Mi madre es una pinche güila

Written by , on 2017-11-19, genre voyeur

Viridiana estaba que se derretía. Era normal, una chica de su edad con un tipo así, de buen cuerpo, bien parecido, en sus veintes y que por tanto le llevaba experiencia.

Con sus pequeñas manos, Viridiana pudo constatar la firmeza del moreno que ya le hacía agua la boca desde que lo conoció.

En esa ocasión Viridiana estaba con sus amigas, un grupo de jovencillas bastante avispado debido a que habían notado que aquel muchacho se les acercaba con notorio interés. Todas hicieron gala de sus mejores sonrisas y coquetería con fin de conquistarlo, sin embargo...

Viri tuvo la suerte de que él se dirigiera a ella, justo a ella de entre todas.

Así es, se interesó por Viri quien nomás escucharlo hablar sintió que algo se le disolvía por dentro, que le quemaba plácidamente mientras resbalaba por su bajo vientre hasta convertirse en una dulce humedad en su entrepierna. Nunca antes sintió cosa igual. Estaba en las nubes por el tal Tulio. Era fácil deducir eso de sólo escucharle hablar de él.

—...de verdad, él es único. Quiero que lo conozcas, ¡ay, estoy segura de que se van a llevar muy bien! Tienen los mismos gustos —me dijo, la vez que me confesó que ya tenía novio; y ella no sabía hasta que punto sus palabras resultarían proféticas.

Pocos días después se besaban en el sofá de la sala con total entrega. Quizás, si hubiese sido más lista, Viri se lo hubiera llevado a su recámara y se hubiese encerrado ahí con él, nadie lo hubiera notado. Pero se confió, se dejó llevar y ahí mismo estuvo dispuesta a entregarle su cuerpo. Era obvio que sus papás podían llegar en cualquier momento y descubrirlos.

Probablemente estaba obnubilada por el deseo. De tanto escuchar a sus amigas hablar del sexo, a Viri le carcomía la envidia, eso se notaba. Y me lo había confesado de cierta manera, aunque no de forma directa, claro. Era evidente que sus amigas de la secu ya iban mucho más adelantadas que ella. De seguro más de una ya había perdido la candidez (es decir la virginidad) desde que dio inicio aquella dulce etapa hormonal y sus cuerpos comenzaron a madurar. Y ella... pues nada. Se sentía aún como una niña rebasada por las ya unas señoritas, conocedoras del mundo, y quienes se apropiaban de él mientras ella sólo soñaba.

Podía notar que Viri quería disfrutar de los mismos placeres de los que sólo conocía de oídas. Debía parecerle lo más hermoso del mundo. Y luego, cuando tuvo la buena fortuna de conseguirse un novio tan experimentado como Tulio, pues bueno... es obvio, creyó que había llegado su momento.

Las manos de Tulio no dejaban de explorar aquellas carnes antes vírgenes pero que en ese momento él hacía suyas. Se apropió así de esas tiernas pero bien formadas nalgas, y de esos inmaduros pero sensibles pechos, carne virgen y fresca...

Pero la puerta principal de la casa se abrió y dio paso a Ana María.

Ella, una mujer que era calificada por sus propios empleados de geniuda y neurótica (debido a sus duras facciones y su dominante carácter), regañó inmediatamente a su hija.

—¡¿Pero qué es esto?! ¡Viridianaaa...! —gritó con voz colérica.

Y es que lo primero que había podido notar, en la media luz que bañaba el lugar, eran las nalgas desnudas de su hija. Aquellas turgencias estaban siendo manoseadas mientras su espalda se arqueaba con inequívocos movimientos de entrega sexual. El encendido cuerpo de su hija estaba a punto de abrirse al varonil semental.

Pero pese hallarlos semi-desnudos, despojados de lo más principal de sus prendas (ella vestía sólo la blusa y él, bueno, tenía los calzoncillos aún pero con todo el falo saliéndosele de ellos), Ana María tuvo la fortuna de frenarlos a tiempo (la pareja aún no se había unido en franca cópula sexual).

La m*****a madre lanzó una serie de improperios al joven hombre, quien tuvo que marcharse, mientras que su hija se colocaba las pantaletas nerviosa y torpemente.

En cuanto se halló sola con su hija, Ana María la regañó hasta el hartazgo.

—¡No lo puedo creer Viridiana! ¡¿Cómo fuiste capaz de...?! O sea, te ves sola en casa y metes a un cualquiera que...

—¡Pero no es un cualquiera mamá, Tulio es mi novio y lo que hacíamos es lo más natural! —gritó Viridiana, defendiendo sus derechos.

—¡Novio! Pero si... ¡Si todavía eres una niña Viridiana! —le reprendió su madre.

—¡Yo ya no soy una niña mamá!

—¡¿Ah, no?! Y cómo me explicas tu imprudencia. Ni siquiera iban a usar condón, ¿verdad?

Sin poder articular palabra, Viridiana trató de responder asintiendo nerviosamente con la cabeza, pero su mamá hizo caso omiso.

—Yo no se lo vi puesto —dijo Ana María con cierta malicia en la mirada.

Las palabras de Ana María hicieron que Viridiana tomara consciencia. Su madre había visto a su novio con toda la pinga de fuera, colgándole tan larga cual era y sin nada que la cubriera. Viri calló mientras revivía la escena con vergüenza.

—Además, ¿cuántos años tiene tu novio? ¿Va a la misma escuela que tú? ¿Eh? ¿Es del mismo grado? O me vas a decir que es de otro colegio —dijo Ana María en tono sarcástico.

Viri, indignada, guardó en el silencio las palabras que tanto ansiaba gritar.

Cuando entró a su recámara, tras el sermón recibido, azotó la puerta con un coraje que apenas reflejaba un poco del total que resguardaba en su interior.

Era el colmo. ¡¿Cómo era posible?, qué descaro! Su madre regañándola por estar con su novio,¡¡¡su madre!!! Después de... de lo que ella misma había hecho en su propia casa.

Viridiana se echó sobre su cama y con la almohada ahogó lo que tanto quería gritar:

—¡¡¡Mi madre es una pinche güila!!!

Tras un llanto des ahogador, Viridiana se quedó sin fuerzas y se durmió.

Así le vinieron imágenes pesadillantes:

Su madre, con una sonrisa endemoniada, que evidenciaba por demás su carácter, estaba chupándole el sexo a un joven mucho menor.

Cada que la boca dejaba la punta del grueso vergón, Viridiana podía atestiguar el brillo en el glande dejado por la saliva de su propia madre.

Luego, Ana María ofrecía su raja vaginal a la boca del chico a quien seguía lamiendo.

Posteriormente, podía ver a su progenitora siendo bombeada desde detrás de sus grandes nalgas, que, estando ella de a perro, eran aún más notables. Ana María volvía a sonreír expresamente a su hija.

Cuando Viridiana despertó trató de borrar aquellas perturbadoras imágenes de su cabeza. Se metió bajo la ducha.

No obstante, tal pesadilla tenía raíces bien fincadas en la realidad.

Hacia unos días, durante el desayuno, su mamá les había comunicado:

—...así que desde mañana me van a dar clases de computación.

Su esposo estuvo de acuerdo desde el principio, su hija no dijo nada. Si bien a ésta le parecía un tanto extraño el interés repentino de su madre por algo así... bueno, mientras que a ella no le afectara no le importaba.

Su instructor sería un chico conocido por el mote del Fedelobo.

—¿Qué es eso de Fedelobo?—le preguntó Ana María al chavo cuando lo conoció.

—Así me dicen. Es que unos amigos me empezaron a llamar así disque porque me parezco a un youtuber que hace gameplays de videojuegos.

—¿Yutubeer...? —preguntó, con cara de “what”, Ana.

El chico rió, pero al notar que la señora parecía haberse ofendido trató de explicarle a qué se refería. Ana María iba a ser su patrona y no quería empezar mal en ese nuevo empleo. Además bien sabía que en aquella empresa ella era la mandamás.

Como notó la paciencia del chico para explicarse a detalle, a diferencia de otros de su edad, se le ocurrió la idea de que aquel joven le diera clases de cómputo en su casa. Se lo propuso y aquél aceptó.

Un día, sin embargo, Viridiana, llegando más temprano de lo habitual, se llevó tremenda sorpresa.

De camino a su recámara notó que alguien estaba en la habitación de sus padres, pues la puerta estaba ligeramente entreabierta. Pensando en avisar que había llegado, se acercó y pudo ver a su madre siendo lamida por el mentado Fedelobo.

Sobre la misma cama que normalmente Ana compartía con su esposo ella le estaba siendo infiel.

El cabrón del Fedelobo (totalmente desnudo) le chupaba la enorme raja con dedicación y esmero. Con su barba fedelobina le hacía cosquillas a la señora, quien no dudaba en mostrar su deleite. Sus gemidos eran prueba del placer que en esos mismos instantes padecía.

—Ya viste —le dijo el joven.

El Fedelobo mostró un clavo que le atravesaba la lengua.

—Sí, ya veo —le respondió la Señora aún jadeando y luego rió—. Ya entiendo para qué sirve, pero todavía creo que estás bien loco. Mira que ponerte una cosa así en la lengua nada más para... lo que debió dolerte.

Fedelobo le sonrió y luego volvió a poner la lengua en la raja para seguir dando placer a la Señora.

Viridiana no pudo soportarlo más y se alejó.

Ver aquello le produjo nauseas. Tras haber controlado sus arcadas en el baño de su habitación, pensó en volver a la recámara de sus padres y reclamarle a voz en grito su fechoría a su madre. Pero lo pensó mejor.

Es cierto que le temblaba el cuerpo de la puritita rabia. Estaba encolerizada, pero...

¿Y su papá?, ¿qué pasaría con su papá cuando se enterara? De seguro eso sería un gran impacto.

¿Y si conocer aquello lo ponía mal? Mal de verdad.

Viri sabía bien que en su estado, padeciendo diabetes e hipertensión, su padre era muy vulnerable. Frecuentemente tal condición la ponía en alerta cuando sus padres discutían. Viri siempre se ponía del lado del papá en dichos conflictos. Aunque él era quien siempre terminaba cediendo, y eso le m*****aba a Viridiana.

Su papá era su adoración. Viri no lo decía pero era notorio; quizás porque desde pequeña fue quien pasó más tiempo con ella.

No, Viri no haría nada que le pudiera provocar dolor o cualquier clase de daño. Decidió guardar aquello en secreto. Estaba dispuesta a hacerlo por su papá, que no por su madre a quien nunca perdonaría.

Y sin embargo...

m*****a por lo que su mamá le había hecho; ponerla en vergüenza frente a su novio, a quien incluso corrió de su casa, Viridiana tomó una decisión. Se vengaría, vaya que se vengaría.

Ocultó su propio celular en el tocador de su madre con toda intención de grabarla en la infidelidad. Pensaba tener la suerte de que el teléfono capturara su acción y fue así que, mientras ella estaba en la escuela, el aparato se quedó grabando cada minuto que la batería y la memoria le permitía.

Al regresar se moría de ansiedad de revisar el celular y saber lo que el aparato hubiera capturado, pero nada. Ese día no había pasado nada. Justo ahora que la quería agarrar en...

No obstante, Viri no perdió el interés ni la paciencia, e incluso fue mejorando la manera de ocultar el aparato y mantenerlo con vida por medio de batería extra.

Mientras tanto, Viri jugaba con la idea de lo que haría una vez tuviera la grabación.

Amenazaría a su madre con decírselo a su padre, aunque nunca lo haría, jamás se atrevería a eso. No sería ella quien lo expusiera a un coraje terrible que pudiera... no, ella no se atrevería a hacerlo. Pero su madre lo ignoraba, y de cualquier forma quedaría expuesta como lo que es, una verdadera güila.

Y pues sí, Ana María siempre ha sido víctima de ofensas y vituperios así. Por una parte, ya como mujer madura, y siendo de carácter duro y dominante, es objeto del aborrecimiento de los empleados bajo su mando, quienes de geniuda y vieja loca no la bajan. Por otro lado, eso de “güila” o “de cascos ligeros”...pues bueno, desde que la conozco no faltaba quien la tildara de ello. De hecho en la prepa los compañeros le llamaban la “Anaconda”

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(porque según ellos se atragantaba de verga).

Mientras que las compañeras le tenían ojeriza porque les robaba los novios; bueno, eso decían.

Yo no sé hasta qué punto eso sería cierto, lo que sí es que, desde esos años, ella me hacía ilusión mientras la veía, no sólo sentada en el regazo de uno que otro muchacho, sino que gozaba al ver cómo se les meneaba estando sobre ellos. Y es que jamás vi a otra actuar igual. Sólo ella se atrevía a mover esas enormes nalgas (que ya desde ese tiempo eran notorias) con una naturalidad erótica que embelesaba.

Pues sí, así ha sido Ana María desde esos años, totalmente desinhibida y eso me enamoró.

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Y, en cuanto a su mal genio, bueno, pocos conocen la verdad detrás. Pues si bien ese parece ser su estado habitual, lo que en realidad ocurre es que Ana María es una de esas personas que necesitan; que ansían; que requieren, ser frecuentemente saciadas en su apetito sexual, y si no pues... vamos, se le brinca luego luego el mal genio.

Ana María es una mujer insaciable en la cama que requiere frecuentemente ser penetrada, ya sea por su esposo o no.

Es por ello que lo que quedó finalmente grabado en el celular de Viridiana fue totalmente lógico para mí. Claro que, para Viridiana, fue cosa distinta...

—¡¡¡Pero qué...!!! —puso el grito en el cielo.

Sí, en el video podía ver a su madre chupando verga. Pero no la del Fedelobo. Aquella morena cabezona pertenecía a... sí, a Tulio. El novio de mi hija. Parecía que Ana María y él, después del incidente con Viridiana, se volvieron a encontrar. ¿Quién tuvo la iniciativa?, no lo sé, lo cierto es que mi esposa no dejó pasar la oportunidad.

Mientras Viri continuaba llorando en el diván de la oficina; pese a que había tratado de consolarla y calmarla; yo seguí viendo el video que al fin me había confiado.

Ana chupaba aquel falo totalmente engolosinada. Lo lengüeteaba como (bien sabía yo) sólo ella podía hacerlo, con esa mirada lujuriosa y esa sonrisa diablesca estampada en la cara. Esa sonrisa que hizo que me enamorara de ella.

Viendo cómo mi esposa se comenzaba a almorzar al joven quien fuera novio de mi hija, comencé a sentir como se me iba parando. En ese instante no necesitaba de viagra; incluso no podía evitarlo, ni porque mi hija aún estuviera ahí. Ver aquellas imágenes me excitaba a tope.

Sin que Viridiana se diera cuenta, sobé mi dolorosa erección (que amenazaba con ser demasiado evidente bajo el pantalón) y continué mirando la grabación.

Ver a mi mujer manipulando el falo ajeno, con la mano que portaba la argolla de nuestro matrimonio, hizo que la sangre se me subiera a la cabeza. Ella jugaba con el báculo de carne haciendo que su bombocha cabeza rozara los labios de su boca abierta antes de cada nueva incursión a su cavidad oral. Luego se descubrió sus dos lechonas y usó el canalillo entre ambas para que por allí se deslizara el pene del muchacho. Ana le sonrió y se besaron.

Noté que, en efecto, el cabrón joven no era tan mal parecido; se notaba que tenía elasticidad y gracia para el sexo. Entendí de inmediato el efecto que causara en mi hija.

...y en mi esposa.

Aquel joven acomodó a mi mujer en cuatro, tomó su pene y se dispuso a hacer lo inevitable. Aunque se tomó un momento para darle una olfateada.

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Tuve que pausar el video, aquello era demasiado. Sentí que me iba a venir de sólo ver que un extraño le olía la cola a mi mujer. No había siquiera llegado a la penetración, y ese fino detalle de parte del noble muchacho (quien estaba por cogerse a mi esposa) ya me había puesto cachondo cabrón. Tenía que hacer una pausa si no quería arriesgarme a deslecharme ahí mismo, frente a mi hija.

Le pedí a Viri que me esperara mientras que yo tomaba aire. Ella insistió en acompañarme temiendo que hiciera una locura pero logré convencerla de que eso sería lo último que haría en ese momento. Yo sólo necesitaba estar un rato solo. Reflexionar.

Me fui al baño y me encerré ahí para seguir viendo las imágenes. Ya totalmente en privado pude sacármelo del todo para poder manipularlo con libertad mientras continuaba mirando la grabación.

Mientras volvía a ver la escena noté que mi esposa miraba hacia cámara. Como si supiera que el celular estaba ahí, grabándola.

«¿Se dio cuenta de que estaba siendo grabada? ¿Estaba haciendo aquello con total consciencia de... actuó con total malicia?», pensé.

No, claro. No sería capaz de tal crueldad para con su hija; lo que pasaba es que, seguramente, Ana se miraba en el espejo del tocador que estaba en esa misma dirección.

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Al ver con qué contundencia era penetrada tuve que admitir que yo ya no podría ser tan intenso en la cama. Por los quejidos de mi mujer era notorio que le encantaba ser empalada por un hombre joven, joven y con ese brío tan natural en él. Ella no debía de sentir ni un atisbo de culpa por lo que estaba haciendo, me daba perfecta cuenta.

Y de seguro que, quien la viera en ese momento, no la calificaría de geniuda; enojona o de peleada con la vida, sino por el contrario, de toda una hembra entrona que sabía disfrutar del sexo. Es más, ni siquiera protestó cuando aquél le jaló de su cola de caballo.

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La pareja cambió de postura mirándose ambos en el espejo del tocador con mucho morbo. Hombre joven y mujer madura mirándose, sabiéndose conectados entre sí por sus sexos, y evitando desprender tal unión mientras mudaban de posición.

Mi mujer, mi hembra, se montó sobre el firme muchacho como si éste fuera su trono. Con total dominio.


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El trono de mi reina, eso es lo que Tulio era en ese momento. Y ahí estaba la mujer más plena del mundo, sabiéndose imperiosa como pocas.

Luego a hacer movimientos de ranita:

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Y si bien notaba que ella lo gozaba, aún así, instantes después, dio una orden:

—¡Cógeme! —gritó mi mujer.

—¿Qué, no es lo que estamos haciendo? —le preguntó el otro.

—¡Quiero que me cojas tú!, ¿qué no eres el hombre? —le contestó mi esposa.

Fue así como se dispusieron, ahora ella boca abajo y él sobre su espalda. Y como primates menearon el culo. Uno para dar y la otra para recibir.

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Aquel hábil muchacho le sacó aullidos a mi esposa, los mejores que hasta el momento le he escuchado. Y ella meneó la cola tan diestramente que, a su vez, y en pocos minutos, le sacó la leche. Pude ver cómo Ana María hacía movimientos bien cachondos los cuales de seguro exprimieron al chavo hasta la última gota.

—No te salgas, no te salgas... no te salgas, no te salgas... ay, qué rico —fueron las palabras de mi esposa Ana María que cerraron aquel encuentro sexual con el muchacho que fuera novio de su hija, nuestra hija.

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No aguantaba más, me sentía con la sangre que se agolpaba en mi cabeza. Sentía que las sienes me iban a reventar. Tenía que ver a mi esposa.

Volví con mi hija y le dije que iría a hablar con su madre. Ella insistió en no dejarme ir solo así que ambos nos fuimos a casa.

Durante el trayecto traté de tranquilizar a mi hija diciéndole que no se alterara. Que si así había actuado su novio hacía evidente que él no era lo que ella creía y que era mejor que lo olvidara. Ya habría alguien de su edad que en verdad la amara y...

Pero a pesar de mis palabras yo no podía sacar de mi cabeza las imágenes de aquél con mi esposa. «¡Pero claro!», pensé justo en ese momento. Vi la hora. Ana María debía estar recibiendo “sus clases de cómputo”.

Le marqué con mi celular y ella contestó. No le dije que íbamos para allá, claro.

—¿Qué pasó? —dije, articulando con torpeza mis palabras.

—Pues es lo que digo, qué pasó. ¿Dónde andas? —me respondió Ana.

Seguí platicando con ella cualquier cosa. Lo que quería era ganar tiempo, distraerla, que se confiara y que cuando llegáramos la tomara por sorpresa.

—Oye, ¿qué haces?, te oyes agitada —le pregunté en cierto momento.

—¿Eh? Ah estoy t****ando —me respondió con total confianza.

«Sí, t****ando, como no, con la panocha», pensé.

Incluso me pareció escuchar leves risas, seguramente provenientes del Fedelobo, o... ¿...quizás de Tulio?

Cuando me preguntó si quería caldo tlalpeño para la comida, me vino a la mente la imagen de mi esposa siendo penetrada mientras decía eso. Penetrada desde atrás por un joven quien lo hacía con total deseo. Sentí cómo se me paró la verga nuevamente.

Esa dureza... esa incomodidad mientras manejaba fue placentera.

Ahora iba llegando a casa junto a mi hija. Estaba seguro de que me encontraría con mi mujer con la verga de otro bien metida en ella, estaba seguro... eso deseaba.

Procedí con cuidado dejando el coche a una cuadra para que Ana María no nos notara llegar. Con tal pretexto me desprendí de Viridiana pidiéndole me esperara en el auto para poder hablar a solas con Ana María. Mientras iba caminando yo me la imaginaba con aquél, la veía en diferentes posiciones y eso sólo me hacía hervir la sangre.

Tras ingresar en la casa con el máximo sigilo me dirigí a la planta alta. Subiendo las escaleras pude, creí, escuchar los gemidos sexuales de la pareja. Incluso olí el hedor de la cohabitación. En ese momento fui consciente de que me había casado con toda una hembra de sangre caliente. La mejor mujer del mundo (por lo menos para mí).

FIN

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