Inducción en primavera

Written by , on 2019-05-02, genre lésbico

La vertiente arrojó chorros de agua pura que salpicó la tarde de primavera en miles de cristales derramados, tal vez entre los aromas y las notas de los trinos que desparramaban dulces y sonoros.

Stella miró a Karina bajo la vertiente cómo está se dejaba sumergir bajo los cristales de esa agua pura y refrescante y veía como el agua mordía la camiseta de esta, la empapaba y el algodón sediento bebía el agua y dejaba que el cuerpo floreciera turgente y prometedor. Karina no pudo más con el calor de la tarde, las lenguas infernales de aire caliente la había consumido y sedienta de agua se dejó sumergir bajo la vertiente vestida y radiante.

Stella observó el cuerpo de Karina aparecer bajo la ropa mojada como un tesoro inesperado, el frío hizo responder a la turgencia, los pezones que emergían sedientos bajo la camiseta y vio como resbalaban las gotas por ellos como en tobogán de misterio perpetuo…

Nunca pensó Stella que el ver esa escena la dejara perpleja, que fuera el espacio como un ventarrón de calor y dulzura, su amiga era bella; sus cabellos avellanados tomaban un nuevo color con la manta de agua que los cubrían y poseían; la camiseta holgada dejaba entre ver los hombros suaves y dulces y las caderas se movían como un baile perpetuo entre el chapoteo y el trinar infinito que se levantaba del Elqui milenario.

Stella la contempló durante minutos, minutos interminables e infatigables; la imaginó como un ángel aparecido, como una melodías de tiempos y dulzuras y sintió como si una araña se apoderara de su vientre y un trueno de erotismos y dulzura explotara en su interior erizando su piel, sus sentimientos y le pareció extraño y confabulador que una escena le causara tanta dulzura, ganas de penetrar en esa agua, dejarse penetrar por esa agua, sentir las caricias en su piel de los gélidos dientes de un agua tan pura, de palmotear en ella y corrió…

Cuando Karina vio a Stella penetrar en la vertiente, sintió un trueno o un vendaval de extraños sucesos próximos y precursores. Vio sus pestañas como se iban llenando de miles y miles de cristales húmedos que se tejían con la luz de la tarde y luego resbalaban por la piel tersa de su amiga. Tanta juventud pensó, que perpetua es la juventud, la década de los veinte en la vida, el sentimiento que se convulsiona que gime por desencadenarse, el agua que resbalaba por la comisura de sus labios, labios delineados y de carne abierta como higo madura y dulce. De verde a verde los ojos se observaron y chapotearon con el agua en dulce coqueteo…

- Qué idea has tenido- le dijo Stella con voz de susurro, mientras se dejaba poseer con la humedad de los silencios y de los aromas…
Karina tomó a Stella y comenzó a bailar, como si la primavera invitara al baile, como si las aves pusieran la música y el agua diera el ritmo y se tomaron y comenzaron a seguir el ritmo y la fuerza del Elqui que invitaba y sugería…

Cerraron sus ojos y dejaron que todo fuera, que todo se sintiera que el agua diera frescura y el cuerpo de ellas unidos se entregaran en calor, dejaron que los roces de las humedades acariciaran por siempre, que la humedad de las ropas lanzaran efluvios de aromas perpetuos de universo amado y desenfrenado, Stella y Karina abrieron los ojos, se observaron, vieron el paisaje a través de sus pupilas, vieron caer sus ropas como hojas de otoño, sintieron el néctar de la naturaleza que penetraba entre sus torsos, sintieron como sus pechos conversaron en sutiles roces y sus pezones se mordían en la humedad de lo que es y lo que no es, de lo que fue y será; la conversación de los cuerpos fue generosa y dulce y el baile se entremezcló en piernas, humedad y carne, los alientos se besaron con dulzura, la fuerza de los ríos mordió todo en una sinfonía eterna de mordiscos y sucesos, de pieles susurrando, de caderas en cadencia, de colisiones de montes y roces de bellos…

Cuando Stella despertó en su cuarto se vio húmeda y apenas el sol comenzaba a filtrarse por la ventana, retozó unos instantes entre la dulzura de las sábanas, de los roces que fueron y serán, miró el reloj y de incorporó con sobresalto. “¡Ya es tarde!, el Elqui me espera...”

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