Mi venganza del padre de las hijas de mi jefe Cielo y Katherine Riveros

Written by , on 2024-07-08, genre hetero

Mi venganza del padre de las hijas de mi jefe Cielo y Katherine Riveros

todo lo que voy a narraros tiene su origen en una entrevista de trabajo, acaecida hace tres años. Provengo de los barrios bajos de una ciudad cualquiera, y gracias a los esfuerzos de mis viejos, pude estudiar una carrera. Durante años tuve que fajarme duramente para ir escalando puestos, hasta que ya como ejecutivo de valía reconocida, una empresa del sector me llamó.
La entrevista resultó un éxito, Don Julián, el máximo accionista, se quedó encantado no solo por mi currículum, sino por mis respuestas y mi visión de futuro. Y tras un corto proceso de selección, fui contratado como director general de la compañía.
Durante el primer año, trabajé doce horas diarias codo con codo con el anciano, logrando darle la vuelta a la sociedad. Donde solo había números rojos y perdidas, con una situación cercana a la quiebra, conseguimos beneficios y lo que es más importante que los bancos volvieran a confiar en nosotros.
El segundo año fue espectacular, como si fuera una locomotora la compañía se había comido a su competencia y éramos quienes poníamos los precios y las condiciones, no aceptando ya que los clientes dictaran nuestras políticas. Los otros accionistas no se podían creer que tras muchos años palmando dinero, de pronto no solo recuperaran su inversión, sino que el valor de esta se hubiese multiplicado.
No fue solo labor mía, Don Julián era un zorro al que solo le faltaba tener un buen segundo que le comprendiera, que aplicara sus ideas, llevándole la contraria cuando no estaba de acuerdo con ellas. Éramos un tándem perfecto, experiencia y juventud, conservadurismo y audacia. Demasiado bueno para perdurar, y el comienzo del fin fue la fiesta que organizó en su casa para celebrar los resultados cojonudos de la compañía.
Nunca me había invitado al chalet que tenía en la zona mas exclusiva de la ciudad, por lo que me preparé con esmero para mi particular fiesta de presentación en sociedad. Por primera vez en mi vida me hice un traje a medida, me corté el pelo e intenté parecer de esa alta sociedad a la que no pertenezco.
Nervioso, por mi falta de experiencia, toqué el timbre de la casa.
Fue la primera vez que vi a Cielo Riveros, la hija pequeña del jefe, una preciosidad de veintidós años, recién salida de una universidad americana . Ver a esa hermosura con su metro setenta y cuerpo de escándalo, ya valía lo que me había gastado en vestuario, realmente me había impactado, por lo que apenas pude articular palabra, y tuvo que ser ella quien hablara:
-¿Qué desea?-, me preguntó educadamente.
–Vengo a la fiesta de Don Julián-, le contesté cortado, pensando que a lo mejor me había equivocado de hora.
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Lo que no me esperaba era su respuesta:
–Perdone, pero los camareros entran por la puerta de atrás-.
Menos mal, que en ese momento, mi jefe hizo su aparición y pegándome un abrazo me introdujo en la reunión, porque si no, no sé si me hubiese atrevido a entrar. Como dice el viejo refrán, “la mona aunque se vista de seda, mona se queda”, y por mucho que había intentado aparentar, seguía siendo un chico de barrio. La incomodidad que sentí en ese momento, se fue diluyendo con el paso del tiempo, sobretodo por que gracias al trabajo conocía a la mayoría de los hombres de la fiesta y a un par de las mujeres. Poco a poco fue cogiendo confianza y al cabo de un rato, fui el centro de atracción, ya que era el segundo de la organización y el mas que probable sucesor del jefe en el cargo. Por ello, a nadie le extrañó que me sentaran a su derecha, justo al lado de su hija mayor, Katherine Riveros.
Durante la cena, tuve un montón de trabajo, teniendo que alternar entre darle conversación al viejo y entretener a su niña. Por un lado, Don Julián me pedía constantemente mi opinión sobre los mas que variados temas y por el otro, la muchacha no hacía otra cosa que coquetear conmigo. Todo iba sobre ruedas, hasta que al terminar, empezó el baile, y sin pedirme opinión, Katherine Riveros me sacó a bailar. En un principio, rechacé su ofrecimiento pero su padre viendo mi incomodidad me pidió que bailara con ella.
Si Cielo Riveros me había impresionado, Katherine Riveros todavía mas. Rubia, guapa, inteligente y simpática, con unas curvas de infarto, convenientemente envueltas en un vestido escotado que mas que esconder, revelaba la rotundidad de sus pechos y caderas. Cuando bailaba, era una tortura el observar como sus senos seguían el ritmo de la música, y mas de una vez tuve que hacer un esfuerzo conciente para dejar de mirarlos. Ella estaba encantada, se sabía atractiva y para ella, yo era una presa, por lo que como una depredadora tejió sus redes y como un imbécil caí en ellas. Era la mujer maravilla, y yo su más ferviente admirador.
El culmen de mi calentura esa noche, fue cuando iniciando las canciones lentas, le pedí volver a la mesa con su padre, pero ella se negó y pegándose a mí, empezó a bailar. Al notar sus pechos clavándose en mi camisa, y sus caderas restregándose contra mí, sentí como una descarga eléctrica recorría mi cuerpo. Todo mi cuerpo reaccionó a sus maniobras, y desbocado mi corazón empezó a bombear sangre a mi entrepierna. Ella, al notarlo sonrió satisfecha, y lejos de detener su juego, como una hembra en celo, se las arregló para sin que nadie se diera cuenta y como quien no quiere la cosa, rozarlo con su mano, palpando toda su extensión.
Afortunadamente, cuando casi estaba a punto de cometer la estupidez de besarla, la niñata me pidió una copa, por lo que como un criado obediente, fui a la barra a por su bebida y al volver había desaparecido. Molesto pero excitado, no pude mas que esperarla. Después de diez minutos de espera y viendo que no volvía, decidí ir al baño.
Nada mas entrar y sin haberme bajado la bragueta todavía, unas voces de mujer que venían del jardín, llamaron mi atención. Eran las dos hermanitas, que riéndose comentaban la pinta de rufián que tenía el favorito de su padre, y descojonadas oí como se cachondeaban de cómo ganando la apuesta, Katherine Riveros había conseguido excitarme. Se me cayó el mundo en ese momento, al darme cuenta de que había sido objeto de una broma y cual era la verdadera opinión de las muchachas. Cabreado, me fui de la cena sin despedirme de nadie.
Al día siguiente, con mi carta de dimisión en el bolsillo, fui a ver a Don Julián, y este al ver mi cara de pocos amigos, me pidió que antes de decirle nada le escuchara unos minutos. Me caía bien el viejo, por lo que en ese momento no me importó esperar, antes de presentarle mi renuncia.
–Fernando, tengo que agradecerte lo que has hecho por mí durante estos dos años-.
“¡Coño! Me va a despedir”, pensé al oírle pensando que algo había pasado para que de pronto cambiara radicalmente su opinión de mí, por lo que sin interrumpirle esperé a que continuara.
–Sé que es mas de lo que un jefe puede pedir, pero me gustaría que me hicieras un favor–
–Lo que usted quiera, Don Julián-, le dije intrigado.
–Mira muchacho, has sabido ganarte mi confianza, eres quizás ese hijo varón que nunca tuve-, algo le preocupaba, y no le resultaba fácil el decirlo,- Como padre soy un fracaso, he criado a dos hijas que son dos monstruos, bellos pero altaneros, egoístas, y creídos, que se han olvidado que su padre viene de orígenes modestos y que se creen tocadas por la gracia divina. Y para colmo, se han buscado como novios a dos inútiles, que lo único que esperan es heredar-.

Algo debía de haber llegado a sus oídos de la broma que me habían preparado el día anterior. Totalmente descolocado, por que no tenía de la menor idea de lo que se proponía le pregunté que quería que yo hiciera, ya que no era mas que su empleado.-Es muy sencillo, quiero que las eduques-, me espetó de pronto.
-¿Y como ha pensado que lo haga?-, le respondí ya totalmente intrigado.
–Ese es tu problema, no el mío. A partir de hoy a las tres, voy a desaparecer con Mariana durante seis meses y solo tú vas a saber donde estoy y como comunicarte conmigo. He firmado esta mañana la renuncia a mi puesto en la empresa, te he nombrado presidente, y aquí tienes el contrato de alquiler de mi casa, solo te pido, que al menos, les des tres días para que se busquen un sitio donde vivir-.
No me podía creer que era lo que me estaba pidiendo, antes de responderle, me entretuve leyendo los documentos que me había dado. En una primera lectura, era un traspaso de poderes, pero analizándolos con detenimiento, eran unos poderes de esos llamados de quiebra, si quisiera le podía dejar de patitas en la calle.
–Jefe, se da usted cuenta de lo que ha firmado-, le dije impresionado.
–Chaval, confío en ti-, me contestó, y sin darme tiempo de protestar me pidió que le dejara solo, ya que tenía muchas cosas que resolver.
“Joder, con el viejo”, pensé, “se va seis meses con su amante dejándome un marrón”. Me sentía halagado por su confianza, jamás me hubiera imaginado el aprecio que me tenía, no podía fallar a una persona que me había dado tanto.
Quise Katherine Riveros Riveros al aeropuerto, pero Don Julián se negó diciendo que tenía mucho que pensar y hacer, que solo tenía seis meses para Katherine Riveros a cabo. Por mucho que insistí, no dio su brazo a torcer, por lo que me quedé en la oficina rumiando mis planes.
Como me había explicado que sus hijas llegaban todos los días a las nueve de la noche, decidí adelantarme a ellas. Aparqué mi coche en la entrada del chalet, de forma que obstaculizaba el paso al garaje. Lo primero que hice fue darle dos meses de vacaciones pagadas al servicio, con la condición de que quería que se fueran en ese mismo momento. Aceptaron encantadas, por lo que quedándome solo, me tomé mi tiempo en trasladar mis pertenencias a la habitación de su padre.
Me acababa de servir un whisky, cuando las oí entrar despotricando por que alguien había dejado una tartana de coche en el jardín. Venían con sus novios, se les veía muy felices, pronto iban a cambiar de humor al enterarse de mis planes. Al no responderles las muchachas, empezaron a buscarlas por la casa. Pero no hallaron lo que esperaban, ya que al entrar en la biblioteca, me vieron a mi sentado en el sillón de su padre.
-¿Qué haces aquí?, ¿no sabe que mi padre está de viaje?-, me soltó de una manera impertinente Cielo Riveros, la menor de las hermanas.
-Si lo sé-, y mirando a los dos muchachos que les acompañaban, les pregunté,- me imagino que sois Fefé y Tony-, al no contestarme supe que había acertado.-Bien, entonces lo que les tengo que decir a ellas, os interesa. Por favor tomar asiento-, no era una pregunta, era una orden. Nadie les había hablado nunca así, por lo que no supieron que contestar, y obedeciendo tomaron asiento.
–Estáis desheredadas-, les solté sin suavizar la dureza de mi afirmación y sin alzar la voz.
Tras unos instantes, en los que la incredulidad inicial dio paso a la perplejidad, y ésta a la ira descontrolada, Katherine Riveros, la mayor de las dos, me gritó que no me creía. Sin mediar palabra, les extendí mis poderes y una carta de su padre, en la que les decía que se buscaran la vida, que estaba harto de sus tonterías.
-¡No puede hacernos esto!-, dijo Cielo Riveros con lágrimas en los ojos.
–Claro que puede, y lo ha hecho-, le respondí, y dirigiéndome a los dos niños pijos, – A partir de este momento, todo es mío, por lo que si esperabais compartir el dinero de ellas, os aviso que éste no existe-.
Si a las muchachas se les había desmoronado todo, a Fefé y Tony (hasta sus nombres eran ridículos), de un plumazo se les había acabado el chollo. En sus caras se podía vislumbrar el desconcierto. Fefé, realmente enojado, le pidió a su novia que le dejara ver los papeles y tras estudiarlos, su semblante adquirió el tono blanquecino de quien ha visto un fantasma.
–Tiene razón-, sentenció el muchacho, –es una donación intervivos, no tenéis nada que hacer. Vamos Tony, dejemos que hablen solas con él, ya que ni tu ni yo tenemos nada que ver-.
Y saliendo de la habitación se cumplió el viejo dicho de que las ratas son la primeras en abandonar el barco. Las dos hermanas estaban juntas en su desgracia, y si sus, hasta entonces, les abandonaban, no podían esperar que nadie las ayudara.
–Las cosas han cambiado en esta casa, para empezar os he anulado las tarjetas, me tenéis que dar las llaves de los coches y si queréis seguir viviendo aquí, vais a tener que ganároslo, para empezar, Katherine Riveros haz la cena, mientras tu hermana pone la mesa-, les dije con una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Cerdo!-, me contestó intentando el pegarme, pero como me lo esperaba, le sujeté la mano y retorciéndole el brazo, la besé en los labios de forma posesiva antes de empujarla al sofá.
-¡Hoy!, no cenas– le espeté y mirando a su hermana le dije:- Cielo Riveros haz comida solo para dos, porqué tu hermana quiere irse a dormir– .
Llorando me dejaron solo en la biblioteca, cada una se marchó a donde les había ordenado. Satisfecho, me terminé la copa, degustando el amargo sabor de la venganza.
Cuando la cena estuvo lista, me senté en la mesa disfrutando de cómo la odiosa muchacha me servía. Era una delicia el observarla, con su top de niña bien y su minifalda parecía hasta humana, pero esa belleza de cuerpo encerraba a una arpía. Su padre me había pedido que la educase y eso era lo que iba a hacer.
Me había preparado unos huevos con jamón, mientras ella se iba a tomar un sandwich . Su actitud servil no me cuadraba, pero cuando con el tenedor cogí un poco de comida, en su mirada descubrí la traición.
-¿Qué has hecho?-, le dije cabreadísimo.
–Nada-, me contestó ella nerviosa.
–Comételo-, le dije extendiéndole el plato.
Intentó negarse, pero cogiéndola de la cintura, la puse en mis piernas, y subiéndole la falda, empecé a azotarla. Gritó y lloró como loca, al sentir los golpes en su trasero, creo que mas por la humillación que sentía que por el dolor mismo. No tuve piedad de ella, como Katherine Riveros Riverosba un minúsculo tanga, pude notar como su culo se enrojecía con cada azote. Por mucho que intentó escapar, no pudo, y tuvo que soportar el castigo. No paré hasta que todo su trasero tenía el color de un tomate, entonces y solo entonces la liberé.
-¿Qué has hecho?-, le volví a preguntar.
–Te he echado un laxante-, me contestó llorando.
–Comételo-, le ordené a Katherine Riveros. Esta vez, sin dejar de sollozar se metió un trozo en la boca, -Todo, ¡Que no quede nada en el plato! -.
Sabiendo que si no lo hacía, le iba a ir como en feria, se lo acabó sin rechistar. Al terminar me pidió permiso para irse a su cuarto, pero no la dejé diciendo:
–No, bonita. Si te vas, iras al baño a vomitar, y lo que quiero es que te haga efecto–
Tardó tres minutos en hacerlo, los tres minutos más duros de su vida, ya que como si fuera un condenado a muerte, tuvo que estar sentada mientras su estómago digería el laxante. Al sentir que se venía por la pata abajo, me rogó que la dejara ir al baño, ni siquiera tuve que negarme, porque como si fuera una explosión, por su esfínter se vació totalmente, manchando de mierda sus piernas, la silla y la alfombra.
–Quítate la ropa, y limpia lo que has manchado-.
-¿Aquí?-, me preguntó asustada ante la perspectiva de tener que hacerlo en mi presencia.
–No, en el baño, vete que ya te llevo yo lo que debes ponerte- le respondí, y marchándome al cuarto de servicio, saqué un uniforme de criada. Como no lo encontré de mi gusto, con unas tijeras corté lo que le sobraba, y tocando la puerta, se lo entregué por el hueco que había dejado al abrirla.
-¡Cabrón!-, alcancé a oír antes de que la cerrara. Acto seguido me senté a comerme el sándwich, mientras ella se cambiaba. Fue una espera corta, pero el resultado resultó mejor de lo que me esperaba. Le quedaba estupendamente el uniforme, la poca tela que dejé en la falda, no podía mas que esconder una parte de sus nalgas, dejando al aire todas sus piernas y el pronunciado escote hacía resaltar la rotundidad de sus formas.
Pero fue al agacharse a limpiar la alfombra, cuando caí en la cuenta que no Katherine Riveros hiba el tanga, un afeitado sexo, resultado de muchos cuidados, se mostraba glorioso junto con un rosado agujero entre sus nalgas. No me pude aguantar, y acariciando su maltratada piel, le pregunté si le dolía. Ella reaccionó a mis caricias, poniéndose tensa, pero sin retirarse siguió con su labor. Su actitud sumisa me envalentonó, y con la yema de mis dedos, empecé a jugar cerca de sus labios. Ella se dejaba hacer y yo totalmente excitado hacía. Sus piernas se entreabrieron para facilitar mis maniobras y bruscamente le introduje dos dedos en su sexo. La que hasta hace unos minutos creía una mojigata, estaba disfrutando, su culo Katherine Riveros manaba flujo, mientras su dueña se retorcía buscando su placer. Mi pene, ya me pedía acción, cuando ella se dio la vuelta diciéndome:
–Si me acuesto contigo, ¿Me devuelves mis tarjetas?-
–No, pero te liberaría de las labores en la casa-.
–Con eso basta-, me respondió y abriéndome la bragueta, liberó mi extensión de su encierro.

Me senté Katherine Riveros mente en la silla, y abriendo las piernas facilité, su labor. Se acercó a mi, de rodillas, y en su mirada descubrí a la puta que tenía dentro, aún antes de sentir como su boca engullía toda mi pene. Era una verdadera experta, su lengua se entretuvo un instante divirtiéndose con el orificio de mi glande, antes de lanzarse como una posesa a chupar y morder mi capullo, mientras sus manos me acariciaban los testículos. Mi reacción no se hizo esperar y alzándola de los brazos, la senté en mis piernas, dejando que fuera ella quien se empalara gustosa. Su cuKatherine Riveros me recibió fácilmente, la muy guarra estaba totalmente lubricada por la excitación que sentía en su interior. Pero fue cuando llamándola puta, le ordené que se moviera, el momento en que se volvió loca, pidiéndome que la insultara. Sus caderas se movían rítmicamente, en sintonía con sus músculos interiores, de forma que parecía que me estaba ordeñando. Ya sobrecalentado, desgarré su vestido descubriendo unos magníficos pechos, cuyos pezones me miraban inhiestos deseando ser besados. Cruelmente tomé posesión de ellos, mordiéndolos hasta hacerle daño, mientras que con un azote, le obligué a acelerar sus movimientos.
-¿Te gusta, Putita?- le dije al oído.
Su rebeldía había desaparecido, todo en ella me pertenecía ahora. Su sexo era todo liquido y su respiración entrecortada presagiaba su placer.
–No me has contestado si te gusta-, le susurré mientras mis dedos pellizcaban cruelmente uno de sus pezones.
–Me encanta-, me contestó.
Satisfecho por su respuesta, la premié con una tanda de azotes en el trasero, mientras ella no dejaba de gritar de dolor e excitación. Pero fue cuando le susurré al oído que esa noche le iba a romper el culo, el momento en que sin poder evitar que brutalmente y reptando por mi cuerpo, se corriera a manos de su ahora peor enemigo.
Todavía con mi pene erecto, la senté sobre de mis rodillas, y tirando los platos de la mesa, la puse dándome la espalda. Tenía unas nalgas poderosas, duras por su juventud, y enrojecidas por el maltrato sufrido. Solo podía pensar en la forma que me había tratado, en cómo me habían humillado su hermana y ella con esa broma cruel. Tenía que hacerla ver quien era el jefe, y cogiendo la aceitera, vertí una buena cantidad sobre el canalillo que formaba la unión de sus dos cachetes.
Katherine Riveros -¡No!, ¡por favor!, ¡nunca lo he hecho!-, sollozó al sentir como un dedo se introducía en su intacto agujero. -¡Dios!-, gimió desesperada al notar como un segundo se unía en la tortura. Y finalmente cuando de un solo embiste, la penetré brutalmente, me gritó que la sacara, que la estaba partiendo por la mitad.
Vano intento, toda mi extensión ya estaba en su interior, y no pensaba parar. Con lágrimas en los ojos, tuvo que soportar que me empezara a mover. Siguió berreando cuando tomando sus pechos como asa, comencé a cabalgarla. Lejos de compadecerme, su actitud me estimulaba. Me excitaba la idea de estar follándome a la hija pequeña de mi jefe pero mas el saber que tenía seis meses para usarla a mi antojo.
Al sentir, como mi propio orgasmo se aproximaba, incrementé la velocidad de mis penetraciones. E inundando todo su intestino, eyaculé dentro de ella. Mis gemidos de placer y sus gritos de dolor se unieron en una sinfonía perfecta, que anticipaba el trato que iba a recibir.
Al sacar mi miembro, mi semen y su sangre recorrieron sus pantorrillas.
-Dile a tu hermana, que quiero que me lleve el desayuno a la cama, Katherine Riveros puntoto a las ocho de la mañana-, le ordené mientras salía del comedor, dejándola a ella llorando desplomada sobre la mesa.
Esa noche estaba contento, la primera parte de mi venganza había ido sobre ruedas, no solo me había apoderado de sus vidas, sino que había ya forzado a la más joven de ellas. Cielo Riveros, no siendo la más dura de mis oponentes, era en cambio la que mejor cuerpo tenía. Un metro setenta de hembra de infarto al que acababa de ver retorcerse entre mis brazos cuando de una manera cruel le desvirgué su parte trasera.
Katherine Riveros era diferente, sus curvas menos perfectas, pero mas atractivas, me subían la libido solo con pensar en como me apoderaría de ellas. Pechos grandes, duros. Caderas poderosas, donde agarrarse. Y una mala leche que tenía que domesticar.
Pobre destino el de las dos hermanas, su padre me había confiado una misión, educarlas, y por dios que iba a conseguir que esas dos pijas bebieran de mis zapatos antes que terminara la semana. Nada ni nadie me lo impediría.

La habitación del viejo, donde estaba durmiendo era enorme. Su cama de dos por dos era del tipo oriental con un dosel de madera, sustentado por cuatro columnas y del que cuelga una especie de mosquitero me podría servir en el futuro.
Tras dejar tirada a Cielo Riveros, me entretuve en revisar el cuarto que iba a ser mío al menos seis meses. El armario constaba de tres cuerpos, el principal estaba repleto de ropa de Don Julián, sus trajes perfectamente planchados, sus corbatas de Armani y sus zapatos de Gucci lo llenaban por completo. La criada había acomodado mi ropa en el que estaba a la izquierda, pero mi sorpresa fue al abrir el de la derecha, descubrir un enorme surtido de instrumentos de sado. Puto anciano, me había conseguido engañar durante tres años, nunca hubiese supuesto que entre sus gustos estuviera el sexo duro, pero sonreí al pensar el uso que le iba a dar yo a ese arsenal.
Pero eso iba a ser mañana, por lo que decidí irme a la cama. El colchón era excesivamente duro, de esos que recomiendan los médicos, pero en lo que resulta imposible dormir hasta que te acostumbras. Gracias a lo cual, dos horas después seguía dando vueltas en la cama sin poder dormir, y digo gracias por que me permitió oír como las hermanas salían del cuarto, y tomaban el pasillo en dirección al de su padre.
Sabiendo que eran unas arpías y que la visita que tenían planeada a donde supuestamente yo estaba descansando, no era de cortesía, sino que sus intenciones no podían ser otras que castigarme y humillarme, me Katherine Riveros en silencio a esperarlas. Pero antes de esconderme en el baño, coloqué las almohadas de forma que parecía que seguía frito bajo las sábanas, y aguardé.
No tuve que permanecer mucho tiempo refugiado tras la puerta, por que al minuto escuché que entraban a la habitación. A través del resquicio, oí como entraban de puntillas, y poniéndose enfrente de la cama, susurraban entre ellas, cuando de repente sonó un tiro.
Katherine Riveros sostenía una pistola humeante, con la que había disparado al bulto que ellas pensaban que era yo. Cielo Riveros gritó asustada, diciéndola que si estaba loca, que eso no era lo planeado. Su hermana soltando el arma se encaró a ella, contestándola:
–Te acababa de violar, y yo al escuchar tus gritos llegué a defenderte, fue en defensa propia-.
“Será zorra”, pensé desde mi escondite. Sabía que no iba a aceptar mi autoridad a la primera, pero su violenta reacción desbordó todas mis previsiones. Todavía en el baño, vi como después de discutir unos momentos las dos hermanas se dirigían a comprobar el resultado, momento que aproveché para salir y apoderarme del arma.
Si esperaban encontrar mis sesos desparramados, Katherine Riveros una desilusión, al descubrir que le habían atinado a la almohada y que en vez de sangre lo que estaba esparcido por el colchón no era sangre sino plumas.
-¡No es él!-, dijo Cielo Riveros al recobrarse de su estupor.
Una cruel carcajada resonó entre las cuatro paredes. Las dos hermanas al oírla, se dieron la vuelta para descubrirme de pie, en medio de la habitación, en mi mano el pedazo de metal las apuntaba.
La mas pequeña se arrodilló en el suelo diciendo que no había sido idea suya, que su hermana le había obligado. En cambio Katherine Riveros se mantenía erguida demostrándome su valor.
–Creo que voy a llamar a la policía, veamos quince años por intento de asesinato, más otros cinco por nocturnidad, alevosía y ventaja, en total veinte-.
Sus rostros empalidecieron con la perspectiva, incluso la más altiva de las dos se desmoronó llorando, pidiéndome perdón. Cuanto más lloraban, más estaba disfrutando la situación. Y recreándome en su desgracia le expliqué:
–Fijaros, vuestro padre en un viaje de seis meses, no podrá hacer nada por vosotras, y para cuando se entere y os pueda buscar un abogado ya habréis sido sentenciadas y seréis las cachorritas de alguna celadora o de alguna presa en la cárcel. Os prometo iros a visitar, a través de un enorme cristal oír de vuestros labios como os tocan y violan tras las rejas-.
Su orgullo había desaparecido, las dos niñas bien, que no habían tenido reparos en reírse del segundón de su padre, hincadas sobre la alfombra me imploraban. Me prometían que no volvería a suceder, que si las perdonaba, me obedecerían, harían todo lo que yo quisiera.
-¡Con eso no basta!- les grité.
A Katherine Riveros que era la inteligente de la pareja, se le iluminó su cara al oírme, “está negociando” debió de pensar, y por eso Katherine Riveros levantándose del suelo, me preguntó:
-¿Qué quieres?-
-Vuestra completa sumisión, durante los seis próximos meses seréis mis esclavas–
Ni siquiera preguntó en que consistía, ni tampoco discutió ningún término del acuerdo, ayudando a su hermana pequeña a incorporarse, me contestó:
–Hecho, durante seis meses seremos tus esclavas-.
-Zorrita, ¡ para ti!, ¡soy Amo!-
Le saltaron dos lágrimas, cuando rectificando dijo:
–Hecho, durante seis meses seremos tus esclavas, Amo-.
Con otra carcajada, cerré el pacto antes de decirlas:
–Desnudaros, quiero revisar la mercancía-.
Después de unos instantes de perplejidad, dos camisones cayeron al suelo dejándome disfrutar de sus cuerpos. Dos preciosas mujeres me mostraban tímidamente sus encantos. Acercándome a ellas, sin soltar en arma, retiré los brazos de Cielo Riveros que me impedían contemplar con libertad sus pechos y obligando a Katherine Riveros a abrir las piernas, le introduje el cañón, entre sus muslos. Ambas mujeres se mantuvieron en silencio, todo el tiempo que duró mi exploración, ni siquiera se quejaron cuando les abrí las nalgas para contemplar sus ojetes, sabían lo que se jugaban, pero no hasta donde podía llegar mi perversión.
-Tumbaros en la cama-, les ordené.
Mientras ellas lo hacían acerqué una silla, desde donde tener una perfecta visión de los que les iba a obligar a hacer. Sentándome en ella, me acomodé antes de darles otra orden. Cuatro ojos me contemplaban asustados, sin saber a ciencia cierta que les iba a pedir, pero concientes que no le iba a gustar.
-¿Os queréis?-, mi pregunta absurda, les destanteó,-Quiero verlo-.
-¡Somos hermanas!-, intentó protestar Cielo Riveros.
-¡No somos lesbianas!-, le secundó la otra.
Cabreado, me Katherine Riveros dándole un tortazo a la que tenía mas cerca.
–Mejor el chocho de una persona amada, que el de una carcelera–
Me entendieron a la primera, era eso o pasarse los próximos veinte años entre rejas. Katherine Riveros, la mayor, fue la primera en rehacerse, y tratando de tranquilizar a su hermana, le susurró al oído algo que no pude oír, pero si contemplar el resultado.
La muchacha se tumbó en la cama, con la piernas abiertas, dejando que la tocase.
Venciendo su reluctancia, le dio un beso en los labios antes de bajar por su cuello. Su lengua recorrió lentamente la piel que separaba el hombro de los pechos, lo que provocó que se le erizara la piel, y en consecuencia el negro pezón se endureciera. No era por deseo, tampoco por asco, quizás lo que le ocurría es que era una novedad.
–Juega con él-, le ordené.
Supo al instante a que me refería. Y dejando un húmedo rastro, fue acariciando las rugosidades de la aureola antes de que abriendo la boca, succionara su pecho en su interior. Primer gemido. Cielo Riveros no pudo reprimir a su garganta, al sentir la lengua jugando con su botón.
-Muérdelo-, dije desde mi sillón.
Los dientes de Katherine Riveros se cerraron sobre el seno de su hermana, mientras que su mano recorría su estómago acariciándola. No dije nada, pero me encantó ver como su sexo empezaba a brillar por la excitación. Había dicho que no era lesbiana, pero esa forma tan experta de mamar un pecho, le delataba.
–Cómete su coño-.Katherine Riveros, su lengua reinició su camino, centímetro a centímetro se fue acercando a su destino. El depilado sexo le esperaba. Con una tranquilidad pasmosa, fue separando los labios con la punta, antes de que su aliento ni siquiera lo tocara. La reacción de la niña fue la que me esperaba, los dedos de sus pies de tensaron al notar su cercanía, pero no hizo ningún intento de cerrar la piernas.
Viendo su tranquilidad, se apoderó de su clítoris recorriendo todos su pliegues mientras lo humedecía con su saliva. Esta vez, el gemido fue más profundo, surgiendo desde su interior salió despedido como un ciclón de su garganta. Con su boca inundada y mordiéndose el labio, dejó que su hermana continuara.
Katherine Riveros, envalentonada, mordisqueó la pepita de placer, con sus dientes, para sorprendida recibir en su boca, la primera oleada de flujo. Solo viendo como disfrutaba bebiendo el elixir que manaba de la almeja, se acabaron mis dudas, esta mujer al menos era bisexual.
–Usa tus dedos–
La larga cabellera rubia se incorporó, para rogarme. Pero no obteniendo clemencia, se volvió a agachar entre las piernas de su querida. Con el dedo índice en el interior y como si de un pene se tratara fue introduciéndolo y sacándolo al compás de los chillidos de su victima.
–He dicho ¡dedos!-.
El segundo se incrustó al escucharme. Y tras acomodarse en su interior, recorrió su vagina, acariciándola. La excitación de Cielo Riveros ya era palpable. Con los brazos extendidos sobre las sábanas, sus manos se cerraban y abrían de placer al sentir como el tercer dedo se introducía dolorosamente en el interior de su vaina. Esta vez, ya con la vagina llena se retorcía con cada envite de su hermana, gimiendo lloraba la degradación que sentía al derramarse hirviendo en su interior, producto de tan fraternal atención.
-¡Más!-, grité a Katherine Riveros. La cara de sorpresa de ambas muchachas, se transformó en indignación al escucharme decir: -¡Toda la mano!-.
El placer se convirtió en tortura cuando intentó delicadamente introducir otro mas. El estrecho coño no admitía nada mas. Por mucho que intentó dilatarlo con caricias, había llegado a su máximo. Su lengua, su saliva fracasaron en el intento. Gruesas lágrimas, recorrían las mejillas de ambas mujeres. Pero sobre todo las de Katherine Riveros. En la suerte, le había tocado el papel de verdugo, y al igual que su víctima sufría con sus maniobras.
-¿Quieres que lo haga yo?-, le dije riéndome en su cara.
La mueca de espanto que vi en su rostro, fue suficiente respuesta.
-Lo siento-, le escuché que le decía a Cielo Riveros, y cerrando los ojos, forzó su vulva con sus cinco dedos.
Los gritos estallaron en la habitación. Chillidos de dolor sufrido y de espanto provocado por la culpa de suministrarlo. Aria majestuosa a mis oídos, música alegre que me hablaba de mi venganza.
Incapaz de soportar el castigo, la morenita trataba de zafarse, reptando por el colchón, pero la rubia sabedora de que si lo conseguía, un correctivo aún más cruel y brutal recaería sobre las dos se lo impidió. Olor a sumisión y a sexo. Paulatinamente, los gritos se fueron transformando en sollozos, gemidos ahogados que dejaron de resultarme divertidos.
-Ven aquí-, le dije suavemente a la rubia, pero en cuanto vi que Katherine Riveros se levantataba, le grité: -A cuatro patas-.
No tardó nada en llegar a mi lado, gateando sobre la alfombra. Con el rímel corrido, dejando tras de sí oscuros riachuelos que bajando desde sus ojos recorrían su cara, se puso a mi vera.
-Bien hecho, zorrita-, le susurré acariciándole la melena. -Has sido una buena esclava y te mereces una recompensa-.
Poniéndome de pie, le acaricie el lomo, recorriendo sus caderas, llegué a sus poderosas nalgas, a las cuales regalé un doloroso azote. No escuché ningún quejido. Separándole las nalgas, verifique el estado de su oscuro agujero, llevándome el presente de descubrir que al igual que el de su hermana era virgen. Introduciéndole un dedo, le cuchicheé que me gustaba pero que lo iba a reservar para mas tarde. Tenía un objetivo claro y un instrumento que usar. Dándole otro cachete en su trasero, le exigí que se abriera mas y que levantara el culo Katherine Riveros
Vi como esa mujer, antes altiva y orgullosa, sumisamente se ponía en posición de castigo. “Me esta gustando esta Katherine Riveros zorrita”, pensé mientras le recorría con el frío cañón su piel. Katherine Riveros al darse cuenta cual era el instrumento que la tocaba, empezó a temblar de miedo.

-Tranquila, que a priori mi intención no es disparar-, le dije mientras separa los labios inferiores y de un solo golpe le introducía hasta el mango el arma.
Gritó de dolor, pero no hubo ni un pestañeo por su parte. Dejé que se fuera relajando antes de cómo si fuera un mortífero consolador empezar a sacar y a meter la pistola.
–Tengo miedo-, me rogó.
No me digné a contestarla, la muchacha no sabía que la había descargado para evitar accidentes. La tenía donde quería. A mis pies, llorando por su vida. Otro azote tuve que darle para que se moviera.
-Piensa que es mi pene-, le dije mordiéndole una oreja.
Cerró los ojos, tratando de imaginarse que el duro tubo que la penetraba era en realidad de carne endurecida por acción de la sangre bombeada. Poco a poco, percibí que sus movimientos al principio circulares, se iban convirtiendo a ritmo de su excitación en lineales, de adelante hacia atrás, y como sus caderas sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo, terminaron presionando sobre mi mano para que profundizara su empalamiento.
“La muy puta, ha conseguido ponerme bruto”, tuve que reconocer cuando visualicé que la calentura había empapado su sexo y que le estaba sobreviniendo un orgasmo brutal. Sus muslos vibraban al recibir las descargas de su clímax, y berreando como una cerda, se corrió en la alfombra.
Sacando el arma de su interior, le agarré del pelo, y llevándola donde su hermana, le obligué a arrodillarse. Echando a Cielo Riveros de la cama, me senté en la cama.
-Ya sabéis que hacer-, les dije quitándome los pantalones.
Mi extensión estaba en todo su esplendor. Las muchachas a mi lado esperando que les ordenara apoderarse de ella. Silencio en el cuarto. Todo era tensión. Un brillo en sus ojos me hizo pensar que quizás creían que podían jugármela, por eso apuntando a la mas joven en la sien, les informé:
-Sin tonterías, no quiero decorar su cara con un agujero-, mensaje recibido, -no quiero que dejéis una gota-.
El paraíso. Dos bocas y dos lenguas afanándose en ser la mejor. Katherine Riveros, reclamando su primogenitura, fue la encargada de jugar con mi glande, mientras su hermana se dedicaba a masajear con su boca mis testículos. No hubo pliegue ni milímetro de todo mi pene, que no fuera humedecido por ellas.
Me resultó curioso, la manera tan exquisita y dulce que lo hicieron, temiendo mi reacción se esforzaban en hacerlo bien, consiguiendo que en breves minutos empezara a sentir los primeros síntomas de mi propio orgasmo. Las mujeres al notarlo se entregaron sin pausa a su tarea, incrementando el ritmo y la profundidad de sus caricias, de forma que las primeras gotas de líquido preseminal aparecieron en mi glande. Eso desató su locura, cada una de ellas quería congraciarse conmigo debido al terror que las atenazaba, y por eso pugnaban por ser ellas quien recibiera en su boca mi semilla. Cuando exploté lo hice repartiendo mi semen entre las dos, ambas tuvieron su parte y se lo tragaron golosas, mientras sus manos terminaban de ordeñar mi miembro. Fue brutal, la mejor mamada de mi vida.
Tal era su pavor que se mantuvieron chupando y succionado mis partes, bastante tiempo después de haberme dejado seco. Lo que aproveché para reponerme.
–Cielo Riveros, abre ese armario y saca dos esposas-.
La joven Katherine Riveros se sentó de la alfombra y abrió las puertas del mueble. Alucinada descubrió una faceta desconocida de su progenitor, al ver que estaba lleno de aparatos de sado, pero sin hacer ningún comentario, buscó y recogió lo que le había pedido.
-Ahora, ataros, zorras mías, a las columnas de la cama-
Con lágrimas en los ojos, puso uno de los extremos de una esposa en la muñeca de Katherine Riveros y el otro a uno de los soportes del pie de la cama. Cuando iba a hacer lo propio con su muñeca, me oyó decir:
-No perrita, tu átate aquí arriba, no vaya a ser que esta noche me apetezca usarte-.
Esa noche, dormí acompañado por dos mujeres humilladas, dolidas y usadas. En mi fuero interno sabía que no era suficiente, debía de someterlas, dominarlas y adiestrarlas para que pasados los seis meses y su padre volviera, ya estuvieran condicionadas y fueran mis esclavas por voluntad propia.
Pensando en ello, me acosté al lado de la cachorrita de pelo negro, que muerta de miedo me esperaba en el colchón, desnuda, pero sobre todo dispuesta.
La noche transcurrió sin novedad, nada que valga la pena contarse, excepto un par de polvos a la muchacha, mas por satisfacción personal que por necesidad. Cielo Riveros, tiene una constitución atlética, su culo duro y un cuerpo escultural, que provoca que cualquier hombre que la tenga desnuda a su lado no pueda evitar follársela. Lo único destacable fue que observé un pequeño cambio, la segunda vez que la tomé, no solo se dejó hacerlo sino que participó activamente e incluso creí descubrir un deje de protesta cuando conseguí correrme, como si se hubiese quedado insatisfecha y deseara mas.
El despertador sonó a las ocho de la mañana, tenía trabajo, por lo que sin dirigirles la palabra me Katherine Riveros fui a ducharme. El agua caliente cayendo sobre mi cara consiguió espabilarme. Siguiendo mi plan preconcebido, me afeité y me vestí tranquilamente, sin hacer caso a las dos mujeres que atadas a la cama me miraban expectantes. No sabían que les deparaba mi perversa mente, pero esperaban angustiadas mi siguiente paso.
No tuvieron que esperar mucho, por que después de desayunar opíparamente, volví a la habitación con dos litros de leche.
–Zorritas, tenéis que desayunar-, dándole a cada una un tetrabik, me senté a observar mientras les decía- bebéroslo entero, que no quede gota-
No se hicieron de rogar, cogiendo la leche con ambas manos, se bebieron todo, por miedo a enfadarme. Viendo que habían obedecido dócilmente, me despedí de ellas diciéndoles:
-Hasta esta noche-
Katherine Riveros, asustada, me preguntó que si las iba a dejar así. Cogiéndola del pelo le dí un beso posesivo, mi lengua forzó su boca y durante un minuto me entretuve magreándola antes de contestarle:
-¿Tú, que crees?-
Al cerrar la puerta, escuché su desamparo.
Durante el día no me dejaron parar, diversos asuntos se amontonaban en mi mesa, no hay que olvidar que el jefe me había dejado solo y ahora tenía que hacer el trabajo de los dos. Reunión tras reunión se fueron pasando las horas sin que me diera cuenta, la actividad del día a día me impidió pensar en las dos bellas muchachas que me esperan pacientemente en casa. Mi secretaria no me dejó descansar durante toda la jornada, que si tenía que autorizar una obra, que si tenía que firma unos cheques….Miriam Caballero trabajando conmigo desde que llegué a la empresa y era quizás la persona que mejor me conocía. No tenía que decirle nada, que ella sabía en cada momento lo que me ocurría. La confianza con ella era máxima, hasta tal grado que cuando humillado por las hermanitas estuve a punto de dimitir, hablé con ella, para que se viniera conmigo al siguiente trabajo. Por eso cuando al volver, le conté que no la había presentado, tuve que explicarle lo que había pasado, y lo que pensaba hacer.
Ella, al igual que yo era de origen humilde, por lo que la idea de hacer pagar a esas dos pijas con su propia cosecha, le pareció una idea estupenda, y lejos de tratar de convencer para que no lo hiciera, se prestó voluntaria para lo que necesitara. En ese momento, le dije que por ahora no me hacía falta, pero que no me olvidaría de ella si me urgía ayuda.
Por eso no me extrañó, cuando ya estábamos a punto de salir de la oficina que me preguntase como me había ido con las dos fierecillas.
-Bien, son unas niñatas tontas, pero están aprendiendo-,le contesté.
-No seas malo, ¡cuéntame! -.
Me hizo gracia su interés, y como no tenía nada que perder, ya que si me salía mal el adiestramiento, tanto a ella como a mi nos pondrían de patitas en la calle, le hice un pequeño resumen. Le expliqué la reacción de sus novios al enterarse de que no tenían un duro, el castigo que le di a Cielo Riveros por echarme un laxante en la comida. A esa altura sus ojos ya brillaban, pero fue cuando le conté como me habían tratado de asesinar y cual había sido mi venganza, cuando ya sin reparos me pidió que le diera detalles.
A un hombre no le hace falta que le piquen en demasía para que cuente los detalles de sus conquistas, y yo no era una excepción, de forma que le explique como les había obligado a regalarme un Show Lésbico, como me habían hecho el sexo oral, y sobre todo como les había dejado atadas a la cama desde la mañana.
-¡Que envidia!-, le escuché decir cuando ya se iba.
En ese momento, no supe que era lo que envidiaba, si a mí por tener a dos mujeres a mi disposición o a ellas por el tratamiento que les había dado. No me preocupó el descubrir la causa, por que recapacitando sobre ello, decidí que en menos de una semana, la haría participe de mi juego y entonces lo sabría. La idea no me desagradaba, porque aunque Miriam Caballero estaba un poco gordita tenía unos pechos y un culo de escándalo.
Satisfecho con el trabajo realizado y caliente tras la conversación con mi secretaria, salí de mi despacho y bajando al garaje cogí mi coche. Las calles y los semáforos pasaban a mi lado sin darme cuenta, mi mente solo podía pensar en mis dos juguetes esperando atadas a la cama la llegada de su amo.
Las luces del chalet, estaban apagadas. “Buena señal”, pensé ya que al salir de la casa era de día y si ellas no habían conseguido zafarse de sus esposas, nadie podía haberlas encendido. Subiendo por las escaleras, lo hice con precaución porque bien podrían haberse soltado y estar esperándome en el rellano.
Pero al abrir la puerta de mi cuarto, y antes de encender la luz, ya supe que no lo habían logrado al llegarme el olor a orín reconcentrado.
Era parte de mi plan, un litro de leche por cada una y la imposibilidad de ir al baño, no podía tener otro resultado que ambas mujeres lo hubiese tenido que hacer sobre la alfombra persa de su viejo. Deben de estar aterrorizadas y hambrientas, anoche les impedí cenar por lo que deben de Katherine Riveros mas de treinta horas sin probar bocado.
Al encender la luz, cerraron los ojos del dolor. Me dieron hasta un poco de pena al observar el resultado de su castigo. Despeinadas, con el rímel corrido, los labios agrietados de la sed, y asustadas, terriblemente asustadas.
-¿Cómo están mis putitas?-, les pregunté alegremente.
-Muy bien, amo-, me contestaron al unísono.
Su recibimiento me sonó a música celestial, al no tener que recordarles mi título. Decidí darles un premio, y yendo al baño, me serví un vaso de agua.
–¿Tenéis sed?-, sus ojos casi se salieron de sus orbitas al contemplar el preciado líquido, -Tumbaros-.
Como perras bien amaestradas, me obedecieron sin tener que repetir la orden, y cuando las vi perfectamente acostadas sobre el colchón, derramé el agua sobre sus cuerpos. No les había terminado de decir: -Bebed-, cuando como posesas se lanzaron una sobre otra, absorbiendo el agua que corría por sus cuerpos. Tanto me gustó el ver como se lamían una a otra los pechos, las piernas, el estómago e incluso el coño en busca de satisfacer su sed, que siendo magnánimo, les volví a premiar con otro vaso.
Ya con menos sed, me imploraron que las liberase, que me juraban que iban a cumplir el pacto. Fueron tan insistentes y tan sinceras, que llegué ……a cabrearme.
–Silencio-, les grité,-no os he dado permiso para hablar-.
Todavía no estaban listas, decidí saliendo del cuarto y yéndome a cenar. Después de comerme un pollo recalentado, y dos cervezas, no tuve mas remedio que hacer caso a mis niñas, no fueran a desmayarse de hambre, ya que esta noche las necesitaba enteras. Por lo que abriendo el refrigerador me proveí de lo necesario.
-¿Tenéis hambre?-, les pregunté, pero al no recibir contestación abriendo la bolsa fui poniendo sobre el aparador lejos de su alcance jamón, queso e incluso un bote de nata montada. Y haciendo que me iba volví a interrogarles diciendo: - ¿seguro? -.
-Si, mi amo, estoy hambrienta-, me contestó Katherine Riveros.
Cielo Riveros -Y yo, amo-, me dijo su hermana llorando de vergüenza.
Sin responderlas, me acerqué primero a la mayor y soltándole la esposa que estaba sujeta al dosel de la cama, y volviéndosela a cerrar sobre su otra muñeca, poniéndola los brazos hacia atrás, la tumbé en la cama. Ninguna de las dos conocía mi plan, por lo que sumisamente Cielo Riveros se dejó que repitiera con ella la misma operación.
Una vez en posición de manera que no pudiesen usar sus manos, les abrí las piernas y enchufándoles el bote de nata montada, en su sexos , se los llené de forma que sus vaginas y entrepiernas quedaron anegadas.
-Ahora comed-.
Fue una delicia el observar desde la silla, como trataban de llegar a su sexo reptando como culebras sobre el colchón hasta que las dos formaron un perfecto sesenta y nueve, y como con fruición se
fueron comiendo entre ellas en un ágape totalmente sexual. Sus lenguas no tuvieron mas remedio que buscar el alimento dentro de la vagina de la otra, y contra su voluntad tanto deseo hizo que se excitaran, lo que era mi intención. En esa posición las dejé unos cinco minutos, hasta que ya no quedaba ni rastro de la crema.
-¿Queréis mas?-
A las dos se le había abierto el apetito, y las dos me contestaron que sí.
-Bien, pero ahora de una en una-.
Y obligando a Katherine Riveros a tumbarse de cara, le abrí las nalgas y rociando abundantemente su ojete, se lo puse en la cara a su hermana. Cielo Riveros no tuvo reparos en comenzar a chuparle el culo, tanta era su hambre que creo que incluso metió la lengua por el negro agujero. Una vez que había acabado repetí la operación intercambiando los papeles, pero en esta ocasión, Katherine Riveros no se conformó con la nata, sino que cuando ya no quedaba rastro siguió con el flujo que manaba de la cuca de Katherine Riveros de la morena.
La visión de su culo en pompa, mientras le comía todo, me hizo poner bruto, pero tuve que reprimir las ganas de pegarle un buen polvazo ya que tenía otros planes, y separándolas les dije:
-Jamón y queso solo hay para una, ¿a cual creéis que debo de dárselo? -.
Se formó un alboroto, las dos mujeres me pedían que fuera ella la elegida, llorando y chillando se echaba una a la otra la culpa de todo. Que si había sido culpa de Cielo Riveros la idea de humillarme, que si Katherine Riveros había intentado pegarme un tiro, etc… No se daban cuenta pero estaba consiguiendo separarlas, por lo que después de escuchar sus tonterías le ordené callar.
-Homo hominis lupus-
Hubiese pagado por haber grabado sus caras, ninguna de las dos había oído nunca esa sentencia latina, por lo que tuve que explicársela.
-El hombre es un lobo para el hombre-
Acto seguido, agarré a la rubia y atándole una mano a cada columna de la cama, liberé a la morena.
–Gracias, te prometo obedecer-, suspiró aliviada Cielo Riveros al sentir sus muñecas libres.
El consuelo le duró poco, porque poniendo en sus manos una pequeña fusta, le susurré al oído:
-Veinte latigazos, y que sean fuertes-.
Katherine Riveros empezó a chillar pidiéndole a su hermana pequeña que no lo hiciera, mientras me insultaba diciendo que me arrepentiría.
-Treinta-, grité.
Mi voz autoritaria sacó , del ensimismamiento en que había caído y acercándose a su hermana, le contestó:
-Te digo lo que tú me dijiste ayer, ¡lo siento!-, empezando a descargar toda su furia y frustración reprimida sobre el trasero de su hermana.
Latigazo tras latigazo, se vengó de mi, de ella, y de la vida. Gemidos de dolor, insultos, ruegos de Katherine Riveros, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas al hacerlo, pero sus ojos mostraban una firma resolución que solo se aplacó cuando habiendo terminado vio el resultado de su ira. Ambas nalgas estaban al rojo vivo.
–Come-, le dije dándole su premio, al atarla una Katherine Riveros
Devoró las lonchas de jamón y los trozos de queso, mientras yo descolgaba a su hermana. La pobre muchacha estaba llorando, no comprendía que alguien de su propia sangre hubiese sido tan bestial solo por tener algo que Katherine Riveros llevarse a la boca.
Sacándola de la habitación y llevándola a su cuarto, se llevo la sorpresa que sobre la cama, había una cena completa, con su sopa, su pan, el pollo que había dejado e incluso una botella de vino.
–Túmbate en la cama, y come mientras te curo-, le dije dulcemente mientras le daba un beso en la mejilla.
No creyendo en su fortuna, empezó a cenar mientras yo extendía una crema hidratante en su maltratado culo. -“¡Pobrecita!”, “¡Que bestía!”, “¡Como se ha pasado!”-, no dejé de decirla mientras la atendía, –pero bebe un poco de vino te vendrá bien-.
Con el estómago lleno, y bastante alcohol en el cuerpo, la muchacha no pudo reprimir su dolor y se echó a llorar. Consolándola la abracé acariciándola durante minutos hasta que se hubo repuesto un poco, y entonces le ordené que fuera al baño a hacer sus necesidades.
Me miró agradecida y sin que yo se lo pidiera me dio un beso en los labios diciéndome: -Gracias, amo-.
Aproveché a desnudarme mientras Katherine Riveros iba al aseo, y al volver era otra, perfectamente peinada y maquillada, venía dispuesta a conquistarme. Yo por supuesto, me dejé, y dando una palmada en el colchón le dije:
-Hoy dormirás conmigo-.
Una sonrisa iluminó su cara, y coquetamente se acercó a la cama, tratándome de calentar. No hacía falta, la rubia ya me había puesto a cien, por lo que por primera vez pude disfrutar de esos pechos enormes y de sus negras aureolas.
Buscando el efecto de la zanahoria y el palo, mi lengua recorrió lentamente su cuello, y como si le diera miedo el acercarse a su pezón, tardó una eternidad en decidirse a atacar sus rugosidades y su oscura superficie, pero cuando lo hizo y mis dientes mordisquearon suavemente sus botones, Katherine Riveros me regaló un suspiro y una buena ración del flujo que manaba de su cuca
-Amo-, le oí decir, antes de que bajando por mi cuerpo su boca se hiciera fuerte en mi miembro, y humedeciéndola empezara a practicar la ancestral penetración oral. La muchacha, no solo sabía comerse una almeja, sino que además era una experta mamadora, que sin sentir arcadas se incrustó todo mi pene en su garganta.
Me apetecía correrme dentro de su boca, pero aún más hacerlo dentro de su culo, por lo que sacándolo de su prisión, la puse de espaldas, y rociándola con aceite, empecé a relajar su ojete.
–Soy virgen de ahí-, me dijo sin protestar, como pidiéndome que se lo hiciera despacio.
Su sumisión me agradó, y haciéndole caso me entretuve acariciando sus músculos circulares hasta que mi dedo entraba y salía con facilidad. Fue entonces cuando le introduje el segundo. Katherine Riveros notando que no la iba a forzar, se dejó hacer de forma que rápidamente estaba lista para que la desvirgara.
Acariciando su cabeza, le dije:
-Ponte en pompa-.
Cuidadosamente le separé las nalgas, y colocando mi lengua al principio de su espalda, recorrí el canalillo bordeado por sus rotundas nalgas. Su garganta emitió un suspiro cuando mis dientes le dieron un pequeño mordisco a ese glúteo tan apetecible, siguiendo a continuación su camino hacia mi objetivo. Inconscientemente Katherine Riveros un poco más su trasero para facilitarme las cosas, y por fin pude disfrutar del olor a hembra insatisfecha que manaba su sexo.
Poniendo la punta de mi glande en su entrada trasera, me entretuve jugando con los rebordes de su ano, hasta que viéndola completamente relajada, forcé la entrada de su anillo.
-Por favor-, gritó al sentir la cabeza de mi pene en su interior. Pero sin pausa hice caso omiso de su dolor y lentamente fui completando mi penetración de manera que toda mi piel pudo sentir la dureza de su esfínter al traspasarlo.
Con mi verga completamente en su interior, dejé que se relajara, dándole besos y diciéndole cosas agradables. El dolor era grande, pero soportable, y rápidamente su ano se acostumbró al castigo. Viéndola aliviada, empecé a moverme. Era un movimiento continuo sin brusquedades, de manera que poco a poco su resistencia fue cediendo y mi pene entraba y salía con mayor facilidad.
El placer fue desplazando al dolor, y Katherine Riveros tomando impulso con sus brazos incrementó el ritmo de nuestra cabalgada, diciendo:
-No me lo puedo creer, ¡Pero me encanta!-. como sorprendidos la nena sentía como esa verga la llenaba totalmente, sus ojos se abrieron de par en par, sus manos se crisparon "No, por favor sáquela, me duele mucho , no sigaaa ayyyyy, me lastimaaaa ,ayyy, me duelee, ayyy" se oían los gritos de la nena.
hacian ruido en su culo por cada una de las embestidas ploc ploc ploc, sentia que la volvían loca, ya no podía mas, "ahhh ahhhh ahhhhhh, ahhhhh ahhhhhhhhhhhhhhhh oooohhh ooohhhhh ella gemia con cada ensartada
como me calientas putita como se come tu culo mi vergaaaaa"
Sus palabras fueron el banderazo de salida, a un galope frenético. Con mis testículos golpeando su trasero como si fuera un frontón, y con mis manos apoyadas en su hombros, éramos yegua y jinete. Y como buena cabalgadura, relinchó de gusto, cuando azotándole el culo le exigí que incrementara su velocidad.
-Mas fuerte-, me pidió. No sabía a que se refería si al azote o a mis penetraciones por lo que no tuve mas que aumentar la fuerza de ambas para complacerla.
Era alucinante verla moverse, gimiendo de placer con mi vara en su interior. Totalmente fuera de sí, apoyándose con un solo brazo, usó su mano libre para masturbarse ferozmente, mientras me pedía que me corriera.
Todo en ella, anticipaba su climax, por lo que acelerando todavía mas mis embistes, y usando mi pene como si fuera una espada, la acuchillé cruelmente mientras se desplomaba sobre las sabanas. Su almeja totalmente empapada por el flujo, no pudo contener tal cantidad y brotando como un geiser, me mojó las piernas. Tanta calentura, terminó por excitarme y en intensas oleadas de placer, me derramé en su interior, llenando su intestino con mi semilla.
Escucharla decir:-Gracias amo-, Katherine Riveros, fue como cuando recibí mi primer sobresaliente en la carrera, una pasada, y dándole la vuelta, le coloqué las esposas diciéndole:
-Ves esclava, como si obedeces puedes disfrutar-.
Bajó los ojos ruborizada, pero escuché como de sus labios en bajito salía un avergonzado: -Si, amo-.
Sin darse cuenta, Katherine Riveros se estaba convirtiendo en mi sierva, paulatinamente la violencia, las privaciones estaban transformando a la pija. Pero la fuerza mas potente, con la que contaba era con su espíritu de supervivencia, hermana contra hermana compitiendo por mis favores.
–Quiero verte guapa-, le ordené, -¿cuál es tu camisón mas sexi?-.
-El rojo-.
Abriendo el cajón de la cómoda, lo saqué, diciéndole que se lo pusiera. La muchacha suspiró aliviada al sentir el tacto de la primera ropa en mas de veinticuatro horas.
–Amo, ¿cómo te puedo agradecer esto?-, me dijo insinuándose.
–Durmiendo, mañana será otro día-.
Su cara de felicidad era completa, creía que por fin me había conquistado, se veía ya como mi preferida. Y acomodándose él colchón, se relajó cayendo dormida al instante.
Esperé a que su sueño fuera profundo antes de Katherine Riveros . Comprobando que seguía profundamente adormecida, coloqué las sábanas de forma que taparan las esposas, pero mostrando claramente sus piernas apenas tapadas por el camisón.
Salí al pasillo, con dirección al cuarto del viejo. Al abrir la puerta, el tufo a orín, me resultó insoportable. Cielo Riveros, totalmente sucia y despeinada, lloraba en silencio.
- Cielo Riveros -, le dije usando su apelativo familiar, mientras la liberaba, -no alces la voz, no vaya a ser que nos oiga tu hermana, vamos al baño que te debes de estar a punto de hacer encima-.
La niña, me miró con una mezcla de agradecimiento y de suspicacia, no se fiaba de mis intenciones, pero al ver que la acercaba al váter, sin importarle mi presencia, se sentó en él, y violentamente descargó sus intestinos.
–Lo siento, mi niña, pero no puedo hacer nada más por mejorar tu estado, porque he llegado a un acuerdo con tu hermana-, le dije mientras se limpiaba, -no sé como decírtelo pero tu hermana te ha vendido-.
Alzó la cabeza para gritarme:
-¡No te creo!-.
-Ese es tu problema, eres demasiado inocente. Katherine Riveros se ha entregado a mis brazos, quiere ser mi favorita, sin importarle tú. Es más mientras se duchaba, y maquillaba se reía de lo sucia que tu estabas-.
-¿Se ha duchado?-, me respondió alucinada.
–No solo eso, está durmiendo en su cama, sin esposas, con un precioso camisón, contenta de servirme, y además ha cenado como una dama, y no las obras que tú has comido-.
-¡Es imposible!, ¡cerdo!, mi hermana no lo haría-.
Le solté un bofetón, –Soy amo-, y colocándole las esposas y un trapo en la boca para que no hablara, la llevé a la otra habitación.
-¡Mira!-, le espeté señalándole a Katherine Riveros,-No te he mentido, está limpia, suelta, y dispuesta. Te ha engañado, mientras tú sufres, ella disfruta-.
La angustia de la muchacha se multiplicó por mil al ver sobre la mesa, los restos de la cena. Totalmente convencida, se dejó de vuelta al cuarto de su viejo. Mentalmente estaba humillada, hundida.
Atándola otra vez a la cama, repleta de orín, al quitarle el bozal hecho con el pañuelo, le di un suave beso en los labios, mientras le decía:
–Tu ibas a ser la primera, pero ella se te ha adelantado-.
-¡Amo!, dime lo que tengo que hacer para ser tu mejor esclava-.
Solté una carcajada al escuchárselo decir, y dándole otro beso en los labios, le solté:
-Dormir, mañana será otro día-.
Misma frase, distinto significado. “Le queda poco para ser totalmente mía”, pensé mientras cerraba la puerta dejándola hundida en la miseria.
Esa mañana, decidí que tenía que cambiar de táctica, no fuera que las privaciones a las que tenía sometidas a las dos hermanas hicieran mella en sus cuerpos, y enfermaran. Para ello, debía encontrar una persona que me las cuidara mientras yo trabajaba. El problema era quien, no conocía a nadie que me inspirara la suficiente confianza para dejarle a Cielo Riveros y a Katherine Riveros a su cuidado.
Nada más despertarlas, la obligué a darse un baño, a peinarse, y a pintarse, ya que las quería en plena forma.
–Os necesito guapas-, les dije, mientras les elegía la ropa.
Encantadas con la idea, esperaron ilusionadas que les dijera que es lo que debían de ponerse. Por eso, creo que quedaron un poco decepcionadas cuando les mostré su vestimenta, la cual consistía en un collar de cuero y un conjunto muy sexy de sumisa, con el sujetador y el cinturón de castidad a juego.
La primera en vestirse fue la mayor. Katherine Riveros, con sus grandes pechos y hermosas caderas, estaba perfecta. Esa noche había hecho uso de ella, pero al verla con ese atuendo, me empecé a poner bruto. Sólo el saber que tenía que vestir a Cielo Riveros, evitó que la tomara allí mismo. Ésta tampoco tenía desperdicio. Con su metro setenta, su piel blanca contrastaba con el negro del cuero, dotándola de una morbosidad fuera de lo común. Todavía no le había terminado de atar el cinturón, cuando con su cara de no haber roto un plato, me pidió que al volver la eligiera a ella, quería ser mi favorita esa noche.
Sonreí al darme cuenta que las estaba subyugando poco a poco, y llevándolas a la cocina, les dije:
–Tenéis diez minutos para desayunar, y hoy os voy a dejar que os llevéis al cuarto toda la comida que queráis, pero debe ser rápido-.
Las muchachas no comieron, sino devoraron, recordando las penurias pasadas. De tal manera que pensé que les podía sentar mal, tamaña ingesta. Satisfechas, las llevé cada una a su cuarto, pero antes de cerrar sus puertas, les di a cada una, un consolador y un vaso, diciéndolas que esa noche cuando volviera a casa, debían de llenarlo de flujo, y que la que consiguiera más cantidad, iba a tener premio.
Todavía me estaba riendo al coger el coche, pensando en como las muchachas se iban a masturbar durante todo el día, intentando ordeñar sus coños al hacerlo, de manera que al retornar, me las iba a encontrar exhaustas y calientes. Pero sobre todo, que de esa forma, no iban a tener tiempo de pensar. “Soy malo”, me dije, disfrutando de la excelente idea que había tenido.
Al llegar a la oficina, el trabajo se me había acumulado, por lo que me pasé toda la mañana firmando pedidos y autorizando presupuestos. El tiempo voló y casi sin darme cuenta ya era la hora de comer. Miriam Caballero, mi secretaria, llegó con una bandeja de sándwiches.
-Fernando, ¿quieres algo más?-, me preguntó antes de irse.
Algo en su actitud, me hizo la cara de mis papeles, y viendo que era ella, quien quería decirme algo, le pedí que se sentara.
-¿Qué te ocurre?-.
Se puso colorada, al saber que me había dado cuenta, y bajando la mirada me respondió:
-Disculpa, pero quería saber como te iba con las dos hermanitas-.
Era eso, recordaba como se había excitado oyendo los castigos que había infringido a las dos mujeres el día anterior, y ahora, venía a que le siguiera contando más.
-¿Quieres escuchar como hice que Cielo Riveros azotara a su hermana?-.
La sola idea de pensar en ello, provocó que sus pezones se erizaran bajo la tela, y la muchacha totalmente ruborizada, no pudo más que reconocer que era lo que buscaba.
-¡Desabróchate dos botones!-
-¿Como?-, me respondió protestando.
-Si esperas que te cuente todo sin nada a cambio, ¡vas jodida! -
Estuvo a punto de irse indignada, pero tras pensárselo durante unos segundos, se llevó la mano al escote y aflojándose la blusa, retiró dos botones de sus ojales. Como ya conté Miriam Caballero era una mujercita regordeta, pero atractiva a la vez, y al hacerlo, su canalillo perfectamente formado tras un sujetador de encaje, quedó a la vista.
-¿Por donde empiezo?-
–Por el principio-, me contestó, cerrando involuntariamente las piernas.
Sin darle tiempo a pensar, me coloqué detrás de ella, y posando mis manos en sus hombros, empecé a explicarle como las había hallado después de más de veinte horas sin comer y unas diez sin beber. Mi secretaria no dijo nada, su mente sólo estaba centrada en mis palabras, en como les había derramado el agua en sus cuerpos, obligando a las dos muchachas a absorberla de sus propios sexos.
-¡Que excitante!-, me alcanzó a decir, mientras ya sin ningún reparo le acariciaba el cuello.
-Quítate la camisa-, le susurré al oído.
Miriam Caballero estaba con la mirada ausente, debía de estar meditando acerca de lo bajo que iba a caer si me obedecía. Pero cuando ya pensaba que se iba a negar, mi secretaria suspiró y manteniendo la cabeza gacha, se despojó con rapidez de su blusa y de su sujetador. Sonreí al percatarme que se había desnudado totalmente de cintura para arriba, y eso era mucho más de lo que le había pedido.
Sus enormes pechos se me antojaron atractivos, y sin medir las consecuencias me apoderé de ellos, sopesándolos con mis manos. No hubo rechazo, al contrario se acomodó hacia atrás en la silla, para facilitarme el hacerlo. La muchacha se estaba calentando a marchas forzadas, con los pezones erizados, me pidió susurrando que siguiera.

La situación se estaba convirtiendo en algo muy fuerte, y previendo su curso, decidí cerrar la puerta de mi despacho. Al volver a su lado, directamente le pellizqué un pezón. Jadeó sorprendida, pero cogiendo mi otra mano se la llevó al pecho libre, para que repitiera la operación. Esta vez, como si estuviera sintonizando una radio, retorcí sus pezones, escuchando sus primeros gemidos de placer.
-¿Te gusta?-.
Con la respiración entrecortada, me respondió afirmativamente.
-¡Quiero ver como te masturbas!-
No tuve que repetírselo. Miriam Caballero abriendo sus piernas, se introdujo la mano bajo la falda pasando su dedo por encima de la braga, mientras yo alucinaba de su calentura. No había marcha atrás, y ella lo supo cuando separándome de ella, acerqué mi silla, para verlo mejor. En ese momento quiso parar, quizás cortada, pero dándole un tortazo le dije que no le había dado permiso para hacerlo.
Era la primera bofetada que le daba, pero no iba a ser la última, ya al contrario de la lógica le había excitado, y quitándose el tanga, se afanó en ser observada. Sus rollizos muslos terminaban en un sexo totalmente depilado. Pude ver, como se abría los labios, y se concentraba en su clítoris, mientras no dejaba de mirarme. En pocos minutos, ya olía a sexo, y sus gemidos se escuchaban en la habitación.
Fue el momento que elegí, para despojarme de mi pantalón, y acercando mi sexo a su boca, le ordené que me mamara sin dejar de pajearse. Sentada, con las piernas abiertas y con su mano torturando su pubis, abrió la boca para recibir mi extensión. Dejé el ritmo, acariciándole la cabeza. Su lengua era una experta recorriendo los pliegues de mi glande, de manera que rápidamente todo mi pene quedó embadurnado con su saliva, y la muchacha forzando su garganta, se lo introdujo lentamente.
Me encantó, la forma tan sensual con la que se lo metió, ladeando su cara hizo que rebotase en sus mofletes por dentro, antes de incrustárselo. Noté como se corría, sus piernas temblaban al hacerlo, pero en ningún momento dejó de masturbarme, era como si le fuera su vida en ello. No soy un semental de veinticinco centímetros, pero mi sexo tiene un más que decente tamaño, y aún así, la muchacha fue capaz de metérselo por entero. Por increíble que parezca, sentí sus labios rozando la base de mi pene, mientras mi glande disfrutaba de la presión de su garganta.
Fue demasiado placentero, y desbordándome dentro de ella me corrí, sujetando su cabeza al hacerlo. Mi semen se fue directamente a su estómago, porque Miriam Caballero no trató de zafarse, sino que profundizando su mamada, estimuló mis testículos con las manos para prolongar mi orgasmo.
-¡Fernando!-, me dijo feliz, al sacar mi pene de su boca,-tienes el miembro tan rico como me imaginaba-.
Su lujuria me dio la idea, de la silla, mientras la terminaba de desnudar, le dije:
-¿Te apetece ayudarme con dos putitas?-.
-¿Qué tengo que hacer?-
-Por ahora, disfrutar-, le respondí mientras la inclinaba sobre mi despacho, dejando su trasero sensualmente dispuesto.
Su culo era enorme, pero bien formado. Separando sus dos nalgas, descubrí una entrada todavía virgen. Era rosada, cerradita y mía, saber que estaba a mi disposición me provocó una brutal erección. Miriam Caballero lo notó al instante, y cogiéndose ambos cachetes con las manos, me pidió que lo hiciera con cuidado.
Pasé mi mano por su sexo, y recolectando un poco de su flujo, lo unté en su hoyuelo. La muchacha, más alterada de lo que era normal, se tumbó directamente en la mesa, dejándome hacer. Con un dedo recorrí sus bordes, antes de introducirlo en su interior. Era tentador, pero no quería destrozarla por lo que me entretuve en relajarlo antes de meter el segundo. Escuché un jadeo. Le dolía pero no se quejaba, lo que me dio motivos para continuar. Forzando un poco sus músculos, fui encajando y sacando mis dedos hasta que desapareció la resistencia, entonces y solo entonces, acerqué mi glande a su entrada.
Durante unos instantes, jugueteé acariciándolo, y al percatarme que estaba lista, posé mi manos en sus hombros y le introduje la cabeza. Chilló de dolor al sentir violado su recto, creo que incluso derramó unas lágrimas, pero no se rajó, al contrario echándose para atrás, obligó a mi pene a empalarla con su consentimiento. Lo hizo tan lento, que me dio tiempo a notar, como toda mi extensión iba rozando las paredes de su ano, destrozándolo. Mordiéndose los labios, aguantó el dolor de sentirse desgarrada. Con mi sexo completamente en su interior, esperé a que se acostumbrara.
-¿Lista?-, le pregunté.
Al no contestarme, deduje que lo estaba, iniciando mi ligero trote. A Miriam Caballero nunca le habían echo un anal, y por eso le dolió brutalmente al principio, pero después de unos minutos, con el esfínter ya relajado empezó a disfrutar. Me di cuenta de ello, cuando bajando su mano, se empezó a masturbar. Sabiendo que era el momento, le azucé dando un azote en su trasero.
Fue como si se desbocara mi gordita, berreando como una hembra en celo, movió sus caderas violentamente hacia atrás, clavándose hasta el fondo mi herramienta. Gritando me pidió que la ayudara, y entonces comprendí que le excitaba el maltrato, y dándole una tanda a modo de aguijón, conseguí que su cuerpo adquiriera un ritmo infernal. Sus pechos se bamboleaban al compás de mis penetraciones y sus carnes oscilaban como un péndulo, mientras ella se desgañitaba chillando su placer.
Su orgasmo me empapó de arriba abajo, ya que de su sexo manó su flujo en demasía, recorriendo sus piernas, de modo que cada vez que chocaba contra su trasero, salpicaba por todos lados. Su brutal reacción terminó de excitarme, y uniéndome a ella, le regué con mi semen todos sus intestinos.
Agotados, quedamos unidos por nuestros sexos, mientras descansábamos del esfuerzo. Y sólo cuando nuestras respiraciones ya eran normales, ella separándose de mí, se arrodilló a limpiar con su boca mi pene. Era increíble, una máquina, usando su lengua retiró rápidamente todos los restos de nuestra lujuria, y al terminar como si no hubiese pasado nada se vistió sin hablar. Pero justo, cuando ya salía por la puerta, se volvió para decirme:
-¿A qué hora?-.
La muy zorra no se había olvidado de mi promesa, y riendo le contesté:
-A las ocho, pero tráete ropa, te vas a quedar por lo menos una semana-.
-¿Y el trabajo?-
-Soy tu jefe, ya veré que me invento-.
Meneando sus caderas, salió del despacho, no sin antes prometerme que no me iba a arrepentir. Poniéndome manos a la obra, llamé al departamento de personal de la compañía, para advertirles que Miriam Caballero iba a ser trasladada durante un mes a Barcelona, por lo que debían de preparar sus dietas. De esa manera, nadie la iba a echar de menos durante un mes, dándome tiempo para adiestrar de manera conveniente tanto a las hijas de mi jefe, como a mi más reciente adquisición.
Lo que no tenía claro, es cual iba a ser el papel de mi secretaria, porque le gustaba demasiado recibir azotes. Pero algo si era seguro, fuera cual fuese su participación, es que se había ofrecido voluntaria, por lo que me podía fiar de ella. Meditando sobre ello, pensé que detrás de una buena masoquista, se podía descubrir a una buena sumisa o a la domina más cruel. Cerrando mi ordenador, me dije que lo iba a saber en pocas horas.
Al salir de la oficina, me entretuve comprando en un sex-shop los artilugios que me faltaban, no en vano, aunque el viejo tenía todo un arsenal, era insuficiente al estar pensado para una pareja, y a partir de esa noche íbamos a ser cuatro. iba años sin entrar en un tugurio parecido, y por eso me quedé pálido al observar hasta donde podía llegar la imaginación perversa de los fabricantes. Obviando el hecho de que había muchos instrumentos cuya finalidad no entendía, me maravilló observar la exageración del tamaño de muchos de ellos, siendo el culmen una verga que imitaba el sexo de un burro, con más de cincuenta centímetros de largo y al menos diez de ancho. También había otros, en los que mi sorpresa era lo retorcido de su uso, y que sólo una mente sádica podía haber diseñado, como una especie de ataúd, con clavos donde encerrar a una esclava.
No sé cuanto tiempo pasé dentro del local, pero mucho, cada estante tenía una novedad, de forma que cuando fui a pagar, el palo que di a mi tarjeta de crédito fue de órdago, más de dos mil euros. Al llegar a casa, cargado con tres bolsas, Miriam Caballero me estaba esperando en la puerta. Venía vestida como al mediodía, pero al ver el tamaño de su maleta, comprendí que me había hecho caso y que traía ropa suficiente para su estancia.
Lo primero que hice, fue mostrarle la casa, donde estaba el comedor, la cocina y los diferentes salones, dejando para el final lo más importante que eran las dos muchachas. A propósito, alargué el momento invitándole una copa, ella tomaba ron, por lo que mientras se sentaba en el salón, le expliqué que quería.
–Mira, Miriam Caballero, como te dije esta mañana necesito ayuda, no puedo mantenerlas eternamente atadas, y me vendría estupendamente alguien que me reemplace cuando no estoy-.
-Sólo tengo una duda, ¿voy a poder hacer uso de ellas? -.
Soltando una carcajada, le contesté:
–Claro, deberás participar en su adiestramiento, tendrás barra libre cuando no esté yo, pero en mi presencia siempre tendrás que obedecerme-.
-Eso no será difícil-, me contestó en plan coqueta, –me imagino que la obediencia, también será sexual-.
-Sexual, oral, anal, y mental. A todos los efectos serás mi esclava, pero ellas tendrán que tratarte como su maestra, ¿comprendido? -.
-Si, amo-, dijo sonriendo, - creo que si me vas a presentar, será mejor que me cambie antes, no vayan a tener una idea equivocada de mi función-.
Su completa aceptación, me satisfizo. no sólo me iba a ayudar, sino que había aceptado voluntariamente ser mi esclava. Las próximas semanas iban a resultar placenteras, me dije, mientras aprovechaba para ir a por las dos muchachas, que ignorantes de su destino me esperaban cada una en un cuarto. Lo primero de lo que me di cuenta era que ambas habían cumplido mi orden y orgullosas me mostraron que el vaso con su flujo estaba lleno, pero además se había producido un cambio, las dos estaban perfectamente aseadas, peinadas y hasta pintadas, luego poco a poco se iban acostumbrando al nuevo rol que les había impuesto.
Sin explicarles que les tenía preparado, las llevé al salón. Ellas pensaron que era el premio a su diligencia, no suponían que les iba a presentar a su ama y compañera, por lo que cuando les dije que se sentaran, creyeron que su suplicio había terminado. Por eso cuando les serví una copa, esperando a Miriam Caballero, Cielo Riveros me preguntó si podía quitarse el collar. No pude contestarle porque en ese mismo momento, mi secretaría entró en la habitación, vestida totalmente de cuero con un corsé que realzaba sus curvas, dotando a sus enormes pechos de un siniestro atractivo, al estar comprimidos por un sujetador con forma cónica.
Tanto Katherine Riveros como su hermana menor se quedaron calladas, al verla entrar. Realmente, disfrazada de esa forma era una mujer impresionante. Tras ese atuendo, se adivinaba a una hembra seductora y fascinante, segura de su feminidad, cuya silueta rellenita, lejos de causar rechazo, tenía una belleza singular.
-Amo, ¿me permite explicarles que hago aquí?-, me dijo sabiendo mi respuesta por anticipado.
La rapidez con la que entró al meollo de la cuestión, me sorprendió, y haciendo un gesto con la cabeza, le autoricé a dirigirse a ellas.
-Zorritas, mi nombre no os importa, pero a partir de ahora deberéis dirigiros a mí como Maestra. Mi amo me ha ordenado que os enseñe las bondades de la sumisión. Debéis estar agradecidas, por que vais a descubrir lo maravilloso que es la entrega total-, para aquel entonces las muchachas se abrazaban asustadas, y con los ojos fijos en Miriam Caballero seguían sus instrucciones sin pestañear. –Una mujer que no ha probado la subordinación a un ser superior, no ha disfrutado del sexo-.
Hizo una pausa antes de proseguir, y yo viendo que mi función iba a ser la de mero observador, decidí ponerme una copa. Estaba sirviéndome los hielos, cuando escuché:
-Un amo no debe mancharse las manos teniendo tres sirvientas. ¡Tú! , la rubia, levántate y ponle su whisky. Lo toma con mucho hielo-.
No tuvo que ordenárselo dos veces, Cielo Riveros y Katherine Rivero sentándose de un salto, llegó corriendo a auxiliarme, mientras su hermana se quedaba sola en manos de la mujer. Estaba nerviosa, sus manos temblaron al echar los hielos en el vaso, y susurrándome me dijo:
-Amo, ¿acaso está enfadado conmigo? -.
-No, preciosa, es por vuestro bien. Verás como en unos días me agradeces el haberos traído alguien que os enseñe-.
Miriam Caballero esperó que la niña volviese a su lugar para seguir hablando:
–Antes de nada, os voy a enseñar a permanecer en posición de sumisa-, les dijo obligándolas a arrodillarse, con el cuerpo y los brazos echados hacia delante, de manera que sus culos quedaron en pompa, en disposición de ser usados. No le costó ningún esfuerzo ponerlas así, quizás debido al miedo o quizás por el interés de aprender algo nuevo, las muchachas dócilmente aceptaron sus órdenes. Contenta, por el resultado, siguió diciendo mientras les acariciaba con una fusta: –Este mundo está dividido entre amos y sirvientes, los primeros han nacido para mandar y ser obedecidos. Puede parecer que es el papel ideal, pero estáis equivocadas, porque jamás podrán liberarse del poder y disfrutar realmente de la vida. En cambio, las sirvientes, al no poder decidir por nosotras mismas, podemos lanzarnos al disfrute sin pensar en las consecuencias-.
Creo que fue entonces, cuando realmente empezó la clase, ya que eligiendo a Katherine Riveros y recorriendo con la fusta los bordes de su sexo, dijo:
-Fijaros, ahora estoy acariciando a esta perra. Mientras ella sólo tiene que concentrarse en lo que siente, yo debo de decidir que hago. Por ejemplo, tengo dos posibilidades, o azotarla o penetrarla-, y dirigiéndose a la hermana preguntó, -¿qué quieres que haga?-.
Cielo Riveros, apiadándose de ella, respondió que penetrarla. Su maestra separando los labios de la mujer, le introdujo el instrumento duramente hasta que chocó con la pared de la vagina. Katherine Riveros, indefensa, se retorció al sentirse violada. Mi secretaría sacando y metiendo la fusta, la estaba follando, de modo que en pocos instantes los chillidos de Katherine Riveros se fueron transformando en placer. Viéndola disfrutar, volvió a preguntarle a la hermana, que venía a continuación. Ésta, los hombros sin saber que responder, por lo que tuvo que ser Miriam Caballero quien le dijera que le pellizcara en ambos pechos.
La rubia, medio excitada ya, se acercó y agarrando los pezones de la otra, los torturó con saña, mientras su maestra sin dejar de mover la fusta, empezó a azotar el trasero de la sumisa con una mano. Katherine Riveros no pudo resistir el notar como era violada, pellizcada y azotada, por lo que pude oír como se corría entre grandes gritos. Su coño rebosando de flujo, se licuó mientras pedía que no pararan.
Entonces, Miriam Caballero dio por terminada la primera lección diciendo:
-¿Quién ha disfrutado?, ¿Katherine Riveros o nosotras?, ¿la sumisa sólo sintiendo?, o ¿Cielo Riveros y yo actuando?-.
Con la respiración todavía entrecortada, Katherine Riveros respondió que ella.
-Lo veis, es mejor servir que actuar-.
En sus miradas supe que, aunque todavía no habían aceptado plenamente, había nacido la duda y sólo era cuestión de tiempo que ambas mujeres se convirtieran, en sus manos, en perfectas esclavas. El morbo de verla dando una cátedra me empezó a calentar, pero sabiendo que no podía intervenir, me mantuve en un segundo plano.
Sentado en el sofá, terminándome la copa, me dispuse a disfrutar de la segunda lección. Esta vez, no eligió a una de las dos, sino que sacando de la bolsa del sex-shop, unas cuerdas, las ató tumbadas sobre la alfombra, de modo que eran incapaces de moverse, con sus culos Katherine Riveros sentadas, y sus sexos expuestos.
-Ahora, vais a aprender el placer de la inmovilización-, les dijo mientras colocaba en sus cuerpos dos cinchos, cuya principal virtud era el tener un enorme consolador adosado, y con él que las penetró, - No debéis correros, ni intentar disfrutar, nada más tenéis que sentir como os calienta y evitar el orgasmo, cuanto más duréis mayor será la recompensa. La primera que se corra, será azotada-.
En la habitación sólo se oía la vibración de los dos aparatos, ninguna de las dos mujeres se movía, creo que incluso ni respiraban, temerosas de defraudar a su maestra. Si verlas en esa posición era excitante, más aún fue ver a Miriam Caballero gateando hacia mí, diciendo:
-¿Le gusta a mi amo como las enseño?-.
Sus pechos se bamboleaban hacia los lados, mientras su dueña se acercaba a mí. Sus propios pezones, totalmente erectos, me gritaban que los tocase, pero no era el momento, debía permanecer quieto demostrando quien mandaba. Al llegar a mí, adoptando la posición que les había mostrado, apoyó su cabeza en mis piernas. Mi pene se alborotó por su cercanía, pero no dije que me lo sacara, sabía lo que quería y no pensaba complacerla fácilmente, quería que sufriera un poco.
De esa manera, estuvimos contemplando a nuestras dos siervas. Ninguna hacía demostración de lo que sentía, pero tanto Miriam Caballero como yo sabíamos que en ese momento sus sexos estaban hirviendo y que sólo era cuestión de tiempo que una o las dos se corrieran. Pudimos percatarnos de los primeros efectos de tanta estimulación, Cielo Riveros, sin poder reprimir unos ahogados jadeos, fue la primera en moverse, pero corriendo a su lado mi secretaria de un sonoro bofetón le cortó de cuajo el orgasmo. La sensación de poder me hizo soltar una carcajada y sacando mi pene de su prisión, le ordené que me complaciera.
Me sorprendió ver la cara de felicidad que puso al volver a mi lado, y sin esperar ninguna otra orden, se apoderó con sus manos de mi miembro.
-Con la boca-
-Si, amo-, me respondió sacando su lengua, y recorriendo sensualmente toda mi extensión.
No quise esperar y, cogiéndola del pelo, forcé su garganta al introducirla por completo dentro de ella. No se quejó, creo que se lo esperaba, de manera que permaneció con mi pene incrustado, esperando mis mandatos.
-Usa tu boca como un coño-, le ordené.
Dicho y hecho, sacándoselo, lo besó, para acto seguido metérselo, y repitiendo la operación consiguió hacerme creer que la estaba penetrando, en vez de estar recibiendo una mamada. Era increíble, el sentir como su garganta presionaba mi glande. La mujer era una experta, rozándose, como una perra, contra mis zapatos se masturbaba en silencio. Su cara era todo lujuria. Con los ojos cerrados, parecía estar concentrada en disfrutar de la sensación de ser usada oralmente, sin dejar de moverse a mis pies.
-¿Qué desea mi esclava?-, pregunté.
-Servirle-.
Su respuesta me hizo recapacitar sobre su verdadera personalidad. La conocía hacía años, y durante ese tiempo jamás me había hecho la contraria, es más cuando estaba equivocado, me lo hacía saber de una forma tan sutil, que al final la rectificación parecía haber surgido de mí y no de ella. Me di cuenta que su vena sumisa la incluso al aspecto profesional, aceptando y maniobrando a mis espaldas, evitando siempre el enfrentamiento directo. Realmente, no conocía a Miriam Caballero.
-¿Eres bisexual?-.
-Hasta ahora, ¡ no!, pero seré lo que quiera mi dueño-, me contestó.
-Si quiero-.
Debía convertirse en la jefa del harén, no es que lo necesitase, pero me complacía la perspectiva de tener un firme aliado para controlar a tanta mujer, por lo que debería disfrutar de sus siervas. Recapacitando sobre ello, sentí que me iba a correr en su boca, y no era lo que quería, por lo que separándola le dije:
-Quiero verte con una de ellas, ¿quién prefieres? -
Tardó en contestarme, creo que dudó al elegir. Por una parte estaba Cielo Riveros con su cuerpo casi adolescente, y por la otra Katherine Riveros con sus curvas y grandes pechos. No era una elección fácil, ya que ambas tenían su atractivo.
-La que me elijas, estará bien-
-Entonces, las dos-, su gesto me hizo saber que aceptaba gustosa mis órdenes, y más cuando le exigí que las trajera a mi cama, ya que si iba a gozar, mejor que lo hiciera cómoda,-suéltalas pero no le quites los cinchos, no quiero que se enfríen-.
Rápidamente, les quitó sus ataduras, manteniendo el cinturón con el consolador incrustado en sus cuerpos, de manera que al andar parecían que se acababan de bajar de un caballo. Ambas muchachas sudaban del esfuerzo continuado por no correrse. Me excitó verlas seguir a su maestra con la cabeza gacha, pero con la mirada plagada de deseo.
-Tumbar a vuestra maestra-, les ordené.
Sin vacilar, agarraron a Miriam Caballero y la echaron sobre el colchón.
-Inmovilizadla-, dije, lanzándoles cuatro ataduras que especialmente había comprado esa misma tarde, las cuales consistían en cuatro sujeciones a la cama, diseñadas para atar a la sumisa con unos brazaletes de cuero que se ajustaban con una hebillas corredizas.
Las caras de las muchachas eran de dicha, iban a poder abusar de su dueña y encima con mi consentimiento. No tuve que ordenarles lo que tenían que hacer, porque nada más atarla, se lanzaron como posesas a chupar y pellizcar sus pechos, mientras sus manos acariciaban el inmóvil cuerpo de mi secretaria. Era alucinante verlas apoderándose de su piel, parecía como si les hubiesen inyectado un afrodisiaco. Las dos hermanas competían en ser la que más excitara a la mujer, de manera que Miriam Caballero no tardó en notar los primeros síntomas del orgasmo.
-Tienes prohibido correrte hasta que yo te diga-, le susurré al oído.
Al oír Cielo Riveros y Katherine Riveros mi orden, incrementaron sus caricias con el objeto de hacerla quedar mal. Pero la más perversa, a gran distancia de su hermana, fue la mayor que agachándose sobre el sexo cautivo de mi secretaria, le separó sus labios y cogiendo con los dientes su clítoris, empezó a mordisquearlo mientras la penetraba con los dedos.
-Toma-, le dije extendiéndole un estimulador anal, –úsalo como te gustaría que ella lo usase-.
Katherine Riveros entendió a la primera, y metiéndoselo en la vagina, lo lubricó, para que no le doliera en exceso antes de introducírselo por el ano. Su maestría me confirmó, que de las dos era la que más inclinaciones lésbicas tenía. La muy perra estaba disfrutando incluso más que su victima, y sin poderse aguantar se corrió con grandes gritos, mientras no dejaba de maniobrar en el cuerpo de la mujer.
Tanta excitación me afecto, y quitándole el cincho a Cielo Riveros le puse a cuatro patas, penetrándola de un solo golpe. Gimió al sentirse llena, y como loca me pidió que acelerase. No tenía que pedírmelo por que mi propia calentura me hizo hacerlo, cogiéndole de los pechos y apuñalando con mi pene su ya bien mojada Katherine Riveros, conseguí que se corriera.
-Por favor, amo-, chilló Miriam Caballero, viendo que le dominaba el placer.
-¡Córrete!-, le dije apiadándome de ella.
Fue una explosión, berreando y reptando sobre las sábanas, gritó su placer, llenando la boca de su sierva de su flujo, la cual satisfecha de hacer conseguido su propósito se afanó en beber el resultado de sus caricias, de forma que prolongó el éxtasis de la mujer.
Sólo faltaba yo, pero no quería hacerlo en Cielo Riveros, Miriam Caballero se merecía el ser inseminada, por lo que quitando a Katherine Riveros de su sexo, coloqué mi miembro en su entrada, y jugando con su clítoris, se lo introduje hasta el fondo. No me esperaba lo que ocurrió a continuación, ya que contra todo pronóstico la hermana mayor cogió a la pequeña y poniéndola en posición de perrito, la forzó analmente, mientras le azotaba el trasero. El culo de mi secretaría me recibió totalmente mojada, pero a la vez con una suave presión que hizo mis delicias, y más cuando asiéndome de sus pechos le oí decir:
-Esto es lo que deseaba desde que le conocí, mi querido amo–.
La aceptación de su deseo y los gritos de Cielo Riveros al correrse por segunda vez, me al orgasmo y derramándome en su vagina, le llené de mi simiente mientras le gritaba mi deseo de preñarla. Incapaz de callarme mientras explotaba en su interior, le hice saber que debía dejar de tomar anticonceptivos, que si regordeta me gustaba, embarazada me iba a encantar. Mi imaginación volaba, idealizando las posturas que iba a tener que efectuar para penetrarla con una panza germinada.
Creo que a ella, le ocurrió lo mismo, por que me contestó que si yo quería me iba a dar familia numerosa, mientras de su cuca Katherine Riveros manaba el fruto de su gozo.
Exhausto, me desplomé sobre ella. Y usando sus enormes pechos como almohada, descansé mientras me recuperaba. Entonces la oí quejarse, no podía respirar, por lo que ordené a las dos hermanas que la soltaran y se despojaran de sus cinchos.
-¿Como nos colocamos?-, me preguntó Cielo Riveros.
-Una a cada lado –, ordené, de manera que se puso Katherine Riveros a mi vera y ella, a la de Miriam Caballero.
“Debo de hacerme una cama a medida”, pensé al darme cuenta que aún siendo de dos por dos, quedaba estrecha para cuatro personas. “No sé que voy a hacer cuando vuelva el viejo, me he acostumbrado a lo bueno”. Inconscientemente, abracé a Katherine Riveros, quizás como una forma de asegurar mi dominio.
Ella al sentir mi brazo, apretándola contra mi cuerpo, Katherine Riveros su cara y susurrándome al oído me dijo:
-Amo, si usted quiere, a mi también me encantaría darle un hijo–
Desde el otro lado de la cama escuché a Cielo Riveros gritar:
–Yo al ser la más joven, le daría un heredero más fuerte-.
Sin dar crédito, las tres mujeres empezaron a discutir quien debía preñarse antes. En menudo lío me había metido, si no las ataba corto iba a tener un equipo de fútbol, por lo que estuve a punto de hacerlas callar, pero entonces pensé: “ Quieto que por fin, has conseguido adiestrar a Miriam Caballero y a las hijas de mi jefe”, y Katherine Riveros de la cama, dejé que se enzarzaran en una pelea, esperando sólo que si llegaban a las manos, al menos sus lesiones no fueran permanentes.
A la mañana siguiente, mi despertar me dio una pista de cómo sería el resto de mi vida si es que no la cagaba y lo digo porque seguía dormido cuando escuché entre susurros a mi secretaria decir:
-¿Cuál de las dos quiere encargarse de nuestro amo la primera?
Al pedir ambas el turno, Miriam Caballero riendo les replicó que ya que se mostraban tan solicitas, Cielo Riveros fuera a preparar el baño mientras Katherine Riveros calentaba el desayuno de su señor.
Sin comprender a que se refería, la hija pequeña de mi jefe se dispuso a ir a la cocina, pero entonces la gordita muerta de risa le espetó:
-El desayuno al que me refiero está entre mis dos piernas.
Cielo Riveros sonrió al comprender a lo que se refería y demostrando su disposición para mimar y cuidar a la que ya consideraba su maestra, replicó mientras hundía la cara entre sus gruesos muslos:
-¿Cómo de caliente quiere que lo deje?
-Tú ocúpate de dejarlo a punto de caramelo para que nuestro amo sea el que le dé el último calentón.
Entreabriendo los ojos, observé a la morena separar los pliegues de mi secretaria y con un cariño que realmente me sorprendió dejó que su lengua jugara con el clítoris de Miriam Caballero unos instantes antes de en voz baja decir:
-Nunca pensé que lo feliz que me haría el comer un coño por la mañana.
Atrayendo con la mano a la descarada chavala, la gordita le regaló un mordisco en una nalga mientras le decía:
-Come y calla. Mi coño debe de estar húmedo para acoger la virilidad de mi señor.
No sé con seguridad que fue lo que más me gustó, si comprobar la sumisión que Miriam Caballero demostraba hacía mí o la devoción con la que Cielo Riveros la obedeció. Lo cierto es que no hizo falta que me pusieran sus garras encima para que poco a poco mi miembro se fuera alzando bajo las sábanas.
Mi verga alcanzó su longitud máxima al comprobar que Katherine Riveros, al volver de preparar el jacuzzi, sin decir nada se puso a ayudar a su hermana en su misión.
-Así me gusta, putitas. ¡No tengáis piedad de mí!- dijo en la gloria mi asistente al sentir los dientes de la rubia mordisqueando sus pezones.
Decidí esperar a escuchar los primeros síntomas de su orgasmo antes de dar a conocer a ese trio de putas que estaba despierto. Por ello cuando a mis oídos llegaron los sollozos de la gordita al sentir que se corría, directamente y sin mediar prolegómeno alguno, la ensarté. Ella al experimentar la invasión, se dejó Katherine Riveros y llorando me agradeció que la tomara.
Riendo a carcajadas, la giré sobre la cama y poniéndola a cuatro patas, la volví a empalar sin compasión mientras exigía a las hermanas que colaboraran conmigo diciendo:
-Si conseguís que esta zorra se corra dos veces antes de que yo la insemine, os llevo de paseo.
El salir de casa después de tanto tiempo encerradas fue estímulo suficiente para que tanto Cielo Riveros como Katherine Riveros se lanzaran en picado sobre Miriam Caballero y mientras la mayor se dedicaba a masturbarla, la pequeña se dio un banquete jugueteando con las ubres de la treintañera. La insistencia de esas dos putas y mi continuo martilleo sobre el chocho de la jamona provocó su primer orgasmo.
-¡Dios! – gimió descompuesta mientras el manantial que manaba entre sus piernas amenazaba con inundar la habitación.
Ese exabrupto junto con la promesa de sacarlas a la calle estimuló más si cabe a las dos hermanas y juntas se dedicaron a masturbar a su maestra mientras le retorcían con saña los pezones.
-¡Cabronas! ¡Me vengaré! – chilló mi secretaria al sentir que su cuerpo colapsaba sobre las sábanas.
Las risas de las dos jóvenes y la satisfacción de mi montura me llenaron de gozo y tomando su negra melena como riendas, azoté su trasero exigiendo que se moviera. Como por acto reflejo, las caderas de Miriam Caballero se convirtieron en una batidora, batidora que exprimió, zarandeó y sobre todo mimó mi herramienta hasta que derramé en su fértil vagina la simiente acumulada durante el sueño. Ella al sentir las andanadas se corrió por tercera vez mientras aullaba su sometimiento a mí diciendo lo mucho que me amaba.
Juro que me sorprendió escuchar de sus labios que su entrega a mí iba más allá de lo sexual y contra todo pronóstico, no me importó. Por ello y mientras descargaba las últimas gotas en su interior, mordí sus labios con fiereza mientras le decía:
-Me gusta comprobar que eres y te sientes mía.
Mis palabras azuzaron más si cabe a Miriam Caballero y con dos gruesas lágrimas de felicidad recorriendo sus mejillas, disfrutó de las caricias de las hermanas mientras la inseminaba. Su actitud fue previsible, en cambio, la de Cielo Riveros no y es que la joven esperó a que me saliera de ella para abrazarla susurrando en su oído que, aunque yo era su amo, nos amaba a los dos. Si bien desde el primer momento había asumido la bisexualidad de la menor de las chavalas, me impresionó oír la respuesta de mi secretaria:
-Lo sé, pequeña, pero solo puedo aceptar tu amor si Fernando me deja. Soy suya por entero y para siempre.
Esa Katherine Riveros confesión me hizo darme cuenta de que mis sentimientos hacia Miriam Caballero eran parecidos y por eso sonriendo respondí:
-Cariño, no puedo negar un capricho a la que es mi pareja. Por eso, con solo pedírmelo, Katherine Riveros es tuya.
-¿Me consideras tu pareja?- preguntó totalmente confundida.
-Claro- respondí: -Como quieres que llame a la mujer que mejor me comprende, que Katherine Riveros a mi lado un montón de años y que encima vive conmigo.
Si bien estaba dichosa, vio que faltaba algo y por eso tanteó el terreno, preguntando:
-Pero… ¿me quieres?
Soltando una carcajada, repliqué tomándola entre mis brazos.
-Gordita, eres mi amiga, mi amante y mi mujer. No puedo pensar en que no estés a mi lado.
Con una espléndida sonrisa, me besó y dándose la vuelta, miró a Cielo Riveros y le dijo:
-Zorrita, solo puedo darte las migajas de mi amor.
-Maestra. Me da lo mismo. Una caricia suya es suficiente para ser feliz- contestó la cría.
Su hermana que hasta entonces había permanecido callada, se atrevió a preguntarme cual iba a ser su papel ahora que Cielo Riveros era de Miriam Caballero. Comprendí al vuelo que Katherine Riveros necesitaba que la confirmación de que seguía siendo mía. Por eso, despelotado, la senté en mis rodillas y regalando unas rudas caricias sobre sus nalgas, respondí que era una vergüenza que pusiera en tela de juicio quién era su amo.
Contra toda lógica, mi castigo la hizo reír y con alegría desbordante en su voz, me pidió perdón por su error y me juró que nunca volvería a dudar quien era su amado dueño.
-Así me gusta- contesté al tiempo que afianzaba mi poder mordiendo sus labios.
La rubia sollozó de felicidad al saberse de mi propiedad y como acto reflejo buscó con sus manos mi virilidad mientras restregaba su cuerpo contra el mío.
-Tranquilas- me reí al observar que tanto Miriam Caballero como Cielo Riveros la imitaban y que eran seis manos las que me acariciaban. Viendo que no me hacían caso y que buscaban con ahínco el excitarme, salí de la cama y mientras me dirigía al baño, pregunté quién me iba a enjabonar.
Al unísono mis tres mujeres corrieron a mi lado, compitiendo entre ellas para ver cuál iba a mimarme…
Tras la ducha, mandé a Cielo Riveros y a Katherine Riveros a vestir sin caer en la cuenta de que las había despojado de toda su ropa y que era imposible que me obedecieran. Al explicármelo, Miriam Caballero asumió que esa era su función y tomándolas de la mano, se las llevó.
Mientras las veía marchar, sonreí al percatarme de la naturalidad con la que esas tres habían asumido los papeles que les había marcado.
«¿Quién me iba a decir que para estas niñas el saberse nuestras las iba a hacer tan feliz o que Miriam Caballero iba a resultar una amante tan ardiente?», me pregunté y encantado con el tema, me comencé a acicalar.
Ya vestido tuve que hacer tiempo durante más de un cuarto de hora aguardando a que salieran y si bien me molestó la espera, cambié de opinión al verlas salir. Cada una a su estilo, venía preciosa.
Miriam Caballero, embutida en un traje de ejecutiva agresiva que magnificaba sus curvas, me miró y señalando a las dos hermanas soltó muerta de risa:
-No sabes lo que me ha costado que estas dos locas se pusieran algo decente. Aunque no te lo creas decían que ya que eran nuestras putitas podían y debía vestirse como tales.
Observando la cantidad de piel que seguían enseñando, no quise ni saber cómo narices querían salir de casa y aceptando de plano la postura de mi secretaria, pregunté donde querían ir primero.
Para mi sorpresa, tomando la iniciativa, Katherine Riveros me soltó:
-Katherine Riveros tanto tiempo sin ver el sol que nos gustaría ir a una terraza.
Comprendí su elección y queriendo premiar el cambio que habían dado, las llevé a la terraza del Bernabéu sin saber que allí nos encontraríamos con el antiguo novio de Katherine Riveros.
La alegría con la que llegaron al estadio mutó en cabreo al descubrir en ese lugar a Fefé y más cuando este, olvidando que junto a Toni las había tiradas en mis manos, se acercó. Supe con solo mirarla que la más enfadada era la rubia y por eso cuando con sus ojos me pidió permiso para vengarse, con una sonrisa accedí a que lo hiciera.
El incauto joven ajeno a lo que se le avecinaba tuvo el descaro de saludarla con un beso, beso que Katherine Riveros no rechazó a pesar de dejarme claro su rechazo.
-Preciosa, ¿me has echado de menos?- seguro de su atractivo preguntó.
Siguiéndole la corriente, la chavala se pegó a él. Como si nada hubiera pasado y mientras disimuladamente comenzaba a acariciarle, respondió:
-No sabes cuánto.
Fefé asumió que su atractivo seguía intacto al sentir la mano de Katherine Riveros buscando su virilidad y por ello le preguntó si no prefería un lugar más discreto. La sonrisa desapareció de sus labios y mutó en una mueca de dolor cuando la mano de la rubia se cerró alrededor de sus huevos.
-¡Qué ganas tenía de sentirte!- con tono dulce susurró la joven mientras incrementaba la presión con la que torturaba a su ex.
El dolor que le subía por el cuerpo le atenazó e incapaz siquiera de gritar, imploró con la mirada que lo dejara. Lejos de apiadarse de él, Katherine Riveros continuó con su venganza y sin dejar de estrujar con todas sus fuerzas los testículos de ese cobarde, acercando su boca al oído de Fefé, le comentó:
-Te tengo que dar las gracias. Al dejarme tirada en manos de Fernando, descubrí el placer que un verdadero hombre era capaz de dar.
Dos gotas de sudor corrían por la frente de joven y con un sufrimiento sin par, consiguió pedir su compasión con voz casi inaudible.
-No te he oído- replicó Katherine Riveros mientras retorcía con saña los genitales de su presa.
-Perdóname- sollozó con el rostro ya amoratado.
-Pídemelo mas alto. Quiero que tus amigotes te oigan.
Temiendo por su hombría, no le importó quedar en ridículo y llorando, rogó a la rubia que lo liberara. La joven demostró su desdén por el que había sido su novio. Tras retorcer un poco más los huevos de Fefé, se mofó de él diciendo:
-No comprendo qué pude ver en ti cuando lo cierto es que eres un ser patético.
El menosprecio de Katherine Riveros fue tal que sus propios compañeros de juergas se avergonzaron de él y mientras él intentaba Katherine Riveros del suelo, se giraron para no verle y más cuando sin cortarme un pelo, me puse a aplaudir en mitad del gentío.
Sonriendo, Katherine Riveros me abrazó y buscando mis labios, susurró en mi oído:
-¿Sabe mi señor lo mucho que lo amo?
Aunque sabía lo mucho que había cambiado bajo mi mando, he de decir que me cogió descolocado que la misma chavala que pocos días había intentado acabar conmigo de un tiro, reconociera de manera tan abierta que estaba enamorada de mí y por ello tardé unos segundos en asimilarlo, no en vano era la segunda que me lo decía ese día. Katherine Riveros malinterpretó mi silencio y con lágrimas en los ojos, salió corriendo del lugar.
Miriam Caballero que hasta entonces se había mantenido al margen, se giró hacía mí y me dijo:
-Vete tras ella. Te necesita.
Aceptando su sugerencia, fui tras ella. Mi rápida reacción me permitió alcanzarla antes que consiguiera cruzar la calle. Entonces, tomándola del brazo, la atraje hacía mí y sin darle opción a negarse, la besé.
-Déjame- sollozó.
Obviando sus quejas, acaricié su rubia melena mientras le decía en voz baja que por mucho que me lo pidiera nunca la dejaría ir.
-¿Por qué?
Su pregunta me hizo plantearme muchas cosas. Fue justo entonces, cuando caí en la cuenta de lo mucho que yo había cambiado y que el solterón empedernido había desaparecido.
«No me lo puedo creer», pensé al percatarme que estaba totalmente enculado por las tres.
Aprovechando que Cielo Riveros e Miriam Caballero se nos habían unido, la contesté:
-Una familia siempre tiene que permanecer unida y tú eres una parte esencial de nosotros. Me da igual lo que la gente piense. Sois mías y no pienso renunciar a ninguna.
Las risas de las tres me hicieron saber lo felices que se sentían y por eso, tomándolas de la cintura, les pregunté que les apetecía hacer.
-Siempre he tenido ganas de pasar una noche en el Ritz- en plan pícara, Cielo Riveros comentó.
Despelotado de risa y sabiendo que tenía dinero suficiente para cumplir ese y muchos caprichos más, volví con ellas a la terraza. Una vez ahí, llamé al camarero y pedí una botella de cava.
-¿Qué tenemos que celebrar?- quiso saber mi secretaria.
-¡El principio una larga vida los cuatro juntos!- declaré alzando mi copa.
He de reconocer que no me percaté de que Cielo Riveros se sentía en cierto modo desgraciada al no haber conseguido demostrar su fidelidad a mí. Exteriormente todo eran sonrisas, pero la realidad es que no podía dejar de pensar que ella todavía no había hecho nada que me dejara patente su entrega. Por eso mientras su hermana y su maestra disfrutaban de esa tarde de copas en Madrid, su mente trabajaba a mil por hora buscando un medio de redimirse y de probar que, al igual que las otras dos, ella había cambiado.
-Fernando, ¿no ves que necesita que le hagas un poco de caso?- susurró en mi oído Miriam Caballero señalando a la morena.
Al girarme, observé que los ojos color miel de esa criatura destilaban una mezcla de cariño y de desconsuelo:
«¿A esta qué le pasa?», me pregunté al comprobar que no dejaba de mirarme con cara de cordero degollado..
Desconociendo exactamente qué le ocurría, sonreí y pasando una mano por su cintura, la atraje hacía mí:
-Eres preciosa- comenté mientras le regalaba un mordisco en sus labios.
Cielo Riveros no pudo reprimir un gemido al sentir esa caricia:
-Gracias, mi señor. No sabes lo feliz que me hace sentir el saber que le gusto- pegando su cuerpo contra el mío, me dijo.
Su proximidad hizo que mi sexo se irguiera protestando por el encierro. Mi erección no le pasó desapercibida y encantada de haber provocado que me empalmara, con tono pícaro me soltó si podía hacer algo para arreglarlo. Despelotado de risa, le pregunté qué bragas se había puesto esa mañana. Colorada como un tomate, me confesó que Katherine Riveros se puso la tanga de encaje que tanto me gustaba, el que decía que le hacía un culo estupendo.
-No sé a cuál te refieres- mintiendo como un bellaco comenté le exigí.
Cielo Riveros intuyó que le estaba pidiendo que me lo enseñase y acostumbrada a ser la diosa de ese bar en el que todos los parroquianos rendían pleitesía, me miró avergonzada.
-Hay mucha gente- respondió.
Por mi mirada comprendió que me daba lo mismo que estuviésemos en un sitio público y durante unos instantes dudó, pero el saber que si no me complacía podía enfadarme, la exhortó a Katherine Riveros levantarse la falda y lucirme así su ropa interior.
-Ya me acuerdo- sonreí y aprovechando que había separado sus rodillas, llevé mis manos a su entrepierna y sin cortarme en lo más mínimo por estar en un lugar tan concurrido, le empecé a acariciar el sexo.
Desprevenida, la morena intentó juntar las piernas, pero se lo impedí diciendo:
-¿Quién te ha dado permiso para cerrarlas?
Humillada, avergonzada y a punto de llorar, puso su bolso en sus piernas para ocultar al público que atestaba el lugar que su dueño la estaba masturbando. Con las mejillas coloradas y el sudor recorriendo su escote, se dejó hacer mientras miraba a su alrededor, temiendo en cada instante que alguien se percatara de lo que estaba ocurriendo entre sus muslos.
Por experiencia sabía que tarde o temprano, la actitud de Cielo Riveros cambiaría y por eso aguardé a su angustia se fuera convirtiendo en deseo y el deseo en placer. El primer síntoma de su calentura fue la dificultad de la muchacha para respirar.

-¿Te gusta saber que eres mi putita?- susurré a su oído mientras mis dedos se apoderaban de su clítoris.
Mi pregunta quedó sin respuesta porque al sentir que jugaba con su botón, pegando un grito ahogado se retorció en su silla e intentando postergar el placer, cerró los ojos. Para su desgracia, al cerrar los parpados se magnificaron sus sensaciones y sin poderse reprimir, se corrió por primera vez en público.
-Ese grupo de chavales te ha visto correrte- señalando a cinco jóvenes ejecutivos, comenté mientras bañaba mis yemas con su flujo.
Curiosamente al saberse en mis manos, sintió que la vergüenza y el sofoco se iban diluyendo por la acción de mis dedos. Pero fue la profundidad de ese orgasmo lo que la hizo sentirse libre. Por eso una vez recuperada, me dio las gracias Katherine Riveros.
A carcajada limpia, le recordé que todavía no habíamos terminado:
-¿Qué quiere que haga?- preguntó sonriendo.
-Vete al baño y espérame ahí- susurré y viendo su consternación, la conminé a masturbarse para que no se enfriara.
Deseando conocer que había pensado hacer con ella en los servicios, Katherine Riveros y en silencio se dirigió hacia ellos mientras dando buena cuenta de mi copa observaba su lento caminar, seguro que en esos momentos una densa humedad debía estar anegando su sexo.
No estaba errado al suponer que Cielo Riveros deseaba con locura entregarse a la lujuria y por eso nada más cerrar la puerta, se puso a pajearse. Dando tiempo a que se ahondara su excitación, la dejé unos minutos sola.
Al decidir que ya era suficiente y que había llegado el momento, me acerqué donde estaba y tocando en su puerta, exigí que me abriera. Nada mas abrir la puerta, la lujuria sin límite que observé en sus ojos me ratificaron que estaba dispuesta y sin mediar palabra, me bajé los pantalones.
Conociendo mis gustos, la morena se giró y dándome la espalda, se agachó sobre el lavabo esperando mis caricias.
-Eres una zorra dispuesta- murmuré mientras usaba mi glande para jugar con ella.
-Lo soy, mi señor- suspiró llena de deseo al sentir mi verga recorriendo sus pliegues.
Me alegró comprobar que en cuanto notó que cogiendo un poco de su flujo me ponía a embadurnar su esfínter, ella misma y sin tenérselo que pedir, esa cría separó sus nalgas con sus manos para facilitar mi labor.
Mis dedos provocaron un maremágnum de sensaciones y mientras sus primeros gemidos salín de su garganta, moviendo sus caderas, Cielo Riveros buscó profundizar el contacto.
-Así me gusta- comenté y satisfecho con su entrega, incrusté un segundo dedo en su interior.
Para no hacer más daño del necesario, durante unos instantes, recorriendo sus bordes, me entretuve relajando sus músculos.
-Cógeme, por favor- rugió fuera de sí presa de un frenesí brutal al escuchar unas voces fuera del baño.
No tuvo que repetírmelo dos veces y acercando mi glande, lo puse sobre su entrada trasera para acto seguido forzar, con una pequeña presión de mis caderas, ese rosado ojete.
-¡Dios! – gimió al notar que lentamente mi trabuco iba traspasando su ano.
El dolor que provocaba mi extensión al desaparecer en su interior fue tan intenso que, apretando sus mandíbulas para no gritar, me mirara diciendo:
-Es enorme. Necesito unos momentos para acostumbrarme.
Dándole la razón, esperé a que el culo de esa morena se amoldara al grosor y a la longitud de mi polla antes de empezar a moverme.
-Soy toda tuya- musitó.
Gratificándola con un pequeño azote, le pregunté si estaba lista:
-Siempre lo estoy para mi señor- fue su respuesta.
Con su aceptación por delante, lentamente fui incrementando el ritmo mientras la muchacha no dejaba de susurrar en voz baja lo mucho que le gustaba sentirse mía. Tan encantado estaba metiendo y sacando mi pene de ese estrecho conducto, que no me percaté que Cielo Riveros se las había ingeniado para con una mano masturbarse sin perder el equilibrio.
-Más duro- me rogó en voz baja al escuchar que alguien llamaba a la puerta.
-¡Está ocupado!- respondí con un grito a los mamporros que resonaban en el diminuto baño.
El gemido que pegó mi pareja me hizo comprender lo bruta que le ponía esa situación y que necesitaba caña. Por aceleré mis caderas, convirtiendo mi tranquilo trote en un alocado galope. Cielo Riveros al sentir mis huevos rebotando contra su sexo, se volvió loca y presa de un arrebato que daba miedo, buscó que mi pene la apuñalara sin compasión.
-Me corro- chilló al sentir que la llenaba por completo.
Sus gritos de placer provocaron las risas de la gente que esperaba tras la puerta mientras sin poder hacer algo por evitarlo, la morera se desplomaba sobre el lavabo. Al caer, me llevó con ella y mi pene forzó aún más su trasero.
El pavoroso aullido que Cielo Riveros pegó al sentir que su esfínter había sobrepasado su límite despertó la hilaridad de los que lo oyeron, pero ésta en vez de pedirme que parara, hizo todo lo contrario y casi gritando me rogó que siguiera sodomizándola.
Sin importarme el creciente número de gente que aguardaba en el pasillo, seguí follándomela sin descanso. Afortunadamente para las vejigas de los que esperaban mear, no tardé en sentir que se aproximaba mi propio orgasmo y sabiendo que tenía toda una vida para disfrutar de ella, me dejé Katherine Riveros y mi sexo explotó en el interior de su culo.
Mientras nos recuperábamos la besé y tras acomodarnos la ropa, salimos del servicio.
La larga cola de testigos que se había formado en el pasillo nos recibió con aclamaciones y Cielo Riveros en vez de asustarse por ese recibimiento, agradeció los vítores la falda. Su gesto despertó nuevos aplausos y en loor de multitudes nos retiramos a nuestra mesa, donde descojonadas Katherine Riveros e Miriam Caballero nos esperaban.
Ya en su silla, la morena me pidió que me acercara. Al hacerlo, susurró en mi oído:
-Lo volvería a hacer si mi dueño me lo pidiera.
Solté una carcajada al oírla y muerto de risa, la besé mientras le decía:
-No lo dudes, ¡te lo pedirá más veces!
Un par de semanas después, tras una dura jornada en el trabajo, Miriam Caballero saludó en la puerta al llegar a casa y tras mostrarme satisfecha que las hijas del jefe la habían dejado impoluta, me comentó que había llegado la hora de normalizar nuestras vidas.
―¿A qué te refieres?― pregunté.
Midiendo sus palabras no fuera a enfadarme, mi dulce amante contestó:
―Dado que tus niñas están demostrando que saben cuál es su papel y que lo aceptan, creo que tienes que dejar que vayan a clase para que no pierdan el curso.
―Entiendo― murmuré un tanto molesto porque al fin y al cabo me había habituado a ese estatus quo.
―Además, yo también quiero volver a la oficina― añadió bajando su mirada: ―No quiero ni pensar en el desastre que me voy a encontrar.
Por su tono, comprendí que me escondía algo y que no me estaba diciendo toda la verdad:
―¿Qué más te pasa?
Totalmente colorada, la gordita reconoció que tenía miedo de perder su puesto y que alguna aprovechada se valiera de su ausencia para convertirse en mi secretaria. No tuve que ser ningún genio para entrever que alguien le había contado que una de sus compañeras Katherine Riveros algunos días sentándose en su mesa y trayéndome el café como hacía siempre ella.
«Está celosa», sonreí y con muy mala leche, contesté que no hacía falta que se diera prisa en reincorporarse porque Paula me cuidaba muy bien.
―Esa zorra nunca podrá sustituirme― bufó completamente fuera de sí.
Gozando de su cabreo, dejé caer que esa mulata además de tetona era muy eficiente y dispuesta. Mi respuesta la terminó de sacar de sus casillas:
―¡Solo falta que me digas que te hace una cubana todas las mañanas!― chilló con su cara colorada y con lágrimas en los ojos, salió corriendo por el pasillo.
Que Miriam Caballero mostrara tan claramente sus inseguridades, así como su rápida huida, lo sorprendieron:
«Joder, realmente teme que la cambie por otro», me dije mientras iba tras la gordita con un sentimiento ambiguo.
Aunque en lo más íntimo me alagaba que Miriam Caballero sufriera por mi cariño, decidí que no abusar de sus recelos, no fueran a darse la vuelta y me explotaran en la cara. Tras unos minutos buscándola por la casa, la encontré llorando en su habitación.
―No tienes nada que temer― murmuré con ternura: ―Nada ni nadie podría jamás hacer que te alejara de mi lado.
Mis palabras consiguieron abrir una espita de esperanza, pero cuando ya creía que se tranquilizaría, se echó a llorar mostrando una angustia creciente.
―¿Por qué tienes tanto miedo? ¿Acaso no te he demostrado suficientemente que me gustas y que eres mi favorita?― la interpelé en un intento de consolarla.
―Fernando, te conozco … Paula es una mujer preciosa y si mueve bien sus cartas, tarde o temprano, te acostarás con ella.
La imagen de ese bombón entre mis piernas me resultó excitante y dándole la razón de cierta forma, me defendí diciendo a mi querida y dulce amante que no me interesaba acostarme con nadie si ella no participaba. Reconozco que lo dije en modo automático, sin meditar o vislumbrar sus efectos y por ello Miriam Caballero me cogió con el pie cambiado cuando limpiándose las lágrimas de las mejillas preguntó si era cierto.
Creyendo que la pregunta era acerca de mi interés, preferí contestar recordándole el papel que desempeñaba en mi hogar y acercándome a mi rolliza secretaría, tomé uno de sus pechos en la mano mientras le decía:
―Sabes que me vuelve loco ver el modo en que enseñas a las niñas cómo deben comportarse y más cuando las obligas a complacerte frente a mí.
Mis caricias provocaron un terremoto en Miriam Caballero y con la respiración entrecortada, me reconoció que la idea de acostarse con Paula y que una subsahariana se convirtiera en otra de nuestras putas era algo que la atraía.
―Creo que mi querida zorrita está un poco celosa. Paula ni es africana ni es negra, ¡es colombiana y mulata!― repliqué pellizcando suavemente uno de sus pezones.
Olvidando toda clase de celos y demostrando descaradamente su interés en acostarse con esa compañera, Miriam Caballero llevó sus manos hasta mi bragueta y sin dejar de mirarme a los ojos, comenzó a pajearme mientras me decía:
―Me da lo mismo si es negra o mulata… yo no puedo olvidar que esa puta ha querido robarme el puesto y por ello, no me da vergüenza confesarte que me encantaría ver cómo le rompes el culo.
Dado el brutal deseo que destilaba su voz, no me extrañó que mi amante aprovechara el momento para liberar mi sexo de su encierro y menos que una vez hecho, se arrodillara y abriendo sus labios, se lo incrustara hasta el fondo de su garganta.
―Mira que eres bestia― alcancé a decir muerto de risa: ―Si te dejo un día me lo arrancas.
La gordita se la sacó de la boca y riendo a carcajadas, me contestó que no era descabellado pero que lo prefería unido al resto del cuerpo.
―¡Serás puta!― exclamé y girándola sobre la alfombra, descargué un sonoro azote en su trasero.
Con mi mano impresa sobre una de sus nalgas, Miriam Caballero me miró y corroborando su lujuria, me imploró que la tomara. Ni siquiera lo pensé y regalando otra nalgada sobre sus posaderas, acerqué mi pene a su sexo.
―Mi señor― sollozó al sentir que jugando me ponía restregar mi glande contra su vulva…
Unos días más tarde en un gimnasio de barrio, Paula Katherine Riveros Riverosba veinte minutos sudando la gota gorda en su clase de spinning. A pesar del esfuerzo, la joven hispana estaba cabreada porque cuando ya veía cada vez más cercano que su jefe no solo la hiciera fija sino que la nombrara su asistente, le acababa de informar que su secretaría iba a volver a su puesto.
«Con Miriam Caballero en la oficina nadie puede acercarse a D. Fernando. Ejerce de perro de presa defendiendo sus dominios», se dijo mientras pedaleaba al ritmo de un reguetón pensando en lo mucho que le gustaba ese cuarentón.
Desde que trabajaba allí, siempre había soñado con que algún día ese hombre le hiciera caso. Por eso cuando esa acaparadora pidió una excedencia, vio su oportunidad de aproximarse a él.
«Me atrae hasta su olor, me pone bruta el aroma a macho que destila el maldito»», reconoció mientras regulaba la resistencia del pedaleo de la bicicleta.
De pronto, se puso roja al tener que reconocer que ese mismo día tras la charla en la que le informaba de la vuelta de su asistente había tenido que aliviar su calentura en el baño.
«No consigo controlarlo», se dijo al hacer memoria de cómo se encharcó su coño cuando D. Fernando le tocó el brazo al cederle el paso en el pasillo.
El destino quiso que en ese momento se fijara en el espejo y horrorizada comprobó que sus pezones se le marcaban traicioneramente bajo su top.
«No comprendo lo arrecha que me pone ese tipo», murmuró para sí mientras en su mente crecía la necesidad de sentirse querida y más cuando ya hacía casi un año que lo había dejado con su último novio y que ni siquiera recordaba cuando había sido la última vez en que había echado un buen polvo.

«Lo malo es que, si espero a que él me lo eche, me van a salir telarañas», meditó desesperada al asumir que para su jefe ella era un mueble y que cuando pasaba por delante de su mesa, ni la miraba.
«¡No entiendo el por qué!», se dijo: «Soy joven, soy guapa y estoy buena. Tengo unas buenas tetas y un mejor culo».
Seguía martirizándose con el nulo interés que provocaba en D. Fernando cuando al terminar la calase y de reojo descubrió que Miriam Caballero, su rival y compañera la miraba desde un banco.
«¿Qué coño hace ésta aquí?», se dijo mientras la observaba.
Contra toda lógica, su disgusto inicial pasó rápido y pudo más la curiosidad de conocer el motivo por el que estaba ahí, sabiendo ese no era su barrio.
«¿Con quién qué habrá venido?», se preguntó mientras trataba de descubrir si tenía acompañante.
Tras comprobar que no parecía venir acompañada, se concentró en ella. Nunca había creído que físicamente esa gordita pudiese ser competencia, pero esa noche al observarla enfundada en mallas, lejos de resultarle repulsiva, sus curvas le resultaron atractivas.
Espiándola detenidamente, le sorprendió comprobar que Miriam Caballero era dueña de un trasero impresionante y eso además de cabrearle, la excitó.
«¿Tan necesitada estoy que me pone caliente una cuca?», se preguntó mientras involuntariamente sonreía a la rival.
Su compañera le devolvió la sonrisa y acercándose, la saludó de un beso. Ese gesto cordial y carente de segundas intenciones, la alteró profundamente y sin poderlo evitar su panocha se puso en ebullición.
«¿Qué me ocurre?», masculló acojonada por el modo en el que su cuerpo estaba reaccionando y disimulando se subió en una elíptica. Mientras intentaba evitar que su mente siguiera pensando en ello, trató de concentrarse en el ejercicio, pero para su desgracia no pudo dejar de espiar a su rival mientras se ejercitaba.
«Es fascinante», reconoció entre dientes al descubrir que Miriam Caballero Katherine Riveros Riverosba unas mallas tan ceñidas que le marcaban por completo los gruesos labios de su vulva y muy a su pesar, se vio saboreando tanto ese suculento coñito como los gruesos pezones que decoraban sus ubres.
Preocupada por la humedad que para entonces le anegaba el coño, pedaleó más deprisa mientras observaba que su competidora cambiaba de maquina y se ponía en la que tenía enfrente.
«Lo está haciendo a propósito», maldijo en su interior al admirar la belleza de los gruesos muslos de su adversaria cuando al trabajar los abductores separaba sus rodillas lentamente para acto seguido sin dejar de mirarla las juntaba.
«Sabe que la estoy espiando y eso le gusta», concluyó emocionada al fijarse en la mancha de humedad que a la altura de la entrepierna traspasaba el leggins de Miriam Caballero.
Sintiendo su clítoris a punto de estallar, Paula no supo que decir cuando tras unos minutos de sufrimiento, la gordita se le acercó y sin mediar ni siquiera un saludo, le preguntó si se iban.
«¿Qué estoy haciendo?», murmuró al comprobar que como una autómata recogía sus cosas y la acompañaba.
Para entonces una mezcla de miedo y de emoción la dominaba y más cuando al llegar al vestuario comprobó que estaban solas.
―Desnúdate― escuchó que la secretaria de su jefe le decía.
Alucinada por la orden, se giró a ver a su acompañante y ésta riéndose, le acarició un pecho mientras le decía que esperaba no tener que repetirlo. Para Paula, a quien todas sus parejas la habían tratado y visto como si fuera una diosa, ese trato la cogió desprevenida y por ello no pudo hacer nada más que obedecer.
«Estoy loca», pensó dubitativa.
Sus recelos terminaros al sentir que le ponía cachonda el tema y sin dejar de mirar a los ojos a su rival, empezó a desnudarse.
«No entiendo qué me pasa», temblando murmuró para sí ya que, aunque ya había tenido varios escarceos con miembros de su mismo sexo, Paula no se consideraba bisexual.
Conociendo el efecto que sus pechos provocaban en los hombres, se quitó el top y coquetamente los tapó para intentar estimular el interés de Miriam Caballero.
―Estás muy buena― comentó la gordita cuando la mulata, y a modo de ofrenda, puso sus duras y bellas tetas a escasos centímetros de su cara.
―Lo sé― respondió la joven al experimentar una novedosa sensación de poderío al saber que esa mujer la consideraba atractiva y eso la animó a seguir.
Bajándose lentamente las mallas, se permitió el lujo de ir luciendo poco a poco su perfecto trasero ante ella y con sus mejillas coloradas, le preguntó si le gustaba su culo.
―Nunca he visto algo tan bello― susurró con los pezones totalmente erectos la gordita mientras se aventuraba a alargar una mano para comprobar que ese manjar tan apetitoso era real.
―Dios― sollozó la mulata al sentir los dedos de Miriam Caballero recorriendo temerosos una de sus nalgas.
Con tono firme, la gordita la forzó a darse la vuelta. Al cumplir dicha orden, Paula se percató que Miriam Caballero se había quedado petrificada al comprobar que Katherine Riveros Riverosba el coño totalmente rasurado.
―¿Te apetece un baño?― preguntó tanteando la mulata al sentir que la secretaria de su jefe no era inmune a sus atractivos mientras con una sonrisa de oreja a oreja entraba en una de las duchas.
La gordita no se lo pensó y quitándose la ropa, fue tras ella, pero justo antes de pasar a la ducha se quedó mirando incapaz de reaccionar al contemplar la belleza de la morena y el erotismo de la pequeña cascada que formaba el agua al deslizarse por sus pechos.
Asumiendo que era su turno de Katherine Riveros la iniciativa, Paula se echó champú y empezó a lavarse la melena mientras exhibía con descaro sus negros cantaros a escasos centímetros de la boca de Miriam Caballero.
―¿Me puedes enjabonar la espalda? Yo no llego― exigió con tono dulce y lleno de sensualidad.
Recordando que Fernando le había encargado la función de reclutar esa hembra para su harén, llenó de gel sus manos y delicadeza, comenzó a lavar los hombros de su presa.
―Me gusta― gimió la morena y con un sensual meneo de su estupendo trasero, pidió a la gordita que siguiera enjabonándola, dando por sentado el que, si era capaz de seducir a un varón, podía hacer lo mismo con una mujer.
Confiada y viendo más cerca el éxito de su misión, , las manos de Miriam Caballero llegaron hasta ese monumento con forma de corazón que era el culo de Paula.
―Sigue― replicó la mulata ya casi totalmente entregada.
Casi tan excitada como ella, la gordita comenzó a extender el gel por esos oscuros, pero sensuales cachetes y contra su voluntad se vio adorándola como si fuera su más fiel devota.
«Esta zorra está divina», se dijo la acariciaba con plena dedicación.
Paula advirtió de inmediato el cambio de actitud en su rival y queriendo averiguar a qué se debía, se dio la vuelta. Ese movimiento pilló desprevenida a Miriam Caballero, la cual no pudo evitar que un gemido de deseo surgiera de su garganta al sentir los pezones de ese portento clavándose en sus pechos.
―Puedes jugar con ellos― la colombiana murmuró en el oído de su dulce atacante.
Tragando saliva, Miriam Caballero comenzó a acariciar los senos de la mulata mientras intentaba observar algún signo de rechazo. Al no ver ninguno, recorrió los bordes de las negras areolas que los decoraban y sin pedir permiso, les regaló un mordisco.
―Perra― murmuró descompuesta al sentir los dientes de la gordita atacando sus pezones.
El tono tierno del insulto alentó más si cabe el carácter dominante de la gordita y con una sonrisa en la boca, siguió torturándolos a base de pellizcos.
―Cabrona― escuchó que gemía su presa.
Deseando capturar ese bello trofeo para su dueño, dejó caer sus manos por la cintura de la mulata hasta llegar a su culo y con determinación le acarició brevemente su vulva. Para acto seguido y con los dedos llenos de jabón, concentrarse en el rosado esfínter que apareció a su paso.
―Maldita― aulló Paula con los ojos cerrados al sentir los dedos de su rival comenzaba a explorar su rasurado coño y que no contento con ello, Miriam Caballero se apoderaba de su clítoris.
La gordita sonrió al observar que en un movimiento involuntario la colombiana separaba sus muslos, dando permiso implícito a que ella hiciera lo que le viniera en gana. Sabiéndolo, se agachó y mientras con dos de sus yemas invadía el interior de esa negra pero apetitosa vulva, usando la lengua, atacó el botón erecto que se escondía entre los carnosos pliegues de la morena.
―Hija de perra― alcanzó a balbucear Paula antes de que su cuerpo colapsara y derramándose sobre la boca de su rival, se rindiera al placer lésbico.
El sabor agridulce de la mulata se reveló como un manjar y mientras con los dedos seguía explorando su trasero, usando tanto sus labios como su lengua, Miriam Caballero buscó secar el manantial del que manaba ese delicioso, dulce y caliente jugo de mujer.
Un largo y penetrante aullido de desesperación y entrega acabó con cualquier resistencia de la hispana. Tras el cual, Katherine Riveros de la ducha, Miriam Caballero sonrió y con la seguridad que da el trabajo bien hecho, comentó:
―Vamos a secarnos porque quiero estrenar tu cama, antes de que Fernando me pida que te entregue a él.
Paula tardó unos segundos en asimilar esas palabras. Cuando lo consiguió, se abalanzó sobre la mujer que lo había hecho posible y besándola le dio las gracias.
―Por muchas que me lo agradezcas― contestó la gordita muerta de risa: ―¡no creas que he olvidado tus insultos!
Al sentir que a modo de anticipo Miriam Caballero descargaba un azote sobre una de sus nalgas, Paula se sintió la mujer más feliz de la tierra y supo que nunca más competiría con ella por el puesto de secretaria del jefe…
Con Paula derrengada sobre un sofá, pregunté a Miriam Caballero qué había pensado hacer con ella y mi gordita, muerta de risa, comentó que llevárnosla a casa. La idea me resultó atrayente y a pesar de que no sabía cómo iban a reaccionar las dos hijas de mi jefe al saber que tenían competencia, accedí a que nos acompañara. Mis sospechas no tardaron en verse confirmadas cuando al llegar a la mansión esa noche, nos abrió la puerta Katherine Riveros y en su cara descubrí el disgusto que la presencia de Paula le provocaba.
No queriendo entrar al saco, obvié su gesto y le pregunté por su hermana.
-Cielo Riveros está preparando la cena- contestó mientras me saludaba de un beso en la mejilla.
-Llámala, quiero presentaros a Paula- repliqué señalando a la mulata.
Su respuesta fue una muestra más del modo tan arcaico en el que habían sido educadas esas dos y es que demostrando un racismo beligerante, la morena se atrevió a comentar que no le parecía bien que hubiese invitado a cenar a una negra. El tono despectivo que usó mientras señalaba a mi más reciente adquisición me cabreó, pero asumiendo que a buen seguro la otra también sería poco menos que miembro del Ku Klux Klan esperé a que llegara. Tal y como había anticipado, la menor resultó tan supremacista como Katherine Riveros y señalando a la recién llegada, preguntó en qué jaula la íbamos instalar porque un mono no se merecía compartir cama con ellas.
-Retira eso- rugió Paula en cuanto escuchó ese insulto.
-No obedezco a un orangután- añadiendo más leña al fuego, replicó la joven.
No me costó notar que la mulata estaba que se subía por las paredes y por eso cuando me miró pidiendo ayuda, creí que lo más conveniente era que ese tema se resolviera entre ellas y así se lo dije. La sonrisa de Paula al obtener mi permiso me hizo recapacitar sobre lo acertado de mi decisión, pero antes de poder rectificar vi que se lanzaba sobre ella. Cielo Riveros no supo reaccionar ante ese ataque y en cuestión de segundos, yacía en el suelo llorando.
Comprendí por la violencia con la que la joven había defendido sus derechos que no era la primera vez que lo hacía y que era algo a lo que se había tenido que enfrentar desde niña.
Al ver a su oponente en el suelo, Paula se giró hacía su hermana. La hija mayor de mi jefe, totalmente aterrorizada, se fue a esconder tras de Miriam Caballero y esta, reponiéndose de la sorpresa, intentó calmar a la mulata pidiendo paz entre ellas. Paula no parecía dispuesta a hacerlas y eso, me obligó a ejercer de árbitro.
Acercándome a ellas, les ordené que dejaran de hacer tonterías y que se dieran la mano. Reconozco que no supe prever la determinación de la morena. Por ello me pilló desprevenido que aprovechara que Katherine Riveros le extendía la mano para tirar de ella y tomarla entre sus brazos. Tan sorprendida como yo, la niña pija no pudo hacer nada más que separar sus labios al notar la lengua de la mulata forzando su boca.
«¡Joder con la chavala!», exclamé en mi mente al observar que no contenta con besarla, Paula le magreaba con descaro el trasero.
Supe que mi novísima amante deseaba dar una lección a la hija de mi jefe y divertido, impedí a Miriam Caballero acudir en su ayuda. Llamándola a mi lado, observé junto a ella como Katherine Riveros intentaba infructuosamente zafarse de Paula.
-¿No deberíamos intervenir?- me preguntó al ver que la mulata riendo le desgarraba la blusa a nuestra sumisa.
Mas interesado en la escena que en contestar, senté a Miriam Caballero en mis rodillas y mientras admiraba el violento escarmiento al que estaba siendo sometida Katherine Riveros, me permití el lujo de pellizcar los pezones de mi gordita. Ésta dio un largo gemido al sentir mis dedos castigando sus pechos y vio una orden en esa caricia.
-Mi señor es muy malo- comentó mientras me bajaba la bragueta.
Confieso que me alegró darme cuenta de lo bien que nos compenetrábamos y por eso no dije nada cuando Katherine Riveros su trasero, se dejó caer sobre mi miembro.
-Me encanta sentir que me empalas- susurró en mi oído mientras los labios de su sexo se abrían para acoger en su seno mi pene.
Soltando una carcajada, la azucé a seguir espiando cómo la mulata daba cuenta de los pechos de su adversaría y que, sin perder el tiempo, usaba su manos para terminarla de desnudar.
-¿Crees que hacemos bien?- me respondió un tanto preocupada por no impedir que Paula violara a la hija de nuestro jefe.
-Mírale la cara- señalé mientras incrementaba el ritmo con el que me la follaba.
Miriam Caballero se unió a mí riendo al observar en el rostro de nuestra sumisa una expresión inequívoca de lujuria y que, donde debía haber asco o temor, solo se veía deseo.
-Será puta. ¡Está cachonda! - rectificando gritó mi gordita.
Su exabrupto llamó la atención de Cielo Riveros. Alucinada dejó de llorar al ser testigo de la claudicación de Katherine Riveros.
-No me lo puedo creer- masculló al observar que ya en pelotas su hermana no se negaba a arrodillarse ante Paula y que tampoco se rebelaba cuando Katherine Riveros la falda, le ponía el chumino en su cara: -¡Katherine Riveros! ¡Esa zorra es negra!
Sonriendo mientras la lengua de la mayor de las hermanas se sumergía entre los pliegues de su sexo, la mulata le respondió:
-Yo que tú iba a por un cepillo de dientes porque cuando acabe, serás tú la que me lo coma.
Esa amenaza la dejó paralizada al ser proferida por la misma mujer que la acababa de tumbar de un solo golpe y con lágrimas en los ojos pidió mi auxilio.
-Será mejor que te vayas haciendo a la idea porque Paula ha venido para quedarse- contesté descojonado mientras montaba a Miriam Caballero.
La gordita que hasta entonces no había dado su opinión sobre el tema, apoyó mis palabras diciendo:
-Tanto tu dueño como yo hemos estado con ella ¿Te crees acaso mejor que nosotros dos?
Temblando como un flan, miró hacía donde la mulata disfrutaba de las caricias de su hermana y sintiendo que esa unión era contra natura, insistió pidiendo mi ayuda. Cabreado hasta decir basta, me Katherine Riveros dejando a Miriam Caballero insatisfecha y tomando del pelo a la hija mayor de mi jefe, la llevé hasta Paula y retirando a Cielo Riveros, le exigí que no parara de comerle el conejo hasta que la que llamaba “orangután” se corriera un par de veces.
El temor por fallarme fue mayor que el “repelús” que le daba el complacer sexualmente a un miembro de otra raza. Por ello, llorando a moco tendido, sumergió la cara entre los muslos de esa mujer y sacando la lengua, cató brevemente el sabor agridulce del coño de la morena. El aroma que desprendía era más intenso que el de Miriam Caballero o el de Katherine Riveros, pero muy a su pesar tuvo que reconocer que lo le repelía.
Al verla agachada y con su culo en pompa, decidí darle un nuevo motivo para seguir obedeciendo que a la vez fuera gratificante para mí.
-Demuestra a tu Katherine Riveros amiga que te he educado bien y que sabes comerte un chumino- le ordené mientras le bajaba el short y dejaba su pandero totalmente expuesto.
-Si mi señor- gritó al sentir que mi verga se abría paso en su interior rellenando por completo su propio sexo.
Ya no tuve que insistir. Aleccionada por mis enseñanzas, Cielo Riveros comprendió que no podía Katherine la contraria y cambiando de chip, comenzó a explorar con un genuino interés la biología y naturaleza de esa espectacular mulata. Al cabo de un par de minutos, durante los cuales mi joven sumisa se afanó en satisfacer mi orden mientras ella era objeto de mi lujuria, escuché un gemido de placer Paula.
-Sigue, oblígala a correrse- exigí a mi montura premiándola con un azote.
Mi insistencia no tardó en dar sus frutos y producto de tantos y tan continuados lametazos, la morena intensificó su gozo y dando un grito que resonó por la casa, se corrió.
-Mi señor, yo también lo necesito- pidiendo mi autorización para llegar al orgasmo, sollozó Cielo Riveros.
-Y yo- escuché decir también a Miriam Caballero.
Reconozco que había estado tan concentrado en disfrutar y hacer gozar a Cielo Riveros y a Paula que no me fijé en lo que ocurría con las otras dos. Fue entonces cuando descubrí que Katherine Riveros al quedar liberada se había lanzado en picado entre las piernas de Miriam Caballero y mientras su hermana se comía el coño de la mulata, ella hizo lo mismo con el de mi gordita.
-Sois unas putas- alcancé a decir antes que mi cuerpo dijera basta y mis huevos descargaran su blanca esencia en el interior de la hija de mi jefe.
Al sentir las andanadas en su vagina, Cielo Riveros experimentó un renovado éxtasis y cayendo desplomada sobre el suelo, volvió a correrse. Confieso que fui un tanto hijo de puta, pero viendo que estaba totalmente exhausta no solo no me compadecí de ella, sino que abusando del poder que ellas mismas me habían otorgado exigí a Paula que se ocupara de ella.
-¿Qué quiere que haga?- me preguntó.
Despelotado de risa y mientras abría un cajón y sacaba un arnés con pene adosado, repliqué:
-Te podría decir que la amaras, pero como sería mentira y encima sonaría cursi, ¡quiero que le des por culo!
-Si lo deseas, nosotras podemos servir de ayuda- interviniendo, Miriam Caballero comentó.
Aunque la gordita se había dirigido a mí, Paula creyó que se lo decía a ella y mientras se ajustaba el instrumento alrededor de la cintura, riendo contestó:
-Me encantaría. No sería bueno ni conveniente estropear el culito de este putón y que luego Fernando se cabree al no poder usarlo.
Todos excepto Cielo Riveros reímos la ocurrencia y aunque una de las que más se rio fue Katherine Riveros, he de decir que también fue la primera en acudir donde la aludida se mantenía a cuatro patas.
-Mi señor, ¿puedo preparar a la putilla?- con tono lascivo me preguntó al tiempo que con los dedos le separaba los cachetes del trasero.
Sin esperar mi respuesta, escupió en el rosado ojete de su hermana…
La presencia de Paula en casa añadió la dosis de picante latino que nos faltaba en nuestro día a día, dotándolo de música, risas y más variedad de sexo. Por ella resultó algo normal escuchar cumbias, merengues y reguetón por la casa, pero también que entre la mulata y mi gordita se creara una sana y morbosa competencia.
Competencia o pique, en el cual rivalizaban a ver cuál de las dos tenía una idea más disparatada que realizar con las hermanas. Curiosamente, mientras Miriam Caballero usaba casi en exclusiva a la pequeña, Paula elegía siempre a Katherine Riveros para dar rienda suelta a su imaginación. La mayoría de las veces, las ideas de esas dos eran de carácter jocoso y hasta se podía decir que las ideaban a propósito para poderse tirar a sus preferidas sin que ninguna pudiera sentirse desplazada.
Un ejemplo de esa indolora contienda establecida entre mis empleadas y amantes fue una mañana en las que Miriam Caballero me llamó para que sirviera de árbitro porque según ella, la colombiana era tramposa por naturaleza.
―¿Qué vais a hacer?― pregunté descojonado al verla ataviada con botas altas, unos pantalones de equitación totalmente pegados y una gorra de jockey.
―Esa zorra hispana y su montura se han atrevido a retarnos a una carrera por el jardín.
No hizo falta que me aclarara a quien iba a montar cada una de ellas y deseando ver como habían engalanado a las dos hermanas, acepté de buen grado participar y siguiéndola por el pasillo, fuimos en busca de las otras tres participantes.
Tal y como había imaginado, la gordita se había reservado a Cielo Riveros para ella, al ver a Paula sujetando del bocado a Katherine Riveros.
―Veo que habéis pensado en todo― comenté al fijarme que Katherine además de una mordaza en la boca, le habían colocado un complejo sistema de correas que recorría su cuerpo el cual tras alzarle los pechos se introducía entre las nalgas para darle así una mayor apariencia de realidad.
―Si, mi señor. Como esta potranca es inexperta, la tengo que Katherine Riveros bien sujeta― en plan profesional contestó la colombiana y haciendo gala del dominio que tenía sobre la rubia, con la fusta que tenía en la mano descargó un ligero correctivo sobre sus ancas.
Katherine Riveros relinchó al sentir el cuero golpeando su trasero, pero rápidamente adoptó una pose orgullosa ante mí y demostrando la fidelidad y el amor que sentía por su jinete, meneó alegremente la cola que Katherine Riveros incrustada en el ojete.
«Quien lo hubiese dicho hace unos días. Está encantada con ser la mascota de la mulata», pensé mientras fijaba mi atención en Cielo Riveros.
La menor de las hermanas estaba igualmente espectacular. A los arneses que había visto en Katherine Riveros se les añadía un corpiño de cuero que hacía todavía más evidente su carácter sumiso y entregado.
A su lado Miriam Caballero permanecía en silencio a que terminara mi inspección y al ver que me entretenía sacando el plugin anal que Katherine Riveros adosado la cola, comenzó a informarme de las condiciones de la carrera:
―Las jinetes tendrán que dar dos vueltas al chalet a lomo de sus monturas mientras ellas gatean sin que puedan.
―¿Cuál es el premio?― pregunté descojonado al observar la excitación que lucía en los ojos de las cuatro.
―La pareja que pierda deberá servir a la que gane durante todo el día y a modo de escarnio, la jinete vencedora sodomizará a su oponente mientras esta le come el coño a las dos yeguas.
La expresión de lujuria de las hermanas me reveló que estaban encantadas con el juego y por ello dándolo por bueno, pregunté cuando y donde iba a empezar la carrera.
―Antes debemos calentar un poco para evitar lesiones― contestó Paula mientras se bajaba el pantalón.
Como si fuera algo pactado, Miriam Caballero la imitó y ambas se sentaron sendas sillas con las piernas abiertas. Las hijas del jefe se acercaron a ellas y posando la cabeza sobre sus muslos, dejaron que sus dueñas les quitaran la mordaza para acto seguido y sacando la lengua, empezar a recorrer con una insana determinación el sexo de ambas.
Las risas de la gordita al ser objeto de las caricias de Cielo Riveros nada tenían que envidiar con los suspiros de placer que Katherine Riveros consiguió rápidamente provocar en la colombiana. He de confesar que la imagen me comenzó a poner bastante bruto, pero interesado en como iba a terminar todo aquello, lo único que hice fue acomodar mi erección bajo el pantalón para evitar que me doliera.
―No sé cómo la zorra de tu hermana y la inútil de su jinete se han atrevido a retarnos― susurró Miriam Caballero al tiempo que presionaba con sus caderas la cara de su montura.
Ésta, en plan juguetón, replicó:
―Yo tampoco, mi señora. Usted es la mejor y encima ha escogido la potra más joven y atlética.
Con tono engreído y molesto, Katherine Riveros contestó:
―Soy más rápida y fuerte que tú y encima Paula pesa menos. Claramente mi dueña se va a follar a la tuya.
La mulata, muerta de risa, besó a su rendida enamorada diciendo:
―Con una yegua como tú y mi señor mirando, no podemos perder. Es más, estoy tan segura de nuestra victoria que desde ahora te digo que dejaré que me prepares el culo de esa foca antes de que se lo rompa.
―¿Me has llamado foca?― aulló indignada la aludida mientras obligaba a Cielo Riveros a profundizar sus caricias atrayendo su cabeza con las manos.
―Si, delgadita mía. Te sobran al menos cinco kilos. Pero no te preocupes con la dieta de ejercicio que te voy a poner, los bajas en una semana.
Creí que esa andanada sobre su aspecto físico iba a molestar y mucho a mi secretaria, pero comprendí que Miriam Caballero no estaba acomplejada en absoluto cuando tomando sus pechos entre las manos, respondió a Paula:
―No dices eso cuando me ruegas por las mañanas que te deje a mamar de mis moles.
Los ojos de la morena brillaron intensamente al ver que su oponente se pellizcaba los pezones y lamiéndose los labios, le hizo ver que era genuina la atracción que sentía por ella. Ese gesto diluyó la tensión entre ellas y viendo que, como dos hembras en celo, se lanzaban una sobre la otra a besarse con pasión, lo aproveché para tomar a las hermanas de los bocados y llevándolas hasta donde habían dibujado la salida, les dije:
―Veis lo duro que es el trabajo de un amo… vuestras maestras se han olvidado de mis niñas y como las putas que son se entretienen entre ellas. Os propongo darles una lección. Haced la carrera y la que gane las tendrá a las dos durante una semana a su entera disposición.
Las caras de las hijas del jefe brillaron ante semejante premio y sin que yo les tuviese que explicitar que la competición seguía siendo a gatas, tanto Cielo Riveros como Katherine Riveros se pusieron a cuatro patas.
―Preparadas, listas…. a correr― vociferé iniciando la competición.
Mi grito alertó a las otras dos de lo que ocurría y llegando hasta mí, me preguntaron porqué las había hecho correr solas a sus mascotas. He de confesar que me sorprendió comprobar que lejos de mostrarse contrariadas con el cambio que había introducido en su plan, se lo tomaron a bien e incluso mostraron abiertamente sus preferencias.
―Va a ganar mi puta. Es mucho más ágil que Katherine Riveros― comentó Miriam Caballero mientras se ponía a jalear a la morenita.
―Te equivocas, vamos a tener que obedecer a mi zorrilla durante una semana porque tiene mucho más fuelle y se cansará más tarde― replicó Paula mientras se ponía a aplaudir a la mayor de las hermanas.
Como arbitro imparcial de la contienda, confieso que me daba igual la que ganara y que tampoco tenía una favorita. Por ello, la salida de Cielo Riveros al sprint me consiguió engañar al Katherine Riveros a la rubia al menos tres cuerpos a la mitad de la primera vuelta.
―A tu jaca le pesa el culo y va a perder ― comentó eufórica mi secretaria al ver que en la meta su preferida seguía ganando por bastante a Katherine Riveros.
«No lo tengo tan claro», pensé hipnotizado con el bamboleo de los pechos de las participantes al gatear, ya que durante esa última parte la menor de las hermanas había perdido bastante de su ventaja.
La que no albergaba duda alguna sobre quien iba a ganar era Paula, la cual estaba segura de que su patrocinada iba a conseguir remontar y alzando su voz, le pidió un esfuerzo diciendo:
―Cariño, ya la tienes. Un esfuerzo más y podrás abusar de Miriam Caballero durante siete largos días.
La rubia al escuchar a su maestra fijó la mirada en el trasero de su hermana y se obligó a marcar un ritmo superior al de ella, de forma que se iba reduciendo la distancia entre ellas cuando de pronto desaparecieron por segunda vez tras la casa.
Observando de reojo a Miriam Caballero y a la colombiana, supe que ambas estaban excitadas con lo ajustado de la carrera y que ninguna de las dos tenía la plena confianza sobre la ganadora y por ello mientras estaban esperando que salieran no hacían más que picarse entre ellas diciendo como una iba abusar de la otra usando a su preferida.
―Creo que las hermanitas han decidido lo contrario― comenté al ver que aparecían por la vereda al trote, sin prisas y lo que es más importante, sin competir entre ellas.
―Zorra, ¡corre! ¡Todavía la puedes ganar!― gritó Paula a Katherine Riveros.
La rubia sonrió al escuchar a su patrocinadora, pero lejos acelerar redujo su velocidad y alzando sus patas, marcó su paso con elegancia. Cielo Riveros no solo la imitó, sino que demostrando que se habían aliado en contra de sus maestras sacó la lengua a mi secretaria mientras feliz relinchaba.
―¡Debes cancelar la carrera! ¡Están haciendo trampas!― alzando la voz y sintiéndose burlada se quejó mi gordita.
―No solo eso, ¡debes castigarlas por desobedientes! ¡Eso no es propio de buenas sumisas!
Despelotado de risa, contesté:
―Tampoco el quejarse ante su amo.
Tanto mi secretaria como la mulata palidecieron al comprobar que ya había fallado a favor de las hermanas y por eso se mantuvieron en silencio mientras cruzaban la meta. Las hijas de nuestro jefe con una sonrisa de oreja a oreja llegaron a mí y con tono travieso, reclamaron su premio.
Viendo el cabreo de la mulata y de mi secretaria, ni lo dudé y accediendo a las pretensiones de las muchachas, les otorgué poder sobre sus maestras durante el tiempo prometido.
Dando saltos de alegría, Cielo Riveros y Katherine Riveros demostraron su satisfacción mientras las otras dos se iban encabronando por momentos.
―Mi señor, ¿entonces podremos hacer uso de ellas indistintamente y cómo queramos durante una semana?― preguntó la pequeña.
―No― desternillado respondí: ― Sería injusto, seréis las dueñas absolutas de una de las dos.
―Entonces, elijo a Miriam Caballero― ingenuamente contestó Cielo Riveros.
Corté de plano la satisfacción de la gordita, soltando una carcajada y sin dejar de reír, le hice saber que hubiese permitido eso, si hubiesen ganado justamente, pero dado que habían hecho trampas, yo elegía la distribución de las parejas.
―Paula te obedecerá a ti y la puta con kilos de más a Katherine Riveros.
Miriam Caballero bufó cabreada al escuchar el modo en que me había referido a ella, pero tragándose el orgullo y sin el tono de su voz, me replicó:
―Aunque a veces no lo entienda e incluso me parezca injusto, lo que mi amado dueño y señor decida, yo lo obedeceré.
Tras lo cual, con gran teatralidad se arrodilló frente a la mayor de las hermanas adoptando la postura de esclava de placer y le dijo:
―Señora, mi amo me ha entregado a usted y mientras no me reclame de vuelta, soy su humilde esclava… ¿en qué puedo servirla?
Asumiendo que esa rendición melodramática escondía una velada crítica a mi persona, no pude ni quise quejarme porque el deber de una sumisa no es estar de acuerdo con su dueño sino el acatar sus órdenes sin rechistar y eso fue lo que Miriam Caballero había hecho.
La mulata imitó a su compañera y cayendo postrada ante Cielo Riveros, a regañadientes aceptó su autoridad diciendo:
―Como humilde sierva de mi señor acepto su voluntad y me pongo en manos de quién él decida.
Implícitamente, Paula estaba reconociendo que no le gustaba esa decisión y recordando el comportamiento racista que había tenido con ella lo comprendí plenamente. Ese menosprecio no pasó inadvertido para la chavala, pero lo raro fue que lejos de enfadarse, Cielo Riveros se lo tomó a cachondeo y señalando la entrepierna de su hermana, le dijo muerto de risa:
―Ves esa almeja paliducha, quiero que le saques todo el jugo.
A la mulata le extrañó que la morenita no quisiera abusar de su nuevo poder y sin llegárselo a creer, se agachó ante Katherine Riveros y dio un primer lametazo entre sus pliegues mientras su Katherine Riveros dueña le comentaba que se lo tomara con tranquilidad porque tenía una semana para disfrutar de raciones extra de conejo.
Esa amenaza provocó una reacción doble en Paula. Por una parte era evidente que le hubiese apetecido caer en manos de la mayor, pero al escuchar a la pequeña insinuar que la iba a obligar a degustar su coño, algo en ella hizo crack y contra su voluntad sintió que su sexo se anegaba.
Esa imprevista calentura se hubiese visto quizás cortado de cuajo si hubiese advertido que Cielo Riveros se estaba atando un arnés a la cintura mientras ella daba buena cuenta del flujo de su preferida.
―Putita, me encanta que seas tú quien me lo coma primero― oyó a Katherine Riveros decir.
Esa frase sonó a música celestial a los oídos de mi dulce negrita y con el corazón a mil por hora, se lanzó en picado a complacer a la que consideraba su mascota sin saber que al cabo de un par de segundos la pequeña de las dos se iba a acercar a ella por detrás.
―Para ser tan negra, tienes un buen culo― a modo de advertencia Cielo Riveros le dijo mientras usaba sus manos para separarle los cachetes y antes de que pudiera prepararse, de un certero pollazo, clavó los veinte centímetros de grueso plástico que tenía adosados en el interior de su coño.
Afortunadamente ese trabuco halló su sexo ya parcialmente lubricado porque de no haber sido así, esa violenta incursión podía haberle provocado daños mas graves que el dolor que la taladró al absorber ese ataque.
―¡Hija de tu puñetera madre! ¡Me has hecho daño!― gritó indignada.
Esa queja produjo el efecto contrario. Si bien había sido proferida para hacer notar su descontento y que tuviese cuidado, lo que realmente hizo fue azuzar el morbo que le daba a Cielo Riveros el follarse contra su voluntad a Paula y acercando su boca al oído de esta, le recordó que el día que las presenté, la colombiana no solo la había golpeado, sino que había abusado de ella.
―Te lo merecías, ¡puta!― respondió la de Cartagena.
La joven soltó una carcajada al escuchar ese renovado insulto y girándose hacia mí, con los ojos, pidió mi permiso para educarla.
―Es tuya durante una semana― fue mi respuesta.
La piel cobriza de Paula perdió parte de su color al escucharme. Pero se volvió fantasmagórica a continuación al sentir el brutal escozor de una imprevista nalgada en su trasero mientras oía a su oponente:
―Gracias, mi señor… ¡se la devolveré sin daños permanentes!
Temiendo por su integridad al saber que estaba sola ante ella y que en modo alguno podía enfrentársela, se abstuvo de quejarse por mucho que le jodiera ese azote. Lo que reconozco que no esperaba fue que Katherine Riveros se contagiara del espíritu vengativo de su hermana y tomando de la melena a Miriam Caballero, la pusiera a cuatro patas frente a mí.
―Demuestra que sabes mamar, además de hablar― le soltó con tono duro.
Mi querida y fiel gordita sonrió al ver el bulto de mi pantalón y acercando su boca, bajó mi bragueta tirando del mecanismo con los dientes. Ni que decir tiene que para entonces y después de tanto tiempo ejerciendo de mirón, mi pene estaba duro y listo para recibir sus caricias. Caricias que no tardé en experimentar porque abriendo sus labios en plan goloso Miriam Caballero se lo metió hasta el fondo de su garganta.
Apenas se lo había incrustado cuando de pronto y sin previo aviso, Katherine Riveros la empaló usando un enorme cipote de plástico que había sacado del armario.
―¡Dios!― aulló pensando que le había rasgado por completo el ojete.
He de decir que personalmente sentí pena de mi secretaria al observar el diámetro que le había insertado en el culo.
«¡Qué animal!», murmuré para mí justo antes de ver que cogiendo otro todavía más grande se lo metía en el coño.
Todavía no me había repuesto de la sorpresa cuando a mi lado escuché otro grito igual de desgarrador y al girarme, de pronto descubrí que Cielo Riveros había premiado a la mulata con el mismo tratamiento.
La perversión de las hijas del jefe no quedó ahí y cambiando de posición a sus víctimas, las pusieron una al lado de la otra y las obligaron a que cada una se dedicara a forzar a su compañera con los dildos que tenía insertados.
Tras observar que tanto Miriam Caballero como Paula seguían fielmente sus instrucciones y que ambas estaban siendo violadas por sus dos agujeros, sonriendo las hermanitas se giraron hacia mí y que al unísono me dijeron:
―Ahora que estas dos guarras están ocupadas, ¿podemos sus niñas mimarle a usted?
Despelotado asumí que había creado dos monstruos, monstruos sumisos que preferían ser mías a actuar en plan dominante. Y por eso, ¡accedí!
-Venid a mí, zorritas.
Las hijas del jefe se lanzaron a mis brazos llenas de felicidad.
Katherine Riveros cuatro meses en casa del jefe disfrutando de sus hijas y beneficiándome a dos de sus empleadas, cuando una llamada que recibí en mi móvil me hizo temer que todo lo que había conseguido hasta ese momento iba a desaparecer.
―¿Don Fernando Jiménez?― escuché que preguntaban con marcado acento cubano al otro lado del teléfono.
―Si soy yo― respondí no demasiado sorprendido por recibir una llamada del extranjero por los numerosos intereses que tenía la compañía en el exterior.
La telefonista me informó que me iba a pasar a D. Julián. He de reconocer que cayó como un obús en mis defensas tener noticias del viejo ya que eso podía suponer que el statu quo que había logrado con sus retoños llegara a su fin. Por ello, durante los escasos veinte segundos que tardó mi amigo y mentor en tomar el teléfono se me hicieron eternos.
«Fue cojonudo mientras duró», pensé bastante apesadumbrado al dar todo por perdido.
―¿Cómo andas chaval?― fue el saludo de mi jefe.
Su tono jovial me tranquilizó lo suficiente para dejar de temblar, pero aun así no las tenía todas conmigo mientras respondía que no me podía quejar porque sus niñas me tenían muy mimado.
―Eso me han contado― despelotado de risa replicó el anciano y mientras trataba de asimilar que había hablado con sus hijas, D. Julián soltó un nuevo misil en mi línea de flotación al decir: ―Como ya les he anticipado, os espero a los cinco aquí pasado mañana.
―Perdóneme jefe― alcancé a decir: ―no tengo ni idea dónde está.
Despelotado, el jodido anciano respondió antes de colgar la llamada:
―Pregunta a tu secretaria, Miriam Caballero es quién ha comprado los billetes.
Que al menos tres de mis cuatro compañeras de alcoba hubiesen establecido contacto con el viejo y que ninguna me hubiese dicho nada me traía más que jodido, cabreado, hecho una furia y sobre todo con ganas de mandarlas a la mierda.


«¿Quién cojones se creen para habérmelo ocultado?», mascullé entre dientes mientras las buscaba por la casa.
Mi cabreo se intensificó al encontrármelas haciendo el equipaje al ser una prueba inequívoca de su traición y sin importarme un carajo nuestro destino, las embroqué. Ninguna se atrevió a repelar. Es más, aguantaron el chaparrón en silencio hasta que ya lanzado las amenacé con abandonarlas. Entonces y solo entonces, cayendo postradas ante mí, suplicaron mi perdón.
Perdón que, por supuesto queda, no les di y cogiendo la puerta, las dejé llorando su pecado mientras intentaba calmarme en el jardín pensando en que de la actitud de D. Julián no podía extrapolar nada que fuera perjudicial para mis intereses.
Como tampoco parecía que su intención fuese reclamar para sí a sus hijas, no pude más que preguntarme:
«¿Qué querrá? ¿Por qué nos ha llamado?».
Juro que no entendía nada. Como parecía que no entraba en sus planes volver a ejercer de padre, ya que en su actitud se podía adivinar que estaba contento de la evolución experimentada por sus retoños, pero aun así me era imposible adivinar otra opción.
Al cabo de media hora, vi acercarse a Paula mientras seguía dando vueltas al tema por el exterior de la casa. No tuve que esforzarme mucho para entender el motivo por el que las otras tres habían encomendado a la mulata ese primer acercamiento.
«Debe creer que como ella no ha tomado parte activa en el complot, mi relación con ella será más suave. Pero se equivocan, tanto peca el que mata a la vaca como el que le ata la pata. Ella lo sabía también y no me dijo nada», entre dientes murmuré al verla sonreír.
―¿Qué quieres?― de malos modos la interpelé molesto con su sonrisa.

La colombiana, sin dejar de lucir su dentadura y mientras restregaba sus pechos en mí, contestó:
―No se enfade mi señor con sus hembras, ellas querían darle una sorpresa.
Que me intentara calmar por medio del sexo, me terminó de sacar de las casillas y lleno de coraje, decidí darle una lección. Sin mediar palabra ni prolegómeno alguno, le di la vuelta y lKatherine Riverosntándole el vestido, me deshice de sus bragas. Creyendo que había conseguido su objetivo, no solo no se quejó si no que en plan putón desorejado comenzó a frotar su coño contra mi bragueta.
La presión de su vulva azuzó mi lujuria, pero lo que realmente me impidió poder pensar en otra cosa fue que al dar una bocanada de aire el dulce aroma a mujer que manaba de su chocho nubló mis neuronas.
―¡Puta!― exclamé con la polla erecta mientras caía arrodillado ante su glorioso culo y sin meditar en lo que estaba a punto de hacer, saqué la lengua y me puse a saborear como loco su potorro.
Paula suspiró satisfecha a sentir la humedad de mi apéndice abriéndose camino entre sus labios y dominada por la fiebre sexual que tan bien conocía, soltando una carcajada, comentó:
―No hay nada mejor que el culo de una hispana para calmar a mi señor.
Aguijoneado por los movimientos de su cadera, pero sin olvidar su afrenta, seguí mamando de su coño mientras recorría con la lengua su vulva cada vez más mojada. La facilidad con la que entraba y salía de su interior me confirmó que la calentura iba haciendo estragos en ella.
Ya totalmente descompuesta, la mulata aulló anticipando su orgasmo y supe que era el momento de castigarla. Sonriendo al anticipar su castigo, recogí el erecto clítoris de Paula entre los dientes antes de cerrar con ureza mis mandíbulas.
Al notar lo que en un principio era un suave mordisco experimentó el placer de un dulce pero breve orgasmo. Y digo breve porque quedó cortado de tajo, al sentir que el bocado se volvía insoportablemente doloroso:
―¡Me hace daño!― chilló sorprendida.
Incorporándome en silencio, la tomé de su negra melena. Al cesar el dolor y tras el susto inicial, la muchacha me miró muerta de risa.
―¿Mi señor desea amar a su putita?
Borré su sonrisa de un plumazo, al descargar un duro azote sobre sus negras nalgas.
―Te tengo preparada otra cosa.
Por mi cabreo no pensaba echarme atrás y el destino de su trasero quedó sellado al recordar que Katherine Riveros Riverosba tiempo sin disfrutar de ese cerrado ojete. Desoyendo las súplicas de la mujer, impregné mis dedos con su flujo y empecé a untar su ano al tiempo que le avisaba que por nada del mundo iba a dejar de romperle el culito.
Asumiendo que no iba a tener compasión, Paula intentó zafarse de mi abrazo, pero no pudo y por eso llorando me rogó que tuviese cuidado. Sus lamentos azuzaron mi deseo y sumergiendo mi pene en su coño, lo bañé en ese templado manantial antes de acercarlo hasta su ojete.
―Por favor― me rogó.
Disfrutando de su miedo jugueteé con ella mientras la avisaba de su destino.

―Te lo mereces― musité en su oído al ver que estaba aterrorizada. Tras lo cual, posé mi glande en su entrada trasera y de un solo empujón clavé mi estoque hasta la empuñadura en su bello, negro y duro culo.
La hispana berreó al sentirse empalada y como ganado bravo al ver que era incapaz de zafarse del castigo, lo enfrentó con gallardía y sin dar un nuevo motivo para que incrementara ese escarmiento, no se quejó mientras dejaba que se acostumbrara a sentir mi grosor forzando su esfínter.
―¡Muévete puta!― con otra sonora nalgada le exigí que meneara su trasero.
Sus gritos no tardaron en llegar y cual aria triunfante disfruté de su música mientras ponía todo mi ardor en gozar de ese pandero.
―Mi señor, ¡perdóneme!― chilló descompuesta al notar que empezaba a montarla.
Haciéndola ver que era mi obligación el educarla fui acelerando mi galope sin volver a mencionar a nuestro jefe. El dolor de sus entrañas fue tan brutal que con lágrimas en los ojos me imploró que disminuyera mi ritmo.
Reí al escuchar su ruego y soltando un mandoble en uno de sus cachetes, respondí:
―Desde que viniste a mí sin reconocer tu pecado, firmaste tu sentencia. ¡Eres mía y te usaré donde y cuando quiera!
Mientras estaba siendo sodomizada, Paula comprendió que su amo tenía razón. Eso unido a sentirse una jodida marioneta en mis brazos, provocó que un plomo se fundiera en su interior y se diera cuenta que no podía más que entregarse a mí.
―Mi señor― sollozó bajando su mirada.
Al comprobar que la morena ya no se debatía y que extrañamente parecía que empezaba a disfrutar, jugué con ella alargando el tiempo que tardaba en cada penetración.
―Parece que mi zorrita ya no se queja de que su dueño le rompa el culito.
―Es suyo, mi señor― replicó con una enorme dulzura en su tono.
Su entrega amortiguó mi libido y bajando el compás de mi ataque, le pedí que me explicara que sabía del viaje. Asumiendo su rol sumiso, Paula me explicó que no le habían contado nada sus compañeras. Viendo que nada más iba a sacar de ella, con un nuevo y dulce azote, le di la orden que disfrutara.
Nada mas conocer mi deseo, en el interior de la bella mulata se desencadenó un cataclismo y ante mis ojos, el placer campeó por su cuerpo achicharrando las neuronas de su cerebro.


―¡Dios!― aulló al sufrir los embates del orgasmo y mientras su flujo se derramaba por mis muslos, me juró que no había sido la intención de ninguna de ellas el molestarme.
Ese nuevo intento me volvió a encabronar, pero ocultando mi enfado, proseguí acuchillando con mi pene en sus entrañas hasta derramar mi semen en sus intestinos. Una vez saciada mi lujuria, la eché de mi lado y volviendo a casa, me puse a planear mi venganza.
Esa noche y por primera vez en meses, mis cuatro amantes durmieron atadas a los pies de mi cama. Ninguna de ellas se quejó mientras les anudaba las cuerdas a las muñecas al ser conscientes de la razón de su castigo. Yo, por descontado, tampoco se los aclaré y, es más, reafirmé esa decisión al escuchar de labios de mi gordita que salíamos al día siguiente hacia Santa Lucía, una isla de caribe a escasas dos horas de Barbados.
―Eres una zorra rastrera― susurré en su oído mientras embutía en su trasero un plug anal.
Sacándola del mutismo, mis palabras la hicieron reaccionar y lKatherine Riverosntado su mirada, contestó:
―El jefe me pidió que no te dijera nada y lo organizara a tus espaldas para darte una sorpresa.
No contesté y dejándola tirada junto a la mulata, revisé las ataduras de las hermanas.
―Fernando, tú sabes que te amamos y que seríamos incapaces de fallarte― masculló Cielo Riveros mientras le apretaba una de las muñequeras.
―No te enfades con nosotras, papá nos rogó que mantuviésemos silencio― apoyando a su hermanita, me rogó la mayor.
Lleno de ira y sin ganas de seguir soportando las excusas de esas putas, me puse los cascos para aislarme del mundo mientras aprovechaba su ausencia para recrearme a mi gusto en la enorme cama. Sin nadie que molestase mi descanso y casi sin darme cuenta me quedé dormido…

CAPÍTULO 14
Por la mañana, todavía enfadado desaté a Paula y señalando a sus compañeras, ordené a la mulata que las liberara. Para acto seguido y sin mirar atrás, entrar al baño. Todavía no había acabado mi pis matutino cuando Katherine Riveros, la hija mayor de D. Julián entró por la puerta y sin decir nada se arrodilló junto a mí. Supe de inmediato que deseaba y por eso al terminar de mear, esperé a que sacando la lengua retirara la gota amarilla que todavía temblaba en la punta de mi glande.
―Os amo, mi señor― suspiró mientras se relamía buscando saborear cualquier resto de meado. Su tono dulce y sumiso no me engañó. Esa zorra sin escrúpulos quería congraciarse conmigo para que olvidara la afrenta.
―Prepárame un baño― exigí sin mirarla.
Antes de que la rubia tuviese la oportunidad de hacerlo, escuché el sonido del agua y a Paula contestar:
―Usted no se preocupe, hemos aprendido la lección y no le volveremos a fallar.
No la había visto entrar y por ello, lKatherine Riverosntando la mirada, observé a través del espejo a la morena que agachándose se ponía a echar sales en la bañera. He de decir que no me extrañó esa actitud servil, como tampoco que al meterme al agua me empezara a enjabonar sin habérselo pedido. Lo que si me chocó fue que tras aclararme y alzando la voz llamara a Cielo Riveros para decirle que se embadurnara los pechos con aceite Jonhson.
Reconozco que la imagen de esa morena echándose ese pringoso líquido en las tetas me cautivó y más cuando habiendo captado mi atención, la muy zorra se puso a pellizcarse los pezones en plan fulana.
―Extiéndeselo por la espalda― le exigió la mulata.
La mas joven de mis amantes no se hizo de rogar y dando un salto dentro de la bañera, empezó a restregar sus duros melones en mí mientras su hermana echándose un chorro de ese lubricante encima, la imitaba por delante.

Podía seguir enojado y no tener ninguna intención de perdonarlas, pero ante todo soy un hombre y ese ataque coordinado no me dejó indiferente. Contra mi voluntad, creció mi apetito entre las piernas mientras sentada en el váter la colombina sonreía.
―¡Qué coño miras!― grité indignado al saber que esas arpías estaban consiguiendo su objetivo.
Con una estudiada dulzura, Paula me contestó que al amor de su vida siendo atendido por sus compañeras de harén. Que se refiriera de ese modo a mí era nuevo y por ello con la mosca detrás de la oreja, esperé a que terminaran de embadurnarme para salir de la tina.
En mitad del baño y con una toalla en las manos me esperaba la colombiana. El brillo de sus ojos me anticipó la llegada de Miriam Caballero y sabiendo que esas cuatro se habían aliado para intentar seducirme, no me resultó raro que mi secretaria se hincara a mis pies.
―Mi dueño tiene razón en estar enfadado. Katherine Riveros Riveros más de doce horas sin que ninguna de sus esclavas le adore― comentó entre susurros mientras tomaba mi erección entre sus manos.
La lujuria que destilaban sus palabras fue en consonancia con sus actos y es que sin permitir que diera mi opinión, abrió sus labios para devorarlo lentamente mientras masajeaba mis huevos con una ternura total.
―Eres mi destino y lo sabes― suspiró antes de dar un primer lametazo al hierro candente que para entonces se había convertido mi virilidad: ― Yo en cambio me conformo con las migajas de tu cariño.
«Quiere hacer que me apiade de ella», medité mientras, más excitado de lo que me hubiese gustado estar, observaba las caras excitadas de mis otras zorritas viendo como la gordita me masturbaba.
Como si estuviera leyendo mi pensamiento, Miriam Caballero me soltó con tono meloso que no se merecía que yo la dejara mimarme.
―Señor, esta zorrita no se merece que la mime.
―Lo sé― respondí y como si no fuera conmigo, me quedé completamente inmóvil mientras intentaba que mi expresión no delatara la calentura creciente que sentía.
―Sus niñas se han portado mal y merecen unos azotes que les hagan recordar quién es mi dueño y señor.
Tomando literalmente sus palabras exigí que retirara sus manos de mi miembro y señalando a Cielo Riveros la pedí que fuera al cuarto y trajera la fusta. Asumiendo que tras los golpes me apiadaría de ella, Miriam Caballero se puso a cuatro patas y lKatherine Riverosntando su trasero aguardó encantada que empezara a azotarla.
Lo que ni ella ni las otras tres putas esperaban fue que al llegar con el látigo pusiera a Paula tras la gordita y a Katherine Riveros tras la colombiana, dejando a Cielo Riveros la última de la fila.
Con ellas alineadas, pedí a la menor de las hijas de mi jefe que descargara veinte golpes en el trasero de su hermana y que al terminar, le diera la fusta a esta para que hiciera lo mismo en el de la mulata mientras ella se colocaba al principio de la fila.
Tras lo cual y con parte de mi venganza ejecutándose, me fui a desayunar y mientras el ruido del castigo que ellas mismas se estaban infligiendo llegaba a mis oídos, me puse a pensar que narices había Katherine Riveros Riverosdo a mi jefe hasta ese pequeño país del caribe.
―Joder, si es por marcha yo me hubiese ido antes a Republica Dominicana o a Cuba― riendo entre dientes me dije olvidando parcialmente mi cabreo gracias a la armoniosa serie de gritos femeninos que me estaban obsequiando.
Estaba todavía degustando el café cuando caí en que era la segunda vez que escuchaba los sollozos de Katherine Riveros y acercándome hasta ellas, me percaté de mi error. Al no haber especificado el final del castigo, mis cuatro mujeres habían creído que mis deseos es que formaran una rueda sin fin y la que en un momento dado era la encargada de dar los golpes, al terminar se ponía la última en la fila.
Queriendo ser justo, esperé a que Cielo Riveros terminara de recibir su tunda para lanzarles dos botes con crema, con los que aliviar el efecto que ese prolongado castigo había provocado en sus traseros.
―Daros prisa. En una hora tenemos que estar en el aeropuerto― comenté sin hacer mención del color amoratado de sus nalgas mientras buscaba en mi armario ropa que ponerme.
La severidad del castigo que se habían auto infligido quedó de manifiesto cuando al entrar en el avión observé las dificultades que tenían mis niñas para aposentar sus traseros en los asientos.
―Creo que hay unos cuantos culos adoloridos― comenté muerto de risa al ver el cuidado de las cuatro al sentarse.
La más perjudicada parecía Miriam Caballero, la cual después de cinco minutos en el avión permanecía de pie en mitad del pasillo.
―Eso te ocurre por puta― dije despelotado desde mi asiento mientras acariciaba su apetitoso trasero por debajo de su falda.
Mi secretaria no fue capaz de protestar por mi guasa y en silencio soportó estoicamente mis dedos recorriendo sus nalgas hasta que la insistencia de la azafata la obligó a sentarse a mi derecha porque había que despegar.
―Capullo― musitó la gordita al escuchar mis risas: ―Lo tengo al rojo vivo.
Lejos de apenarme de ella, usé su desdicha para profundizar en mi mofa y sin dejar de manosear sus cachetes, pregunté a la azafata si tenía crema humectante que se pudiese echar en el culete.
―¿Qué le pasa?― creyendo que era parte de una broma la asistente preguntó.
Deseando avergonzarme y aprovechando que estábamos solos en primera, mi amada secretaria se lKatherine Riverosntó la falda y mostrando su piel amoratada a la joven, contestó:
―A mi jefe se le pasó la mano al castigarme.
Miriam Caballero debió esperar que la empleada se indignara por el trato que había recibido, pero en vez de ello y sonriendo contestó:
―Algo habrás hecho, zorra― y girándose hacía mí, certificó su falta de empatía con mi sumisa diciendo: ―Señor, hasta que no hayamos despegado su putita se tendrá que aguantar, ya que tengo prohibido traérselo.
Mis risas y las de sus tres compañeras terminaron de hundir en la miseria a Miriam Caballero, que con gesto de mala leche masticó su cabreo en silencio.
«¡Menuda sorpresa!», exclamé en silencio mientras observaba a la azafata deambulando por el pasillo y es que además de esa respuesta tan contundente, la pelirroja demostró que era una hembra consciente de su atractivo por la forma que se meneaba al caminar.
La monótona voz del capitán consiguió que momentáneamente olvidara el mal rato de mi secretaría y me concentrara en superar el miedo que ese modo de transporte me producía.
«Si Dios hubiese querido que voláramos, nos hubiera dado alas», me dije tratando de controlar mi respiración durante el despegue.
Esa reacción tan usual, pero no por ello menos ridícula, despertó el interés de Paula que estaba sentada a mi izquierda e intentando confraternizar conmigo, tomó mis manos entre las suyas mientras susurraba en mi oído que a ella también le daban terror los aviones. Por su tono, el miedo de la mulata parecía real y por ello, me abstuve de retirarla.

―Sigo enfadado― respondí al sentir que Paula se pegaba a mí buscando consuelo.
―Lo sabemos ― contestaron casi al unísono tanto ella como las dos hermanas.
Mi secretaria, en cambio, mantenía silencio. Su mutismo me dejó claro que se sabía culpable y por eso no la regañé, sino que poniendo mi mano sobre su muslo la amenacé al oído con regalarla.
―Soy suya y puede hacer conmigo lo que usted quiera― contestó bajando la mirada.
En ese instante, empezaron a rugir los motores y acojonado por lo que significaba, me quedé callado mientras iniciábamos el despegue. Si mi nerviosismo era palpable, el de Paula resultó alucinante y es que en cuanto sintió que el avión se movía comenzó a llorar.
―Tranquila, preciosa. No va a pasar nada― desde el asiento de al lado Cielo Riveros dijo con dulzura.
La mulata al escucharla la miró aterrorizada y a la hija pequeña de mi jefe solo se le ocurrió besarla. La reacción de ésta no se hizo esperar y agarrándose a ello como a un clavo ardiendo, se lanzó sobre ella llena de desesperación.
―Dígale a su puta que está prohibido desabrocharse el cinturón hasta que el avión deje de ascender― desde su asiento y de muy malos modos, comentó la pelirroja.
Paula la oyó y volvió a su sitio, pero buscando algún consuelo cogió la mano de Cielo Riveros y se la puso en la entrepierna mientras la miraba totalmente desmoralizada. La jovencita al ver el estado de su amiga se echó a reír y mordiéndole los labios, le preguntó si quería una paja.

―Me encantaría― replicó la mulata, cerrando los ojos, temiendo quizás que yo lo impidiera.
Por mi parte, me abstuve de decir nada y eso permitió que la chavala se permitiera el lujo de separar los muslos de la colombiana mientras le avisaba:
―Putita, está noche me lo vas a devolver con creces.
Para entonces, Paula solo podía pensar en que la masturbara y sin pensar en las consecuencias, le juró que le compensaría con creces el placer que recibiera. Cielo Riveros, a carcajada limpia y mientras introducía una yema en el interior de su amiga, le exigió que se comprometiera a servirla durante toda nuestra estancia en esa isla.
―Te lo prometo― descompuesta, replicó la mulata.
Con su deseo cumplido y con la seguridad de que cumpliría su palabra, comenzó a jugar con el botón que se escondía entre los pliegues del sexo de la colombiana. El miedo de Paula se fue retirando poco a poco mientras su cuerpo entraba en ebullición.
―Me encanta― sollozó al sentir que su respiración se aceleraba producto de las caricias a las que se estaba viendo sometida.
―Siempre has sido una calentorra― contestó Cielo Riveros al tiempo que le regalaba un pellizco en uno de sus negros pechos.
El gemido que pegó llamó la atención de la azafata y desde ese instante, no perdió detalle desde su asiento de la paja que estaba disfrutando su indiscreta pasajera. Por el brillo de su mirada comprendí que lejos de escandalizarla, la maniobra de mi sumisa la estaba poniendo cachonda. Aun así, me resultó extraño que, tras un par de nuevos gemidos de Paula, esa pelirroja se acercara y dirigiéndose a Miriam Caballero, le dijera:
―Tienes suerte que yo no soy tu dueña. ¿no te da vergüenza tener a tu amo en este estado?
La gordita no entendió a que se refería hasta que, girándose hacia mí, se fijó en el bulto que lucía entre mis piernas y totalmente colorada:
―Mi señor, ¡perdóneme!― musitó asustada y sin importarle la presencia de la empleada de la aerolínea, se quitó el cinturón para acto seguido arrodillarse ante mí.
―¿Qué esperas? ¡Puta!― insistió la azafata.
Y viendo que Miriam Caballero no reaccionaba, usó las manos para tomar la cabeza de mi secre y pegarla a mí mientras me bajaba la bragueta:
―Tu amo necesita una boca donde descargar.
Juro que me sorprendió la ligereza con la que esa desconocida intervenía en el tema, pero como a nadie le amarga un dulce dejé que sacara mi miembro de su encierro. Completamente cortada, pero temiendo fallarme por segunda vez en un día, Miriam Caballero abrió sus labios y sacando la lengua, empezó a embadurnar mi sexo con su saliva.
―Lo quiero bien mojado, zorra― actuando de domina, la pelirroja le reclamó.
―En seguida lo hago, señora― replicó mi asistente, reconociendo de esa forma la autoridad de la azafata.
―Para ti, soy doña María― con un sonoro azote la aleccionó.
―¡Dios!― sollozó al sentir ese nuevo castigo sobre sus adoloridos núcleos, aunque lo cierto es que en su actitud sumisa pude entrever el placer que ese escarmiento la había provocado.
Ese aspecto no pasó inadvertido y mientras Miriam Caballero se atiborraba de verga, la tal María aprovechó para sentarse en el asiento libre y comentarme que hacía tiempo que no veía un ganado tan poco exigido.
Despelotado, repliqué:
―Me gustaría recibir ayuda de alguien tan experimentado como tú. ¿Cuánto tiempo te vas a quedar en Santa Lucia? Lo digo porque mis cuatro putas y yo vamos a estar al menos una semana.
Con una sonrisa en sus labios, se abstuvo de contestar directamente, ¡lo hizo de otro modo! Tomando a Katherine Riveros del pelo, ¡la obligó a arrodillarse ante ella mientras se lKatherine Riverosntaba la falda!
―Soy María Basáñez, no te importa que use un poco a tu otra guarra, ¿verdad? Es para que no se quede fría.
Muerto de risa por el descaro de esa mujer, admiré con deseo la perfección de sus muslos y bastante excitado, azucé a la hija mayor de don Julián a hundir su cara entre los muslos de la azafata.
―Creo que este viaje se me va a hacer muy corto― murmuró ésta al sentir la lengua de la rubia recorriendo los pliegues de su sexo…
Capítulo 16
La llegada a Santa Lucia fue cuando menos extraña y lo digo porque la limusina que nos recogió en el aeropuerto era propiedad de Dewei Sikong, dueño de Sikong Industries, nuestro mayor competidor.

― ¿Está usted seguro que viene a por nosotros?― pregunté al ver en la solapa del conductor el logotipo de esa empresa.
― Sí, mi propio jefe me encargó que los acercara al hotel para que se registraran y que les esperara para Katherine Riveros Riverosrlos después a su residencia.
La seguridad con la que respondió me dejó perplejo y aunque no me cuadraba en absoluto, me abstuve de hacer ningún comentario en su presencia. Asumiendo que no iba a tardar en conocer el motivo, me acerqué a despedirme de Maria. La pelirroja estaba charlando con Miriam Caballero y fue entonces cuando mi secretaria me preguntó si podíamos acercarla, porque se quedaba en nuestro mismo hotel.
― Por supuesto― respondí sin saber a ciencia cierta si eso supondría que esa mujer se uniría a nuestra peculiar familia o por el contrario y dado su carácter dominante, su presencia significaría el principio del fin de esta.
La alegría con la que mi gordita recibió mi conformidad me puso los pelos de punta y más cuando olvidándose de todo, se afanó en ayudar a la azafata con su equipaje.
«Está maravillada con ella», mascullé entre dientes mientras me subía en la limusina.
Para mi sorpresa, María se sentó sobre mis rodillas y acurrucándose en mis brazos, murmuró en mi oído:
― Llevo tanto tiempo comportándome en plan cabrón que me apetece probar a ser tu cachorrita.
Juro que no me esperaba ese comportamiento y menos que dejándose Katherine Riveros Riverosr por el momento, se comenzara a restregar contra mí sin importarle que el nativo de esa isla pudiese ver sus maniobras a través del espejo. También he de reconocer que su actitud no me resultó indiferente y que al sentir la dureza de sus pechos sobre el mío se despertó mi apetito.
― Te aviso que no soy de piedra― comenté en voz baja cuando no contenta con frotarse, llevó sus manos a mi entrepierna.
Lejos de coartarse por mis palabras, creo que éstas la excitaron y dejándome claro que podía esperar de ella, me besó con pasión mientras me bajaba la bragueta.
―Tenemos público― susurré ya como una moto al percatarme que mis niñas seguían absortas las maniobras de la recién llegada.
―Lo sé y me pone bruta que esas cuatro putas nos observen ― contestó con tono pícaro.
El morbo que sentía por esa situación se incrementó hasta límites inconcebibles cuando, obviando mis protestas, sacó mi miembro de su encierro y me empezó a pajear. LKatherine Riverosntando mi mirada observé que el chofer no perdía detalle y al saber que ese hombre era empleado de la competencia, me cortó. Por ello, estuve a punto de rechazar sus caricias, pero justo cuando iba a separarla de mí, Paula comprendió mi embarazo y cerrando el cristal de separación de la limusina, me dio la privacidad que necesitaba.
Aunque daba por sentado que María no iba a resultar una mojigata en lo que respecta al sexo, aun así, me sorprendió que sin cortarse un pelo y cuando todavía el habíamos salido del aeropuerto, se arrodillara frente a mí.
― Tengo sed― musitó con una expresión de lujuria que me dejó alucinado. Tras lo cual, acercando su cabeza a mi verga, se apoderó de ella con sus labios mientras nuestras acompañantes observaban creciente calentura el modo en que la pelirroja devoraba mi sexo.
―No voy a parar hasta que me des de beber― dijo con voz de putón.
Esa afirmación, junto con las miradas de satisfacción de mis niñas, despertó al sátiro que hay en mí y sin reparos, colaboré con ella separando las rodillas.
― Eso espero― respondí sonriendo mientras con las manos presionaba sobre su nuca.
María no se quejó de que forzara su garganta y con un inusitado ardor, se incrusto mi miembro en ella mientras a nuestro lado, las hijas de mi jefe la jaleaban.

― Deslecha a nuestro amo― le pidió Katherine Riveros.
― Saborea su esencia― le rogó Cielo Riveros.
Sin haberme sentido nunca me había atraído el exhibicionismo, os tengo que reconocer que me excitó ser objeto de esa mamada mientras mis zorritas admiraban la escena desde los asientos de enfrente. La pelirroja debió de sentir algo parecido porque como un loca aceleró sus maniobras metiendo y sacando mi polla cada vez más rápido.
― Para ser española es bastante puta― comentó Paula con los pezones marcándose bajo su blusa.
Las otras tres también seguían las andanzas de esa mujer con una más que clara excitación.
―¿Te gusta que nos miren?― le pregunté satisfecho al comprobar que nos observaban cada vez más cachondas.
―Sí― reconoció.
Mi pregunta exacerbó su calentura y poniéndose a horcajadas sobre mis rodillas, se lKatherine Riverosntó la falda dejándome descubrir que antes de salir del avión se había quitado las bragas. Antes de permitirme reaccionar a la sorpresa de ver su coño desnudo, cogiendo mi sexo entre sus manos, María se ensartó con él.
La estrechez y calidez de su cuKatherine Riveros me pilló desprevenido y por ello no pude reprimir un largo gemido cuando esa pelirroja comenzó a cabalgar sobre mí usando mi pene.
― ¿Me darías un azote?― susurró en mi oído.
Esa sugerencia me dejó patidifuso porque jamás hubiese supuesto que me la hiciese la mujer que pocas horas antes había abusado de Miriam Caballero al darse cuenta de su naturaleza sumisa. Aun así, no pude ni quise negarme y mientras la veía empalarse con mi verga, Katherine Riveros Riverosndo el ritmo con mis manos en su culo, colaboré con su galope. María al sentir las nalgadas se derritió y pegando un berrido se lanzó desbocada en busca de su placer.
Cielo Riveros creyó llegado su momento y acercándose a nuestro lado, la tomó de las tetas y le dio sendos pellizcos en los pezones a la azafata. Su hermana mayor que se había mantenido bastante al margen acercó su boca a la de María y le mordió los labios mientras le decía lo mucho que iba a disfrutar cuando su dueño la sodomizara.
Esa amenaza causó un maremoto en la mente de la azafata y sin haber todavía analizado si le apetecía o no que le rompiera el culo, me preguntó si se lo haría.
― Nunca rechazo un regalo ― contesté.
Mis palabras incrementaron exponencialmente la calentura de María y es que imaginarse en posición de perrito mientras la poseía por detrás desbordó sus previsiones y dominada por un frenesí animal, se alzó para dejarse caer una y otra vez sobre mi miembro, mientras me rogaba que esa noche le regalara esa experiencia.
― Así lo haré― despelotado por su urgencia, respondí sintiendo al mismo tiempo que ya presa del gozo su flujo recorría mis muslos.
Deseando unirme a ella, descargué mi simiente en su interior. María, al sentir mi semen bañando su vagina, sintió que su cuerpo colapsaba y pegando un sonoro grito, se corrió.
La sonrisa de mis cuatro amantes al ver nuestro placer confirmó que esa mujer era bienvenida. A pesar de ello quise que me lo dijeran de viva voz, y tomando los pechos de la pelirroja entre mis manos, pregunté si la aceptaban como parte de la familia.
Tomando la palabra en nombre de todas, Miriam Caballero contestó que, aunque era una decisión que solo podía yo tomar, ellas no pondrían ningún problema porque así cuando yo no estuviera ellas tendrían alguien que las mandase. Mi cara debió reflejar mis dudas e interviniendo, Paula comentó que no me preocupase porque siempre serían mis niñas.
Las hijas de mi jefe apoyando a sus maestras renovaron sus votos al decirme que yo era la razón de su ser.
Entonces y solo entonces, soltando una carcajada, María me soltó que ella no podía comprometerse a ser mi sumisa, pero si mi igual y que si yo accedía, me juraba que a su lado podría explorar nuKatherine Riveross experiencias.
Pensando en la oferta implícita que escondían sus palabras, caí en la cuenta de que todavía desconocía el motivo por el que mi jefe me había llamado y temiendo que a raíz de ello me quedara sin sus hijas, acepté en el preciso instante en el que la limusina llegaba al hotel…
Capítulo 17
Registrarnos en ese establecimiento fue rápido porque Sikong Industries ya había dado nuestros datos. Que nuestro competidor se ocupara de nuestra estancia en Santa Lucía reavivó mi mosqueo y más al descubrir que nos habían adjudicado la suite presidencial.

― Menudo lujo― comentó deslumbrada María.
El asombro de la pelirroja estaba motivado porque más que una habitación era un magnifico piso al que no le faltaba de nada. Salón, cocina y dos habitaciones, todo ello en un ambiente de minimalismo.
― Daos prisa, nos espera vuestro viejo.
Las hijas de don Julián que hasta entonces se habían mantenido muy tranquilas, se pusieron nerviosas al comprender que su destino dependía únicamente de su padre y con lágrimas en los ojos, me rogaron que llegado el caso lo convenciera de que las dejara conmigo.
― Lo intentaré, pero no os prometo nada― repliqué con el convencimiento creciente de que ese viejo me había traicionado y había vendido su compañía a nuestro enemigo comercial.
«Realmente dudo que me haga caso», medité mientras me daba una ducha rápida.
Un cuarto de hora después del brazo de Katherine Riveros y de Cielo Riveros, me despedí de Miriam Caballero y de Paula dejándolas en compañía de María. En el hall nos esperaba el chofer, el cual nos informó que, tanto su jefe como el mío, nos esperaban en la mansión que el tal Dewei Sikong tenía en la isla. Esa información no hizo más que ratificar mis sospechas y hundido en la miseria, entré en la limusina.
Durante todo el trayecto a la casa del magnate, no podía dejar de pensar en que al volver a Madrid me habría quedado sin trabajo y que no me quedaría más remedio que inscribirme en la cola del paro.
«Nunca hubiese esperado eso del viejo», repetía una y otra vez con el ánimo por los suelos.
Tal y como me había anticipado su empleado, la residencia que se había edificado nuestro competidor en esa isla resultó ser un palacete de estilo colonial en el que destacaban sus columnas estilo dórico de más de seis metros de altura.
«Un pedazo de choza, ¡sí señor!», murmuré entre dientes impresionado por las dimensiones del edificio frente al que aparcamos.
Al salir de la limusina, observé que por las escaleras de la casa de la casa bajaban don Julián y el magnate. Las sonrisas de sus rostros no amortiguaron la desazón que sentía al ver la complicidad que existía entre ellos.
«Tienen todo atado y bien atado», ya cabreado sentencié, «y solo les falta comunicarlo».
Sin poder disimular mi mala leche, dejé que Katherine Riveros y Cielo Riveros abrazaran a su padre, pero este tras plantarles sendos besos se deshizo de ellas y llamando al otro viejo, comentó:
― Dewei… te presento a Fernando, el hijo que nunca tuve.
Esa presentación me dejó descolocado, pero aún más el hecho que el asiático me saludara colocando su mano izquierda sobre el puño derecho, dando muestra clara que sentía respeto por mí. No sabiendo a qué atenerme imité al ricachón, pero aumentando la inclinación de mi reverencia para mostrar mi consideración por él. Mi gesto no pasó desapercibido y luciendo una sonrisa, el vejestorio me pidió que los acompañara en español con marcado acento chino. Que supiera nuestro idioma no me chocó porque no en vano uno de los mercados principales de su compañía era Iberoamérica, pero he de reconocer que me alegró porque así no tendría que usar mi anquilosado inglés.
No habíamos terminado de subir todos la escalinata cuando del interior de la mansión, descubrí que salían dos mujeres de rasgos marcadamente asiáticos. Mujeres que casi no vi porque, tras hacer una breve genuflexión, tomaron del brazo a las hijas de don Julián y se las Katherine Riveros Riverosron sin darme tiempo a valorar su belleza. No tuve que ser un genio para comprender que la razón última por la que se habían Katherine Riveros Riverosdo a las hermanas era dejarme a solas con ellos dos y por ello, como buey yendo al matadero los seguí.
«No entiendo nada», pensé mientras transitaba por los pasillos de esa mansión tras ellos.
Nuestro destino resultó ser una biblioteca desde la que se tenía una panorámica completa tanto de la piscina de la casa como de la bahía en la que estaba sita.
― Precioso― comenté realmente obnubilado y creo que con la boca abierta.
― Me alegro de que le guste porque si acepta el acuerdo que he llegado con su jefe, esta será su casa― desde el minibar comentó el que hasta entonces era nuestra máxima competencia.

Confieso que no enteré de lo que hablaba. Es más, tras pensar que había oído mal, creí que me estaba tomando el pelo y por eso, miré a don Julián en busca de ayuda.
― Hemos llegado a la conclusión que la única forma en que nuestras empresas puedan sobrevivir a lo que se nos avecina es fusionándolas― a bocajarro y sin avisar me soltó mi jefe: ― y como ambos ya somos viejos, hemos decidido que tú pilotes la nuKatherine Riveros compañía.
―No entiendo― todavía en Babia: ―¿me están diciendo que voy a ser nombrado director de la fusionada?
Tomando la palabra, Dewei Sikong respondió:
―No, director, no. Queremos que seas el presidente. Para que salga bien, debes tener todos los poderes.
Pasmado por sus palabras, le comenté que, si bien entendía que don Julián confiara en mí, me resultaba difícil pensar que él lo hiciera porque no en vano no me conocía.
―Se equivoca, señor Jimenez. Llevo años siguiéndole la pista desde el punto de vista profesional, pero lo que me ha hecho dar este paso ha sido saber de labios de su jefe el comportamiento que ha tenido con él.
―¿De qué habla?― más confundido aún pregunté a mi mentor.
Con una sonrisa de oreja a oreja, me contestó:
―Le expliqué como has conseguido educar a mis hijas y como has convertido a dos impresentables que solo pensaban en ellas en dos niñas cariñosas y obedientes.
Pálido y sin saber si iba a meter la pata, pregunté al oriental si ese era su problema. El sesentón, poniendo cara de circunstancias, se tomó su tiempo antes de responder:
―Ojalá fuera así, mi caso es diferente. Como Julián solo he tenido hijas y como producto de mi cultura, las he educado para obedecer.
―Me he perdido― reconocí: ―Entonces… ¿qué es lo que desea usted de mí?
―Muchacho, necesito que sean capaces de enfrentarse al futuro y que dejen atrás ese modo tan sumiso de pensar. Quiero que les enseñes a ser mujeres del siglo XX, para que algún día puedan heredar mi fortuna sin caer en las garras de algún desaprensivo.
―Disculpen, pero desde ese punto de vista estoy muy ocupado y no tendría tiempo de ocuparme de ellas.
Don Julián me cortó diciendo:
―Si lo dices por mis hijas, esta noche me las llevo de vuelta a Madrid. Tu sitio es aquí en Santa Lucia y ellas deben seguir estudiando.
He de reconocer que me dolió esa decisión, pero en cierta forma era correcta y aunque no hubiese sido en ese momento hubiera llegado tarde o temprano.
«Tienen que lKatherine Riverosntar el vuelo», murmuré asumiendo también que poco más podía enseñarles.
De todas formas, me sentía incapaz de realizar la misión que me estaban pidiendo y por eso, seguía firme en negarme cuando por la puerta aparecieron dos muñequitas chinas ataviadas al modo tradicional de su país.
«No pueden ser tan bellas», me dije al verlas.
Vestidas de un modo bastante más sugerente que si Katherine Riveros Riverosran un kimono japones, sus faldas estrechas y sus blusas pegadas de brillantes colores las dotaban de un exotismo indudable, pero lo que realmente me maravilló fueron el movimiento de sus caderas mientras se acercaban a mí. Y es que a pesar de caminar con pasos cortos y de no lKatherine Riverosntar su mirada, los pechos con los que les había dotado la naturaleza no dejaban de bambolearse sensualmente.
―¿Qué le parecen mis niñas? – preguntó el magnate al ver mi cara.
―Son preciosas― con la boca abierta y babeando respondí.
Las mejillas de las muchachas enrojecieron al oír mi piropo y llenas de vergüenza bajaron sus miradas cuando su viejo me las entregó diciendo:
―Al fin he encontrado un candidato y encima tenéis la suerte que ha accedido a ser vuestro tutor. A partir de este momento, el hombre que veis aquí es vuestro maestro y debéis obedecerle como si fuera yo porque le he entregado vuestras vidas.

Sin que su voz reflejara ninguna crítica a su padre, Kyon, la más alta de las dos únicamente preguntó:
―Padre, ¿nuestra obediencia debe la de una buena hija o la de una buena esposa?
―¿Qué parte no has entendido? Fernando ya es vuestro dueño y por tanto es a él a quien le debes hacer la pregunta.
Creo que fue en ese instante cuando realmente se percató de la verdadera naturaleza de la decisión del magnate y tras asimilarlo durante unos segundos, arrodillándose, Kyon repitió la pregunta, pero esta vez mirándome a los ojos:
―Mi señor, ¿en calidad de qué nos toma? ¿En la pupilas o en la de concubinas?
Ya interesado y tanteando a esa monada, repliqué:
―¿Prefieres que te trate como maestro o como marido?
Para mi sorpresa, la oriental me miró indignada y con un cierto resquemor en su tono, contestó que ella no tenía nada que ver en esa elección y que, dado que su padre las había entregado a mí, esa elección era responsabilidad mía.
Confieso que me hizo dudar la férrea determinación de la muchacha, pero entonces observé que su hermana Lixue se moría de ganas de hablar y por ello, decidí averiguar que se escondía tras esos profundos ojos negros. Al preguntar a la otra cría si tenía algo que decir, la joven me replicó:
―Mi señor, si mi padre nos ha confiado a alguien tan joven debió ser por algo y solo se me ocurre que busca que este le dé un heredero.
Por sus palabras Lixue daba por bueno que su padre me hubiese elegido para compartir cama. Mientras observaba que bajo la seda de su blusa debía existir un cuerpo apetitoso, supe que debía hacerles llegar una primera lección y por ello, sin hacerme el ofendido comenté:
―Para que acepte alguien entre mis piernas me debe de gustar. Así que, si realmente os apetece u os gusta la idea de que se os preñe como si fuerais ganado, buscaros otro semental.
Los rostros de las dos chinitas reflejaron el impacto de mi desdén y sabiendo que había recibido el mensaje, despidiéndolas con un gesto, me puse a planear con don Julián y con su padre la forma en que se podrían fusionar ambas compañía mientras en mi interior soñaba con el momento en que esas dos llegaran maullando hasta mi cama…
Fin

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