Cura a la frustración sexual.

Written by , on 2023-09-25, genre zoophilia

Sin mucha pena ni gloria llegue a los cuarenta años, pero realmente no los celebré. Mi hijo y mi hija se habían independizados y se habían mudado de casa. Mi marido Alberto parecía haber perdido todo interés en el sexo. Por la pandemia había comenzado a trabajar solo desde mi casa y, cuando la pandemia terminó, mi jefe me bajó las horas de trabajo y solo trabajaba por las mañanas. Así me pasaba la tarde en tareas hogareñas, ordenando mis plantas en el jardín o simplemente me sentaba en la sala de estar en el diván preguntándome cosas de mi vida.


Así una tarde me fui a visitar a mí amiga Carolina, ella había cumplido los cuarenta el año anterior. Estaba soltera y parecía muy feliz. Me dijo que el encuentro meritaba una celebración y abrió una botella de Chiantí frío. Después de dos copas comencé a contarle todas mis penas. Ella me escuchó atenta y sorpresivamente me pregunto:
—¿Cuántas veces a la semana te masturbas? …
Me quedé aturdida, no sabía a razón de qué venía esa pregunta, me quedé muda contemplándola para entender si me había preguntado lo que había preguntado, volvió a interpelarme:
—Bueno … ¿Cuántas veces? …
Un tanto ofendida le respondí:
—¡Pero yo no hago eso! …
—Bueno … ¡Ahí está tu problema! … ¡Estás frustrada sexualmente! … yo uso mi consolador para aliviar mis tensiones y también miro porno …
Realmente me quedé estupefacta, silente, sin palabras. En los cinco años que la conocía, jamás la había escuchado expresarse así, pensé para mí que tal vez el vino también la estaba afectando. Se acercó más a mí y me rodeó con un brazo.
—¡Oh, querida! … perdóname si te he choqueado … pero es solo que me preocupo por ti …
Entonces ella cambio de tema y las cosas se calmaron. Finalmente me dirigí a casa y me senté sola en mi sala de estar a reflexionar, sus palabras seguían girando en mi mente: ¿Estaba realmente frustrada sexualmente? Es verdad que ni siquiera había tenido sexo en solitario desde que me casé. ¿Un consolador? ¡Guau! Por supuesto que sabía lo que eran, pero nunca consideré tener uno y menos usarlo. Tal vez debería intentarlo. Pero estaba muy confundida. ¿Era la frustración sexual que me tenía así? ¿O era el vino que me estaba haciendo pensar?


Esa noche me duché y me puse un negligé casi trasparente sin nada debajo. No lo había usado en años y me sorprendió que todavía me encajara. Salí al salón y me senté en el sofá. Alberto estaba viendo televisión y ni siquiera me notó. ¡Maldición! Pensé, ¿qué estoy haciendo? Regresé a mi habitación y me cambié a mi camisón de “abuela” que me cubría todo, luego me metí a la cama. En mis pensamiento lascivos, me preguntaba si realmente podría volver a disfrutar el sexo en solitario; comencé a frotarme. Al principio me sentí un poco ridícula y no sentí nada. Pero gradualmente comencé a tener esas sensaciones ya olvidadas hace tantos años. Mi respiración se hizo afanosa y suaves gemidos escaparon de mi boca entreabierta. No lo podía creer. Repentinamente sucedió. Un silente y suave orgasmo me golpeó sorpresivamente; no pude detenerme, seguí y luego un segundo bellísimo clímax me hizo estremecer. Me adormecí profundamente con mi mano entre mis piernas. Ni siquiera sentí cuando mi esposo vino a acostarse.


Habiendo redescubierto el placer de satisfacerme en solitario, me entregué por completo al juego de la masturbación la entera semana. Comencé a sentirme mejor y con más ánimos. Tenía que contárselo a Carolina que me había ayudado el tocar mi panocha yo sola. Ella solo se rio. Luego charlamos de todo tipo de cosas, pero tomamos té. Antes de irme me tendió un pedazo de papel donde estaba escrita la dirección de un sitio WEB y me dijo:
—Me encanta fantasear con todo tipo de cosas traviesas … ahí encontrarás muchas …
Más tarde me dirigí a casa. Me senté a ver la televisión, pero recordé el sitio web que me había señalado Carolina. Curiosa me fui a mi portátil, lo encendí y me conecté al sitio. ¡Guau! Había todo tipo de cosas: parejas en todo tipo de posiciones, tríos, cuartetos, orgías; er una locura. Por supuesto que me puse en acción y me corrí un par de vece. Mi marido debía regresar a casa; Carolina me había enseñado a borrar el historial, eso hice y luego volví a ser la esposa casta y obediente que debía preparar la cena al marido.


Estaba disfrutando a concho mi nuevo yo y me encantaban mis tardes en solitario. Fue en un fin de semana que apareció Terry, la hermana mayor de Alberto. Vinieron a pedirle a Alberto de hacerse cargo de su perro, ya que ella y su marido se trasferirían al extranjero por trabajo. Capitán era un hermoso ejemplar de Pastor Alemán. Mi esposo ni siquiera lo consultó conmigo, dijo que si inmediatamente; así nos encontramos con un saco de alimento para perros, su cama, sus platos, sus juguetes y una lista interminables de cosas relacionadas con nuestro nuevo huésped. Terry se acercó a mí, me tocó el brazo y me dijo algo que no entendí en ese preciso instante:
—Luisa … querida … cuídamelo bien … él es muy amoroso y cariñoso … te encantará …
Me encogí de hombros, ya nos habían metido un cacho y debíamos soportarlo por un tiempo largo; tratando de ocultar mi contrariedad respondí solo:
—¡Oh, genial! …
Por supuesto Alberto estaba feliz, había dejado contenta a su hermana mayor y tendría un perro hermoso que sacar a pasear. Estaba claro que quien debía cuidar de él era yo. Estuve molesta por un poco de tiempo, pero hice lo que se esperaba de mí. Lo alimenté y saqué a dar algunos paseos, porque mi marido se excusó de estar cansado.


Capitán vivía al exterior, por ningún motivo lo dejaría entrar a casa y desordenar todo. Él no estaba contento con eso y siempre intentaba colarse dentro, pero yo necesitaba de vuelta mis tardes y continué a fascinarme con el porno día a día. Creo que me había convertido en una adicta.


Ciertamente me resultaba gratificante frotar mi clítoris y correrme, pero no estaba del todo contenta con eso, después de descargar mi estrés, me sentía vacía. No sospechaba siquiera que pronto fuera a tener ayuda de quien menos me esperaba.


Todo comenzó una tarde de tormenta eléctrica. Estruendosos truenos hicieron vibrar todos los ventanales de la casa. Escuché los ladridos atemorizados de Capitán. Fui a la puerta del patio y lo hice entrar para que se calmara y volví a mi computadora para terminar de tocarme. Llevaba una falda amplia y me había quitado las bragas. Quizás él sintió con su fino olfato la fragancia que emanaba mi panocha y mientras yo frotaba mi coño con renovados esfuerzos, Capitán metió su nariz entre mis piernas. Chillé y lo aparté, pero él volvió a intentarlo de nuevo.


Habían pasado años desde la última vez que me lamieron el coño. Tan pronto como su lengua raspó mi zona erógena, gemí. Se sintió muy bien. Miré hacia abajo y vi la parte superior de su cabeza, luego cerré los ojos. Traté de imaginar que era un tipo que me gustaba y me di cuenta de que era más emocionante darme cuenta de que era un perro. Al momento no sabía absolutamente nada de bestialidad, nunca había tenido una experiencia de este tipo. Todo lo que sabía es que esa lengua estaba haciéndome sentir maravillosamente. Levanté un poco las piernas, me recosté en la silla y me entregué a los placeres de su lengua, una abrumadora nueva experiencia. Supongo que Capitán se cansó o se aburrió porque se detuvo.
—¡Ough! … ¡No pares! …
Le grité en voz alta decepcionada. Él solo se me quedó mirando con la cabeza ladeada cómo preguntándose: ¿Por qué ésta loca me grita?


Decidí que esta era una experiencia sexual y que en la red debería haber algo al respecto, así que busqué “Chica con perro” “Mujer con perro” “Pija de perro” Muy pronto me llené con paginas que trataban el tema y fue una sorpresa que no sé como catalogarla. Al principio me pareció repulsivo, pero viendo a muchachitas y mujeres adultas disfrutar gozando en modo demencial con sus enormes pollas, me hizo recapacitar. Me sorprendió descubrir que las mujeres lamidas por un perro eran solo una pequeña parte. Había mujeres que realmente tenía relaciones sexuales con los animales. Algunas chicas incluso realizaron un acto oral con el perro. La mayor parte de los penes de perro parecían enormes. No resistí a no frotarme.


Realmente no me veía haciendo todas esas cosas raras, me parecía desagradable la idea de tener sexo con un perro, pero me intrigaba y no solo; mi coño también se humedeció. Me prometí no dejarme follar por Capitán, pero al rato me pregunté si él ¿podría hacerlo? y ¿Cómo lo haría?


Recordé lo bien que se sentía su lengua. Entré a la sala y me senté en el sofá, lo llamé:
—¡Capitán! … ¡Ven chico! … ¡Ven y lame mi coño! …
Me levanté la falda, abrí mis piernas y él ya sabía lo que yo quería. No sabía en ese momento porqué él sabía lo que hacer con mí coño sin que yo le enseñara nada. Él se agazapó un poco y comenzó a lamerme. Lo sentí incluso mejor que antes. Probablemente ver esos videos me puso más cachonda. Comencé a gemir con el placer que me daba Capitán. Repentinamente se detuvo y me saltó encima, movía sus flancos como si quisiera follar. Lo empujé y grité:
—¡No, Capitán! … ¡No! …
Pero volvió a intentarlo. Me di cuenta de que intentaba montarme. Estaba en estado de shock. Más aún cuando de su peluda funda había aparecido un grueso pene rojizo.


Mi mente comenzó a reproducir los videos que había visto. Algunas mujeres habían sido tomadas por el perro en posición misionero. Justo en la posición que estaba yo con Capitán listo para follarme. Entré en pánico. Se estaba haciendo tarde y Alberto estaría de regreso a casa en menos de media hora. Empujé a Capitán hacia abajo y me levanté de un salto. Escuché muy claro el gruñido contrariado y frustrado del perro. Rápidamente borré el historial de navegación de la computadora, pero anoté la dirección del sitio zoofílico. Me coloqué las bragas y me fui a la cocina a preparar la cena. Estaba temblando, pensando en lo que casi había sucedido. En lo cerca que había estado de rendirme a mis crudos y lascivos deseos.


A la mañana siguiente en el trabajo, todos mis pensamiento estaban relacionados con Capitán. Mí jefe dijo que me encontraba algo distraída. ¡Si tan solo lo supiera! De vuelta a casa decidí abordar esto como una experiencia de aprendizaje. Y tenía que saber y aprender mucho más. Volví a entrar al sitio de bestialidad y encontré un video llamado “Cómo entrenar un perro”. Lo vi fascinada cuando explicaba la mecánica del sexo con un perro y todo lo relacionado a algo llamado “Nudo”. Al parecer con eso el perro mantenía a su perra atada a su pija para poder impregnarla. Mientras miraba el video, me pareció que Capitán parecía haber sido entrenado y sabía como hacerlo. El video explicaba que se necesitaría un tiempo para entrenar a un animal. Entonces me vino como un relámpago a la cabeza. Terry, la hermana de mi esposo había dicho que Capitán era “amoroso y cariñoso”. ¡Oh, Dios! ¡Entonces lo que ella quiso decir …! ¡Oh, no! … ¡Terry es la perra de Capitán! ¡Él sabe que hacer porque fue ya entrenado!


Miré a Capitán que estaba observando hacia el interior a través del vidrio de la puerta. Comencé a temblar. Había visto los videos de esas mujeres montadas por perros, pero un perro real y entero estaba aquí en mi patio. Pensé que sería agradable dejarlo lamerme, así que me levanté y le dejé entrar. Volví al sofá y me levanté la falda ofreciéndole mi sexo y él aceptó, me lamió haciéndome gemir. Al cabo de un rato de nuevo me saltó encima y esta vez no lo detuve:
—Sí, chico … lo quiero … dámelo ya …
Sentí su polla empujando sobre mi vientre, luego mojó mis muslos con su lechita. Me agaché y lo guié. Su polla entró en mi coño y de seguro él se dio cuenta de que estaba dentro de mí, porque inmediatamente comenzó a moverse rápidamente; empujó toda su verga dentro de mí y comenzó a follarme vigorosamente. ¡¡Guau!!


Capitán me estaba cogiendo salvajemente y yo chillaba de alegría y placer. Habían pasado más de tres semanas desde la última vez que mi marido me tocó, así que insté a Capitán a que me follara más fuerte y rápido con su maravillosa pija. Estaba gruñendo y yo no entendía el por qué. Su pija entraba y salía de mi coño causándome estremecimientos que me hacía gritar y chillar. Entonces entendí, él no lograba atarme a su nudo y esto lo hacía gruñir. Así que lo empujé y me puse en cuatro patas. Animosamente me montó, en esa posición que él conocía muy bien, ya no necesitaba ayuda y al tercer tentativo me enterró su pija profundamente comenzando a follarme intensamente. A cada empuje su polla parecía hacerse más y más grande. Era sin duda, mucho más largo y grueso que mi esposo. Entonces sentí su nudo. Empujé mi trasero hacia atrás. Chillé y grité. Era del tamaño de una pelota de beisbol y di un alarido mientras ensanchaba mi coño y me follaba. Luego se detuvo, quizás para reprender la respiración, pero no. Su enorme polla comenzó a vibrar dentro de mí y adiviné que ahora era su perra. Comenzó a impregnarme con su semen canino caliente; casi me morí de placer al sentirme que él intentaba fecundarme.


Me tuvo anudada a su polla cerca de diez minutos, luego se retiró, su polla voló fuera de mi abusado coño y su semen se derramó sobre la alfombra, pero no me importó. Lamió mi chocho y también la alfombra. Yo estaba en estado de plenitud. Ya no me sorprendía haberle dado mi coño a un perro. Lo había disfrutado muchísimo. Me puse de pie sobre piernas tambaleantes y vacilante me fui al baño. Me senté en el inodoro y usé la ducha teléfono para enjuagarme. Regresé a la sala y encontré una poza de semen en la alfombra, me arrodillé a limpiar y Capitán inmediatamente saltó sobre mi espalda intentando montarme otra vez. Me sorprendió cuando sentí que su polla estaba dura de nuevo. ¿Cómo pudo ponerse duro tan rápido? Me olvidé de la limpieza y lo dejé que se saliera con la suya. Esta vez fue mejor que la primera y perdí la cuenta de mis orgasmos.


Cuando terminamos, antes de iniciar a limpiar, puse a Capitán afuera en el patio. Luego me senté en el sofá a reflexionar sobre lo sucedido. Saqué las siguientes conclusiones: Uno: La hermana de mi marido era una perra, ella lo había entrenado. Dos: Yo era una perra. Tres: No había vuelta atrás. Me había realmente cautivada la polla gruesa, larga y caliente de Capitán. Pero debía tener cuidado, mi marido no podía saberlo, ni siquiera sospecharlo. Mi futuro placer dependía del más absoluto secreto.


Decidí hacer un plan. Lo haríamos solo cuando tuviera ganas. Tenía que cubrir la alfombra con una toalla o algo impermeable. Por supuesto que no siempre seguí mi plan. Me di cuenta de que Capitán se recuperaba muy rápido. También que una sola vez no me bastaba ni a él ni a mí. También mi apetito sexual incrementó y lo quería todos los días.


Ya han pasado cuatro meses desde mi primera vez. Ya no molesto a mi marido por sexo. Capitán se encarga de mis necesidades carnales. Normalmente me entrego a él dos veces, pero no es raro de que lo hagamos tres o cuatro veces en un día. Mi marido no sospecha nada, tampoco le importa si no tenemos sexo. Y si una vez pensé que era asqueroso chupar la polla de un perro, ahora aprendí a disfrutarlo. No creo que a Capitán le guste mucho, pero acostarme debajo de él a chupar su polla encantadora mientras me masturbo con mi consolador es una permanente y nueva adicción. ¿Y mi frustración sexual? Ya no es más que un recuerdo.

FIN


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