firme trasero…
Esta vez al girar, los tres ya me miraban con expresión de deseo y lujuria en sus caras. Caminé de nuevo hacia la barra y me serví la leche mezclada con cereal. Tomé una banana de la frutera y le dije al más joven, que intentaba disimular para no girar a mirarme:
“Me gusta mucho la banaba… y a vos…?
El pobre chico carraspeó y apenas farfulló, respondiendo que también a él le gustaba…
Dirigiéndome a los otros dos hombres les pregunté lo mismo.
Ellos sonrieron y se miraron entre sí. El mayor me contestó:
“A mí me gusta que me la pelen, pero no pelarla”.
El segundo agregó:
“A mí me gusta ver cómo la chupan” Y ambos rieron estruendosamente.
El chico se animó a preguntar: “Y a Usted señora cómo le gusta?”.
Entonces los miré a los ojos a los tres y les dije con mi voz más sensual:
“A mí me gusta mucho pelarla, recorrerla con mi lengua y chuparla…”
Sin dejar de mirarlos empecé a pelar la banana lentamente y después me metí la punta en mi boca; comenzando a lamerla y chuparla como si fuera una verga real… La metí y saqué varias veces de mi boca, luego con la lengua empecé a lamerla por todos lados con los ojos entrecerrados.
Les pregunté: “Qué les parece así?”. Ellos se quedaron mirándome boquiabiertos, como si no pudieran creer lo que veían y pronto pude ver cómo a los tres ya se les abultaba el pantalón en la entrepierna.
El mayor de ellos de pronto reaccionó y se acercó a mí con una mirada cargada de lascivia. Antes de que yo pudiera darme cuenta, se agachó y me aferró por la cintura, cargándome sobre su hombro. Les ordenó a los otros dos hombres que continuaran trabajando sin distraerse…
Entonces enfiló hacia la escalera y comenzó a subir, llevándome así cargada.
Me dio un buen par de sonoras palmadas en mis cachetes expuestos, mientras sonreía y me decía socarronamente:
“Che, Señora, te gusta la banana… yo le voy a dar una buena banana…”
Entró a mi habitación y me tiró sobre la cama matrimonial. Con un rápido manotazo, me arrancó la camiseta del cuerpo, desgarrándola en jirones. Sonrió al ver mi tanga negra con una notoria mancha de humedad…
La tomó por el elástico y también la desgarró. Se llevó el trozo de tela a la nariz y aspiró con los ojos cerrados, disfrutando el aroma de mi concha…
Después se quitó esa ropa sucia de trabajo y pude ver una enorme verga oscura frente a mis ojos. Se abalanzó sobre mi cuerpo desnudo y me hizo abrir las piernas con su peso. Su olor a sudor me excitó todavía más…
Besuqueó mi cuello, dejándome unos buenos moretones, mientras sus toscas manos callosas apretaban mis firmes tetas.
Un par de sus dedos se colaron repentinamente dentro de mi hambrienta concha, haciéndome gritar por la sorpresa, más que por el dolor de tanta rudeza. Comenzó a meterlos y a sacarlos, provocándome más humedad…
“Yo te voy a dar banana, pedazo de puta…” Susurró a mi oído, mientras se acomodaba mejor entre mis muslos abiertos.
El dolor de la penetración me puso realmente en órbita. No esperaba que esa verga fuera tan grande y gruesa. Abrí mi boca como para aullar a todo pulmón, pero no pude exhalar ni un solo gemido.
El paraguayo me la metió a fondo en una sola estocada brutal, dilatando las paredes internas de mi concha de una manera tremenda. Jamás había sentido tanto dolor mezclado con placer dentro de mi vagina…
El albañil me miró a los ojos, preguntándome si me gustaba su pija dura.
Ni siquiera le contesté; lo miré a los ojos con mucha calentura, como pidiéndole que no se detuviera. El tipo me aplastó contra las sábanas y comenzó a bombearme la concha sin piedad… sin escuchar mis alaridos y gritos de éxtasis y dolor, importándole solamente su propio placer.
Me cogió así salvajemente por un buen rato, sosteniéndome por la cintura, mientras se hundía a fondo en mi castigada concha. Yo me sentía todo el tiempo a punto de explotar, hasta que, en un momento, una especie de golpe eléctrico recorrió mi cuerpo y acabé aullando a todo pulmón, mientras un intenso orgasmo le indicaba a ese rudo hombre que su banana era realmente buena…
El paraguayo sintió mi explosión de placer y ya no se aguantó más sus ganas, estallando él también, descargando todo su semen hirviente dentro de mi agradecida concha. Cayó exhausto sobre mi cuerpo, preguntándome:
“Te gustó cómo te cogí, che Señora…?
“Sí, paraguayo hijo de puta, me mataste con tu verga bien dura…” Suspiré.
El tipo se salió de mi cuerpo y bajó de la cama, comenzando a vestirse.
Entonces el segundo albañil apareció en la puerta del dormitorio. Su jefe dijo:
“La Señora ya está lista para vos, Burro…”
Cuando escuché ese apodo me quise morir, imaginando el tamaño de verga que cargaría ese otro hombre.
El Burro sonrió mientras miraba mi cuerpo desnudo y comenzó a desvestirse.
Su verga ya erecta era el doble de grande que la de su jefe y entonces pensé que eso adentro de mi cuerpo iba a ser fatal. Seguramente iba a gozar como una perra en celo, pero esa cosa gigantesca me iba a desgarrar la vagina.
El hombre adivinó mi pensamiento, porque me dijo sonriendo:
“Quédese tranquila, che señora… yo te voy a tratar con suavidad…”
Me hizo poner en cuatro sobre la cama y él trepó detrás de mi culo expuesto.
Le supliqué que me la metiera despacio, no quería que me lastimara. Sus rudas manos acariciaron mis caderas y pronto sentí que la punta de esa verga gigantesca se abría paso entre mis bien lubricados labios vaginales.
Metió apenas la mitad y con eso me hizo ver las estrellas; apenas podía soportarlo dentro de mi lubricada concha, que ardía pero pedía un poco más.
“Despacio, quiero un poco más…” Susurré, cerrando mis ojos al sentir que su verga seguía avanzando dentro de mi cuerpo, comenzando a provocarme oleadas de placer y dolor al mismo tiempo.
El Burro aferró mi cintura y comenzó a bombearme muy despacio, haciéndome sentir un intenso calor por la fricción en mis paredes vaginales.
Yo empecé a gemir y a sentir más placer que nunca con esa tremenda poronga entrando y saliendo de mi concha. Antes de poder darme cuenta, ya había tenido tres orgasmos casi consecutivos, mientras el paraguayo detrás de mí incrementaba su ritmo de bombeo.
Mi cuarto orgasmo fue el más intenso de todos, haciéndome aullar como una perra en celo. Al abrir mis ojos me di cuenta de que teníamos público. Parado apenas cruzando la puerta estaba el tercer paraguayo, el más joven, observando cómo el Burro me taladraba a cuatro patas…
El pibe se masajeaba la pija por debajo del pantalón, mientras presenciaba todo el espectáculo con la boca abierta de incredulidad. Le indiqué que se acercara; quería tener ocupada mi boca con otra buena verga para dejar de gritar y aullar tanto. Mis vecinos podrían llamar a la policía de lo contrario.
El chico sacó una pija respetable, pero no tan enorme como las de sus compañeros. Cabía en mi boca muy bien, sin hacerme doler las mandíbulas.
Cuando comencé a chuparla y tragarla, justo el Burro se tensó y descargó toda su leche en mi hambrienta vagina. Me provocó otro nuevo orgasmo, que no fue muy audible, teniendo mi boca llena con la pija del más jovencito…
El Burro sonrió satisfecho y se salió muy despacio de mi concha, como si quisiera prolongar su placer un poco más. Me dio un par de palmadas en mi cola y salió desnudo de la habitación.
Le pregunté al pibe si quería ocupar el lugar que había dejado libre el Burro.
Me miró con expresión de tristeza, diciendo:
“Pero yo solamente les doy por el culo a las hembras, che Señora…”
Le dije que a mí me encantaba que me dieran por el culo y una vez más observé su pija ahora bien erecta, calculando que cabría en mi ano sin doler.
El chico sonrió con deleite y saltó sobre la cama. Aferró mis caderas y escupió sobre mi entrada anal. Pronto lo sentí deslizarse dentro de mi estrecha entrada, pasando mi esfínter anal sin dificultad.
Me la metió hasta el fondo y yo sentí un cosquilleo de placer, nada de dolor.
El pendejo me acarició las tetas desde atrás, provocando la erección de mis pezones. Luego comenzó a moverse, bombeándome con suavidad. Le pedí que me cogiera más fuerte; quería sentir su verga rompiéndome el culo.
Aullé, grité y le supliqué que no se detuviera, mientras esa vergota dura me traspasaba, provocándome un intenso placer anal.
El albañil finalmente acabó, llenándome el culo de semen tibio. Aulló con ganas y se aferró a mis caderas mientras se descargaba en mi trasero.
Después se salió, me dio un último beso en la nuca; agradeciéndome haberle entregado mi estrecho culo para su placer y luego se retiró.
Me quedé un rato tendida sobre la cama, vestida solamente con las sandalias de taco alto, sintiendo la humedad de mi concha ultra dilatada y el ardor en mi culo. Me hice una última paja, hasta acabar gimiendo y luego me encerré en el baño a darme una buena ducha, que me quitara del cuerpo el olor a sudor de los paraguayos y los restos de semen que me habían dejado.
Luego bajé a la cocina, para prepararme algo para almorzar. Tanto sexo matinal me había abierto el apetito.
Encontré a los tres albañiles trabajando, como si no hubiera sucedido nada. Ellos respondieron cordialmente a mi saludo y continuaron abocados a su tarea, sin prestarme más atención.
Entonces pensé si todo no había sido un sueño: la banana, la cama revuelta y sucia de semen, la entrega de mi cola, los tres polvos consecutivos, el olor a sudor, el Burro…
Pero entonces el ardor en mi culo me recordó que no era una fantasía mía…

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