Bibi, Beba y Bubus

Written by , on 2020-01-17, genre orgías

Más conocidas por estos motes afectivos que por sus nombres formales, así llamaban a las tres hermanas desde chiquillas. Tanto familiares como amigos, vecinos y conocidos, así las reconocían. Eran tan parecidas que muchos, al recién conocerlas, pensaban que eran trillizas, sin embargo, se diferenciaban bastante en edad y en carácter.

La más chica era Bibi, diminutivo con que era mayormente conocida la hermana menor. Era notablemente tímida debido a que no se sentía especialmente atractiva. Su inseguridad la hacía alejarse de los chicos, pese a que muchos la pretendían. No tenía novio y, pese a su edad, pasaba la mayor parte del tiempo en cosas de niñas entreteniéndose con sus muñecas y casitas que coleccionaba, en vez de salir con chicas y chicos de su edad.

Bubus, la mayor, ya iba a la mitad de la treintena sin haberse casado y esto a sus papás les preocupaba, pues, pese a que ella sí que había tenido varios novios a lo largo de su vida, con ninguno había formalizado. Creían que llegaría a los cuarenta como solterona. “Lo que pasa es que es demasiado permisiva con sus novios, así nadie la tomará en serio nunca”, criticaba la mamá. “¡¿Permisiva?! ¡Vaya, ni siquiera la han embarazado!”, pensaba su papá para sus adentros, lamentándose de que aquella hija no le diera herederos.

Beba, siendo la de en medio, a diferencia de sus hermanas ya estaba casada. Ya hasta tenía dos hijos. Había tenido la buena “suerte” de “pescarse” a un buen tipo. Se había conseguido a todo un figurín, un galán como de telenovela, que era la envidia de amigas e incluso de sus propias hermanas. El orgullo de sus padres era Beba, por haberles dado nietos.

En esas condiciones, Bubus tenía que padecer a diario la comparación con su hermana menor:

—Ya ves a tu hermana, deberías aprender de ella...

La cantaleta se repetía tan a menudo que un día le colmó la paciencia a la hija mayor.

—¡Ya déjenme en paz! ¡Yo jamás seré tan perfecta como mi hermana, ¿está bien?!

Y azotó tan fuerte la puerta al salir que todos en casa se dieron cuenta de aquello.

Beba, demostrando su calidad de hermana, habló con ella.

—Mira Bubus, yo entiendo que te m*****e que te estén comparando conmigo. Digo... obvio no podemos... no tenemos que ser iguales. Si yo me casé antes eso no tiene que...

Pero con lágrimas en los ojos, Bubus le contestó:

—¡Es que yo ya voy a llegar a los cuarenta Beba! ¡¿Qué tal si...!? Si ellos tienen razón y me quedo sola. Sola para toda la vida. En unos años más yo ya no podré tener hijos.

Entonces Bubus le confesó su último fracaso. Había coqueteado con un chico, uno que era alumno de la universidad donde ella trabajaba, a tal nivel que incluso le insinuó que si...

“...si hay baby no te preocupes. Mi papá estaría dispuesto a apoyarnos...”, le había dicho.

Y lo que decía Bubus a ese muchacho era cierto, gracias a la posición económica de su familia. El papá de Bubus había sido político y gozaba de excelentes conexiones con gente pudiente, de tal manera que, no sólo le había conseguido un puesto de trabajo envidiable a su hija en esa universidad de paga (quien no destacaba mucho por sus logros académicos, hay que decir), sino que bien se sabía que quien se casara con ella se le resolvería la vida enseguida.

Pero pese a ello aquél la rechazó, y ni siquiera se acostó con ella.

Así pues, Bubus se deprimió. Viéndose la cara al espejo ya no era aquella chiquilla joven y fresca de hace unos años. A su manera había sido bastante sensual, pero ahora... Esos días se le habían esfumado. Ahora, además del maquillaje, ya hasta usaba algún filtrillo digital para suavizar sus facciones en las fotos que publicaba en redes sociales, es decir, no se sentía bien consigo misma tal cual era. En unos cuantos años más perdería, incluso, los últimos óvulos de su bastimento. La perspectiva de ser madre cada día se le desvanecía más y más.

Beba, tras escucharla, no pudo sino sentir empatía por su hermana y la abrazó con toda su fuerza.

Beba, siendo una mujer inteligente, quien por eso había logrado tal vida tan satisfactoria, decidió ayudar, no sólo a su hermana mayor sino a ambas hermanas, con un empujoncito en sus vidas:

—Sin dudar, okey, como quedamos. ¿Está bien...? —luego gritó: ¡Bueno, ya puedes bajar! —y bebió de un trago su copa de vino, tras lo que aulló exaltada.

Las tres hermanas oían música y bebían vino aquella noche en que tendrían la casa sólo para ellas pues los papás habían salido llevándose los nietos en una visita familiar planeada por la propia Beba.

...bueno, para ellas y para Tony, esposo de aquella, quien ya bajaba las escaleras bien vestido como solía para ir al trabajo, con traje; camisa y corbata. Al bajar los escalones dejó el saco en el remate de la baranda y al ritmo de la música comenzó a desabrochar las mangas de su camisa. Sonreía con total confianza mientras se acercaba cada vez más a las hermanas sentadas en la sala de estar.

Tanto Bibi como Bubus se mostraron excitadas pese a estar habituadas al hombre. Claro, era parte de la familia desde hacía años, pero nunca les había dejado de parecer atractivo desde que era el novio de su hermana.

Por ello a Bibi se le subió la sangre a las mejillas, mostrándose coloradota y no sabiendo cómo cubrir su rostro, mientras que Bubus manifestaba una risilla nerviosa y bebía trago tras trago de vino, como no sabiendo qué otra cosa hacer. Ellas sabían bien lo que estaban por hacer, su hermana se los había propuesto hacia unos días:

“...no lo vean así, esto no es algo... algo malo —e hizo comillas con los dedos—, es más bien algo que... que bien podemos experimentar como hermanas. Digo, ¿por qué no darnos la oportunidad? Miren, si las tres estamos de acuerdo...”, y así siguió hasta que al fin de su exposición de motivos dijo tajantemente como conclusión: “es algo que debemos hacer, no le hacemos mal a nadie y nos lo merecemos”.

Y lo decía con convicción pues estaba totalmente dispuesta a compartir a su esposo con sus hermanas. No como una ocurrencia espontánea, sino con un noble propósito: (o más bien dos), brindarle experiencia y por tanto mayor seguridad en sí misma a su hermana menor por un lado, y, en cuanto a la grande, pues bueno..., hacerla feliz.

Lo había pensado el tiempo suficiente como para no arrepentirse, así que, estando a solas con su esposo se lo había pedido a lo cual, por supuesto, él accedió. Después de todo ¿quién no lo haría?

Ahora, estando frente a esas tres mujeres, el hombre se sentía tan en sintonía con la situación que, sin perder el ritmo de sus meneos, y de un tirón, se deshizo del pantalón sacando a relucir su largo falo de bote pronto.

Las tres aullaron de asombro, cada una a su manera, pero ninguna se quedó callada. Hasta ese momento Bibi y Bubus no habían percibido que el pantalón que aquél vestía estaba sujeto sólo por velcro.

La larga pinga bamboleaba de arriba abajo, pues estaba liberada de toda prenda y Tony meneaba la pelvis con presunción. Bien sabía lo que en medio de sus piernas cargaba.

Bibi se sintió tan cohibida que por poco escapó, sin embargo, Beba la detuvo a tiempo y no dejó que huyera. A Bubus en cambio el vino ya le hacía efecto y se sentía lo suficientemente achispada como para aplaudir, gozosa del show que su cuñado les brindaba. Éste se le acercó al mismo tiempo que desanudaba su corbata, deshaciéndose de ésta y luego desabrochándose la camisa.

Al estar bien cerca de Bubus, ésta, por propia mano, lo tomó de su aparato sexual y lo frotó. Las otras dos hermanas exclamaron al ver lo que esta tercera hacía, una espantada y la otra encantada.

La cara de Bubus derramaba lubricidad mientras le arremangaba el cuero a su cuñado. Sin necesidad de palabras le decía a su hermana: “¡todo esto te tragas a diario!”. Su hermana le sonrió en respuesta.

Ambas hermanas, a diferencia de la menor, ya sabían lo que era un hombre. Era por ello que a Bibi le resultó más difícil aceptar el tocar “el aparato” por propia voluntad, así que requirió ayuda de sus fratellas. Éstas obligaron a su mano a palpar el falo, mientras que ella luchaba por no hacerlo de buena manera. Incluso cerró los ojos con fuerza, como temiendo lo que pudiera ver. Más parecía que llevaran su mano al hocico de un peligroso a n i m a l que...

—¡Aaaayyy...! —y así chilló al sentir apenas la textura del prepucio.

Las otras dos rieron de la reacción de su hermana. Tony también le pareció graciosa la respuesta de su cuñadita y sonrió viéndola con ternura.

—Ven, ven. Ven aquí —él le dijo al mismo tiempo que la tomaba de una mano y la llevaba consigo a un sillón.

Tony, ya completamente desnudo, se sentó allí e hizo que su pequeña cuñada se le sentara encima. Al ritmo de la música la meneó haciendo que el trasero de ella se restregara contra su verga. La erecta hombría podía sentirse aún a través de los vaqueros que ella vestía, y al sentirla chillaba de histeria.

Las otras dos estaban encantadas con el espectáculo que veían. Beba sabía que era justo eso lo que necesitaba su pequeña hermana, acercarse al fuego de la lujuria para que éste la templara y ya no tuviera miedo de los hombres. Aún así, cuando Bubus le hizo una felación a su cuñado (padre de sus sobrinos), tanto Beba como ella tuvieron a bien cubrir la acción con una tela, tela que, sin embargo, dejaba traslucir la silueta de la situación. Sólo así lograron que Bibi no saliera huyendo.

Bubus chupó (con mucha baba de por medio) el largo falo, cuya cúspide dejó bien lubricada. La cabezona punta brillaba de tanta saliva que lo barnizaba. No desperdiciando la oportunidad, la mujer no dejó escapar de su merecida lamida y succión los sacos testiculares; hasta tronaron los chupetones que le dio a aquellos huevos.

La propia esposa también se lo chupó al marido, siendo Bubus la que en ese momento sostenía la telilla para que su hermana Bibi sólo se imaginara lo que Beba hacía del otro lado. Esto, quisiera o no, despertó la pícara curiosidad de aquella joven mujer quien, en su fuero interno, se debatía pues, siendo honesta para sí misma, también quería hacerlo.

Luego de eso, Tony tomó a su cuñada Bubus a quien subió sobre sí, sujetándola de tal manera que, realizando movimientos enérgicos y balanceados, simulaba copular con ella en vilo. Las otras dos gritaron, amenizando el momento con su éxtasis.

Mientras aún cargaba a la mayor, su vista se dirigió a la hermana menor a quien, con la mirada, le decía que ella era la siguiente.

Bibi de nueva cuenta trató de huir, pero Tony, dejando a Bubus, fue tras ella. La tomó desde detrás y la obligó a posicionarse de tal manera que éste, con su peso, rápidamente la puso en cuatro sobre el piso.

Duros empellones le dio a ésta con su hombría desnuda. Ver aquello colgante chocar con el fundillo de aquellos vaqueros daba la impresión de mirar una robusta aldaba que golpeaba pesadamente. Y viendo la escena de más lejos, parecía como si se la estuviese cogiendo con ropa. Bibi se retorcía de lo más avergonzada y trataba de huir, pero él no la dejaba.

—Anda, déjate hacer —le decía a la cuñada.

“Bueno, creo que no es justo que mi marido esté aquí desnudo mientras que nosotras estamos vestidas, así que creo que hay que ser parejas y quitarnos la ropa también”, dijo Beba, quien ya comenzaba a desabrocharse; las otras no dejaron de sorprenderse.

—¡Vamos! —insistió ella.

Bubus aceptó de buena manera, pero a Bibi tuvieron que intervenirla.

Aún estaba en pantaletas y sostén, y ya se cubría con ambas manos. Tony fue quien le retiró sus dos últimas prendas. Toda cohibida, Bibi recurrió a los cojines del sofá para cubrir cuanto pudo su desnudés.

—No tienes por qué ocultar tu cuerpo, es bellísimo. Mira a tus hermanas, ¿a poco no se ven hermosas así como están? Son muy bellas también, ¿no lo crees? —le dijo su cuñado—. Anda, ven. Tú serás la primera —y éste se sentó en el sofá.

—¿La primera para qué? —preguntó aquella y miró a sus hermanas con temor.

Pero antes de cualquier otra cosa ambas hermanas la tomaron de los brazos y la llevaron ante Tony. Ella reaccionó como si la llevaran al potro del tormento, y se retorció tratando de desprenderse, sin embargo, tanto Bubus como Beba se mantuvieron firmes en su actuar. Era por su bien, así pensaban.

Beba le escupió el pene a su esposo y éste esparció la saliva por todo el fuste, lubricando especialmente el glande, preparándolo para lo que vendría.

Entre las dos, no sin forcejeos, colocaron a Bibi de tal forma que aquella quedó en posición de sacrificio.

—¡Ay Diosito! —aquella dijo, nada más sentirlo.

Y es que el glande había hecho contacto con la parte femenina. Apenas si había sido un roce, nada más que eso, no obstante la chica sobreactuó.

Como quiso huir, Tony tuvo que intervenir. Con su fuerza de macho la hizo hacia sí abrazándose de su abdomen.

Con la otra mano guio su falo haciendo circulares movimientos para que fuera abriéndose paso. Entró así en ese túnel, en aquella pequeña gruta inexplorada hasta entonces.

Bibi gritó.

—¿Te dolió? —preguntó Bubus innecesariamente, pero su hermana no respondió, encabronada con sus hermanas quienes la habían obligado a eso.

—Es que está muy grande para ella... y más siendo su primera vez —dijo Beba, señalando lo obvio.

—¡AAAAYYYY! —gritó aún más fuerte.

—¡Déjate! ¡Déjate! ¡Bibi, déjate llevar! —le decía Beba, quien se le colocó delante y la tomó de las manos, tratándola de animar a que gozase y no padeciera aquella experiencia.

—¡Es muy GRANDE! —clamó Bibi.

Como sea, el aparato sexual se abrió paso hasta desaparecer completamente en ella.

Tras un momento de asimilación el movimiento copular inició.

Poco a poco el cuerpo femenino se meneó hacia arriba y hacia abajo, aunque impulsado por las masculinas manos que a aquél se aferraban. Éstas fueron incrementando la velocidad de tal manera que los cachetazos no se hicieron esperar, al chocar nalgas contra muslos.

Hembra y hombre, cuñada y cuñado lo hacían en el mismo sofá donde los padres de ella descansaban habitualmente; donde sus propios sobrinos (los hijos de aquél que la estaba penetrando) retozaban.

No obstante aquel pensamiento, Bibi se dejó ir en ese viaje hacia su primer orgasmo inducido por unión sexual.

Luego de ella fue turno de Bubus quien gozó en la misma posición de su hermana, pero más tarde pidió que le dieran de a perrito. No conformándose con eso se asió de la espalda de su cuñado quien la cargó y así la estuvo penetrando por un buen rato.

Beba también copuló con su marido, cosa no menos lujuriosa pues, por primera vez, las otras hermanas contemplaban a aquella en franca unión sexual con su marido.

Abrazados, con la boca cerca del oído del otro, la pareja hablaba en susurros, como lo harían en la intimidad del lecho matrimonial. De pronto algo dijo el hombre a lo cual su mujer le contestó:

—No, espérate. Como quedamos.

Y entonces sacó a su marido de su interior, desmontó, e hizo señas para que Bubus se aproximase. En ese momento Tony estaba tumbado en la alfombra. Bubus estaba por montarse en él, pero...

—Espera, mejor que ella esté debajo para que no se le salga —expresó Beba.

Tony se reincorporó y la que se tendió fue Bubus. Así, bien abierta de piernas, con éstas izadas al cielo, el cuñado nuevamente se la dejó ir a la hermana de su esposa. Los bombeos fueron intensos; los bramidos femeninos no fueron menos.

Luego de una serie de metidas repentinamente el culo masculino se paralizó en un rictus que manifestaba indudablemente haber alcanzado el clímax. El hombre había eyaculado en la vagina de su cuñada. Le había soltado su esperma sin ningún impedimento, pues así se lo había indicado su esposa: “Sabes, quiero que mi hermana sea mamá. Quiero que tú le ayudes. Te pido que le hagas un hijo”.

Y así fue.

Tras otros encuentros más Bubus quedó preñada del cuñado.

A Bibi, la hermana menor, le sirvió de tal manera la experiencia que en poco tiempo ya tenía novio; sin embargo, más tarde tomó consciencia de que en realidad le gustaban las mujeres. Se dio valor y se lo confesó a sus padres. A estos no les cayó nada bien la noticia, ni mucho menos el conocer a la chica que en ese entonces presentó como su pareja, pero con los años lo asimilaron. Además, el que hubiera un nieto más en casa les ablandó el corazón. El papá ni preguntó quién había sido el padre, aunque la madre si inquirió.

Pero Bubus, de cualquier manera, guardó para siempre el secreto de aquella concepción. Y estuvo por siempre agradecida con su hermana Beba, quien les compartió su hombre. A una para romper sus miedos y brindarle mayor seguridad; a la otra para que le hiciera un hijo, uno tan bello como los suyos propios.

FIN

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