La rebelión de mi cuerpo

por
género
sadomasoquismo

Selfbondage se ha vuelto mucho más fácil con la introducción de candados eléctricos de tiempo. En nuestro campo, como sabemos, la precisión es fundamental para evitar frustraciones y conjurar peligros. Aun siendo máquinas simples y baratas, estos candados son tan disfrutables como sufribles. Superan al viejo método de escapar desatando cientos de nudos, a lo Haudini, que por años utilicé. Un candado de tiempo es también mucho más preciso y sencillo que congelar llaves en hielo, método algo impredecible, escalofriante aunque por eso muy muy excitante. El candado por el contrario mide el tiempo al segundo. Sin embargo, también provoca escalofríos comprender que en cualquier momento un dispositivo electrónico de baja calidad puede fallar.

Como sea, ajusté el candado a 3 horas. ¡¡Tres horas es una locura!! Después de poner todo en su lugar subí rápido las manos a las esposas que colgaban del techo y las cerré con mis muñecas dentro, antes de chickening out por miedo o dolor .

¡Estoy preso por tres interminables horas! Bienvenida a este relato de locura masoquista. Un historieta de pasiones eróticas, por excelencia raíces de vida, que sin embargo se entretejen aquí con perversos auto deseos de tortura, sadismo y muerte.

Antes de cerrar las esposas y quedar atrapado sin remedio, llené mi cuerpo de múltiples dispositivos para inmovilizarme y provocarme incomodidad, dolor, tortura y lo más delicioso, predicamentos inescapables que me obligarán a escoger dónde quiero más sentir –o dónde menos sufrir.

En esta historieta, dolorosas delicias recorrerán mi cuerpo de los pies a la cabeza. Déjame contártelo.

Primero calcé mis pies en zapatillas de tacón. Me convertí así en la clásica Sissi Señorita Tacones Altos. Son tan de mi gusto, que de ver las zapatillas me excito, más aún si las miro ya puestas en mis pies. Tienen por supuesto cuerdas negras o un cinturón que ciñe mis tobillos. Descargo mi emoción atando con furia una barra separadora que abre mis muslos, inmoviliza mis pierna y exhibe mis genitales. Uso una cuerda fuerte pero delgada que ahorca y cercena mis tobillos. Duele tan sólo intentar mover los pies. “Me encanta verte tan vulnerable” me susurró hace tiempo mi novia, látigo en mano y arañando la piel interna de mis muslos con sus uñas. Me tambaleo, tengo que sostenerme para no caer. A partir de este momento caminar será imposible. Mis pies comienzan a sufrir por la inestabilidad de unos tacones de punta de 4 pulgadas.

A continuación pego dos pads eléctricos justo en mi ingle, en la delicada zona donde terminan mis muslos y empieza la sensible piel de mi escroto. ¿Han notado cuántos nervios corren por allí? Titubeo un poco antes de programar los pads que arrojarán electricidad ¡por una hora! Eso sí que va a provocar dolor y desesperación. Los toques lastimarán la parte más alta de mis muslos y --con un poco de buena o mala suerte-- se esparcirán a las orillas de mis genitales. Tiemblo y disfruto la expectativa mientras selecciono el nivel 7 de 10. Se que es una estupidez pues el dolor será insoportable. Pero me excita y fantaseo con subirlo a 10. Pero hoy no lo haré temiendo terminar en el hospital. Tiemblo saboreando el saber que no podré evitarlo pues mis manos estarán muy lejos, inmovilizadas arriba de mi cabeza y bien estiradas. Pobres muñecas que estarán soportando el tirón del metal de las esposas que obliguen mis brazos a extenderse rectos y rígidos.

Pero por ahora nada con toques pues comenzarán hasta dentro de una hora.

Sigo con las preparaciones. Acaricio y pellizco mis nalguitas antes de introducir un dildo eléctrico en mi ano. También me dará toques desde luego. Lo programé para estar activo por media hora. ¡Más locura! Como sabemos, la piel interior es muy muy sensible y de por sí ya traigo el ano lastimado. Seleccioné el nivel 5 a sabiendas de que arderá y dolerá como si fuera fuego. De nuevo, la doble locura me hace temblar de miedo pero también de excitación. Ajusto para que los toques comiencen en 15 minutos.

Ya que esté encadenado y sintiendo la electricidad corriendo por mi ano pujaré como demente tratando de expulsar el temible dildo. Para prevenirlo, lo sujeté con un par de cuerdas que pasé por mi entrepierna (justo al lado de los cojinetes eléctricos). Las até también con furia erótica. Las cuerdas quedaron encajadas en la piel y los nervios de mi ingle. Até los extremos de las cuerdas por delante y por detrás a un cinturón muy ceñido sobre mi cintura. Quedaron bien estiradas. Así, si caminar no ya no podría, esta atadura castigará cualquier movimiento que pretenda hacer.

El ancho cinturón que ciñe mi vientre cual corseé de agujetas quedó bien apretadito. Me lo puse conteniendo la exhalación y sumiendo el abdomen. Me molesta y dificulta respirar, y después de dos horas comenzará a irritar la piel apretujada, pero no importa porque a cambio reduce mi cinturita. Muy coqueto, pues.

Sigo con una pinzas para ropa que puse en mi escroto. Son unas pinzas de plástico que se consiguen en cualquier mercado, de tamaño medio y hechas localmente. Su hocico trae mandíbulas ranuradas que abren un par de centímetros y cierran con fuerza. Muy bien hechas. Las ranuras obviamente dificultan que la ropa se zafe y caiga del tendedero. Pero también morderán la piel de mi escroto sin misericordia. No se zafarán sin desgarrar mi piel. Una vez me ocurrió que quedé atrapado sin salida por un error estúpido. Me llené de incertidumbre al realizar que podía quedarme atado y torturado por horas, días o para siempre. Preso de terror, jalé y zafé las pinzas. Ni las sentí pero el dolor que me dejaron en los huevitos duró días. En otra ocasión atado hincado me desmayé al sentir los primeros latigazos pues pedí a mi novia que me azotara. Al caerme desvanecido las pinzas se zafaron. Al despertar ya desatado y desencadenado sentí sangre en la piel desgarrada de mi escroto.

Es que olvidé mencionar un detalle. Estas pinzas maravillosas tienen al final de sus mandíbulas una barrita afilada que refuerza el poder de las ranuras, afianza bien las prendas puestas a secar o, en mi caso, lastiman la piel como si alguien me mordiera con fuerza. Un deleite doloroso.

Nomás puse las pinzas en su lugar y mi escroto comenzó a protestar por la mordedura. La verdad es que el escroto es grande y podría poner diez o más pinzas pero amontonarlas no me parece armonioso ni sexy. Un día lo haré pero por hoy pongo nomás tres. Ya duelen, les digo, aunque por ahora no tanto. Más tarde arderán. Escojo la más dura para una tarea especial. En unos 15 minutos su mordedura dolerá gacho, justo cuando empiecen los toques en mi ano. Y a esa pinza le ato una llave de las esposas. Está entonces al alcance de mis manos. Es mi camino a la libertad en el momento en que lo requiera… siempre y cuando me atreva a arrancarla de mi escroto, lo cual, como les digo, no es nada fácil. Ya ven que sólo podría hacerlo en una situación verdaderamente crítica, en que pase algo inesperado que provoque dolor extremo o principio de asfixia, o que de plano que sea asunto de de vida o muerte.

Deseo vestir una minifalda skater negra acompañada de medias y ligas. Pero me apena, como que ya no son propias de mi edad. Las minifaldas y los minivestidos corte A, tableados o skater me enloquecen. Son mi perdición. Casi me venía viendo la orilla de unos muslos en esas falditas moviéndose al caminar. Oh, ¡son divinas! En mi mundo erótico me encantaba usar medias sujetas con ligas que literalmente cercenaban la suave piel de mis muslos. Me las ponía para mis sesiones de bondage, por supuesto, a veces por horas. Pero también las usé bajo mi pantalón para salir a la calle, sobre todo en periodos en que mi excitación crecía enloqueciendo mi mente y el deseo revolcaba mi alma. En esas ocasiones me obligaba a salir de casa para caminar kilómetros con las medias y ligas puestas, con zapatos incómodos, sin suéter en tiempos invernales y sin un centavo en la bolsa. No quedaba sino caminar y caminar para llegar agotado y adolorido a casa para liberarme de zapatos y ligas.

Quizás vuelva a usar faldita y medias, empezando por ir a la tienda y escoger y adquirir una. Oh, ¡cómo lo deseo!

Pero regresando a mi historieta hemos llegado a la parte más complicada del bondage: silenciar los gritos de dolor o de auxilio. La mordaza perfecta no existe. En todo caso, lo ideal sería el encadenarme en una mazmorra cerrada, oscura, fría y alejada donde pudiera gritar hasta desgañitarme sin lograr ser escuchado por nadie más que, si acaso, mi torturadora. Pero vivo en el centro de la ciudad, en un departamento con miles de personas alrededor. Hay que usar una mordaza eficaz, una que ahogue y minimice mis llantos y gritos de dolor. Una que atrape la lengua y le dificulte dar alaridos o gemidos de desesperación. Algo que impida llamar la atención de mis respetables vecinos. Pero se requiere un balance, pues una mordaza muy dura puede dificultarme respirar, quizá me ahogue en mi propia saliva, o me ponga en peligro de asfixia. La mordaza es un balance difícil entre eficacia y seguridad. La verdad, muchas veces termino frustrado, porque en momentos decisivos, como sufrir el látigo o la caja de toques en los muslos, la desesperación logra que expulse la mordaza.

Todo esto evoca uno de mis sueños más perversos , que es morir encadenado. Encontrarme en una cueva solitaria, oscura, fría y lejana en donde nadie pueda identificarme jamás. Una mazmorra dónde pueda atarme muy tenso, de pie, con los muslos abiertos y en tacones de punta y con grilletes muy altos donde esposar mis manos. Incluso amordazarme muy fuerte aunque sea una tarea inútil pues aún sin mordaza nadie jamás escucharía mis gritos. Y allí dejarme morir. Llenar mis partes sensibles de fuertes pinzas y dildos que den toques con su potencia máxima y programarlos para que me torturen cada 5 o 10 minutos. Que hagan su trabajo por horas en la obscuridad más completa, sin el más mínimo resquicio de luz. ¿Alguna vez han estado encadenados con pinzas mordiendo los pezones y con los ojos vendados? Después de 3,600 desesperantes e interminables segundos el tiempo empieza a derretirse. Cinco minutos se vuelven una hora y dos horas una eternidad sin sentido.

¡Imaginen un día completo! No sé qué pasaría después de tanto tiempo estando en esta posición tan incómoda y demandante y sufriendo la quemadura de fuertes toques intermitentes e interminables. Creo que habría calambres horribles en piernas y brazos. Que mi ano ardería como fuego probablemente con una hemorragia interna. Que la oscuridad y los dolores más la falta de sentido del tiempo me harían perder la cordura y me llevarían al borde del delirio. Que 24 horas seguidas sin agua ni alimento provocarían uno o varios desmayos. Todo lo anterior combinado me daría sudor frío, fiebre, baja presión, taquicardia y quizás convulsiones. Pero para aliviar mi dolor, cada hora se encendería una tenue lámpara. Vería entonces en un espejo mi hermosa faldita negra skater balancearse sobre mis muslos. Me temo que incluso en tan lastimosa situación la minifalda me excitaría y mi pene tendría erección, encajándose más profundo y sin remedio una pinza que lo muerde. Luego de unos minutos la luz se apagaría y los toques se reiniciaran comenzando con mi pene para castigarlo por su erección.

Calculo que tanta locura no me mataría. Sin duda el humano terror a la muerte me haría reflexionar de vez en vez haciéndome jalar inútilmente mis cadenas, buscando alguna falla, algún escape para ya no seguir sufriendo y para no morir. Pero haría bien la tarea, el sistema no tendría fallas y yo sin duda lo lamentaría. No habría escape, no podría evitar ni la tortura ni una muerte lenta y dolorosa. El instinto de supervivencia empero haría más lento el final.

Después de 24 horas, la máquina de toques súbitamente se apagaría. Sólo quedarían la mordaza dislocando mis quijadas y entumeciendo sin piedad mi lengua doblada. Quedarían el dildo penetrándome y las pinzas mordiéndome sin descanso ya sin electricidad. Y así me quedaría hasta el fin, sin saber cuándo vendría, sintiendo eterno cada minuto, brazos y piernas acalambrados, perdiendo por completo el sentido del tiempo.

Un toque adicional sería una jaula llena de escorpiones que se abriera después de una semana. Saldrían directos a picarme sea que aún esté vivo o ya muerto. Serían alacranes cuyo veneno mortal seca los cuerpos y no deja que se pudran. Su piquete momificaría mi cuerpo evitando la putrefacción y su desagradable olor. Deseo aún estar vivo y sufrir el veneno de estos temidos escorpiones inyectado en mis entrañas. Su ponzoña contiene algo parecido a la cocaína que estimula o sobrexcita el cuerpo que pica sensibilizando el dolor y la hinchazón del piquete como por una hora. Luego viene una dolorosa agonía como de unos treinta minutos en que el veneno irrita y carcome cada milímetro de la piel. Un detallito extra sería rociar previamente mi pene, ano y escroto con un perfume que enloquece a estos animalitos, de modo que allí se irían directamente y en masa a encajar su doloroso aguijón. Allí se concentraría el efecto de la ponzoña.

Coqueteo con la idea de programar la apertura de su jaula antes de una semana para asegurar que me encuentren vivo. ¿Qué tal tres días? Tiemblo de miedo y deseo. Pero vaya dilema porque no quiero que los animalitos me liberen ni un minuto del suplicio de estar vivo y encadenado. Quiero durar colgado el mayor tiempo posible antes de morir, pero quiero estar vivo cuando lleguen los escorpiones. Deseo que su jaula se abra digamos una hora antes de morir para que sus horrendos piquetes me reanimen y finalmente me maten en medio de padecimientos sin medida.

En fin, ya les platiqué mi deseo más perverso. Es inaudito que algo así me excite sexualmente, erecte mi pene y me deprima no estar haciéndolo. Pero esa es la substancia de mi deseo.

Entendería mejor que mi lado sádico se encienda y me excite la fantasía de hacer sufrir otro cuerpo y otra persona. Una mujer bella. Entiendo el deseo de ver a mi novia sufrir algo así y rescatarla justo antes de morir y después de experimentar toda clase de torturas en su cuerpo. Entiendo que eso me erecte y haya eyacular, quizás penetrándola al mismo tiempo. Pero ¿que me guste hacerlo –o que me lo hagan-- en mi cuerpo? Eso sí que es perturbación mental.

Ya lo sé, una cosa es fantasía y otra cosa muy distinta es la realidad. En otra ocasión les platicaré lo que una vez hice con mi novia en una solitaria cabaña. Pero por ahora sigo mi relato.

Ya silencié mi boca con una mordaza de bola hueca que atrapa mi lengua y limita sus movimientos. Sus orillas filosas y espinas plásticas me demandan no moverla aun si se entume. La pobre está doblada encerrada. Me evoca el medieval traje de reina pero en chiquito y sin sangrar, sólo lastimar. Mi pobre lengua tendría serias limitantes para articular palabra alguna, o ayudar a emitir gritos o alaridos. Silenciarme es el objetivo, pues.

Luego cubrí mi cabeza con una capucha de cuero y forro de peluche que se ajusta con agujetas y puede ceñir muy apretada. La cerré cuidadosamente. Solo tiene frente a la nariz dos hoyitos para respirar. Encierra cara y cabeza e impide que arroje la mordaza fuera de mi boca. También me ciega por completo con un trapo adicional que aprieta los ojos y me obliga a mantenerlos cerrados. La capucha abochorna al inhibir aire fresco en los poros de la cara y la cabeza toda. Es una tortura en sí misma que por el momento no me molesta ni duele, aún.

Coloco un collar de castigo para perros, de esos que si jalas reducen espacio y ahorcan. Lo cierro alrededor de mi cuello y lo conecto a una cadena que sujeto por detrás de mi espalda a una armella en la pared. Con mis pies atados avanzo torpemente hacia adelante todo lo que el collar me permite. Llego al límite cuando mi espalda se empieza a arquear.

Hasta aquí todo bajo control. Mucha incomodidad, mucho miedo, piernas temblorosas… Nada insoportable.

Listo. Aprieto los botones de encendido de los toques y el botón que cerrará el candado por 3 horas.

Viene lo bueno. A ciegas busco la dos pinzas que son la cereza en el pastel. Las pongo a morder cada uno de mis sensibles pezones. Es un arte ponerlas. Busco la posición más dolorosa, donde las mandíbulas de plástico hagan más daño y duelan más. Y me aseguro de que estén bien firmes para impedir que se zafen. ¡¡Ay!! Esto ya es tormento. Trato de gritar. Sigo adelante. Jalo una cadena para conectarla a las pinzas y siento un jalón abajo pues el otro extremo de la cadena está conectada a las pinzas que muerden mi escroto. Jalo con fuerza, lastimo mi escroto y conecto la cadena a las pinzas de mis pezones estirando lo más que puedo. El dolor en los pezones es tremendo. Vaya predicamento: jalo arriba, estiró y lastimo mi escroto, o jalo abajo y los pezones sienten como una descarga eléctrica. O me empujo hacia adelante y les doy un respiro a ambos, escroto y pezones. Pero el collar de perro responderá apretando mi cuello. Empezaré a sentirse ahorcado y la columna arqueada empezará a entumecerse por el esfuerzo. No hay para dónde hacerse.

Por último encuentro una pinza para el pelo con dientes feroces. La llevo a morder mi pene. ¡¡Duele un carajo!! ¡Es de lo peor!

Mi cuerpo se rebela de inmediato. Y con razón. Su garganta traga saliva sintiendo el collar apretándole. Su espalda no sabe qué hacer estando expuesta a una obligada posición gimnástica. Sus pies se tambalean atrapados en tacones altos. La boca amordazada produce mucha saliva tratando de expulsar a la intrusa. Su lengua literalmente suplica que la liberen. La cara toda abochornada acelera la respiración y sus ojos no entienden porque un trapo les irrita si tratan de parpadear. Mi cuerpo, sobre todo, no entiende porqué esas inútiles manos no quitan las pinzas que le dañan sus partes más sensibles. Los pezones atenazados si que duelen pero para su infortunio también me excitan. Siento gotas de un líquido escurriendo del pene entre las garras que le muerden. Al excitarse el pene se erecta, crece y engorda pero las garras de inmediato le castigan encajándose más profundamente. Derramo algo de semen sin venirme. Mi cuerpo se rebela, exige que le quiten todo eso e intuye que estoy planeando martirizarlo por horas dizque buscando placer. Grita ¡No! Intenta hacerme retroceder lanzando punzadas de dolor. La expectativa de quedar así atrapado por 180 minutos me marea pues comprendo que cada uno será eterno. Lo sé porque en la desesperación me he dedicado a contarlos en sesiones anteriores. ¡¡Uf!!

Ya todo está listo. Titubeo unos segundos con la trampa a punto de cerrarse. En un esfuerzo supremo, mi cuerpo envía un instante de conciencia gritándome ¡ALTO! ¿Qué estupidez es ésta? Pero el deseo y la necedad pueden más y antes de que pueda arrepentirme subo las manos, busco las esposas que quedan bien alto y rápido las cierro alrededor de mis muñecas. Quedo atrapado. Ya no hay escape. Soy un ratón que ha caído en la ratonera. El sufrimiento es inmediato. Ya no quiero queso sino escapar de la ratonera. ¡Te lo dije, reverendo imbécil!, grita mi cuerpo. Pero ahora arrepentirse es inútil. No hay escape. Empiezo a mugir de miedo, sudo en frío, pero ahí estoy, en el bien diseñado infierno paraíso de mi adorable y temible sadomasoquismo. De pronto recuerdo que en breve los toques comenzarán.

Tres horas que si desean, les platicaré.
escrito el
2026-07-30
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